Poesía Universal

Pablo García Baena

Biografía y amplia selección de poemas de Pablo García Baena. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Pablo García Baena. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Pablo García Baena

16 poemas seleccionados
1.

Agatha 2

A Rafael Benítez

Empezar, todo joven, de nuevo aquel amor

		es como abrir de pronto cerrado gabinete irrespirable
de agonía 
		suntuosa
por donde ibas o flotabas, galgos,
crisantemos, formol, 
		caobas rubias.
Tendida en la otomana de cachemir,
culpable, 
		desencantada,
insomnio de lilas por el párpado,
abrías el cestillo 
		de sierpes de los celos,
lumbre verde lamiendo
la áspera humedad 
		de las hojas de higuera.
Pliegues sacerdotales por el traje pesado

		como vendimias, pavos
reales o noche en Samarcanda.

		Sexo-Ceremonial. Daba risa y respeto
verte por el teatro de tu vida, 
		ondulante
terciopelo o leopardo, repitiendo
declamatoria y mítica,

		como la Duse, Sarah o Norma Desmond,
palabras favoritas: Fatalidad, 
		Destino.

		
La carne era tan nueva y tú sabías tanto:
la jerarquía del ópalo 
		y su brillo funesto,
la anestesia fugaz del heliotropo,
el ajenjo 
		de paso silencioso.
Frutas de cera roja como remordimientos,

		palomas como alados pechos níveos
colmaban las bandejas
y en tus 
		ojos distintos se agrandaba el ocaso
como una piedra oscura 
		hundiéndose en las aguas.
Por las copas esbeltas, glaucas, altas, 
		Falerno,
Chablis, Tokay, Mosela, podrías,
misteriosa verter los 
		antiguos venenos:
¿oropimente, acónito, cicuta mayor fétida,

		escamonea de Alepo, piedra de Armenia, tártatro?
Reías. Dependía del 
		color de la túnica,
del color del deseo invadiendo tus hombros

		como yedra que repta por estatua de otoño.
Reías.
Era dulce aquel 
		tóxico,
aquel filtro o narcótico del amor en tus brazos:
un dragma 
		de beleño, phelandrio, tejos fúnebres.
Un día te alejaste. Como un 
		golpe de mar
te arrebató, desnuda, la galerna de Europa.
Pienso si 
		salvarías al menos del naufragio 
		
el samovar de plata.
2.

Alma feliz

Alma felice che sovente torni...
                                                                                 
		Petrarca, Soneto XIV

Alma feliz por siempre, pues lo fuiste 
		un instante,
vuelve, ligera corza de la dicha pasada,
junto al 
		frío torrente donde flota el recuerdo,
donde la rosa última de 
		fugitivas horas
aún perfuma suave con su filtro de llanto.

		
Vuelve bajo la luna floral de primavera
a las tímidas huellas de 
		dormidos senderos,
y aspira en esa rosa melancólica y pura
todo el 
		bosque que arde perdido en tu memoria
con sus rojas maderas 
		incendiando los días.

		
Como nauta que asiste impasible en su leño
al naufragio solemne 
		de la torva tormenta,
desde la roca púrpura por el himno del rayo

		mira al joven ahogado, coronado de algas,
flotar en la encrespada 
		cabalgata marina.

		
Jardines de amatista, emergiendo sombríos
con pálidos estanques y 
		la perla del cisne,
desde la lejanía pronunciarán tu nombre
y 
		pulsará el ocaso sus laúdes de luna,
latentes como vírgenes corazones 
		secretos.

		
Nocturnas bayaderas su cintura de estío
aplastarán corceles con 
		las crines ardiendo.
Mensajeros errantes agitarán pañuelos
antes 
		de ser talados por el hacha implacable
que convierte a los cedros en 
		funerales lámparas.

		
Era niño y el claustro de la vida empezabas:
la mirada dorada, 
		rubio el ligero rizo.
Bajo brisas de ensueño escondías al mundo

		tus joyas de ternura, la soledad y su fuente,
como el avaro guarda 
		metálicas luciérnagas.

