Poesía Universal

Manuel María Flores

Biografía y amplia selección de poemas de Manuel María Flores. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Manuel María Flores. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Manuel María Flores

11 poemas seleccionados
1.

Adiós

Adiós para siempre, mitad de mi vida,
una alma tan sólo teníamos 
		los dos;
mas hoy es preciso que esta alma divida
la amarga palabra 
		del último adiós.

		
¿Por qué nos separan? ¿No saben acaso
que pasa la vida cual pasa 
		la flor?
Cruzamos el mundo como aves de paso...
Mañana, la tumba; 
		¿por qué hoy, el dolor...?

		
¿La dicha secreta de dos que se adoran
enoja a los cielos, y es 
		fuerza sufrir?
¿Tan sólo son gratas las almas que lloran
al torvo 
		destino...? ¿La ley es morir...?

		
¿Quién es el destino...? Te arroja a mis brazos,
en mi alma te 
		imprime, te infunde en mi ser,
y bárbaro luego me arranca a pedazos

		el alma y la vida contigo... ¿por qué?

		
Adiós... es preciso. No llores... y parte.
La dicha de vernos nos 
		quitan no más;
pero un solo instante dejar de adorarte,
hacer que 
		te olvide, ¿lo, pueden...? ¡Jamás!

		
Con lazos eternos nos hemos unido;
en vano el destino nos hiere a 
		los dos...
¡Las almas que se aman no tienen olvido,
no tienen 
		ausencia, no tienen adiós!
2.

Adoración

Como al ara de Dios llega el creyente,
trémulo el labio al exhalar el 
		ruego,
turbado el corazón, baja la frente,
así, mujer, a tu 
		presencia llego.

		
¡No de mí apartes tus divinos ojos!
Pálida está mi frente, de 
		dolores;
¿para qué castigar con tus enojos
al que es tan infeliz 
		con sus amores?

		
Soy un esclavo que a tus pies se humilla
y suplicante tu piedad 
		reclama,
que con las manos juntas se arrodilla
para decir con 
		miedo... ¡que te ama!

		
¡Te ama! Y el alma que el amor bendice
tiembla al sentirle, como 
		débil hoja;
¡te ama! y el corazón cuando lo dice
en yo no, sé qué 
		lágrimas se moja.

		
Perdóname este amor, llama sagrada,
luz de los cielos que bebí en 
		tus ojos,
sonrisa de los ángeles, bañada
en la dulzura de tus 
		labios rojos.

		
¡Perdóname este amor! A mí ha venido
como la luz a la pupila 
		abierta,
como viene la música al oído,
como la vida a la esperanza 
		muerta.

		
Fue una chispa de tu alma desprendida
en el beso de luz de tu 
		mirada,
que al abrasar mi corazón en vida
dejó mi alma a la tuya 
		desposada.

		
Y este amor es el aire que respiro,
ilusión imposible que 
		atesoro,
inefable palabra que suspiro
y dulcísima lágrima que 
		lloro.

		
Es el ángel espléndido y risueño
que con sus alas en mi frente 
		toca,
y que deja -perdóname... ¡es un sueño!-
el beso de los 
		cielos en mi boca.

		
¡Mujer, mujer! Mi, corazón de fuego,
de amor no sabe la palabra 
		santa,
pero palpita en el supremo ruego
que vengo a sollozar ante 
		tu planta.

		
¿No sabes que por sólo las delicias
de oír el canto, que tu voz 
		encierra,
cambiara yo, dichoso, las caricias
de todas las mujeres 
		de la tierra?

		
¿Que por seguir tu sombra, mi María,
sellando el labio, a la 
		importuna queja,
de lágrimas y besos cubriría
la leve huella que 
		tu planta deja?

		
¿Que por oír en cariñoso acento
mi pobre nombre entre tus labios 
		rojos,
para escucharte detendré mi aliento,
para mirarte me pondré 
		de hinojos?

		
¿Que por sentir en mi dichosa frente
tu dulce labio con pasión 
		impreso,
te diera yo, con mi vivir presente,
toda mi eternidad... 
		por sólo un beso?

