Miguel Arteche

Biografía y amplia selección de poemas de Miguel Arteche. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica. Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Antología lírica (12 poemas seleccionados)

Amargo amor

Teje tu tela, teje de nuevo tu tela;
deja que el mes de junio
azote el invierno de mi patria;

teje la tela de acero y de cemento;
junta tus hilos uno a uno,
oh hermoso tejedor;

forma tu tela con fuertes lazos,
con orgullosos rastros de
sueño.

Toda la tierra está en las colas del amor;
en las ciénagas del
amor podridas están las manzanas.
Cada día tiene un eco, un paso, un
rastro, gemido;

cada día la estancia recibe la visita del cuerpo en el lecho;

cada día hay una mano que desnuda;
cada día descansa la ropa en las
sillas brillantes por el polvo.
Teje tu tela, oh hermoso tejedor;

teje los restos de los cuerpos que se unieron.

Entre tus hondos pechos de relámpagos quietos,
entre tu vientre
oculto de cesto dividido,

en la cálida ráfaga que viene de tu abrazo,
fui un día tu
sombra, el "cuándo" entristecido,

el "adónde" que lleva hacia una muerte cierta.
Ya moriré algún
día sin preguntar qué pasa,

qué pasa entre tus hombros, en el temblor de espiga
de tu
escorzo de nieve,
qué viene por los ecos que acarician tu pelo,

qué flechas encendidas acumulan tus manos,
qué enamorado
encuentro ha de tocar tu beso.

No es para volver, no es para cantar
sino tu verde corazón
transfigurado,
la melodiosa sombra que duerme en tus pupilas,

el afán escondido que tenía tu ausencia.

Recógeme, amor mío,
con tus cálidas plumas;

recógeme y húndeme tu ternura llagada;
colócame en tu olvido,
recógeme cantando.

No es para que preguntes, no es para que indagues
el sitio donde
puse mi corazón hundido;

recógeme, ahora, para estar en lo ausente,
sin preguntar qué
ocurre, qué pasa, por qué vuelves

tu cabeza de ausente firmamento.

Cae ahora hacia mi lado;
vuelve

a dividir tu cuerpo, a derramar tu furia,
hasta que te
estremezca el nombre del combate

que a muerte libraremos, esa pasión a muerte
entre tú y yo: un
huracán de manos

nos hallará apretados en los dones sin término
de una tierra
total.

Miguel Arteche

Arpa rota en la lluvia

Cuando la lluvia tenue detiene los recuerdos

sobre el mar solitario; cuando el tren ha pasado
dejando en los
durmientes sus metálicas furias;

cuando tiembla el almendro tocado por los muertos;
cuando la
breve música te borra las distancias

y silencioso escuchas que tu cuerpo ha partido,
que sólo estás
en otro cuerpo que te recuerda,

vibra tu mano rota mordida por la lluvia.
Murmullos de la
muerte, que ascienden lentamente

por tu cuerpo deshecho, hace brotar la lluvia,
cuando alguien
pisotea tu cabello extendido

y tu ramaje yerto poblado por el viento.

Miguel Arteche

Canción a una muchacha ajedrecista muerta

Llueve sobre el verano del tablero.
En blanco y negro llueve sobre
ti.

Nadie controla tu reloj: te espero
para jugar allí.

¿Tú
mueves o yo muevo? Quién lo sabe.

Quién sabe si allá juega o juega aquí.
De pronto tu tablero es
una nave

que te lleva y nos lleva hacia un jardín.

Hacia un jardín
remoto de caballos

que inmóviles nos miran, y a un alfil
que negro lanza rayos,
rayos, rayos,

y hace mil años que está de perfil.

Hacia un jardín remoto de
tres torres

donde una dama blanca va hacia ti,
te llama a ti, y tú hacia ella
corres

y no hay en ella fin.

Donde un peón ha roto ya los sellos

y te ciñe las sienes de marfil,

y un rey recoge ahora tus cabellos
para cubrir con ellos su
país.

Hacia un jardín remoto al mediodía,
donde el agua se tiende en
su dormir,

y ya no hay sed y nunca hay todavía
y hay un árbol de sol en el
jardín.

Sólo que tú no estás. Y está la luna
cayendo interminable en el
jardín

sobre las soledades de una cuna.
Y hay olor de silencio y de
partir.

Miguel Arteche

Canción del alfil negro y la dama blanca

Negro el Alfil contra la Dama blanca,
negro el Alfil apunta a la
garganta

de la blanca Dama,
de la Dama blanca.

Negro el Alfil
dispara y se adelanta.

Negra es la bala que va hacia la garganta
de la Dama blanca,

de la blanca Dama,

de la Dama blanca.

Negro es el rayo que el Alfil levanta,

negro el sonido negro corre a la garganta

de la Dama blanca,
de la blanca Dama,
de la Dama blanca.

Blanca es la Dama, blanca es su garganta.
Pero el cáliz levanta

con su blanca mano,

con su mano blanca
con su mano blanca.

Miguel Arteche

Canto

de partida

¡Recíbeme, recíbeme en la noche, oh viejo viento de junio,

mientras regreso bajo las suaves estrellas silenciosas;
viento
amado del invierno, viento de lluvia y eco,

recíbeme hasta el último suspiro de tu pecho,
y, ahora que
regreso, oh noche, espérame en tu puerta!

Y de improviso todo el viento se ha soltado,
todo el viento se ha
puesto a gemir por la tierra,

pero a mi lado, mientras regreso,
alguien resguarda mis pasos,

y siento una suave sombra
venir hasta mi encuentro.

¿Eres
tú, fuiste tú, eres tú en esa noche,

eras tú en esa triste, delgada espera sombría,
eras aquel
fantasma que surgía en mi cama

a medianoche? ¿O eras una mañana
llena de fugitivos pájaros

que pasaban amándose sobre el asfalto fresco?

¿Eras tú, fuiste tú esa pequeña
llama que por mi espalda sentía
silenciosa?

¿Eras tú, amor final, amor que nunca
resbaló por tus ojos -¡oh
luz ausente y querida!-,
eras como ese encuentro que el amor abre a
tajos

para dejar ternura con soledad y frío?

No, no eras eso. Pero
tal vez fuiste eso.
Tal vez abres los ojos para mirar la suave

luz de otra primavera pasada por tus ojos;
tal vez sientes de
nuevo que el tiempo no ha pasado

por tu cuerpo delgado (o que tal vez ha pasado),
tal vez
preguntas algo, y en tu boca se duerme
como otras veces la trágica y
oscura luz de la ausencia.

Amor olvido, amor lluvia, amor deseo, amor distancia:
he
regresado a mi casa, atravesando

el parque silencioso, bajo las sombras
de junio -cansado y
solitario-,

mientras giraba todo en mi cabeza
como las hojas que escapaban:
cantando

por adentro, pensando qué es lo que fluye,
qué es lo que parte,
qué es lo que vuelve;

y aunque me he perdido sin nada, con algunos
nobles amigos, sin
poder retener

lo que vivieron y amaron y compartieron conmigo,
pido sólo el
temblor del viento entre la tierra

húmeda de este parque bañado por los pasos
fugitivos: amor
viento, amor agua, amor distancia.

Temblando fue la estrella recorrida, temblando.
Temblaba el
cuerpo estrella ceñido entre mi labio.
Temblando mi distancia se
acercó a tu distancia.
Temblando entró el recuerdo desde que nos
encontramos.

No quiero volver, no quiero
regresar a tu vida, pero tal vez
quiero

volver a tu distancia. ¿Recuerdas que me hablabas
desde un lugar
lejano, aunque estuvieras cerca?

¿Recuerdas que estudiabas con tormento
cuando en el patio la
lluvia

empezaba a caer, menudamente, y los viejos compañeros
corrían a
refugiarse al corredor marmóreo

y espectral, en la luz del invierno?
No, no recuerdas, pero yo
recuerdo

el vidrio frío donde apoyaste tu mano
para dejar apenas una
ráfaga triste

y encendida y lejana.

Y ahora ha llegado junio y en la noche
callada

miles de corazones duermen en la penumbra,
y recuerdo la dorada
leyenda de los años

de juventud furiosa en la ciudad, las tardes
de verano ardoroso,
los pies sobre escaleras

de metal, los avisos eléctricos cansados
con pupilas de rojos
párpados, los libros

de poesía mordidos en la noche. ¡Y ahora, adiós,
adiós calles,
adiós conversaciones

sobre el destino del hombre, adiós señuelo amargo
que encandiló
los ojos de nuestra adolescencia,

adiós suave medusa, adiós puerta cerrada!

Es la hora, es la
hora en que debemos morir;

es la hora para rodar en la noche
abrazados, besando de estrella
a estrella,

de furia a furia, de hueso a hueso;
es la hora para apretar la
angustia

de pecho a pecho, para dejar la muerte
derrotada, perdida,
moribunda en el suelo;

es la hora para morir cantando
de nuestras muertes; es la hora
para que tú dejes

tu muerte entre mi muerte, amor, amor mío.
Quiero el amor dejar
escrito entre tu pelo,

quiero dejar ardiendo tus ojos silenciosos,
para que no haya
olvido, porque es la hora

en que debemos morir, es la hora
de la partida, sí. ¡La hora, la
hora, por favor!

¡La hora, por favor, dígame, dígame el tiempo
para rodar
cantando, apretados, mordiendo,

para rodar los dos en una sola muerte!

Miguel Arteche

Comienzo

El
jardín se ha posado en mi jardín.
Toda su galaxia resplandece a
medianoche.

Los árboles destellan, las flores fulgen.
Tiene el césped una
tersura de nimbo.

Bajan los Transparentes
y de sus cuerpos surgen peldaños de
escala.

Los Radiantes me llaman con sus cristales.
Mis años descienden
en el cáliz de un instante.

Los Centelleantes me han rodeado
y me tienden sus ojos de oro.

El amor es una paloma de fuego que elevan.
Por fin llegaron.

Miguel Arteche

Dama

Esta dama sin cara ni camisa,
alta de cuello, suave de cintura,

tiene todo el temblor de la hermosura
que el tiempo oculta y el
amor desliza.

Esta dama que viene de la brisa
y el rango lleva de su propia
altura,

tiene ese no sé qué de la ternura
de una dama sin fin, bella y
precisa.

Aunque esta dama nunca duerma en cama
parece dama sin que sea
dama

y domina desnuda el mundo entero.
Esta dama perdona y no
perdona.

Y para eso luce una corona
esta dama que reina en el tablero.

Miguel Arteche

De pronto en una playa interminable

Toco en la oscuridad las cerraduras.
¿Cómo llegué hasta aquí?

Es una extraña casa
que rodean tinieblas, y me llaman.

¿Quién eres tú, la que me canta?
Recuerdo ahora el mar. ¡El mar!
Si yo pudiera

volver al mar a aquella playa
donde llovía siempre. Allá arriba
las verdes colinas

y más allá la tierra escarlata, y la Gran Cordillera
que vigila
volcanes, el viento que sopla desde allí,

y el cielo de cristal.
Nadie en las dunas.
La lluvia ahuyenta

y me deja solo en esta playa de pronto interminable.

Como el mar es la casa, como la lluvia sus muros.
Siento mis
pasos: ya están aquí, y abro la puerta.

¿Cómo cruzar el fuego que arde entre tus pasos y los míos?
¿Quién
me trajo a estos muros que se encienden y se apagan?

Y entro en otros cuartos que se abren a otros cuartos,
y el
silencio es un cíngulo dormido en los dinteles.

La imperceptible niebla empapa las recámaras,
pisa los zócalos,
roza ventanas, hunde los lechos.

Mis pasos se adelantan al llegar a la sala, al llegar a la mesa,

al llegar al libro abierto de polvo,

al libro y a la mesa que nadie ha tocado en mil años,
y nadie
vendrá.
Pero ahora la niebla

toca con su frente los umbrales.
Ya no hay nadie en la casa. (Si
hubiera alguien,

¿a quién amar ahora?). Toco la mesa
y la mesa se ilumina.

Toco las cerraduras
y las cerraduras se abren.
Toco en la
oscuridad los muros,

y los muros se apartan,
y escucho en el silencio de la sangre el
río que me habla

sobre esta oscuridad.

Miguel Arteche

Distancia de dos

¿Desde dónde surgiste para encender la llama
sobre la nieve sola?
¿Desde dónde los suaves

besos se levantaron sobre tu piel perdida,
enamorada sombra de
unos días lejanos?

Cuando hacia ayer subimos, bajaba tu silencio
de la nieve y los
ríos. No teníamos nada

sino un pasado apenas dibujado en el cuerpo
y un encuentro de
estrellas dormidas en las manos.

Tiembla el viento en la noche, tiembla otra vez la noche
bajo el
ansia que vuelve. Temblabas de nostalgia.
Amor, hasta la muerte la
noche se hizo tenue,

se hizo larga caricia sobre tu pelo amargo.

Lo distante es
aquello que apenas ha pasado.

Por eso nombro ahora la primavera lenta
que subiste cantando,
sin nada más, con viento

sobre la enamorada distancia de los campos.

No sé, no sé
hasta dónde quedaré repitiendo

tu nombre, la mirada de tus ojos distantes,
fugaz entre la dura
cordillera de nieve,
presente ausencia apenas derramada en mi brazo.

No sé, no sé hasta cuándo durará la distancia
y ese espacio de
adiós dormido en tu garganta.
No sé, no sé en qué tiempo se hará
ceniza y humo,

amor, bajo la noche, todo lo que juntamos.

Miguel Arteche

El agua

A media
noche desperté.
Toda la casa navegaba.
Era la lluvia con la lluvia

de la postrera madrugada.
Toda la casa era silencio,
y eran
silencio las montañas
de aquella noche. No se oía
sino caer el
agua.

Me vi despierto a medianoche
buscando a tientas la ventana;

pero en la casa y sobre el mundo
no había hermanos, madre, nada.

Y hacia el espacio oscuro y frío
y frío el barco caminaba

conmigo. ¿Quién movía
todas las velas solitarias?

Nadie me dijo que saliera.
Nadie me dijo que me entrara,
y
adentro, adentro de mí mismo
me retiré: toda la casa.

Me vio en el tiempo que yo fui,
y en el seré la vi lejana,
y
ya no pude reclinar
mi juventud sobre la almohada.

A medianoche busqué
mientras la casa navegaba.
Y sobre el
mundo no se oyó
sino caer el agua.

Miguel Arteche

Escrito al amanecer

... la más suave doncella

me vierte el aguamanos en jofaina de plata;

me sirve pan y vino sobre mesa pulida

antes de que se acerque la noche.

Y me dormí pensando en él,
mientras la nieve

cae profundamente en mi pasado, y cae
sobre este mar de tinta.
Por la noche y el alba

siguió la nave sola.
La esperanza perdí
de encontrarlo.

Nadie había en la nave;

y en las islas del viento
nadie me dio noticias de mi padre,

ni más allá en la tierra de la pócima mágica.
Por el alba y la noche
siguió sola la nave.

Ahora sé que está muerto, que es inútil la nave,
inútil es el
mar y todos los conjuros;

no importa donde esté, si en alguna ribera
sus huesos se
deshacen en los dientes del viento:

inútil suena todo. Nunca estuvo conmigo,
ni siquiera el sueño me
ha traído sus ojos.

Por el alba y la noche volvió la nave al puerto.

Miguel Arteche

Este

es el fin del
Cristo abandonado

Este es el fin del Cristo abandonado,

el fin de la lanzada, el clavo y el vinagre,

el nunca más de la Resurrección,

el siempre de la muerte en el Sepulcro,

el fin del pan que multiplica

la sangre, el fin del buen ladrón y Magdalena,

el fin del hombre Lázaro sin muerte.

Este es el fin del traidor en Judas,

del cobarde en tu Juan,

el fin de la ramera perdonada,

la huida en Mercader y a latigazos,

el balbucear del rico que entra al cielo

cada cien mil años, y el sisear del pobre

descoyuntado a huesos por el rico.

Esta es la fuga a noches en el asno,

el apagarse de la estrella,

el reventar de los belenes, el estallido

de la pregunta que no dice

José de Arimatea.

Este es el fin

del centurión y de los lirios

del campo (mirad los lirios del campo, y Salomón

con toda su gloria

no pudo alimentarte).

Este es el fin: buscadme ahora,

decidme ahora que no sea

el fin de la Palabra

(en el principio de la Palabra, en el principio

las Tinieblas que jamás

se van), y el Río que a los mares

se va, según el Cristo, y el Cristo no regresa:

se va, se fue: lo dejo escrito

a ver si no es el fin, a ver si en esta noche

Tú no me has abandonado.

De "Para un tiempo tan breve"

Miguel Arteche

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