Poesía Universal

Olga Orozco

Biografía y amplia selección de poemas de Olga Orozco. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Olga Orozco. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Olga Orozco

17 poemas seleccionados
1.

Andante en tres tiempos

Más borroso que un velo tramado por la lluvia sobre 
	
los ojos de la lejanía, confuso como un fardo,
errante como un médano 
	indeciso en la tierra de nadie,
sin rasgos, sin consistencia, sin asas ni 
	molduras,
así era tu porvenir visto desde las instantáneas rendijas del 
	pasado.
Sin embargo detrás hay un taller que fragua sin cesar tu 
	muestrario de máscaras.
Es un recinto que retrocede y que te absorbe 
	exhalando el paisaje.
Allí en algún rincón están de pie tus primeras 
	visiones,
y también las imágenes de ayer y aun los espejismos que no se 
	condensaron,
más las ciegas legiones de fantasmas que son huecos anuncios 
	todavía.
Entre todos imprimen un diseño secreto en las alfombras por 
	donde pasarás,
muelen tus alimentos de mañana en el mortero de lo 
	desconocido
y elaboran en rígidos lienzos los ropajes para tu absolución 
	o tu condena.
Cambia, cambia de vuelo como la ráfaga del enjambre bajo la 
	tormenta.
Un soplo habrá disuelto la reunión; un soplo la convoca en un 
	nuevo diseño, 
	
junto a nuevos ropajes y nuevos alimentos. 
¡Qué vivero de formas al 
	acecho de un molde desde el principio hasta el final!

Palmo a palmo, 
	virando de un día a otro fulgor, 
de una noche a otra sombra,
llegas 
	con cada paso a ese lugar al que te remolcaron todas las corrientes:
una 
	región de lobos o corderos donde erigir tu tienda una vez más
y volver a 
	partir, aunque te quedes, aspirado de nuevo por la boca del viento.
Es 
	esa la comarca, esa es la casa, esos son los rostros que veías difusos,

	fraguados en el humo de la víspera,
apenas esculpidos por el aliento 
	leproso de la niebla.
Ahora están tallados a fuego ya cuchillo en la dura 
	sustancia del presente,
una roca escindida que ahora permanece, que ya se 
	desmorona,
que se escurre sin fin por la garganta de insaciables arenas.

	Entre la oscilación y la caída, si no te deslizas hacia adelante, mueres.

	Apresúrate, atrapa el petirrojo que huye, la escarcha que se disuelve en el 
	jardín.
Somételos con un ademán tan rápido que se asemeje a la quietud,

	a esa trampa del tiempo solapado que se desdobla en antes y en después.

	Sólo conseguirás un presagio de plumas y un resabio de hielo.
A veces, 
	pocas veces, un modelo para los esplendores y las lágrimas de tu porvenir.

	¿Y qué fue del pasado, con su carga de sábanas ajadas y de huesos roídos?

	¿Es nada más que un embalaje roto,
una mano en el vidrio ceniciento a lo 
	largo de toda la alameda?
¿O un depósito inmóvil donde se acumulan el oro 
	y las escorias de los días?
Pliega las alas para ver.
Esa mole que 
	llevas creciendo a tus espaldas es tu albergue vampiro.
No me hables 
	solamente de un panteón o de algún tribunal embalsamado,
siempre en 
	suspenso y hasta el fin del mundo.
Porque también allí cada dibujo cambia 
	con el último trazo,
cada color se funde con el tinte de la nueva 
	estación o la que viene,
cada calco envejece, se resquebraja y pierde su 
	motivo en el polvo;
pero el muro en que guardas estampadas las manos de 
	la infancia
es ese mismo muro que proyecta unas manos finales sobre los 
	muros de tu porvenir.
¿Y acaso ayer no asoma algunas veces como marzo en 
	septiembre y canta en la enramada?
Todo es posible cuando se desborda y 
	rehace un recuento la memoria:
imprevistas alquimias, peldaños que 
	chirrían, cajones clausurados y carruajes en marcha.
Sorprendente 
	inventario en el que testimonian hasta las puertas sin abrir.
Hoy, mañana 
	o ayer, nunca ningún refugio donde permanecer inalterable 
	
                                                                                                                     
	entre la llama y el carbón.
Los oleajes se cruzan y conspiran como los 
	visitantes en los sueños,
intercambian espumas, cáscaras, amuletos y 
	papeles cifrados y jirones,
y todo tiempo inscribe su sentencia bajo las 
	aguas de los otros tiempos, 
	
mientras viajas a tumbos en tu tablón precario justo en el filo de las 
	marejadas.
Pero hay algo, tal vez, que logró sustraerse a las 
	maquinaciones de los años,
algo que estaba fuera de la fugacidad, la 
	duración y la mudanza.
Guarda, guarda esa prenda invulnerable que 
	cobraste al pasar y que llevas 
oculta como un ladrón furtivo desde el 
	comienzo hasta el futuro.
Estandarte o sortija, perla, grano de sal o 
	escapulario,
describe una parábola de brasas a medida que te aproximas, 
	que llegas, que te alejas:
tu credencial de amor en la noche cerrada.
2.

Aquí están tus recuerdos...

Aquí están tus recuerdos:
este leve polvillo de violetas
cayendo 
	inútilmente sobre las olvidadas fechas;
tu nombre,
el persistente 
	nombre que abandonó tu mano entre las piedras;
el árbol familiar, su 
	rumor siempre verde contra el vidrio;
mi infancia, tan cercana,
en el 
	mismo jardín donde la hierba canta todavía
y donde tantas veces tu cabeza 
	reposaba de pronto junto a mí,
entre los matorrales de la sombra.

