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Oscar Wilde
Oscar Wilde es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras comp...
Vida
Oscar Wilde es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.
Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.
Poemas de Oscar Wilde
1.
A mi mujer
A mi mujer
Con una copia de mis poemas
No puedo escribir
majestuoso proemio
como preludio a mi
canción,
de poeta a poema,
me
atrevería a decir.
Pues si de estos
pétalos caídos
uno te pareciera bello,
irá el amor por el aire
hasta
detenerse en tu cabello.
Y cuando el viento e
invierno endurezcan
toda la tierra sin
amor,
dirá un susurro algo del jardín
y tú lo entenderás.
Versión de E.
Caracciolo Trejo
Edición de Libros Río Nuevo 2001
2.
Amor intellectualis
Amor intellectualis
A menudo pisamos los valles de Castalia
y de
antiguas cañas oímos la música silvana,
ignorada del común de las gentes;
e hicimos nuestra barca a la mar
que Musas tienen por imperio suyo,
y aramos
libres surcos por ola y por espuma,
y hacia
lar más seguro no izamos reacias velas
hasta bien rebosar nuestro
navío.
De tales despojados tesoros algo queda:
la pasión de Sordello y el verso de miel
del joven Endimión; altivo
Tamerlán
portando sus jades tan cuidados, y,
más aún,
las siete visiones del Florentino.
Y del Milton severo, solemnes armonías.
Versión de E.
Caracciolo Trejo
Edición de Libros Río Nuevo 2001
3.
Apología
Apología
¿Es tu voluntad que yo crezca y decline?
Trueca mi paño de oro por la gris estameña
y teje a tu antojo esa
tela de angustia
cuya hebra más brillante es
día malgastado.
¿Es tu voluntad -Amor que tanto amo-
que
la Casa de mi Alma sea lugar atormentado
donde deban morar, cual
malvados amantes,
la llama inextinguible y
el gusano inmortal?
Si tal es tu voluntad la he de sobrellevar
y venderé ambición en el mercado,
y dejaré que el gris fracaso sea mi
pelaje
y que en mi corazón cave el dolor su
tumba.
Tal vez sea mejor así -al menos
no hice
de mi corazón algo de piedra,
ni privé a mi juventud de su pródigo
festín,
ni caminé donde lo Bello es
ignorado.
Versión de E.
Caracciolo Trejo
Edición de Libros Río Nuevo 2001
4.
Casa de la ramera
Casa de la ramera
Seguimos la huellas de pies que bailaban hacia la calle alumbrada de luna y nos detuvimos bajo la casa de la ramera. Adentro, por sobre estrépito y movimiento, oímos los músicos tocando a gran volumen el «Treues Liebes Herz» de Strauss. Como formas extrañas y grotescas, realizando fantástico arabesco corrían sombras detrás de las cortinas. Vimos girar los fantasmales bailarines al ritmo de violines y de cuernos cual hojas negras llevadas por el viento. Igual que marionetas tiradas de sus hilos las siluetas de magros esqueletos se deslizaban en la lenta cuadrilla. Tomados de la mano bailaban majestuosa zarabanda; y el eco de las risas era agudo y crispado. veces un títere de reloj apretaba la amante inexistente contra el pecho, y otras parecía que querían cantar. A veces una horrible marioneta se asomaba al umbral fumando un cigarrillo Como cosa viviente. Entonces, volviéndome a mi amor dije, «Los muertos bailan con los muertos, el polvo se arremolina con el polvo». Pero ella escuchó el violín, se apartó de mi lado y entró: entró el Amor en casa de Lujuria. Súbitamente, desentonó la melodía, se fatigaron de danzar el vals, las sombras dejaron de girar. Y por la larga y silenciosa calle en sandalias de plata asomó el alba como niña asustada. Versión de E. Caracciolo Trejo Edición de Libros Río Nuevo 2001
5.
Le
Le
Réveillon
El cielo está manchado con espasmos de rojo,
huyen las brumas envolventes y las sombras;
el alba se levanta desde el mar
como una blanca dama de su lecho.
Y caen flechas melladas, insolentes
a través de las plumas de la noche,
y
una ola larga de luz gualda
rompe en silencio sobre torre y casa,
y extendiéndose amplia sobre el campo
inculto
un batir de alas que
despiertan al vuelo,
castaños que se
agitan en la copa
y ramas con estrías de oro.
Versión de E.
Caracciolo Trejo
Edición de Libros Río Nuevo 2001
6.
En el salón dorado
En el salón dorado
Una Armonía
Sus manos de marfil en el teclado
extraviadas en pasmo de fantasía;
así los álamos agitan sus plateadas
hojas
lánguidas y pálidas.
Como la espuma a la deriva en el mar inquieto
cuando muestran las
olas los dientes a la brisa.
Cayó un muro de oro: su pelo dorado.
Delicado tul cuya maraña se hila
en el disco bruñido de las
maravillas.
Girasol que se vuelve para
encontrar el sol
cuando pasaron las
sombras de la noche negra
y la lanza del lirio está aureolada.
Y sus dulces labios rojos en estos labios míos
ardieron como fuego de rubíes engarzados
en el móvil candil de la
capilla grana
o en sangrantes heridas
de granadas,
o en el corazón del loto
anegado
en la sangre vertida del vino rojo.
Versión de E.
