Biografía

Vida

Poemas de Pedro Salinas (Madrid, 27 de noviembre de 1891 – Boston, 4 de diciembre de 1951) deslumbró por su portentosa voz lírica y su capacidad única para transformar las emociones más intensas en versos inolvidables. Su vida estuvo consagrada al arte de la palabra, explorando el misterio del amor, el destino y la belleza del mundo con enorme carisma.

Frente a las incertidumbres de su tiempo, defendió con valentía la libertad de creación y la autenticidad del sentimiento más puro. Su obra poética permanece como una joya imperecedera que sigue emocionando a lectores de todas las generaciones por su frescura y hondura humana.

Pedro Salinas

Generación del 27 (1891–1951)

Generación del 27 · Máximo cantor del amor moderno, la inteligencia sensible y la palabra esencial

Lírica y Versos

Poemas de Pedro Salinas

25 poemas seleccionados
1.

A esa, a la que yo quiero...

A esa, a la que yo quiero,
no es a la que se da rindiéndose,
a la que 
	se entrega cayendo,
de fatiga, de peso muerto,
como el agua por ley de 
	lluvia.
hacia abajo, presa segura
de la tumba vaga del suelo.
A 
	esa, a la que yo quiero,
es a la que se entrega venciendo,

	venciéndose,
desde su libertad saltando
por el ímpetu de la gana,

	de la gana de amor, surtida,
surtidor, o garza volante,
o disparada 
	-la saeta-,
sobre su pena victoriosa,
hacia arriba, ganando el cielo.
2.

Afán para no separarme de ti...

Afán para no separarme de 
	ti,
por tu belleza, lucha por no quedar en dónde quieres tú,
aquí en 
	los alfabetos, en las auroras, en los labios.
Ansia de irse dejando atrás 
	anécdotas, vestidos, caricias,
de llegar atravesando todo lo que en ti 
	cambia,
a lo desnudo y a lo perdurable.
Y mientras siguen dando 
	vueltas y vueltas, entregándose,
engañándose, tus rostros, tus caprichos 
	y tus besos,
tus delicias volubles, tus contactos rápidos con el mundo,

	haber llegado yo al centro puro, inmóvil, de ti misma,
y verte cómo 
	cambias, y lo llamas vivir,
en todo, en todo si, menos en mí, dónde te 
	sobrevives.
3.

Ahora te quiero...

Ahora te quiero,
como el 
	mar quiere a su agua:
desde fuera, por arriba,
haciéndose sin parar

	con ella tormentas, fugas,
albergues, descansos, calmas.
¡Qué 
	frenesíes, quererte!
¡Qué entusiasmo de olas altas,
y qué desmayos de 
	espuma
van y vienen! Un tropel
de formas, hechas, deshechas,

	galopan desmelenadas.
Pero detrás de sus flancos
está soñándose un 
	sueño
de otra forma más profunda
de querer, que está allá abajo:
de 
	no ser ya movimiento,
de acabar este vaivén,
este ir y venir, de 
	cielos
a abismos, de hallar por fin
la inmóvil flor sin otoño
de un 
	quererse quieto, quieto.
Más allá de ola y espuma
el querer busca su 
	fondo.
Esta hondura donde el mar
hizo la paz con su agua
y están 
	queriéndose ya
sin signo, sin movimiento.
Amor
tan sepultado en su 
	ser,
tan entregado, tan quieto,
que nuestro querer en vida
se 
	sintiese
seguro de no acabar
cuando terminan los besos,
las 
	miradas, las señales.
Tan cierto de no morir,
como está
el gran 
	amor de los muertos.
4.

Amsterdam

Esta noche te cruzan 
	
verdes, rojas, azules, rapidísimas 
luces extrañas por los ojos. 

	¿Será tu alma? 
	
¿Son luces de tu alma, si te miro? 
Letras son, nombres claros 
al 
	revés, en tus ojos. 
	
Son nombres: Universum, 
se iluminan, se apagan, con latidos 
de 
	luz de corazón. Universum.
	
Miro; ya sé; ya leo: 
Universum cinema, ocho cilindros, 
saldo de 
	blanco junto a las estrellas. 
	
