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Pablo García Baena · Agatha 2
Biografía y amplia selección de poemas de Pablo García Baena. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Pablo García Baena. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
A Rafael Benítez Empezar, todo joven, de nuevo aquel amor es como abrir de pronto cerrado gabinete irrespirable de agonía suntuosa por donde ibas o flotabas, galgos, crisantemos, formol, caobas rubias. Tendida en la otomana de cachemir, culpable, desencantada, insomnio de lilas por el párpado, abrías el cestillo de sierpes de los celos, lumbre verde lamiendo la áspera humedad de las hojas de higuera. Pliegues sacerdotales por el traje pesado como vendimias, pavos reales o noche en Samarcanda. Sexo-Ceremonial. Daba risa y respeto verte por el teatro de tu vida, ondulante terciopelo o leopardo, repitiendo declamatoria y mítica, como la Duse, Sarah o Norma Desmond, palabras favoritas: Fatalidad, Destino. La carne era tan nueva y tú sabías tanto: la jerarquía del ópalo y su brillo funesto, la anestesia fugaz del heliotropo, el ajenjo de paso silencioso. Frutas de cera roja como remordimientos, palomas como alados pechos níveos colmaban las bandejas y en tus ojos distintos se agrandaba el ocaso como una piedra oscura hundiéndose en las aguas. Por las copas esbeltas, glaucas, altas, Falerno, Chablis, Tokay, Mosela, podrías, misteriosa verter los antiguos venenos: ¿oropimente, acónito, cicuta mayor fétida, escamonea de Alepo, piedra de Armenia, tártatro? Reías. Dependía del color de la túnica, del color del deseo invadiendo tus hombros como yedra que repta por estatua de otoño. Reías. Era dulce aquel tóxico, aquel filtro o narcótico del amor en tus brazos: un dragma de beleño, phelandrio, tejos fúnebres. Un día te alejaste. Como un golpe de mar te arrebató, desnuda, la galerna de Europa. Pienso si salvarías al menos del naufragio el samovar de plata.
Alma felice che sovente torni...
Petrarca, Soneto XIV
Alma feliz por siempre, pues lo fuiste
un instante,
vuelve, ligera corza de la dicha pasada,
junto al
frío torrente donde flota el recuerdo,
donde la rosa última de
fugitivas horas
aún perfuma suave con su filtro de llanto.
Vuelve bajo la luna floral de primavera
a las tímidas huellas de
dormidos senderos,
y aspira en esa rosa melancólica y pura
todo el
bosque que arde perdido en tu memoria
con sus rojas maderas
incendiando los días.
Como nauta que asiste impasible en su leño
al naufragio solemne
de la torva tormenta,
desde la roca púrpura por el himno del rayo
mira al joven ahogado, coronado de algas,
flotar en la encrespada
cabalgata marina.
Jardines de amatista, emergiendo sombríos
con pálidos estanques y
la perla del cisne,
desde la lejanía pronunciarán tu nombre
y
pulsará el ocaso sus laúdes de luna,
latentes como vírgenes corazones
secretos.
Nocturnas bayaderas su cintura de estío
aplastarán corceles con
las crines ardiendo.
Mensajeros errantes agitarán pañuelos
antes
de ser talados por el hacha implacable
que convierte a los cedros en
funerales lámparas.
Era niño y el claustro de la vida empezabas:
la mirada dorada,
rubio el ligero rizo.
Bajo brisas de ensueño escondías al mundo
tus joyas de ternura, la soledad y su fuente,
como el avaro guarda
metálicas luciérnagas.
Viviste bajo el ala florida de aquel tiempo
glorioso para el
hombre. Hoy, que cansado vuelves,
mira cómo endiamanta tu llanto las
ruinas,
cual pájaro de agua que anidara en sus yedras
cuando mayo
suspira en las flautas fragantes.
Así fueron tus tardes. Así el viento. Las lilas,
el gorjeo
diminuto de sus cálices tibios
deshojaban. De nuevo volverá todo un
día.
