« ¡Oh, quién tuviera, hermosa Dulcinea, / por más comodidad y más reposo, »
Miguel de Cervantes Saavedra
Miguel de Cervantes Saavedra es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde ...
Vida
Miguel de Cervantes Saavedra es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.
Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.
Poemas de Miguel de Cervantes Saavedra
1.
A Dulcinea del Toboso
A Dulcinea del Toboso
¡Oh, quién tuviera, hermosa Dulcinea, por más comodidad y más reposo, a Miraflores puesto en el Toboso, y trocara sus Londres con tu aldea! ¡Oh, quién de tus deseos y librea alma y cuerpo adornara, y del famoso caballero que hiciste venturoso mirara alguna desigual pelea! ¡Oh, quién tan castamente se escapara del señor Amadís como tú hiciste del comedido hidalgo don Quijote! Que así envidiada fuera, y no envidiara, y fuera alegre el tiempo que fue triste, y gozara los gustos sin escotes.
2.
A Fray Pedro de Padilla
A Fray Pedro de Padilla
Cual vemos que renueva el águila real la vieja y parda pluma y con otra nueva la detenida y tarda pereza arroja y con subido vuelo rompe las nubes y se llega al cielo: tal, famoso Padilla, has sacudido tus humanas plumas, porque con maravilla intentes y presumas llegar con nuevo vuelo al alto asiento donde aspiran las alas de tu intento. Del sol el rayo ardiente alza del duro rostro de la tierra, con virtud excelente, la humidad que en sí encierra, la cual después, en lluvia convertida, alegra al suelo y da a los hombres vida: y d'esta mesma suerte el sol divino te regala y toca y en tal humor convierte que, con tu pluma, apoca la sequedad de la ignorancia nuestra y a sciencia santa y santa vida adiestra. ¡Qué sancto trueco y cambio: por las humanas, las divinas musas! ¡Qué interés y recambio! ¡Qué nuevos modos usas de adquirir en el suelo una memoria que dé fama a tu nombre, al alma gloria!; que, pues es tu Parnaso el monte del Calvario y son tus fuentes de Aganipe y Pegaso las sagradas corrientes de las benditas llagas del Cordero, eterno nombre de tu nombre espero.
3.
A la reina Doña Isabel
A la reina Doña Isabel
Serenísima reina, en quien se halla lo que Dios pudo dar a un ser humano; amparo universal del ser cristiano, de quien la santa fama nunca calla; arma feliz, de cuya fina malla se viste el gran Felipe soberano, ínclito rey del ancho suelo hispano a quien Fortuna y Mundo se avasalla: ¿cuál ingenio podría aventurarse a pregonar el bien que estás mostrando, si ya en divino viese convertirse? Que, en ser mortal, habrá de acobardarse, y así, le va mejor sentir callando aquello que es difícil de decirse.
4.
A
A
los éxtasis de Teresa de Jesús Virgen fecunda, madre venturosa, cuyos hijos, criados a tus pechos, sobre sus fuerzas la virtud alzando, pisan ahora los dorados techos de la dulce región maravillosa que está la gloria de su Dios mostrando: tú, que ganaste obrando un nombre en todo el mundo y un grado sin segundo, ahora estés ante tu Dios postrada, en rogar por tus hijos ocupada, o en cosas dignas de tu intento santo, oye mi voz cansada y esfuerza, ¡oh madre!, el desmayado canto. Luego que de la cuna y las mantillas sacó Dios tu niñez, diste señales que Dios para ser suya te guardaba, mostrando los impulsos celestiales en ti, con ordinarias maravillas, que a tu edad tu deseo aventajaba; y si se descuidaba de lo que hacer debía, tal vez luego volvía mejorado, mostrando codicioso que el haber parecido perezoso era un volver atrás para dar salto, con curso más brïoso, desde la tierra al cielo, que es más alto. Creciste, y fue creciendo en ti la gana de obrar en proporción de los favores con que te regaló la mano eterna, tales que, al parecer, se alzó a mayores contigo alegre Dios en la mañana de tu florida edad humilde y tierna; y así tu ser gobierna que poco a poco subes sobre las densas nubes de la suerte mortal, y así levantas tu cuerpo al cielo, sin fijar las plantas, que ligero tras sí el alma le lleva a las regiones santas con nueva suspensión, con virtud nueva. Allí su humildad te muestra santa; acullá se desposa Dios contigo, aquí misterios altos te revela. Tierno amante se muestra, dulce amigo, y, siendo tu maestro, te levanta al cielo, que señala por tu