María Victoria Atencia

Biografía y amplia selección de poemas de María Victoria Atencia. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica. Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Antología lírica (15 poemas seleccionados)

Mor

Amor

Cuando todo se
aquieta
en el silencio, vuelvo

al borde de la cuna
en que mi niño duerme
con ojos tan cerrados

que apenas si podría
entrar hasta su sueño
la moneda de un ángel.

Dejados al abrigo
de su ternura asoman
por la colcha en desorden,

muy cerca de sus manos,
los juguetes que tuvo
junto a sí todo el día,

ensayando un afecto
al que ya soy extraña.

Quien a mí estuvo unido
como carne en mi carne,
un poco más se
aparta
cada instante que vive;
pero esa es mi tristeza
y mi alegría
un tiempo,
porque se cierra el círculo
y él camina al amor.

María Victoria Atencia

Baño

Comienza a serme infiel

la piel de la garganta;

pero ahora que se pierden tras de mí las orillas,

tómame una vez más, mi desdeñoso amante,

mientras las algas ponen

un collar en mi cuello.

María Victoria Atencia

Casa de Blanca

No llamaré a tus puertas, aldaba de noviembre:
el árbol de las venas bajo
mi piel se pudre
y una astilla de palo el corazón me horada.
Porque tú
no estás, Blanca, tu costurero antiguo
se olvida de los tules, y el Niño
de Pasión
va llenando de llanto el cristal de La Granja.

Tiene el regazo frío tu silla de caoba,
tiene el mármol tu quieta
dulzura persistida
y bajo tu mirada una paloma tiembla.
Perdidamente
humana pude sentirme un día,
pero un mundo de sombras desvaídas me llama

y a un sueño interminable tu cama me convoca.

De "Marta
y María" 1966

María Victoria Atencia

Con

las luces del alba

A
mitad de camino entre la mar y el suelo
que hace fértil un gesto de vida
proseguida,
sobre la arena oscura expuesta al sol, propongo
yo misma
mi balance entre fruta y olvido;
entre amor y despecho con las luces del
alba,
o las yertas palabras que acoge un laberinto
de nácar y las
vierte contra el rumor del puerto.

María Victoria Atencia

El año que viene

Para Sharon Keefe Ugalde

Hacer girar el corazón contra su aguja,
contra el tiempo y su
sangre, contra la memoria,

desploma mi pared. ¿Seré un rechazo
de piedra más, herida en el
escombro?

No crujas, por cansada, alma mía enzarzada en mi pared,
en mi rodar
del tiempo. Está Jerusalén a tientas de la mano,

y ya piso su umbral.

María Victoria Atencia

El

Conde D.

Cada noche te espero desde antes de acostarme,

y cuando sobrevienes, agregada presencia
a mi quehacer, pareja de
topacios que rompe

contra la piedra azul serena de los míos,
dócilmente interrumpo mi
sueño y, pues prefieres

las sombras, me levanto y cierro las cortinas.
Ya puedes reclinar tu
cabeza en mi hombro

y aposentar tus dientes con su sed en mi aorta,
boá de Transilvania
que me cercase el cuello.

El mosto de la muerte con su empacho te alienta.
Me voy quedando
fría en tanto que amanece

y sorbes acremente mi paz a borbotones.

De "Los sueños" 1976

María Victoria Atencia

Epitafio para una muchacha

Porque te fue negado el tiempo de la dicha

tu corazón descansa tan ajeno a las rosas.
Tu sangre y carne fueron
tu vestido más rico

y la tierra no supo lo firme de tu paso.

Aquí empieza tu siembra
y acaba juntamente

-tal se entierra a un vencido al final del combate-,
donde el agua
en noviembre calará tu ternura

y el ladrido de un perro tenga voz de presagio.

Quieta tu vida
toda al tacto de la muerte,

que a las semillas puede y cercena los brotes,
te quedaste en
capullo sin abrir, y ya nunca

sabrás el estallido floral de primavera.

María Victoria Atencia

Ghetto

Denso es el aire aquí. Y tibio. Lo respiro

entre casas que quiebran su fachada en el agua.
Un gato mansamente
se me enreda en las piernas

y me retiene inmóvil delante de Yahveh.

De "El
coleccionista" 1979

María Victoria Atencia

Godiva en blue jeans

Cuando sobrepasemos la raya que separa

la tarde de la noche, pondremos un caballo
a la puerta del sueño y,
tal Lady Godiva,

puesto que así lo quieres, pasearé mi cuerpo
-los postigos cerrados-
por la ciudad en vela...

No, no es eso, no es eso; mi poema no es eso.
Sólo lo cierto
cuenta.

Saldré de pantalón vaquero (hacia las nueve
de la mañana), blusa del
"Long Play" y el cesto

de esparto de Guadix (aunque me araña a veces
las rodillas). Y
luego, de vuelta del mercado,

repartiré en la casa amor y pan y fruta.

María Victoria Atencia

La madre de Héctor

Por esa ley antigua que obliga a los amantes

a sucederse en otras y otras generaciones,

yo misma a un joven héroe di vida en mis entrañas.

Me doblegué a las lunas y en su espera de júbilo

los hibiscos tiñéronse.

Se hacía transparente su rostro sobre el mío

y él me daba nobleza, belleza, plenitud.

Incendio tras incendio, el cuerpo prevalece.

María Victoria Atencia

La

rueda

Verdad es que en el mapa figuraba distante,
que una rueda de mi maleta
iba gimiendo,

y que en las bocacalles
su cansancio exponían con razón mis tacones.

Signos quizás de pérdida -de la esperanza al menos-
en la ciudad
oscura,

con mi mapa y más calles de rótulos vedados. Y ese joven
que no
sabría decirme sino el raído azul de su bufanda

cuando busco un cobijo, de palabras siquiera.
Andar y desandar con
la ciudad ajena como albergue

no mío: dádiva y negación a un torpe rodamiento
que, de improviso,
si esta es la Torre de la Pólvora,

acalla su insistencia en dar fin al viaje.

María Victoria Atencia

Llegué

Llegué cuando una luz
muriente declinaba...

Llegué cuando una luz muriente declinaba.
Emprendieron el vuelo los
flamencos dejando
el lugar en su roja belleza insostenible.
Luego
expuse mi cuerpo al aire. Descendía
hasta la orilla un suelo de dragones
dormidos
entre plantas que crecen por mi recuerdo sólo.

Levanté con los dedos el cristal de las aguas,
contemplé su silencio
y me adentré en mí misma.

María Victoria Atencia

Los sábados

Los
sábados teníamos de par en par los ojos
enseñando las luces doradas del
domingo,
mientras iban las horas resbalando su carga
de ilusión en
nosotras.

Sentadas en pupitres, en filas o en recreos,
pensábamos el día
perfecto cada una
con un sol, sus películas y su adiós en la calle
al
niño que llevaba nuestro nombre en su frente.

Volar era la clave escrita en nuestro ánimo.
Soñábamos con puertas y
con la interminable
escalera que parte el monte en dos mitades,
donde
un coche esperaba nuestra vuelta más rápida,
llevándose un viaje de
alegría hacia el centro.

Mas pasaba el domingo, y con él los proyectos
de toda una semana
extrañamente larga;
y el resultado era arrastrar la nostalgia
seis
días como puños.

María Victoria Atencia

Mar

Bajo mi cama estáis, conchas, algas, arenas:

comienza vuestro frío donde acaban mis sábanas.
Rozaría una jábega
con descolgar los brazos

y su red tendería del palo de mesana
de este lecho flotante entre
ataúd y tina.

Cuando cierro los ojos se me cubren de escamas.

Cuando cierro
los ojos, el viento del Estrecho

pone olor de Guinea en la ropa mojada,
pone sal en un cesto de
flores y racimos

de uvas verdes y negras encima de mi almohada,
pone henchido el
insomnio, y en un larguero entonces

me siento con mi sueño a ver pasar el agua.

María Victoria Atencia

Marta y María

Una cosa, amor mío, me será imprescindible

para estar reclinada a tu vera en el suelo:
que mis ojos te miren y
tu gracia me llene;

que tu mirada colme mi pecho de ternura
y enajenada toda no
encuentre otro motivo

de muerte que tu ausencia.

Mas qué será de mí cuando tú te me
vayas.

De poco o nada sirven, fuera de tus razones,
la casa y sus
quehaceres, la cocina y el huerto.

Eres todo mi ocio:
qué importa que mi hermana o los demás murmuren,

si en mi defensa sales, ya que sólo amor cuenta.

María Victoria Atencia

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