Poesía Universal

Luis Gonzaga Urbina

Biografía y amplia selección de poemas de Luis Gonzaga Urbina. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Luis Gonzaga Urbina. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Luis Gonzaga Urbina

12 poemas seleccionados
1.

A Erigone

Deja que llegue a ti, deja 
	que ahonde
como el minero en busca del tesoro,
que en tu alma negra la 
	virtud se esconde
como en el seno de la tierra el oro.

	
¡Alma sombría, ayer inmaculada!
Tu caída me asombra y me entristece.

	¿Qué culpa ha de tener la nieve hollada
si el paso del viajero la 
	ennegrece?

	
No mereces castigo ni reproche.
Entre los vicios tu virtud descuella;

	en el pliegue más negro de la noche
brillará más que la lejana estrella.

	
La mano aleve que al rosal arranca
su flor más bella, y luego la 
	deshoja;
la que manchó tu vestidura blanca,
la que en los brazos del 
	placer te arroja;

	
la que apagó en tu frente de azucena 
la llama del pudor y la 
	alegría, 
	
y ornó tu sien, marchita por la pena,
con las deshechas flores de la 
	orgía,

	
es la que al verte desvalida y sola,
te empuja hacia el abismo, sin 
	aliento;
la que tu amor y tu pureza inmola
por el amargo pan del 
	sufrimiento.

	
Me admiran tus heroicos sacrificios;
me admira que no temas, que no 
	dudes,
y que en la árida roca de los vicios
puedan colgar su nido las 
	virtudes.

	
Por eso llego a ti... ¿No lo imaginas?
A ver surgir, cual gratas 
	ilusiones,
luz entre sombras, flores entre ruinas,
¡amor entre los 
	muertos corazones!

	
Vengo a cubrirte de brillantes galas, 
a ser tu protección y tu 
	consuelo,
y a desatar tus poderosas alas
¡para que puedas ascender al 
	cielo!
2.

¡Aleluya!

¡Aleluya, aleluya,

	aleluya, alma mía!
Que en un himno concluya
mi doliente elegía:
Ya 
	me dijo: ¡Soy tuya!
Ya le dije: ¡Eres mía!
Y una voz encantada,
que 
	de lejos venía,
me anunció la alborada,
me gritó: ¡Ya es de día!


	Todo es luz y tibieza
lo 
	que fue sombra fría;
se apagó la Tristeza,
se encendió la alegría.

	Ya le dije: ¡Eres mía!
Ya me dijo: ¡Soy tuya!
-¡cuánto sol tiene el 
	día!-
¡Aleluya, alma mía!
3.

Así fue

Lo 
	sentí; no fue una
separación, sino un desgarramiento;
quedó atónita el 
	alma, y sin ninguna
luz, se durmió en la sombra el pensamiento.

	
Así fue; como un gran golpe de viento
en la serenidad del aire. 
	Ufano,
en la noche tremenda,
llevaba yo en la mano
una antorcha con 
	qué alumbrar la senda,
y que de pronto se apagó; la oscura
asechanza 
	del mal y del destino
extinguió así la llama y mi locura.

	
Vi un árbol a la orilla del camino,
y me senté a llorar mi 
	desventura.
Así fue, caminante
que me contemplas con mirada absorta

	y curioso semblante.

	
Yo estoy cansado, sigue tú adelante;
mi pena es muy vulgar y no te 
	importa.
Amé, sufrí, gocé, sentí el divino
soplo de la ilusión y la 
	locura;
tuve la antorcha, la apagó el destino,
y me senté a llorar mi 
	desventura
a la sombra de un árbol del camino.
4.

Confesión

Bien está: me río
porque es una forma de pudor la risa;
pero muy 
	adentro, muy solo, muy mío,
un pesar cansado se me vuelve hastío
y un 
	último anhelo se me extingue aprisa.
Mas no me contemples tan sólo la 
	cara;
acerca a mi espíritu -que es vaso pequeño-
tu vida, radiante de 
	júbilo, para
gustar de la gota de miel de un ensueño.
Del juvenil 
	cántico,
un eco remoto queda todavía
en tal cual epigrama romántico,

	y en una que otra sutil ironía.
Hace tiempo adquirí la destreza
de ser 
	frívolo. Ve mi alegría:
¿que de cuando en cuando sale la tristeza
en 
	un gesto ambiguo de melancolía?
Vivo y basta. Muerdo los frutos amargos

	de mi otoño, anuncio de un vecino invierno;
para mi fastidio los días son 
	largos,
ásperas las piedras, y el camino, eterno.

