« Más borroso que un velo tramado por la lluvia sobre / los ojos de la lejanía, confuso como un fardo, »
Olga Orozco · Andante en tres tiempos
Biografía y amplia selección de poemas de Olga Orozco. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Olga Orozco. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Más borroso que un velo tramado por la lluvia sobre
los ojos de la lejanía, confuso como un fardo,
errante como un médano
indeciso en la tierra de nadie,
sin rasgos, sin consistencia, sin asas ni
molduras,
así era tu porvenir visto desde las instantáneas rendijas del
pasado.
Sin embargo detrás hay un taller que fragua sin cesar tu
muestrario de máscaras.
Es un recinto que retrocede y que te absorbe
exhalando el paisaje.
Allí en algún rincón están de pie tus primeras
visiones,
y también las imágenes de ayer y aun los espejismos que no se
condensaron,
más las ciegas legiones de fantasmas que son huecos anuncios
todavía.
Entre todos imprimen un diseño secreto en las alfombras por
donde pasarás,
muelen tus alimentos de mañana en el mortero de lo
desconocido
y elaboran en rígidos lienzos los ropajes para tu absolución
o tu condena.
Cambia, cambia de vuelo como la ráfaga del enjambre bajo la
tormenta.
Un soplo habrá disuelto la reunión; un soplo la convoca en un
nuevo diseño,
junto a nuevos ropajes y nuevos alimentos.
¡Qué vivero de formas al
acecho de un molde desde el principio hasta el final!
Palmo a palmo,
virando de un día a otro fulgor,
de una noche a otra sombra,
llegas
con cada paso a ese lugar al que te remolcaron todas las corrientes:
una
región de lobos o corderos donde erigir tu tienda una vez más
y volver a
partir, aunque te quedes, aspirado de nuevo por la boca del viento.
Es
esa la comarca, esa es la casa, esos son los rostros que veías difusos,
fraguados en el humo de la víspera,
apenas esculpidos por el aliento
leproso de la niebla.
Ahora están tallados a fuego ya cuchillo en la dura
sustancia del presente,
una roca escindida que ahora permanece, que ya se
desmorona,
que se escurre sin fin por la garganta de insaciables arenas.
Entre la oscilación y la caída, si no te deslizas hacia adelante, mueres.
Apresúrate, atrapa el petirrojo que huye, la escarcha que se disuelve en el
jardín.
Somételos con un ademán tan rápido que se asemeje a la quietud,
a esa trampa del tiempo solapado que se desdobla en antes y en después.
Sólo conseguirás un presagio de plumas y un resabio de hielo.
A veces,
pocas veces, un modelo para los esplendores y las lágrimas de tu porvenir.
¿Y qué fue del pasado, con su carga de sábanas ajadas y de huesos roídos?
¿Es nada más que un embalaje roto,
una mano en el vidrio ceniciento a lo
largo de toda la alameda?
¿O un depósito inmóvil donde se acumulan el oro
y las escorias de los días?
Pliega las alas para ver.
Esa mole que
llevas creciendo a tus espaldas es tu albergue vampiro.
No me hables
solamente de un panteón o de algún tribunal embalsamado,
siempre en
suspenso y hasta el fin del mundo.
Porque también allí cada dibujo cambia
con el último trazo,
cada color se funde con el tinte de la nueva
estación o la que viene,
cada calco envejece, se resquebraja y pierde su
motivo en el polvo;
pero el muro en que guardas estampadas las manos de
la infancia
es ese mismo muro que proyecta unas manos finales sobre los
muros de tu porvenir.
¿Y acaso ayer no asoma algunas veces como marzo en
septiembre y canta en la enramada?
Todo es posible cuando se desborda y
rehace un recuento la memoria:
imprevistas alquimias, peldaños que
chirrían, cajones clausurados y carruajes en marcha.
Sorprendente
inventario en el que testimonian hasta las puertas sin abrir.
Hoy, mañana
o ayer, nunca ningún refugio donde permanecer inalterable
entre la llama y el carbón.
Los oleajes se cruzan y conspiran como los
visitantes en los sueños,
intercambian espumas, cáscaras, amuletos y
papeles cifrados y jirones,
y todo tiempo inscribe su sentencia bajo las
aguas de los otros tiempos,
mientras viajas a tumbos en tu tablón precario justo en el filo de las
marejadas.
Pero hay algo, tal vez, que logró sustraerse a las
maquinaciones de los años,
algo que estaba fuera de la fugacidad, la
duración y la mudanza.
Guarda, guarda esa prenda invulnerable que
cobraste al pasar y que llevas
oculta como un ladrón furtivo desde el
comienzo hasta el futuro.
Estandarte o sortija, perla, grano de sal o
escapulario,
describe una parábola de brasas a medida que te aproximas,
que llegas, que te alejas:
tu credencial de amor en la noche cerrada.