Dime que has de volver con la mágica llave
de la puerta
perdida en un muro de niebla.
Y será igual que entonces: el brodequín de oro
sobre la misma
tienda. Gonfalones sagrados
pasarán en días santos. Madam Lily, la
sílfide.
purpurina en el pelo, cantará en el alambre,
y un reguero
de paja dejarán las carretas.
Escucha el preludiar de violines antiguos.
Ya ha empezado la
danza. Los címbalos sonoros
gotean áureo polen en ansiosas corolas
y desnuda a la luz de trompas y de oboes
embriágate, oh alma,
recordando tu dicha.
El que todo lo ama con las manos despierta la caricia de las cítaras, siente el silencio y su pesada carne fluyendo como ungüento entre los dedos, lame la lenta lengua de sus manos el hueso de la tarde y sus sortijas se enredan en el ave adormecida del viento. Labra en mármoles de humo el cuerpo palpitante del abrazo extenuado cual cervato agónico, y con el pico frío de sus uñas monda la oliva efímera del beso. El que se ama solo, el que se sueña bajo el deseo blanco de las sábanas, el que llora por sí, el que se pierde tras espejos de lluvia y el que busca su boca cuando bebe el don del vino, el que sorbe en la axila de la rosa la pereza oferente de sus hombros, el que encuentra los muslos del aljibe contra sus muslos, como un saurio verde sobre el mármol desnudo e inviolado, ese que pisa, sombra, desdeñoso el pavimento de las madrugadas. El que ama un instante, peregrino voluble, de flauta hasta los labios, de la trenza al cítiso, de los cisnes a la garganta, de la perla al párpado, de la cintura al ágata, del paje a la calandria y tras él, silente va talando el olvido de las mieses altas, tirso áureos de espigas, leves brotes, todo un bosque confuso de recuerdos, y él va cantando, ruiseñor nocturno, capricho y galanía, bajo la luna. Y el que besa llorando y el que sólo sabe ofrecer y aquel que cubre el pecho, para no amar, de oscuro arnés, sonrisa y un gerifalte lleva silencioso devorando su corazón de gules. Todos, la noche maga con su rezo los enloquece, clava en sus pupilas el helor de su vaga nieve negra, les da a beber rencor entre sus manos, los hurta en el arzón de sus corceles, los trae y los lleva como mar en cólera, coronadas las olas de sollozos, de cabelleras náufragas, de sangre, y los devuelve dulces, poseídos, hasta la playa bruna y solitaria.
Entre la noche era la madreselva como de música y el sueño en nuestros párpados abejas que extraían de las lluviosas arpas del otoño un panal de violetas y silencio. Con un escalofrío se presentía entonces el amor fugitivo como un trovador, bello de lazos y de cintas, que, junto a un cenador donde una tea alumbra, bajara por la escala del desmayado cuerpo de la infanta al par que entre la fronda el ruiseñor perfuma de armonía la noche. Erraba en las almenas un vago suspirar de abandonados velos, de cabelleras lánguidas flotando en los estanques y un ajimez quedaba solo frente a la luna adormecida por el laúd de los besos. Revivo la mirada pálida de los espejos y mi rostro preguntando en su oráculo, y la mano que repasaba, lenta, mis mejillas, mis labios. Había una ventana donde el mar convertía en espumas sus cisnes, y en los aparadores bandejas con membrillos cocidos y el tarro de las guindas, y las cidras frías por el mármol de la madrugada, y los dulces de piñonate en su estrella de papel rizado. El domingo escalaba con su luz amarilla, con su parra latiendo de áureos cimbalillos, los álamos sombríos del invierno, y las horas, veloces, agitaban sus pétalos como rosal que deja su nieve por el aire. Y la noche llegaba al campo reclinando su cabeza en los montes, y un miedo suave bajaba con el ladrido de los perros por las cañadas, y la última garza de la tarde dormía entre los juncos. Decidme dónde tengo aquel niño con el cuelo sujeto de bufandas y la enorme mosca negra de la fiebre aleteando en mis sienes, y en torno de mi lecho, Sandokán con la perla roja en su turbante y Aramis perfumado de unción episcopal, y Robinsón bajo el verde loro balanceante de los bambúes. Aquel cerrado mirador, entre lutos, donde paraban todos los años la Oración del Huerto cuando el Jueves Santo gemía en su larga trompeta morada. Y la Virgen Dormida, en un agosto de bengalas, y los muertos contemplando desde su balaustrada de ausencias las débiles lamparillas de la noche de Todos los Santos. Llovía en los cristales. Ahora, silenciosos, vuelven tristes perfiles, voces que pálidas renacen, como hojas arrastradas a un otoño de olvido. Y como el nadador, dichosamente cansado, deja escurrir los dedos del agua por su cuerpo desnudo volviendo su mirada hacia la playa, así a ti me vuelvo, buscado tu sonrisa en mi sonrisa, tu mirar en mis ojos y tu honda voz pura, antiguo muchacho, fluyendo como un agua fresquísima del manantial cegado de los días.
