Poesía Universal

Miguel de Cervantes Saavedra

Miguel de Cervantes Saavedra es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde ...

Biografía lírica

Vida

Miguel de Cervantes Saavedra es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.

Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.

Lírica y Versos

Poemas de Miguel de Cervantes Saavedra

22 poemas seleccionados
1.

A Dulcinea del Toboso

¡Oh, quién tuviera, hermosa Dulcinea,
por más comodidad y más reposo,
a Miraflores puesto en el Toboso,
y trocara sus Londres con tu aldea!

¡Oh, quién de tus deseos y librea
alma y cuerpo adornara, y del famoso
caballero que hiciste venturoso
mirara alguna desigual pelea!

¡Oh, quién tan castamente se escapara
del señor Amadís como tú hiciste
del comedido hidalgo don Quijote!

Que así envidiada fuera, y no envidiara,
y fuera alegre el tiempo que fue triste,
y gozara los gustos sin escotes.
2.

A Fray Pedro de Padilla

Cual vemos que renueva
el águila real la vieja y parda
pluma y con 
		otra nueva
la detenida y tarda
pereza arroja y con subido vuelo

		rompe las nubes y se llega al cielo:
tal, famoso Padilla,
has 
		sacudido tus humanas plumas,
porque con maravilla
intentes y 
		presumas
llegar con nuevo vuelo al alto asiento
donde aspiran las 
		alas de tu intento.
Del sol el rayo ardiente
alza del duro rostro 
		de la tierra,
con virtud excelente,
la humidad que en sí encierra,

		la cual después, en lluvia convertida,
alegra al suelo y da a los 
		hombres vida:
y d'esta mesma suerte
el sol divino te regala y toca

		y en tal humor convierte
que, con tu pluma, apoca
la sequedad de 
		la ignorancia nuestra
y a sciencia santa y santa vida adiestra.

		¡Qué sancto trueco y cambio:
por las humanas, las divinas musas!

		¡Qué interés y recambio!
¡Qué nuevos modos usas
de adquirir en el 
		suelo una memoria
que dé fama a tu nombre, al alma gloria!;
que, 
		pues es tu Parnaso
el monte del Calvario y son tus fuentes
de 
		Aganipe y Pegaso
las sagradas corrientes
de las benditas llagas 
		del Cordero,
eterno nombre de tu nombre espero.
3.

A la reina Doña Isabel

Serenísima reina, 
		en quien se halla
lo que Dios pudo dar a un ser humano;
amparo 
		universal del ser cristiano,
de quien la santa fama nunca calla;

		
arma feliz, de cuya fina malla
se viste el gran Felipe soberano,

		ínclito rey del ancho suelo hispano
a quien Fortuna y Mundo se 
		avasalla:

		
¿cuál ingenio podría aventurarse
a pregonar el bien que estás 
		mostrando,
si ya en divino viese convertirse?

		
Que, en ser mortal, habrá de acobardarse,
y así, le va mejor 
		sentir callando
aquello que es difícil de decirse.
4.

A

los éxtasis de Teresa 
		de Jesús

		
Virgen fecunda, madre venturosa,
cuyos hijos, criados a tus 
		pechos,
sobre sus fuerzas la virtud alzando,
pisan ahora los 
		dorados techos
de la dulce región maravillosa
que está la gloria 
		de su Dios mostrando:
tú, que ganaste obrando
un nombre en todo el 
		mundo
y un grado sin segundo,
ahora estés ante tu Dios postrada,

		en rogar por tus hijos ocupada,
o en cosas dignas de tu intento 
		santo,
oye mi voz cansada
y esfuerza, ¡oh madre!, el desmayado 
		canto.

		
Luego que de la cuna y las mantillas
sacó Dios tu niñez, diste 
		señales
que Dios para ser suya te guardaba,
mostrando los impulsos 
		celestiales
en ti, con ordinarias maravillas,
que a tu edad tu 
		deseo aventajaba;
y si se descuidaba
de lo que hacer debía,
tal 
		vez luego volvía
mejorado, mostrando codicioso
que el haber 
		parecido perezoso
era un volver atrás para dar salto,
con curso 
		más brïoso,
desde la tierra al cielo, que es más alto.

		
Creciste, y fue creciendo en ti la gana
de obrar en proporción de 
		los favores
con que te regaló la mano eterna,
tales que, al 
		parecer, se alzó a mayores
contigo alegre Dios en la mañana
de tu 
		florida edad humilde y tierna;
y así tu ser gobierna
que poco a 
		poco subes
sobre las densas nubes
de la suerte mortal, y así 
		levantas
tu cuerpo al cielo, sin fijar las plantas,
que ligero 
		tras sí el alma le lleva
a las regiones santas
con nueva 
		suspensión, con virtud nueva.

		
Allí su humildad te muestra santa;
acullá se desposa Dios 
		contigo,
aquí misterios altos te revela.
Tierno amante se muestra, 
		dulce amigo,
y, siendo tu maestro, te levanta
al cielo, que señala 
		por tu escuela;
parece se desvela
en hacerte mercedes;
rompe 
		rejas y redes
para buscarte el Mágico divino,
tan tu llegado 
		siempre y tan contino
que, si algún afligido a Dios buscara,

		acortando camino
en tu pecho o en tu celda le hallara.