Aquí están tus recuerdos: este leve polvillo de violetas cayendo inútilmente sobre las olvidadas fechas; tu nombre, el persistente nombre que abandonó tu mano entre las piedras; el árbol familiar, su rumor siempre verde contra el vidrio; mi infancia, tan cercana, en el mismo jardín donde la hierba canta todavía y donde tantas veces tu cabeza reposaba de pronto junto a mí, entre los matorrales de la sombra. Todo siempre es igual. Cuando otra vez llamamos como ahora en el lejano muro: todo siempre es igual. Aquí están tus dominios, pálido adolescente: la húmeda llanura para tus pies furtivos, la aspereza del cardo, la recordada escarcha del amanecer, las antiguas leyendas, la tierra en que nacimos con idéntica niebla sobre el llanto. -¿Recuerdas la nevada? ¡Hace ya tanto tiempo! ¡Cómo han crecido desde entonces tus cabellos! Sin embargo, llevas aún sus efímeras flores sobre el pecho y tu frente se inclina bajo ese mismo cielo tan deslumbrante y claro. ¿Por qué habrás de volver acompañado, como un dios a su mundo, por algún paisaje que he querido? ¿Recuerdas todavía la nevada? ¡Qué sola estará hoy, detrás de las inútiles paredes, tu morada de hierros y de flores! Abandonada, su juventud que tiene la forma de tu cuerpo, extrañará ahora tus silencios demasiado obstinados, tu piel, tan desolada como un país al que sólo visitaran cenicientos pétalos después de haber mirado pasar, ¡tanto tiempo!, la paciencia inacabable de la hormiga entre sus solitarias ruinas. Espera, espera, corazón mío: no es el semblante frío de la temida nieve ni el del sueño reciente. Otra vez, otra vez, corazón mío: el roce inconfundible de la arena en la verja, el grito de la abuela, la misma soledad, la no mentida, y este largo destino de mirarse las manos hasta envejecer.
Aunque se borren todos nuestros rastros igual que las bujías en el amanecer y no puedas recordar hacia atrás, como la Reina Blanca, déjame en el aire la sonrisa. Tal vez seas ahora tan inmensa como todos mis muertos y cubras con tu piel noche tras noche la desbordada noche del adiós: un ojo en Achernar, el otro en Sirio, las orejas pegadas al muro ensordecedor de otros planetas, tu inabarcable cuerpo sumergido en su hirviente ablución, en su Jordán de estrellas. Tal vez sea imposible mi cabeza, ni un vacío mi voz, algo menos que harapos de un idioma irrisorio mis palabras. Pero déjame en el aire la sonrisa: la leve vibración que azogue un trozo de este cristal de ausencia, la pequeña vigilia tatuada en llama viva en un rincón, una tierna señal que horade una por una las hojas de este duro calendario de nieve. Déjame tu sonrisa a manera de perpetua guardiana, Berenice.
Inútil. Habrá de ser inútil, nuevamente, suspender de la noche, sobre densas corrientes de follaje, la imagen demorada de un porvenir que alienta en la memoria; penetrar en el ocio de los días que fueron dibujando con terror y paciencia la misma alucinada realidad que hoy contemplo, ya casi en la mirada; repetir todavía con una voz que siento pesar entre mis manos: -Alguna vez estuve, quizás regrese aún, a orillas de la paz, como una flor que mira correr su bello tiempo junto al brazo de un río. Todo ha de ser en vano. Manadas de caballos ascenderán bravías las pendientes de su infierno natal y escucharé su paso acompasado, su trote, su galope salvaje, atravesando siglos y siglos de penumbra, de sumisas distancias que irremediablemente los conducen aquí. Tal vez sería dulce reconquistar ahora una música antigua, profunda y persistente como el eco de un grito entre los sueños, sumirse bajo el verde sopor de las llanuras o morir con la lluvia, tristemente, entre ramos llorosos que sombrearan viejísimas paredes. Imposible. Sólo un fragor inmenso de ruinas sobre ruinas. Es el desesperado retornar de los tiempos que no fueron cumplidos ni en gloria de la vida ni en verdad de la muerte. Es la amarga plegaria que levantan los ángeles rebeldes llamando a cada sitio donde pueda morar su dios irrecobrable. Es el tropel continuo de sus lucientes potros enlutados que asoman a las puertas de la noche la llamarada enorme de sus greñas, que apagan con mortajas de vapor y de polvo toda muda tiniebla, agitando sus colas como lacios crespones entre la tempestad. La sangre arrepentida, sus heroicas desdichas. Y nada queda en ti, corazón asediado: apenas si un color, si un brillo mortecino, si el sagrado mensaje que dejara la tierra entre tus muros, se pierden, a lo lejos, bajo un mismo compás idéntico y glorioso como la eternidad.
