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Miguel D'Ors
Miguel D'Ors es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras com...
Vida
Miguel D'Ors es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.
Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.
Poemas de Miguel D'Ors
1.
Amandiño
Amandiño
Amando, Amandiño, que eras de Corredoira, cómo vuelve esta noche, con qué mágica luz, aquel baño silvestre, y nuestras cabriolas desnudas por el prado salpicado de bostas, y aquella canción tuya, amigo agreste, bucanero de siete años -«Ay, ay, ay, bendito es el borracho»-, bajando por las hondas carballeiras desmedida, insistente y en pelotas. De aquel verano todo se ha perdido menos aquella hora maravillosamente sediciosa. Después tú te quedaste por tu mundo, libre de calendarios; yo me adentré en el olor intacto de los nuevos libros. De ellos salía el camino que -cursos, gentes ciudades- me ha traído hasta esto. Y ahora que contemplo mi vida y me vienen ganas de darle una limosna, le pregunto a los años qué habrá sido de ti, Amandiño, amigo de un verano; qué habrá sido de mí. De "Curso superior de ignorancia"
2.
As time goes by
As time goes by
Decir pestes de él tiene, sin duda, un sólido prestigio literario -tacharlo de asesino, por ejemplo, o compararlo con uno de esos ciclones con nombre de corista que pasan y que dejan en los telediarios un paisaje de grandes palmeras derrocadas y uralitas errantes, o simplemente lamentarlo a base de tardes y de otoños en pálidos jardines-, pero ahora, con la mano en el poema, os lo confieso: he sido siempre yo el que salió ganando de todos nuestros tratos. A cambio de esta luz sabia y serena con la que la experiencia ilumina las cosas a mí se me ha llevado sólo la juventud, ese divino tesoro que no sirve para nada -ya lo dijo Mark Twain- puesto en las manos insensatas de un joven. De "Hacia otra voz más pura"
3.
Caballos en la nieve
Caballos en la nieve
Que esta página salve aquel momento:
la senda de hojarasca
que
sonaba encharcada a nuestro paso
bajo la rumorosa cúpula del hayedo
{ahora aspiro ese aroma fecundo del otoño),
y el remoto fulgor de la
nieve temprana:
Okolín y Sayoa. Arriba campas frías
-aquel áspero
viento que llegaba de Francia-
con bordas en ruinas. Bajo el gris
invernizo,
por un alto helechal con nieve polvorosa
-todo como una
foto en blanco y negro-,
repentino, al trote,
unos caballos de
greñudas crines.
Símbolo de otra cosa lejana (y de muy dentro)
que
yo desconocía, y desconozco,
los dejo en estos versos. Aunque nunca
consiga
saber qué significa un trote de caballos
sacudiendo la
nieve de unos helechos negros.
De "La imagen de su cara"
4.
Calendario perpetuo
Calendario perpetuo
El lunes es el nombre de la lluvia cuando la vida viene tan malintencionada que parece la vida. El martes es que lejos pasan trenes en los que nunca vamos. El miércoles es jueves, viernes, nada. El sábado promete, el domingo no cumple y aquí llega otra vez -o ni siquiera otra: la misma vez- la lluvia de los lunes. De "La música extremada"
5.
Camino de imperfección
Camino de imperfección
Joven, yo era un vanidoso inaguantable. «Esto va mal», me dijo un día el espejo. «Tienes que corregirte». Al cabo de unas semanas era menos vanidoso. Unos meses después ya no era vanidoso. Al año siguiente era un hombre modesto. Muy modesto. Modestísimo. Uno de los hombres más modestos que he conocido. Más modesto que cualquiera de ustedes. O sea un vanidoso inaguantable viejo. De "Curso superior de ignorancia"
6.
Capricornio en el paseo marítimo
Capricornio en el paseo marítimo
Mira la tarde, mira qué canción multicolor: las mobylettes felices como estrellas fugaces, quinceañeras azules con bermudas y suspensos, gaviotas acariciando el tiempo, la playa allá como una bienvenida... ¿Cuánto le habrá costado al Universo, cuántos siglos, abrazos, guerras... este momento? Apiádate. No sueltes en medio de esta hora el paquidermo mustio de tu filosofía. De "Es cielo y es azul"
7.
Carta
Carta
A ti, que serás siempre La Ignorada,
a ti, qúe llegaste a quién sabe
qué lugar
cuando yo acababa, ay, de salir de él,
o perdiste aquel
tren, no sé cuál, que te hubiera traído
al centro de mi vida,
o
estabas en un banco de algún parque
un día que yo no quise pasear
entre las hojas verlenianas,
a ti,
por la chacarera de tu mirada
que nunca he visto,
por ese corazón que desconozco y es como una
playa de
setiembre,
a ti, por todo
lo que me habría obligado a amarte,
a ti, que me habrías amado hasta
nunca,
que ahora puedes estar llorando
en la luz fría de una
habitación de hotel,
o con tus hijos en el British Museum,
o ves
el arco iris en una telaraña,
o piensas en mí sin saber que soy yo,
a ti, retrospectiva, condicional, perdida,
dondequiera que estés,
este poema.
De "Curso superior de ignorancia"
8.
Carretera
Carretera
(Homenaje a A. T.)
Invierno gris sobre las sementeras
hurañas de Castilla. Atrás quedaron
-niebla harapienta y hielo- los
peñascos
de Pancorbo, y la tarde palidece
tras este parabrisas de
mosquitos
estrellados. La carretera, eterna
-en la cuneta, un
repentino vuelo
de urracas-, va esfumándose a lo lejos,
en el
futuro. Por la radio insisten
los políticos. Pasan camiones
porcinos hacia Burgos. (Y algún tiempo
después pasa su olor).
Villamartín,
Villarramiel, Frechilla, Villalón
de Campos, tantos
fantasmales pueblos
de adobe -una bombilla solitaria
ya encendida
(¿por quién?)- de los que aún
no se borró la antigua bienvenida
de
yugos y de flechas, espadañas
con olvidados nidos de cigüeña,
andrajos de carteles de algún circo...
Tras este parabrisas de mosquitos
estrellados -el día ya
apagándose-,
postes y postes. Postes que sostienen
pentagramas de
pájaros sombríos.
Postes como de un sueño.
Pero mira
esos cables y anímate, muchacho:
acaso por alguno de
ellos va
ahora mismo -la vida no es tan negra,
al fin y al cabo-,
tembloroso de
pura belleza, hacia cualquier oído
perdido en la
espaciosa y triste España,
uno de esos poemas que recita
tu amigo
Andrés Trapiello por teléfono.
De "La imagen de su cara"
9.
Como el agua
Como el agua
Como el agua se afana callada bajo el trigo, como la tierra, humilde, elabora metales y eleva hasta la rosa la hermosura, así, de esa manera, escribirás tus versos: sólo en hondo silencio germinan las palabras luminosas. De "La música extremada"
10.
Contraste
Contraste
Ellos que viven bajo los focos clamorosos
del éxito y poseen
suaves descapotables y piscinas
de plácido turquesa con rosales
y
perros importantes
y ríen entre rubias satinadas
bellas como el
champán,
pero no son felices,
y yo que no teniendo nada más que estas
calles
gregarias y un horario
oscuro y mis domingos baratos junto
al río
con una esposa y niños que me quieren
tampoco soy feliz.
De "Curso superior de ignorancia"
11.
De
De
misterio
¿Quién soy
-Este intervalo de misterio
entre la rosa ardiente que corto para ti
y la rosa sombría que mi mano te tiende.
De "Curso superior de ignorancia"
12.
Ella
Ella
Es misteriosa como el tiempo y el mercurio, delirante y exacta, álgebra y fuego. Cuando nadie la espera, coronada de escarcha baja tarareando con pies maravillosos por entre los helechos. Muchos enamorados consagraron su vida a llamarla, elevaron laboriosos palacios para ella y no condescendió ni a una mirada. No sirve para nada y son millones los que viven por ella. Cuando piensas que prefiere los locos y vagabundos, pasa del brazo de un ministro o Mr. Eliot. Es papeles manchados de tinta y es el mundo con hogueras y robles, despedidas, los Andes, la luna azul y Concha Valladares. Su rostro constantemente cambia, inconstante. Y no cambia. Bécquer la confundió con el Amor y es una forma de no ser feliz. De "La música extremada"
13.
Es lo que llaman gloria
Es lo que llaman gloria
Desconocidos que te escriben cartas. En tus versos, confiesan -entre un torpe amasijo de entusiasmo, inocencia y metáforas ciegas-, reconocen su vida. Muchachos que han quemado unos pedazos de sus mejores años componiendo, con la más despiadada sinceridad, poemas tuyos (que te parecen tan mediocres como los tuyos tuyos). Antologizadores que te ponen, como ropas extrañas, adjetivos, etiquetas, propósitos que jamás soñarías. Amigas de tus hijas que te estudian en Lengua y que tienen que hacer un comentario de texto (¿o cementerio?) y te preguntan sobre las estructuras. Hispanistas que vienen a enseñarte quién eres. Y tú siempre dudando -y dudando tus dudas- si es que ellos no se enteran de nada, o si tal vez están burlándose de ti, confabulados en una broma cósmica (pero esto me parece demasiada crueldad para ser verosímil), o si acaso -y entonces eres tú quien no se entera- de tu boca sale la voz incandescente de un algún ángel -pero esto es ya ponerse demasiado sublime-. Sólo hay dos cosas claras: que por alguna parte hay un malentendido y que todo este embrollo es lo que llaman Gloria. De "Poesías escogidas"
14.
Esposa
Esposa
Con tu mirada tibia alguien que no eres tú me está mirando: siento confundido en el tuyo otro amor indecible. Alguien me quiere en tus te quiero, alguien acaricia mi vida con tus manos y pone en cada beso tuyo su latido. Alguien que está fuera del tiempo, siempre detrás del invisible umbral del aire. De "Chrónica"
15.
Fatum
Fatum
Ese niño que llega, cartera remolona, botines desatados, al colegio de Sánchez no sabe que sus pasos felices por Sevilla -luz, patios, calles, cales- le acercan a Collioure. París, rue Vaugirard. Ese muchacho gris y desmadejado que avanza hacia el otoño verleniano del hondo Jardín de Luxemburgo no sabe que camina hacia Collioure. Por la alameda de oro -Soria pura-, lentos enamorados demorándose, mirándose en el Duero -Soria pura-. La novia, con manos inocentes, sacude la ceniza -tiza acaso- del hombro del poeta, que no sabe que tan dulces senderos le llevan a Collioure. El señor que, enlutado como un cirio, con su bastón y pasos soñolientos -domingo provincial- sube a los olivares de Baeza no sabe que sube hacia Collioure. El viejo arrebujado en sus recuerdos que mira cómo pasan, vertiginosos, los naranjos por la ventana del coche, y los aspira -Levante azul-, no sabe que por aquella ruta de flores y palomas y muchachas se está acercando a Collioure. Un súbito frenazo, la puerta abierta, el frío látigo de la lluvia. Sale a la noche y anda entre voces anónimas, oscuras, y olor a bajamar. La lluvia. Unas preguntas francesas, tan extrañas como un sueño, la lluvia, los papeles, la lluvia, los gendarmes mojados alzando la cadena fronteriza. Igual que un sueño todo. Francia, ya clareando, y aquel cartel: «CPLLIOURE», nombre jamás oído. No sabe que allí estaba, desde siempre, esperándole su muerte. De "Codex 3"
Versos y pensamientos de Miguel D'Ors
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