escuela; parece se desvela en hacerte mercedes; rompe rejas y redes para buscarte el Mágico divino, tan tu llegado siempre y tan contino que, si algún afligido a Dios buscara, acortando camino en tu pecho o en tu celda le hallara. Aunque naciste en Ávila, se puede decir que Alba fue donde naciste, pues allí nace donde muere el justo; desde Alba, ¡oh madre!, al cielo te partiste: alba pura, hermosa, a quien sucede el claro día del inmenso gusto. Que le goces es justo en éxtasis divinos por todos los caminos por donde Dios llevar a un alma sabe, para darle de sí cuanto ella cabe, y aun la ensancha, dilata y engrandece y, con amor süave, a sí y de sí la junta y enriquece. Como las circunstancias convenibles que acreditan los éxtasis, que suelen indicios ser de santidad notoria, en los tuyos se hallaron, nos impelen a creer la verdad de los visibles que nos describe tu discreta historia; y el quedar con victoria, honroso triunfo y palma del infierno, y tu alma más humilde, más sabia y obediente al fin de tus arrobos, fue evidente señal que todos fueron admirables y sobrehumanamente nuevos, continuos, sacros, inefables. Ahora, pues, que al cielo te retiras, menospreciando la mortal riqueza en la inmortalidad que siempre dura, y el visorrey de Dios nos da certeza que sin enigma y sin espejo miras de Dios la incomparable hermosura, colma nuestra ventura: oye, devota y pía, los balidos que envía el rebaño infinito que crïaste cuando del suelo al cielo el vuelo alzaste, que no porque dejaste nuestra vida la caridad dejaste, que en los cielos está más extendida. Canción, de ser humilde has de preciarte cuando quieras al cielo levantarte, que tiene la humildad naturaleza de ser el todo y parte de alzar al cielo la mortal bajeza.
5.
A quien irá mi doloroso canto
A quien irá mi doloroso canto
Al Ilustrísimo y Reverendísimo Cardenal
don Diego de Espinosa
¿A quién irá mi doloroso canto,
o en cúya oreja sonará su acento,
que no deshaga el corazón en llanto?
A ti, gran cardenal, yo le
presento,
pues vemos te ha cabido tanta parte
del hado secutivo
vïolento.
Aquí verás qu'el bien no tiene parte:
todo es dolor,
tristeza y desconsuelo
lo que en mi triste canto se reparte.
¿Quién dijera, señor, que un solo vuelo
de una ánima beata al alta
cumbre
pusiera en confusión al bajo suelo?
Mas, ¡ay!, que yace
muerta nuestra lumbre:
el alma goza de perpetua gloria,
y el
cuerpo de terrena pesadumbre.
No se pase, señor, de tu memoria
cómo en un punto la invincible
muerte
lleva de nuestras vidas la victoria.
Al tiempo que esperaba
nuestra suerte
poderse mejorar, la sancta mano
mostró por nuestro
mal su furia fuerte.
Entristeció a la tierra su verano,
secó su
paraíso fresco y tierno,
el ornato añubló del ser cristiano.
Volvió la primavera en frío invierno,
trocó en pesar su gusto y
alegría,
tornó de arriba abajo su gobierno.
Pasóse ya aquel ser
que ser solía
a nuestra obscuridad claro lucero,
sosiego del
antigua tiranía.
A más andar el término postrero
llegó, que
dividió con furia insana
del alma sancta el corazón sincero.
Cuanto ya nos venía la temprana
dulce fruta del árbol deseado,
vino sobre él la frígida mañana.
Quien detuvo el poder de Marte airado
que no pasase más el alto
monte,
con prisiones de nieve aherrojado,
no pisará ya más nuestro
horizonte,
que a los campos Elíseos es llevada
sin ver la obscura
barca de Caronte.
A ti, fiel pastor de la manada
seguntina, es
justo y te conviene
aligerarnos carga tan pesada.
Mira el dolor que el gran Filipo tiene:
allí tu discreción
muestre el alteza
que en tu divino ingenio se contiene.
Bien sé
que le dirás que a la bajeza
de nuestra humanidad es cosa cierta
no tener solo un punto de firmeza,
y que, si yace su esperanza muerta
y el dolor vida y alma le lastima,
que a do la cierra, Dios abre otra
puerta.
Mas, ¿qué consuelo habrá, señor, que oprima
algún tanto sus
lágrimas cansadas
si una prenda perdió de tanta estima?
Y más si
considera las amadas
prendas que le dejó en la dulce vida
y con su
amarga muerte lastimadas.
Alma bella, del cielo merescida,
mira
cuál queda el miserable suelo
sin la luz de tu vista esclarescida:
verás que en árbor verde no hace vuelo
el ave más alegre, antes
ofresce
en su amoroso canto triste duelo.