No te pronunciaré jamás, verbo sagrado, aunque me tiña las encías de color azul, aunque ponga debajo de mi lengua una pepita de oro, aunque derrame sobre mi corazón un caldero de estrellas y pase por mi frente la corriente secreta de los grandes ríos. Tal vez hayas huido hacia el costado de la noche del alma, ese al que no es posible llegar desde ninguna lámpara, y no hay sombra que guíe mi vuelo en el umbral, ni memoria que venga de otro cielo para encarnar en esta dura nieve donde sólo se inscribe el roce de la rama y el quejido del viento. Y ni un solo temblor que haga sobresaltar las mudas piedras. Hemos hablado demasiado del silencio, lo hemos condecorado lo mismo que a un vigía en el arco final, como si en él yaciera el esplendor después de la caída, el triunfo del vocablo con la lengua cortada. ¡Ah, no se trata de la canción, tampoco del sollozo! He dicho ya lo amado y lo perdido, trabé con cada sílaba los bienes que más temí perder. A lo largo del corredor suena, resuena la tenaz melodía, retumban, se propagan como el trueno unas pocas monedas caídas de visiones o arrebatadas a la oscuridad. Nuestro largo combate fue también un combate a muerte con la muerte, poesía. Hemos ganado. Hemos perdido, porque ¿cómo nombrar con esa boca, cómo nombrar en este mundo con esta sola boca en este mundo con esta sola boca?
alguien se nos muere
Poema a Eduardo Bosco
Fue necesario el grave, solitario lamento del viento entre los árboles,
para que tú supieras más que nadie ese desesperado resonar,
ese rumor sombrío con que pueden decirse las palabras
cuando de nada vale su fugaz melodía,
cuando en la soledad -la única apariencia verdadera -,
contemplamos, callando, los seres y los tiempos que fueron en nosotros
irrevocables muertes cuyos nombres no sabremos jamás.
Fue necesario el ocio de aquellas largas noches
que minuciosamente ordenaste en recuerdos, memorioso,
para que tú pasaras sosteniendo la sombra con tu sombra,
apenas presentida por los días,
con tu misma pausada palidez demorándose aún después de haberte ido,
porque era tu adiós la despedida última,
la última señal que acercaba los sueños desde el incontenible amanecer.
Fue necesario el lento trabajo de los años,
su rápido fulgor, su mustio decaer entre pesados muros
que sólo levantaron respuestas de ceniza a tu llamado
para que tú miraras largamente tus despojadas manos
como una llanura donde los vientos dejan polvaredas mortales,
mientras disponen, lejos,
la tempestad que arrase desmedida su sediento destino.
Fue necesario todo lo que fuimos contigo,
lo que somos contigo del lado de los llantos,
para saber, viviendo, cuánta sorda tiniebla te asediaba
y encontrarnos, después,
Con el transido resplandor del aire que dejaste muriendo.
Porque todo este tiempo
es el innumerable testigo que nos trae las mismas evidencias,
aquello en lo que fuiste cuanto eras, de una vez para siempre:
acostumbrados gestos,
ciertos ritos que cumpliera tu sangre sumisa a la memoria,
esos nocturnos pasos acercando los campos
donde la luz es sólo un repetido comienzo de penumbras,
las remotas paredes, las efímeras cosas a las que retornabas
con la triste paciencia de quien guarda afanoso, en la mirada,</P>
paisajes habituales que más tarde
aliviarán el peso de las horas en sabido destierro.
Tú pedías tan poco.
Apenas si anhelas un tranquilo vivir que prolongara la duración de tu alma
en idéntico amor,
en radiante amistad, en devoción sagrada
por gentes que existieron con la simple nobleza de la tierra,
sin glorias ni ambiciones.
Tú amabas lo inmortal, lo grandioso terrestre.
Mas no pudo el débil llamado de tu vida contra pesadas puertas
aposentos malditos, épocas miserables
donde la dicha duerme sordamente su legendario olvido-,
nada tu lejanía contra las invencibles mareas de lo inútil,
nada tu juventud contra ese rostro
que entre desalentadas rebeldías, nostalgias y furiosas pesadumbres,
infatigablemente se asomó a tus desvelos;
y unas noche sentimos dentro del corazón un ronco oleaje,
amargamente vivo,
en el preciso sitio donde ardía en nosotros,
como nosotros mismos duradera,
tu callada grandeza.
Ahora estamos más solos por imperio de muerte,
por un cuerpo ganado como un palmo de tierra por la tierra baldía,
recobrando al conjuro del más lejano soplo
realidades perdidas en lo más olvidado de los antiguos días,
imágenes que juntos traspasamos, que juntos nos esperan;
porque no es el recuerdo del pasado dispersos ademanes
-hojarascas y ramas que encendemos
para llorar al humo de una lánguida hoguera-,
sino fieles señales de una región dormida que aguarda nuestro paso
con las huellas de antaño suspendidas como eternos ropajes.
No es por decir, Eduardo, cuando alguien se nos muere,
no hay un lugar vacío, no hay un tiempo vacío,
hay ráfagas inmensas que se buscan a solas, sin consuelo,
pues aquí, y más allá,
tanto de lo que él fue respira con nosotros la fatiga del polvo pasajero,
tanto de lo que somos reposa irrecobrable entre su muerte
que así sobrevivimos
llevando cada uno una sombra del otro por los distantes cielos.
Alguna vez se acercarán,
Entonces, cuando estemos contigo para siempre,
Ãltimos como tú, como tú verdaderos.
