« Para vivir no quiero islas, palacios, torres. ¡Qué alegría más alta: vivir en los pronombres! »
Pedro Salinas
Generación del 27 (1891–1951)Generación del 27 · Máximo cantor del amor moderno, la inteligencia sensible y la palabra esencial
Poemas de Pedro Salinas
1.
A esa, a la que yo quiero...
A esa, a la que yo quiero...
A esa, a la que yo quiero, no es a la que se da rindiéndose, a la que se entrega cayendo, de fatiga, de peso muerto, como el agua por ley de lluvia. hacia abajo, presa segura de la tumba vaga del suelo. A esa, a la que yo quiero, es a la que se entrega venciendo, venciéndose, desde su libertad saltando por el ímpetu de la gana, de la gana de amor, surtida, surtidor, o garza volante, o disparada -la saeta-, sobre su pena victoriosa, hacia arriba, ganando el cielo.
2.
Afán para no separarme de ti...
Afán para no separarme de ti...
Afán para no separarme de ti, por tu belleza, lucha por no quedar en dónde quieres tú, aquí en los alfabetos, en las auroras, en los labios. Ansia de irse dejando atrás anécdotas, vestidos, caricias, de llegar atravesando todo lo que en ti cambia, a lo desnudo y a lo perdurable. Y mientras siguen dando vueltas y vueltas, entregándose, engañándose, tus rostros, tus caprichos y tus besos, tus delicias volubles, tus contactos rápidos con el mundo, haber llegado yo al centro puro, inmóvil, de ti misma, y verte cómo cambias, y lo llamas vivir, en todo, en todo si, menos en mí, dónde te sobrevives.
3.
Ahora te quiero...
Ahora te quiero...
Ahora te quiero, como el mar quiere a su agua: desde fuera, por arriba, haciéndose sin parar con ella tormentas, fugas, albergues, descansos, calmas. ¡Qué frenesíes, quererte! ¡Qué entusiasmo de olas altas, y qué desmayos de espuma van y vienen! Un tropel de formas, hechas, deshechas, galopan desmelenadas. Pero detrás de sus flancos está soñándose un sueño de otra forma más profunda de querer, que está allá abajo: de no ser ya movimiento, de acabar este vaivén, este ir y venir, de cielos a abismos, de hallar por fin la inmóvil flor sin otoño de un quererse quieto, quieto. Más allá de ola y espuma el querer busca su fondo. Esta hondura donde el mar hizo la paz con su agua y están queriéndose ya sin signo, sin movimiento. Amor tan sepultado en su ser, tan entregado, tan quieto, que nuestro querer en vida se sintiese seguro de no acabar cuando terminan los besos, las miradas, las señales. Tan cierto de no morir, como está el gran amor de los muertos.
4.
Amsterdam
Amsterdam
Esta noche te cruzan verdes, rojas, azules, rapidísimas luces extrañas por los ojos. ¿Será tu alma? ¿Son luces de tu alma, si te miro? Letras son, nombres claros al revés, en tus ojos. Son nombres: Universum, se iluminan, se apagan, con latidos de luz de corazón. Universum. Miro; ya sé; ya leo: Universum cinema, ocho cilindros, saldo de blanco junto a las estrellas. Te quiero así inocente, toda ajena, palpitante en lo que está fuera de ti, tus ojos proclamando las vívidas verdades de colores de la noche. Las compraremos todas cuando se abran las tiendas, ahora mismo -Universum cinema-, cuando bese las luces de tu alma, sí, las luces, anuncios luminosos de la vida en la noche, en tus ojos.
5.