Te quiero así inocente, toda ajena, 
palpitante 
en lo que está 
	fuera de ti, tus ojos 
	
proclamando las vívidas 
verdades de colores de la noche. 
Las 
	compraremos todas 
	
cuando se abran las tiendas, ahora mismo 
-Universum cinema-, cuando 
	bese
	
las luces de tu alma, sí, las luces, 
anuncios luminosos de la vida 
	
en la noche, en tus ojos.
5.

Aquí

...


	Aquí
en 
	esta orilla blanca
del lecho donde duermes
estoy al borde mismo
de 
	tu sueño. Si diera
un paso más, caería
en sus ondas, rompiéndolo

	como un cristal. Me sube
el calor de tu sueño
hasta el rostro. Tu 
	hálito
te mide la andadura
del soñar: va despacio.
Un soplo 
	alterno, leve
me entrega ese tesoro
exactamente: el ritmo
de tu 
	vivir soñando.
Miro. Veo la estofa
de que está hecho tu sueño.
La 
	tienes sobre el cuerpo
como coraza ingrávida.
Te cerca de respeto.

	A tu virgen te vuelves
toda entera, desnuda,
cuando te vas al sueño.

	En la orilla se paran
las ansias y los besos:
esperan, ya sin prisa,

	a que abriendo los ojos
renuncies a tu ser
invulnerable. Busco
tu 
	sueño. Con mi alma
doblada sobre ti
las miradas recorren,

	traslúcida, tu carne
y apartan dulcemente
las señas corporales,

	para ver si hallan detrás
las formas de tu sueño.
No la encuentran. Y 
	entonces
pienso en tu sueño. Quiero
descifrarlo. Las cifras
no 
	sirven, no es secreto.
Es sueño y no misterio.
Y de pronto, en el alto

	silencio de la noche,
un soñar mío empieza
al borde de tu cuerpo;

	en él el tuyo siento.
Tú dormida, yo en vela,
hacíamos lo mismo.
No 
	había que buscar:
tu sueño era mi sueño.
6.

Ayer te besé en los labios...

Ayer te besé en los labios. 
	
Te besé en los labios. Densos, 
rojos. Fue un beso tan corto, 
que 
	duró más que un relámpago, 
	
que un milagro, más. El tiempo 
después de dártelo 
no lo quise 
	para nada ya, 
	
para nada 
lo había querido antes. 
Se empezó, se acabó en él. 
	


	Hoy estoy besando un beso; 
	
estoy solo con mis labios. 
Los pongo 
no en tu boca, no, ya no... 
	
-¿Adónde se me ha escapado?-. 
Los pongo  
en el beso que te 
	di 
	
ayer, en las bocas juntas 
del beso que se besaron. 
Y dura este 
	beso más 
	
que el silencio, que la luz. 
Porque ya no es una carne 
ni una 
	boca lo que beso, 
	
que se escapa, que me huye. 
No. 
Te estoy besando más lejos.
7.

Cómo me vas a explicar...

¿Cómo me vas a explicar, 
	
di, la dicha de esta tarde,
si no sabemos porqué 
fue, ni cómo, ni 
	de qué 
	
ha sido, 
si es pura dicha de nada?
En nuestros ojos visiones, 

	visiones y no miradas,
no percibían tamaños,
	
datos, colores, distancias.
De tan desprendidamente 
como 
	estaba yo y me estabas 
	
mirando, más que mirando,
mis miradas te soñaban, 
y me soñaban 
	las tuyas.
Palabras sueltas, palabras, 
	
deleite en incoherencias,
no eran ya signo de cosas, 
eran voces 
	puras, voces
de su servir olvidadas.
¡Cómo vagaron sin rumbo,
y sin 
	torpeza las caricias!
Largos goces iniciados,
caricias no terminadas,

	como si aun no se supiera
en qué lugar de los cuerpos
el acariciar se 
	acaba,
y anduviéramos buscándolo,
en lento encanto, sin ansia.
Las 
	manos, no era tocar
lo que hacían en nosotros,
era descubrir; los 
	tactos
nuestros cuerpos inventaban,
allí en plena luz, tan claros

	como en la plena tiniebla,
en donde sólo ellos pueden
ver los cuerpos,

	con las ardorosas palmas.
Y de estas nadas se ha ido
fabricando, 
	indestructible,
nuestra dicha, nuestro amor,
nuestra tarde.
Por eso 
	no fue nada,
sé que esta noche reclinas
	
lo mismo que una mejilla
sobre este blancor de plumas

	-almohada que ha sido alas-
tu ser, tu memoria, todo,
y que todo te 
	descansa,
sobre una tarde de dos,
que no es nada, nada, nada.
8.