		
Viviste bajo el ala florida de aquel tiempo
glorioso para el 
		hombre. Hoy, que cansado vuelves,
mira cómo endiamanta tu llanto las 
		ruinas,
cual pájaro de agua que anidara en sus yedras
cuando mayo 
		suspira en las flautas fragantes.

		
Así fueron tus tardes. Así el viento. Las lilas,
el gorjeo 
		diminuto de sus cálices tibios
deshojaban. De nuevo volverá todo un 
		día.
Dime que has de volver con la mágica llave
de la puerta 
		perdida en un muro de niebla.

		
Y será igual que entonces: el brodequín de oro
sobre la misma 
		tienda. Gonfalones sagrados
pasarán en días santos. Madam Lily, la 
		sílfide.
purpurina en el pelo, cantará en el alambre,
y un reguero 
		de paja dejarán las carretas.

		
Escucha el preludiar de violines antiguos.
Ya ha empezado la 
		danza. Los címbalos sonoros
gotean áureo polen en ansiosas corolas

		y desnuda a la luz de trompas y de oboes
embriágate, oh alma, 
		recordando tu dicha.
3.

Amantes

El que 
		todo lo ama con las manos
despierta la caricia de las cítaras,

		siente el silencio y su pesada carne
fluyendo como ungüento entre los 
		dedos,
lame la lenta lengua de sus manos
el hueso de la tarde y 
		sus sortijas
se enredan en el ave adormecida
del viento. Labra en 
		mármoles de humo
el cuerpo palpitante del abrazo
extenuado cual 
		cervato agónico,
y con el pico frío de sus uñas
monda la oliva 
		efímera del beso.
El que se ama solo, el que se sueña
bajo el 
		deseo blanco de las sábanas,
el que llora por sí, el que se pierde

		tras espejos de lluvia y el que busca
su boca cuando bebe el don del 
		vino,
el que sorbe en la axila de la rosa
la pereza oferente de 
		sus hombros,
el que encuentra los muslos del aljibe
contra sus 
		muslos, como un saurio verde
sobre el mármol desnudo e inviolado,

		ese que pisa, sombra, desdeñoso
el pavimento de las madrugadas.
El 
		que ama un instante, peregrino
voluble, de flauta hasta los labios,

		de la trenza al cítiso, de los cisnes
a la garganta, de la perla al 
		párpado,
de la cintura al ágata, del paje
a la calandria y tras 
		él, silente 
		
va talando el olvido de las mieses altas,
tirso áureos de 
		espigas, leves brotes,
todo un bosque confuso de recuerdos,
y él 
		va cantando, ruiseñor nocturno,
capricho y galanía, bajo la luna.

		Y el que besa llorando y el que sólo
sabe ofrecer y aquel que cubre 
		el pecho,
para no amar, de oscuro arnés, sonrisa
y un gerifalte 
		lleva silencioso
devorando su corazón de gules.
Todos, la noche 
		maga con su rezo
los enloquece, clava en sus pupilas
el helor de 
		su vaga nieve negra,
les da a beber rencor entre sus manos,
los 
		hurta en el arzón de sus corceles,
los trae y los lleva como mar en 
		cólera,
coronadas las olas de sollozos,
de cabelleras náufragas, 
		de sangre,
y los devuelve dulces, poseídos,
hasta la playa bruna y 
		solitaria.
4.

Antiguo muchacho

Entre la noche era la 
		madreselva como de música
y el sueño en nuestros párpados abejas que 
		extraían
de las lluviosas arpas del otoño
un panal de violetas y 
		silencio.
Con un escalofrío se presentía entonces el amor fugitivo

		como un trovador, bello de lazos y de cintas,
que, junto a un cenador 
		donde una tea alumbra,
bajara por la escala del desmayado cuerpo de 
		la infanta
al par que entre la fronda el ruiseñor perfuma de armonía 
		la noche.
Erraba en las almenas un vago suspirar de abandonados 
		velos,
de cabelleras lánguidas flotando en los estanques
y un 
		ajimez quedaba solo frente a la luna
adormecida por el laúd de los 
		besos.
Revivo la mirada pálida de los espejos
y mi rostro 
		preguntando en su oráculo,
y la mano que repasaba, lenta, mis 
		mejillas, mis labios.
Había una ventana donde el mar convertía en 
		espumas sus cisnes,
y en los aparadores bandejas con membrillos 
		cocidos 
		
y el tarro de las guindas,
y las cidras frías por el mármol de la 
		madrugada,
y los dulces de piñonate en su estrella de papel rizado.

