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Nicolás Guillén · Agua del recuerdo
Biografía y amplia selección de poemas de Nicolás Guillén. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Nicolás Guillén. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
¿Cuándo fue? No lo sé. Agua del recuerdo voy a navegar. Pasó una mulata de oro, y yo la miré al pasar: moño de seda en la nuca, bata de cristal, niña de espalda reciente, tacón de reciente andar. Caña (febril le dije en mí mismo), caña temblando sobre el abismo, ¿quién te empujará? ¿Qué cortador con su mocha te cortará? ¿Qué ingenio con su trapiche te molerá? El tiempo corrió después, corrió el tiempo sin cesar, yo para allá, para aquí, yo para aquí, para allá, para allá, para aquí, para aquí, para allá... Nada sé, nada se sabe, ni nada sabré jamás, nada han dicho los periódicos, nada pude averiguar, de aquella mulata de oro que una vez miré al pasar, moño de seda en la nuca, bata de cristal, niña de espalda reciente, tacón de reciente andar.
Yo soy borracho. Me seduce el vino luminoso y azul de la Quimera que pone una explosión de Primavera sobre mi corazón y mi destino. Tengo el alma hecha ritmo y armonía; todo en mi ser es música y es canto, desde el réquiem tristísimo de llanto hasta el trino triunfal de la alegría. Y no porque la vida mi alma muerda ha de rimar su ritmo mi alma loca: aun mas que por la mano que la toca la cuerda vibra y canta porque es cuerda. Así, cuando la negra y dura zarpa de la muerte destroce el pecho mío, mi espíritu ha de ser en el vacío cual la postrera vibración de un arpa. Y ya de nuevo en el astral camino concretara sus ansias de armonía en la cascada de una sinfonía, o en la alegría musical de un trino.
Tus venas, la raíz de nuestros árboles La raíz de mi árbol, retorcida; la raíz de mi árbol, de tu árbol, de todos nuestros árboles, bebiendo sangre, húmeda de sangre, la raíz de mi árbol, de tu árbol. Yo la siento, la raíz de mi árbol, de tu árbol, de todos nuestros árboles, la siento clavada en lo más hondo de mi tierra, clavada allí, clavada, arrastrándome y alzándome y hablándome, gritándome. La raíz de tu árbol, de mi árbol. En mi tierra, clavada, con clavos ya de hierro, de pólvora, de piedra, y floreciendo en lenguas ardorosas, y alimentando ramas donde colgar los pájaros cansados, y elevando sus venas, nuestras venas, tus venas, la raíz de nuestros árboles.
Federico Toco a la puerta de un romance. -¿No anda por aquí Federico? Un papagayo me contesta: -Ha salido. Toco a una puerta de cristal. -¿No anda por aquí Federico? Viene una mano y me señala: -Está en el río. Toco a la puerta de un gitano. -¿No anda por aquí Federico? Nadie responde, no habla nadie... -¡Federico! ¡Federico! La casa oscura, vacía; negro musgo en las paredes; brocal de pozo sin cubo, jardín de lagartos verdes. Sobre la tierra mullida caracoles que se mueven, y el rojo viento de julio entre las ruinas, meciéndose. ¡Federico! ¿Dónde el gitano se muere? ¿Dónde sus ojos se enfrían? ¡Dónde estará, que no viene! (Una canción) «Salió el domingo, de noche, salió el domingo, y no vuelve. Llevaba en la mano un lirio, llevaba en los ojos fiebre; el lirio se tornó sangre, la sangre tornóse muerte». (Momento en García Lorca) Soñaba Federico en nardo y cera, y aceituna y clavel y luna fría. Federico, Granada y Primavera. En afilada soledad dormía, al pie de sus ambiguos limoneros, echado musical junto a la vía. Alta la noche, ardiente de luceros, arrastraba su cola transparente por todos los caminos carreteros. «¡Federico!», gritaron de repente, con las manos inmóviles, atadas, gitanos que pasaban lentamente. ¡Qué voz la de sus venas desangradas! ¡Qué ardor el de sus cuerpos ateridos! ¡Qué suaves sus pisadas, sus pisadas! Iban verdes, recién anochecidos; en el duro camino invertebrado caminaban descalzos los sentidos. Alzóse Federico, en luz bañado. Federico, Granada y Primavera. y con luna y clavel y nardo y cera, los siguió por el monte perfumado.
Caminando, caminando, ¡caminando! Voy sin rumbo caminando, caminando; voy sin plata caminando, caminando; voy muy triste caminando, caminando. Está lejos quien me busca, caminando; quien me espera está más lejos, caminando; y ya empeñé mi guitarra, caminando. Ay, las piernas se ponen duras, caminando; los ojos ven desde lejos, caminando; la mano agarra y no suelta, caminando. Al que yo coja y lo apriete, caminando, ése la paga por todos, caminando; a ése le parto el pescuezo, caminando, y aunque me pida perdón, me lo como y me lo bebo, me lo bebo y me lo como, caminando, caminando, caminando...
¡De que callada manera se me adentra usted sonriendo, como si fuera la primavera ! (Yo, muriendo.) Y de que modo sutil me derramó en la camisa todas las flores de abril ¿Quién le dijo que yo era risa siempre, nunca llanto, como si fuera la primavera? (No soy tanto.) En cambio, ¡Qué espiritual que usted me brinde una rosa de su rosal principal! De que callada manera se me adentra usted sonriendo, como si fuera la primavera (Yo, muriendo.)