No es en este volcán que hay debajo de mi lengua falaz donde te busco, ni es esta espuma azul que hierve y cristaliza en mi cabeza, sino en esas regiones que cambian de lugar cuando se nombran, como el secreto yo y las indescifrables colonias de otro mundo. Noches y días con los ojos abiertos bajo el insoportable parpadeo del sol, atisbando en el cielo una señal, la sombra de un eclipse fulgurante sobre el rostro del tiempo, una fisura blanca como un tajo de Dios en la muralla del planeta. Algo con que alumbrar las sílabas dispersas de un código perdido Para poder leer en estas piedras mi costado invisible. Pero ningún pentecostés de alas ardientes desciende sobre mí. ¡Variaciones del humo, retazos de tinieblas con máscaras de plomo, meteoros innominados que me sustraen la visión entre un batir de puertas! Noches y días fortificada en la clausura de esta piel, escarbando en la sangre como un topo, removiendo en los huesos las fundaciones y las lápidas, en busca de un indicio como de un talismán que me revierta la división y la caída. ¿Dónde fue sepultada la semilla de mi pequeño verbo aún sin formular? ¿En que Delfos perdido en la corriente suben como el vapor las voces desasidas que reclaman mi voz para manifestarse? ¿Y cómo asir el signo a la deriva -ese y no cualquier otro- en que debe encarnar cada fragmento de este inmenso silencio? No hay respuesta que estalle como una constelación entre harapos nocturnos, ¡Apenas si fantasmas insondables de las profundidades, territorios que comunican con pantanos, astillas de palabras y guijarros que se disuelven en la insoluble nada! Sin embargo ahora mismo o alguna vez no sé quién sabe puede ser a través de las dobles espesuras que cierran la salida o acaso suspendida por un error de siglos en la red del instante creí verte surgir como una isla quizás como una barca entre las nubes o un castillo en el que alguien canta o una gruta que avanza tormentosa con todos los sobrenaturales fuegos encendidos. ¡Ah las manos cortadas, los ojos que encandilan y el oído que atruena! ¡Un puñado de polvo, mis vocablos!
La sentencia era como esos calcos en que el relieve del amor
deja un vacío semejante a sus culpas.
Me arrojaron al mundo en mi ataúd
de hielo.
Una tierra sin nombre todavía corrió sobre este rostro
con que habito en la desconocida:
era la tierra del castigo.
Era la
hora en que comienzo a despertar entre los muertos
con la evidencia de un anillo roto,
un vestido de momia desprendido de
las vendas del cielo
y un espejo de sal donde puede leerse mi destino.
El porvenir no es nada más que mirar hacia atrás.
Debajo de esas nubes desgarradas
hay una casa en llamas
en donde
los amantes trasmutaban en oro de eternidad el resplandor de un día,
o
tomaban las apariencias de ladrones de pájaros
aprisionando entre los
hilos del ocio las metamorfosis de sus propias imágenes.
Hay una luz
dorada que hiere hasta las lágrimas;
hay un lecho también
como una
barca invadida por el follaje del deseo
-unas hojas carnosas que exhalan
el perfume de los más largos viajes-.
Y había siempre y nunca
como ahora vueltos de pronto boca abajo.
Corazón repudiado,
animal aterido en uno de los dos costados de tu
sangre,
ignorabas entonces que tendrías la forma de un retablo de la
creación hecho pedazos,
que alguna vez la noche del adiós te nombraría en
voz muy baja
como nombra la soledad a sus testigos,
o como llaman
aquellos que se van a los que nunca vuelven.
Ahora, de espaldas contra el muro que custodia el guardián de todo
nacimiento,
sólo te quedan las apariciones,
el fantasma de un tiempo
que gritará contigo en el estanque muerto de algún sueño,
cuando él
duerme, tan lejos en su adiós.
Un soborno de plumas para una ley de
fuego.
jardín de las delicias
¿Acaso es nada más que una zona de abismos y volcanes en
plena ebullición, predestinada a ciegas para las ceremonias de la
especie en esta inexplicable travesía hacia abajo? ¿O tal vez un
atajo, una emboscada oscura donde el demonio aspira la inocencia
y sella a sangre y fuego su condena en la estirpe del alma?¿ O tan
sólo quizás una región marcada como un cruce de encuentro
y desencuentro entre dos cuerpos sumisos como soles?
No. Ni vivero de la Perpetuación, ni fragua del pecado original,
ni trampa del instinto, por más que un solo viento exasperado
propague a la vez el humo, la combustión y la ceniza. Ni siquiera
un lugar, aunque se precipite el firmamento y haya un cielo que
huye, innumerable, como todo instantáneo paraíso.
A solas, sólo un
número insensato, un pliegue en las membranas
de la ausencia, un relámpago sepultado en un jardín.