	
¡Bah! ¡No importa! Deja que alumbre mi paso
una intermitente luz de 
	poesía;
yo voy como todos, sin rumbo, al acaso...
Bebe, y no preguntes 
	si hay hiel en el vaso:
¡Déjame que ría!
5.

Desolación

Ha muerto ya la pasión loca

	después de una larga agonía.
No busques besos en mi boca.
Se quedó la 
	jaula vacía.


	Barrí los últimos despojos

	de ilusiones y de ternuras.
No busques brillo en mis ojos.
¿No ves que 
	la casa está a oscuras?


	Es inútil que tiendas la 
	mano.
Ni una flor en el parque en ruina.
No tiendas la mano. Es en 
	vano,
te pudieras clavar una espina.


	Sólo musgo en las lápidas 
	nace.
Ya lo ves: camposanto de olvido.
¡Vete! Y cierra el portón 
	podrido.
Déjame a solas con mis muertos.
6.

El ruiseñor cantaba. La noche era divina...

El ruiseñor cantaba. La 
	noche era divina,
toda cendal de nieve, toda cristal azul;
y en el 
	jardín de plata, la coruscante encina
alzaba entre la sombra su cúpula de 
	luz.

	
El ruiseñor cantaba. Y en un ambiente extático
dormían las praderas. 
	Cantaba el ruiseñor;
y el viento flebil, alitendido y aromático,

	soplaba el adorable cantar, de flor en flor.

	
Y repintó las cumbres la aurora ardiente y flava,
y levantó la 
	alondra su trino matinal,
y abrió su seno el día...y el ruiseñor cantaba

	soñando en el nocturno misterio de cristal.

	
Vino la siesta cálida; la tarde pensativa
vino; la noche negra sus 
	lumbres apagó,
y el ruiseñor cantaba, como si la votiva
lámpara de la 
	luna colgase de un crespón.

	
Estío, otoño, invierno, primavera... Y el canto
surgía de las verdes 
	entrañas del jardín,
alegre o melancólico -ora risa, ora llanto-

	inacabable y único, magnífico y sin fin.


	El ruiseñor se había vuelto 
	loco; se había
embriagado de luna, de sueño y de pasión,
y ¡cantaba, 
	cantaba...!
7.

En mi angustia, callada y escondida...

En mi angustia, callada y 
	escondida,
sé tú como enfermera bondadosa,
cuya mano ideal viene y se 
	posa,
llena de suave bálsamo, en la herida.

	
Ríe en mi tedio –sepulcral guarida– 
como un rayo de sol en una fosa;

	perfuma, como un pétalo de rosa,
el fango y la impureza de mi vida.

	
Del corazón en el silencio, canta;
entre las sombras de mi ser, 
	fulgura;
mi conturbado espíritu levanta;

	
enciende la razón en mi locura,
Tengo hambre y sed de bien, dame una 
	santa
limosna de piedad y de ternura...
8.

Hechicera

No sentí cuando entraste; 
	estaba oscuro
en la penumbra de un ocaso lento,
el parque antiguo de 
	mi pensamiento
que ciñe la tristeza, cual un muro.

	
Te vi llegar a mí como un conjuro,
como el prodigio de un 
	encantamiento,
como la dulce aparición de un cuento:
blanca de nieve y 
	blonda de oro puro.

	
Un hálito de abril sopló en mi otoño;
en cada fronda reventó un 
	retoño;
en cada viejo nido, hubo canciones;

	
y, entre las sombras del jardín –errantes
luciérnagas– brillaron, 
	como antes
de mi postrer dolor, las ilusiones.
9.

Humorismos tristes

¿Que si me duele? Un poco; 
	te confieso
que me heriste a traición; mas por fortuna
tras el rapto 
	de ira vino una
dulce resignación... Pasó el acceso.

	
¿Sufrir? ¿Llorar? ¿Morir? ¿Quién piensa en eso?
El amor es un huésped 
	que importuna;
mírame cómo estoy; ya sin ninguna
tristeza que decirte. 
	Dame un beso.

	
Así; muy bien; perdóname, fui un loco; 
tú me curaste -gracias-, y ya 
	puedo
saber lo que imagino y lo que toco:

	
En la herida que hiciste pon el dedo;
¿que si me duele? Si; me duele 
	un poco,
mas no mata el dolor... No tengas miedo...
10.