	
Todo siempre es igual.
Cuando otra vez llamamos como ahora en el 
	lejano muro:
todo siempre es igual.
Aquí están tus dominios, pálido 
	adolescente:
la húmeda llanura para tus pies furtivos,
la aspereza del 
	cardo, la recordada escarcha del amanecer,
las antiguas leyendas,
la 
	tierra en que nacimos con idéntica niebla sobre el llanto.

	
-¿Recuerdas la nevada? ¡Hace ya tanto tiempo!
¡Cómo han crecido desde 
	entonces tus cabellos!
Sin embargo, llevas aún sus efímeras flores sobre 
	el pecho
y tu frente se inclina bajo ese mismo cielo
tan deslumbrante 
	y claro.

	
¿Por qué habrás de volver acompañado, como un dios a su mundo,
por 
	algún paisaje que he querido?
¿Recuerdas todavía la nevada?

	
¡Qué sola estará hoy, detrás de las inútiles paredes,
tu morada de 
	hierros y de flores!
Abandonada, su juventud que tiene la forma de tu 
	cuerpo,
extrañará ahora tus silencios demasiado obstinados,
tu piel, 
	tan desolada como un país al que sólo visitaran cenicientos pétalos

	después de haber mirado pasar,   ¡tanto tiempo!,
la paciencia 
	inacabable de la hormiga entre sus solitarias ruinas.

	
Espera, espera, corazón mío:
no es el semblante frío de la temida 
	nieve ni el del sueño reciente.
Otra vez, otra vez, corazón mío:
el 
	roce inconfundible de la arena en la verja,
el grito de la abuela,
la 
	misma soledad, la no mentida,
y este largo destino de mirarse las manos 
	hasta envejecer.
3.

Aunque se borren todos nuestros rastros igual que las bujías en el amanecer...

Aunque se borren todos 
	nuestros rastros igual que las bujías en el amanecer 
y no puedas 
	recordar hacia atrás, como la Reina Blanca, déjame en el aire la sonrisa.

	Tal vez seas ahora tan inmensa como todos mis muertos
y cubras con tu 
	piel noche tras noche la desbordada noche del adiós: 
	
un ojo en Achernar, el otro en Sirio, 
las orejas pegadas al muro 
	ensordecedor de otros planetas,
tu inabarcable cuerpo sumergido en su 
	hirviente ablución, en su Jordán de estrellas.
Tal vez sea imposible mi 
	cabeza, ni un vacío mi voz,
algo menos que harapos de un idioma irrisorio 
	mis palabras.
Pero déjame en el aire la sonrisa:
la leve vibración que 
	azogue un trozo de este cristal de ausencia, 
	
la pequeña vigilia tatuada en llama viva en un rincón,
una tierna 
	señal que horade una por una las hojas de este duro calendario de nieve. 

	Déjame tu sonrisa a manera de perpetua guardiana, Berenice.
4.

Cabalgata del tiempo

Inútil. Habrá 
	de ser inútil, nuevamente,

	suspender de la noche, sobre densas corrientes de follaje,

	la imagen demorada de un porvenir que alienta en la memoria;

	penetrar en el ocio de los días que fueron dibujando con terror y paciencia

	la misma alucinada realidad que hoy contemplo,

	ya casi en la mirada;

	repetir todavía con una voz que siento pesar entre mis manos:

	-Alguna vez estuve, quizás regrese aún, a orillas de la paz,

	como una flor que mira correr su bello tiempo junto al brazo de un río.

	

	Todo ha de ser en vano.

	Manadas de caballos ascenderán bravías las pendientes de su infierno natal

	y escucharé su paso acompasado, su trote, su galope salvaje,

	atravesando siglos y siglos de penumbra,

	de sumisas distancias que irremediablemente los conducen aquí.

	

	Tal vez sería dulce reconquistar ahora una música antigua,

	profunda y persistente como el eco de un grito entre los sueños,

	sumirse bajo el verde sopor de las llanuras

	o morir con la lluvia, tristemente,

	entre ramos llorosos que sombrearan viejísimas paredes.


	Imposible. 
	Sólo un fragor inmenso de ruinas sobre ruinas.

	Es el desesperado retornar de los tiempos que no fueron cumplidos

	ni en gloria de la vida ni en verdad de la muerte.

	Es la amarga plegaria que levantan los ángeles rebeldes

	llamando a cada sitio donde pueda morar su dios irrecobrable.

	Es el tropel continuo de sus lucientes potros enlutados

	que asoman a las puertas de la noche la llamarada enorme de sus greñas,

	que apagan con mortajas de vapor y de polvo toda muda tiniebla,

	agitando sus colas como lacios crespones entre la tempestad.

	La sangre arrepentida, sus heroicas desdichas.

	

	Y nada queda en ti, corazón asediado:

	apenas si un color, si un brillo mortecino,

	si el sagrado mensaje que dejara la tierra entre tus muros,

	se pierden, a lo lejos,

	bajo un mismo compás idéntico y glorioso como la eternidad.
5.

Con esta boca, en este mundo...

No te pronunciaré jamás, verbo sagrado,
aunque me tiña las encías de 
	color azul,
aunque ponga debajo de mi lengua una pepita de oro,
aunque 
	derrame sobre mi corazón un caldero de estrellas
y pase por mi frente la 
	corriente secreta de los grandes ríos.

	
Tal vez hayas huido hacia el costado de la noche del alma,
ese al que 
	no es posible llegar desde ninguna lámpara,
y no hay sombra que guíe mi 
	vuelo en el umbral,
ni memoria que venga de otro cielo para encarnar en 
	esta  dura nieve
donde sólo se inscribe el roce de la rama y el 
	quejido del viento.

	
Y ni un solo temblor que haga sobresaltar las mudas piedras.
Hemos 
	hablado demasiado del silencio,
lo hemos condecorado lo mismo que a un 
	vigía en el arco final,
como si en él yaciera el esplendor después de la 
	caída,
el triunfo del vocablo con la lengua cortada.