Cómo no ser romántico y siglo XIX, no me da pena, cómo no ser Musset viéndola esta tarde tendida casi exangüe, hablando desde lejos, lejos de allá del fondo de ella misma, de cosas leves, suaves, tristes. Los shorts bien shorts permiten ver sus detenidos muslos casi poderosos, pero su enferma blusa pulmonar convaleciente tanto como su cuello-fino-Modigliani, tanto como su piel-margarita-trigo-claro, Margarita de nuevo ( así preciso ), en la chaise-longue ocasional tendida ocasional junto al teléfono, me devuelven un busto transparente ( Nada, no más un poco de cansancio ). Es sábado en la calle, pero en vano. Ay, cómo amarla de manera que no se me quebrara de tan espuma tan soneto y madrigal, me voy no quiero verla, de tan Musset y siglo XIX cómo no ser romántico.
que callada manera... ¡De que callada manera se me adentra usted sonriendo, como si fuera la primavera ! ¡Yo, muriendo! Y de que modo sutil me derramo en la camisa todas las flores de abril ¿Quién le dijo que yo era risa siempre, nunca llanto, como si fuera la primavera? ¡No soy tanto! En cambio, ¡Qué espiritual que usted me brinde una rosa de su rosal principal! De que callada manera se me adentra usted sonriendo, como si fuera la primavera ¡Yo, muriendo!
Año de 1910 Sobre la quemadura de la amapola aplícate jazmines ,que eso la cura; si acaso fuese grave la quemadura usarás la camelia, pero una sola. Cuando el cielo en verano se tornasola y ni una nube vaga de cruel blancura, y el hastío te invade como una impura serpiente que te aprieta y asfixia y viola, búscate una muchacha que toque viola, siempre que de ella sea la partitura, y quémala tú mismo con amapola; una muchacha fresca, sonriente y pura y dale una camelia, pero una sola, si acaso fuese grave la quemadura...
Esta mujer angélica de ojos septentrionales, que vive atenta al ritmo de su sangre europea, ignora que en lo hondo de ese ritmo golpea un negro el parche duro de roncos atabales. Bajo la línea escueta de su nariz aguda, la boca, en fino trazo, traza una raya breve, y no hay cuervo que manche la solitaria nieve de su carne, que fulge temblorosa y desnuda. ¡Ah, mi señora! Mírate las venas misteriosas; boga en el agua viva que allá dentro te fluye, y ve pasando lirios, nelumbios, lotos, rosas; que ya verás, inquieta, junto a la fresca orilla la dulce sombra oscura del abuelo que huye, el que rizó por siempre tu cabeza amarilla.
A Francisco Guillén Tendida en la madrugada, la firme guitarra espera: voz de profunda madera desesperada. Su clamorosa cintura, en la que el pueblo suspira, preñada de son, estira la carne dura. Arde la guitarra sola, mientras la luna se acaba; arde libre de su esclava bata de cola. Dejó al borracho en su coche, dejó el cabaret sombrío, donde se muere de frío, noche tras noche, y alzó la cabeza fina, universal y cubana, sin opio, ni mariguana, ni cocaína. ¡Venga la guitarra vieja, nueva otra vez al castigo con que la espera el amigo, que no la deja! Alta siempre, no caída, traiga su risa y su llanto, clave las uñas de amianto sobre la vida. Cógela tú, guitarrero, límpiale de alcol la boca, y en esa guitarra, toca tu son entero. El son del querer maduro, tu son entero; el del abierto futuro, tu son entero; el del pie por sobre el muro, tu son entero... Cógela tú, guitarrero, límpiale de alcol la boca, y en esa guitarra, toca tu son entero.
tarde pidiendo amor... La tarde pidiendo amor. Aire frío, cielo gris. Muerto sol. La tarde pidiendo amor. Pienso en sus ojos cerrados, la tarde pidiendo amor, y en sus rodillas sin sangre, la tarde pidiendo amor, y en sus manos de uñas verdes, y en su frente sin color, y en su garganta sellada... La tarde pidiendo amor, la tarde pidiendo amor, la tarde pidiendo amor. No. No, que me sigue los pasos, no; que me habló, que me saluda, no; que miro pasar su entierro, no; que me sonríe, tendida, tendida, suave y tendida, sobre la tierra, tendida, muerta de una vez, tendida... No.
¡Aquí
estamos!
La palabra nos viene húmeda de los bosques,
y un sol enérgico
nos amanece entre las venas.
El puño es fuerte
y tiene el remo.
En el ojo profundo duermen palmeras exorbitantes.
El grito se nos
sale como una gota de oro virgen.
Nuestro pie,
duro y ancho,
aplasta el polvo en los caminos abandonados
y estrechos para nuestras
filas.
Sabemos dónde nacen las aguas,
y las amamos porque empujaron
nuestras canoas bajo
los
cielos rojos.
Nuestro canto
es como un músculo bajo la piel del alma,
nuestro sencillo canto.
Traemos el humo en la mañana,
y el fuego sobre la noche,
y el
cuchillo, como un duro pedazo de luna,
apto para las pieles bárbaras;
traemos los caimanes en el fango,
y el arco que dispara nuestras ansias,
y el cinturón del trópico,
y el espíritu limpio.
Traemos
nuestro
rasgo al perfil definitivo de América.
¡Eh, compañeros, aquí estamos!
La ciudad nos espera con sus palacios,
tenues
como panales de abejas silvestres;
sus calles están secas como
los ríos cuando no llueve en la montaña,
y sus casas nos miran con los
ojos pávidos
de
las ventanas.
Los hombres antiguos nos darán leche y miel
y nos
coronarán de hojas verdes.
¡Eh, compañeros, aquí estamos!
Bajo el sol
nuestra piel sudorosa
reflejará los rostros húmedos
de los vencidos,
y en la noche, mientras los astros ardan en la punta
de nuestras llamas,
nuestra risa madrugará sobre los ríos y los pájaros.
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