Contino en grave llanto se anochece
el triste día que te
imaginamos
con aquella virtud que no perece;
mas deste imaginar
nos consolamos
en ver que merescieron tus deseos
que goces ya del
bien que deseamos.
Acá nos quedarán por tus trofeos
tu
cristiandad, valor y gracia estraña,
de alma sancta sanctísimos
arreos.
De hoy más, la sola y afligida España,
cuando más sus
clamores levantare
al summo Hacedor y alta compaña,
cuando más por
salud le importunare
al término postrero que perezca
y en el
último trance se hallare,
sólo podrá pedirle que le ofrezca
otra
paz, otro amparo, otra ventura
qu'en obras y virtudes le parezca.
El vano confiar y la hermosura,
¿de qué nos sirve si en pequeño
instante
damos en manos de la sepultura?
Aquel firme esperar
sancto y constante,
que concede a la fe su cierto asiento
y a la
querida hermana ir adelante,
adonde mora Dios en su aposento
nos
puede dar lugar dulce y sabroso,
libre de tempestad y humano viento.
Aquí, señor, el último reposo
no puede perturbarse, ni la vida
temer más otro trance doloroso;
aquí con nuevo ser es conducida
entre las almas del inmenso coro
nuestra Isabela, reina esclarescida;
con tal sinceridad guardó el decoro,
do al precepto divino más se
aspira,
que meresce gozar de tal tesoro.
¡Ay muerte!, ¿contra
quién tu amarga ira
quesiste ejecutar para templarme
con profundo
dolor mi triste lira?
Si nos cansáis, señor, ya descucharme,
anudaré de nuevo el roto hilo,
que la ocasión es tal que ha
d'esforzarme;
lágrimas pediré al corriente Nilo,
un nuevo corazón
al alto cielo,
y a las más tristes musas triste estilo.
Diré que
al duro mal, al grave duelo
que a España en brazos de la muerte
tiene,
no quiso Dios dejarle sin consuelo:
dejóle al gran Filipo,
que sostiene,
cual firme basa al alto firmamento,
el bien o
desventura que le viene.
De aquesto, vos lleváis el vencimiento,
pues deja en vuestros
hombros él la carga
del cielo y de la tierra, y pensamiento.
La
vida que en la vuestra ansí se encarga
muy bien puede vivir leda y
segura,
pues de tanto cuidado se descarga;
gozando, como goza, tal
ventura
el gran señor del ancho suelo hispano,
su mal es menos y
nuestra desventura.
Si el ánimo real, si el soberano
tesoro le
robó en un solo día
la muerte airada con esquiva mano,
regalos son
qu'el summo Dios envía
a aquél que ya le tiene aparejado
sublime
asiento en l'alta jerarquía.
Quien goza quïetud siempre en su estado,
y el efecto le acude a
la esperanza
y a lo que quiere nada le es trocado,
argúyese que
poca confianza
se puede tener d'él que goce y vea
con claros ojos
bienaventuranza.
Cuando más favorable el mundo sea,
cuando nos ría
el bien todo delante
y venga al corazón lo que desea,
tiénese de
esperar que en un instante
dará con ello la Fortuna en tierra,
que
no fue ni será jamás constante.
Y aquel que no ha gustado de la guerra,
a do se aflige el cuerpo
y la memoria,
paresce Dios del cielo le destierra,
porque no se
coronan en la gloria
si no es los capitanes valerosos
que llevan
de sí mesmos la victoria.
Los amargos sospiros dolorosos,
las
lágrimas sin cuento que ha vertido
quien nos puede su vista hacer
dichosos,
el perder a su hijo tan querido,
aquel mirarse y verse
cuál se halla
de todo su placer desposeído,
¿qué se puede decir
sino batalla
adonde l'hemos visto siempre armado
con la paciencia,
qu'es muy fina malla?
Del alto cielo ha sido consolado
[con]
concederle acá vuestra persona,
que mira por su honra y por su
estado.
De aquí saldrá a gozar de una corona
más rica, más preciosa y muy
más clara
que la que ciñe al hijo de Latona.
Con él vuestra
virtud, al mundo rara,
se tiene de estender de gente en gente,
sin
poderlo estorbar Fortuna avara;
resonará el valor tan excelente
que os ciñe, cubre, ampara y os rodea,
de donde sale el sol hasta
occidente,
y allá en el alto alcázar do pasea
en mil contentos
nuestra reina amada,
si puede desear, sólo desea
que sea por mil
siglos levantada
vuestra grandeza, pues que se engrandece
el valor
de su prenda deseada,
que [en] vuestro poderío se paresce
del
católico rey la summa alteza,
que desde un polo al otro resplandesce.