		El domingo escalaba con su luz amarilla,
con su parra latiendo de 
		áureos cimbalillos,
los álamos sombríos del invierno,
y las horas, 
		veloces, agitaban sus pétalos
como rosal que deja su nieve por el 
		aire.
Y la noche llegaba al campo reclinando su cabeza en los montes,

		y un miedo suave bajaba con el ladrido de los perros por las cañadas,

		y la última garza de la tarde dormía entre los juncos.
Decidme dónde 
		tengo aquel niño con el cuelo sujeto de bufandas
y la enorme mosca 
		negra de la fiebre aleteando en mis sienes,
y en torno de mi lecho, 
		Sandokán con la perla roja en su turbante
y Aramis perfumado de 
		unción episcopal,
y Robinsón bajo el verde loro balanceante de los 
		bambúes.
Aquel cerrado mirador, entre lutos,
donde paraban todos 
		los años la Oración del Huerto
cuando el Jueves Santo gemía en su 
		larga trompeta morada.
Y la Virgen Dormida, en un agosto de bengalas,

		y los muertos contemplando desde su balaustrada de ausencias
las 
		débiles lamparillas de la noche de Todos los Santos.
Llovía en los 
		cristales. Ahora, silenciosos, vuelven tristes perfiles,
voces que 
		pálidas renacen,
como hojas arrastradas a un otoño de olvido.
Y 
		como el nadador, dichosamente cansado,
deja escurrir los dedos del 
		agua por su cuerpo desnudo
volviendo su mirada hacia la playa,
así 
		a ti me vuelvo,
buscado tu sonrisa en mi sonrisa,
tu mirar en mis 
		ojos
y tu honda voz pura, antiguo muchacho,
fluyendo como un agua 
		fresquísima
del manantial cegado de los días.
5.

Antrim road

Para Lola del Estal
			

Vienes con el amanecer
o ya estás, estás sentado aún 
			con las estrellas
en el duro escalón del arriate
donde 
			encañados crecen los guisantes de olor
y el botón estallante de 
			la amapola india,
el pequeño dominio urbano de tu siembra.

			¿Alguna vez pensaste que te ornarían los brotes,
los tanteantes 
			pámpanos prensiles,
en caligrafía de dibujo sobre la fúnebre 
			pizarra?
Inmóvil no suspiras,
pensativo y doméstico dios menor 
			y guardián,
sólo atento a la losa que tu nombre proclama
y tu 
			derecho:
Abraham Higgins, proprietor. 1876.
Vendido el predio,

			la actual dueña intrusa a sabiendas te ignora
tal no repara en el 
			caracol de zurrón deslizante,
vulnerando tu espacio de armonía

			tendaleras con prietos calcetines de lana
de su amante galés, 
			beodo y rojo.
En el prerrafaelista clarear de la luz
la 
			malvarrosa yergue sus ásperos papeles
y sólo yo te veo, 
			accidental huésped de semana,
de bed and breakfast.
Cuando 
			regrese al fuego suicida de mi patria
definitivamente tú habrás 
			muerto.
6.

Arca de lágrimas

¿Quién sois, Señora, que dejáis vuestra casa sobre la cuesta, 
			
vuestro camarín de buganvillas y luces
y vais llorosa en 
			noche de tambores
-otra vez los tambores, ahora en gloria 
			fúnebre-, 
			
Señora enlutada que camináis hacia los patíbulos?

El 
			madero se yergue sobre el monte
y pende a punto de caer el fruto 
			bendito, 
			
acorred, Señora de los ajusticiados.

El condenado grita 
			en la noche: Padre. 
			
No es a Vos, humanísima, no divina, 
amarga sólo y sólo en la 
			amargura entreabrís vuestros labios. 
			