		
Aunque naciste en Ávila, se puede
decir que Alba fue donde 
		naciste,
pues allí nace donde muere el justo;
desde Alba, ¡oh 
		madre!, al cielo te partiste:
alba pura, hermosa, a quien sucede

		el claro día del inmenso gusto.
Que le goces es justo
en éxtasis 
		divinos
por todos los caminos
por donde Dios llevar a un alma 
		sabe,
para darle de sí cuanto ella cabe,
y aun la ensancha, dilata 
		y engrandece
y, con amor süave,
a sí y de sí la junta y enriquece.

		
Como las circunstancias convenibles
que acreditan los éxtasis, 
		que suelen
indicios ser de santidad notoria,
en los tuyos se 
		hallaron, nos impelen
a creer la verdad de los visibles
que nos 
		describe tu discreta historia;
y el quedar con victoria,
honroso 
		triunfo y palma
del infierno, y tu alma
más humilde, más sabia y 
		obediente
al fin de tus arrobos, fue evidente
señal que todos 
		fueron admirables
y sobrehumanamente
nuevos, continuos, sacros, 
		inefables.

		
Ahora, pues, que al cielo te retiras,
menospreciando la mortal 
		riqueza
en la inmortalidad que siempre dura,
y el visorrey de Dios 
		nos da certeza
que sin enigma y sin espejo miras
de Dios la 
		incomparable hermosura,
colma nuestra ventura:
oye, devota y pía,

		los balidos que envía
el rebaño infinito que crïaste
cuando del 
		suelo al cielo el vuelo alzaste,
que no porque dejaste nuestra vida

		la caridad dejaste,
que en los cielos está más extendida.

		
Canción, de ser humilde has de preciarte
cuando quieras al cielo 
		levantarte,
que tiene la humildad naturaleza
de ser el todo y 
		parte
de alzar al cielo la mortal bajeza.
5.

A quien irá mi doloroso canto

Al Ilustrísimo y Reverendísimo Cardenal 

                                                                                             
		don Diego de Espinosa

		
¿A quién irá mi doloroso canto,
o en cúya oreja sonará su acento,

		que no deshaga el corazón en llanto?
A ti, gran cardenal, yo le 
		presento,
pues vemos te ha cabido tanta parte
del hado secutivo 
		vïolento.
Aquí verás qu'el bien no tiene parte:
todo es dolor, 
		tristeza y desconsuelo
lo que en mi triste canto se reparte.

		¿Quién dijera, señor, que un solo vuelo
de una ánima beata al alta 
		cumbre
pusiera en confusión al bajo suelo?
Mas, ¡ay!, que yace 
		muerta nuestra lumbre:
el alma goza de perpetua gloria,
y el 
		cuerpo de terrena pesadumbre.

		
No se pase, señor, de tu memoria
cómo en un punto la invincible 
		muerte
lleva de nuestras vidas la victoria.
Al tiempo que esperaba 
		nuestra suerte
poderse mejorar, la sancta mano
mostró por nuestro 
		mal su furia fuerte.
Entristeció a la tierra su verano,
secó su 
		paraíso fresco y tierno,
el ornato añubló del ser cristiano.

		
Volvió la primavera en frío invierno,
trocó en pesar su gusto y 
		alegría,
tornó de arriba abajo su gobierno.
Pasóse ya aquel ser 
		que ser solía
a nuestra obscuridad claro lucero,
sosiego del 
		antigua tiranía.
A más andar el término postrero
llegó, que 
		dividió con furia insana
del alma sancta el corazón sincero.

		Cuanto ya nos venía la temprana
dulce fruta del árbol deseado,

		vino sobre él la frígida mañana.

		
Quien detuvo el poder de Marte airado
que no pasase más el alto 
		monte,
con prisiones de nieve aherrojado,
no pisará ya más nuestro 
		horizonte,
que a los campos Elíseos es llevada
sin ver la obscura 
		barca de Caronte.
A ti, fiel pastor de la manada
seguntina, es 
		justo y te conviene
aligerarnos carga tan pesada.

		
Mira el dolor que el gran Filipo tiene:
allí tu discreción 
		muestre el alteza
que en tu divino ingenio se contiene.
Bien sé 
		que le dirás que a la bajeza
de nuestra humanidad es cosa cierta

		no tener solo un punto de firmeza,
y que, si yace su esperanza muerta

		y el dolor vida y alma le lastima,
que a do la cierra, Dios abre otra 
		puerta.

		
Mas, ¿qué consuelo habrá, señor, que oprima
algún tanto sus 
		lágrimas cansadas
si una prenda perdió de tanta estima?
Y más si 
		considera las amadas
prendas que le dejó en la dulce vida
y con su 
		amarga muerte lastimadas.
Alma bella, del cielo merescida,
mira 
		cuál queda el miserable suelo
sin la luz de tu vista esclarescida:

		verás que en árbor verde no hace vuelo
el ave más alegre, antes 
		ofresce
en su amoroso canto triste duelo.

