« Comencé a cantar entre dientes por obedecer / en la oscuridad absoluta que no había hasta entonces conocido, la vieja »
María Zambrano · Antes de la ocultación
Biografía y amplia selección de poemas de María Zambrano. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de María Zambrano. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Comencé a cantar entre dientes por obedecer
en la oscuridad absoluta que no había hasta entonces conocido, la vieja
canción del agua todavía no nacida, confundida con el gemido de la que
nace; el gemido de la madre que da a luz una y otra vez para acabar de
nacer ella misma, entremezclado con el vagido de lo que nace, la vida
parturiente. Me sentí acunada por este lloro que era también canto tan
de lejos y en mí, porque nunca nada era mío del todo. ¿No tendría yo
dueño tampoco?
La música no tiene dueño,
pues los que van a ella no la poseen nunca. Han sido por ella primero
poseídos, después iniciados. Yo no sabía que una persona pudiera ser
así, al modo de la música, que posee porque penetra mientras se
desprende de su fuente, también en una herida. Se abre la música sólo en
algunos lugares inesperadamente, cuando errante el alma sola, se siente
desfallecer sin dueño. En esta soledad nadie aparece, nadie aparecía
cuando me asenté en mi soledad última; el amado sin nombre siquiera.
Alguien me había enamorado allá en la noche, en una noche sola, en una
única noche hasta el alba. Nunca más apareció. Ya nadie más pudo
encontrarme.
Zambrano, M.:
Diotima de Mantinea en
Hacia un saber sobre el alma, Madrid,
Ed. Alianza, 1989, p.
196
No me respondes, hermana. He venido ahora a
buscarte. Ahora, no tardarás ya mucho en salir de aquí. Porque aquí no
puedes quedarte. Esto no es tu casa, es sólo la tumba donde te han
arropado viva. Y viva no puedes seguir aquí; vendrás ya libre, mírame,
mírame, a esta vida en la que yo estoy. Y ahora sí, en una tierra nunca
vista por nadie, fundaremos la ciudad de los hermanos, la ciudad nueva,
donde no habrá ni hijos ni padres. Y los hermanos vendrán a reunirse con
nosotros. Nos olvidaremos allí de esta tierra donde siempre hay alguien
que manda desde antes, sin saber. Allí acabaremos de nacer, nos dejarán
nacer del todo. Yo siempre supe de esa tierra. No la soñé, estuve en
ella, moraba en ella contigo, cuando se creía ése que yo estaba
pensando.
En ella no hay sacrificio, y el
amor, hermano, no está cercado por la muerte.
Allí el amor no hay que hacerlo, porque se vive en él. No hay más que
amor.
Nadie nace allí, es verdad, como aquí
de este modo. Allí van los ya nacidos, los salvados del nacimiento y de
la muerte. Y ni siquiera hay un Sol; la claridad es perenne. Y las
plantas están despiertas, no en su sueño como están aquí; se siente lo
que sienten. Y uno piensa, sin darse cuenta, sin ir de una cosa a otra,
de un pensamiento a otro. Todo pasa dentro de un corazón sin tinieblas.
Hay claridad porque ninguna luz deslumbra ni acuchilla, como aquí, como
ahí fuera.
Zambrano, M.: "Los
hermanos" en
La tumba de Antígona, Madrid,
Ed. Mondadori, 1989, pp
79-80
Una tinieblas que prometen y a veces amenazan abrirse. Y es difícil creer que quien recorre tal camino no se vea acometido por el tempor y un temblor casi paralizantes. Es la luz de un viaje más bien extrahumano, que el hombre emprendía asomándose al lado dé allá, a ese lado al cual se supuso, cada vez con mayor ligereza, que sólo se asoman los místicos. Es la luz que se vislumbra y la luz que acecha, la luz que hiere. La luz que acecha en la inmensidad de un horizonte donde perderse parece inevitable, y que hiere con un rayo que despierta más allá de lo sostenible, llamando a la completa vigilia, ésa donde la mente se incendiaría toda. Zambrano, M.: "La respuesta de la Filosofía", en Los bienaventurados, Madrid, Ed. Siruela, 1990, pp. 80-81
Y las piedras preciosas, esas grutas de
esmeraldas que nacen en sueños y al soñante acogen tan de verdad que
éste conserva en la vigilia las huellas del tacto, a veces hecho memoria
tanto o más que un lugar simplemente natural; y el color que sin nombre
sostiene la retina por años, por duraciones sin fin, ese color visto tan
sólo en sueños y ese felicísimo estar en la gruta, y aun el poder volver
a ella encontrándola en tierras lejanas bañadas por otra luz. ¿Cómo
suceden, cómo están ahí asequibles aunque no enteramente, y sin sombra
alguna de terror, cosa tan extraña a toda gruta desconocida, por
insignificante que sea? Este no tener, y no esperar, este estar sin
esfuerzo alguno, esta patria perdida o esperada, donde se ha entrado sin
saber cómo ni por qué, sin esperanza ni temor. Y ese vivir sin anhelar,
ni apetecer, sin añorar sin soñar, duerme al fin en su gruta sin soñar
señor alguno, que le haya herido y sin soñarse él a sí mismo, olvidado
de toda herida.
El ciervo reposa sin herida,
apoyada su cabeza sobre una piedra, flor azul.
Zambrano, M.:
"Geografía de la Aurora", en De la Aurora, Madrid,
Ed. Turner, 1986, p.106
Asisitida por mi alma antigua, por mi alma primera al fin recobrada, y por tanto tiempo perdida. Ella, la perdidiza, al fin volvió por mí. Yentonces comprendí que ella había sido la enamorada. Y yo había pasado por la vida tan sólo de paso, lejana de mí misma .Y de ella venían las palabras sin dueño que todos bebían sin dejarme apenas nada a cambio. Yo era la voz de esa antigua alma. Y ella, a medida que consumaba su amor, allá, donde yo no podía verla; me iba iniciando a través del dolor del abandono. Por eso nadie podía amarme mientras yo iba sabiendo del amor. Y yo misma tampoco amaba. Sólo una noche hasta el alba. Y allí quedé esperando. Me despertaba con la aurora, si es que había dormido. Y creía que ya había llegado, yo, ella, él... Salía el Sol y el día caía como una condena sobre mí. No, no todavía. Zambrano, M.: Diotima de Mantinea, en Hacia un saber sobre el alma, Madrid, Ed. Alianza, 1989, p. 197
Sólo cuando la mirada se abre al par de lo
visible se hace una aurora. Y se detiene entonces, aunque no perdure y
sólo sea fugitivamente, sin apenas duración, pues que crea así el
instante. El instante que es al par indeleblemente uno y duradero. La
unidad, pues, entre el instante fugitivo e inasible y lo que perdura. El
instante que alcanza no ser fugitivo yéndose.
Inasible. El instante
que ya no está bajo la amenaza de ser cosa ni concepto. Guardado,
escondido en su oscuridad, en la oscuridad propia, puede llegar a ser
concepción, el instante de concebir, no siempre inadvertido.
Y así, la mirada, recogida en su oscuridad paradójicamente, saltando
sobre una aporía, se abre y abre a su vez, "a la imagen y semejanza",
una especie de, circulación. La mirada recorre, abre el círculo de la
aurora que sólo se dio en un punto, que se muestra como un foco, el
hogar, sin duda, del horizonte. Lo que constituye su gloria inalterable.
Zambrano, M.: "La
mirada", en
De la Aurora, Madrid,
Ed. Turner, 1986 p. 35
pensadora del aura
Nacer sin pasado, sin nada previo a que
referirse, y poder entonces verlo todo, sentirlo, como deben sentir la
aurora las hojas que reciben el rocío; abrir los ojos a la luz
sonriendo; bendecir la mañana, el alma, la vida recibida, la vida ¡qué
hermosura! No siendo nada o apenas nada por qué no sonreír al universo,
al día que avanza, aceptar el tiempo como un regalo espléndido, un
regalo de un Dios que nos sabe, que nuestro secreto, nuestra inanidad y
no le importa, que no nos guarda rencor por no ser...
...Y como estoy libre de ese ser, que creía tener, viviré simplemente,
soltaré esa imagen que tenía de mí misma, puesto que a nada corresponde
y todas, cualquier obligación, de las que vienen de ser yo, o del querer
serlo.
Zambrano, M.:
"Adsum", En
Delirio y Destino, Madrid,
Ed. Mondadori, 1989, pp.
21-22
"En par de los
levantes de la Aurora"
Por amplias
que sean sus alas, la luz auroral que sigue al alba es como un boquete,
un lugar que tiende a absorber y ofrecer al par la inminencia de que
algo inconcebible aparezca. ¿Un ser? Un animal quizás, un ser viviente,
se dibuja casi, está al dibujarse. Un ser viviente de aliento y de
pasión, un fuego oscuro por indiscernible que luego resulta ser
simplemente blanco. Un blanco inextenso, un ser sin extensión.
¿Pensamiento? Mira tan sólo. Es una mirada, ya que la mirada de todo
aquello que se manifiesta visiblemente es lo único que no tiene
extensión y, aun más, la borra.
Llega la
mirada anulando la distancia, quien la recibe queda traspasado, raptado
o fijado; fijado, si es la mirada de la luz. Y cuando la luz nos fija es
que nos mira, y, al mirarnos, ¿se sabría decir lo que sucede? Y, por no
saberlo decir, se borra: no crea memoria.
Y
así, de esta mirada de la luz, nace, podría nacer, ha nacido una y otra
vez un pensamiento sin memoria. Un pensamiento liberado del esfuerzo de
la pasión de tener que engendrar memoria y, en su virtud, liberado
también de toda representación y de todo representar.
Zambrano, M.: "Lo celeste", en
De la Aurora, Madrid,
Ed. Mondadori, 1989, p.43
« Comencé a cantar entre dientes por obedecer / en la oscuridad absoluta que no había hasta entonces conocido, la vieja »
« No me respondes, hermana. He venido ahora a / buscarte. Ahora, no tardarás ya mucho en salir de aquí. Porque aquí no »
« Una tinieblas que prometen y a veces / amenazan abrirse. Y es difícil creer que quien recorre tal camino no se »
« Y las piedras preciosas, esas grutas de / esmeraldas que nacen en sueños y al soñante acogen tan de verdad que »
Ediciones recomendadas para disfrutar de su obra poética completa y estudio crítico: