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Manuel Scorza · América, no puedo escribir tu nombre sin morirme...
Biografía y amplia selección de poemas de Manuel Scorza. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Manuel Scorza. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
América, no puedo escribir tu nombre sin morirme. Aunque aprendí de niño, no me salen derechos los renglones; a cada sílaba tropiezo con cadáveres, detrás de cada letra encuentro un hombre ardiendo, y no puedo ni cerrar la a porque alguien grita como si se quedara dentro. Vengo del Odio, vengo del salto mortal de los balazos; está mi corazón sudando pumas: sólo oigo el zumbido de la pena. Yo atravesé negras gargantas, crucé calles de pobreza, América, te conozco, yo mismo tendí la cama donde expiró mi vida vacía. Yo tenía dieciocho años yo vivía en un pueblo pequeño, oyendo el diálogo de musgo de las tardes, pero pasó mi patria cojeando, los ahogados empezaron a pedir más agua, salían de mi boca escarabajos. Sordo, oscuro, batracio, desterrado, ¡era yo quien humeaba en las cocinas! ¡Amargas tierras, patrias de ceniza, no me entra el corazón en traje de paloma! ¡Cuando veo la cara de este pueblo hasta la vida me queda grande! ¡Pobre América! En vano los poetas deshojan ruiseñores. No verán tu rostro mientras no se atrevan a llamarte por tu nombre, ¡América mendiga, América de los encarcelados, América de los perseguidos, América de los parientes pobres! ¡Nadie te verá si no deshacen este nudo que tengo en la garganta! * * * * *
¡Años de los castigos! ¡Años de las prisiones! ¡Años que se comieron las arañas! No tuve paz, ni dónde reclinar la cabeza. Los trenes me llevaban, entraban a las tumbas, cruzaban los infiernos, mas mi corazón salía de los hornos tiritando. ¡Años de los perseguidos! ¡Años de los flagelados! ¡Años como ratas echadas a morir! Como piedra atravesé la vida, las miserias, las prisiones, anduve por los pueblos, llegué a la comarca donde el pan sólo se viste de fantasma. Desde casas vacías, desde catres solteros, desde trajes gastados y pálidos deudores, desde domingos sin nadie con quien pasear, vengo diciendo que los hombres sufren, las aguas sufren, las camas sufren. A verme vienen quejándose las tardes, las piedras quieren que cuente las pisadas, el túnel tiene hinchado su único ojo, toca el gallo su corneta lastimera. ¡Oscura es la vida, la tierra sólo sirve para enterrarnos! * * * * *
Epístola de los poetas que vendrán Tal vez mañana los poetas pregunten por qué no celebramos la gracia de las muchachas; tal vez mañana los poetas pregunten por qué nuestros poemas eran largas avenidas por donde venía la ardiente cólera. Yo respondo: por todas partes oíamos el llanto, por todas partes nos sitiaba un muro de olas negras. ¿Iba a ser la Poesía una solitaria columna de rocío? Tenía que ser un relámpago perpetuo. Mientras alguien padezca, la rosa no podrá ser bella; mientras alguien mire el pan con envidia, el trigo no podrá dormir; mientras llueva sobre el pecho de los mendigos, mi corazón no sonreirá. Matad la tristeza, poetas. Matemos a la tristeza con un palo. No digáis el romance de los lirios. Hay cosas más altas que llorar amores perdidos: el rumor de un pueblo que despierta ¡es más bello que el rocío! El metal resplandeciente de su cólera ¡es más bello que la espuma! Un Hombre Libre ¡es más puro que el diamante! El poeta libertará el fuego de su cárcel de ceniza. El poeta encenderá la hoguera donde se queme este mundo sombrío. * * * * *
América, a mí también debes oírme. Yo soy el estudiante que tiene un solo traje y muchas penas. Yo soy el desterrado que no encuentra la puerta en las pensiones. Te digo que en las calles y en las azoteas y en las cocinas, y al fin de cada día y en mi pecho, algo está muriendo. Escúchame: Yo soy el desterrado, yo vagué por las calles hasta que los perros lamieron mi amor desesperados. ¡Acuérdate de mí! Hay días que no tengo ganas de ponerme los ojos, días en que hasta los pájaros se pudren a la mitad del vuelo. ¡Amor, amor, tú no has dormido en cuartos inmundos; tú no sabes lo que es vivir con una mujer que zurce su ropa llorando! Ay, durante siglos los poetas callaron y en el silencio sólo se escuchaba un susurro de abejas que sonaba, hasta que ya no pudimos más, y el dolor empezó a mancharlo todo: la mañana, el amor, el papel donde cantábamos. Un día el dolor empezó a gotear desde abajo, daban los muros gritos desgarradores, una mano amarguísima volcó mi pecho. Ahora vengo a ti gimiendo, aquí está mi voz encarcelada debajo de esta frente, derrumbado. De "Las imprecaciones" 1955
Crepúsculo para Ana Sólo para alcanzarte escribí este libro. Noche a noche, en la helada madriguera cavé mi pozo más profundo, para que surgiera, más alta, el agua enamorada de este canto. Yo sé que un día las gentes querrán saber por qué hay tanto rocío en las praderas, yo sé que un día irán ansiosas a los campos, seguirán los hilos de los prados, y a través de las florestas llegarán hasta mi pecho, y comprenderán, -lo siento, estoy sintiéndolo-, que es mi amor quien platea por ti el mundo en las mañanas, y verás esta hoguera. Desde ciudades enterradas, desde salones sumergidos, desde balcones lejanísimos, verás este amor, y escucharás mi voz ardiendo de hermosura, y comprenderás que sólo por ti he cantado. Porque sólo por ti estoy cantando. ¡Sólo por ti resplandece mi corazón extraviado! ¡Sólo para que me veas, ilumino mi rostro oscurecido! ¡Sólo para que en algún lugar me mires enciendo, con mis sueños, esta hoguera! ¡El Mudo, El Amargo, El Que Se Quedaba Silencioso, te habla ahora a borbotones, te grita cataratas, inmensidades! Algún día amarás, alguna vez en las lianas de la ternura enredada comprenderás que cuando el dolor nos llega es imposible hablar; cuando la vida pesa, las manos pesan: es imposible escribir. Hasta que con los años las escamas se nos caen. Y un día, al volver el rostro, vemos a lo lejos, como remotos barcos encallados, cosas que creíamos llevar dentro, y miramos que son musgo los amores más ardientes. ¡El hombre enceguecido no escucha las campanadas silenciosas de la hierba, hasta que encuentra en los caminos, como culebra, su antigua piel, y reconoce entre las ruinas su vieja máscara oxidada, y descubre agujeros rotos do eran ojos fulgurantes, porque el tiempo crudelísimo injurió el Rostro Puro, y los años nos pusieron anteojos de melancolía, con los ojos que se mira la ruina, el otoño, la grosura de las mujeres! Surge entonces el Dolor inextinguible, cual surge ahora esta voz que llora por los días hermosos, cuando la vida era azul. Porque todo lo que nace ha de morir. ¡No digo más porque me entiendes! Tú sabes que sólo quiero que, en algún lugar, leas esta carta, antes que envejezcan los carteros que te buscan a la salida de las iglesias, entre las recién casadas, a la hora del jazmín rendido. ¡Quiero que el rayo de mi ternura traspase con lanza a los que no conozco, y salte noche hirviendo a los ojos de los que abran este libro, y en algún lugar un día de este mundo, me oigas y te vuelvas, como quien se vuelve extrañado al sentir detrás el resplandor de un incendio, y comprendas que estoy ardiendo por ti, quemándome sólo para que veas, desde tan lejos, esta luz! * * * * *
No eres nada, vives oscuro, en una ciudad perdida. Pero, de pronto, un día, al despertar, eres Rey. Arden musicales remotos países avasallados por tu valentía. Poderoso monarca: todo lo que tocas es resplandor, y en tu honor cambian los arcos iris de plumaje. Y cuando Ella sonríe, brota agua en la remota infancia adonde se asoma, tu pequeña vida ansiosa, rapaz distante de todo. Mas viene el Viento y lo derriba todo: cristal roto es tu monarquía; vives en una ciudad malvada; el tiempo sólo significa que tus zapatos ya no resisten otro invierno. Eras Rey pero ya no te sonríe Esa Mujer. * * * * *
Ya no nos conocemos, ya no nos entendemos, ¿qué pasa? Nuestro amor como los árboles daba pájaros. ¿Qué está pasando? El viento del mar desesperado agita pañuelos de musgo en las esquinas. Me voy. Pañuelo de llorar: mejor me voy. Al atardecer los pájaros también se van, viajan a las torres buscando picos tiernos. A los reptiles, yo. Al fondo del agua a vivir ardiendo. Porque para esta sed el agua está vacía, vacía está el agua para mi corazón sediento. * * * * *
Voy a la casa donde no viviremos a mirar los muros que no se levantarán. Paseo las estancias y abro las ventanas para que entre el Tiempo de Ayer envejecido. ¡Si vieras! Entre las buganvillas cansadamente juegan los hijos que jamás tendremos. Yo los miro. Ellos me miran. Mi corazón humea. Éste es el sitio donde mi corazón humea. Y a esta hora, en el balcón, callada, yo sé que tú también te mueres y piensas en mí hasta ensangrentarte, Yo también pienso en ti. Ãyeme donde estés: por esta herida no sale sólo sangre: me salgo yo. * * * * *
La cita Son las siete; la calle está oscura; ya no vendrás. Aunque llegaras todas las tardes a la orilla de esta cita, y aguardaras, inmóvil, todas las horas que en el mundo faltan ya no me hallarás, porque esperándote perdí mi juventud. Y no como el guerrero que las manos moja en la espuma bermeja de la guerra. ¡No como los ardientes varones que conocí! : ¡Alexander extraviado en la espesura! ¡Gabriel amarrado a los torrentes! ¡Eugenio deshojado a la aventura! ¡Amaro, que un día solo con tu fusil partiste! ¡Os envidio, jóvenes vehementes, a quienes no bastándoles los crepúsculos, por mirar llamaradas incendiaron su propia edad florida! Yo, miserablemente perdí mi juventud; aguardando que cumplieras la cita de los parques, gasté los veloces años. ¡Oh cafés humosos donde fingí leer los diarios de mi feroz melancolía! Esperándote perdí la juventud y me pesa. Son las siete: y estoy solo. * * * * *
Como la lámpara olvidada arde invisible en el día, así mi corazón se ha consumido sin que tú lo vieras. Mas ya pasaron para ti las mieses, y tardos los años, yo sé que ahora tus ojos buscan las huellas bermejas de mi pasión. Es tarde: mi corazón calcinado apenas soporta sus cenizas, y aunque estás cercana, y quiero llamarte mudas están las hogueras donde antaño ardieron airadas voces tiernas. Mi tristeza ya no puede ni con el peso del rocío. Es tarde: la vida se nos gasta en actos vanos Es tarde: detrás de mis ojos ya no hay nadie. * * * * *
sombra Como el centinela que en la agreste torre lucha por no rendir los ojos al invencible sueño, yo resisto al olvido. Pero te me vuelves pequeña; la lluvia moja las calles de 1943; la lluvia rompe el cristal en que te guarda mi juventud. ¡Miseria de los amantes que locamente sueñan eterna la eternidad! El Día es de espuma, niebla es la carne, humo el ayer. El país luciente de nuestra juventud hermosa, el tiempo asoló con sus ejércitos potentes. Marcial acampó la herrumbre donde ardió la rosa. En la memoria sólo una calle queda por donde caminas lentamente. Ya casi no te miro, y el moribundo sol, atardeciendo, te torna cada día más pequeña. Pero pasan los años, y a medida que te vuelves más pequeña, arrojas una sombra más larga. * * * * *
Para que tú entres, a veces de tristeza, el corazón se me abre. Como una puerta tímida, para que tú entres, el corazón se me abre. Pero tú no vienes, no vuelas más sobre los campos. En vano mi corazón a la ventana de su dolor se asoma. Pasas de largo, como si el viento soplase sólo para allá. Pasa la mañana y no viene la tarde. Y el corazón se me cierra, como una mano sin nadie, el corazón se me cierra. * * * * *
La noche era bellísima.
Yo te quería.
San Salvador brillaba entre las flores.
Yo te quería.
La Felicidad nunca tendrá tus ojos azules.
Yo te quería.
Dueña de los Crepúsculos.
Yo te quería.
Pastora de la Brisa.
Yo te quería.
Ruiseñor Malvado.
Yo te quería.
Espuma del Silencio.
Yo te quería.
Agua bajo los Puentes.
Yo te quería.
Olvida los cantos que te escribí.
Yo te quería.
Aun ahora, aunque sea tarde,
y una paloma ciega
vuele para siempre entre nosotros.
Adiós a las bandadas,
adiós al tesoro enterrado en tu infancia,
adiós a las Hadas porque las Hadas no existen.
Ya dije las cosas que dije.
Por las que callo ha de crecerme musgo en la voz.
Cuando termine de contar esta agonía,
otro hombre se levantará de esta mesa.
Tal vez él no recuerde.
¡Pero yo me acuerdo tanto!
¡Si supieras cuánto te recuerdo!
* * * * *
La hierba crece ahora en todos los crepúsculos donde antes sonreías. La hierba o el olvido. Es igual. Entre mi dolor y tu silencio, hay una calle por donde te marchas lentamente. Hay cosas que no digo porque ciertas palabras son como embarcarse en interminables viajes. Para mi amor siempre tendrás veinte años. Mientras yo cante en tus ojos habrá agua limpia. Ya para siempre mi amor te circunda de cristal. Puedes morir mil veces. Inmutable en mi canto estás. Puedo olvidarte. Mas olvidada, resplandecerás. ¿Qué son las luciérnagas sino remotas luces que extintos amadores antaño encendieron? ¿Qué son sino carbones de hogueras que perduran, tras que sus caras y sus bocas se rompieron? Te digo que ni el rocío con tu rostro se atreverá No envejecerá la muchacha que, reclinada en mi sangre, un día miró una rosa hasta volverla eterna. Ahora la Rosa eterna está. Yo la distingo única, perfecta, en los jardines. Por las montañas y collados búscanla gentíos. Sólo mis ojos que tus ojos vieron, la pueden mirar. * * * * * *
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