De hoy más, deje del llanto la fiereza
el afligida España,
levantando
con verde lauro ornada la cabeza,
que, mientra fuere el
cielo mejorando
del soberano rey la larga vida,
no es bien que se
consuma lamentando;
y, en tanto que arribare a la subida
de la
inmortalidad vuestra alma pura,
no se entregue al dolor tan de
corrida;
y más, qu'el grave rostro de hermosura,
por cuya ausencia
vive sin consuelo,
goza de Dios en la celeste altura.
¡Oh trueco
glorïoso, oh sancto celo,
pues con gozar la tierra has merecido
tender tus pasos por el alto cielo!
Con esto cese el canto dolorido,
magnánimo señor, que, por mal diestro,
queda tan temeroso y tan
corrido
cuanto yo quedo, gran señor, por vuestro.
6.
Al túmulo del rey que se hizo en
Sevilla...
Al túmulo del rey que se hizo en Sevilla...
«¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza y que diera un doblón por describilla!; porque, ¿a quién no suspende y maravilla esta máquina insigne, esta braveza? ¡Por Jesucristo vivo, cada pieza vale más que un millón, y que es mancilla que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla, Roma triunfante en ánimo y riqueza! ¡Apostaré que la ánima del muerto, por gozar este sitio, hoy ha dejado el cielo, de que goza eternamente!» Esto oyó un valentón y dijo: «¡Es cierto lo que dice voacé, seor soldado, y quien dijere lo contrario miente!» Y luego encontinente caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.
7.
Bate, Fama veloz, las prestas
alas...
Bate, Fama veloz, las prestas alas...
Bate, Fama veloz, las prestas alas, rompe del norte las cerradas nieblas, aligera los pies, llega y destruye el confuso rumor de nuevas malas y con tu luz desparce las tinieblas del crédito español, que de ti huye; esta preñez concluye en un parto dichoso que nos muestre un fin alegre de la ilustre empresa, cuyo fin nos suspende, alivia y pesa, ya en contienda naval, ya en la terrestre, hasta que, con tus ojos y tus lenguas, diciendo ajenas menguas, de los hijos de España el valor cantes, con que admires al cielo, al suelo espantes. Di con firme verdad, firme y sigura: ¿hizo el que pudo la victoria vuestra? ¿Sentenciado ha su causa el Padre eterno? ¿Bañada queda en roja sangre y pura la católica espada y fuerte diestra? En fin, de aquel que asiste a su gobierno, ¿poblado ha el hondo infierno de nuevas almas, y de cuerpos lleno el mar, que a los despojos y banderas de las naciones pertinaces, fieras, apenas dio lugar su inmenso seno, del pirata mayor del occidente ya inclinada la frente, y puesto al cuello altivo y indomable del vencimiento el yugo miserable? Di (que al fin lo dirás): «allí volaron por el aire los cuerpos, impelidos de las fogosas máquinas de guerra; aquí las aguas su color cambiaron, y la sangre de pechos atrevidos humedecieron la contraria tierra»; cómo huye, o si afierra, este y aquel navío; en cuántos modos se aparecen las sombras de la muerte; cómo juega Fortuna con la suerte, no mostrándose igual ni firme a todos, hasta que, por mil varios embarazos, los españoles brazos, rompiendo por el aire, tierra y fuego, declararon por suyo el mortal juego. Píntanos ya un diluvio con razones, causado de un conflicto temeroso y que le pinta la contraria parte: mil cuerpos sobreaguados y en montones confusos, otros naden cobdiciosos d'entretener la vida en cualquier parte; al descuido, y con arte, pinta rotas entenas, jarcias rotas, quillas sentidas, tablas desclavadas, y, de impaciencia y de rigor armadas, las dos (y no en valor) iguales flotas. Exprime los gemidos excesivos de aquellos semivivos que, ardiendo, al agua fría se arrojaban y, en la muerte del fuego, muerte hallaban. Después d'esto dirás: «en espaciosas, concertadas hileras va marchando nuestro cristiano ejército invencible, las cruzadas banderas victoriosas al aire con donaire tremolando, haciendo vista fiera y apacible. Forma aquel son horrible que el cóncavo metal despide y forma, y aquel del atambor que engendra y cría en el cobarde pecho valentía y el temor natural trueca y reforma»; haz los reflejos y vislumbres bellas que, cual claras estrellas, en las lucidas armas el sol hace cuando mirar este escuadrón le place. Esto dicho, revuelve presurosa y en los oídos de los dos prudentes famosos generales luego envía una voz que les diga la gloriosa estirpe de