	
¡Ah, no se trata de la canción, tampoco del sollozo!
He dicho ya lo 
	amado y lo perdido,
trabé con cada sílaba los bienes que más temí perder.

	A lo largo del corredor suena, resuena la tenaz melodía,
retumban, se 
	propagan como el trueno
unas pocas monedas caídas de visiones o 
	arrebatadas a la oscuridad.
Nuestro largo combate fue también un combate 
	a muerte con la muerte, poesía.
Hemos ganado. Hemos perdido, porque ¿cómo 
	nombrar con esa boca,
cómo nombrar en este mundo con esta sola boca en 
	este mundo con esta sola boca?
6.

Cuando

alguien se nos muere

	

                                                                                         
	Poema a Eduardo Bosco

	

	Fue necesario el grave, solitario lamento del viento entre los árboles,

	para que tú supieras más que nadie ese desesperado resonar,

	ese rumor sombrío con que pueden decirse las palabras

	cuando de nada vale su fugaz melodía,

	cuando en la soledad -la única apariencia verdadera -,

	contemplamos, callando, los seres y los tiempos que fueron en nosotros

	irrevocables muertes cuyos nombres no sabremos jamás.

	

	Fue necesario el ocio de aquellas largas noches

	que minuciosamente ordenaste en recuerdos, memorioso,

	para que tú pasaras sosteniendo la sombra con tu sombra,

	apenas presentida por los días,

	con tu misma pausada palidez demorándose aún después de haberte ido,

	porque era tu adiós la despedida última,

	la última señal que acercaba los sueños desde el incontenible amanecer.

	

	Fue necesario el lento trabajo de los años,

	su rápido fulgor, su mustio decaer entre pesados muros

	que sólo levantaron respuestas de ceniza a tu llamado

	para que tú miraras largamente tus despojadas manos

	como una llanura donde los vientos dejan polvaredas mortales,

	mientras disponen, lejos,

	la tempestad que arrase desmedida su sediento destino.

	

	Fue necesario todo lo que fuimos contigo,

	lo que somos contigo del lado de los llantos,

	para saber, viviendo, cuánta sorda tiniebla te asediaba

	y encontrarnos, después,

	Con el transido resplandor del aire que dejaste muriendo.

	

	Porque todo este tiempo

	es el innumerable testigo que nos trae las mismas evidencias,

	aquello en lo que fuiste cuanto eras, de una vez para siempre:

	acostumbrados gestos,

	ciertos ritos que cumpliera tu sangre sumisa a la memoria,

	esos nocturnos pasos acercando los campos

	donde la luz es sólo un repetido comienzo de penumbras,

	las remotas paredes, las efímeras cosas a las que retornabas

	con la triste paciencia de quien guarda afanoso, en la mirada,</P>

	paisajes habituales que más tarde

	aliviarán el peso de las horas en sabido destierro.

	

	Tú pedías tan poco.

	Apenas si anhelas un tranquilo vivir que prolongara la duración de tu alma

	en idéntico amor,

	en radiante amistad, en devoción sagrada

	por gentes que existieron con la simple nobleza de la tierra,

	sin glorias ni ambiciones.

	Tú amabas lo inmortal, lo grandioso terrestre.

	

	Mas no pudo el débil llamado de tu vida contra pesadas puertas

	aposentos malditos, épocas miserables 

	donde la dicha duerme sordamente su legendario olvido-,

	nada tu lejanía contra las invencibles mareas de lo inútil,

	nada tu juventud contra ese rostro

	que entre desalentadas rebeldías, nostalgias y furiosas pesadumbres,

	infatigablemente se asomó a tus desvelos;

	y unas noche sentimos dentro del corazón un ronco oleaje,

	amargamente vivo,

	en el preciso sitio donde ardía en nosotros,

	como nosotros mismos duradera,

	tu callada grandeza.

	

	Ahora estamos más solos por imperio de muerte,

	por un cuerpo ganado como un palmo de tierra por la tierra baldía,

	recobrando al conjuro del más lejano soplo

	realidades perdidas en lo más olvidado de los antiguos días,

	imágenes que juntos traspasamos, que juntos nos esperan;

	porque no es el recuerdo del pasado dispersos ademanes

	-hojarascas y ramas que encendemos

	para llorar al humo de una lánguida hoguera-,

	sino fieles señales de una región dormida que aguarda nuestro paso

	con las huellas de antaño suspendidas como eternos ropajes.

	

	No es por decir, Eduardo, cuando alguien se nos muere,

	no hay un lugar vacío, no hay un tiempo vacío,

	hay ráfagas inmensas que se buscan a solas, sin consuelo,

	pues aquí, y más allá,

	tanto de lo que él fue respira con nosotros la fatiga del polvo pasajero,

	tanto de lo que somos reposa irrecobrable entre su muerte

	que así sobrevivimos

	llevando cada uno una sombra del otro por los distantes cielos.

	Alguna vez se acercarán,

	Entonces, cuando estemos contigo para siempre,

	Últimos como tú, como tú verdaderos.
7.

Densos velos te cubren, poesía

No es en este volcán que hay debajo de mi lengua falaz donde te busco, 
	
ni es esta espuma azul que hierve y cristaliza en mi cabeza, 
sino en 
	esas regiones que cambian de lugar cuando se nombran, 
	
como el secreto yo y las indescifrables colonias de otro mundo. 

	Noches y días con los ojos abiertos bajo el insoportable parpadeo del sol, 
	
atisbando en el cielo una señal, 
la sombra de un eclipse fulgurante 
	sobre el rostro del tiempo, 
	
una fisura blanca como un tajo de Dios en la muralla del planeta. 

	Algo con que alumbrar las sílabas dispersas de un código perdido 
	
Para poder leer en estas piedras mi costado invisible. 