		
Contino en grave llanto se anochece
el triste día que te 
		imaginamos
con aquella virtud que no perece;
mas deste imaginar 
		nos consolamos
en ver que merescieron tus deseos
que goces ya del 
		bien que deseamos.
Acá nos quedarán por tus trofeos
tu 
		cristiandad, valor y gracia estraña,
de alma sancta sanctísimos 
		arreos.
De hoy más, la sola y afligida España,
cuando más sus 
		clamores levantare
al summo Hacedor y alta compaña,
cuando más por 
		salud le importunare
al término postrero que perezca
y en el 
		último trance se hallare,
sólo podrá pedirle que le ofrezca
otra 
		paz, otro amparo, otra ventura
qu'en obras y virtudes le parezca.

		
El vano confiar y la hermosura,
¿de qué nos sirve si en pequeño 
		instante
damos en manos de la sepultura?
Aquel firme esperar 
		sancto y constante,
que concede a la fe su cierto asiento
y a la 
		querida hermana ir adelante,
adonde mora Dios en su aposento
nos 
		puede dar lugar dulce y sabroso,
libre de tempestad y humano viento.

		
Aquí, señor, el último reposo
no puede perturbarse, ni la vida

		temer más otro trance doloroso;
aquí con nuevo ser es conducida

		entre las almas del inmenso coro
nuestra Isabela, reina esclarescida;

		con tal sinceridad guardó el decoro,
do al precepto divino más se 
		aspira,
que meresce gozar de tal tesoro.
¡Ay muerte!, ¿contra 
		quién tu amarga ira
quesiste ejecutar para templarme
con profundo 
		dolor mi triste lira?
Si nos cansáis, señor, ya descucharme,

		anudaré de nuevo el roto hilo,
que la ocasión es tal que ha 
		d'esforzarme;
lágrimas pediré al corriente Nilo,
un nuevo corazón 
		al alto cielo,
y a las más tristes musas triste estilo.
Diré que 
		al duro mal, al grave duelo
que a España en brazos de la muerte 
		tiene,
no quiso Dios dejarle sin consuelo:
dejóle al gran Filipo, 
		que sostiene,
cual firme basa al alto firmamento,
el bien o 
		desventura que le viene.

		
De aquesto, vos lleváis el vencimiento,
pues deja en vuestros 
		hombros él la carga
del cielo y de la tierra, y pensamiento.
La 
		vida que en la vuestra ansí se encarga
muy bien puede vivir leda y 
		segura,
pues de tanto cuidado se descarga;
gozando, como goza, tal 
		ventura
el gran señor del ancho suelo hispano,
su mal es menos y 
		nuestra desventura.
Si el ánimo real, si el soberano
tesoro le 
		robó en un solo día
la muerte airada con esquiva mano,
regalos son 
		qu'el summo Dios envía
a aquél que ya le tiene aparejado
sublime 
		asiento en l'alta jerarquía.

		
Quien goza quïetud siempre en su estado,
y el efecto le acude a 
		la esperanza
y a lo que quiere nada le es trocado,
argúyese que 
		poca confianza
se puede tener d'él que goce y vea
con claros ojos 
		bienaventuranza.
Cuando más favorable el mundo sea,
cuando nos ría 
		el bien todo delante
y venga al corazón lo que desea,
tiénese de 
		esperar que en un instante
dará con ello la Fortuna en tierra,
que 
		no fue ni será jamás constante.

		
Y aquel que no ha gustado de la guerra,
a do se aflige el cuerpo 
		y la memoria,
paresce Dios del cielo le destierra,
porque no se 
		coronan en la gloria
si no es los capitanes valerosos
que llevan 
		de sí mesmos la victoria.
Los amargos sospiros dolorosos,
las 
		lágrimas sin cuento que ha vertido
quien nos puede su vista hacer 
		dichosos,
el perder a su hijo tan querido,
aquel mirarse y verse 
		cuál se halla
de todo su placer desposeído,
¿qué se puede decir 
		sino batalla
adonde l'hemos visto siempre armado
con la paciencia, 
		qu'es muy fina malla?
Del alto cielo ha sido consolado
[con] 
		concederle acá vuestra persona,
que mira por su honra y por su 
		estado.

		
De aquí saldrá a gozar de una corona
más rica, más preciosa y muy 
		más clara
que la que ciñe al hijo de Latona.
Con él vuestra 
		virtud, al mundo rara,
se tiene de estender de gente en gente,
sin 
		poderlo estorbar Fortuna avara;
resonará el valor tan excelente

		que os ciñe, cubre, ampara y os rodea,
de donde sale el sol hasta 
		occidente,
y allá en el alto alcázar do pasea
en mil contentos 
		nuestra reina amada,
si puede desear, sólo desea
que sea por mil 
		siglos levantada
vuestra grandeza, pues que se engrandece
el valor 
		de su prenda deseada,
que [en] vuestro poderío se paresce
del 
		católico rey la summa alteza,
que desde un polo al otro resplandesce.