Y está la noche erizada de tambores, 
cientos de años bajando 
			en soledad
por el monte de la calavera, 
			
vuestro manto empapado en el lodo y la sangre 
por siempre 
			jamás, Madre del supliciado, 
			
la voz encomendándote: Mujer, ahí está tu hijo, 
el reo, el 
			acusado, el hombre.

			
Otra vez los tambores anuncian la ejecución 
junto a la tapia 
			blanca, 
			
Señora que acudís sola en vuestro sollozo, 
las lágrimas 
			lloviendo silenciosas.

			
Llagas de la tortura en las celdas,
fiebre de heridas en las 
			sábanas coaguladas de los hospitales, 
			
blanca sobredosis de luna sobre el crimen.
Rasean los 
			tambores con el vuelo de las rapaces amarillas,
la quieta brasa 
			de sus ojos brillando 
			
sobre las osamentas de la guerra y el hambre, 
y el vacilante 
			abandono de la razón 
			
cuando el dedo de infamia señala las tinieblas exteriores.

			
Sin duda estáis cansada en vuestro acuitamiento, 
Señora que 
			presides la noche de la necesidad, 
			
escalera, lienzos, sepultura.
Vuestro pueblo os aclama y a la 
			vez -no callan los tambores- 
			
brillan en vuestro corazón los cuchillos del abandono, 
y 
			florecen en vuestras manos los juncos marinos de las espinas, 
			
el férreo lirio sangriento de los clavos.

Señora que 
			camináis al atardecer 
			
tras el cadáver rígido sobre el frío de la losa, 
sobre la 
			terca ceguera de los hombres 
			
marcados como el rebaño con la señal del matadero, 
Señora 
			que volvéis los ojos
en la fatiga de la compasión
-velan aún, 
			confusos, los tambores-, 
			
ayúdanos, Altísima.
7.

Bajo la dulce lámpara...

Bajo la dulce lámpara,
el dedo sobre el atlas entretenía al 
			muchacho en ilusorios viajes
y un turbador perfume de aventuras

			salpicaba de sangre el mar antiguo de los corsarios.
Los 
			galeones, como flotantes cofres de tesoros,
eran abordados por 
			las naos piratas
y el yatagán, las dagas, los alfanjes se hundían
			
en los cuerpos cobrizos y las manos violentas
arrancaban la 
			oreja donde el zafiro lucía como Vega en la noche.
Las arcas 
			destrozadas de alcanfor y palosanto
volcaban el carey, las telas 
			suntuarias
y el coral, no tan ardiente como el beso del bucanero

			en los pálidos labios de las virreinas.
Las antiguas colonias 
			Veracruz, Puerto Príncipe,
el índigo Caribe y las islas del 
			Viento
conocen las hazañas de bajeles fantasmas
y Maracaibo 
			canta con los esclavos su desgana
a la luz que deshace la 
			cabellera ébano de los banjos
en un río de jengibre.
Otras 
			veces al soplo suave de Favonio,
empujado por Tetis y las verdes 
			Nereidas,
el Mediterráneo dorado por la escama de los delfines

			dejaba su plegaria fugitiva de algas
en las votivas gradas de los 
			templos.
Allí Venecia en el otoño adriático
mece en la ola 
			púrpura su cesto de corrompidos frutos,
desfalleciente en el 
			abrazo joven de los gondoleros,
y las jónicas islas
se yerguen 
			como mitras de mármol sobre las aguas.
En su lento carro de 
			bueyes rojos avanza Egipto
y Alejandría, Esmirna, Ptolemaida, 
			brillan en la noche
como un velo bordado de sardios
cuyos 
			pliegues sujeta la diadema de Estambul
allá en el Bósforo 
			fosforescente.
El incansable dedo atravesaba Arabia
y el 
			cálamo aromático ceñía con un mismo turbante de cansancio
las 
			cinturas de los amantes.
Al crepúsculo,
surgía Persia como un 
			lento girasol de fastuosidades,
y el bárbaro etíope, negro fénix 
			llameante,
consumía sus entrañas en el furor celoso de la caza

			mientras Ceylán los bosques de canela y caoba
silenciaba con el 
			ala de sus pájaros misteriosos.
Muchacho infatigable, bajo la 
			dulce lámpara,
tal vez buscaba una secreta dicha
apenas 
			confesada en su interior.
Cuando los días pasaron, él ya supo

			que su destino era esperar en la puerta mientras otros pasaban.