Cuando tú me elegiste...

Cuando tú me elegiste
-el amor eligió- 
	
salí del gran anónimo 
de todos, de la nada. 
Hasta entonces 

	nunca era yo más alto 
	
que las sierras del mundo. 
Nunca bajé más hondo 
de las 
	profundidades 
	
máximas señaladas 
en las cartas marinas. 
Y mi alegría estaba 

	triste, como lo están 
	
esos relojes chicos, 
sin brazo en que ceñirse 
y sin cuerda, 
	parados. 
	
Pero al decirme: “tú” 
a mí, sí, a mí, entre todos-, 
más alto ya 
	que estrellas 
	
o corales estuve. 
Y mi gozo 
se echó a rodar, prendido 
a tu 
	ser, en tu pulso. 
	
Posesión tú me dabas 
de mí, al dárteme tú. 
Viví, vivo. ¿Hasta 
	cuándo? 
	
Sé que te volverás 
atrás. Cuando te vayas 
retornaré a ese sordo 
	
mundo, sin diferencias, 
del gramo, de la gota, 
en el agua, en el 
	peso. 
	
Uno más seré yo 
al tenerte de menos. 
Y perderé mi nombre, 
mi 
	edad, mis señas, todo 
	
perdido en mí, de mí. 
Vuelto al osario inmenso 
de los que no se 
	han muerto 
	
y ya no tienen nada 
que morirse en la vida.
9.

¡cuánto

¡Cuánto sabe la flor! 
	Sabe ser blanca...

	

	¡Cuánto sabe la flor! Sabe ser blanca

	cuando es jazmín, morada cuando es lirio.

	Sabe abrir el capullo

	sin reservar dulzuras para ella,

	a la mirada o a la abeja.

	Permite sonriendo

	que con su alma se haga miel.

	

	¡Cuánto sabe la flor! Sabe dejarse

	coger por ti, para que tú la lleves,

	ascendida, en tu pecho alguna noche.

	Sabe fingir, cuando al siguiente día

	la separas de ti, que no es la pena

	por tu abandono lo que la marchita.

	

	¡Cuánto sabe la flor! Sabe el silencio;

	y teniendo unos labios tan hermosos

	sabe callar el "¡ay!" y el "no", e ignora

	la negativa y el sollozo.

	

	¡Cuánto sabe la flor! Sabe entregarse,

	dar, dar todo lo suyo al que la quiere,

	sin pedir más que eso: que la quiera.

	Sabe, sencillamente sabe, amor.
10.

Dame tu libertad...

Dame tu 
	libertad. 
	
No quiero tu fatiga, 
no, ni tus hojas secas, 
tu sueño, ojos 
	cerrados. 
	
Ven a mí desde ti, 
no desde tu cansancio 
de ti. Quiero sentirla. 
	
Tu libertad me trae, 
igual que un viento universal, 
un olor de 
	maderas 
	
remotas de tus muebles, 
una bandada de visiones 
que tú veías 

	cuando en el colmo de tu libertad 
	
cerrabas ya los ojos. 
¡Qué hermosa tú libre y en pie! 
Si tú me 
	das tu libertad me das tus años 
	
blancos, limpios y agudos como dientes, 
me das el tiempo en que tú 
	la gozabas. 
	
Quiero sentirla como siente el agua 
del puerto, pensativa, 
en 
	las quillas inmóviles 
	
el alta mar. La turbulencia sacra. 
Sentirla, 
vuelo parado, 

	igual que en sosegado soto 
	
siente la rama 
donde el ave se posa, 
el ardor de volar, la lucha 
	terca 
	
contra las dimensiones en azul. 
Descánsala hoy en mí: la gozaré 

	con un temblor de hoja en que se paran 
	
gotas del cielo al suelo. 
La quiero 
para soltarla, solamente. 
	