Pero 
	ningún pentecostés de alas ardientes desciende sobre mí.
	
¡Variaciones del humo, retazos de tinieblas con máscaras de plomo, 

	meteoros innominados que me sustraen la visión entre un batir de puertas! 
	
Noches y días fortificada en la clausura de esta piel, 
escarbando en 
	la sangre como un topo, 
	
removiendo en los huesos las fundaciones y las lápidas, 
en busca de 
	un indicio como de un talismán que me revierta la división y la caída. 

	¿Dónde fue sepultada la semilla de mi pequeño verbo aún sin formular? 
	
¿En que Delfos perdido en la corriente 
suben como el vapor las voces 
	desasidas que reclaman mi voz para manifestarse? 
¿Y cómo asir el signo a 
	la deriva -ese y no cualquier otro- 
	
en que debe encarnar cada fragmento de este inmenso silencio? 
No hay 
	respuesta que estalle como una constelación entre harapos nocturnos, 

	¡Apenas si fantasmas insondables de las profundidades, 
	
territorios que comunican con pantanos, 
astillas de palabras y 
	guijarros que se disuelven en la insoluble nada! 
	

Sin embargo 
ahora mismo 
o alguna vez 
no sé 
quién 
	sabe 
	
puede ser 
a través de las dobles espesuras que cierran la salida 

	o acaso suspendida por un error de siglos en la red del instante
	
creí verte surgir como una isla 
quizás como una barca entre las 
	nubes o un castillo en el que alguien canta 
	
o una gruta que avanza tormentosa con todos los sobrenaturales fuegos 
	encendidos. 

¡Ah las manos cortadas, 
los ojos que encandilan y el 
	oído que atruena! 
	
¡Un puñado de polvo, mis vocablos!
8.

El adiós

La sentencia era como esos calcos en que el relieve del amor 
                                                                      
	deja un vacío semejante a sus culpas.
Me arrojaron al mundo en mi ataúd 
	de hielo.
Una tierra sin nombre todavía corrió sobre este rostro 
	
                                                                      
	con que habito en la desconocida:
era la tierra del castigo.
Era la 
	hora en que comienzo a despertar entre los muertos 
	
                                                                      
	con la evidencia de un anillo roto,
un vestido de momia desprendido de 
	las vendas del cielo
y un espejo de sal donde puede leerse mi destino.

	El porvenir no es nada más que mirar hacia atrás.

	
Debajo de esas nubes desgarradas
hay una casa en llamas
en donde 
	los amantes trasmutaban en oro de eternidad el resplandor de un día,
o 
	tomaban las apariencias de ladrones de pájaros
aprisionando entre los 
	hilos del ocio las metamorfosis de sus propias imágenes.
Hay una luz 
	dorada que hiere hasta las lágrimas;
hay un lecho también
como una 
	barca invadida por el follaje del deseo
-unas hojas carnosas que exhalan 
	el perfume de los más largos viajes-.

	
Y había siempre y nunca
como ahora vueltos de pronto boca abajo.

	Corazón repudiado,
animal aterido en uno de los dos costados de tu 
	sangre,
ignorabas entonces que tendrías la forma de un retablo de la 
	creación hecho pedazos,
que alguna vez la noche del adiós te nombraría en 
	voz muy baja
como nombra la soledad a sus testigos,
o como llaman 
	aquellos que se van a los que nunca vuelven.

	
Ahora, de espaldas contra el muro que custodia el guardián de todo 
	nacimiento,
sólo te quedan las apariciones,
el fantasma de un tiempo 
	que gritará contigo en el estanque muerto de algún sueño,
cuando él 
	duerme, tan lejos en su adiós.
Un soborno de plumas para una ley de 
	fuego.
9.

El

jardín de las delicias


	         
	¿Acaso es nada más que una zona de abismos y volcanes en

	plena ebullición, predestinada a ciegas para las ceremonias de la

	especie en esta inexplicable travesía hacia abajo? ¿O tal vez un

	atajo, una emboscada oscura donde el demonio aspira la inocencia

	y sella a sangre y fuego su condena en la estirpe del alma?¿ O tan

	sólo quizás una región marcada como un cruce de encuentro

	y desencuentro entre dos cuerpos sumisos como soles?

	No. Ni vivero de la Perpetuación, ni fragua del pecado original,

	ni trampa del instinto, por más que un solo viento exasperado

	propague a la vez el humo, la combustión y la ceniza. Ni siquiera

	un lugar, aunque se precipite el firmamento y haya un cielo que

	huye, innumerable, como todo instantáneo paraíso.

           

           A solas, sólo un 
	número insensato, un pliegue en las membranas 

	de la ausencia, un relámpago sepultado en un jardín.

   

           Pero basta el 
	deseo, el sobresalto del amor, la sirena del

	viaje, y entonces es más bien un nudo tenso en torno al haz de

	todos los sentidos y sus múltiples ramas ramificadas hasta el

	árbol de la primera tentación, hasta el jardín de las delicias y

	sus secretas ciencias de extravío que se expanden de pronto

	de la cabeza hasta los pies igual que una sonrisa, lo mismo

	que una red de ansiosos filamentos arrancados al rayo, la

	corriente erizada reptando en busca del exterminio 0 la salida,

	escurriéndose adentro, arrastrada por esos sortilegios que son

	como tentáculos de mar y arrebatan con vértigo indecible

	hasta el fondo del tacto, hasta el centro sin fin que se desfonda

	cayendo hacia lo alto, mientras pasa y traspasa esa orgánica

	noche interrogante de crestas y de hocicos y bocinas, con

	jadeo de bestia fugitiva, con su flanco azuzado por el látigo

	del horizonte inalcanzable, con sus ojos abiertos al misterio

	de la doble tiniebla, derribando con cada sacudida la nebulosa

	maquinaria del planeta, poniendo en suspensión corolas como

	labios, esferas como frutos palpitantes, burbujas donde late la

	espuma de otro mundo, constelaciones extraídas vivas de su

	prado natal, un éxodo de galaxias semejantes a plumas girando

	locamente en el gran aluvión, en ese torbellino atronador que

	ya se precipita por el embudo de la muerte con todo el universo

	en expansión, con todo el universo en contracción para el parto

	del cielo, y hace estallar de pronto la redoma y dispersa en la

	sangre la creación.

	

                     
	El sexo, sí,

                     
	más bien una medida:

                     
	la mitad del deseo, que es apenas la mitad del amor.
10.

En el final era el verbo

Como si fueran sombras de sombras que se alejan las palabras,
humaredas 
	errantes exhaladas por la boca del viento,
así se me dispersan, se me 
	pierden de vista contra las puertas del silencio.
Son menos que las 
	últimas borras de un color, que un suspiro en la hierba;
fantasmas que ni 
	siquiera se asemejan al reflejo que fueron.
Entonces ¿no habrá nada que 
	se mantenga en su lugar,
nada que se confunda con su nombre desde la piel 
	hasta los huesos?
Y yo que me cobijaba en las palabras como en los 
	pliegues de la revelación
o que fundaba mundos de visiones sin fondo 
	
para sustituir los jardines del edén sobre las piedras del vocablo.

	¿Y no he intentado acaso pronunciar hacia atrás todos los alfabetos de la 
	muerte?
¿No era ese tu triunfo en las tinieblas, poesía?
Cada palabra 
	a imagen de otra luz, a semejanza de otro abismo,
cada una con su cortejo 
	de constelaciones, con su nido de víboras,
pero dispuesta a tejer ya 
	destejer desde su propio costado el universo
y a prescindir de mí hasta 
	el último nudo.
Extensiones sin límites plegadas bajo el signo de un ala,

	urdimbres como andrajos para dejar pasar el soplo alucinante de los dioses,

	reversos donde el misterio se desnuda,
donde arroja uno a uno los 
	sucesivos velos, los sucesivos nombres,
sin alcanzar jamás el corazón 
	cerrado de la rosa.
Yo velaba incrustada en el ardiente hielo, en la 
	hoguera escarchada,
traduciendo relámpagos, desenhebrando dinastías de 
	voces,
bajo un código tan indescifrable como el de las estrellas o el de 
	las hormigas.
Miraba las palabras al trasluz.
Veía desfilar sus 
	oscuras progenies hasta el final del verbo.
Quería descubrir a Dios por 
	transparencia.
11.

En

la brisa, un momento

                                                                                                            
	a Valerio

                                     
	Que pueda el camino subir hasta alcanzarte.
                             
	Que pueda el viento soplar siempre a tu espalda.
                      
	Que pueda el sol brillar cálidamente sobre tu rostro
                              
	y las lluvias caer con dulzura sobre tus campos,
                                                   
	y hasta que volvamos a encontramos
                                    
	que Dios te sostenga en la palma de su mano.
                                                                                         
	(Oración irlandesa)

¡Ya se fue! ¡Ya se fue! -se queja la 
	torcaza.
el lamento se expande de hoja en hoja,
de temblor en temblor, 
	de transparencia en transparencia,
hasta envolver en negra desolación el 
	plumaje del mundo.
-¡Ya se fue! ¡Ya se fue! -como si yo no viera.
Y me 
	pregunto ahora cómo hacer para mirar de nuevo una torcaza,
para volver a 
	ver una bahía, una columna, el fuego, el humo de la sopa,
sin que tus 
	ojos me aseguren la consistencia de su aparición,
sin que tu mano me 
	confirme la mía.
Será como mirar apenas los reflejos de un espejo ladrón,

	imágenes saqueadas desde las maquinarias del abismo,
opacas, andrajosas, 
	miserables.
¿Y qué será tu almohada, y qué será tu silla,
y qué serán 
	tus ropas, y hasta mi lecho a solas, si me animo?
Posesiones de arena,

	sólo silencio y llagas sobre la majestad de la distancia.
Ah, si pudiera 
	encontrar en las paredes blancas de la hora más cruel
esa larga fisura 
	por donde te fuiste,
ese tajo que atravesó el pasado y cortó el porvenir,

	acaso nos veríamos más desnudos que nunca, como después de nunca,
como 
	después del paraíso que perdimos,
y hasta quizás podríamos nombrarnos con 
	los últimos nombres,
esos que solamente Dios conoce,
y descubrir los 
	pliegues ignorados de nuestra propia historia
cubriendo las respuestas 
	que callamos,
incrustadas tal vez como piedras preciosas en el fondo del 
	alma.
Todo lo que ya es patrimonio de sombras o de nadie.
Pero acá 
	sólo encuentro en mitad de mi pecho
esta desgarradura insoportable cuyos 
	bordes se entreabren
y muestran arrasados todos los escenarios donde tú 
	eres el rey
-un instantáneo calco del que fuiste, un relámpago apenas-

	bajo la rotación del infinito derrumbe de los cielos.
Fuera de mí la nube 
	dice "No", el viento dice "No", las ramas dicen "No", 
y hasta la tierra 
	entera que te alberga,
esa tierra dispersa que ahora es sólo una 
	alrededor de ti,
se aleja cuando llamo.
¿Cómo saber entonces d0nde 
	estás en este desmedido, insaciable universo,
donde la historia se 
	confunde y los tiempos se mezclan y los lugares se deslizan,
donde los 
	ríos nacen y mueren las estrellas,
y las rosas que me miran en Paestum no 
	son las que nos vieron
                                                                                          
	sino tal vez las que miró Virgilio?
¿Cómo acertar contigo,
si aun en 
	medio del día instalabas a veces tu silencio nocturno,
inabordable como 
	un dios, ensimismado como un árbol,
y tu delgado cuerpo ya te sustraía?

