« Tus manos presurosas se / afanaron y luego, »
Manuel Magallanes Moure · Adoración
Biografía y amplia selección de poemas de Manuel Magallanes moure. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Manuel Magallanes moure. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Tus manos presurosas se afanaron y luego, como un montón de sombra, cayó el traje a tus pies, y confiadamente, con divino sosiego, surgió ante mí tu virgen y suave desnudez. Tu cuerpo fino, elástico, su esbelta gracia erguía. Eras en la penumbra como una claridad. Era un cálido velo que toda te envolvía, la inefable dulzura de tu serenidad. Con el alma en los ojos te contemplé extasiado. Fui a pronunciar tu nombre y me quedé sin voz.... Y por mi ser entero pasó un temblor sagrado, como si en ti, desnuda, se me mostrara Dios.
Alma mía, pobre alma mía, tan solitaria en tu dolor. Enferma estás de poesía, alma mía llena de amor. Crees que la vida es un cuento, crees que vivir es soñar... Pobre alma sin entendimiento, hora es esta de razonar. Ve que la vida no es aquella que te forjaste en tu candor: la vida con amor es bella, pero es más bella sin amor. Ve, alma mía, pobre alma mía ve y empéñate en comprender que el amor es melancolía y es amargura la mujer. Sin amor y sin sentimiento serás fuerte, podrás triunfar. Alma, la vida no es un cuento; alma, el vivir no es el soñar. Que en ti el vivir no deje huella ni de placer ni de dolor: la vida con amor es bella, pero es más bella sin amor. Sé cauta, sé diestra, sé fría; no te dejes enternecer que es el amor a la mujer por tu amor a la Poesía. Coge, alma, la flor del momento y no la quieras conservar. Si se marchita, échala al viento, que lo demás fuera soñar. Esta mujer es como aquélla: todas son fuente de dolor. Alma mía, la vida es bella, pero es más bella sin amor. Y mi alma dijo: «En mi embeleso oí tu voz como un cantar. ¿Sabes? Soñaba con un beso robado a orillas de la mar.
Amor que vida pones en mi muerte como una milagrosa primavera: ido ya te creí, porque en la espera, amor, desesperaba de tenerte. era el sueño tan largo y tan inerte, que si con vigor tanto no sintiera tu renacer, dudara, y te creyera, amor, sólo un engaño de la suerte. Mas te conozco bien, y tan sabido mi corazón, te tiene, que, dolido, sonríe y quiere huirte y no halla modo. Amor que tornas, entra. Te aguardaba. Temía tu regreso, y lo deseaba. Toma, no pidas, porque tuyo es todo.
Ella: Sus ojos suplicantes me pidieron una tierna mirada, y por piedad mis ojos se posaron en los suyos... Pero él me dijo : ¡más! Sus ojos suplicantes me pidieron una dulce sonrisa, y por piedad mis labios sonrieron a sus ojos... Pero él me dijo : ¡más! Sus manos suplicantes me pidieron que les diera las mías, y en mi afán de contentarlo, le entregué mis manos... Pero él me dijo : ¡más! Sus labios suplicantes me pidieron que les diera mi boca, y por gustar sus besos, le entregué mi boca trémula... Pero él me dijo : ¡más! Su ser, en una súplica suprema, me pidió toda, ¡toda!, y por saciar mi devorante sed fui toda suya Pero él me dijo: ¡más! Él: La pedí una mirada, y al mirarme brillaba en sus pupilas la piedad, y sus ojos parece que decían: ¡No puedo darte más! La pedí una sonrisa. Al sonreírme sonreía en sus labios la piedad, y sus ojos parece que decían: ¡No puedo darte más! La pedí que sus manos me entregara y al oprimir las mías con afán, parece que en la sombra me decía: ¡No puedo darte más! La pedí un beso, ¡un beso!, y al dejarme sobre sus labios el amor gustar, me decía su boca toda trémula: ¡No puedo darte más! La pedí en una súplica suprema, que me diera su ser..., y al estrechar su cuerpo contra el mío, me decía: ¡No puedo darte más!
Tus ojos y mis ojos se contemplan en la quietud crepuscular. Nos bebemos el alma lentamente y se nos duerme el desear. Como dos niños que jamás supieron de los ardores del amor, en la paz de la tarde nos miramos con novedad de corazón. Violeta era el color de la montaña. Ahora azul, azul está. Era una soledad el cielo. Ahora por él la luna de oro va. Me sabes tuyo, te recuerdo mía. Somos el hombre y la mujer. Conscientes de ser nuestros nos miramos en el sereno atardecer. Son del color del agua tus pupilas: del color del agua del amar. Desnuda, en ellas se sumerge mi alma, con sed de amor y eternidad.
tarde única se ha quedado en mi alma... Aquella tarde única se ha quedado en mi alma. Su luz flota en la sombra de mi noche interior. Sólo una fugitiva vislumbre en la ventana, sólo un azul reflejo, nada más que un vapor de luz que se filtraba por las breves junturas, sólo un vaho de cielo, no más que una ilusión de claridad fluyendo por entre los postigos. Nada más que el ensueño de aquel suave fulgor. Sólo esa fugitiva vislumbre en la ventana. No más. Y en la penumbra, libres al fin, tú y yo. En silencio llegaba yo al fondo de la dicha; con infantil dulzura, tú gemías de amor. Sólo el azul reflejo de aquella tarde única... ¿No ves tú en la ventana? ¿No ves tú? Quizá no. Acaso no lo viste, porque cuando yo inmóvil me quedé contemplando aquel suave fulgor, tú en aquellos momentos de lánguido reposo dormías dulcemente sobre mi corazón. Veo la fugitiva vislumbre en la ventana, oigo el ritmo apacible de tu respiración. Te siento. En la penumbra te siento. Eres tú misma que te duermes, ya mía, sobre mi corazón.