		
Pero si tanto, amor, delirio tanto,
tanta ternura ante tus pies 
		traída,
empapada con gotas de mi llanto,
formada con la esencia de 
		mi vida;

		
si este grito de amor, íntimo, ardiente,
no llega a ti; si mi 
		pasión es loca...,
perdona los delirios de mi mente,
perdona las 
		palabras de tu boca.

		
Y ya no más mi ruego sollozante
irá a turbar tu indiferente 
		calma...
pero mí amor hasta el postrer instante
te daré con las 
		lágrimas del alma.
3.

Amémonos

Buscaba mi alma con 
		afán tu alma,
buscaba yo la virgen que mi frente
tocaba con su 
		labio dulcemente
en el febril insomnio del amor.

		
Buscaba la mujer pálida y bella
que en sueño me visita desde 
		niño,
para partir con ella mi cariño,
para partir con ella mi 
		dolor.

		
Como en la sacra soledad del templo
sin ver a Dios se siente su 
		presencia,
yo presentí en el mundo tu existencia,
y, como a Dios, 
		sin verte, te adoré.

		
Y demandando sin cesar al cielo
la dulce compañera de mi suerte,

		muy lejos yo de ti, sin conocerte
en la ara de mi amor te levanté.

		
No preguntaba ni sabía tu nombre,
¿En dónde iba a encontrarte? lo 
		ignoraba;
pero tu imagen dentro el alma estaba,
más bien 
		presentimiento que ilusión.

		
Y apenas te miré... tú eras ángel
compañero ideal de mi desvelo,

		la casta virgen de mirar de cielo
y de la frente pálida de amor.

		
Y a la primera vez que nuestros ojos
sus miradas magnéticas 
		cruzaron,
sin buscarse, las manos se encontraron
y nos dijimos "te 
		amo" sin hablar

		
Un sonrojo purísimo en tu frente,
algo de palidez sobre la mía,

		y una sonrisa que hasta Dios subía...
así nos comprendimos... nada 
		más.

		
¡Amémonos, mi bien! En este mundo
donde lágrimas tantas se 
		derraman,
las que vierten quizá los que se aman
tienen yo no sé 
		que de bendición.

		
Dos corazones en dichoso vuelo;
¡Amémonos, mi bien! Tiendan sus 
		alas
amar es ver el entreabierto cielo
y levantar el alma en 
		asunción.

		
Amar es empapar el pensamiento
en la fragancia del Edén perdido;

		amar es... amar es llevar herido
con un dardo celeste el corazón.

		
Es tocar los dinteles de la gloria,
es ver tus ojos, escuchar tu 
		acento,
en el alma sentir el firmamento
y morir a tus pies de 
		adoración.
4.

Ausencia

¡Quién me diera tomar 
		tus manos blancas
para apretarme el corazón con ellas,
y 
		besarlas..., besarlas, escuchando
de tu amor las dulcísimas 
		querellas!


		¡Quién me diera sentir 
		sobre mi pecho,
reclinada tu lánguida cabeza,
y escuchar, como en 
		antes, tus suspiros
tus suspiros de amor y de tristeza!


		¡Quién me diera posar 
		casto y suave
mi cariñoso labio en tus cabellos,
y que sintieras 
		sollozar mi alma
en cada beso que dejara en ellos!


		¡Quién me diera robar 
		un solo rayo
de aquella luz de tu mirar en calma,
para tener, al 
		separarnos luego,
con qué alumbrar la soledad del alma!


		¡Oh, quién me diera ser 
		tu misma sombra,
el mismo ambiente que tu rostro baña,
y, por 
		besar tus ojos celestiales,
la lágrima que tiembla en tu pestaña!


		¡Y ser un corazón todo 
		alegría,
nido de luz y de divinas flores,
en que durmiese tu alma 
		de paloma
el sueño virginal de sus amores!


		Pero en su triste 
		soledad, el alma
es sombra y nada más, sombra y enojos...
¿Cuándo 
		esta noche de la negra ausencia
disipará la aurora de tus ojos?
5.

Bajo las palmas

Morena por el sol de 
		mediodía
que en llama de oro fúlgido la baña,
es la agreste beldad 
		del alma mía,
la rosa tropical de la montaña.

		
Diole la selva su belleza ardiente;
diole la palma su gallardo 
		talle;
en su pasión hay algo del torrente
que se despeña 
		desbordado al valle.

		
Sus miradas son luz, noche sus ojos;
la pasión en su rostro 
		centellea,
y late el beso entre sus labios rojos
cuando desmaya su 
		pupila hebrea.

		
Me tiembla el corazón cuando la nombro;
cuando sueño con ella, me 
		embeleso;
y en cada flor con que su senda alfombro
pusiera un alma 
		como pongo un beso.

		
Allá en la soledad, entre las flores,
nos amamos sin fin a cielo 
		abierto,
y tienen nuestros férvidos amores
la inmensidad soberbia 
		del desierto.

		
Ella, regia, la beldad altiva,
soñadora de castos embelesos,

		se doblega cual tierna sensitiva
al aura ardiente de mis locos besos.

		
Y tiene el bosque voluptuosa sombra,
profundos y selvosos 
		laberintos,
y grutas perfumadas, con alfombra
de eneldos y tapices 
		de jacintos.

		
Y palmas de soberbios abanicos
mecidos por los vientos sonoros,

		aves salvajes de canoros picos
y lejanos torrentes caudalosos.

		
Los naranjos en flor que nos guarecen
perfuman el ambiente, y en 
		su alfombra 
		
un tálamo los musgos nos ofrecen
de las gallardas palmas a la 
		sombra.

		
Por pabellón tenemos la techumbre
del azul de los cielos 
		soberano,
y por antorcha de himeneo la lumbre
del espléndido sol 
		americano.

		
Y se oyen tronadores los torrentes 
y las aves salvajes en 
		conciertos,
en tanto celebramos indolentes
nuestros libres amores 
		del desierto.

		
Los labios de los dos, con fuego impresos,
se dicen en secreto de 
		las almas;
después .... desmayan lánguidos los besos 
		
y a la sombra quedamos de las palmas.
6.

Ecos

Mirad la aurora,
madre del día,
¡cómo derrama
luz, alegría!

		
Allá en el cielo
todo es fulgores;
¡todo en la tierra

		cantos y flores!

		
Sobre las hojas
tiemblan las perlas,
vienen las brisas
a 
		recogerlas.

		
Saltando el ave
trina en la rama,
brilla el aljófar
sobre 
		la grama.

		
¿Dó va el incienso,
de los aromas?
¿Qué dice el ritmo
de 
		las palomas?...

		
Y todo, luce,
canta, se agita,
vida sagrada
doquier 
		palpita.

		
Alza la tierra
su amante coro,
y el sol la paga
con besos 
		de oro.

		
Luego, la noche
su negra tienda
abre del mundo
sobre la 
		senda.

		
Y entre la sombra
muda y tranquila
asoma el astro
su alba 
		pupila.

		
¿Sois, por ventura,
blancas estrellas,
del cielo al mundo

		lágrimas bellas?

		
¿Joyas que bordan
el regio velo?
con que a la tierra
cobija 
		el cielo?

		
¿Chispas que lanza
la eterna sombra?
¿Polvo que deja
Dios 
		en su alfombra?...

		
Astros y flores
quizá no viera
si amor al alma
su luz no 
		diera.

		
Las vagas notas
que el arpa lanza,
¿no, son el himno
de la 
		esperanza?

		
El alma encierra
luz, armonía,
es una aurora
la fantasía.

		
Doquier que vague
mi pensamiento,
la miel recoge
de un 
		sentimiento.

		
Cual mariposa
va la ilusión
sobre las flores
de la 
		creación.

		
En los ruidos
que se levantan
hay dulces ecos,
voces que 
		cantan.

		
Rumor de besos
y de suspiros
flota en las alas
de los 
		céfiros.

		
Como en la selva
trinan las aves,
hay en el alma
voces 
		süaves.

		
Ecos solemnes
desconocidos,
por voz humana
no traducidos,

		
Ecos que el alma
tímida esconde,
ecos que vienen
de no sé 
		dónde.

		
Quizá del verbo
del alma inmensa
que dice al hombre
que 
		vela y piensa:

		
"-De toda vida
yo soy la llama:
contempla, adora,
espera y 
		ama."

		
Yo creo. Por eso
mi alma levanto.
Amo, y espero...
Por eso 
		canto.
7.

El

beso


		La luz de ocaso 
		moribunda toca
del pinar los follajes tembladores;
suspiran en el 
		bosque los rumores
y las tórtolas gimen en la roca.

		
Es el instante que el amor invoca,
ven junto a mí; te sostendré 
		con flores,
mientras roban volando los amores
el dulce beso de tu 
		dulce boca.

		
La virgen suspiró; sus labios rojos
apenas, ¡Yo te amo! 
		murmuraron,
se entrecerraron lánguidos los ojos,

		
los labios a los labios se juntaron
y las frentes bañadas de 
		sonrojos,
al peso de la dicha se doblaron.
8.

El sol

Y no buscaste un sol, 
		no; le tenías 
		
dentro del corazón, y ya el instante 
de su feliz oriente 
		presentías... 
		


		¡Ese sol era Amor! 
		Astro fecundo
que el corazón inflama 
		
y, con su fuego iluminando el mundo, 
		 
		 
		
como 
		un sol en el alma se derrama. 
		
Ante 
		él los sueños de la fe benditos, 
		
las blancas ilusiones, la esperanza,
y del alma la 
		virgen poesía, 
		
todo en enjambre celestial se lanza 
a hacer en torno al corazón 
		el día. 
		


		Así también el sol del 
		firmamento 
		
fúlgido al asomar. La flecha de oro 
de su rayo primer rasga el 
		espacio... 
		 
		 
		 
En 
		el pálido azul del éter vago, 
		  

		las últimas estrellas 
		
cintilan en sus limbos de topacio, 
		
tiemblan, se apagan tímidas... y luego 
		
el astro rey desde el confín profundo 
sacude sobre el 
		mundo 
		
su cabellera espléndida de fuego. 


		Como bocas amantes 

		que se aprestan al beso voluptuosas,
entreabren palpitantes 
		
su incensario de púrpura las rosas.
Las brisas se levantan 
a 
		despertar los pájaros dormidos
en el tibio regazo de sus nidos, 
		
y ellos, alegres, despertando, cantan.
Y cantando despiertan 

		el inquieto rumor de los follajes,
y el bosque todo, saludando al día 
		
desata la magnífica armonía
de sus himnos solemnes y salvajes. 
		


		Y todo es vida 
		rebosando amores 
		
y todo amores rebosando vida. 
Desde el trémulo seno de las 
		flores 
		
cargadas de rocío; 
desde el murmullo del cristal del río, 
y 
		el retumbo soberbio de los mares; 
		
desde la excelsa cumbre de los montes 
y el azul de los anchos 
		horizontes 
		
hasta la inmensidad del firmamento, 
es todo luz, perfumes y 
		cantares, 
		
es todo amor, y vida y movimiento. 

Tu sol, el de tu amor, 
		por mucho tiempo 
		
dentro de tu alma retardó su oriente; 
por mucho tiempo su divino 
		rayo 
		
no iluminó sobre tu regia frente 
las lindas flores de tu rico 
		mayo. 
		
Por mucho tiempo en vano la belleza 
te revistió de sus preciosas 
		galas,
y en torno de tu espléndida cabeza 
		
impaciente el amor batió sus alas. 

Por mucho tiempo así. 
		Llegó el momento,
la ansiada aurora, el despertar fecundo:
y, tú 
		lo sabes bien: dentro de mi alma,
ante el sol de tu amor, alzose un 
		mundo.


		El mundo de mi loca 
		fantasía,
mi mundo de poeta,
un pedazo de cielo que se abría
en 
		la región del alma más secreta,
un enjambre de sueños voladores
en 
		torno de dos almas cariñosas,
y del alba a los tibios resplandores

		un escondido tálamo de rosas
para el sueño nupcial de los amores.

		
Un cáliz desbordado de embriagueces,
de inmortales delicias, 

		un torrente de besos, de suspiros,
de lágrimas de amor y de caricias.

		¡Ah!  ¿Dónde estaba de mi lira ardiente
la orgullosa canción que 
		supe un día?
¿Do la palabra que, bañado en fuego,
al oído feliz de 
		la belleza,
en otro tiempo modular sabía?
¿Do las flores gentiles 
		que el poeta
al pasar la Hermosura derramaba
con musa fácil, 
		juvenil e inquieta?


		¿En dónde está mi 
		audacia, en otro tiempo.
en otro tiempo tan feliz y loca...?


		Ante el sol del amor 
		que vi en tus ojos,
cayó a tus pies mi adoración de hinojos
mi 
		alma tembló y enmudeció mi boca.
9.

En el baño

Alegre y sola en el 
		recodo blando
que forma entre los árboles el río
al fresco abrigo 
		del ramaje umbrío
se está la niña de mi amor bañando.

		
Traviesa con las ondas jugueteando
el busto saca del remanso 
		frío,
y ríe y salpica el glacial rocío
el blanco seno, de rubor 
		temblando.

		
Al verla tan hermosa, entre el follaje
el viento apenas 
		susurrando gira,
salta trinando el pájaro salvaje,

		
el sol mas poco a poco se retira;
todo calla... y Amor, entre el 
		ramaje,
a escondidas mirándola, suspira.
10.

Flor de un día

Yo di un eterno adiós a los placeres
cuando la pena doblegó mi 
		frente,
y me soñé, mujer, indiferente
al estúpido amor de las 
		mujeres.

		
En mi orgullo insensato yo creía
que estaba el mundo para mí 
		desierto,
y que en lugar de corazón tenía
una insensible lápida de 
		muerto.

		
Mas despertaste tú mis ilusiones
con embusteras frases de cariño,

		y dejaron su tumba las pasiones
y te entregué mi corazón de niño.

		
No extraño que quisieras provocarme,
ni extraño que lograras 
		encenderme;
porque fuiste capaz de sospecharme,
pero no eres capaz 
		de comprenderme.

		
¿Me encendiste en amor con tus encantos,
porque nací con alma de 
		coplero,
y buscaste el incienso de mis cantos?...
¿Me crees, por 
		ventura, pebetero?

		
No esperes ya que tu piedad implore,
volviendo con mi amor a 
		importunarte;
aunque rendido el corazón te adore,
el orgullo me 
		ordena abandonarte.

		
Yo seguiré con mi penar impío,
mientras que gozas envidiable 
		calma;
tú me dejas la duda y el vacío,
y yo en cambio, mujer, te 
		dejo el alma.

		
Porque eterno será mi amor profundo,
que en ti pienso constante y 
		desgraciado,
como piensa en la gloria el condenado,
como piensa en 
		la vida el moribundo.
11.

Frío

Cuento Bohemio

La tarde era triste,
la nieve caía,
su 
		blanco sudario
los campos cubría;
ni un ave volaba,
ni oíase 
		rumor.

		
Apenas la nieve
dejando su huella,
pasaba muy triste,
muy 
		pálida y bella,
la niña que ha sido
del valle la flor.

		
Llevaba en el cinto
su pobre calzado;
su hermano pequeño

		que marcha a su lado
le dice: -"No sienten
la nieve tus pies?"

		
"Mis pies nada sienten"
-responde con calma-
"El frío que yo 
		siento
lo llevo en el alma;
y el frío de la nieve 
		
más duro no es".

Y dice el pequeño
que helado tirita:

		-"¡Más frío que el de nieve!...
¿Cuál es, hermanita?
¡No hay otro 
		que pueda
decirse mayor!..."

		
-"Aquel que de muerte
las almas taladre;
aquel que en el alma

		me puso mi madre
el día que a mi esposo
me unió sin amor".

Versos y pensamientos de Manuel María Flores

4 citas
« Adiós para siempre, mitad de mi vida, / una alma tan sólo teníamos »
Manuel María Flores · Adiós
« Como al ara de Dios llega el creyente, / trémulo el labio al exhalar el »
Manuel María Flores · Adoración
« Buscaba mi alma con / afán tu alma, »
Manuel María Flores · Amémonos
« ¡Quién me diera tomar / tus manos blancas »
Manuel María Flores · Ausencia
Biblioteca poética

Libros de Manuel María Flores recomendados

Ediciones recomendadas para disfrutar de su obra poética completa y estudio crítico: