Margaret Atwood

Selección antológica de la obra poética y versos inolvidables de Margaret Atwood.

Antología lírica (5 poemas seleccionados)

Deseo:

metamorfosis en emblema heráldico

Me estudio con cuidado

en mi menguante cuerpo

que es no obstante engañoso

como la piel de un gato:

seré, cuando me entierren,

más pequeña.

En mi piel se bifurcan las arrugas;

como el pelo o las plumas, sobresalen.

Mis nietos, en este salón,

inquietos en la sillas del domingo

con mi sordera, mi broche de camafeo

mi mente arrugada

que corre hacia sus viejos escondrijos

intenta imaginar cómo

tal vez

vagaré y entraré furtivamente

en una cristalina oscuridad

por entre estalactitas, con un nuevo

plumaje

sin correr

dorado y

Verde
fuerte, mis dedos

torcidos y escamosos, mi

ópalo

sin

el brillo de los ojos.

Versión
de Lidia Taillefer y Álvaro García

Pre-textos/ Poesía 1991

Margaret Atwood

El

hombre que existió

En el
campo con nieve va abriendo mi marido

una X, concepto definido ante un vacío;

se aleja hasta que queda

oculto por el bosque.

Cuando ya no lo veo,

en qué se ha convertido

qué otra forma

se mezcla en la

maleza, vacila por los charcos

se esconde de la alerta

presencia de animales de la ciénaga

Volverá

al mediodía; o puede que la idea

que tengo yo de él

sea lo que me encuentre de regreso

y con él amparándose tras ella.

Puede que me transforme a mí también

si llega con los ojos del zorro o los del búho

o con los ocho

ojos de la araña

No puedo imaginarme

qué verá

cuando abra la puerta

Versión
de Lidia Taillefer y Álvaro García

Pre-textos/ Poesía 1991

Margaret Atwood

Frente

a un espejo

Fue como despertarme

después de haber dormido siete años

y encontrarme con una cinta tiesa,

de un negro riguroso

podrido por la tierra y los torrentes

pero en cambio mi piel se endureció

de corteza y raíces como cabellos blancos

Mi heredada cara traje conmigo

una aplastada cáscara de huevo

entre otros desechos:

el plato de loza hecho añicos

en el sendero del bosque, el chal

de la India destrozado, fragmentos de cartas

y el sol de aquí me ha impreso

su bárbaro color

Se me han puesto rígidas las manos, los dedos

quebradizos como ramas

y los ojos perplejos después de

siete años, y casi

ciegos/brotes, que sólo ven

el viento

la boca que se abre

y se agrieta como una roca al fuego

al intentar decir

Qué es
esto

(sólo hallas

la forma que ya eres,

pero qué

si has olvidado ya en qué consistía

o descubres que

nunca lo has sabido)

Versión
de Lidia Taillefer y Álvaro García

Pre-textos/ Poesía 1991

Margaret Atwood

La

muerte de un hijo ahogado

(Segundo
diario: 1840-1871)

Él, que llegó con éxito tras navegar el río peligroso

de su venida al mundo,

se ha vuelto a ir

a un viaje de descubridor

por este territorio en el que yo he vagado

sin llegar a tocarlo, a hacerlo mío.

Sus pies se resbalaron de la orilla,

y a él se lo llevaron las corrientes;

lo arrastró la crecida entre hielos y árboles

y se ha perdido en un lugar lejano,

la cabeza como una batisfera;

miró con las pequeñas burbujas de sus ojos

como un aventurero temerario

por un paisaje más raro que Urano

que todos conocemos y que algunos recuerdan.

Fue un accidente; se quedó sin aire

y, como un corazón, cayó en el río.

El cuerpo, que era seña

de mis planes y mapas del futuro,

lo sacaron del fondo con ganchos y con palos

entre los troncos que al flotar chocaban.

Era la
primavera, el sol aún brillaba

y la hierba incipiente ganaba solidez;

la claridad alumbraba los surcos de las manos.

Estaba fatigada por las olas de aquel largo viaje.

Pisé la tierra firme. Las velas de aquel sueño

se vinieron abajo, destrozadas.

En esta tierra él

es mi bandera.

Versión
de Lidia Taillefer y Álvaro García

Pre-textos/ Poesía 1991

Margaret Atwood

Luna

nueva

La oscuridad espera aparte desde cualquier ocasión que surja;

como la pena, siempre está disponible.

Ésta es sólo un modelo,

el modelo en el que hay estrellas

sobre las hojas, brillantes como clavos de acero

e incontables y sin que se las haga caso.

Caminamos juntos

sobre hojas muertas

húmedas en la luna nueva

entre las rocas nocturnas amenazadoras

que serían de un gris rosado

a la luz del día, roídas y suavizadas

por el musgo y los helechos, que serían verdes

en el olor mohoso a levadura fresca

de árboles que enraízan, la tierra devuelve

lo mismo a lo mismo,

y cojo tu mano, que tiene el aspecto que tendría

una mano si de veras existieras.

Deseo mostrarte la oscuridad

que tanto temes.

Confía en mí. Esta oscuridad

es un lugar al que puedes entrar y sentirte

tan seguro como en cualquier otra parte;

puedes poner un pie delante del otro

y creer a los lados de tus ojos.

Memorízalo. Lo sabrás

de nuevo cuando te corresponda.

Cuando la apariencia de las cosas te haya abandonado,

todavía tendrás esta oscuridad.

Algo propio que puedes llevar contigo.

Hemos llegado al borde:

el lago entrega su silencio;

en la noche exterior hay un búho

cantando, como una polilla

en la oreja, desde la costa lejana

que es invisible.

El lago, vasto y sin dimensiones,

repite todo, las estrellas,

las piedras, a sí mismo, incluso la oscuridad

en la que puedes caminar

hasta que se convierta en luz.

Margaret Atwood

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