No tengo cárcel para ti en mi ser. 
Tu libertad te guarda para mí. 
	
La soltaré otra vez, y por el cielo, 
por el mar, por el tiempo, 

	veré cómo se marcha hacia su sino. 
	
Si su sino soy yo, te está esperando.
11.

El alma tenías...

El alma tenías
tan clara 
	y abierta,
que yo nunca pude
entrarme en tu alma.
Busqué los atajos

	angostos, los pasos
altos y difíciles...
A tu alma se iba
por 
	caminos anchos.
Preparé alta escala
-soñaba altos muros
guardándote 
	el alma-,
pero el alma tuya
estaba sin guarda
de tapial ni cerca.

	Te busqué la puerta
estrecha del alma,
pero no tenía,
de franca que 
	era,
entrada tu alma.
¿En dónde empezaba?
¿acababa, en dónde?
Me 
	quedé por siempre
sentado en las vagas
lindes de tu alma.
12.

El sueño

El sueño es una larga
despedida de ti. 
¡Qué gran vida contigo,

	en pie, alerta en el sueño!
¡Dormir el mundo, el sol,
las hormigas, 
	las horas,
todo, todo dormido,
en el sueño que duermo!

	
Menos tú, tú la única,
viva, sobrevivida,
en el sueño que sueño.

	Pero sí, despedida:
voy a dejarte cerca,
la mañana prepara
toda su 
	precisión
de rayos y de risas.
Afuera, afuera, ya,
lo soñado 
	flotante,
marchando sobre el mundo,
sin poderlo pisar,
porque no 
	tiene sitio,
desesperadamente.

	
Te abrazo por vez última:
eso es abrir los ojos.
Ya está. Las 
	verticales
entran a trabajar,
sin un desmayo, en reglas.
Los 
	colores ejercen
sus oficios de azul,
de rosa, verde, todos
a la 
	hora en punto. El mundo
va a funcionar hoy bien;
me ha matado ya el 
	sueño.
Te siento huir, ligera,
de la aurora, exactísima,
hacia 
	arriba, buscando
la que no se ve estrella,
el desorden celeste,
que 
	es sólo donde cabes.
Luego, cuando despierto,
no te conozco casi,

	cuando, a mi lado, tiendes
los brazos hacia mí
diciendo: "¿Qué 
	soñaste?".
Y te contestaría: "No sé,
se me ha olvidado",
si no 
	estuviera ya
tu cuerpo limpio, exacto,
ofreciéndome en labios
el 
	gran error del día.
13.

Escorial II

En vez de soñar, contar. 

La fachada del oeste 
tiene 
	
seiscientas doce ventanas. 

Por la primavera van 
en su cielo, 
	hacia el domingo 
	
una, dos, tres, cuatro, cinco 
nubes blancas. 

Yo te quiero a 
	ti, y a ti 
	
y a ti. 
A tres os quiero yo. 
A las doce el tiempo da 
doce 
	campanadas. 
	

Y ya no podrá escapárseme 
en las volandas del sueño 
la 
	mañana. Haré la raya 
	
para ir sumando: seiscientas 
doce, más cinco, más tres, 
más 
	doce. 
	
¡Qué felicidad igual 
a seiscientas treinta y dos! 
En abril, al 
	mediodía 
	
cuenta clara.
14.

Fe mía

No me fío 
	de la rosa
de papel,
tantas veces que la hice
yo con mis manos.

	Ni me fío de la otra
rosa verdadera,
hija del sol y sazón,
la 
	prometida del viento.
De ti que nunca te hice,
de ti que nunca te 
	hicieron,
de ti me fío, redondo
seguro azar.
15.

Fecha

cualquiera


	¡Ay qué tarde organizada 
	
en surtidor y palmera, 
en cristal recto, desmayo 
en palma curva, 
	querencia! 
	

Dos líneas se me echan 
encima a campanillazos 
paralelas del 
	tranvía. 
	