sus claros ascendientes, cifra de más que humana valentía: al que las naves guía muéstrale sobre un muro un caballero, más que de yerro, de valor armado, y entre la turba mora un niño atado, cual entre hambrientos lobos un cordero, y al segundo Abrahán que dé la daga con que el bárbaro haga el sacrificio horrendo que en el suelo le dio fama y imortal gloria en el cielo; dirás al otro, que en sus venas tiene la sangre de Austria, que con esto sólo le dirás cien mil hechos señalados que, en cuanto el ancho mar cerca y contiene, y en lo que mira el uno y otro polo, fueron por sus mayores acabados. Éstos ansí informados, entra en el escuadrón de nuestra gente y allá verás, mirando a todas partes, mil Cides, mil Roldanes y mil Martes, valiente aquél, aquéste más valiente; a estos solos les dirás que miren para que luego aspiren a concluir la más dudosa hazaña: «Hijos, mirad que es vuestra madre España!, la cual, desde que al viento y mar os distes, cual viuda llora vuestra ausencia larga, contrita, humilde, tierna, mansa y justa, los ojos bajos, húmidos y tristes, cubierto el cuerpo de una tosca sarga, que de sus galas poco o nada gusta hasta ver en la injusta cerviz inglesa puesto el suave yugo y sus puertas abrir, de herror cargadas, con las romanas llaves dedicadas [a] abrir el cielo como al cielo plugo. Justa es la empresa, y vuestro brazo fuerte; aun de la misma muerte quitara la vitoria de la mano, cuanto más del vicioso luterano». Muéstrales, si es posible, un verdadero retrato del católico monarca, y verán de David la voz y el pecho, las rodillas por el suelo y un cor[dero] mirando, a quien encierra y guarda un arca, mejor que aquélla quisier[a haber hecho], puestos de trecho a trecho doce descalzos ángeles mortales en quien tanta virtud el cielo encierra que con humilde voz desde la tierra pasan del mismo cielo los umbrales. Con tal cordero, tal monarca y luego de tales doce el ruego, diles que está siguro el triunfo y gloria, y que ya España canta la victoria. Canción, si vas despacio do te envío, en todo el cielo fío que has de cambiar por nuevas de alegría el nombre de canción y profecía.
8.
Bien donado sale al mundo...
Bien donado sale al mundo...
Bien donado sale al mundo este libro, do se encierra la paz de amor y la guerra, y aquel fruto sin segundo de la castellana tierra; que, aunque le da Maldonado, va tan rico y bien donado de sciencia y de discreción, que me afirmo en la razón de decir que es bien donado. El sentimiento amoroso del pecho más encendido en fuego de amor, y herido de su dardo ponzoñoso y en la red suya cogido, el temor y la esperanza con que el bien y el mal se alcanza en las empresas de amor: aquí muestra su valor, su buena o su mala andanza. Sin flores, sin praderías y sin los faunos silvanos, sin ninfas, sin dioses vanos, sin yerbas, sin aguas frías y sin apacibles llanos, en agradables conceptos profundos, altos, discretos, con verdad llana y distinta, aquí el sabio autor nos pinta del ciego dios los efetos. Con declararnos la mengua y el bien de su ardiente llama, ha dado a su nombre fama y enriquecido su lengua, que ya la mejor se llama, y hanos mostrado que es solo favorecido de Apolo con dones tan infinitos, que su fama en sus escritos irá d'éste al otro polo.
9.
Cual vemos del rosado y rico
oriente...
Cual vemos del rosado y rico oriente...
Cual vemos del rosado y rico oriente la blanca y dura piedra señalarse y en todo, aunque pequeña, aventajarse a la mayor del Cáucaso eminente, tal este (humilde al parecer) presente puede y debe mirarse y admirarse, no por la cantidad, mas por mostrarse ser en su calidad tan excelente. El que navega por el golfo insano del mar de pretensiones verá al punto del cortesano laberinto el hilo. ¡Felice ingenio y venturosa mano qu'el deleite y provecho puso junto en juego alegre, en dulce y claro estilo!
10.
Cuando
Cuando
Preciosa el
panderete toca ...
Cuando Preciosa
el panderete toca
y hiere el dulce son los aires vanos,
perlas son que derrama con
las manos;
flores son que despide de la boca.
Suspensa el
alma, y la cordura loca,
queda a los dulces actos sobrehumanos,
que, de limpios, de honestos y de sanos,
su fama al cielo levantado toca.
Colgadas del
menor de sus cabellos
mil almas lleva, y a sus plantas tiene
Amor rendidas una y otra flecha.