	Aléjate, memoria de pared, memoria de cuchara, memoria de zapato.
No me 
	sirves, memoria, aunque simules este día.
No quiero que me asistas con 
	mosaicos, ni con palacios, ni con catedrales.
Húndete, piedra de la 
	Navicella, junto al cisne de Brujas,
bajo las noches susurradoras de 
	Venecia.
Sopla, viento de Holanda, sobre los campos de temblorosas 
	amapolas,
deshoja los recuerdos, barre los ecos y la lejanía.
No 
	quiero que sea nunca para siempre ni siempre para nunca.
Juguemos a que 
	estamos perdidos otra vez entre los laberintos de un jardín.
Encuéntrame, 
	amor mío, en tu tiempo presente.
Mírame para hoy con tus ojos de miel, de 
	chispas y de claro tabaco.
Sé que a veces de pronto me presencias desde 
	todas partes.
Tal vez poses tu mano lentamente como esta lluvia sobre mi 
	cabeza
o detengas tus pasos junto a mí en pálida visitación conteniendo 
	el aliento.
He conseguido ver el resplandor con que te llevan cuando te 
	persigo;
he aspirado también, señor de las plantaciones y las flores,

	el aroma narcótico con que me abrazas desde un rincón vacío de la casa,
y 
	he oído en el pan que cruje a solas el pequeño rumor con que me nombras,

	tiernamente, en secreto, con tu nuevo lenguaje.
Lo aprenderé, por más que 
	todo sea un desvarío de lugares hambrientos,
una forma inconclusa del 
	deseo, una alucinación de la nostalgia.
Pero aun así, ¿qué muro es 
	insoluble entre nosotros?
¡Hemos huido juntos tantos años entre las 
	ciénagas y los tembladerales
                                                                                                        
	delante de las fieras de tu mal
cubriendo la retirada con el sol, con la 
	piel, con trozos de la fiesta,
con pedazos inmensos del esplendor que 
	fuimos, hasta que te atraparon!
Anudaron tu cuerpo, ya tan leve, al miedo 
	y al azar,
y escarbó en tus tejidos la tiniebla monarca con uñas y con 
	dientes ,
mientras dábamos vueltas en la trampa, sin hallar la salida.

	La encontraste hacia arriba, y lograste escapar a pura pérdida,  de 
	caída en caída.
Aún nos queda el amor:
esa doble moneda para poder 
	pasar a uno y otro lado.
Haz que gire la piedra, que te traiga de nuevo 
	la marea,
aunque sea un instante, nada más que un instante.
Ahora, 
	cuando podrás mirar tan "fijamente el sol como la muerte" ,
no querrás 
	apagarlo para mí ni querrás extraviarme detrás de los escombros,
por 
	pequeña que sea mirada desde allá,
aun menos que una nuez, que una brizna 
	de hierba que unos granos de arena.
Y porque a veces me decías: "Tú 
	hiciste que la luz fuera visible",
y otra vez descubrimos que la muerte 
	se parece al amor
en que ambos multiplican cada hora y lugar por una 
	misma ausencia,
yo te reclamo ahora en nombre de tu sol y de tu muerte 
	una sola señal,
precisa, inconfundible, fulminante, como el golpe de 
	gracia que parte en dos el muro
y descubre un jardín donde somos posibles 
	todavía,
apenas un instante, nada más que un instante,
tú y yo juntos, 
	debajo de aquel árbol
copiados por la brisa de un momento cualquiera de 
	la eternidad.
12.

Entre perro y lobo

Me clausuran en mí. 
	
Me dividen en dos. 
Me engendran cada día en la paciencia 
y en un 
	negro organismo que ruge como el mar. 
	
Me recortan después con las tijeras de la pesadilla 
y caigo en este 
	mundo con media sangre vuelta a cada lado: 
	
una cara labrada desde el fondo por los colmillos de la 
     
	furia a solas, 
	
y otra que se disuelve entre la niebla de las grandes manadas. 


	No consigo saber quién es el amo aquí. 
	
Cambio bajo mi piel de perro a lobo. 
Yo decreto la peste y atravieso 
	con mis flancos en llamas 
	
las planicies del porvenir y del pasado; 
yo me tiendo a roer los 
	huesecitos de tantos sueños
	
     muertos entre celestes pastizales. 
Mi reino 
	está en mi sombra y va conmigo dondequiera que vaya, 
	
o se desploma en ruinas con las puertas abiertas a la 
     
	invasión del enemigo. 
	

Cada noche desgarro a dentelladas todo lazo ceñido al corazón, 
y 
	cada amanecer me encuentra con mi jaula de obediencia en el lomo. 
	
Si devoro a mi dios uso su rostro debajo de mi máscara, 
y sin 
	embargo sólo bebo en el abrevadero de los hombres 
	
un aterciopelado veneno de piedad que raspa en las entrañas. 
He 
	labrado el torneo en las dos tramas de la tapicería: 
	
he ganado mi cetro de bestia en la intemperie, 
y he otorgado también 
	jirones de mansedumbre por trofeo. 
	
Pero ¿quién vence en mí? 
¿Quién defiende de mi bastión solitario en 
	el desierto, la sábana del sueño? 
	
¿Y quién roe mis labios, despacito y a oscuras, desde mis propios 
	dientes?
13.

ésa

Esa es tu pena...


