Poesía Universal

María Zambrano

Biografía y amplia selección de poemas de María Zambrano. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de María Zambrano. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de María Zambrano

8 poemas seleccionados
1.

Antes de la ocultación

Comencé a cantar entre dientes por obedecer 
		en la oscuridad absoluta que no había hasta entonces conocido, la vieja 
		canción del agua todavía no nacida, confundida con el gemido de la que 
		nace; el gemido de la madre que da a luz una y otra vez para acabar de 
		nacer ella misma, entremezclado con el vagido de lo que nace, la vida 
		parturiente. Me sentí acunada por este lloro que era también canto tan 
		de lejos y en mí, porque nunca nada era mío del todo. ¿No tendría yo 
		dueño tampoco?
     La música no tiene dueño, 
		pues los que van a ella no la poseen nunca. Han sido por ella primero 
		poseídos, después iniciados. Yo no sabía que una persona pudiera ser 
		así, al modo de la música, que posee porque penetra mientras se 
		desprende de su fuente, también en una herida. Se abre la música sólo en 
		algunos lugares inesperadamente, cuando errante el alma sola, se siente 
		desfallecer sin dueño. En esta soledad nadie aparece, nadie aparecía 
		cuando me asenté en mi soledad última; el amado sin nombre siquiera. 
		Alguien me había enamorado allá en la noche, en una noche sola, en una 
		única noche hasta el alba. Nunca más apareció. Ya nadie más pudo 
		encontrarme.


		Zambrano, M.: 
		Diotima de Mantinea en
    	Hacia un saber sobre el alma, Madrid, 
Ed. Alianza, 1989, p. 
		196
2.

Claros del bosque

No me respondes, hermana. He venido ahora a 
		buscarte. Ahora, no tardarás ya mucho en salir de aquí. Porque aquí no 
		puedes quedarte. Esto no es tu casa, es sólo la tumba donde te han 
		arropado viva. Y viva no puedes seguir aquí; vendrás ya libre, mírame, 
		mírame, a esta vida en la que yo estoy. Y ahora sí, en una tierra nunca 
		vista por nadie, fundaremos la ciudad de los hermanos, la ciudad nueva, 
		donde no habrá ni hijos ni padres. Y los hermanos vendrán a reunirse con 
		nosotros. Nos olvidaremos allí de esta tierra donde siempre hay alguien 
		que manda desde antes, sin saber. Allí acabaremos de nacer, nos dejarán 
		nacer del todo. Yo siempre supe de esa tierra. No la soñé, estuve en 
		ella, moraba en ella contigo, cuando se creía ése que yo estaba 
		pensando.
     En ella no hay sacrificio, y el 
		amor, hermano, no está cercado por la muerte.
     
		Allí el amor no hay que hacerlo, porque se vive en él. No hay más que 
		amor.
     Nadie nace allí, es verdad, como aquí 
		de este modo. Allí van los ya nacidos, los salvados del nacimiento y de 
		la muerte. Y ni siquiera hay un Sol; la claridad es perenne. Y las 
		plantas están despiertas, no en su sueño como están aquí; se siente lo 
		que sienten. Y uno piensa, sin darse cuenta, sin ir de una cosa a otra, 
		de un pensamiento a otro. Todo pasa dentro de un corazón sin tinieblas. 
		Hay claridad porque ninguna luz deslumbra ni acuchilla, como aquí, como 
		ahí fuera.


		Zambrano, M.: "Los 
		hermanos" en
    	La tumba de Antígona, Madrid,
Ed. Mondadori, 1989, pp 
		79-80
3.

El templo y sus caminos

Una tinieblas que prometen y a veces 
		amenazan abrirse. Y es difícil creer que quien recorre tal camino no se 
		vea acometido por el tempor y un temblor casi paralizantes. Es la luz de 
		un viaje más bien extrahumano, que el hombre emprendía asomándose al 
		lado dé allá, a ese lado al cual se supuso, cada vez con mayor ligereza, 
		que sólo se asoman los místicos. Es la luz que se vislumbra y la luz que 
		acecha, la luz que hiere. La luz que acecha en la inmensidad de un 
		horizonte donde perderse parece inevitable, y que hiere con un rayo que 
		despierta más allá de lo sostenible, llamando a la completa vigilia, ésa 
		donde la mente se incendiaría toda.


		Zambrano, M.: "La 
		respuesta de la Filosofía", en Los bienaventurados, 
		Madrid,
Ed. Siruela, 1990, pp. 80-81
4.

Geografía de la aurora

Y las piedras preciosas, esas grutas de 
		esmeraldas que nacen en sueños y al soñante acogen tan de verdad que 
		éste conserva en la vigilia las huellas del tacto, a veces hecho memoria 
		tanto o más que un lugar simplemente natural; y el color que sin nombre 
		sostiene la retina por años, por duraciones sin fin, ese color visto tan 
		sólo en sueños y ese felicísimo estar en la gruta, y aun el poder volver 
		a ella encontrándola en tierras lejanas bañadas por otra luz. ¿Cómo 
		suceden, cómo están ahí asequibles aunque no enteramente, y sin sombra 
		alguna de terror, cosa tan extraña a toda gruta desconocida, por 
		insignificante que sea? Este no tener, y no esperar, este estar sin 
		esfuerzo alguno, esta patria perdida o esperada, donde se ha entrado sin 
		saber cómo ni por qué, sin esperanza ni temor. Y ese vivir sin anhelar, 
		ni apetecer, sin añorar sin soñar, duerme al fin en su gruta sin soñar 
		señor alguno, que le haya herido y sin soñarse él a sí mismo, olvidado 
		de toda herida.
     El ciervo reposa sin herida, 
		apoyada su cabeza sobre una piedra, flor azul.


		Zambrano, M.: 
		"Geografía de la Aurora", en De la Aurora, Madrid,

		Ed. Turner, 1986, p.106
5.

La llama

Asisitida por mi alma antigua, por mi alma 
		primera al fin recobrada, y por tanto tiempo perdida. Ella, la 
		perdidiza, al fin volvió por mí. Yentonces comprendí que ella había sido 
		la enamorada. Y yo había pasado por la vida tan sólo de paso, lejana de 
		mí misma .Y de ella venían las palabras sin dueño que todos bebían sin 
		dejarme apenas nada a cambio. Yo era la voz de esa antigua alma. Y ella, 
		a medida que consumaba su amor, allá, donde yo no podía verla; me iba 
		iniciando a través del dolor del abandono. Por eso nadie podía amarme 
		mientras yo iba sabiendo del amor. Y yo misma tampoco amaba. Sólo una 
		noche hasta el alba. Y allí quedé esperando. Me despertaba con la 
		aurora, si es que había dormido. Y creía que ya había llegado, yo, ella, 
		él... Salía el Sol y el día caía como una condena sobre mí. No, no 
		todavía.


		Zambrano, M.:  
		Diotima de Mantinea, en Hacia un saber sobre el 
		alma, Madrid, 
		
Ed. Alianza, 1989, p. 197
6.

La mirada

Sólo cuando la mirada se abre al par de lo 
		visible se hace una aurora. Y se detiene entonces, aunque no perdure y 
		sólo sea fugitivamente, sin apenas duración, pues que crea así el 
		instante. El instante que es al par indeleblemente uno y duradero. La 
		unidad, pues, entre el instante fugitivo e inasible y lo que perdura. El 
		instante que alcanza no ser fugitivo yéndose.
Inasible. El instante 
		que ya no está bajo la amenaza de ser cosa ni concepto. Guardado, 
		escondido en su oscuridad, en la oscuridad propia, puede llegar a ser 
		concepción, el instante de concebir, no siempre inadvertido.
     
		Y así, la mirada, recogida en su oscuridad paradójicamente, saltando 
		sobre una aporía, se abre y abre a su vez, "a la imagen y semejanza", 
		una especie de, circulación. La mirada recorre, abre el círculo de la 
		aurora que sólo se dio en un punto, que se muestra como un foco, el 
		hogar, sin duda, del horizonte. Lo que constituye su gloria inalterable.


		Zambrano, M.: "La 
		mirada", en 
		De la Aurora, Madrid, 
Ed. Turner, 1986 p. 35
7.

La

pensadora del aura

		
     Nacer sin pasado, sin nada previo a que 
		referirse, y poder entonces verlo todo, sentirlo, como deben sentir la 
		aurora las hojas que reciben el rocío; abrir los ojos a la luz 
		sonriendo; bendecir la mañana, el alma, la vida recibida, la vida ¡qué 
		hermosura! No siendo nada o apenas nada por qué no sonreír al universo, 
		al día que avanza, aceptar el tiempo como un regalo espléndido, un 
		regalo de un Dios que nos sabe, que nuestro secreto, nuestra inanidad y 
		no le importa, que no nos guarda rencor por no ser...
     
		...Y como estoy libre de ese ser, que creía tener, viviré simplemente, 
		soltaré esa imagen que tenía de mí misma, puesto que a nada corresponde 
		y todas, cualquier obligación, de las que vienen de ser yo, o del querer 
		serlo.


		Zambrano, M.: 
		"Adsum", En
		Delirio y Destino, Madrid,
Ed. Mondadori, 1989, pp. 
		21-22
8.

Lo celeste

"En par de los 
		levantes de la Aurora"

     Por amplias 
		que sean sus alas, la luz auroral que sigue al alba es como un boquete, 
		un lugar que tiende a absorber y ofrecer al par la inminencia de que 
		algo inconcebible aparezca. ¿Un ser? Un animal quizás, un ser viviente, 
		se dibuja casi, está al dibujarse. Un ser viviente de aliento y de 
		pasión, un fuego oscuro por indiscernible que luego resulta ser 
		simplemente blanco. Un blanco inextenso, un ser sin extensión. 
		¿Pensamiento? Mira tan sólo. Es una mirada, ya que la mirada de todo 
		aquello que se manifiesta visiblemente es lo único que no tiene 
		extensión y, aun más, la borra.
     Llega la 
		mirada anulando la distancia, quien la recibe queda traspasado, raptado 
		o fijado; fijado, si es la mirada de la luz. Y cuando la luz nos fija es 
		que nos mira, y, al mirarnos, ¿se sabría decir lo que sucede? Y, por no 
		saberlo decir, se borra: no crea memoria.
     Y 
		así, de esta mirada de la luz, nace, podría nacer, ha nacido una y otra 
		vez un pensamiento sin memoria. Un pensamiento liberado del esfuerzo de 
		la pasión de tener que engendrar memoria y, en su virtud, liberado 
		también de toda representación y de todo representar.


		Zambrano, M.: "Lo celeste", en 
		De la Aurora, Madrid,
Ed. Mondadori, 1989, p.43

Versos y pensamientos de María Zambrano

4 citas
« Comencé a cantar entre dientes por obedecer / en la oscuridad absoluta que no había hasta entonces conocido, la vieja »
María Zambrano · Antes de la ocultación
« No me respondes, hermana. He venido ahora a / buscarte. Ahora, no tardarás ya mucho en salir de aquí. Porque aquí no »
María Zambrano · Claros del bosque
« Una tinieblas que prometen y a veces / amenazan abrirse. Y es difícil creer que quien recorre tal camino no se »
María Zambrano · El templo y sus caminos
« Y las piedras preciosas, esas grutas de / esmeraldas que nacen en sueños y al soñante acogen tan de verdad que »
María Zambrano · Geografía de la aurora
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