« ¿Quién ha matado este hombre / que su voz no está enterrada? »
Manuel del Cabral · Aire durando
Biografía y amplia selección de poemas de Manuel del Cabral. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Manuel del Cabral. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
¿Quién ha matado este hombre que su voz no está enterrada? Hay muertos que van subiendo cuanto más su ataúd baja... Este sudor... ¿por quién muere? ¿por qué cosa muere un pobre? ¿Quién ha matado estas manos? ¡No cabe en la muerte un hombre! Hay muertos que van subiendo cuanto más su ataúd baja... ¿Quién acostó su estatura que su voz está parada? Hay muertos como raíces que hundidas... dan fruto al ala. ¿Quién ha matado estas manos, este sudor, esta cara? Hay muertos que van subiendo cuanto más su ataúd baja...
Donde el hombre es un árbol. Aquí, donde los ojos de los niños... Tal vez aquí no puedo decir nada. Tan cerca estoy de cosas que están siempre desnudas. Puede mi tiempo ahora herir la tarde. Yo vengo de tan lejos y de tantas palabras, vengo de tantas manos y de carne con precio, vengo de tantos vientres con inéditos gritos, que me sube la voz igual que un ojo. Aquí, donde este hombre para decirme que no tiene ropa desentierra los huesos de su sonrisa: su azucena valiente y definida, su azucena harapienta.
El huésped de los pájaros Yo sé bien que se hiere cuando silva. Comprendo que la tarde la va haciendo su canto. Me sé bien de memoria que su garganta pone más azul en los charcos que pisan los boyeros; y pone unas tierras extrañas en las bárbaras guitarras de los pinos. Comprendo que en el cutis del mar escribe cartas que sólo leen durmiendo los marinos; comprendo que su pico empuja a la mañana como el río sus rizos, la lleva con el calor de un viento hasta los hombres. Comprendo que sólo cuando él mueve las palabras, las cosas van cayendo en la tierra con la novedosa inutilidad que tiene siempre el árbol para dejar caer sus profundos frutos, inevitables de ser un poco Dios. Sin embargo, si no lo viera, si no lo tocara, me sería difícil comprender su presencia. No siempre baja a tierra, pero siempre bebe en el ojo suelto de un rocío.
Recordando el tatuaje ritual de los marinos, los náufragos de ojos redondos como el miedo, firman con arañazos en mis carnes su nombre. Pero un náufrago terco de mar equivocado por mi sangre arañazos me hace tan secretos que me llena de hondas escrituras de clave. Huésped mío, ¿qué buscas? ¿qué quieres, que a fuerza de ser mudo me golpeas como un odio sin puertas? ¿Qué más quieres? ¿No oíste? ¿No me oyes? ¿Son tan hondos tus ruidos? ¿Qué cincel hace tiempo le da golpes azules a esta piedra triste tirada aquí... mi cráneo? Ahora tú, tú sola. ¡Oh muerte que me pones ya tan joven!
Por escupir secretos en tu vientre, por el notario que juntó nuestros besos con un lápiz, por los paisajes que quedaron presos en nuestra almohada a trinos desplumados, por la pantera aún que hay en un dedo, por tu lengua que de pronto desprecia superficies, por las vueltas al mundo sin orillas en tu ola con náufragos: tu vientre; y por el lujo que se dan tus senos de que los limpie un perro que te lame, un ángel que te ladra si te vistes, cuatro patas que piensan cuando celan; todo esto me cuesta solamente tu cuerpo, un volumen insólito de sueldos regateados, un ponerme a coser silencios rotos, un ponerme por dentro detectives, cuidarme en las esquinas de tu origen, remendar mi heroísmo de fonógrafo antiguo todo el año lavando mis bolsillos ingenuos atrasando el reloj de mi sonrisa, haciendo blanco el día cuando llega visita, poniéndole gramática a tus ruidos poniendo en orden el manicomio cuerdo de tu sexo; déjame ahora que le junte mis dudas a la escoba, quiero quedarme limpio como un plato de pobre; tú, que llenaste mi sangre de caballos, tú, que si te miro me relincha el ojo, dobla tu instinto como en una esquina y hablemos allí solos, sin el uso, sin el ruido del alquilado mueble de tu cuerpo.