		
De hoy más, deje del llanto la fiereza
el afligida España, 
		levantando
con verde lauro ornada la cabeza,
que, mientra fuere el 
		cielo mejorando
del soberano rey la larga vida,
no es bien que se 
		consuma lamentando;
y, en tanto que arribare a la subida
de la 
		inmortalidad vuestra alma pura,
no se entregue al dolor tan de 
		corrida;
y más, qu'el grave rostro de hermosura,
por cuya ausencia 
		vive sin consuelo,
goza de Dios en la celeste altura.
¡Oh trueco 
		glorïoso, oh sancto celo,
pues con gozar la tierra has merecido

		tender tus pasos por el alto cielo!
Con esto cese el canto dolorido,

		magnánimo señor, que, por mal diestro,
queda tan temeroso y tan 
		corrido
cuanto yo quedo, gran señor, por vuestro.
6.

Al túmulo del rey que se hizo en Sevilla...

«¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza
y que diera un doblón por 
		describilla!;
porque, ¿a quién no suspende y maravilla
esta 
		máquina insigne, esta braveza?

		
¡Por Jesucristo vivo, cada pieza
vale más que un millón, y que es 
		mancilla
que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla,
Roma 
		triunfante en ánimo y riqueza!

		
¡Apostaré que la ánima del muerto,
por gozar este sitio, hoy ha 
		dejado
el cielo, de que goza eternamente!»
Esto oyó un valentón y 
		dijo: «¡Es cierto

		
lo que dice voacé, seor soldado,
y quien dijere lo contrario 
		miente!»
Y luego encontinente
caló el chapeo, requirió la espada,

		miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.
7.

Bate, Fama veloz, las prestas alas...

Bate, Fama veloz, las prestas alas,
rompe del norte las cerradas 
		nieblas,
aligera los pies, llega y destruye
el confuso rumor de 
		nuevas malas
y con tu luz desparce las tinieblas
del crédito 
		español, que de ti huye;
esta preñez concluye
en un parto dichoso 
		que nos muestre
un fin alegre de la ilustre empresa,
cuyo fin nos 
		suspende, alivia y pesa,
ya en contienda naval, ya en la terrestre,

		hasta que, con tus ojos y tus lenguas,
diciendo ajenas menguas,
de 
		los hijos de España el valor cantes,
con que admires al cielo, al 
		suelo espantes.

		
Di con firme verdad, firme y sigura:
¿hizo el que pudo la 
		victoria vuestra?
¿Sentenciado ha su causa el Padre eterno?

		¿Bañada queda en roja sangre y pura
la católica espada y fuerte 
		diestra?
En fin, de aquel que asiste a su gobierno,
¿poblado ha el 
		hondo infierno
de nuevas almas, y de cuerpos lleno
el mar, que a 
		los despojos y banderas
de las naciones pertinaces, fieras,
apenas 
		dio lugar su inmenso seno,
del pirata mayor del occidente
ya 
		inclinada la frente,
y puesto al cuello altivo y indomable
del 
		vencimiento el yugo miserable?

		
Di (que al fin lo dirás): «allí volaron
por el aire los cuerpos, 
		impelidos
de las fogosas máquinas de guerra;
aquí las aguas su 
		color cambiaron,
y la sangre de pechos atrevidos
humedecieron la 
		contraria tierra»;
cómo huye, o si afierra,
este y aquel navío; en 
		cuántos modos
se aparecen las sombras de la muerte;
cómo juega 
		Fortuna con la suerte,
no mostrándose igual ni firme a todos,

		hasta que, por mil varios embarazos,
los españoles brazos,

		rompiendo por el aire, tierra y fuego,
declararon por suyo el mortal 
		juego.

		
Píntanos ya un diluvio con razones,
causado de un conflicto 
		temeroso
y que le pinta la contraria parte:
mil cuerpos 
		sobreaguados y en montones
confusos, otros naden cobdiciosos

		d'entretener la vida en cualquier parte;
al descuido, y con arte,

		pinta rotas entenas, jarcias rotas,
quillas sentidas, tablas 
		desclavadas,
y, de impaciencia y de rigor armadas,
las dos (y no 
		en valor) iguales flotas.
Exprime los gemidos excesivos
de 
		aquellos semivivos
que, ardiendo, al agua fría se arrojaban
y, en 
		la muerte del fuego, muerte hallaban.

		
Después d'esto dirás: «en espaciosas,
concertadas hileras va 
		marchando
nuestro cristiano ejército invencible,
las cruzadas 
		banderas victoriosas
al aire con donaire tremolando,
haciendo 
		vista fiera y apacible.
Forma aquel son horrible
que el cóncavo 
		metal despide y forma,
y aquel del atambor que engendra y cría
en 
		el cobarde pecho valentía
y el temor natural trueca y reforma»;

		haz los reflejos y vislumbres bellas
que, cual claras estrellas,

		en las lucidas armas el sol hace
cuando mirar este escuadrón le 
		place.

		
Esto dicho, revuelve presurosa
y en los oídos de los dos 
		prudentes
famosos generales luego envía
una voz que les diga la 
		gloriosa
estirpe de sus claros ascendientes,
cifra de más que 
		humana valentía:
al que las naves guía
muéstrale sobre un muro un 
		caballero,
más que de yerro, de valor armado,
y entre la turba 
		mora un niño atado,
cual entre hambrientos lobos un cordero,
y al 
		segundo Abrahán que dé la daga
con que el bárbaro haga
el 
		sacrificio horrendo que en el suelo
le dio fama y imortal gloria en 
		el cielo;

		
dirás al otro, que en sus venas tiene
la sangre de Austria, que 
		con esto sólo
le dirás cien mil hechos señalados
que, en cuanto el 
		ancho mar cerca y contiene,
y en lo que mira el uno y otro polo,

		fueron por sus mayores acabados.
Éstos ansí informados,
entra en 
		el escuadrón de nuestra gente
y allá verás, mirando a todas partes,

		mil Cides, mil Roldanes y mil Martes,
valiente aquél, aquéste más 
		valiente;
a estos solos les dirás que miren
para que luego aspiren

		a concluir la más dudosa hazaña:
«Hijos, mirad que es vuestra madre 
		España!,

		
la cual, desde que al viento y mar os distes,
cual viuda llora 
		vuestra ausencia larga,
contrita, humilde, tierna, mansa y justa,

		los ojos bajos, húmidos y tristes,
cubierto el cuerpo de una tosca 
		sarga,
que de sus galas poco o nada gusta
hasta ver en la injusta

		cerviz inglesa puesto el suave yugo
y sus puertas abrir, de herror 
		cargadas,
con las romanas llaves dedicadas
[a] abrir el cielo como 
		al cielo plugo.
Justa es la empresa, y vuestro brazo fuerte;
aun 
		de la misma muerte
quitara la vitoria de la mano,
cuanto más del 
		vicioso luterano».

		
Muéstrales, si es posible, un verdadero
retrato del católico 
		monarca,
y verán de David la voz y el pecho,
las rodillas por el 
		suelo y un cor[dero]
mirando, a quien encierra y guarda un arca,

		mejor que aquélla quisier[a haber hecho],
puestos de trecho a trecho

		doce descalzos ángeles mortales
en quien tanta virtud el cielo 
		encierra
que con humilde voz desde la tierra
pasan del mismo cielo 
		los umbrales.
Con tal cordero, tal monarca y luego
de tales doce 
		el ruego,
diles que está siguro el triunfo y gloria,
y que ya 
		España canta la victoria.

		
Canción, si vas despacio do te envío,
en todo el cielo fío
que 
		has de cambiar por nuevas de alegría
el nombre de canción y profecía.
8.

Bien donado sale al mundo...

Bien donado sale al mundo
este libro, do se encierra
la paz de 
		amor y la guerra,
y aquel fruto sin segundo
de la castellana 
		tierra;
que, aunque le da Maldonado,
va tan rico y bien donado

		de sciencia y de discreción,
que me afirmo en la razón
de decir 
		que es bien donado.
El sentimiento amoroso
del pecho más encendido

		en fuego de amor, y herido
de su dardo ponzoñoso
y en la red suya 
		cogido,
el temor y la esperanza
con que el bien y el mal se 
		alcanza
en las empresas de amor:
aquí muestra su valor,
su 
		buena o su mala andanza.
Sin flores, sin praderías
y sin los 
		faunos silvanos,
sin ninfas, sin dioses vanos,
sin yerbas, sin 
		aguas frías
y sin apacibles llanos,
en agradables conceptos

		profundos, altos, discretos,
con verdad llana y distinta,
aquí el 
		sabio autor nos pinta
del ciego dios los efetos.
Con declararnos 
		la mengua
y el bien de su ardiente llama,
ha dado a su nombre fama

		y enriquecido su lengua,
que ya la mejor se llama,
y hanos 
		mostrado que es solo
favorecido de Apolo
con dones tan infinitos,

		que su fama en sus escritos
irá d'éste al otro polo.
9.

Cual vemos del rosado y rico oriente...

Cual vemos del rosado y rico oriente
la blanca y dura piedra 
		señalarse
y en todo, aunque pequeña, aventajarse
a la mayor del 
		Cáucaso eminente,

		
tal este (humilde al parecer) presente
puede y debe mirarse y 
		admirarse,
no por la cantidad, mas por mostrarse
ser en su calidad 
		tan excelente.

		
El que navega por el golfo insano
del mar de pretensiones verá al 
		punto
del cortesano laberinto el hilo.

		
¡Felice ingenio y venturosa mano
qu'el deleite y provecho puso 
		junto
en juego alegre, en dulce y claro estilo!
10.

Cuando

Preciosa el 
		panderete toca ...


		Cuando Preciosa 
		el panderete toca
      	
y hiere el dulce son los aires vanos, 
perlas son que derrama con 
		las manos; 
		
flores son que despide de la boca. 


		Suspensa el 
		alma, y la cordura loca, 
queda a los dulces actos sobrehumanos, 

		que, de limpios, de honestos y de sanos, 
		
su fama al cielo levantado toca. 


		Colgadas del 
		menor de sus cabellos 
mil almas lleva, y a sus plantas tiene 

		Amor rendidas una y otra flecha. 
		


		Ciega y alumbra 
		con sus soles bellos, 
su imperio Amor por ellos le mantiene, 
y 
		aún más grandezas de su ser sospecha.
11.

Cuatro redondillas castellanas

A la muerte de Su Majestad

Cuando un estado dichoso

		esperaba nuestra suerte,
bien como ladrón famoso
vino la 
		invencible muerte
a robar nuestro reposo;
y metió tanto la mano

		aqueste fiero tirano,
por orden del alto cielo,
que nos llevó 
		deste suelo
el valor del ser humano.

		
¡Cuán amarga es tu memoria,
oh dura y terrible faz!
Pero en 
		aquesta victoria,
si llevaste nuestra paz,
fue para dalle más 
		gloria;
y, aunqu'el dolor nos desvela,
una cosa nos consuela:

		ver que al reino soberano
ha dado un vuelo temprano
nuestra muy 
		cara Isabela.

		
Una alma tan limpia y bella,
tan enemiga de engaños,
¿qué pudo 
		merecer ella,
para que en tan tiernos años
dejase el mundo de 
		vella?
Dirás, Muerte, en quien se encierra
la causa de nuestra 
		guerra,
para nuestro desconsuelo,
que cosas que son del cielo

		no las merece la tierra.

		
Tanto de punto subiste
en el amor que mostraste,
que, ya que 
		al cielo te fuiste,
en la tierra nos dejaste
las prendas que más 
		quesiste.
¡Oh Isabela Eugenia Clara,
Catalina, a todos cara,

		claros luceros las dos,
no quiera y permita Dios
se os muestre 
		Fortuna avara!
12.

De la Virgen sin par, santa y bendita...

De la Virgen sin par, santa y bendita
(digo, de 
		sus loores), justamente
haces el rico, sin igual presente
a la sin 
		par cristiana Margarita.

		
Dándole, quedas rico, y queda escrita
tu fama en hojas de metal 
		luciente,
que, a despecho y pesar del diligente
tiempo, será en 
		sus fines infinita:

		
¡felice en el sujeto que escogiste,
dichoso en la ocasión que te 
		dio el cielo
de dar a Virgen el virgíneo canto;

		
venturoso también porque heciste
que den las musas del hispano 
		suelo
admiración al griego, al tusco espanto.
13.

De

Turia el cisne más famoso hoy canta...

		
		
De Turia el cisne más famoso hoy canta,
y no para acabar la dulce 
		vida,
que en sus divinas obras escondida
a los tiempos y edades se 
		adelanta:

		
queda por él canonizada y santa
Teruel, vivos Marcilla y su 
		homicida;
su pluma, por heroica conocida,
en quien se admira el 
		cielo, el suelo espanta.

		
Su dotrina, su voz, su estilo raro,
que por tuyos, ¡oh Apolo!, 
		reconoces,
según el vuelo de sus bellas alas,

		
grabadas por la Fama en mármol paro
y en láminas de bronce, harán 
		que goces
siglo de eternidad, Yagüe de Salas.
14.

El casto ardor de una amorosa llama...

El 
		casto ardor de una amorosa llama,
un sabio pecho a su rigor sujeto,

		un desdén sacudido y un afecto
blando, que al alma en dulce fuego 
		inflama,

		
el bien y el mal a que convida y llama
de amor la fuerza y 
		poderoso efecto,
eternamente, en son claro y perfecto,
con estas 
		rimas cantará la fama,

		
llevando el nombre único y famoso
vuestro, felice López 
		Maldonado,
del moreno etíope al cita blanco,

		
y hará que en balde de laurel honroso
espere alguno verse 
		coronado
si no os imita y tiene por su blanco.
15.

El que subió por sendas nunca usadas...

«Este soneto hice a la muerte de Fernando de Herrera;

                                     
		y, para entender el primer cuarteto, advierto que él celebraba 

                                                     
		en sus versos a una señora debajo deste nombre de Luz. 

                                                                
		Creo que es de los buenos que he hecho en mi vida»

		
El que subió por 
		sendas nunca usadas
del sacro monte a la más alta cumbre;
el que a 
		una Luz se hizo todo lumbre
y lágrimas, en dulce voz cantadas;

		
el que con culta vena las sagradas
de Helicón y Pirene en 
		muchedumbre
(libre de toda humana pesadumbre)
bebió y dejó en 
		divinas transformadas;

		
aquél a quien invidia tuvo Apolo
porque, a par de su Luz, tiene 
		su fama
de donde nace a donde muere el día:

		
el agradable al cielo, al suelo solo,
vuelto en ceniza de su 
		ardiente llama,
yace debajo desta losa fría.
16.

En la memoria vive de las gentes...

A don Diego de Mendoza y a su fama

		
		
En la memoria vive de 
		las gentes,
varón famoso, siglos infinitos,
premio que le merecen 
		tus escritos
por graves, puros, castos y excelentes.

		
Las ansias en honesta llama ardientes,
los Etnas, los Estigios, 
		los Cocitos
que en ellos suavemente van descritos,
mira si es 
		bien, ¡oh Fama!, que los cuentes,

		
y aun que los lleves en ligero vuelo
por cuanto ciñe el mar y el 
		sol rodea,
y en láminas de bronce los esculpas;

		
que así el suelo sabrá que sabe el cielo
que el renombre inmortal 
		que se desea
tal vez le alcanzan amorosas culpas.
17.

En

vuestra 
		sin igual, dulce armonía...


		                                                                                                 
		A la señora doña Alfonsa González, 

                                                                                                         
		monja profesa en el monasterio 
		

                                                                                            
		de Nuestra Señora de Constantinopla, 
		

                                                                       
		en la dirección deste libro de la Sacra Minerva

En vuestra 
		sin igual, dulce armonía,
hermosísima Alfonsa, nos reserva
la 
		nueva, la sin par sacra Minerva
cuanto de bueno y santo el cielo 
		cría.

		
Llega el felice punto, llega el día
en que, si os oye la infernal 
		caterva,
huye gimiendo al centro y, de la acerva
región, suspiros 
		a la tierra envía.

		
En fin, vos convertís el suelo en cielo
con la voz celestial, con 
		la hermosura
que os hacen parecer ángel divino;

		
y así, conviene que tal vez el velo
alcéis, y descubráis esa luz 
		pura
que nos pone del cielo en el camino.
18.

Epitafio

Aquí el valor de la española tierra,
aquí la flor de la francesa 
		gente,
aquí quien concordó lo diferente,
de oliva coronando 
		aquella guerra;

		
aquí en pequeño espacio veis se encierra
nuestro claro lucero de 
		occidente;
aquí yace enterrada la excelente
causa que nuestro bien 
		todo destierra.

		
Mirad quién es el mundo y su pujanza,
y cómo, de la más alegre 
		vida,
la muerte lleva siempre la victoria;

		
también mirad la bienaventuranza
que goza nuestra reina 
		esclarescida
en el eterno reino de la gloria.
19.

Galatea

Tanto cuanto el amor convida y llama
al alma con sus gustos de 
		apariencia,
tanto más huye su mortal dolencia
quien sabe el nombre 
		que le da la fama.

		
Y el pecho opuesto a su amorosa llama,
armado de una honesta 
		resistencia,
poco puede empecerle su inclemencia,
poco su fuego y 
		su rigor le inflama.

		
Segura está, quien nunca fue querida
ni supo querer bien, de 
		aquella lengua
que en su deshonra se adelgaza y lima;

		
mas si el querer y el no querer da mengua,
¿en qué ejercicios 
		pasará la vida
la que más que al vivir la honra estima?
20.

Jamás

Jamás en el jardín de 
		Falerina...


		                                                                         
		A don Diego Rosel y Fuenllana, 

                                                                                       
		inventor de nuevos artes

		
		
Jamás en el jardín de 
		Falerina
ni en la Parnasa, excesible cuesta,
se vio Rosel ni rosa 
		cual es ésta,
por quien gimió la maga Dragontina;

		
atrás deja la flor que se recrina
en la del Tronto archiducal 
		floresta,
dejando olor por vía manifesta
que a la región del cielo 
		la avecina.

		
Crece, ¡oh muy felice planta!, crece,
y ocupen tus pimpollos todo 
		el orbe,
retumbando, crujiendo y espantando;

		
el Betis calle, pues el Po enmudece,
y la muerte, que a todo 
		humano sorbe,
sola esta rosa vaya eternizando.
21.

Madre de los valientes de la guerra...

Madre de los valientes de la guerra,
archivo de católicos soldados,

		crisol donde el amor de Dios se apura,
tierra donde se ve que el 
		cielo entierra
los que han de ser al cielo trasladados
por 
		defensores de la fe más pura:
no te parezca acaso desventura,
¡Oh 
		España, madre nuestra!,
ver que tus hijos vuelven a tu seno

		dejando el mar de sus desgracias lleno,
pues no los vuelve la 
		contraria diestra:
vuélvelos la borrasca incontrastable
del 
		viento, mar, y el cielo que consiente
que se alce un poco la enemiga 
		frente,
odiosa al cielo, al suelo detestable,
porque entonces es 
		cierta la caída
cuando es soberbia y vana la subida.

		
Abre tus brazos y recoge en ellos
los que vuelven confusos, no 
		rendidos,
pues no se escusa lo que el cielo ordena,
ni puede en 
		ningún tiempo los cabellos
tener alguno con la mano asidos
de la 
		calva ocasión en suerte buena,
ni es de acero o diamante la cadena

		con que se enlaza y tiene
el buen suceso en los marciales casos,
y 
		los más fuertes bríos quedan lasos
del que a los brazos con el viento 
		viene,
y esta vuelta que ves desordenada
sin duda entiendo que ha 
		de ser la vuelta
del toro para dar mortal revuelta
a la gente con 
		cuerpos desalmada,
que el cielo, aunque se tarda, no es amigo
de 
		dejar las maldades sin castigo.

		
A tu león pisado le han la cola;
las vedijas sacude, y arrevuelve

		a la justa venganza de su ofensa,
no sólo suya, que si fuera sola,

		quizá la perdonara: sólo vuelve
por la de Dios, y en restaurarla 
		piensa.
Único es su valor, su fuerza imensa,
claro su 
		entendimiento,
indignado con causa, y tal que a un pecho

		cristiano, aunque de mármol fuese hecho,
moviera a justo y vengativo 
		intento.
Y más, que el galo, el tusco, el moro mira,
con vista 
		aguda y ánimos perplejos,
cuáles son los comienzos y los dejos,
y 
		dónde pone este león la mira,
porque entonces su suerte está lozana

		en cuanto tiene este león cuartana.

		
Ea pues, ¡oh Felipe, señor nuestro,
Segundo en nombre y hombre 
		sin segundo,
coluna de la fe segura y fuerte!,
vuelve en suceso 
		más felice y diestro
este designio que fabrica el mundo,
que 
		piensa manso y sin coraje verte,
como si no bastasen a moverte
tus 
		puertos salteados
en las remotas Indias apartadas,
y en tus casas 
		tus naves abrasadas,
y en la ajena los templos profanados;
tus 
		mares llenos de piratas fieros,
por ellos tus armadas encogidas,
y 
		en ellos mil haciendas y mil vidas
sujetos a mil bárbaros aceros,

		cosas que cada cual por sí es posible
a hacer que se intente aun lo 
		imposible.

		
Pide, toma, señor, que todo aquello
que tus vasallos tienen se te 
		ofrece
con liberal y valerosa mano
a trueque que al inglés pérfido 
		cuello
pongas el justo yugo que merece
su injusto pecho y proceder 
		insano;
no sólo el oro que se adora en vano,
sino sus hijos caros

		te darán, cual el suyo dio don Diego,
que, en propia sangre y en 
		ajeno fuego,
acrisoló los hechos siempre raros
de la casa de 
		Córdoba, que ha dado
catorce mayorazgos a las lanzas
moriscas, y, 
		con firmes confianzas,
sus obras y su nombre han dilatado
por la 
		espaciosa redondez del suelo,
que el que así muere vive y gana el 
		cielo.

		
En tanto que los brazos levantares,
gran capitán de Dios, espera, 
		espera
ver vencedor tu pueblo, y no vencido;
pero si de cansado 
		los bajares,
los suyos alzará la gente fiera,
que para el mal el 
		malo es atrevido;
y en tu perseverancia está inclüido
un felice 
		suceso
de la empresa justísima que tomas,
y no con ella un solo 
		reino domas,
que a muchos pones de temor el peso;
aseguras los 
		tuyos, fortaleces
lo que la buena fama de ti canta,
que eres un 
		justo horror que al malo espanta
y mano que a los justos favoreces;

		alza los brazos, pues, Moisés cristiano,
y pondrálos por tierra el 
		luterano.

		
Vosotros que, llevados de un deseo
justo y honroso, al mar os 
		entregastes
y el ocio blando y el regalo huistes,
puesto que os 
		imagino ahora y veo
entre el viento y el mar que contrastastes
y 
		los mortales daños que sufristes,
d'entre Scila y Caribdis no tan 
		tristes
salís que no se vea
en vuestro bravo, varonil semblante

		que romperéis por montes de diamante
hasta igualar la desigual pelea;

		que los bríos y brazos españoles
quilatan su valor, su fuerza y brío

		con la hambre, sed, calor y frío
cual se quilata el oro en los 
		crisoles,
y, apurados así, son cual la planta
que al cielo con la 
		carga se levanta.
El diestro esgrimidor, cuando le toca
quien sabe 
		menos que él, se enciende en ira
y con facilidad se desagravia;
y 
		en la orilla del mar la fuerte roca,
mientras su furia a deshacerla 
		aspira,
muy poco o nada su rigor la agravia;
y es común opinión de 
		gente sabia
que cuanto más ofende
el malo al bueno, tanto más 
		aumenta
el temor del alcance de la cuenta,
que siempre es malo del 
		que mal espende.
Triunfe el pirata, pues, agora y haga
júbilo y 
		fiestas, porque el mar y el viento
han respondido al justo de su 
		intento
sin acordarse si el que debe paga,
que, al sumar de la 
		cuenta, en el remate
se hará un alcance que le alcance y mate.

		
¡Oh España, oh rey, oh mílites famosos!,
ofrece, manda, obedeced, 
		que el cielo
en fin ha de ayudar al justo celo,
puesto que los 
		principios sean dudosos,
y en la justa ocasión y en la porfía

		encierra la vitoria su alegría.
22.

Muestra su ingenio el que es pintor curioso...

Muestra su ingenio el que es pintor curioso
cuando pinta al desnudo 
		una figura,
donde la traza, el arte y compostura
ningún velo la 
		cubra artificioso:

		
vos, seráfico padre, y vos, hermoso
retrato de Jesús, sois la 
		pintura
al desnudo pintada, en tal hechura
que Dios nos muestra 
		ser pintor famoso.

		
Las sombras de ser mártir descubristes,
los lejos, en que estáis 
		allá en el cielo
en soberana silla colocado;

		
las colores, las llagas que tuvistes
tanto las suben que se 
		admira el suelo,
y el pintor en la obra se ha pagado.

Versos y pensamientos de Miguel de Cervantes Saavedra

4 citas
« ¡Oh, quién tuviera, hermosa Dulcinea, / por más comodidad y más reposo, »
Miguel de Cervantes Saavedra · A Dulcinea del Toboso
« Cual vemos que renueva / el águila real la vieja y parda »
Miguel de Cervantes Saavedra · A Fray Pedro de Padilla
« Serenísima reina, / en quien se halla »
Miguel de Cervantes Saavedra · A la reina Doña Isabel
« los éxtasis de Teresa / de Jesús »
Miguel de Cervantes Saavedra · A
Biblioteca poética

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