Pero yo quiero a esas otras 
que se van 
sin llevarme por el 
	cielo: 
	
telégrafo, nubes blancas, 
y -compás de los horizontes- 
el pico 
	de las cigüeñas. 
	

¡Qué perfecto lo redondo 
verde, azul! ¡Ay, si se suelta! 
Lo 
	tiene un niño de un hilo. 
	
¡Quieto, 
aire del sur, aire aire! 
La pura geometría, 
dime, 
	
¿quién se la quita a la tarde?
16.

¿Fue como beso o llanto?...

¿Fue como beso o llanto?

	¿Nos hallamos
con las manos, buscándonos
a tientas, con los gritos,

	clamando, con las bocas
que el vacío besaban?
¿Fue un choque de 
	materia
y materia, combate
de pecho contra pecho,
que a fuerza de 
	contactos
se convirtió en victoria
gozosa de los dos,
en prodigioso 
	pacto
de tu ser con mi ser
enteros?
¿O tan sencillo fue,
tan sin 
	esfuerzo, como
una luz que se encuentra
con otra luz, y queda

	iluminado el mundo,
sin que nada se toque?
17.

Horizontal,

sí, te quiero...


	Horizontal, sí, te quiero.

	Mírale la cara al cielo,
de la cara. Déjate ya
de fingir un equilibrio

	donde lloramos tú y yo.
Ríndete
a la gran verdad final,
a lo que 
	has de ser conmigo,
tendida ya, paralela,
en la muerte o en el beso.

	Horizontal es la noche
en el mar, gran masa trémula
sobre la tierra 
	acostada,
vencida sobre la playa.
El estar de pie, mentira:
sólo 
	correr o tenderse.
Y lo que tú y yo queremos
y el día - ya tan cansado

	de estar con su luz, derecho -
es que nos llegue, viviendo
y con 
	temblor de morir,
en lo más alto del beso,
ese quedarse rendidos

	por el amor más ingrávido,
al peso de ser de tierra,
materia, carne de 
	vida.
En la noche y la trasnoche,
y el amor y el transamor,
ya 
	cambiados
en horizontes finales,
tú y yo, de nosotros mismos.
18.

La distraída

No 
	estás ya aquí. Lo que veo 
	
de ti, cuerpo, es sombra, engaño. 
El alma tuya se fue 
donde tú 
	te irás mañana. 
	
Aún esta tarde me ofrece 
falsos rehenes, sonrisas 
vagas, 
	ademanes lentos, 
	
un amor ya distraído. 
Pero tu intención de ir 
te llevó donde 
	querías 
	
lejos de aquí, donde estás 
diciéndome: 
«aquí estoy contigo, 
	mira». 
	
Y me señalas la ausencia.
19.

La forma de querer tú...

La forma de querer tú 
	
es dejarme que te quiera. 
El sí con que te me rindes 
es el 
	silencio. Tus besos 
	
son ofrecerme los labios 
para que los bese yo. 
Jamás palabras, 
	abrazos, 
	
me dirán que tú existías, 
que me quisiste: Jamás. 
Me lo dicen 
	hojas blancas, 
	
mapas, augurios, teléfonos; 
tú, no. 
Y estoy abrazado a ti 

	sin preguntarte, de miedo 
	
a que no sea verdad 
que tú vives y me quieres. 
Y estoy abrazado 
	a ti 
	
sin mirar y sin tocarte. 
No vaya a ser que descubra 
con 
	preguntas, con caricias, 
	
esa soledad inmensa 
de quererte sólo yo.
20.

La voz a ti debida

Tú vives 
	siempre en tus actos. 
Con la punta de tus dedos 
pulsas el mundo, le 
	arrancas 
auroras, triunfos, colores, 
	
alegrías: es tu música. 
La vida es lo que tú tocas. 

De tus 
	ojos, sólo de ellos, 
	
sale la luz que te guía 
los pasos. Andas 
por lo que ves. Nada 
	más. 
	

Y si una duda te hace 
señas a diez mil kilómetros, 
lo dejas 
	todo, te arrojas 
	
sobre proas, sobre alas, 
estás ya allí; con los besos, 
con los 
	dientes la desgarras: 
	
ya no es duda. 
Tú nunca puedes dudar. 

Porque has vuelto los 
	misterios 
	
del revés. Y tus enigmas, 
lo que nunca entenderás, 
son esas 
	cosas tan claras: 
	
la arena donde te tiendes, 
la marcha de tu reloj 
y el tierno 
	cuerpo rosado 
	
que te encuentras en tu espejo 
cada día al despertar, 
y es el 
	tuyo. Los prodigios 
	
que están descifrados ya. 

Y nunca te equivocaste, 
más que 
	una vez, una noche 
	
que te encaprichó una sombra 
-la única que te ha gustado-. 
Una 
	sombra parecía. 
	
Y la quisiste abrazar. 
Y era yo.
21.

¿Las oyes cómo piden realidades...

¿Las oyes cómo piden realidades,
ellas, desmelenadas, fieras,
ellas, 
	las sombras que los dos forjamos
en este inmenso lecho de distancias?

	Cansadas ya de infinitud, de tiempo
sin medida, de anónimo, heridas

	por una gran nostalgia de materia,
piden límites, días, nombres.
No 
	pueden
vivir así ya más; están al borde
del morir de las sombras que 
	es la nada.
Acude, ven conmigo.
Tiende tus manos, tiéndeles tu cuerpo.

	Los dos les buscaremos
un color, una fecha, un pecho, un sol.
Que 
	descansen en ti, se tú su carne.
¡Se calmará su enorme ansia errante,

	mientras las estrechamos
ávidamente entre los cuerpos nuestros
donde 
	encuentran su pasto y su reposo.
Adormirán al fin en nuestro sueño

	abrazado, abrazadas. Y así luego,
al separarnos, al nutrirnos sólo
de 
	sombras, entre lejos,
ellas
tendrán recuerdos ya, tendrán pasado
de 
	carne y hueso,
el tiempo que vivieron en nosotros.
Y su afanoso sueño

	de sombras, otra vez, será el retorno
a esta corporeidad mortal y rosa

	donde el amor inventa su infinito.
22.

Nadadora de noche, nadadora...

Nadadora de noche, nadadora
entre olas y tinieblas.
Brazos blancos 
	hundiéndose, naciendo,
con un ritmo
regido por designios ignorados,

	avanzas
contra la doble resistencia sorda
de oscuridad y mar, de mundo 
	oscuro.
Al naufragar el día,
tú, pasajera
de travesías por abril y 
	mayo,
te quisiste salvar, te estás salvando,
de la resignación, no de 
	la suerte.
Se te rompen las alas, desbravadas,
hecho su asombro 
	espuma,
arrepentidas ya de su milicia,
cuando tú les ofreces, como un 
	pacto,
tu fuerte pecho virgen.
Se te rompen
las densas ondas anchas 
	de la noche
contra ese afán de claridad que buscas,
brazada por 
	brazada, y que levanta
un espumar altísimo en el cielo;
espumas de 
	luceros; sí, de estrellas,
que te salpica el rostro
con un tumulto de 
	constelaciones;
de mundos. Desafía
mares de siglos, siglos de 
	tinieblas,
tu inocencia desnuda.
Y el rítmico ejercicio de tu cuerpo

	soporta, empuja, salva
mucho más que tu carne. Así tu triunfo
tu fin 
	será, y al cabo, traspasadas
el mar, la noche, las conformidades,
del 
	otro lado ya del mundo negro,
en la playa del mundo que alborea,

	morirás en la aurora que ganaste.
23.

No

rechaces los 
	sueños por ser sueños...


	No rechaces 
	los sueños por ser sueños.

	Todos los sueños pueden

	ser realidad, si el sueño no se acaba.

	La realidad es un sueño. Si soñamos

	que la piedra es la piedra, eso es la piedra.

	Lo que corre en los ríos no es un agua,

	es un soñar, el agua, cristalino.

	La realidad disfraza

	su propio sueño, y dice:

	”Yo soy el sol, los cielos, el amor.”

	Pero nunca se va, nunca se pasa,

	si fingimos creer que es más que un sueño.