	Esa es tu pena.
Tiene la forma de un cristal de nieve que no podría 
	existir si no existieras
y el perfume del viento que acarició el plumaje 
	de los amaneceres que no vuelven.
Colócala a la altura de tus ojos
y 
	mira cómo irradia con un fulgor azul de fondo de leyenda,
o rojizo, como 
	vitral de insomnio ensangrentado por el adiós de los amantes,
o dorado, 
	semejante a un letárgico brebaje que sorbieron los  ángeles.
Si observas 
	al trasluz verás pasar el mundo rodando en una lágrima. 
	
Al respirar exhala la preciosa nostalgia que te envuelve,
un vaho 
	entretejido de perdón y lamentos que te convierte en reina del reverso del 
	cielo.
Cuando la soplas crece como si devorara la íntima sustancia de una 
	llama
y se retrae como ciertas flores si la roza cualquier sombra 
	extranjera. 
	
No la dejes caer ni la sometas al hambre y al veneno;
sólo 
	conseguirías la multiplicación, un erial, la bastarda maleza en vez de 
	olvido.
Porque tu pena es única, indeleble y tiñe de imposible cuanto 
	miras.
No hallarás otra igual, aunque te internes bajo un sol cruel entre 
	columnas rotas,
aunque te asuma el mármol a las puertas de un nuevo 
	paraíso prometido.
No permitas entonces que a solas la disuelva la 
	costumbre, no la gastes con nadie.
Apriétala contra tu corazón igual que 
	a una reliquia salvada del naufragio:
sepúltala en tu pecho hasta el 
	final, hasta la empuñadura.
14.

Espejo en lo alto

A Alberto Girri

	
No sé si habrás logrado componer tu escritura
con aquel 
	minucioso tapiz de hojas errantes que organizaba huecos y relieves,

	prolijos ideogramas en este desmantelado atardecer;
tampoco sé si alguna 
	vez me hablaste en los últimos meses
con ese congelado tintineo del 
	vidrio, con el rumor del mimbre,
o el apremiante latido del corazón a 
	oscuras;
y quizás tu mirada fuera entonces esa mirada circular del ágata,

	que se abre, que se expande, que se amplía de agua en aire
más allá de la 
	piedra y el fulgor y más allá del mundo.
Imposible saber. No consigo 
	abarcar lo que me sobrepasa y te contiene;
no puedo descifrar de pronto 
	las señales que no fueron costumbre.
Porque ahora traspasaste del todo la 
	zona de los delirios y las emanaciones,
donde la selva y las acechanzas 
	de la selva se confunden,
y los días se tiñen con el color de lo que ya 
	no es, de lo que no será,
y entre un cuerpo y su sombra vuelca el viento 
	veinte siglos de historia
y en una y otra mano se multiplican las 
	semillas de la incertidumbre
y a uno y otro pie se anudan las serpientes 
	de la contradicción.
Porque tal es la prueba y tales las maquinaciones de 
	la simuladora, inabordable realidad.
No en vano deshojaste la envoltura 
	del sueño y la vigilia,
palabra por palabra y ausencia por presencia,

	hasta el último pétalo, hasta el temblor inmóvil del silencio.
(No 
	revisaste acaso, palpando, escarbando, horadando la trama del poema
el 
	revés y el derecho del destino, los nudos del error, el bordado ilusorio,

	sin encontrar la pura transparencia que permita mirar al otro lado?
Tu 
	fuerza fue habitar en el Reino del No la casa de los innumerables 
	laberintos,
probando las entradas, rondando las salidas,
acechando 
	visiones contagiosas, insectos y peligros y ratones.
e una casa 
	oscilante, en continuo equilibrio, 
	
justo en el borde de la inmensidad;
y allí viviste alerta, ensayando 
	la ausencia, desasido de ti
-tu primera persona del singular cada vez más 
	allá, 
	
siempre más cerca de algún otro tú-,
siendo a la vez el cazador que 
	descubre la presa y abandona el asedio
y el pájaro que intenta desterrar 
	con las alas su recuerdo en el suelo.
Ya eres parte de todo en otro 
	reino, el Reino de la Perduración y la Unidad,
estás en el eterno 
	presente que huye, que se consume y que no cesa,
y podrás ser por fin el 
	nombre y lo nombrado.
Pero yo sé que casi medio siglo de amistad, 
	permanencia, emociones y amparo,
no me basta para encontrar que una 
	pequeña huella,
una chispa en suspenso, un flotante perfume
son, en 
	medio del anónimo coro universal, de la corriente del acontecer,
tu modo 
	de dictarme lo más justo, lo más bello y lo más verdadero, 
	
como antes, como siempre, con un gesto, con un talismán, con una 
	lágrima.
Y si así fuera, ¿cómo responder?
A partir de mi boca, de mi 
	congoja y mi ignorancia sólo puedo rogar:
"Señor:
Haz que tu hijo sea 
	como el más incontaminado de todos tus espejos
y muéstrale las cosas así 
	como él quería, tales es como son.
15.

Jugabas a esconderte entre los utensilios de cocina...

XIV
Jugabas 
	a esconderte entre los utensilios de cocina
como un extraño objeto 
	tormentoso entre indecibles faunas,
o a desaparecer en las complicidades 
	del follaje
con un manto de dríada dormida bajo los velos de la tarde,

	o eras sustancia yerta debajo de un papel que se levanta y anda.
Henchías 
	los armarios con organismos palpitantes
o poblabas los vestidos vacíos 
	con criaturas decapitadas y fantasmas.
Fuiste pájaro y grillo, musgo 
	ciego y topacios errantes.
Ahora sé que tratabas de despistar a tu 
	perseguidora con efímeras máscaras.
No era mentira el túnel con orejas de 
	liebre
ni aquella cacería de invisibles mariposas nocturnas.
Te 
	alcanzó tu enemiga poco a poco
y te envolvió en sus telas como con un 
	disfraz de lluviosos andrajos.
Saliste victoriosa en el irreversible 
	juego de no estar.
Sin embargo, aún ahora, cierta respiración desliza un 
	vidrio frío por mi espalda.
Y entonces ese insecto radiante que tiembla 
	entre las flores,
la fuga inexplicable de las pequeñas cosas,
un 
	hocico de sombra pegado noche a noche a la ventana, no sé, podría ser,

	¿quién me asegura acaso que no juegas a estar, a que te atrapen?


	De "Cantos 
	a Berenice" 1920
16.

La corona final

Si puedes ver detrás de los escombros,
de tantas raspaduras y tantas 
	telarañas como cubren el hormiguero de otra vida,
si puedes todavía 
	destrozarte otro poco el corazón, 
aunque no haya esperanza ni destino,

	aparta las cortinas, la ignorancia o el espesor del mundo, lo que sea,
y 
	mira con tus ojos de ahora bien adentro, hasta el fondo del caos.
¿Qué 
	color tienes tú a través de los días y los años de aquel a quien amaste?

	¿Qué imagen tuya asciende con el alba y hace la noche del enamorado?
¿Qué 
	ha quedado de ti en esa memoria donde giran los vientos?
Quizás entre las 
	hojas oxidadas que fueron una vez el esplendor y el viaje,
un tapiz a lo 
	largo de toda la aventura,
surjas confusamente, casi irreconocible a 
	través de otros cuerpos,
como si aparecieras reclamando un lugar en algún 
	paraíso ajeno ya deshora.
O tal vez ya ni estés, ni polvo ni humareda;

	tal vez ese recinto donde siempre creíste reinar inalterable,
sin tiempo 
	y tan lejana como incrustada en ámbar,
sea menos aún que un albergue de 
	paso:
una desnuda cámara de espejos donde nunca hubo nadie,
nadie más 
	que un yo impío cubriendo la distancia entre una sombra y el deseo.
Y 
	acaso sea peor que haber pasado en vano,
porque tú que pudiste resistir a 
	la escarcha y a la profanación,
permanecer de pie bajo la cuchillada de 
	insufribles traiciones,
es posible que al fin hayas sido inmolada,

	descuartizada en nombre de una historia perversa,
tus trozos arrojados a 
	la hoguera, a los perros, al remolino de los basurales,
y tu novela rota 
	y pisoteada oculta en un cajón.
Es algo que no puedes soportar.
Hace 
	falta más muerte. No bastarían furias ni sollozos.
Prefieres suponer que 
	fuiste relegada por amores terrenos, por amores bastardos,
porque él te 
	reservó para después de todos sus instantáneos cielos,
para después de 
	nunca, más allá del final.
Estarás esperándolo hasta entonces con corona 
	de reina
en el enmarañado fondo del jardín.
17.

La mala suerte

Alguien marcó en mis manos,
tal vez hasta en la sombra de mis manos,

	el signo avieso de los elegidos por los sicarios de la desventura.
Su 
	tienda es mi morada.
Envuelta estoy en la sombría lona de unas alas que 
	caen y que caen
llevando la distancia dondequiera que vaya,
sin 
	acertar jamás con ningún paraíso a la medida de mis tentaciones,
con 
	ningún episodio que se asemeje a mi aventura.
Nada. Antros donde no cabe 
	ni siquiera el perfume de la perduración,
encierros atestados de 
	mariposas negras, de cuervos y de anguilas,
agujeros por los que se 
	evapora la luz del universo.
Faltan siempre peldaños para llegar y 
	siempre sobran emboscadas y ausencias.
No, no es un guante de seda este 
	destino.
No se adapta al relieve de mis huesos ni a la temperatura de mi 
	piel,
y nada valen trampas ni exorcismos,
ni las maquinaciones del 
	azar ni las jugadas del empeño.
No hay apuesta posible para mí.
Mi 
	lugar está enfrente del sol que se desvía o de la isla que se aleja.
¿No 
	huye acaso el piso con mis precarios bienes?
¿No se transforma en lobo 
	cualquier puerta?
¿No vuelan en bandadas azules mis amigos y se trueca en 
	carbón el oro que yo toco?
¿Qué más puedo esperar que estos prodigios?

	Cuando arrojo mis redes no recojo más que vasijas rotas,
perros muertos, 
	asombrosos desechos,
igual que el pobrecito pescador al comenzar la noche 
	fantástica del cuento.
Pero no hay desenlace con aplausos y palmas para 
	mí.
¿No era heroico perder? ¿No era intenso el peligro? 
	
¿No era bella la arena?
Entre mi amado y yo siempre hubo una espada;

	justo en medio de la pasión el filo helado, el fulgor venenoso
que 
	anunciaba traiciones y alumbraba la herida en el final de la novela.

	Arena, sólo arena, en el fondo de todos los ojos que me vieron.
¿Y ahora 
	con qué lágrimas sazonaré mi sal,
con qué fuego de fiebres consteladas 
	encenderé mi vino?
Si el bien perdido es lo ganado, mis posesiones son 
	incalculables.
Pero cada posible desdicha es como un vértigo,
una 
	provocación que la insaciable realidad acepta, más tarde o más temprano.

	Más tarde o más temprano, estoy aquí para que mi temor se cumpla.

Versos y pensamientos de Olga Orozco

4 citas
« Más borroso que un velo tramado por la lluvia sobre / los ojos de la lejanía, confuso como un fardo, »
Olga Orozco · Andante en tres tiempos
« Aquí están tus recuerdos: / este leve polvillo de violetas »
Olga Orozco · Aquí están tus recuerdos...
« Aunque se borren todos / nuestros rastros igual que las bujías en el amanecer »
Olga Orozco · Aunque se borren todos nuestros rastros igual que las bujías en el amanecer...
« Inútil. Habrá / de ser inútil, nuevamente, »
Olga Orozco · Cabalgata del tiempo
Biblioteca poética

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