			Esperar con un brillo de sonrisa en los labios
y la apagada 
			lámpara en la mano.
8.

Bajo tu sombra, Junio, salvaje parra...

Bajo tu sombra, Junio, salvaje parra,
ruda vid que coronas 
			con tus pámpanos las dríadas desnudas,
que exprimes tus racimos 
			fecundos en las siestas
sobre los cuerpos que duermen 
			intranquilos,
unidos estrechamente a la tierra que tiembla bajo 
			su abrazo,
con la mejilla desmayada sobre la paja de las eras,

			la respiración agitada en la garganta
como hilillo de agua que 
			corriera secreto entre las rosas
y los labios en espera del beso 
			ansioso
que escapa de tu boca roja de dios impuro.
Bajo tu 
			sombra, Junio,
yedra de sangre que tiende sus hojas

			embriagando de sonrisas la pared más sombría,
la piedra 
			solitaria;
Junio, paraíso entre muros, que levantas la antorcha 
			de tus árboles
ardiendo en la púrpura vesperal,
bajo tu sombra 
			quiero ver madurar los frutos,
las manzanas silvestres y los 
			higos cuajados de corales                                                                                
			submarinos,
la barca que va dejando por los ríos lejanos sus 
			perfumes,
los bosques, las ruinas,
las yuntas soñolientas por 
			los caminos
y el zagal cantando con un junco en los labios.

			Quiero oír el inquieto raudal de los torrentes,
el crujido de las 
			ramas bajo el peso del nido
y el resonante silencio de las 
			constelaciones
entreabriendo sus alas como pájaros espumantes de 
			fuego
al fúnebre conjuro de los nocturnos pífanos.
Bajo tu 
			sombra quiero esperar las mañanas fugitivas de frescura
y los 
			atardeceres largos como miradas
cuando todo mi ser es un canto al 
			amor,
un cántico al amor entregado,
mientras las manos se 
			curvan sobre las espaldas desnudas
y mis párpados se tiñen con el 
			violento jacinto de la dicha.
9.

Bobby

No era el amor y se llamaba Antonio.

		Hablaba como un indio del Far- West:

		«hombre alto», «boca larga». Era de Fuengirola.

		y siempre había un teléfono donde llamarlo cuando

		-y reía-

		la noche era más larga, más amarga, más lenta.

		Por las villas de canos jubilados de Holanda,

		por la «suite» de la vieja dama inglesa,

		la viuda o divorciada más allá de los ácidos,

		por el apartamento oscuro del borracho,

		surgía su desnudo auroral como Jonia.

		Era animal de dicha y entraba fiel, ruidoso,

		un grueso calabrote de plata por el cuello...

		Sobre muebles de Herraiz o lacas chinas,

		biombo bermellón de zancudas doradas,

		o en raída moqueta o taquillones

		de castellano en serie,

		iba dejando las botas deportivas,

		los calcetines rojos,

		el pequeño taparrabos celeste,

		la camiseta como broquel de un pecho

		sin defensa. Portador de alegría,

		tal un dios de tobillos alados que bajara

		a los orcos humanos

		ahuyentaba la lágrima, la carta, los somníferos,

		la desesperación y su lívida mecha.

		Y una noche me dijo, su lengua por mi oído,

		«Quisiera haberme muerto».
10.

Cándido

Tanto tiempo en silencio, tantos días
juntos sobre el jergón 
		encarnizado,
sobre el ara o caverna de la cama
que altas cortinas, 
		como altivos muros,
defendían de gritos y de música.
Amablemente 
		preso te tenía
amor de seda y garra leonada,
inerme animal 
		capturado
en incendiados bosques venatorios.
Mas en tus ojos un 
		oscuro brillo
forestal, un latido bronco y libre
me decían que no 
		es lo suficiente-
mente espesa la red entretejida,
como nupcial 
		velambre o madriguera,
ni la llave de oro y la carlanca
seguros 
		contra el odio del vencido.
Así un día te fuiste y los perros

		ladraron a tu muerte entre la niebla,
entre el olvido, pájaro de 
		lágrimas.
...Por las torres de Córdoba llovía... 
		
Vuelves ahora en altas madrugadas
de recién lluvia, a encender 
		los cirios,
ceremonial augusto del recuerdo,
por mi noche que 
		alúmbrase en lo hondo
de nueva luz, oh lívidos puñales
levantados, 
		fantasmas fulgurantes,
cartas, fotografías, siemprevivas,
volved a 
		vuestras vainas, a los féretros
silenciosos que arrastra la 
		corriente.
Junto a los olas yo también soy libre.
11.

Como el árbol dorado sueña la hoja verde...

Como el 
		árbol dorado sueña la hoja verde,
ahora que no estás y en los bosques 
		nevados
cruje lívidas urnas, fantasmal, el invierno,
los jóvenes 
		deseos a la deriva quieren
cubrir tu memorial de húmedas laureas.

		
Era el marzo feliz que oreaban los vientos
primaveral basílica 
		los juncos erigían,
las varitas moradas de san José, la avena
como 
		lluvia menuda y un recado secreto
la cardelina lleva por alfarjes de 
		ramas.

Así como la tierra mi corazón hinchado
germinaba de 
		ocultas semillas sepultadas.
Así como la tierra nupcias al mar ofrece

		el oleaje crespo de los besos unía
labio y tierra en anillos de 
		herrín indestruibles.

Veíamos el mundo juntos sobre la roca...

		Qué lejos el sollozo, los dioses, la leyenda
que luego tú serías, 
		rojeantes racimos
de riparia cubriendo, armoniosa, tu estatua

		cuando ya fuiste mármol inaccesible y ciego.

Pero el cielo era 
		puro y fugaz y la loca
alegría de vivir, esa máscara errante
y 
		beoda reía bajo el galoneado
raso del capuchón del dominó talar,

		otorgando antifaces que realidad cubrían

La tristeza, una calle 
		por donde no pasábamos,
la poesía, una flauta que gime abandonada

		y el rezo y los sociales lazos y la amistad,
esa vieja burguesa con 
		labor de ganchillo,
nos vieron ir desnudos bajo constelaciones.

		
Sabíamos que un soplo acabaría con todo:
estancias en la noche 
		centelleante de arañas,
copas alzadas, senos, más hielo, el jardín 
		rosa
y verde de la aurora irrumpiendo en cristales,
desgarrando la 
		cola de satén de la huida.

Sabíamos que un soplo... Y que no 
		volvería
aquel vino jamás a mojar nuestros labios.
Confusamente 
		turbia tiendo la mano ahora
hacia la puerta, arcano, tarot, 
		encantamiento,
y allí encuentro tu mano entreabriendo el recuerdo.
12.

Como el árbol dorado sueña la hoja verde II...

A José Infante

		
Como el árbol dorado sueña la hoja verde,
ahora que no te tengo, 
		que no te temo, invento
aquellos días, fueron ciento cincuenta días,

		larga vida de hombre solo con su infortunio,
de leproso que vela su 
		áurea lacería.

		
Solo contigo, solos en isla, en celda, en faro
en la noche... 
		Condena que anhelaba perpetua.
Por ventanas clavadas, grietas, 
		gritos, caricias,
miraba hervir el mundo, anillado cual ave

		suntuosa que arrastra, enferma, la cadena.

		
Terror a despertar con el último vino,
con el último alba: estás, 
		estoy. Infierno
de las manos palpando, galeote de niebla
que 
		reencuentra en la sombra la tortura del remo,
en el ornamental 
		poderío del naufragio.

		
Y el harapo de dicha que yo creía clámide,
y el azur, la corona 
		pagada con las lágrimas
y el coturno falaz de la guardarropía,
ese 
		foco a destiempo, se nos ve todo falso:
saurio de oro, deseos, joyas, 
		tizón, alcoba.

		
Al rito de los días sanguinolenta entraña
-«Come, bicho-, 
		entregabas, amor, devora, besa.
Pasaban procesiones: «Oh Corazón 
		Sagrado...»
Tú también ostentabas mi corazón en llamas,
vellocino 
		de púrpura que estrujaba tu mano.

		
Como en ciudad sitiada cuyo botín codicia
el rubio lansquenete, 
		al humo del incendio
altas picas enhiestas, lanzas de jifería

		desollaron las viejas virtudes cuyos nombres,
Prudencia, Compasión, 
		aroman los breviarios.


		Había que 
		hacer algo: huir de mí contigo,
una sola maleta, un ataúd, un tren

		que nos arrase juntos o llamar por teléfono
o al cielo... Estarán 
		comunicando ahora.
Desde los altos muros arrojamos la llave.


		Y creció 
		un lirio rojo de llanto sobre el mundo
cuando ya las campanas, 
		funeral huésped mío,
te doblaban y el negro caballo de los muertos,

		pisándose el jirel polvoriento y solemne,
te arrastraba al glacial 
		destierro de la ausencia.
13.

Elegía

Me 
		envuelvo en tu recuerdo
como en nieblas secretas que me apartan del 
		mundo.
En la calle sonrío al amigo que pasa,
y nadie,
nunca 
		nadie
adivinó mi muerte bajo aquella sonrisa
ni el frío sin 
		consuelo de mis ojos que ciegan
pidiendo de los tuyos más desdén,

		más veneno.
Ahora que la tarde se derrumba en las sombras,
y que 
		el libro de versos resbala por mis manos,
ahora que la lluvia llora 
		por los cristales
de mi ventana,
y llanto va a caer de mis ojos,

		antes de que una mano encienda la dorada
llama de mi quinqué,
dime 
		si tú no sueñas en tu balcón, ahora
que la lluvia nos une a los dos 
		con sus lágrimas,
o si sobre el teclado de tu piano oscuro
agoniza 
		Chopin
bajo tus manos trémulas.
Nunca sabrás el loco deseo que me 
		tortura
de cautivar tus labios bajo mi boca ávida,
y sentir el 
		latido de tu sien en mi mano
aprisionada como un pájaro aterido.

		Pero no sabrás nunca nada de mi deseo.
Nada de cuando pienso 
		desgarrar con mis dientes
los azules canales de tus venas
y juntos

		morirnos desangrados, confundidas las sangres.
Pero estamos ajenos.

		Yo sigo en mi ventana,
y tú soñando en otro mientras Chopin suspira,

		ahora que aún no arde en mi quinqué la luz
y que a los dos nos une la 
		lluvia con sus lágrimas.
14.

Galán

Aquí está 
		ya el amor.
La luna crece en el espacio virgen.
Desnudo, el 
		desvelado hacia la aurora siente
resbalar por su cuerpo un agua de 
		sonrisas.
Los álamos palpitan de finos corazones
y lento va el 
		cortejo de los enamorados suspirante 
		
                                                                    
		en la noche,
deshojando el jazmín de las vihuelas.
Una mano 
		enjoyada de anillos y serpientes
hunde sus uñas sabias de placer en 
		los durmientes núbiles
y fría en su belleza la alta madrugada respira 
		en las glicinas.

Él piensa:
"Ah, caminar a solas bebiendo tu 
		embeleso
por el vientre sombrío de la playa
donde el mar, a 
		nuestros pies descalzos,
rompe en astros su voz amarga y su desdén.

		Un rumor de guitarras perezosas
en los puertos azules donde la palma 
		florecida mece,
ebria, su danza lánguida
nos dirá que el amor es 
		tan sólo un sorbo de verano.
Viviremos bajo un dolmen de yedras y de 
		lluvias
en las suaves colinas enrojecidas de frutos
y la dicha 
		fugaz apartará sumisa para vernos
los pámpanos silvestres dorados por 
		el ala de  los abejarucos.
Ah, morir, quiero morir con tu nombre 
		en mis labios."