	Y vivimos soñándola. Soñar

	es el modo que el alma

	tiene para que nunca se le escape

	lo que se escaparía si dejamos

	de soñar que es verdad lo que no existe.

	Sólo muere

	un amor que ha dejado de soñarse

	hecho materia y que se busca en tierra.
24.

No te detengas nunca...

No te detengas nunca

	cuando quieras buscarme.
Si ves muros de agua,
anchos fosos de aire,

	setos de piedra o tiempo,
guardia de voces, pasa.
Te espero con un ser

	que no espera a los otros:
en donde yo te espero
sólo tú cabes. Nadie

	puede encontrarse
allí conmigo sino
el cuerpo que te lleva,
como un 
	milagro, en vilo.
Intacto, inajenable,
un gran espacio blanco,

	azul, en mí, no acepta
más que los vuelos tuyos,
los pasos de tus 
	pies;
no se verán en él
otras huellas jamás.
Si alguna vez me miras

	como preso encerrado,
detrás de puertas,
entre cosas ajenas,
piensa 
	en las torres altas,
en las trémulas cimas
del árbol, arraigado.

	las almas de las piedras
que abajo están sirviendo
aguardan en la 
	punta
última de la torre.
Y ellos, pájaros, nubes,
no se engañan: 
	dejando
que por abajo pisen
los hombres y los días,
se van arriba,

	a la cima del árbol
al tope de la torre,
seguros de que allí,
en 
	las fronteras últimas
de su ser terrenal
es donde se consuman
los 
	amores alegres,
las solitarias citas
de la carne y las alas.
25.

No te veo. Bien sé...

No te veo. Bien sé
que 
	estás aquí, detrás
de una frágil pared
de ladrillos y cal, bien al 
	alcance
de mi voz, si llamara.
Pero no llamaré.
Te llamaré mañana,

	cuando, al no verte ya
me imagine que sigues
aquí cerca, a mi lado,

	y que basta hoy la voz
que ayer no quise dar.
Mañana... cuando estés

	allá detrás de una
frágil pared de vientos,
de cielos y de años.

Versos y pensamientos de Pedro Salinas

Selección destacada
« Para vivir no quiero islas, palacios, torres. ¡Qué alegría más alta: vivir en los pronombres! »
Pedro Salinas · Para vivir no quiero islas, palacios, torres
« No quiero que te vayas, dolor, última forma de amar. Me estoy sintiendo vivir cuando me dueles »
Pedro Salinas · No quiero que te vayas, dolor
« A veces un No niega más de lo que quería, se hace múltiple... un No da miedo. Hay que dejarlo siempre al borde de los labios y dudarlo. O decirlo tan suavemente que llegue a sonar como un Sí. »
Poemas de Pedro Salinas
« El analfabetismo, o sea aquel estado en que un ser humano no sabe leer, se tiene por una línea fronteriza tan clara y tajante que divide a la humanidad en dos partes implacablemente distintas. »
Poemas de Pedro Salinas
« Los poetas pueden ser definidos como seres que saben decir mejor que otros lo que les duele. »
Poemas de Pedro Salinas
« Lo que queremos nos quiere, aunque no quiera querernos. »
Poemas de Pedro Salinas
« Verdadera maestra de la vida no hay más que una, la experiencia; y tiene escuela abierta para todos. »
Poemas de Pedro Salinas
« En los extremos estásde ti, por ellos te busco.Amarte:¡que ir y venira ti misma de ti misma!Par dar contigo, cerca¡que lejos habrá que ir!Amor: distancias, vaivénsin parar. »
Poemas de Pedro Salinas
Trayectoria lírica

Poemas y obras destacadas

Antología de poemas inmortales

Reúne las composiciones poéticas más aclamadas de Poemas de Pedro Salinas, donde la maestría del verso y la hondura del sentimiento alcanzan su máxima expresión.

Sus versos exploran la belleza de la naturaleza, el anhelo del amor verdadero y la búsqueda de sentido ante los enigmas del destino.

Una antología indispensable que demuestra por qué su poesía sigue viva y resonando con fuerza en el corazón de los lectores actuales.

Algunos libros de poesía de Pedro Salinas:

Edición física recomendada para disfrutar de su obra lírica: