« Me siento vagabunda de las Letras. / Quiero comer mi pan con el mendigo. »
María Elvira Lacaci · A la poesía
Biografía y amplia selección de poemas de María Elvira Lacaci. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de María Elvira Lacaci. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Me siento vagabunda de las Letras. Quiero comer mi pan con el mendigo. Beber vino de todos. Tomar el sol tendida sobre la hierba húmeda. Tener una guitarra con cuerdas de latidos, entregados. Tocarla por los pueblos. Que los hombres –de colores distintos– bailen al son de ella con sus modales toscos y su verdad sencilla a flor de labio.
Árbol enamorado Se llamaba Dolor y era un extraño árbol enamorado sin viscosas resinas de deseos umbríos. Se llamaba Dolor, Elvira, a veces. Y era el Norte de Dios. Pero sus hojas se desprendían lentas hacia el suelo. Era un extraño árbol. Sin raíces ni savia. Aladamente arrastraba su tronco carcomido sobre la tierra. Sobre la tierra que impaciente, despiadadamente, empezaba a girarle por las venas. A gritarle en su giro, raudo y rojo, su ineludible puesto. Allí. En la Nada.
Y me pesó tu dedo
lo mismo que un gran manto
de hierro
que pendiera
de mis desnudos hombros.
Y me pesó tu dedo
cuando me señalaste el corazón -esta mañana-,
mientras el aire,
el aire enrarecido de mi alcoba,
volteaba un sonido:
Canta
Y quise huir. Temí. Me encogí hasta el abismo
de la angustia,
porque pesaba mucho tu palabra:
Canta
Déjame como siempre
volar por la palabra. Libre. Suelta.
Que yo te cantaré como hasta ahora.
Pero no vuelvas a decirme:
Canta
de barrio Lloraba sórdidamente por mi leve garganta, por donde resbalaban tímidamente las palabras húmedas, las palabras sin nombre todavía. Respiraba con lentitud forzada, para que mi agonía no se lanzara presurosa al aire, porque a mi alrededor había mucha gente. Estaba en la deshilvanada y familiar cola de un pequeño cine de barro: el "Chamberí" (donde las butacas habían de estar calientes -era de sesión continua-, donde un vaho maloliente penetraría por mis poros durante más de dos horas, donde, acaso, una "extraviada " pierna rozaría la mía y un taconazo afiladísimo intentaría hacerle comprender a aquel podrido hueso, su humana condición de animal primitivo, donde...), y me puse a observarla. Novios, de los que luego parecería estaban ocupando una sola butaca. Niños que, mientras daban puntapiés en el asiento de delante, irían alfombrando la sala de cacahuetes o pipas. Hombres y mujeres de una edad ya madura, pero infantiles, sencillos, que se reirían estrepitosamente cuando el protagonista, al resbalar y caerse, se embadurnara la cara con una tarta de crema, o llorarían con idéntica facilidad ante cualquier lance folletinesco, e irían alternando las carcajadas y el llanto con un gran bocadillo de tortilla. Sí, allí estaban todos esperando su turno para tomar la entrada. Contentos, felices con sus pequeñas aspiraciones satisfechas. Para ellos aquel rato de cine vendría a ser como una continuidad de lo que llevaban dentro. Como un esparcimiento honesto tras una jornada de intenso trabajo. De pronto me miré, me miré hacia dentro y comprendí que yo allí desentonaba, ya que mi alma, no estaba acorde con la levedad del momento, porque lo único que iba buscando allí era una pequeña muerte de dos horas y pico.
tacones altos Y yo llevaba un gorro muy moderno. Parecía una extraña cazuela. Unos tacones leves y muy altos. Un abrigo atrevido. Unos guantes y un bolso de color avellana. Los labios y los ojos pintarrajeados. No debía de ir mal. Las mujeres volvían la cabeza para mirar la hechura del abrigo. Los hombres... Pero yo, bajo la piel y aquella vestidura de comparsa, llevaba otro ropaje de un tejido muy denso. Era de angustia. Y añoré mi pelo suelto, mis zapatos bajos, mi abrigo deportivo, mi tez morena, solamente el agua. Tú me veías, Dios. Y cómo hablamos. Yo te decía que estaba muy ridícula con todo aquello. Tú dijiste que sí. Y compartiste el tan amargo leve movimiento de mis labios oblicuos.
espejo ovalado
Un espejo
ovalado.
Un radiador pequeño de calefacción.
Mis manos calentándose.
Mis ojos
se clavaron en él.
Un rostro, que no reconocí,
me miraba
paralíticamente avejentado.
Afloraba
a los oscuros ojos de aquel rostro
un profundo dolor
que venía de adentro. Que era oscuro y tenaz.
Cristalizó.
Y, en forma de agua amarga,
resbaló
hasta la piel de mis zapatos húmedos.
Un caos
de innumerables dardos afilados
castigó mis sentidos.
Con las manos abiertas golpeé la pared
de ambos lados del espejo ovalado.
¡Dios es bueno!
Me asusté de mi grito.
Los dueños de la casa al otro lado...
Acerqué mis oídos al tabique azotado.
La radio transmitía un estridente mambo.
Respiré sosegada. Me arrojé sobre el lecho.
Y miré largo rato
los fantasmas
que la humedad
había dibujado sobre las paredes.
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« Árbol enamorado / Se llamaba Dolor »
« Y me pesó tu dedo / lo mismo que un gran manto »
« Lloraba / sórdidamente por mi leve garganta, »
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