		La noche 
		unge con sus sacros óleos los ojos del amante.
Juglares y doncellas

		que ofrecían manzanas de amor entre columnas
duermen bajo una brisa 
		de besos que deshace sus cabellos floridos
y sólo el ruiseñor, el 
		príncipe nocturno,
asciende por las altas graderías de la luna
y 
		en su pluma suave
una rosa de láudano crece esparciendo olvido.

		
El piensa entre los sueños:

"Quiero morir cantando junto al 
		mar".
15.

Hace ya tiempo que no sé de ti...

A Cándida Guerrero Natera 

Hace ya tiempo que no sé de 
		ti
y está la sierra como te gustaba
con el otoño.
Por 
		Escalonias y por San Calixto
a las primeras lluvias han crecido

		las hierbas y una seña silenciosa
me entregan tuya en verdor y aroma.

		Las ciervas ramonean acebuches
y está la brama resonando fiera,
en 
		el fragor del monte su sollozo.
El venado de sombra taciturna
alza 
		la cuerna como un candelabro
que incendiara de celo y oro el bosque,

		y el jaro jabalí híspido bate
el hosco ramo prieto de la encina,

		tal me decías.

		
Hace ya tiempo que callas, lejana.
Mañana de los lunes en el 
		viejo
archivo provincial, legajos, cintas
rojas de las carpetas, 
		boletines.
Todo el oficinal rito perenne
se estremecía al aire del 
		lentisco,
al varear de juncos en las fugas,
al corno inglés en 
		óperas de Weber.

		
Y queda aún olor de jara y pólvora,
en el veraz relato, entre tus 
		manos,
hace ya tiempo.

		
Y pienso en ti y sonrío y me es grata
tu memoria, como una prenda 
		usada
de abrigo al calofrío de la casa.
16.

Infame turba

Nunca supimos qué pájaro era aquel
que cantaba al besarnos...

		
Al besarnos el alba
sería la alondra ilustre,
el vano 
		timbalero de Verona,
diana floreciendo en el dormido alféizar,

		salvas inoportunas,
diligentes clarines matinales
hostigando al 
		amante perezoso
su ligera fanfarria.

		
Nunca supimos qué pájaro era aquel
que cantaba...

Que 
		cantaba en la noche,
ruiseñor, geiser puro
de lágrimas brotando, 
		silenciosa
perla de la armonía, copa lívida
desbordando tristeza y 
		ebriedad.
Voz sacra de la luna. A su conjuro,
espectral médium 
		pálido,
entre la fronda ensimismada surgen
invocadas estatuas.

		
Nunca supimos qué pájaro era aquel...

Era aquel mirlo blanco

		que llamaba desde la oscura tarde,
cuco, péndulo primaveral

		pausadamente hiriendo en el recuerdo.
Ribera del amor, aparejadas

		las aves, las sonrisas, golondrinas,
paloma de collar, colibrí, 
		pechirrojo,
pueblan libres el ámbito.

		
Nunca supimos qué pájaro...

¿Qué pájaro del frío, aguzanieves

		del olvido, avefría, nevatilla,
trémulas patas sobre ramas yertas,

		con sus picos hurgando en el sonoro
corazón, tronco vivo retumbante,

		cavaban tumbas al helor del tiempo?

		
Nunca supimos...

Supimos bien si aquel reclamo era
gorjeo 
		artificial, ruedas, tornillos,
un jilguero mecánico, espejuelos
o 
		canario de cuerda, fidelísima
tórtola de latón y purpurina,

		selvática viuda desolada.

		
Nunca...

Sí, nunca nos besamos.

Versos y pensamientos de Pablo García Baena

4 citas
« A Rafael Benítez / Empezar, todo joven, de nuevo aquel amor »
Pablo García Baena · Agatha 2
« Petrarca, Soneto XIV / Alma feliz por siempre, pues lo fuiste »
Pablo García Baena · Alma feliz
« El que / todo lo ama con las manos »
Pablo García Baena · Amantes
« Entre la noche era la / madreselva como de música »
Pablo García Baena · Antiguo muchacho
Biblioteca poética

Libros de Pablo García Baena recomendados

Ediciones recomendadas para disfrutar de su obra poética completa y estudio crítico: