Amargo amor
Teje tu tela, teje de nuevo tu tela;
deja que el mes de junio
azote el invierno de mi patria;
teje la tela de acero y de cemento;
junta tus hilos uno a uno,
oh hermoso tejedor;
forma tu tela con fuertes lazos,
con orgullosos rastros de
sueño.
Toda la tierra está en las colas del amor;
en las ciénagas del
amor podridas están las manzanas.
Cada día tiene un eco, un paso, un
rastro, gemido;
cada día la estancia recibe la visita del cuerpo en el lecho;
cada día hay una mano que desnuda;
cada día descansa la ropa en las
sillas brillantes por el polvo.
Teje tu tela, oh hermoso tejedor;
teje los restos de los cuerpos que se unieron.
Entre tus hondos pechos de relámpagos quietos,
entre tu vientre
oculto de cesto dividido,
en la cálida ráfaga que viene de tu abrazo,
fui un día tu
sombra, el "cuándo" entristecido,
el "adónde" que lleva hacia una muerte cierta.
Ya moriré algún
día sin preguntar qué pasa,
qué pasa entre tus hombros, en el temblor de espiga
de tu
escorzo de nieve,
qué viene por los ecos que acarician tu pelo,
qué flechas encendidas acumulan tus manos,
qué enamorado
encuentro ha de tocar tu beso.
No es para volver, no es para cantar
sino tu verde corazón
transfigurado,
la melodiosa sombra que duerme en tus pupilas,
el afán escondido que tenía tu ausencia.
Recógeme, amor mío,
con tus cálidas plumas;
recógeme y húndeme tu ternura llagada;
colócame en tu olvido,
recógeme cantando.
No es para que preguntes, no es para que indagues
el sitio donde
puse mi corazón hundido;
recógeme, ahora, para estar en lo ausente,
sin preguntar qué
ocurre, qué pasa, por qué vuelves
tu cabeza de ausente firmamento.
Cae ahora hacia mi lado;
vuelve
a dividir tu cuerpo, a derramar tu furia,
hasta que te
estremezca el nombre del combate
que a muerte libraremos, esa pasión a muerte
entre tú y yo: un
huracán de manos
nos hallará apretados en los dones sin término
de una tierra
total.