Ciega y alumbra
con sus soles bellos,
su imperio Amor por ellos le mantiene,
y
aún más grandezas de su ser sospecha.
11.
Cuatro redondillas castellanas
Cuatro redondillas castellanas
A la muerte de Su Majestad Cuando un estado dichoso esperaba nuestra suerte, bien como ladrón famoso vino la invencible muerte a robar nuestro reposo; y metió tanto la mano aqueste fiero tirano, por orden del alto cielo, que nos llevó deste suelo el valor del ser humano. ¡Cuán amarga es tu memoria, oh dura y terrible faz! Pero en aquesta victoria, si llevaste nuestra paz, fue para dalle más gloria; y, aunqu'el dolor nos desvela, una cosa nos consuela: ver que al reino soberano ha dado un vuelo temprano nuestra muy cara Isabela. Una alma tan limpia y bella, tan enemiga de engaños, ¿qué pudo merecer ella, para que en tan tiernos años dejase el mundo de vella? Dirás, Muerte, en quien se encierra la causa de nuestra guerra, para nuestro desconsuelo, que cosas que son del cielo no las merece la tierra. Tanto de punto subiste en el amor que mostraste, que, ya que al cielo te fuiste, en la tierra nos dejaste las prendas que más quesiste. ¡Oh Isabela Eugenia Clara, Catalina, a todos cara, claros luceros las dos, no quiera y permita Dios se os muestre Fortuna avara!
12.
De la Virgen sin par, santa y bendita...
De la Virgen sin par, santa y bendita...
De la Virgen sin par, santa y bendita (digo, de sus loores), justamente haces el rico, sin igual presente a la sin par cristiana Margarita. Dándole, quedas rico, y queda escrita tu fama en hojas de metal luciente, que, a despecho y pesar del diligente tiempo, será en sus fines infinita: ¡felice en el sujeto que escogiste, dichoso en la ocasión que te dio el cielo de dar a Virgen el virgíneo canto; venturoso también porque heciste que den las musas del hispano suelo admiración al griego, al tusco espanto.
13.
De
De
Turia el cisne más famoso hoy canta... De Turia el cisne más famoso hoy canta, y no para acabar la dulce vida, que en sus divinas obras escondida a los tiempos y edades se adelanta: queda por él canonizada y santa Teruel, vivos Marcilla y su homicida; su pluma, por heroica conocida, en quien se admira el cielo, el suelo espanta. Su dotrina, su voz, su estilo raro, que por tuyos, ¡oh Apolo!, reconoces, según el vuelo de sus bellas alas, grabadas por la Fama en mármol paro y en láminas de bronce, harán que goces siglo de eternidad, Yagüe de Salas.
14.
El casto ardor de una amorosa
llama...
El casto ardor de una amorosa llama...
El casto ardor de una amorosa llama, un sabio pecho a su rigor sujeto, un desdén sacudido y un afecto blando, que al alma en dulce fuego inflama, el bien y el mal a que convida y llama de amor la fuerza y poderoso efecto, eternamente, en son claro y perfecto, con estas rimas cantará la fama, llevando el nombre único y famoso vuestro, felice López Maldonado, del moreno etíope al cita blanco, y hará que en balde de laurel honroso espere alguno verse coronado si no os imita y tiene por su blanco.
15.
El que subió por sendas nunca usadas...
El que subió por sendas nunca usadas...
«Este soneto hice a la muerte de Fernando de Herrera;
y, para entender el primer cuarteto, advierto que él celebraba
en sus versos a una señora debajo deste nombre de Luz.
Creo que es de los buenos que he hecho en mi vida»
El que subió por
sendas nunca usadas
del sacro monte a la más alta cumbre;
el que a
una Luz se hizo todo lumbre
y lágrimas, en dulce voz cantadas;
el que con culta vena las sagradas
de Helicón y Pirene en
muchedumbre
(libre de toda humana pesadumbre)
bebió y dejó en
divinas transformadas;
aquél a quien invidia tuvo Apolo
porque, a par de su Luz, tiene
su fama
de donde nace a donde muere el día:
el agradable al cielo, al suelo solo,
vuelto en ceniza de su
ardiente llama,
yace debajo desta losa fría.
16.
En la memoria vive de las gentes...
En la memoria vive de las gentes...
A don Diego de Mendoza y a su fama En la memoria vive de las gentes, varón famoso, siglos infinitos, premio que le merecen tus escritos por graves, puros, castos y excelentes. Las ansias en honesta llama ardientes, los Etnas, los Estigios, los Cocitos que en ellos suavemente van descritos, mira si es bien, ¡oh Fama!, que los cuentes, y aun que los lleves en ligero vuelo por cuanto ciñe el mar y el sol rodea, y en láminas de bronce los esculpas; que así el suelo sabrá que sabe el cielo que el renombre inmortal que se desea tal vez le alcanzan amorosas culpas.
17.
En
En
vuestra
sin igual, dulce armonía...
A la señora doña Alfonsa González,
monja profesa en el monasterio
de Nuestra Señora de Constantinopla,
en la dirección deste libro de la Sacra Minerva
En vuestra
sin igual, dulce armonía,
hermosísima Alfonsa, nos reserva
la
nueva, la sin par sacra Minerva
cuanto de bueno y santo el cielo
cría.
Llega el felice punto, llega el día
en que, si os oye la infernal
caterva,
huye gimiendo al centro y, de la acerva
región, suspiros
a la tierra envía.
En fin, vos convertís el suelo en cielo
con la voz celestial, con
la hermosura
que os hacen parecer ángel divino;
y así, conviene que tal vez el velo
alcéis, y descubráis esa luz
pura
que nos pone del cielo en el camino.
18.
Epitafio
Epitafio
Aquí el valor de la española tierra, aquí la flor de la francesa gente, aquí quien concordó lo diferente, de oliva coronando aquella guerra; aquí en pequeño espacio veis se encierra nuestro claro lucero de occidente; aquí yace enterrada la excelente causa que nuestro bien todo destierra. Mirad quién es el mundo y su pujanza, y cómo, de la más alegre vida, la muerte lleva siempre la victoria; también mirad la bienaventuranza que goza nuestra reina esclarescida en el eterno reino de la gloria.
19.
Galatea
Galatea
Tanto cuanto el amor convida y llama al alma con sus gustos de apariencia, tanto más huye su mortal dolencia quien sabe el nombre que le da la fama. Y el pecho opuesto a su amorosa llama, armado de una honesta resistencia, poco puede empecerle su inclemencia, poco su fuego y su rigor le inflama. Segura está, quien nunca fue querida ni supo querer bien, de aquella lengua que en su deshonra se adelgaza y lima; mas si el querer y el no querer da mengua, ¿en qué ejercicios pasará la vida la que más que al vivir la honra estima?
20.
Jamás
Jamás
Jamás en el jardín de
Falerina...
A don Diego Rosel y Fuenllana,
inventor de nuevos artes
Jamás en el jardín de
Falerina
ni en la Parnasa, excesible cuesta,
se vio Rosel ni rosa
cual es ésta,
por quien gimió la maga Dragontina;
atrás deja la flor que se recrina
en la del Tronto archiducal
floresta,
dejando olor por vía manifesta
que a la región del cielo
la avecina.
Crece, ¡oh muy felice planta!, crece,
y ocupen tus pimpollos todo
el orbe,
retumbando, crujiendo y espantando;
el Betis calle, pues el Po enmudece,
y la muerte, que a todo
humano sorbe,
sola esta rosa vaya eternizando.
21.
Madre de los valientes de la
guerra...
Madre de los valientes de la guerra...
Madre de los valientes de la guerra, archivo de católicos soldados, crisol donde el amor de Dios se apura, tierra donde se ve que el cielo entierra los que han de ser al cielo trasladados por defensores de la fe más pura: no te parezca acaso desventura, ¡Oh España, madre nuestra!, ver que tus hijos vuelven a tu seno dejando el mar de sus desgracias lleno, pues no los vuelve la contraria diestra: vuélvelos la borrasca incontrastable del viento, mar, y el cielo que consiente que se alce un poco la enemiga frente, odiosa al cielo, al suelo detestable, porque entonces es cierta la caída cuando es soberbia y vana la subida. Abre tus brazos y recoge en ellos los que vuelven confusos, no rendidos, pues no se escusa lo que el cielo ordena, ni puede en ningún tiempo los cabellos tener alguno con la mano asidos de la calva ocasión en suerte buena, ni es de acero o diamante la cadena con que se enlaza y tiene el buen suceso en los marciales casos, y los más fuertes bríos quedan lasos del que a los brazos con el viento viene, y esta vuelta que ves desordenada sin duda entiendo que ha de ser la vuelta del toro para dar mortal revuelta a la gente con cuerpos desalmada, que el cielo, aunque se tarda, no es amigo de dejar las maldades sin castigo. A tu león pisado le han la cola; las vedijas sacude, y arrevuelve a la justa venganza de su ofensa, no sólo suya, que si fuera sola, quizá la perdonara: sólo vuelve por la de Dios, y en restaurarla piensa. Ãnico es su valor, su fuerza imensa, claro su entendimiento, indignado con causa, y tal que a un pecho cristiano, aunque de mármol fuese hecho, moviera a justo y vengativo intento. Y más, que el galo, el tusco, el moro mira, con vista aguda y ánimos perplejos, cuáles son los comienzos y los dejos, y dónde pone este león la mira, porque entonces su suerte está lozana en cuanto tiene este león cuartana. Ea pues, ¡oh Felipe, señor nuestro, Segundo en nombre y hombre sin segundo, coluna de la fe segura y fuerte!, vuelve en suceso más felice y diestro este designio que fabrica el mundo, que piensa manso y sin coraje verte, como si no bastasen a moverte tus puertos salteados en las remotas Indias apartadas, y en tus casas tus naves abrasadas, y en la ajena los templos profanados; tus mares llenos de piratas fieros, por ellos tus armadas encogidas, y en ellos mil haciendas y mil vidas sujetos a mil bárbaros aceros, cosas que cada cual por sí es posible a hacer que se intente aun lo imposible. Pide, toma, señor, que todo aquello que tus vasallos tienen se te ofrece con liberal y valerosa mano a trueque que al inglés pérfido cuello pongas el justo yugo que merece su injusto pecho y proceder insano; no sólo el oro que se adora en vano, sino sus hijos caros te darán, cual el suyo dio don Diego, que, en propia sangre y en ajeno fuego, acrisoló los hechos siempre raros de la casa de Córdoba, que ha dado catorce mayorazgos a las lanzas moriscas, y, con firmes confianzas, sus obras y su nombre han dilatado por la espaciosa redondez del suelo, que el que así muere vive y gana el cielo. En tanto que los brazos levantares, gran capitán de Dios, espera, espera ver vencedor tu pueblo, y no vencido; pero si de cansado los bajares, los suyos alzará la gente fiera, que para el mal el malo es atrevido; y en tu perseverancia está inclüido un felice suceso de la empresa justísima que tomas, y no con ella un solo reino domas, que a muchos pones de temor el peso; aseguras los tuyos, fortaleces lo que la buena fama de ti canta, que eres un justo horror que al malo espanta y mano que a los justos favoreces; alza los brazos, pues, Moisés cristiano, y pondrálos por tierra el luterano. Vosotros que, llevados de un deseo justo y honroso, al mar os entregastes y el ocio blando y el regalo huistes, puesto que os imagino ahora y veo entre el viento y el mar que contrastastes y los mortales daños que sufristes, d'entre Scila y Caribdis no tan tristes salís que no se vea en vuestro bravo, varonil semblante que romperéis por montes de diamante hasta igualar la desigual pelea; que los bríos y brazos españoles quilatan su valor, su fuerza y brío con la hambre, sed, calor y frío cual se quilata el oro en los crisoles, y, apurados así, son cual la planta que al cielo con la carga se levanta. El diestro esgrimidor, cuando le toca quien sabe menos que él, se enciende en ira y con facilidad se desagravia; y en la orilla del mar la fuerte roca, mientras su furia a deshacerla aspira, muy poco o nada su rigor la agravia; y es común opinión de gente sabia que cuanto más ofende el malo al bueno, tanto más aumenta el temor del alcance de la cuenta, que siempre es malo del que mal espende. Triunfe el pirata, pues, agora y haga júbilo y fiestas, porque el mar y el viento han respondido al justo de su intento sin acordarse si el que debe paga, que, al sumar de la cuenta, en el remate se hará un alcance que le alcance y mate. ¡Oh España, oh rey, oh mílites famosos!, ofrece, manda, obedeced, que el cielo en fin ha de ayudar al justo celo, puesto que los principios sean dudosos, y en la justa ocasión y en la porfía encierra la vitoria su alegría.
22.
Muestra su ingenio el que es pintor
curioso...
Muestra su ingenio el que es pintor curioso...
Muestra su ingenio el que es pintor curioso cuando pinta al desnudo una figura, donde la traza, el arte y compostura ningún velo la cubra artificioso: vos, seráfico padre, y vos, hermoso retrato de Jesús, sois la pintura al desnudo pintada, en tal hechura que Dios nos muestra ser pintor famoso. Las sombras de ser mártir descubristes, los lejos, en que estáis allá en el cielo en soberana silla colocado; las colores, las llagas que tuvistes tanto las suben que se admira el suelo, y el pintor en la obra se ha pagado.
Versos y pensamientos de Miguel de Cervantes Saavedra
4 citas« Cual vemos que renueva / el águila real la vieja y parda »
« Serenísima reina, / en quien se halla »
« los éxtasis de Teresa / de Jesús »
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