Poesía Universal

Marguerite Yourcenar

Marguerite Yourcenar es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus prim...

Biografía lírica

Vida

Marguerite Yourcenar es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.

Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.

Lírica y Versos

Poemas de Marguerite Yourcenar

11 poemas seleccionados
1.

Versión de Silvia Barón-Supervielle

Cantinela para un flautista ciego

Flauta en la noche solitaria
Presencia de una 
		lágrima;
Todos los silencios de la tierra
Son pétalos de tu flor.

		
Sopla en la sombra tu polen,
Alma llorando, casi sin ruido,

		Miel de una boca profunda
Que al besar la noche fluye.

		
Y si tus lentas cadencias
Son el pulso de las tardes de verano

		Convéncenos que el cielo baila 
		
Porque un ciego cantó.


		Versión de Silvia 
		Barón-Supervielle
2.

El

lunático


		El sol adormecido en las brumas se aleja
Y como un astro muerto yace 
		mi pasión;
La noche a lo largo del muelle se refleja;
Mi viejo 
		corazón es un Rey sin razón.

		
Cada ser de una rueda es el eje que gira,
Cae, ofrenda y afrenta, 
		en el yunque el dolor;
Los rostros grises son una espuma que tira

		La marea del asfalto y la luz sin color.

		
¿Dónde estamos amor? ¿Sí es verdad que estamos?
La luna se 
		esconde cuando nos acercamos
Al borde de los techos huecos de metal.

		
Y el ojo blanco por las calles todavía
Envidia el resplandor 
		fijamente glacial
Del astro que murió antes de abrir el día.

		
Versión de 
		Silvia Barón-Supervielle
3.

Erótico

Tú la avispa y yo la rosa;

    	Tú el mar, yo la escollera;

    	En la creciente radiosa

    	Tú el Fénix, yo la hoguera.

    	Tú el Narciso y yo la fuente,

    	En mis ojos tú brillando;

    	Tú el río y yo el puente;

    	Yo la onda en mí nadando.

    	Y tú el sol y la sal

    	Y en los labios el caudal

    	Del rumor meciendo el juego.

    	Yo el pájaro y el cielo

    	Azul cruzando su vuelo,

    	Como el alma atiza el fuego.


		
		Versión de Silvia Barón-Supervielle
4.

Escritos

al dorso de dos cartas postales

Una sirena llora
La salida de un barco
Sobre 
		el agua que borra.

		
Yo sufro la ausencia
Y el espacio duro;
La pena es un muro.

		
La ruta es una trampa:
Ni trenes, ni navío;
El viaje está 
		vacío.

		
. . . . . 

Reflejo, que tu lanza
Traspase la distancia

		Y pegue con dulzor.

		
(La miel de las heridas
Embalsama el amor).


		1934

		
Versión de Silvia 
		Barón-Supervielle
5.

Firme propósito

Ni ampararse del día bajo el árbol de nieblas,
Ni morder el verano en 
		las frutas dormido,
Ni besar en los labios lentos de tinieblas
Al 
		muerto evaporado y vano de haber sido.

		
Ni penetrar el centro del álgebra frío,
Ni en el vacío clavar la 
		máscara infinita.
Ni sembrar el olvido en el glorioso río
Y 
		derramar la nada en la tumba bendita.

		
Ni rozar, Amor mío, tu boca entregada,
Ni su deseo quemar sin la 
		llama esperada,
Ni arrastrar en el cuerpo rendido la herida.

		
Ni rezar con las manos juntas de la pena,
Pero traer consigo en 
		la noche serena
El hondo corazón donde sangró la vida.


		Versión de Silvia 
		Barón-Supervielle
6.

Fuegos

Lo mismo ocurre con un perro, con una pantera o con una cigarra. Leda 
		decía: “Ya no soy libre para suicidarme 

		desde que me he comprado un cisne”.

		

		La muerte es un sacramento del que sólo son dignos los más puros: muchos 
		hombres se deshacen, 

		pero pocos hombres mueren.

		

		No puede construirse una felicidad sino sobre los cimientos de una 
		desesperación. Creo que voy a ponerme a construir.

		

		Que no se acuse a nadie de mi vida.

		

		No soporté bien la felicidad. Falta de costumbre. En tus brazos, lo 
		único que yo podía hacer era morir.

		

		Existe un plan general para el universo. Sólo salimos en los momentos 
		sublimes.

		

		En el avión, cerca de ti, ya no le tengo miedo al peligro. Uno sólo 
		muere cuando está solo.

		

		Existe entre nosotros algo mejor que un amor: una complicidad.
7.

Hospes comesque

Cuerpo llevando el alma, siempre vanamente
Vuelvo a pensar en ti y te 
		vuelvo a olvidar;
Corazón infinito en el cáliz naciente;
Boca que 
		busca el nuevo verbo de besar.

		
Mares de navegar, fuentes para beber;
Trigo y vino ritual en la 
		mesa mezclados;
Refugio de dulzura el vago adormecer;
Tierra que 
		se despliega en los pasos alados.

		
Aire que me llenas de espacio y de equilibrio;
Nervios por donde 
		viaja el cóncavo delirio;
Mirada interrumpida en el vasto universo.

		
Cuerpo, compañero, juntos nos moriremos.
No puedo no querer la 
		sombra que tenemos,
No apresar con ella el resplandor de un verso.


		Versión de Silvia 
		Barón-Supervielle
8.

Ídolos

Amor, al principio
De carne y de oro como un César
Salvaje te 
		cebé;
Íncubo, tu pecho pesaba
Y tu beso agotador
Cansó mi boca.

		
Luego te vi ensangrentado;
Caminabas, titubeando,
Bajo la 
		escuadra terrible;
Víctima atravesada en el flanco,
A tus pies 
		derramé
Todo el nardo de la tierra.

		
Te veo pálido y bello:
Tu carne es una antorcha
Hecha de cera 
		y fuego;
Yo abrazo, delicia pura,
Tu cara desconocida,
Idéntica 
		a mi alma.

		
Y te veré pensativo
En el último arrecife,
Dulce provocador de 
		naufragios
Sombrío dios sin devotos;
Tus amapolas nocturnas
Me 
		curarán de las rosas.


		Versión de Silvia 
		Barón-Supervielle
9.

1.

Me 
		acosté lentamente en la playa de arena
Donde el mundo se gasta con 
		áridas dulzuras
Y a la hora asombrada en que los astros nacen
Del 
		nácar de sus sueños sobre sus cuerpos largos,
Vi venir hacia mí mis 
		hermanas Sirenas.

		
Vi venir hacia mí mis locas hermanas de la orilla
Que cantan por 
		la noche en un lúgubre coro;
Amantes sin amor, cautivas para siempre,

		Que nunca en el gemido hondo o en los senos fríos
Sintieron bramar 
		secreto el fuego de un corazón.

		
Me pedían del alma ese trozo candente,
Estremecido adentro como 
		un pequeño ser;
Esa péndola viva hecha de sombra y fuego,

		Lanzadera de un telar que a cada instante
Tejiendo sangre desfallece 
		y se acelera.

		
Me pedían su parte de esa entraña
Que dilata nuestros votos 
		incumplidos,
A fin de que el ahogado, el grumete o el corsario

		Encuentren bajo el agua verde y la sal que macera,
El amor y el calor 
		de las camas profundas.

		
Querían ese corazón para sufrir y saber
Los cantos del dolor y 
		sus sollozos roncos,
Y comprender por qué cuando amanece el día

		Revelando el naufragio y la barca vacía,
La mujer del marino acude a 
		la rompiente.

		
Cedí, temblando, al llanto de sus ojos transparentes,
A sus 
		enamorados gritos de sombras y rumor;
Entre sus dedos lascivos y sus 
		anillos de perlas
Vi mi corazón hundirse en la cavidad negra de las 
		olas
y en el abismo del viento donde va lo que muere.

		
Lo vi descender el pozo de las tormentas,
Abrirse como un loto en 
		las aguas tranquilas, 
		
Bailar en las olas, rebotar en las crestas,
Y en hilos 
		centelleantes que detiene el temblor,
Engancharse al cabello de las 
		cañas gimiendo.

		
Vi su sangre tibia manchar el mar inmenso
Como un sol herido que 
		naufraga victorioso
Dejando por detrás la nada y la demencia;
Lo 
		vi tragado por la noche que comienza
Y luego ya no vi más lo que era 
		mi corazón.
10.

2.

En 
		los inquietos bosques vibrantes de batidas,
Por los jardines ebrios 
		donde sube el jazmín,
Sellando con el dedo sus quejidos callados,

		Vi venir hacia mí una legión de estatuas;
El mármol y el metal me 
		tomaron la mano.

		
En los templos dorados donde sombríos ídolos
Miran con sus ojos 
		de zafiro hacia el mar,
Un suspiro, como el escalofrío de una 
		góndola, alargado,
Alzaba en sus senos pesadas girándulas;
Todas, 
		con sus hermosos ojos amargos, me miraban.

		
En las simas de los montes, en los tajos de Carrara,
El mármol 
		bruto bajo mi paso gritaba;
El jaspe, el ágata y los pórfidos raros

		Por el salvaje escultor al taller arrastrados,
La desesperanza de no 
		ser me decían.

		
Sufrían de ignorar los nombres que tenían,
De no saber qué César 
		o qué Rey pasivamente
Serían sobre las puertas de Roma;
Qué 
		olvidado maestro en este infierno del hombre
Como una afrenta al 
		tiempo, en ellos, seguiría

		
Los dioses griegos sufrían de su belleza vacía,
Cansados del 
		incienso invisible alrededor;
La dulce tibieza de las tardes no 
		llenaba sus venas
y en sus lívidas frentes de apio y de verbena

		Ceñía el dolor de ser sin haberlo sabido.

		
Los dioses me pedían mi alma inagotable
Que de ellos como una 
		fuente refulgente manaría,
Para que el fiel en la arena arrodillado,

		Viendo al fin sonreír sus máscaras secretas,
Abra los brazos, se 
		regocije y se yerga embelesado;

		
Para poder de pronto escuchar a los que rezan
O burlarse en voz 
		baja del tonto adorador,
Desplegar sobre el mundo sus ojos de 
		diamantes,
y hastiados de la impostura y de la idolatría
Castigar 
		al sacerdote y golpear al escultor.

		
Pegué entonces mi boca a sus labios severos,
Al mármol en mi 
		abrazo ardiendo ya;
Mi alma de temores, de quebrantos, de fiebres,

		En esos duros cuerpos que el orfebre pulió,
Entera y con todo su 
		pasado se alejó.

		
Viudo de mi alma mi cuerpo vagaba por la extensión,
Insensible a 
		las señales del viento melodioso;
Como una lámpara de oro en vano 
		suspendida
Cuyo aceite, gota a gota, para siempre se virtió,
Para 
		animar a los dioses mi alma me abandonó.
11.

3.

Iba cabizbajo bordeando el cementerio,
Merodeaban 
		los gritos de los chacales, discordes,
Y del fondo de las tumbas y la 
		cumbre de las cúpulas
Estirando hacia mis hombros sus manos borradas,

		Los muertos me pedían entregarles mi cuerpo.

		
Reclamaban de mí el amalgama de átomos
Que sirve de soporte al 
		furor del deseo;
El caballo galopando en el reino de la carne,

		Montado sin cesar por jinetes fantasmas,
Que masca babeando la sal 
		del placer caliente.

		
Los avaros rondando por las cisternas vacías,
Donde enmohecen 
		todavía sus tesoros escondidos,
Deseaban mis largas manos en sus 
		ávidas faenas:
En las pilas del oro reluciente y de la plata opaca,

		Pesadas ahora para sus sueños vanos.

		
Reclamaban de mí a fin de beber mi boca,
Mi voz para divulgar la 
		profecía de los muertos;
Como el héroe engañado que maldice su 
		gloria,
Saciados de beber del copón el vino puro,
Los santos, para 
		condenarse, necesitaban un cuerpo.

		
Y como en los cerdos de Asia, los demonios,
Traicioneros de una 
		dicha que compraron muy caro,
Famélicos desmedidos e insaciables,

		Desde el fondo de su sueño llorando su delirio,
Los muertos me 
		asaltaron y habitaron mi carne.

		
Movieron mi cuerpo sin temor entregado,
Mordieron con mi boca 
		anzuelos turbios,
Rodeando sus deseos anudaron mi abrazo,
Por 
		donde yo pasaba sus huellas imprimieron
Y a camas desconocidas me 
		arrastraron.

Versos y pensamientos de Marguerite Yourcenar

4 citas
« Cantinela para un flautista ciego / Flauta en la noche solitaria »
Marguerite Yourcenar · Versión de Silvia Barón-Supervielle
« lunático / El sol adormecido en las brumas se aleja »
Marguerite Yourcenar · El
« Tú la avispa y yo la rosa; / Tú el mar, yo la escollera; »
Marguerite Yourcenar · Erótico
« al dorso de dos cartas postales / Una sirena llora »
Marguerite Yourcenar · Escritos
Biblioteca poética

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