Ellos no tienen lecho, pero sus manos son las que hicieron nuestras casas. Ellos comen cuando pueden pero por ellos comemos cuando queremos. Ellos son zapateros pero están descalzos. Ellos nos visten pero están desnudos. Ellos son los dueños del aire cuando manejan alas, mas son los limosneros del aire de la tierra. Ellos no hablan, tienen palabras vírgenes... Hacen nuevo lo viejo... La mañana lo sabe y los espera...
Toda la noche la cotorra del brujo picoteando el silencio. Toda la noche estuvieron los hombres bregando con trozos de tinieblas. Toda la noche el farol casi humanos con su poco de día, matando la mirada dulce-azul del cocuyo. Y nada. El sepultado ni siquiera hedía. Todo aire de muerto lo mataban las flores. ¿Es que se hundió como si fuera en agua? Ayer, precisamente, se le vio en la bodega, luchando entre penumbra con unos diosecillos que saltaban sin tregua desde el tonel del vino hasta la copa, y corrían, corrían, como un grupo caliente de cosquillas por su cuerpo varón y su neblina. Toda la noche estuvieron los hombres cucuteando, registrando la tierra. Sin embargo, mi perro está ladrando, hoy a las siete de la mañana mi perro está ladrando, ladra junto a una mano que parece de náufrago fijo. ¡Creció el cadáver igual que un árbol para dar su fruto!
Ahora estás aquí. ¿Pero puedes estar? Tú dices que te llamas... Pero no, no te llamas... Desde que tengas nombre comienzo a no respirarte, a confirmar que no existes, y es probable que desde entonces no te nombre, porque cualquier detalle, una línea, una curva, es material de fuga; porque cada palabra es un poco de forma, un poco de tu muerte. Tu puro ser se muere de presente. Se muere hacia el contorno. Se muere hacia la vida.
Mi cuerpo estaba allí... nadie lo usaba. Yo lo puse a sufrir... le metí un hombre. Pero este equino triste de materia si tiene hambre me relincha versos, si sueña, me patea el horizonte; lo pongo a discutir y suelta bosques, sólo a mí se parece cuando besa... No sé qué hacer con este cuerpo mío, alguien me lo alquiló, yo no sé cuándo... Me lo dieron desnudo, limpio, manso, era inocente cuando me lo puse, pero a ratos, la razón me lo ensucia y lo adorable... Yo quiero devolverlo como me lo entregaron; sin embargo, yo sé que es tiempo lo que a mí me dieron.
Yo soy el sexo de los condenados. No el juguete de alcoba que economiza vida. Yo soy la amante de los que no amaron. Yo soy la esposa de los miserables. Soy el minuto antes del suicida. Sola de amor, mas nunca solitaria, limitada de piel, saco raíces... Se me llenan de ángeles los dedos, se me llenan de sexos no tocados. Me parezco al silencio de los héroes. No trabajo con carne solamente... Va más allá de digital mi oficio. En mi labor hay un obrero alto... Un Quijote se ahoga entre mis dedos, una novia también que no se tuvo. Yo apenas soy violenta intermediaria, porque también hay verso en mis temblores, sonrisas que se cuajan en mi tacto, misas que se derriten sin iglesias, discursos fracasados que resbalan, besos que bajan desde el cráneo a un dedo, toda la tierra suave en un instante. Es mi carne que huye de mi carne; horizontes que saco de una gota, una gota que junta todos los ríos en mi piel, borrachos; un goterón que trae todas las aguas de un ciclón oculto, todas las venas que prisión dejaron y suben con un viento de licores a mojarse de abismo en cada uña, a sacarme la vida de mi muerte.
« ¿Quién ha matado este hombre / que su voz no está enterrada? »
« Tal vez aquí no puedo / decir nada. »
« El huésped de los pájaros / Yo sé bien que se hiere cuando silva. »
« Recordando el tatuaje / ritual de los marinos, »
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