Para Lola del Estal Vienes con el amanecer o ya estás, estás sentado aún con las estrellas en el duro escalón del arriate donde encañados crecen los guisantes de olor y el botón estallante de la amapola india, el pequeño dominio urbano de tu siembra. ¿Alguna vez pensaste que te ornarían los brotes, los tanteantes pámpanos prensiles, en caligrafía de dibujo sobre la fúnebre pizarra? Inmóvil no suspiras, pensativo y doméstico dios menor y guardián, sólo atento a la losa que tu nombre proclama y tu derecho: Abraham Higgins, proprietor. 1876. Vendido el predio, la actual dueña intrusa a sabiendas te ignora tal no repara en el caracol de zurrón deslizante, vulnerando tu espacio de armonía tendaleras con prietos calcetines de lana de su amante galés, beodo y rojo. En el prerrafaelista clarear de la luz la malvarrosa yergue sus ásperos papeles y sólo yo te veo, accidental huésped de semana, de bed and breakfast. Cuando regrese al fuego suicida de mi patria definitivamente tú habrás muerto.
¿Quién sois, Señora, que dejáis vuestra casa sobre la cuesta, vuestro camarín de buganvillas y luces y vais llorosa en noche de tambores -otra vez los tambores, ahora en gloria fúnebre-, Señora enlutada que camináis hacia los patíbulos? El madero se yergue sobre el monte y pende a punto de caer el fruto bendito, acorred, Señora de los ajusticiados. El condenado grita en la noche: Padre. No es a Vos, humanísima, no divina, amarga sólo y sólo en la amargura entreabrís vuestros labios. Y está la noche erizada de tambores, cientos de años bajando en soledad por el monte de la calavera, vuestro manto empapado en el lodo y la sangre por siempre jamás, Madre del supliciado, la voz encomendándote: Mujer, ahí está tu hijo, el reo, el acusado, el hombre. Otra vez los tambores anuncian la ejecución junto a la tapia blanca, Señora que acudís sola en vuestro sollozo, las lágrimas lloviendo silenciosas. Llagas de la tortura en las celdas, fiebre de heridas en las sábanas coaguladas de los hospitales, blanca sobredosis de luna sobre el crimen. Rasean los tambores con el vuelo de las rapaces amarillas, la quieta brasa de sus ojos brillando sobre las osamentas de la guerra y el hambre, y el vacilante abandono de la razón cuando el dedo de infamia señala las tinieblas exteriores. Sin duda estáis cansada en vuestro acuitamiento, Señora que presides la noche de la necesidad, escalera, lienzos, sepultura. Vuestro pueblo os aclama y a la vez -no callan los tambores- brillan en vuestro corazón los cuchillos del abandono, y florecen en vuestras manos los juncos marinos de las espinas, el férreo lirio sangriento de los clavos. Señora que camináis al atardecer tras el cadáver rígido sobre el frío de la losa, sobre la terca ceguera de los hombres marcados como el rebaño con la señal del matadero, Señora que volvéis los ojos en la fatiga de la compasión -velan aún, confusos, los tambores-, ayúdanos, Altísima.
Bajo la dulce lámpara, el dedo sobre el atlas entretenía al muchacho en ilusorios viajes y un turbador perfume de aventuras salpicaba de sangre el mar antiguo de los corsarios. Los galeones, como flotantes cofres de tesoros, eran abordados por las naos piratas y el yatagán, las dagas, los alfanjes se hundían en los cuerpos cobrizos y las manos violentas arrancaban la oreja donde el zafiro lucía como Vega en la noche. Las arcas destrozadas de alcanfor y palosanto volcaban el carey, las telas suntuarias y el coral, no tan ardiente como el beso del bucanero en los pálidos labios de las virreinas. Las antiguas colonias Veracruz, Puerto Príncipe, el índigo Caribe y las islas del Viento conocen las hazañas de bajeles fantasmas y Maracaibo canta con los esclavos su desgana a la luz que deshace la cabellera ébano de los banjos en un río de jengibre. Otras veces al soplo suave de Favonio, empujado por Tetis y las verdes Nereidas, el Mediterráneo dorado por la escama de los delfines dejaba su plegaria fugitiva de algas en las votivas gradas de los templos. Allí Venecia en el otoño adriático mece en la ola púrpura su cesto de corrompidos frutos, desfalleciente en el abrazo joven de los gondoleros, y las jónicas islas se yerguen como mitras de mármol sobre las aguas. En su lento carro de bueyes rojos avanza Egipto y Alejandría, Esmirna, Ptolemaida, brillan en la noche como un velo bordado de sardios cuyos pliegues sujeta la diadema de Estambul allá en el Bósforo fosforescente. El incansable dedo atravesaba Arabia y el cálamo aromático ceñía con un mismo turbante de cansancio las cinturas de los amantes. Al crepúsculo, surgía Persia como un lento girasol de fastuosidades, y el bárbaro etíope, negro fénix llameante, consumía sus entrañas en el furor celoso de la caza mientras Ceylán los bosques de canela y caoba silenciaba con el ala de sus pájaros misteriosos. Muchacho infatigable, bajo la dulce lámpara, tal vez buscaba una secreta dicha apenas confesada en su interior. Cuando los días pasaron, él ya supo que su destino era esperar en la puerta mientras otros pasaban. Esperar con un brillo de sonrisa en los labios y la apagada lámpara en la mano.
Bajo tu sombra, Junio, salvaje parra, ruda vid que coronas con tus pámpanos las dríadas desnudas, que exprimes tus racimos fecundos en las siestas sobre los cuerpos que duermen intranquilos, unidos estrechamente a la tierra que tiembla bajo su abrazo, con la mejilla desmayada sobre la paja de las eras, la respiración agitada en la garganta como hilillo de agua que corriera secreto entre las rosas y los labios en espera del beso ansioso que escapa de tu boca roja de dios impuro. Bajo tu sombra, Junio, yedra de sangre que tiende sus hojas embriagando de sonrisas la pared más sombría, la piedra solitaria; Junio, paraíso entre muros, que levantas la antorcha de tus árboles ardiendo en la púrpura vesperal, bajo tu sombra quiero ver madurar los frutos, las manzanas silvestres y los higos cuajados de corales submarinos, la barca que va dejando por los ríos lejanos sus perfumes, los bosques, las ruinas, las yuntas soñolientas por los caminos y el zagal cantando con un junco en los labios. Quiero oír el inquieto raudal de los torrentes, el crujido de las ramas bajo el peso del nido y el resonante silencio de las constelaciones entreabriendo sus alas como pájaros espumantes de fuego al fúnebre conjuro de los nocturnos pífanos. Bajo tu sombra quiero esperar las mañanas fugitivas de frescura y los atardeceres largos como miradas cuando todo mi ser es un canto al amor, un cántico al amor entregado, mientras las manos se curvan sobre las espaldas desnudas y mis párpados se tiñen con el violento jacinto de la dicha.