Aquí
Aquí
... Aquí en esta orilla blanca del lecho donde duermes estoy al borde mismo de tu sueño. Si diera un paso más, caería en sus ondas, rompiéndolo como un cristal. Me sube el calor de tu sueño hasta el rostro. Tu hálito te mide la andadura del soñar: va despacio. Un soplo alterno, leve me entrega ese tesoro exactamente: el ritmo de tu vivir soñando. Miro. Veo la estofa de que está hecho tu sueño. La tienes sobre el cuerpo como coraza ingrávida. Te cerca de respeto. A tu virgen te vuelves toda entera, desnuda, cuando te vas al sueño. En la orilla se paran las ansias y los besos: esperan, ya sin prisa, a que abriendo los ojos renuncies a tu ser invulnerable. Busco tu sueño. Con mi alma doblada sobre ti las miradas recorren, traslúcida, tu carne y apartan dulcemente las señas corporales, para ver si hallan detrás las formas de tu sueño. No la encuentran. Y entonces pienso en tu sueño. Quiero descifrarlo. Las cifras no sirven, no es secreto. Es sueño y no misterio. Y de pronto, en el alto silencio de la noche, un soñar mío empieza al borde de tu cuerpo; en él el tuyo siento. Tú dormida, yo en vela, hacíamos lo mismo. No había que buscar: tu sueño era mi sueño.
6.
Ayer te besé en los labios...
Ayer te besé en los labios...
Ayer te besé en los labios. Te besé en los labios. Densos, rojos. Fue un beso tan corto, que duró más que un relámpago, que un milagro, más. El tiempo después de dártelo no lo quise para nada ya, para nada lo había querido antes. Se empezó, se acabó en él. Hoy estoy besando un beso; estoy solo con mis labios. Los pongo no en tu boca, no, ya no... -¿Adónde se me ha escapado?-. Los pongo en el beso que te di ayer, en las bocas juntas del beso que se besaron. Y dura este beso más que el silencio, que la luz. Porque ya no es una carne ni una boca lo que beso, que se escapa, que me huye. No. Te estoy besando más lejos.
7.
Cómo me vas a explicar...
Cómo me vas a explicar...
¿Cómo me vas a explicar, di, la dicha de esta tarde, si no sabemos porqué fue, ni cómo, ni de qué ha sido, si es pura dicha de nada? En nuestros ojos visiones, visiones y no miradas, no percibían tamaños, datos, colores, distancias. De tan desprendidamente como estaba yo y me estabas mirando, más que mirando, mis miradas te soñaban, y me soñaban las tuyas. Palabras sueltas, palabras, deleite en incoherencias, no eran ya signo de cosas, eran voces puras, voces de su servir olvidadas. ¡Cómo vagaron sin rumbo, y sin torpeza las caricias! Largos goces iniciados, caricias no terminadas, como si aun no se supiera en qué lugar de los cuerpos el acariciar se acaba, y anduviéramos buscándolo, en lento encanto, sin ansia. Las manos, no era tocar lo que hacían en nosotros, era descubrir; los tactos nuestros cuerpos inventaban, allí en plena luz, tan claros como en la plena tiniebla, en donde sólo ellos pueden ver los cuerpos, con las ardorosas palmas. Y de estas nadas se ha ido fabricando, indestructible, nuestra dicha, nuestro amor, nuestra tarde. Por eso no fue nada, sé que esta noche reclinas lo mismo que una mejilla sobre este blancor de plumas -almohada que ha sido alas- tu ser, tu memoria, todo, y que todo te descansa, sobre una tarde de dos, que no es nada, nada, nada.
8.
Cuando tú me elegiste...
Cuando tú me elegiste...
Cuando tú me elegiste -el amor eligió- salí del gran anónimo de todos, de la nada. Hasta entonces nunca era yo más alto que las sierras del mundo. Nunca bajé más hondo de las profundidades máximas señaladas en las cartas marinas. Y mi alegría estaba triste, como lo están esos relojes chicos, sin brazo en que ceñirse y sin cuerda, parados. Pero al decirme: “tú” a mí, sí, a mí, entre todos-, más alto ya que estrellas o corales estuve. Y mi gozo se echó a rodar, prendido a tu ser, en tu pulso. Posesión tú me dabas de mí, al dárteme tú. Viví, vivo. ¿Hasta cuándo? Sé que te volverás atrás. Cuando te vayas retornaré a ese sordo mundo, sin diferencias, del gramo, de la gota, en el agua, en el peso. Uno más seré yo al tenerte de menos. Y perderé mi nombre, mi edad, mis señas, todo perdido en mí, de mí. Vuelto al osario inmenso de los que no se han muerto y ya no tienen nada que morirse en la vida.