Pero basta el
deseo, el sobresalto del amor, la sirena del
viaje, y entonces es más bien un nudo tenso en torno al haz de
todos los sentidos y sus múltiples ramas ramificadas hasta el
árbol de la primera tentación, hasta el jardín de las delicias y
sus secretas ciencias de extravío que se expanden de pronto
de la cabeza hasta los pies igual que una sonrisa, lo mismo
que una red de ansiosos filamentos arrancados al rayo, la
corriente erizada reptando en busca del exterminio 0 la salida,
escurriéndose adentro, arrastrada por esos sortilegios que son
como tentáculos de mar y arrebatan con vértigo indecible
hasta el fondo del tacto, hasta el centro sin fin que se desfonda
cayendo hacia lo alto, mientras pasa y traspasa esa orgánica
noche interrogante de crestas y de hocicos y bocinas, con
jadeo de bestia fugitiva, con su flanco azuzado por el látigo
del horizonte inalcanzable, con sus ojos abiertos al misterio
de la doble tiniebla, derribando con cada sacudida la nebulosa
maquinaria del planeta, poniendo en suspensión corolas como
labios, esferas como frutos palpitantes, burbujas donde late la
espuma de otro mundo, constelaciones extraídas vivas de su
prado natal, un éxodo de galaxias semejantes a plumas girando
locamente en el gran aluvión, en ese torbellino atronador que
ya se precipita por el embudo de la muerte con todo el universo
en expansión, con todo el universo en contracción para el parto
del cielo, y hace estallar de pronto la redoma y dispersa en la
sangre la creación.
El sexo, sí,
más bien una medida:
la mitad del deseo, que es apenas la mitad del amor.
Como si fueran sombras de sombras que se alejan las palabras, humaredas errantes exhaladas por la boca del viento, así se me dispersan, se me pierden de vista contra las puertas del silencio. Son menos que las últimas borras de un color, que un suspiro en la hierba; fantasmas que ni siquiera se asemejan al reflejo que fueron. Entonces ¿no habrá nada que se mantenga en su lugar, nada que se confunda con su nombre desde la piel hasta los huesos? Y yo que me cobijaba en las palabras como en los pliegues de la revelación o que fundaba mundos de visiones sin fondo para sustituir los jardines del edén sobre las piedras del vocablo. ¿Y no he intentado acaso pronunciar hacia atrás todos los alfabetos de la muerte? ¿No era ese tu triunfo en las tinieblas, poesía? Cada palabra a imagen de otra luz, a semejanza de otro abismo, cada una con su cortejo de constelaciones, con su nido de víboras, pero dispuesta a tejer ya destejer desde su propio costado el universo y a prescindir de mí hasta el último nudo. Extensiones sin límites plegadas bajo el signo de un ala, urdimbres como andrajos para dejar pasar el soplo alucinante de los dioses, reversos donde el misterio se desnuda, donde arroja uno a uno los sucesivos velos, los sucesivos nombres, sin alcanzar jamás el corazón cerrado de la rosa. Yo velaba incrustada en el ardiente hielo, en la hoguera escarchada, traduciendo relámpagos, desenhebrando dinastías de voces, bajo un código tan indescifrable como el de las estrellas o el de las hormigas. Miraba las palabras al trasluz. Veía desfilar sus oscuras progenies hasta el final del verbo. Quería descubrir a Dios por transparencia.
la brisa, un momento
a Valerio
Que pueda el camino subir hasta alcanzarte.
Que pueda el viento soplar siempre a tu espalda.
Que pueda el sol brillar cálidamente sobre tu rostro
y las lluvias caer con dulzura sobre tus campos,
y hasta que volvamos a encontramos
que Dios te sostenga en la palma de su mano.
(Oración irlandesa)
¡Ya se fue! ¡Ya se fue! -se queja la
torcaza.
el lamento se expande de hoja en hoja,
de temblor en temblor,
de transparencia en transparencia,
hasta envolver en negra desolación el
plumaje del mundo.
-¡Ya se fue! ¡Ya se fue! -como si yo no viera.
Y me
pregunto ahora cómo hacer para mirar de nuevo una torcaza,
para volver a
ver una bahía, una columna, el fuego, el humo de la sopa,
sin que tus
ojos me aseguren la consistencia de su aparición,
sin que tu mano me
confirme la mía.
Será como mirar apenas los reflejos de un espejo ladrón,
imágenes saqueadas desde las maquinarias del abismo,
opacas, andrajosas,
miserables.
¿Y qué será tu almohada, y qué será tu silla,
y qué serán
tus ropas, y hasta mi lecho a solas, si me animo?
Posesiones de arena,
sólo silencio y llagas sobre la majestad de la distancia.
Ah, si pudiera
encontrar en las paredes blancas de la hora más cruel
esa larga fisura
por donde te fuiste,
ese tajo que atravesó el pasado y cortó el porvenir,
acaso nos veríamos más desnudos que nunca, como después de nunca,
como
después del paraíso que perdimos,
y hasta quizás podríamos nombrarnos con
los últimos nombres,
esos que solamente Dios conoce,
y descubrir los
pliegues ignorados de nuestra propia historia
cubriendo las respuestas
que callamos,
incrustadas tal vez como piedras preciosas en el fondo del
alma.
Todo lo que ya es patrimonio de sombras o de nadie.
Pero acá
sólo encuentro en mitad de mi pecho
esta desgarradura insoportable cuyos
bordes se entreabren
y muestran arrasados todos los escenarios donde tú
eres el rey
-un instantáneo calco del que fuiste, un relámpago apenas-
bajo la rotación del infinito derrumbe de los cielos.
Fuera de mí la nube
dice "No", el viento dice "No", las ramas dicen "No",
y hasta la tierra
entera que te alberga,
esa tierra dispersa que ahora es sólo una
alrededor de ti,
se aleja cuando llamo.
¿Cómo saber entonces d0nde
estás en este desmedido, insaciable universo,
donde la historia se
confunde y los tiempos se mezclan y los lugares se deslizan,
donde los
ríos nacen y mueren las estrellas,
y las rosas que me miran en Paestum no
son las que nos vieron
sino tal vez las que miró Virgilio?
¿Cómo acertar contigo,
si aun en
medio del día instalabas a veces tu silencio nocturno,
inabordable como
un dios, ensimismado como un árbol,
y tu delgado cuerpo ya te sustraía?
Aléjate, memoria de pared, memoria de cuchara, memoria de zapato.
No me
sirves, memoria, aunque simules este día.
No quiero que me asistas con
mosaicos, ni con palacios, ni con catedrales.
Húndete, piedra de la
Navicella, junto al cisne de Brujas,
bajo las noches susurradoras de
Venecia.
Sopla, viento de Holanda, sobre los campos de temblorosas
amapolas,
deshoja los recuerdos, barre los ecos y la lejanía.
No
quiero que sea nunca para siempre ni siempre para nunca.
Juguemos a que
estamos perdidos otra vez entre los laberintos de un jardín.
Encuéntrame,
amor mío, en tu tiempo presente.
Mírame para hoy con tus ojos de miel, de
chispas y de claro tabaco.
Sé que a veces de pronto me presencias desde
todas partes.
Tal vez poses tu mano lentamente como esta lluvia sobre mi
cabeza
o detengas tus pasos junto a mí en pálida visitación conteniendo
el aliento.
He conseguido ver el resplandor con que te llevan cuando te
persigo;
he aspirado también, señor de las plantaciones y las flores,
el aroma narcótico con que me abrazas desde un rincón vacío de la casa,
y
he oído en el pan que cruje a solas el pequeño rumor con que me nombras,
tiernamente, en secreto, con tu nuevo lenguaje.
Lo aprenderé, por más que
todo sea un desvarío de lugares hambrientos,
una forma inconclusa del
deseo, una alucinación de la nostalgia.
Pero aun así, ¿qué muro es
insoluble entre nosotros?
¡Hemos huido juntos tantos años entre las
ciénagas y los tembladerales
delante de las fieras de tu mal
cubriendo la retirada con el sol, con la
piel, con trozos de la fiesta,
con pedazos inmensos del esplendor que
fuimos, hasta que te atraparon!
Anudaron tu cuerpo, ya tan leve, al miedo
y al azar,
y escarbó en tus tejidos la tiniebla monarca con uñas y con
dientes ,
mientras dábamos vueltas en la trampa, sin hallar la salida.
La encontraste hacia arriba, y lograste escapar a pura pérdida, de
caída en caída.
Aún nos queda el amor:
esa doble moneda para poder
pasar a uno y otro lado.
Haz que gire la piedra, que te traiga de nuevo
la marea,
aunque sea un instante, nada más que un instante.
Ahora,
cuando podrás mirar tan "fijamente el sol como la muerte" ,
no querrás
apagarlo para mí ni querrás extraviarme detrás de los escombros,
por
pequeña que sea mirada desde allá,
aun menos que una nuez, que una brizna
de hierba que unos granos de arena.
Y porque a veces me decías: "Tú
hiciste que la luz fuera visible",
y otra vez descubrimos que la muerte
se parece al amor
en que ambos multiplican cada hora y lugar por una
misma ausencia,
yo te reclamo ahora en nombre de tu sol y de tu muerte
una sola señal,
precisa, inconfundible, fulminante, como el golpe de
gracia que parte en dos el muro
y descubre un jardín donde somos posibles
todavía,
apenas un instante, nada más que un instante,
tú y yo juntos,
debajo de aquel árbol
copiados por la brisa de un momento cualquiera de
la eternidad.
Me clausuran en mí.
Me dividen en dos.
Me engendran cada día en la paciencia
y en un
negro organismo que ruge como el mar.
Me recortan después con las tijeras de la pesadilla
y caigo en este
mundo con media sangre vuelta a cada lado:
una cara labrada desde el fondo por los colmillos de la
furia a solas,
y otra que se disuelve entre la niebla de las grandes manadas.
No consigo saber quién es el amo aquí.
Cambio bajo mi piel de perro a lobo.
Yo decreto la peste y atravieso
con mis flancos en llamas
las planicies del porvenir y del pasado;
yo me tiendo a roer los
huesecitos de tantos sueños
muertos entre celestes pastizales.
Mi reino
está en mi sombra y va conmigo dondequiera que vaya,
o se desploma en ruinas con las puertas abiertas a la
invasión del enemigo.
Cada noche desgarro a dentelladas todo lazo ceñido al corazón,
y
cada amanecer me encuentra con mi jaula de obediencia en el lomo.
Si devoro a mi dios uso su rostro debajo de mi máscara,
y sin
embargo sólo bebo en el abrevadero de los hombres
un aterciopelado veneno de piedad que raspa en las entrañas.
He
labrado el torneo en las dos tramas de la tapicería:
he ganado mi cetro de bestia en la intemperie,
y he otorgado también
jirones de mansedumbre por trofeo.