No era el amor y se llamaba Antonio. Hablaba como un indio del Far- West: «hombre alto», «boca larga». Era de Fuengirola. y siempre había un teléfono donde llamarlo cuando -y reía- la noche era más larga, más amarga, más lenta. Por las villas de canos jubilados de Holanda, por la «suite» de la vieja dama inglesa, la viuda o divorciada más allá de los ácidos, por el apartamento oscuro del borracho, surgía su desnudo auroral como Jonia. Era animal de dicha y entraba fiel, ruidoso, un grueso calabrote de plata por el cuello... Sobre muebles de Herraiz o lacas chinas, biombo bermellón de zancudas doradas, o en raída moqueta o taquillones de castellano en serie, iba dejando las botas deportivas, los calcetines rojos, el pequeño taparrabos celeste, la camiseta como broquel de un pecho sin defensa. Portador de alegría, tal un dios de tobillos alados que bajara a los orcos humanos ahuyentaba la lágrima, la carta, los somníferos, la desesperación y su lívida mecha. Y una noche me dijo, su lengua por mi oído, «Quisiera haberme muerto».
Tanto tiempo en silencio, tantos días juntos sobre el jergón encarnizado, sobre el ara o caverna de la cama que altas cortinas, como altivos muros, defendían de gritos y de música. Amablemente preso te tenía amor de seda y garra leonada, inerme animal capturado en incendiados bosques venatorios. Mas en tus ojos un oscuro brillo forestal, un latido bronco y libre me decían que no es lo suficiente- mente espesa la red entretejida, como nupcial velambre o madriguera, ni la llave de oro y la carlanca seguros contra el odio del vencido. Así un día te fuiste y los perros ladraron a tu muerte entre la niebla, entre el olvido, pájaro de lágrimas. ...Por las torres de Córdoba llovía... Vuelves ahora en altas madrugadas de recién lluvia, a encender los cirios, ceremonial augusto del recuerdo, por mi noche que alúmbrase en lo hondo de nueva luz, oh lívidos puñales levantados, fantasmas fulgurantes, cartas, fotografías, siemprevivas, volved a vuestras vainas, a los féretros silenciosos que arrastra la corriente. Junto a los olas yo también soy libre.
Como el árbol dorado sueña la hoja verde, ahora que no estás y en los bosques nevados cruje lívidas urnas, fantasmal, el invierno, los jóvenes deseos a la deriva quieren cubrir tu memorial de húmedas laureas. Era el marzo feliz que oreaban los vientos primaveral basílica los juncos erigían, las varitas moradas de san José, la avena como lluvia menuda y un recado secreto la cardelina lleva por alfarjes de ramas. Así como la tierra mi corazón hinchado germinaba de ocultas semillas sepultadas. Así como la tierra nupcias al mar ofrece el oleaje crespo de los besos unía labio y tierra en anillos de herrín indestruibles. Veíamos el mundo juntos sobre la roca... Qué lejos el sollozo, los dioses, la leyenda que luego tú serías, rojeantes racimos de riparia cubriendo, armoniosa, tu estatua cuando ya fuiste mármol inaccesible y ciego. Pero el cielo era puro y fugaz y la loca alegría de vivir, esa máscara errante y beoda reía bajo el galoneado raso del capuchón del dominó talar, otorgando antifaces que realidad cubrían La tristeza, una calle por donde no pasábamos, la poesía, una flauta que gime abandonada y el rezo y los sociales lazos y la amistad, esa vieja burguesa con labor de ganchillo, nos vieron ir desnudos bajo constelaciones. Sabíamos que un soplo acabaría con todo: estancias en la noche centelleante de arañas, copas alzadas, senos, más hielo, el jardín rosa y verde de la aurora irrumpiendo en cristales, desgarrando la cola de satén de la huida. Sabíamos que un soplo... Y que no volvería aquel vino jamás a mojar nuestros labios. Confusamente turbia tiendo la mano ahora hacia la puerta, arcano, tarot, encantamiento, y allí encuentro tu mano entreabriendo el recuerdo.