9.
¡cuánto
¡cuánto
¡Cuánto sabe la flor! Sabe ser blanca... ¡Cuánto sabe la flor! Sabe ser blanca cuando es jazmín, morada cuando es lirio. Sabe abrir el capullo sin reservar dulzuras para ella, a la mirada o a la abeja. Permite sonriendo que con su alma se haga miel. ¡Cuánto sabe la flor! Sabe dejarse coger por ti, para que tú la lleves, ascendida, en tu pecho alguna noche. Sabe fingir, cuando al siguiente día la separas de ti, que no es la pena por tu abandono lo que la marchita. ¡Cuánto sabe la flor! Sabe el silencio; y teniendo unos labios tan hermosos sabe callar el "¡ay!" y el "no", e ignora la negativa y el sollozo. ¡Cuánto sabe la flor! Sabe entregarse, dar, dar todo lo suyo al que la quiere, sin pedir más que eso: que la quiera. Sabe, sencillamente sabe, amor.
10.
Dame tu libertad...
Dame tu libertad...
Dame tu libertad. No quiero tu fatiga, no, ni tus hojas secas, tu sueño, ojos cerrados. Ven a mí desde ti, no desde tu cansancio de ti. Quiero sentirla. Tu libertad me trae, igual que un viento universal, un olor de maderas remotas de tus muebles, una bandada de visiones que tú veías cuando en el colmo de tu libertad cerrabas ya los ojos. ¡Qué hermosa tú libre y en pie! Si tú me das tu libertad me das tus años blancos, limpios y agudos como dientes, me das el tiempo en que tú la gozabas. Quiero sentirla como siente el agua del puerto, pensativa, en las quillas inmóviles el alta mar. La turbulencia sacra. Sentirla, vuelo parado, igual que en sosegado soto siente la rama donde el ave se posa, el ardor de volar, la lucha terca contra las dimensiones en azul. Descánsala hoy en mí: la gozaré con un temblor de hoja en que se paran gotas del cielo al suelo. La quiero para soltarla, solamente. No tengo cárcel para ti en mi ser. Tu libertad te guarda para mí. La soltaré otra vez, y por el cielo, por el mar, por el tiempo, veré cómo se marcha hacia su sino. Si su sino soy yo, te está esperando.
11.
El alma tenías...
El alma tenías...
El alma tenías tan clara y abierta, que yo nunca pude entrarme en tu alma. Busqué los atajos angostos, los pasos altos y difíciles... A tu alma se iba por caminos anchos. Preparé alta escala -soñaba altos muros guardándote el alma-, pero el alma tuya estaba sin guarda de tapial ni cerca. Te busqué la puerta estrecha del alma, pero no tenía, de franca que era, entrada tu alma. ¿En dónde empezaba? ¿acababa, en dónde? Me quedé por siempre sentado en las vagas lindes de tu alma.
12.
El sueño
El sueño
El sueño es una larga despedida de ti. ¡Qué gran vida contigo, en pie, alerta en el sueño! ¡Dormir el mundo, el sol, las hormigas, las horas, todo, todo dormido, en el sueño que duermo! Menos tú, tú la única, viva, sobrevivida, en el sueño que sueño. Pero sí, despedida: voy a dejarte cerca, la mañana prepara toda su precisión de rayos y de risas. Afuera, afuera, ya, lo soñado flotante, marchando sobre el mundo, sin poderlo pisar, porque no tiene sitio, desesperadamente. Te abrazo por vez última: eso es abrir los ojos. Ya está. Las verticales entran a trabajar, sin un desmayo, en reglas. Los colores ejercen sus oficios de azul, de rosa, verde, todos a la hora en punto. El mundo va a funcionar hoy bien; me ha matado ya el sueño. Te siento huir, ligera, de la aurora, exactísima, hacia arriba, buscando la que no se ve estrella, el desorden celeste, que es sólo donde cabes. Luego, cuando despierto, no te conozco casi, cuando, a mi lado, tiendes los brazos hacia mí diciendo: "¿Qué soñaste?". Y te contestaría: "No sé, se me ha olvidado", si no estuviera ya tu cuerpo limpio, exacto, ofreciéndome en labios el gran error del día.
13.
Escorial II
Escorial II
En vez de soñar, contar. La fachada del oeste tiene seiscientas doce ventanas. Por la primavera van en su cielo, hacia el domingo una, dos, tres, cuatro, cinco nubes blancas. Yo te quiero a ti, y a ti y a ti. A tres os quiero yo. A las doce el tiempo da doce campanadas. Y ya no podrá escapárseme en las volandas del sueño la mañana. Haré la raya para ir sumando: seiscientas doce, más cinco, más tres, más doce. ¡Qué felicidad igual a seiscientas treinta y dos! En abril, al mediodía cuenta clara.
14.
Fe mía
Fe mía
No me fío de la rosa de papel, tantas veces que la hice yo con mis manos. Ni me fío de la otra rosa verdadera, hija del sol y sazón, la prometida del viento. De ti que nunca te hice, de ti que nunca te hicieron, de ti me fío, redondo seguro azar.
15.
Fecha
Fecha
cualquiera ¡Ay qué tarde organizada en surtidor y palmera, en cristal recto, desmayo en palma curva, querencia! Dos líneas se me echan encima a campanillazos paralelas del tranvía. Pero yo quiero a esas otras que se van sin llevarme por el cielo: telégrafo, nubes blancas, y -compás de los horizontes- el pico de las cigüeñas. ¡Qué perfecto lo redondo verde, azul! ¡Ay, si se suelta! Lo tiene un niño de un hilo. ¡Quieto, aire del sur, aire aire! La pura geometría, dime, ¿quién se la quita a la tarde?
16.
¿Fue como beso o llanto?...
¿Fue como beso o llanto?...
¿Fue como beso o llanto? ¿Nos hallamos con las manos, buscándonos a tientas, con los gritos, clamando, con las bocas que el vacío besaban? ¿Fue un choque de materia y materia, combate de pecho contra pecho, que a fuerza de contactos se convirtió en victoria gozosa de los dos, en prodigioso pacto de tu ser con mi ser enteros? ¿O tan sencillo fue, tan sin esfuerzo, como una luz que se encuentra con otra luz, y queda iluminado el mundo, sin que nada se toque?
17.
Horizontal,
Horizontal,
sí, te quiero... Horizontal, sí, te quiero. Mírale la cara al cielo, de la cara. Déjate ya de fingir un equilibrio donde lloramos tú y yo. Ríndete a la gran verdad final, a lo que has de ser conmigo, tendida ya, paralela, en la muerte o en el beso. Horizontal es la noche en el mar, gran masa trémula sobre la tierra acostada, vencida sobre la playa. El estar de pie, mentira: sólo correr o tenderse. Y lo que tú y yo queremos y el día - ya tan cansado de estar con su luz, derecho - es que nos llegue, viviendo y con temblor de morir, en lo más alto del beso, ese quedarse rendidos por el amor más ingrávido, al peso de ser de tierra, materia, carne de vida. En la noche y la trasnoche, y el amor y el transamor, ya cambiados en horizontes finales, tú y yo, de nosotros mismos.
18.
La distraída
La distraída
No estás ya aquí. Lo que veo de ti, cuerpo, es sombra, engaño. El alma tuya se fue donde tú te irás mañana. Aún esta tarde me ofrece falsos rehenes, sonrisas vagas, ademanes lentos, un amor ya distraído. Pero tu intención de ir te llevó donde querías lejos de aquí, donde estás diciéndome: «aquí estoy contigo, mira». Y me señalas la ausencia.
19.
La forma de querer tú...
La forma de querer tú...
La forma de querer tú es dejarme que te quiera. El sí con que te me rindes es el silencio. Tus besos son ofrecerme los labios para que los bese yo. Jamás palabras, abrazos, me dirán que tú existías, que me quisiste: Jamás. Me lo dicen hojas blancas, mapas, augurios, teléfonos; tú, no. Y estoy abrazado a ti sin preguntarte, de miedo a que no sea verdad que tú vives y me quieres. Y estoy abrazado a ti sin mirar y sin tocarte. No vaya a ser que descubra con preguntas, con caricias, esa soledad inmensa de quererte sólo yo.
20.
La voz a ti debida
La voz a ti debida
Tú vives siempre en tus actos. Con la punta de tus dedos pulsas el mundo, le arrancas auroras, triunfos, colores, alegrías: es tu música. La vida es lo que tú tocas. De tus ojos, sólo de ellos, sale la luz que te guía los pasos. Andas por lo que ves. Nada más. Y si una duda te hace señas a diez mil kilómetros, lo dejas todo, te arrojas sobre proas, sobre alas, estás ya allí; con los besos, con los dientes la desgarras: ya no es duda. Tú nunca puedes dudar. Porque has vuelto los misterios del revés. Y tus enigmas, lo que nunca entenderás, son esas cosas tan claras: la arena donde te tiendes, la marcha de tu reloj y el tierno cuerpo rosado que te encuentras en tu espejo cada día al despertar, y es el tuyo. Los prodigios que están descifrados ya. Y nunca te equivocaste, más que una vez, una noche que te encaprichó una sombra -la única que te ha gustado-. Una sombra parecía. Y la quisiste abrazar. Y era yo.
21.
¿Las oyes cómo piden realidades...
¿Las oyes cómo piden realidades...
¿Las oyes cómo piden realidades, ellas, desmelenadas, fieras, ellas, las sombras que los dos forjamos en este inmenso lecho de distancias? Cansadas ya de infinitud, de tiempo sin medida, de anónimo, heridas por una gran nostalgia de materia, piden límites, días, nombres. No pueden vivir así ya más; están al borde del morir de las sombras que es la nada. Acude, ven conmigo. Tiende tus manos, tiéndeles tu cuerpo. Los dos les buscaremos un color, una fecha, un pecho, un sol. Que descansen en ti, se tú su carne. ¡Se calmará su enorme ansia errante, mientras las estrechamos ávidamente entre los cuerpos nuestros donde encuentran su pasto y su reposo. Adormirán al fin en nuestro sueño abrazado, abrazadas. Y así luego, al separarnos, al nutrirnos sólo de sombras, entre lejos, ellas tendrán recuerdos ya, tendrán pasado de carne y hueso, el tiempo que vivieron en nosotros. Y su afanoso sueño de sombras, otra vez, será el retorno a esta corporeidad mortal y rosa donde el amor inventa su infinito.
22.
Nadadora de noche, nadadora...
Nadadora de noche, nadadora...
Nadadora de noche, nadadora entre olas y tinieblas. Brazos blancos hundiéndose, naciendo, con un ritmo regido por designios ignorados, avanzas contra la doble resistencia sorda de oscuridad y mar, de mundo oscuro. Al naufragar el día, tú, pasajera de travesías por abril y mayo, te quisiste salvar, te estás salvando, de la resignación, no de la suerte. Se te rompen las alas, desbravadas, hecho su asombro espuma, arrepentidas ya de su milicia, cuando tú les ofreces, como un pacto, tu fuerte pecho virgen. Se te rompen las densas ondas anchas de la noche contra ese afán de claridad que buscas, brazada por brazada, y que levanta un espumar altísimo en el cielo; espumas de luceros; sí, de estrellas, que te salpica el rostro con un tumulto de constelaciones; de mundos. Desafía mares de siglos, siglos de tinieblas, tu inocencia desnuda. Y el rítmico ejercicio de tu cuerpo soporta, empuja, salva mucho más que tu carne. Así tu triunfo tu fin será, y al cabo, traspasadas el mar, la noche, las conformidades, del otro lado ya del mundo negro, en la playa del mundo que alborea, morirás en la aurora que ganaste.