Pero ¿quién vence en mí?
¿Quién defiende de mi bastión solitario en
el desierto, la sábana del sueño?
¿Y quién roe mis labios, despacito y a oscuras, desde mis propios
dientes?
Esa es tu pena... Esa es tu pena. Tiene la forma de un cristal de nieve que no podría existir si no existieras y el perfume del viento que acarició el plumaje de los amaneceres que no vuelven. Colócala a la altura de tus ojos y mira cómo irradia con un fulgor azul de fondo de leyenda, o rojizo, como vitral de insomnio ensangrentado por el adiós de los amantes, o dorado, semejante a un letárgico brebaje que sorbieron los ángeles. Si observas al trasluz verás pasar el mundo rodando en una lágrima. Al respirar exhala la preciosa nostalgia que te envuelve, un vaho entretejido de perdón y lamentos que te convierte en reina del reverso del cielo. Cuando la soplas crece como si devorara la íntima sustancia de una llama y se retrae como ciertas flores si la roza cualquier sombra extranjera. No la dejes caer ni la sometas al hambre y al veneno; sólo conseguirías la multiplicación, un erial, la bastarda maleza en vez de olvido. Porque tu pena es única, indeleble y tiñe de imposible cuanto miras. No hallarás otra igual, aunque te internes bajo un sol cruel entre columnas rotas, aunque te asuma el mármol a las puertas de un nuevo paraíso prometido. No permitas entonces que a solas la disuelva la costumbre, no la gastes con nadie. Apriétala contra tu corazón igual que a una reliquia salvada del naufragio: sepúltala en tu pecho hasta el final, hasta la empuñadura.
A Alberto Girri No sé si habrás logrado componer tu escritura con aquel minucioso tapiz de hojas errantes que organizaba huecos y relieves, prolijos ideogramas en este desmantelado atardecer; tampoco sé si alguna vez me hablaste en los últimos meses con ese congelado tintineo del vidrio, con el rumor del mimbre, o el apremiante latido del corazón a oscuras; y quizás tu mirada fuera entonces esa mirada circular del ágata, que se abre, que se expande, que se amplía de agua en aire más allá de la piedra y el fulgor y más allá del mundo. Imposible saber. No consigo abarcar lo que me sobrepasa y te contiene; no puedo descifrar de pronto las señales que no fueron costumbre. Porque ahora traspasaste del todo la zona de los delirios y las emanaciones, donde la selva y las acechanzas de la selva se confunden, y los días se tiñen con el color de lo que ya no es, de lo que no será, y entre un cuerpo y su sombra vuelca el viento veinte siglos de historia y en una y otra mano se multiplican las semillas de la incertidumbre y a uno y otro pie se anudan las serpientes de la contradicción. Porque tal es la prueba y tales las maquinaciones de la simuladora, inabordable realidad. No en vano deshojaste la envoltura del sueño y la vigilia, palabra por palabra y ausencia por presencia, hasta el último pétalo, hasta el temblor inmóvil del silencio. (No revisaste acaso, palpando, escarbando, horadando la trama del poema el revés y el derecho del destino, los nudos del error, el bordado ilusorio, sin encontrar la pura transparencia que permita mirar al otro lado? Tu fuerza fue habitar en el Reino del No la casa de los innumerables laberintos, probando las entradas, rondando las salidas, acechando visiones contagiosas, insectos y peligros y ratones. e una casa oscilante, en continuo equilibrio, justo en el borde de la inmensidad; y allí viviste alerta, ensayando la ausencia, desasido de ti -tu primera persona del singular cada vez más allá, siempre más cerca de algún otro tú-, siendo a la vez el cazador que descubre la presa y abandona el asedio y el pájaro que intenta desterrar con las alas su recuerdo en el suelo. Ya eres parte de todo en otro reino, el Reino de la Perduración y la Unidad, estás en el eterno presente que huye, que se consume y que no cesa, y podrás ser por fin el nombre y lo nombrado. Pero yo sé que casi medio siglo de amistad, permanencia, emociones y amparo, no me basta para encontrar que una pequeña huella, una chispa en suspenso, un flotante perfume son, en medio del anónimo coro universal, de la corriente del acontecer, tu modo de dictarme lo más justo, lo más bello y lo más verdadero, como antes, como siempre, con un gesto, con un talismán, con una lágrima. Y si así fuera, ¿cómo responder? A partir de mi boca, de mi congoja y mi ignorancia sólo puedo rogar: "Señor: Haz que tu hijo sea como el más incontaminado de todos tus espejos y muéstrale las cosas así como él quería, tales es como son.