A José Infante Como el árbol dorado sueña la hoja verde, ahora que no te tengo, que no te temo, invento aquellos días, fueron ciento cincuenta días, larga vida de hombre solo con su infortunio, de leproso que vela su áurea lacería. Solo contigo, solos en isla, en celda, en faro en la noche... Condena que anhelaba perpetua. Por ventanas clavadas, grietas, gritos, caricias, miraba hervir el mundo, anillado cual ave suntuosa que arrastra, enferma, la cadena. Terror a despertar con el último vino, con el último alba: estás, estoy. Infierno de las manos palpando, galeote de niebla que reencuentra en la sombra la tortura del remo, en el ornamental poderío del naufragio. Y el harapo de dicha que yo creía clámide, y el azur, la corona pagada con las lágrimas y el coturno falaz de la guardarropía, ese foco a destiempo, se nos ve todo falso: saurio de oro, deseos, joyas, tizón, alcoba. Al rito de los días sanguinolenta entraña -«Come, bicho-, entregabas, amor, devora, besa. Pasaban procesiones: «Oh Corazón Sagrado...» Tú también ostentabas mi corazón en llamas, vellocino de púrpura que estrujaba tu mano. Como en ciudad sitiada cuyo botín codicia el rubio lansquenete, al humo del incendio altas picas enhiestas, lanzas de jifería desollaron las viejas virtudes cuyos nombres, Prudencia, Compasión, aroman los breviarios. Había que hacer algo: huir de mí contigo, una sola maleta, un ataúd, un tren que nos arrase juntos o llamar por teléfono o al cielo... Estarán comunicando ahora. Desde los altos muros arrojamos la llave. Y creció un lirio rojo de llanto sobre el mundo cuando ya las campanas, funeral huésped mío, te doblaban y el negro caballo de los muertos, pisándose el jirel polvoriento y solemne, te arrastraba al glacial destierro de la ausencia.
Me envuelvo en tu recuerdo como en nieblas secretas que me apartan del mundo. En la calle sonrío al amigo que pasa, y nadie, nunca nadie adivinó mi muerte bajo aquella sonrisa ni el frío sin consuelo de mis ojos que ciegan pidiendo de los tuyos más desdén, más veneno. Ahora que la tarde se derrumba en las sombras, y que el libro de versos resbala por mis manos, ahora que la lluvia llora por los cristales de mi ventana, y llanto va a caer de mis ojos, antes de que una mano encienda la dorada llama de mi quinqué, dime si tú no sueñas en tu balcón, ahora que la lluvia nos une a los dos con sus lágrimas, o si sobre el teclado de tu piano oscuro agoniza Chopin bajo tus manos trémulas. Nunca sabrás el loco deseo que me tortura de cautivar tus labios bajo mi boca ávida, y sentir el latido de tu sien en mi mano aprisionada como un pájaro aterido. Pero no sabrás nunca nada de mi deseo. Nada de cuando pienso desgarrar con mis dientes los azules canales de tus venas y juntos morirnos desangrados, confundidas las sangres. Pero estamos ajenos. Yo sigo en mi ventana, y tú soñando en otro mientras Chopin suspira, ahora que aún no arde en mi quinqué la luz y que a los dos nos une la lluvia con sus lágrimas.
Aquí está
ya el amor.
La luna crece en el espacio virgen.
Desnudo, el
desvelado hacia la aurora siente
resbalar por su cuerpo un agua de
sonrisas.
Los álamos palpitan de finos corazones
y lento va el
cortejo de los enamorados suspirante
en la noche,
deshojando el jazmín de las vihuelas.