Caracciolo Trejo
Edición de Libros Río Nuevo 2001
7.
Portia
Portia
A Ellen Terry
Poco me maravilla la osadía de Basanio
de arriesgar todo lo que tenía al plomo,
o que el orgulloso Aragón bajara la cabeza,
o que Marroquí de corazón
en llamas se enfriara:
pues en ese atavío de oro batido
que es más dorado que el dorado sol,
ninguna mujer que Veronese mirara
era tan bella como tú a quien
contemplo.
Aún más bella cuando con la sabiduría por escudo
al vestir la toga severa del jurista
y no permitieras que las leyes
de Venecia cedieran
el
corazón de Antonio a ese judío maldito.
¡Oh Portia!, toma mi corazón: es tu debido pago;
no he de objetar a
ese aval.
Versión de E.
Caracciolo Trejo
Edición de Libros Río Nuevo 2001
8.
Ґ
Ґ
Ґ λνkύιкрς Έρώς
Amor, no te culpo; la culpa fue mía,
no hubiera yo sido de arcilla común
habría escalado alturas más altas
aún no alcanzadas,
visto aire más lleno, y día más pleno.
Desde mi locura de pasión
gastada
habría
tañido más clara canción,
encendido luz más luminosa, libertad más
libre,
luchado
con malas cabezas de hidra.
Hubieran mis labios sido doblegados
hasta hacerse música
por besos que sólo hicieran sangrar,
habrías caminado con Bice y los
ángeles
en el
prado verde y esmaltado.
Si hubiera seguido el camino en que
Dante viera
los siete círculos brillantes,
¡Ay!, tal vez observara los cielos
abrirse, como
se abrieran para el florentino.
Y las poderosas naciones me
habrían coronado,
a mí que no tengo nombre ni corona;
y un alba oriental me hallaría
postrado
al
umbral de la Casa de la Fama.
Me habría sentado en el
círculo de mármol donde
el más viejo bardo es como el más joven,
y la flauta siempre produce
su miel, y cuerdas
de lira están siempre prestas.
Hubiera Keats sacado sus rizos
himeneos
del
vino con adormidera,
habría besado mi frente con boca de ambrosía,
tomado la mano del noble amor en la mía.
Y en primavera, cuando
flor de manzano
acaricia un pecho bruñido de paloma,
dos jóvenes amantes yaciendo en
la huerta
habrían leído nuestra historia de amor.
Habrían leído la leyenda
de mi pasión, conocido
el amargo secreto de mi corazón,
habrían besado igual que nosotros,
sin estar
destinados por siempre a separarse.
Pues la roja flor de nuestra
vida es roída
por el gusano de la verdad
y ninguna mano puede recoger los restos
caídos:
pétalos de rosa juventud.
Sin embargo, no lamento haberte amado -¡ah, qué más
podía hacer un muchacho,
cuando el diente del tiempo devora y los
silenciosos
años persiguen!
Sin timón, vamos a la deriva en la tempestad
y cuando la tormenta de juventud ha pasado,
sin lira, sin laúd ni
coro, la Muerte,
el piloto silencioso, arriba al fin.
Y en la tumba no hay placer,
pues el ciego
gusano se ceba en la raíz,
y el Deseo tiembla hasta tornarse ceniza,
y el árbol de la pasión ya no tiene fruto.
¡Ah!, qué más debía
hacer sino amarte; aún
la madre de Dios me era menos querida,
y menos querida la elevación
citérea desde el mar
como un lirio argénteo.
He elegido, he vivido mis poemas y, aunque
la juventud se fuera en días perdidos,
hallé mejor la corona de mirto
del amante
que
la de laurel del poeta.
Versión de E.
Caracciolo Trejo
Edición de Libros Río Nuevo 2001
9.
Hélas!
Hélas!
Con cada pasión a la deriva hasta que mi alma sea un laúd en cuyas cuerdas todos los vientos tañen. ¿Para esto renuncié a mi sabiduría antigua ya mi austero control? Mi vida es un palimpsesto garabateado en alguna vacación de muchacho con canciones ociosas para flauta y rondó que solamente ocultan el secreto del todo. Por cierto que hubo un tiempo cuando osé pisar las alturas soleadas y de las disonancias de la vida logré claros acordes para llegar al oído de Dios. ¿Está muerto ese tiempo? Mirad, con mi pequeña vara apenas toqué la miel del romance, ¿y debo yo perder la herencia de un alma? Versión de E. Caracciolo Trejo Edición de Libros Río Nuevo 2001
10.
Impression
Impression
de voyage
Era un mar de zafiro y el cielo
ardía en el
aire como ópalo candente;
izamos nuestra
vela; soplaba bien el viento
hacia tierras azules situadas en el
Este.
Desde mi proa alta divisé a Zakynthos:
cada bosque de olivos, cada cala,
las
escarpas de Ithaca, el blanco pico de Lycaon,
y flores esparcidas en
colinas de Arcadia.
El batir de la vela contra el mástil,
el rumor de las olas contra el casco,
rumor
de risas jóvenes en la popa,
todo lo que se oía, al comenzar a arder
el Oeste.
Y un rojo sol cabalgó por los
mares.
Pisaba, al fin, el suelo griego.
(KATAKOLO)
Versión de E.
Caracciolo Trejo
Edición de Libros Río Nuevo 2001
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