« Tú no vienes. / Te sientas a mi lado »
Luisa Castro · Agonía
Biografía y amplia selección de poemas de Luisa Castro. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Luisa Castro. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Tú no vienes. Te sientas a mi lado y te gusta hacer preguntas y esperas que yo extraiga un pez brillante del fondo del lago. Pescadora no soy. Nadie me ha visto enturbiando la orilla del río con unas botas de agua. Lo que estremece al buscador de oro, ese brillo convulso, para mí es dolor. De "De mí haré una estatua ecuestre" 1997
Antes de ser árbol fui cazador,
cacé ciervos,
cacé orugas,
cacé negros caballos de río,
cacé pájaros distintos en el ala de la noche,
cacé nobles dentaduras de conejo,
cacé un asno antiguo en el ojo de la higuera,
cacé vacas gordas con el cuerno habitado de pistilos.
cacé larvas para ti de pequeñita muerte,
cacé libélulas con el cuello dibujado
y rostros de sirena en el culo del invierno
cacé.
Antes de ser puente fui incendiaria
y en cada cabello abrí una brecha
como un barco.
Sabía el fuego,
conocía las artes. Parte de mis dedos
se ardieron y así vistes: piel bajo
la piel, en el útero
cenizas
y así nazco.
Ahora soy domador. Vivo en el circo
y luego lo peor
cuando la fatiga y la tarde
y una plantación de eunucos que regar
en el corazón imberbe de la tierra.
De "Los
versos del Eunuco" 1986
Aunque se
rían de los versos que te escribo
y que dejo escondidos en las mantas del catre,
pedaleo.
Y Vegadeo es de lejos un fósforo encendido,
llevo alas en las ruedas,
voy en llanta,
pero conozco el paisaje y tengo alma
porque hago amistades
con recuas de perros de varios pueblos
y diversa índole.
Me ladran porque te amo.
Se arrojan a mis zapatos como fanecas salvajes.
De
"Ballenas" 1988
No llenes el foso de cocodrilos, no lo hagas, bésame, yo luego no podré tirarme de cabeza y todo terminará como siempre sin haber empezado. Llévate mi vida, deja en paz mi pelo, lleva todo lo que tengo, nunca encontrarás el nudo oculto de mi cabeza, no me des la lata más, no me dejes un regalo ni quieras beberte mi copa, llévate mi vida y no me mires más. Sólo bucea, clava el arpón en tu presa, afina y discierne porque ya no eres joven. De "De mí haré una estatua ecuestre" 1997
Yo sólo espero que llegue la noche para poder dormir. Darán las once -no es la hora todavía de que se acuesten los niños-. Un poco más y podré cerrar los ojos hasta mañana. El día me despertará con la misma disculpa de siempre. Le perdonaré, sí. ** Yo sólo deseo que pase el tiempo y por fin llegue la muerte. Que pase sobre mi cabeza y mi cuerpo corriendo hasta que pueda decir basta, ya me has bautizado, nada nuevo sucederá si dejas caer sobre mí el agua y tus bendiciones. Sólo deseo eso. Que pase el tiempo deprisa, que llegue la vejez y ya nada importe, sólo lo que a solas en mi corazón sobreviva, sólo lo que me acompañe hasta allí y también allí todo eso me abandone. De "De mí haré una estatua ecuestre" 1997
De noche cuando el eunuco duerme soñando con mi tercera muerte y mi corazón divide el oro de la sangre un pequeño temblor me habita por la boca. Pulsar útiles arpas entonces, templar cálido hierro, cerrar sobre algún sexo las manos aún gritando sólo puedo morir, sólo puedo morir, quizás signifique estar cerca de mi soledad con un nudo. Quizás signifique verter fotografías en una zona a menudo extranjera golpeando una arena cimentada. Pero cuando duerme o se empeña en la venta de mis bienes, en mi rostro sobre el palo, sólo queda morir, sólo queda morir, lo doloroso es la mañana con himno y camareras, lo doloroso es mi cuerpo con andamiaje de ola como edificio de aire. A las cinco se llena de mujeres como un parque. A las seis un viento que oscurece lo recorre como un sable. De "Los versos del Eunuco" 1986
I Pero te dejo ir, te marchas, y yo ya no recuerdo si debo sufrir, si es mi hora, mi llanto, mi Penélope, mi asiento duro y fácil de tejedora a la sombra de una espera inconmovible: te dejo ir y la mañana cae espesa y ruidosa, se postra en mis pasillos, invade las cocinas y yo ya no te amo porque no, no es del todo cierto un dolor tan constatable. Te dejo ir y avanzas confusamente entre los parques, estropeándolo todo con las huellas de tus botas grandes de soldado rubio. Te vas a la guerra y decir miedo, verte desaparecer diciendo hambre, verte caminar con la muerte sonriéndote en la espalda, prostituta de quince minutos estrechos en la primera esquina, junto a la tienda de puñales. II Y no, no es del todo cierto un dolor tan apreciable porque hay una cosa entre los frigoríficos que se llama resurrección y cada hora decapitada, cada segundo mutilado, cada vinculación ahí afuera supone que los perros van a desaparecer algún día con su fidelidad que traiciona rebaños, con su estúpida conducta de amor incondicional y severo. No es del todo cierto eso de que yo sufra, pregúntale a una esfinge sin brazos y con la nariz incompleta si me ha visto pasar con lágrimas y duelo. Quieren responderte con la misma frase lapidaria, hija de siglos, ¡ah!, qué terrible llanto las cariátides, qué terrible llanto, pero yo no pertenezco a la historia y no tengo amistades de piedra. Yo, dulcemente, he llegado a la desmesura del amor, a la cintura estrechísima de la soledad, dulcemente, etcétera, y mi alma alargada por el uso, estirada y ensanchada por los viajes fugitivos de tu cuerpo acumula el aire y flota, mi alma floja, preguntándose qué es esa cosa de que te miren todas las ciudades, de que te acojan todas las Venecias. De "Odisea definitiva" 1984
Cuando las gaviotas se lo coman todo y en los esqueletos de los barcos proliferen los insectos, seguirás preguntándote qué hice contigo después de recordarte. Porque después del recuerdo vienen otras cosas que no conociste, que tampoco conocí porque desaparecían al ritmo ligero de lo no deseado. Pequeñas rozaduras que envejecían el instinto de retenerte y que no hacían daño, como ahora las gaviotas. Todavía no, pero las veo gordas sobre sus patas tiesas de aferrarse a los ahogados y comerles los ojos sin movimiento. Porque no opone resistencia la carroña engordarán tranquilas. Pero todavía no, aunque las vea. De "Los hábitos del artillero" 1990
el mundo por dos I Divido el mundo por dos. No hace falta ser antigua para comprenderlo: de un lado está mi cabeza, del otro está mi padre pescando pez espada en las costas irlandesas, en las heladas aguas donde mis abuelos tenían amantes jovencísimas e hijos confundidos con nombres de botella. Mi cabeza es pura inteligencia. El trabajo de mi padre es domesticador. Mi cabeza cabe en la boca del león. Es siniestro que yo me criase en la boca del león. Todas las noches salíamos a echarles comida a los leones. Me acuesto cansada, Silvia, todo el día arrojando comida a los leones. Mi padre me llama a gritos y tengo miedo todo el día. Trabajo todo el día. Les tengo un miedo a los leones, un miedo... Me acuesto con una pierna de menos pero pienso en la otra y en los leones. la ley de la selva es dura. Trabajo todo el día y los romanos tienen unos látigos que dan un miedo... Mi padre pescaba pez espada para que yo pudiese -es siniestro- alimentar al león con mi cabeza hermosísima. Nunca puedo dormir sin que el bostezo de un león me interrumpa el descanso. Como tengo un cuerpo lindo los leones me prefieren; Comen con ojos y dientes. Los romanos tienen unos látigos que dan un miedo... Yo pienso de camino, sobre una sola pierna, en la pierna que me queda. Voy feliz porque soy inteligente. Me acuesto y enseguida me levanto: tienen hambre los leones. ¡Ah, maricón!, los leones tienen un cerebro de mosquito y yo soy inteligente. Los romanos tienen unos látigos que dan un miedo... Sobrevivo sin las piernas, este león me devora la última, ¡ah, maricón!, qué cerebro de mosquito, quien me obligará a trabajar ahora que no tengo piernas para alimentar al león. Me acuesto cansada de cintura para arriba. De cintura para abajo soy pura inteligencia. Los hijos de mi padre se llamaban ron, caña, pez espada yo soy hija de mi padre, el domesticador. Quiero ver esas caras de jabón imperial. Nunca me acariciaron. Yo le metía mi inteligencia al león hasta el estómago y no tenía miedo. En la oreja izquierda llevo el pendiente de una amante hermosísima. Un día mi abuelo me dijo: llevarás este pendiente mientras la interpol permanezca en aguas irlandesas, vigilarás las mareas mientras los labios de tu padre huelan a contrabando. Dividido el mundo por dos. De cintura para arriba soy pura inteligencia. De cintura para abajo me gustan los leones. Divido el mundo por dos. Mi padre tiene las manos terminadas en punta y vive en una casa sin remos. Yo comeré toda mi vida apestosa carne de león. No pasaré hambre. Mi oreja izquierda sabe a pez espada. "De "Ballenas", 1988
inventario de la muerte
Al alquimista una fuga lenta de soldados
solicito, un solo golpe para mí
con amigas almas que se incendian para nadie
y la fiera sorda del cuerpo
a veces ya patria o ya derrota que conozco
sin derribos.
Puedes empezar a decir
¿y la intemperie?
Puedes
empezar a tocarte las manos.
Que no vendrá una guerra de treinta años a llevarte,
no vendrá mi voz con presagios y terrazas
a perderte.
Es la alegría de mis uñas sucias,
el olor de la piel y los zapatos de estratega
que no abandonaré, que no
abandonaré
en las llamas aunque ardas
para nadie
con un verso de urgencia y largo olvido en la garganta.
Al alquimista
dadle
el fuego, para mí el cuerpo extranjero
que no conoce mi país de penas
donde los cónsules del cieno se aburren libremente
con muchachos dulces que no saben
besar.
De "Los
versos del Eunuco" 1986
I Despiértame de este sueño de la muerte, príncipe de mis días, acércate, encuéntrame tendida en este sueño de la muerte. Tan bella como pueda serlo aquella que ha cruzado huyendo un bosque y se ha rendido, así soy yo de bella. Muerta y llorada por pequeños amigos. II Despiértame de este sueño de la muerte. Atiende toda señal del camino y presta oídos al rumor de los árboles. Ellos te guiarán. Ábrete paso, príncipe de mis días, encuéntrame aquí bella y dormida y bésame. Tanto como puedas besar a aquella que ha cruzado huyendo un bosque perseguida y sin culpa hasta perderse. Así de bella soy. III Tu caballo, escúchalo, sabe hacia dónde va, no lo reprendas. Sus pequeñas y sensibles orejas te guiarán. Hasta este claro en el bosque. Hasta mí, que sabía que vendrías a caballo. IV Escondida del filo mortal del malvado hasta aquí he llegado. Refugiada de los venenos que acechan, nadie puede arrancarme el corazón. Así de muerta estoy. V Pero la casa es pequeña y las herramientas, diminutas en mis manos. La bondad de mis amigos, un hermoso ataúd de cristal y un entierro hermoso. Y esa roja manzana de piel resplandeciente y maligna semilla, no más dura y más bella que este fruto de mi muerte. De "De mí haré una estatua ecuestre" 1997
Retrocede. No soy yo, que conozco la cinta del tiempo y navego a sabiendas de que en el mar las horas tienen otro arbitrio y otra medida las fuerzas. Es el mundo, que retrocede. De "Los hábitos del artillero" 1990
Se acabó la inocencia. Era una bebida empalagosa y breve, una comida exótica, ahora ya lo sé. La probé. De esas cosas que se toman un día y siempre las recuerdas, de esa gente que te encuentras y no vuelves a ver. Nunca sabrás lo que pasaría en el banco de la inocencia. Con los pies colgando allí sólo vive la gente que no recuerdas, lo que nunca ha pasado. Te sentaste un momento a escuchar desde lejos la orquesta. Era duro y solitario el banco de la inocencia. Demasiada prisa en volver como para no olvidarte algo. Ahora ya lo sabes, la inocencia es esa gente que se quedó tu chaqueta. De "De mí haré una estatua ecuestre" 1997
Averigua, dulce corazón de hermana imperdonable, cómo llegó hasta casa la discordia y cómo nos estalló en las manos un juguete que nunca deseamos, recuerda. Nos estalló en las manos. A ti te llevó la cara y a mí la mano izquierda. Ahora sólo puedo escribir pensando en mi amiga muerta. Ahora, dulce corazón de hermana imperdonable, sólo puedo escribir. ** Averigua, dulce hermana que nada perdonas ni a tus huestes eliges, dónde prendió el mal y qué he hecho y qué has hecho, quién de todas las furias (enmascarada, soberbia), desbarató la obra que el tiempo había erguido y se comió el papel donde quedaba escrito para el hombre venidero, aquel que te llamaba al fondo de la carretera con los brazos abiertos y el color de los ojos aún por determinar, la forma en que habrías de reconocerlo: Llegará de día con los rayos del sol, no enturbiará su mirada el frío del amanecer ni los oscuros reclamos del bosque. Pero cuando sea la hora tú ya no estarás. Estaré yo. y en ese momento del baile la muerte cambiará de pareja. *** Abre los ojos, es ella otra vez. No tengas miedo, es una cara amiga y te hablará con las mismas palabras de siempre. No deben sorprenderte sus frases de agradecimiento por oírla ya muerta ni sus gestos de disculpa por yacer en el suelo. Sabes que no se irá aunque tú te vayas y tus ojos no quieran ver. Sabes que no se irá, seguirá aquí, por una eternidad seguirá aquí. Eres tú la que ocupas su lugar. Eres tú la que llenas su tiempo. De "De mí haré una estatua ecuestre" 1997
« Tú no vienes. / Te sientas a mi lado »
« Antes de ser árbol fui cazador, / cacé ciervos, »
« Aunque se / rían de los versos que te escribo »
« No llenes el foso de cocodrilos, / no lo hagas, bésame, »
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