« Alguien pasa y pregunta / por los jazmines, madre. »
Meira Delmar · Alguien pasa
Biografía y amplia selección de poemas de Meira Delmar. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Meira Delmar. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Alguien pasa y pregunta por los jazmines, madre. Y yo guardo silencio. Las palabras no acuden en mi ayuda, se esconden en el fondo del pecho, por no subir vestidas de luto hasta mi boca, y derramarse luego en un río de lágrimas. No sé si tú recuerdas los días aún tempranos en que ibas como un ángel por el jardín, y dabas a los lirios y rosas su regalo de agua, y las hojas marchitas recogías en esa tu manera tan suave de tratar a las plantas y a los que se acercaban a tu amistad perfecta. Yo sí recuerdo, madre, tu oficio de ser tierna y fina como el aire. Una tarde un poeta recibió de tus manos un jazmín que cortaste para él. Con asombro te miró largamente y se llevó a los labios, reverente, la flor. Se me quedó en la frente aquel momento, digo la frente cuando debo decir el corazón. Y se me va llenando de nostalgia la vida, como un vaso colmado de un lento vino pálido, si alguien pasa y pregunta por los jazmines, madre.
Si acaso al otro lado de la vida otra vez, por azar, nos encontramos, ¿se reconocerán nuestras miradas o seremos tan sólo un par de extraños? De todos modos te amaré lo mismo. Juntos. O separados.
Detenida en el río translúcido del viento, por otro nombre, amor, la llamaría el corazón. Nada queda en el sitio de su perfume. Nadie puede creer, creería, que aquí estuvo la rosa en otro tiempo. Sólo yo sé que si la mano deslizo por el aire, todavía me hieren sus espinas.
Llegas cuando menos
te
recuerdo, cuando
más lejano pareces
de mi vida.
Inesperado como
esas tormentas que se inventa
el viento
un día inmensamente azul.
Luego la lluvia
arrastra sus despojos
y me borra tus huellas.
Y yo también como la tarde toda me tornaré dichosa para quererte y esperarte. Iluminada de tus ojos vendrá la luna, vendrá la luna por el aire. Tú me querrás inmensamente. Mi corazón será infinito para la angustia de tu frente. Yo te daré los sueños míos: amor, dolor, sencillamente. Después será la enamorada sonrisa, el beso, la memoria llena de ti, maravillada. Y el gozo azul de estar contigo fuera del tiempo, sin palabras. De golondrina en golondrina nos llegará la primavera de la mirada pensativa. Y un mismo cauce de dulzura tendrán las rosas y los días. Yo te daré los sueños míos: amor, dolor, sencillamente.
Te escribo, amor, desde la primavera. Crucé la mar para poder decirte que, bajo el cielo de la tarde, Roma tiene otro cielo de golondrinas, y entre los dos un ángel de oro pasa danzando. La cascada de piedra que desciende por Trinitá dei Monti hasta la plaza, se detuvo de pronto y ahora suben azaleas rosadas por su cuerpo. Los árboles repiten siete veces la música del viento en las colinas, y el húmedo llamado de las fuentes guía mis pasos. Más bella que en el aire una rota columna hallé en el césped, caída en el abrazo de una rosa. Cuando fluye la luz, cuando se para el tiempo, asomada a los puentes Roma busca su imagen sobre el Tevere, y en vez del nombre suyo ve que tiembla tu nombre, amor, en el rodante espejo.
No es el tiempo
el que
pasa.
Eres tú
que te alejas
apresuradamente
hacia la sombra,
y vas dejando caer,
como el que se
despoja
de sus bienes,
todo aquello que amaste,
las horas
que te
hicieron la dicha,
amigos
en quienes hubo un día
refugio tu
tristeza,
sueños
inacabados.
Al final, casi
vacías las manos,
te preguntas
en qué momento
se te fue la vida,
se te sigue yendo,
como u hilo de agua
entre los dedos.
Dejo este amor aquí para que el viento lo deshaga y lo lleve a caminar la tierra. No quiero su daga sobre mi pecho, ni su lenta ceñidura de espinas en la frente de mis sueños. Que lo mire mis ojos vuelto nube, aire de abril, sombra de golondrina en los espejos frágiles del mar... Trémula lluvia repetida sin fin sobre los árboles. Tal vez un día, tú que no supiste retener en las manos su júbilo perfecto, conocerás su rostro en un perfume, o en la súbita muerte de una rosa.
Cuando llegué te habías ido del brazo de otro amor. Y no quise decirte: «Vuelve, perdóname esta vez, se me hizo tarde, fue un pequeño descuido de la vida, una leve distracción del destino». Aquel silencio que selló mis labios me hiere todavía el corazón.
A la hora del alba cuando el sueño me abandona, recorro los momentos de nuestro amor, en busca de los rostros de entonces, los sueños, las palabras. Todo en vano. Nos fue borrando el tiempo, sus implacables manos, deshaciendo los cuerpos para sólo dejarnos, viva llama, que no cesa de arder en el vacío.
Cuánto te quise, amor, cuánto te quiero, más allá de la vida y de la muerte. Y aunque ya nunca más he de tenerte, eres de cuanto es mío lo primero. Más que el sol del estío, verdadero, tu recuerdo mitiga, por mi suerte, la sombra que me ciñe, y se convierte en la luz que ilumina mi sendero. Nada ni nadie desterrar haría de mi frente aquel tiempo jubiloso en que eterna la dicha parecía. Contra el olvido y su tenaz acoso defenderá por siempre y a porfía su condición de escudo milagroso.
Tú estarás lejos. Yo dejaré la vida como un ramo de rosas que se abandona para proseguir el camino, y emprenderé la muerte. Detrás de mí, siguiéndome, irán todas las cosas amadas, el silencio que nos uniera, el arduo amor que nunca pudo vencer el tiempo, el roce de tus manos, las tardes junto al mar, tus palabras. Si donde estés tú oyes que alguna voz te nombra, seré yo que en el viaje te recuerdo.
El milagro Pienso en ti. La tarde, no es una tarde más; es el recuerdo de aquella otra, azul, en que se hizo el amor en nosotros como un día la luz en las tinieblas. Y fue entonces más clara la estrella, el perfume del jazmín más cercano, menos punzantes las espinas, Ahora, al evocarla creo haber sido testigo de un milagro.
Este día con aire de paloma será después recuerdo. Me llenaré de él como de vino un ánfora, para beberlo a sorbos cuando quiera recuperar su aroma. Antes que vuele hacia el ocaso, antes de ver cómo se pierde entre la noche.
Como ir casi juntos pero no juntos, como caminar paso a paso y entre los dos un muro de cristal, como el viento del Sur que si se nombra ¡Viento del Sur! parece que se va con su nombre, este amor. Como el río que une con sus manos de agua las orillas que aparta, como el tiempo también, como la vida, que nos huyen viviéndonos, dejándonos cada vez menos nuestros y más suyos, este amor. Como decir mañana y estar pensando nunca, como saber que vamos hacia ninguna parte y sin embargo nada podría detenernos, como la mansedumbre del mar, que es el anverso de ocultas tempestades, este amor. Este desesperado amor.
Huésped sin sombra Nada deja mi paso por la tierra. En el momento del callado viaje he de llevar lo que al nacer me traje: el rostro en paz y el corazón en guerra. Ninguna voz repetirá la mía de nostálgico ardor y fiel asombro. La voz estremecida con que nombro el mar, la rosa, la melancolía. No volverán mis ojos renacidos de la noche a la vida siempre ilesa, a beber como un vino la belleza de los mágicos cielos encendidos. Esta sangre sedienta de hermosura por otras venas no será cobrada. No habrá manos que tomen, de pasada, la viva antorcha que en mis manos dura. Ni frente que mi sueño mutilado recoja y cumpla victoriosamente. Conjuga mi existir tiempo presente sin futuro después de su pasado. Término de mí misma, me rodeo con el anillo cegador del canto. Vana marea de pasión y llanto en mí naufraga cuanto miro y creo. A nadie doy mi soledad. Conmigo vuelve a la orilla del pavor, ignota. Mido en silencio la final derrota. Tiemblo del día. Pero no lo digo.
Ven mirar conmigo el final de la lluvia. Caen las últimas gotas como diamantes desprendidos de la corona del invierno, y nuevamente queda desnudo el aire. Pronto un rayo de sol encenderá los verdes del patio, y saltarán al césped una vez más los pájaros. Ven conmigo y fijemos el instante -mariposa de vidrio- en esta página.
Se me perdió tu huella.
Un viento
huracanado y frío la borró del sendero,
dejándonos los pasos
sin rumbo alguno ahora,
sin saber hacia dónde
orientar el destino.
En torno de esta inmensa
soledad gira y gira
el desmedido anillo
del horizonte en vano.
Me llaman los caminos
pero no los encuentro:
tu voz, mi rosa náutica,
mi rosa de los
vientos,
se me apagó en la noche.
Esta es, amor, la rosa que me diste el día en que los dioses nos hablaron. Las palabras ardieron y callaron. La rosa a la ceniza se resiste. Todavía las horas me reviste de su fiel esplendor. Que no tocaron su cuerpo las tormentas que asolaron mi mundo y todo cuanto en él existe. Si cruzas otra vez junto a mi vida hallará tu mirada sorprendida una hoguera de extraño poderío. Será la rosa que morir no sabe, y que al paso del tiempo ya no cabe con su fulgor dentro del pecho mío.
« Alguien pasa y pregunta / por los jazmines, madre. »
« Si acaso al otro lado de la / vida »
« del viento, / por otro nombre, amor, »
« recuerdo, cuando / más lejano pareces »
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