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Mía Gallegos · Coreografía
Biografía y amplia selección de poemas de Mía Gallegos. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Mía Gallegos. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Para mí amigo Carlos Cortés En fin que no he vivido nada. No sé qué cosa es una guerra y tengo como prisión al cuerpo y alma como campo de batalla. Me debato entre la duda de reflexionar o fluir; esto es situarse en el palco de los espectadores, o estar en cada íntimo instante del milagro. Vivo de pedacitos, pero aspiro a la totalidad, es decir a Mozart y al poema que me redima y me revele los espacios absolutos y la nada. Percibo de mí los sitios más secretos: la culpa, una tercera conciencia de las cosas, la dualidad del pensamiento, la ira pequeña por lo que ya ocurrió. Pero he vivido poco. Treinta años. Dos amores de piel y un querer abandonar esta espera que me señala la vida. Anhelo la anarquía, el más tierno desorden del amor, la cábala los relojes de arena y una habitación sencilla. Quiero tener un destino trazado de antemano, encontrarme con Dios y los abismos y no tener conciencia de la llama. Ser la llama misma y la aventura. Pero vengo de soledades últimas, de conversaciones que nunca concluyeron, de espejos que me miraron desde la infancia hasta ahora, de abandonados armarios de caoba que fueron de tías o de abuelas remotísimas. Cuán poco he vivido. No conozco la guerra. Y tampoco la paz. Me duele la orfandad, el desarraigo, el sentirme extranjera en cualquier sitio, el no pertenecer a una familia o a una patria. No puedo narrar una batalla; ni hablar del hambre y de la peste, ni escribir la canción de algún soldado herido, ni hablar de mujer violada, ni decir cómo es un cementerio después de una llovizna. Pero anhelo decir en el poema que la vida me conmueve, que respiro mejor cuando me entrego, que necesito amar de la manera más simple y primitiva. Me gusta la paz y la defiendo y la guerra cuando es justa, y el sabor de las mandarinas cuando llega el verano, que me gusta ser una y arraigarme en el cosmos, y sentir que mi vida palpita al mismo tiempo que la vida, aunque no haya vivido, aunque mi hambre sea de infinito, aunque no sepa expresar que por alguna razón precisa estoy aquí, a punto de vencer, a punto de morir, de vivir.
III Me aferro al cuerpo como único reducto permitido. Carezco de sitios de ternuras y llantos. De nuevo palpo la llama del pájaro quebrado. Busco abrigo en lana. He puesto mis pies debajo de las aguas y por la presión de mis párpados callados sé que no soy ni siquiera una isla. VIII Vivir, ya he dicho: Tener sobre las manos un fajo de papeles: un lápiz, libros, dibujos, sueños. El alma al descubierto vulnerable. Estar así. Beberse a uno mismo. Sollozar. Tomar el invierno para tejer una mansión de lino Vigilantes los senos, escondidos en la piel. Vibrar Repasar las camisas, acomodar los sueños, dejar en perfecta armonía los clavos, la canela, el azúcar y los aromas. Dejar el alma al despoblado, musitar pequeños versos de Sor Juana, olvidar castigos y derrotas. Recordar el olor de un verano en Guanacaste. Fruncir el ceño por placer , sonreír por malicia. Vivir, acodada entre sombras, aniñando los ojos y olvidar, olvidar.
claustro elegido No busco nada. A nadie aguardo en este día. Esperar es una de las raras estratagemas de Dios para detenernos en un punto. Mi país: montaña verde y lluvia. Un caballo se pierde en la llanura imaginada, que ahora está vedada a mis ojos. Busco la intensa reflexión: la de los libros amigos, la luz interna que preciso para vivir, el candil de oro, el Eclesiastés y la paciencia de Job. A mi edad y en un país de lluvia, el claustro es una elección. Ahí se pierden los contornos. La vida se diluye en un ir y venir del trabajo al café, del café a la taberna. Busco la infancia que soy: la llanura, la sombra del árbol gigantesco, el único mar sin fondo, el caballo desbocado en su furia, el verdor de la montaña junto al cielo. Me gusta quedarme a solas sintiendo como la sangre me nutre de nuevas vestiduras. A solas me pertenezco. No hay dicotomía entre el espejo y yo. Una vive y la otra sueña. Juntas recordamos a un hombre. Juntas hemos escrito estos versos.
VII Al amor llegué con un grito de seda y puse las dos mejillas, el cuerpo y la conciencia. Nada quedó de mí, ni siquiera una carta, ni siquiera un espejo en donde reconocerme. Mas aprendí a pasar por el ojo de la aguja, es decir a perdonar sinceramente. A dejar la piel en el alambre, a dolerme desde los pies a la cabeza. Lo perdí todo. Y cuando entendí que no sabía defenderme de la gente, respondí con una bofetada de ternura, porque yo sé que sólo los dulces heredarán la tierra.
En mi habitación tejo el viento.
Ignoro si son remotas mis lágrimas
o si están guardadas al lado de amarillas
fotografías,
junto a dedales y agujas que sollozaron.
Cavilo uniendo las puntas de la aguja
con la lana.
Desatiendo la espera.
Tejo y olvido.
De pronto pierdo el punto
y un agujero se deshace sobre el sillón
y mis manos.
Quedo entrelazada toda
en un ovillo de amor y lumbre.
No sé
si tejo para esperarte
o si trazo en círculos
el viento
y mi mortaja.
II Hay dos caminos en mi vida. Siempre los hubo. En cada uno hallé un ánfora con el agua hasta los bordes. De las dos aguas he bebido hasta saciarme. Mas ahora, he llegado al final de cada trecho y las aguas han sido consumidas. Me coloco el peplo y te escojo a ti, vida, como tercer camino.
de la tierra soy III Hija la tierra soy. Amante de la muerte. A menudo en mis sueños la verdad se revela por completo. Crecen mis manos y mis pies hasta enroscarse en un enorme tronco. Deja que sea yo quien te penetre. Aunque sea por una sola vez. Soy dueña tan solo de mis lágrimas. No sé llorar por dentro.
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