XIV Jugabas a esconderte entre los utensilios de cocina como un extraño objeto tormentoso entre indecibles faunas, o a desaparecer en las complicidades del follaje con un manto de dríada dormida bajo los velos de la tarde, o eras sustancia yerta debajo de un papel que se levanta y anda. Henchías los armarios con organismos palpitantes o poblabas los vestidos vacíos con criaturas decapitadas y fantasmas. Fuiste pájaro y grillo, musgo ciego y topacios errantes. Ahora sé que tratabas de despistar a tu perseguidora con efímeras máscaras. No era mentira el túnel con orejas de liebre ni aquella cacería de invisibles mariposas nocturnas. Te alcanzó tu enemiga poco a poco y te envolvió en sus telas como con un disfraz de lluviosos andrajos. Saliste victoriosa en el irreversible juego de no estar. Sin embargo, aún ahora, cierta respiración desliza un vidrio frío por mi espalda. Y entonces ese insecto radiante que tiembla entre las flores, la fuga inexplicable de las pequeñas cosas, un hocico de sombra pegado noche a noche a la ventana, no sé, podría ser, ¿quién me asegura acaso que no juegas a estar, a que te atrapen? De "Cantos a Berenice" 1920
Si puedes ver detrás de los escombros, de tantas raspaduras y tantas telarañas como cubren el hormiguero de otra vida, si puedes todavía destrozarte otro poco el corazón, aunque no haya esperanza ni destino, aparta las cortinas, la ignorancia o el espesor del mundo, lo que sea, y mira con tus ojos de ahora bien adentro, hasta el fondo del caos. ¿Qué color tienes tú a través de los días y los años de aquel a quien amaste? ¿Qué imagen tuya asciende con el alba y hace la noche del enamorado? ¿Qué ha quedado de ti en esa memoria donde giran los vientos? Quizás entre las hojas oxidadas que fueron una vez el esplendor y el viaje, un tapiz a lo largo de toda la aventura, surjas confusamente, casi irreconocible a través de otros cuerpos, como si aparecieras reclamando un lugar en algún paraíso ajeno ya deshora. O tal vez ya ni estés, ni polvo ni humareda; tal vez ese recinto donde siempre creíste reinar inalterable, sin tiempo y tan lejana como incrustada en ámbar, sea menos aún que un albergue de paso: una desnuda cámara de espejos donde nunca hubo nadie, nadie más que un yo impío cubriendo la distancia entre una sombra y el deseo. Y acaso sea peor que haber pasado en vano, porque tú que pudiste resistir a la escarcha y a la profanación, permanecer de pie bajo la cuchillada de insufribles traiciones, es posible que al fin hayas sido inmolada, descuartizada en nombre de una historia perversa, tus trozos arrojados a la hoguera, a los perros, al remolino de los basurales, y tu novela rota y pisoteada oculta en un cajón. Es algo que no puedes soportar. Hace falta más muerte. No bastarían furias ni sollozos. Prefieres suponer que fuiste relegada por amores terrenos, por amores bastardos, porque él te reservó para después de todos sus instantáneos cielos, para después de nunca, más allá del final. Estarás esperándolo hasta entonces con corona de reina en el enmarañado fondo del jardín.
Alguien marcó en mis manos, tal vez hasta en la sombra de mis manos, el signo avieso de los elegidos por los sicarios de la desventura. Su tienda es mi morada. Envuelta estoy en la sombría lona de unas alas que caen y que caen llevando la distancia dondequiera que vaya, sin acertar jamás con ningún paraíso a la medida de mis tentaciones, con ningún episodio que se asemeje a mi aventura. Nada. Antros donde no cabe ni siquiera el perfume de la perduración, encierros atestados de mariposas negras, de cuervos y de anguilas, agujeros por los que se evapora la luz del universo. Faltan siempre peldaños para llegar y siempre sobran emboscadas y ausencias. No, no es un guante de seda este destino. No se adapta al relieve de mis huesos ni a la temperatura de mi piel, y nada valen trampas ni exorcismos, ni las maquinaciones del azar ni las jugadas del empeño. No hay apuesta posible para mí. Mi lugar está enfrente del sol que se desvía o de la isla que se aleja. ¿No huye acaso el piso con mis precarios bienes? ¿No se transforma en lobo cualquier puerta? ¿No vuelan en bandadas azules mis amigos y se trueca en carbón el oro que yo toco? ¿Qué más puedo esperar que estos prodigios? Cuando arrojo mis redes no recojo más que vasijas rotas, perros muertos, asombrosos desechos, igual que el pobrecito pescador al comenzar la noche fantástica del cuento. Pero no hay desenlace con aplausos y palmas para mí. ¿No era heroico perder? ¿No era intenso el peligro? ¿No era bella la arena? Entre mi amado y yo siempre hubo una espada; justo en medio de la pasión el filo helado, el fulgor venenoso que anunciaba traiciones y alumbraba la herida en el final de la novela. Arena, sólo arena, en el fondo de todos los ojos que me vieron. ¿Y ahora con qué lágrimas sazonaré mi sal, con qué fuego de fiebres consteladas encenderé mi vino? Si el bien perdido es lo ganado, mis posesiones son incalculables. Pero cada posible desdicha es como un vértigo, una provocación que la insaciable realidad acepta, más tarde o más temprano. Más tarde o más temprano, estoy aquí para que mi temor se cumpla.
« Más borroso que un velo tramado por la lluvia sobre / los ojos de la lejanía, confuso como un fardo, »
« Aquí están tus recuerdos: / este leve polvillo de violetas »
« Aunque se borren todos / nuestros rastros igual que las bujías en el amanecer »
« Inútil. Habrá / de ser inútil, nuevamente, »
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