Una mano
enjoyada de anillos y serpientes
hunde sus uñas sabias de placer en
los durmientes núbiles
y fría en su belleza la alta madrugada respira
en las glicinas.
Él piensa:
"Ah, caminar a solas bebiendo tu
embeleso
por el vientre sombrío de la playa
donde el mar, a
nuestros pies descalzos,
rompe en astros su voz amarga y su desdén.
Un rumor de guitarras perezosas
en los puertos azules donde la palma
florecida mece,
ebria, su danza lánguida
nos dirá que el amor es
tan sólo un sorbo de verano.
Viviremos bajo un dolmen de yedras y de
lluvias
en las suaves colinas enrojecidas de frutos
y la dicha
fugaz apartará sumisa para vernos
los pámpanos silvestres dorados por
el ala de los abejarucos.
Ah, morir, quiero morir con tu nombre
en mis labios."
La noche
unge con sus sacros óleos los ojos del amante.
Juglares y doncellas
que ofrecían manzanas de amor entre columnas
duermen bajo una brisa
de besos que deshace sus cabellos floridos
y sólo el ruiseñor, el
príncipe nocturno,
asciende por las altas graderías de la luna
y
en su pluma suave
una rosa de láudano crece esparciendo olvido.
El piensa entre los sueños:
"Quiero morir cantando junto al
mar".
A Cándida Guerrero Natera Hace ya tiempo que no sé de ti y está la sierra como te gustaba con el otoño. Por Escalonias y por San Calixto a las primeras lluvias han crecido las hierbas y una seña silenciosa me entregan tuya en verdor y aroma. Las ciervas ramonean acebuches y está la brama resonando fiera, en el fragor del monte su sollozo. El venado de sombra taciturna alza la cuerna como un candelabro que incendiara de celo y oro el bosque, y el jaro jabalí híspido bate el hosco ramo prieto de la encina, tal me decías. Hace ya tiempo que callas, lejana. Mañana de los lunes en el viejo archivo provincial, legajos, cintas rojas de las carpetas, boletines. Todo el oficinal rito perenne se estremecía al aire del lentisco, al varear de juncos en las fugas, al corno inglés en óperas de Weber. Y queda aún olor de jara y pólvora, en el veraz relato, entre tus manos, hace ya tiempo. Y pienso en ti y sonrío y me es grata tu memoria, como una prenda usada de abrigo al calofrío de la casa.
Nunca supimos qué pájaro era aquel que cantaba al besarnos... Al besarnos el alba sería la alondra ilustre, el vano timbalero de Verona, diana floreciendo en el dormido alféizar, salvas inoportunas, diligentes clarines matinales hostigando al amante perezoso su ligera fanfarria. Nunca supimos qué pájaro era aquel que cantaba... Que cantaba en la noche, ruiseñor, geiser puro de lágrimas brotando, silenciosa perla de la armonía, copa lívida desbordando tristeza y ebriedad. Voz sacra de la luna. A su conjuro, espectral médium pálido, entre la fronda ensimismada surgen invocadas estatuas. Nunca supimos qué pájaro era aquel... Era aquel mirlo blanco que llamaba desde la oscura tarde, cuco, péndulo primaveral pausadamente hiriendo en el recuerdo. Ribera del amor, aparejadas las aves, las sonrisas, golondrinas, paloma de collar, colibrí, pechirrojo, pueblan libres el ámbito. Nunca supimos qué pájaro... ¿Qué pájaro del frío, aguzanieves del olvido, avefría, nevatilla, trémulas patas sobre ramas yertas, con sus picos hurgando en el sonoro corazón, tronco vivo retumbante, cavaban tumbas al helor del tiempo? Nunca supimos... Supimos bien si aquel reclamo era gorjeo artificial, ruedas, tornillos, un jilguero mecánico, espejuelos o canario de cuerda, fidelísima tórtola de latón y purpurina, selvática viuda desolada. Nunca... Sí, nunca nos besamos.
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« Entre la noche era la / madreselva como de música »
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