23.
No
No
rechaces los sueños por ser sueños... No rechaces los sueños por ser sueños. Todos los sueños pueden ser realidad, si el sueño no se acaba. La realidad es un sueño. Si soñamos que la piedra es la piedra, eso es la piedra. Lo que corre en los ríos no es un agua, es un soñar, el agua, cristalino. La realidad disfraza su propio sueño, y dice: ”Yo soy el sol, los cielos, el amor.” Pero nunca se va, nunca se pasa, si fingimos creer que es más que un sueño. Y vivimos soñándola. Soñar es el modo que el alma tiene para que nunca se le escape lo que se escaparía si dejamos de soñar que es verdad lo que no existe. Sólo muere un amor que ha dejado de soñarse hecho materia y que se busca en tierra.
24.
No te detengas nunca...
No te detengas nunca...
No te detengas nunca cuando quieras buscarme. Si ves muros de agua, anchos fosos de aire, setos de piedra o tiempo, guardia de voces, pasa. Te espero con un ser que no espera a los otros: en donde yo te espero sólo tú cabes. Nadie puede encontrarse allí conmigo sino el cuerpo que te lleva, como un milagro, en vilo. Intacto, inajenable, un gran espacio blanco, azul, en mí, no acepta más que los vuelos tuyos, los pasos de tus pies; no se verán en él otras huellas jamás. Si alguna vez me miras como preso encerrado, detrás de puertas, entre cosas ajenas, piensa en las torres altas, en las trémulas cimas del árbol, arraigado. las almas de las piedras que abajo están sirviendo aguardan en la punta última de la torre. Y ellos, pájaros, nubes, no se engañan: dejando que por abajo pisen los hombres y los días, se van arriba, a la cima del árbol al tope de la torre, seguros de que allí, en las fronteras últimas de su ser terrenal es donde se consuman los amores alegres, las solitarias citas de la carne y las alas.
25.
No te veo. Bien sé...
No te veo. Bien sé...
No te veo. Bien sé que estás aquí, detrás de una frágil pared de ladrillos y cal, bien al alcance de mi voz, si llamara. Pero no llamaré. Te llamaré mañana, cuando, al no verte ya me imagine que sigues aquí cerca, a mi lado, y que basta hoy la voz que ayer no quise dar. Mañana... cuando estés allá detrás de una frágil pared de vientos, de cielos y de años.
Versos y pensamientos de Pedro Salinas
Selección destacada« No quiero que te vayas, dolor, última forma de amar. Me estoy sintiendo vivir cuando me dueles »
« A veces un No niega más de lo que quería, se hace múltiple... un No da miedo. Hay que dejarlo siempre al borde de los labios y dudarlo. O decirlo tan suavemente que llegue a sonar como un Sí. »
« El analfabetismo, o sea aquel estado en que un ser humano no sabe leer, se tiene por una línea fronteriza tan clara y tajante que divide a la humanidad en dos partes implacablemente distintas. »
« Los poetas pueden ser definidos como seres que saben decir mejor que otros lo que les duele. »
« Lo que queremos nos quiere, aunque no quiera querernos. »
« Verdadera maestra de la vida no hay más que una, la experiencia; y tiene escuela abierta para todos. »
« En los extremos estásde ti, por ellos te busco.Amarte:¡que ir y venira ti misma de ti misma!Par dar contigo, cerca¡que lejos habrá que ir!Amor: distancias, vaivénsin parar. »
Poemas y obras destacadas
Antología de poemas inmortales
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Sus versos exploran la belleza de la naturaleza, el anhelo del amor verdadero y la búsqueda de sentido ante los enigmas del destino.
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Algunos libros de poesía de Pedro Salinas:
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