La

agonía blanca


	
	
	Blanca como esta noche no 
	he visto cosa alguna:
ni el mármol, ni la nieve, ni el armiño. Semeja

	el cielo, un gran abismo de plata, que refleja
su luz, en otro abismo de 
	cristal: la laguna.

	
Sólo, de tarde, en tarde, pasa, pequeña y bruna,
la góndola, que 
	efímero surco ondulante deja;
y cuando, hacia las brumas rutilantes, se 
	aleja,
todo es latir de astros; todo, fulgor de luna.

	
¿Donde están los colores? En uno se han fundido.
El negro huyó a 
	esconderse. El azul se ha dormido.
El blanco, puro y virgen, sus imperios 
	rescata.

	
Y en silencio vasto, sideral y profundo,
parece que esta noche se va 
	a morir el mundo
con una inmensa muerte de cristal y de plata.
11.

A Rubén Campos

La balada de la vuelta del juglar

	

	                                                                     
	A Rubén Campos

	
-Dolor: ¡qué callado vienes!
¿Serás el mismo que un día
se fue y 
	me dejó en rehenes
un joyel de poesía?
¿Por qué la queja retienes?

	¿ Por qué tu melancolía
no trae ornadas las sienes
de rosas de 
	Alejandría?
¿Qué te pasa? ¿Ya no tienes
romances de «yoglería»,

	trovas de amor y desdenes,
cuentos de milagrería?
Dolor: tan callado 
	vienes
que ya no te conocía...

	
Y él, nada dijo. Callado,
con el jubón empolvado,
y con gesto 
	fosco y duro,
vino a sentarse a mi lado,
en el rincón más oscuro,

	frente al fogón apagado.
Y tras lento meditar,
como en éxtasis de 
	olvido,
en aquel mudo penar,
nos pusimos a llorar,
con un llanto 
	sin rüido...


	* * * 

Afuera, 
	sonaba el mar...
12.

Las

perlas


	Como al fondo del mar baja

	el buzo en busca de perlas,
la inspiración baja a veces
al fondo de 
	mis tristezas
para recoger estrofas
empapadas con mis penas.
Y en 
	cada uno de mis versos
viven, con vida siniestra,
mis deseos, mis 
	temores,
mis dudas y mis creencias
¡Qué mucho que yo los ame!
¡Qué 
	mucho que yo los lea,
si son hojas arrancadas 
	
al libro de mi existencia!

Cuando en mi oscura memoria
la 
	frase brillando queda,
como en un jirón de nube
el reflejo de una 
	estrella,
es porque bajó tan hondo
la inspiración a cogerla,
que en 
	esa frase palpita
el corazón del poeta.

	
Siempre que a soñar me pongo
encantadoras quimeras,
imposibles 
	ideales,
seres de extraña belleza
que habitan en luminosas

	arquitecturas aéreas;
formas que flotan aisladas
y diáfanas, y 
	serenas,
como los ángeles blancos
de la Divina Comedia,
la realidad 
	de la vida,
inflexible, me despierta,
y quedo confuso y triste

	sintiendo angustias supremas,
como esas aves que huyen
en busca de 
	primavera
y en alta mar las sorprende
el furor de la tormenta.

	
Entonces escribo, escribo
con una ternura inmensa,
que sólo cuando 
	hago versos
el alma llora y se queja, 
	
y la inspiración se hunde
en el mar de las tristezas
para recoger 
	estrofas
empapadas en mis penas.
Y sin embargo, en el fondo,

	
Cuántos dolores se quedan
sin expresión, tan intensos
que no caben 
	en la idea,
porque son, deseos vagos,
aspiraciones inmensas,
alas 
	que exploran espacios,
sueños de cosas eternas,
nostalgias de extraños 
	mundos,
citas de lo que no llega...
La inspiración es un buzo
que 
	no ha pescado esas perlas.

Versos y pensamientos de Luis Gonzaga Urbina

4 citas
« Deja que llegue a ti, deja / que ahonde »
Luis Gonzaga Urbina · A Erigone
« ¡Aleluya, aleluya, / aleluya, alma mía! »
Luis Gonzaga Urbina · ¡Aleluya!
« sentí; no fue una / separación, sino un desgarramiento; »
Luis Gonzaga Urbina · Así fue
« Bien está: me río / porque es una forma de pudor la risa; »
Luis Gonzaga Urbina · Confesión
Biblioteca poética

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