Quedo, muy quedo penetré a tu alcoba
y ahogando el rumor de mis
pisadas.
Avancé...
Ya la luz desfallecía.
El aposento sumergido
estaba
en una claridad tenue y dudosa;
y era esa claridad así tan
lánguida
como la suave luz de tus pupilas
cuando mi boca
febriciente y ávida
muerde la dulce carne de tus labios...
Entonces languidecen tus miradas
con desfallecimientos de crepúsculo.
En el limpio cristal de la ventana
agonizan reflejos purpurinos
y las sombras germinan en la estancia.
como un florecimiento de
tristezas
en los pliegues recónditos de un alma.
Flota un
vago perfume... Así el perfume
de tu alma de mujer enamorada.
Así
tan leve, así tan vago... Acaso
este perfume delicioso es tu alma!
Acaso este perfume es el espíritu
de aquellas pobres rosas deshojadas
que por buscar el sol del vaso huyeron
y sin sol se quedaron y sin
agua...
Acaso este perfume delicioso
así tan leve, así tan vago,
es tu alma!
Aquí la mesa pequeñita en donde
llorando escribes tus amantes
cartas:
allí tu traje rosa, cuya seda
el tibio aroma de tu cuerpo
guarda;
allá en el muro, hundida en la penumbra,
la silueta
borrosa de una santa;
acá el vacío espejo de Venecia
como un pozo
de sombra, y de la estancia
en un ángulo oscuro, el blanco lecho,
como un altar de albura inmaculada!
De rodillas caí junto a aquel lecho
y convulso de amor besé la
almohada,
y el tibio aroma de tu carne virgen
busqué, besando las
revueltas sábanas
que ajé ardorosamente en mi locura...
Y hallé las dulces huellas que buscaba
y el tibio aroma de tu
cuerpo amado
llegó hasta el fondo mismo de mi alma.
Y lloré de placer y de amargura,
y amoroso besé, mordí con rabia
y fué un delirio enorme y angustioso...
Temblé.
Miré en redor y mi mirada
se hundió en la negra sombra de la noche.
Sentí fuego en los ojos... Eran lágrimas.
Tambaleando salí,
como un demente,
y abierta y sola se quedó tu estancia...
A Pedro Gil En un rincón discreto del parque legendario sus muros que recubren viejas enredaderas alza el baño, al través de las brumas ligeras que suben de la tierra como de un incensario. Dentro de la vacía piscina un solitario sauce va dejando caer sus postrimeras hojas. mientras los sapos desde sus madrigueras gargarizan las notas de un vibrante rosario. Dentro de la vacía piscina un solitario sauce va dejando caer sus postrimeras hojas, mientras los sapos desde sus madrigueras gargarizan las notas de un vibrante rosario. Flota en aquel recinto misterioso el ensueño de las blancas mujeres que con reír sonoro se hundieron en el agua de la piscina aquella. Todo habla de caricias, y hasta un rayo risueño del sol poniente, vuela como un beso de oro que buscara una boca para posarse en ella.
buen olvido ¡Hace ya tanto tiempo! Te creí tan distante, tan perdida en el hondo sendero del olvido, y ha bastado esta noche tranquila e inquietante, y han bastado este aroma en el aire doemido, y estas sombras profundas y este vago claror de la luna en creciente, para que yo te tienda mi alma a través de todo, como una buena senda lunada de esperanza y olorosa de amor. Porque olvidé tus besos, tengo sed de tu boca, porque olvidé tu acento, tengo ansias de tu voz, porque olvidé tu alma, mi alma ahora te evoca al pie de la montaña, bajo el cielo de dios. Amada, ¿ves la luna? Dame, dame tu mano. Dame también tus labios. seremos como hermano y hermana. Nos iremos por el vago sendero que se interna en la noche. Nos seguirá un austero silencio, y poco a poco será el buen recordar. roces, palabras, besos. ¡Te creí tan distante! Y en la pálida noche, el placer fulgurante de sentirnos de nuevo, de volvernos a hallar.
Me detuve en la entreabierta puerta de mi oscuro hogar y besó mi boca yerta aquella bendita puerta que me convidaba a entrar. Mi corazón fatigado de luchar y de sufrir, cuando escuchó el sosegado rumor del hogar amado de nuevo empezó a latir. Fue como el lento regreso de la muerte hacia la vida, como quien despierta ileso tras fatal caída al beso de alguna boca querida. Adentro una voz serena decía cosas triviales y había un dejo de pena en esa voz suave y llena de cadencias musicales. La voz suave de la esposa despertó mi corazón, aquella voz amorosa que en otra edad venturosa me arrulló con su canción. Desfallecido de tanto batallar y padecer, llevando en los ojos llanto y en el alma desencanto llegué ante aquella mujer. Caí junto a su regazo y en él mi cabeza hundí, y unidos en mudo abrazo de nuevo atamos el lazo que en mi locura rompí. Ni reproches ni gemidos... sólo frases de perdón brotaron de esos queridos labios empalidecidos por tanta y tanta aflicción. «Llora, llora -me decía-. Yo sé que llorar es bueno»... Mudo mi llanto caía y ella mi llanto bebía y me estrechaba a su seno. Nunca, nunca he de olvidar sus palabras de cariño ni el amoroso cantar con que tras lento llorar me hizo dormir como a un niño.
« Tus manos presurosas se / afanaron y luego, »
« Alma mía, pobre alma mía, / tan solitaria en tu dolor. »
« Amor que vida pones en / mi muerte »
« Ella: / Sus ojos suplicantes me pidieron »
Ediciones recomendadas para disfrutar de su obra poética completa y estudio crítico: