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Luis García Montero · Bajo la luz quemada...
Biografía y amplia selección de poemas de Luis García Montero....
Biografía y amplia selección de poemas de Luis García Montero.
Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.
Bajo la luz quemada,
tienen frío los ojos con que buscas
estas
horas de octubre
y su jardín manchado de ginebra,
hojas secas,
silencios
que de nosotros hablan al caerse.
Porque si ya no existe,
aunque nadie se ocupe de sus
solemnidades,
hay noches en que llega la verdad,
ese huésped
incómodo,
para dejarnos sucios, vacíos, sin tabaco,
como en un
restaurante de sillas boca arriba
ya punto de cerrar.
-Nos están esperando.
Nada sé contestarte,
sólo que soy
consciente de mi propia ironía,
porque el hombre es un lobo también
consigo mismo
-Nos están esperando.
Negras y en alto, buitres silenciosos,
nos esperan las nubes en la calle.
Al pasar de los años, ¿qué sentiré leyendo estos poemas de amor que ahora te escribo? Me lo pregunto porque está desnuda la historia de mi vida frente a mí, en este amanecer de intimidad, cuando la luz es inmediata y roja y yo soy el que soy y las palabras conservan el calor del cuerpo que las dice. Serán memoria y piel de mi presente o sólo humillación, herida intacta. Pero al correr del tiempo, cuando dolor y dicha se agoten con nosotros, quisiera que estos versos derrotados tuviesen la emoción y la tranquilidad de las ruinas clásicas. Que la palabra siempre, sumergida en la hierba, despunte con el cuerpo medio roto, que el amor, como un friso desgastado, conserve dignidad contra el azul del cielo y que en el mármol frío de una pasión antigua los viajeros románticos afirmen el homenaje de su nombre, al comprender la suerte tan frágil de vivir, los ojos que acertaron a cruzarse en la infinita soledad del tiempo.
Canción 19 horas ¿Quién habla del amor? Yo tengo frío y quiero ser diciembre. Quiero llegar a un bosque apenas sensitivo, hasta la maquinaria del corazón sin saldo. Yo quiero ser diciembre. Dormir en la noche sin vida, en la vida sin sueños, en los tranquilizados sueños que desembocan al río del olvido. Hay ciudades que son fotografías nocturnas de ciudades. Yo quiero ser diciembre. Para vivir al norte de un amor sucedido, bajo el beso sin labios de hace ya mucho tiempo, yo quiero ser diciembre. Como el cadáver blanco de los ríos, como los minerales del invierno, yo quiero ser diciembre.
Ahora sé que estas calles nos han hecho solitarios y nuestro corazón tiene el pulso amarillo de las maderas lentas de un tranvía. Sobre su cuerpo viejo andábamos despacio, de forma irregular, con una simetría parecida a los árboles. Era hermoso acudir cada mañana y respetar la cita con la hiedra del muro, los ropajes cansados de las casas estrechas y de las calles sucias. Agradable cruzar sobre algún puente, detenerse lo exacto para ver cómo el agua discute en las orillas. En su jardín olimos los primeros inviernos, su curso indefinido por entre las palmeras. Casi nadie pasaba, sólo había cuarenta sillas rojas de los bares cerrados y alguna soledad definitiva. Durante muchos años, durante tantos días que pasaron el uno tras el otro, el deber era un cierto paseo solitario, la cita con un rumbo que sólo desviamos para pisar las horas que caían, los sueños que faltaban, la superficie helada de los charcos, para saltar los setos o besamos las uñas moradas por el frío. Y llegando a la puerta solíamos comprar pequeños caramelos de nata o de violetas. Entrábamos por fin para mezclamos como cada mañana de la vida con el paso cansado, los azulejos fríos de un mundo hecho en latín y números romanos. Ahora sé que en aquella ciudad deshabitada la gente andaba triste, con una soledad definitiva llena de abrigos largos y paraguas.
Como el primer cigarro, los primeros abrazos. Tú tenías una pequeña estrella de papel brillante sobre el pómulo y ocupabas la escena marginal donde las fiestas juntan la soledad, la música o el deseo apacible de un regreso en común, casi siempre más tarde. Y no la oscuridad, sino esas horas que convierten las calles en decorados públicos para el privado amor, atravesaron juntas nuestras posibles sombras fugitivas, con los cuellos alzados y fumando. Siluetas con voz, sombras en las que fue tomando cuerpo esa historia que hoy somos de verdad, una vez apostada la paz del corazón. Aunque también se hicieron los muebles a nosotros. Frente a aquella ventana -que no cerraba bien- en una habitación parecida a la nuestra, con libros y con cuerpos parecidos, estuvimos amándonos bajo el primer bostezo de la ciudad, su aviso, su arrogante protesta. Yo tenía una pequeña estrella de papel brillando sobre el labio.
Como el primer cigarro, los primeros abrazos. Tú tenías una pequeña estrella de papel brillando sobre el pómulo y ocupabas la escena marginal donde las fiestas juntan la soledad, la música o el deseo apacible de un regreso en común, casi siempre más tarde. Y no la oscuridad, sino esas horas que convierten las calles en decorados públicos para el privado amor, atravesaron juntas nuestras posibles sombras fugitivas con los cuellos alzados y fumando. Siluetas con voz, sombras en las que fue tomando cuerpo esa historia que hoy somos de verdad, una vez apostada la paz del corazón. Aunque también los muebles se hicieron a nosotros. Frente a aquella ventana -que no cerraba bien-, en una habitación parecida a l a nuestra, con libros y con cuerpos parecidas, estuvimos amándonos en el primer bostezo de la ciudad, su aviso, su arrogante protesta. Yo tenía una pequeña estrella de papel brillando sobre el labio.
Yo te estaba esperando. Más allá del invierno, en el cincuenta y ocho, de la letra sin pulso y el verano de mi primera carta, por los pasillos lentos y el examen, a través de los libros, de las tardes de fútbol, de la flor que no quiso convertirse en almohada, más allá del muchacho obligado a la luna, por debajo de todo lo que amé, yo te estaba esperando. Yo te estoy esperando. Por detrás de las noches y las calles, de las hojas pisadas y de las obras públicas y de los comentarios de la gente, por encima de todo lo que soy, de algunos restaurantes a los que ya no vamos, con más prisa que el tiempo que me huye, más cerca de la luz y de la tierra, yo te estoy esperando. Y seguiré esperando. Como los amarillos del otoño, todavía palabra de amor ante el silencio, cuando la piel se apague, cuando el amor se abrace con la muerte y se pongan mas serias nuestras fotografías, sobre el acantilado del recuerdo, después que mi memoria se convierta en arena, por detrás de la última mentira, yo seguiré esperando.
Si alguna vez la vida te maltrata, acuérdate de mí, que no puede cansarse de esperar aquel que no se cansa de mirarte.
Déjame,
pensamiento, déjame,
mañana seré tuyo,
volveré a ser tu presa.
Pero hoy,
mientras la luz araña en los árboles y pide
una
oportunidad,
quiero que me recoja la inútil primavera.
A la casa
del frío
regresaré mañana, cuando el tiempo
exponga sus razones
y el corazón pregunte
lo que falta por ver,
cuántos latidos
pueden quedarle para detenerse.
Tus ojos
que están llenos de selvas y son un manifiesto,
desordenadamente
me hacen aventurero
y revolucionario
amor Las palabras son barcos y se pierden así, de boca en boca, como de niebla en niebla. Llevan su mercancía por las conversaciones sin encontrar un puerto, la noche que les pese igual que un ancla. Deben acostumbrarse a envejecer y vivir con paciencia de madera usada por las olas, irse descomponiendo, dañarse lentamente, hasta que a la bodega rutinaria llegue el mar y las hunda. Porque la vida entra en las palabras como el mar en un barco, cubre de tiempo el nombre de las cosas y lleva a la raíz de un adjetivo el cielo de una fecha, el balcón de una casa, la luz de una ciudad reflejada en un río. Por eso, niebla a niebla, cuando el amor invade las palabras, golpea sus paredes, marca en ellas los signos de una historia personal y deja en el pasado de los vocabularios sensaciones de frío y de calor, noches que son la noche, mares que son el mar, solitarios paseos con extensión de frase y trenes detenidos y canciones. Si el amor, como todo, es cuestión de palabras, acercarme a tu cuerpo fue crear un idioma.
Más allá de la sombra te delatan tus ojos, y te adivino tersa, como un mapa extendido de asombro y de deseo. Date por muerta amor, es un atraco. Tus labios o la vida.
Ella me besa, marca la sonrisa y viaja por los labios al pasado con el adorno de sus sentimientos, lujosa y encendida como un árbol de navidad, paloma de amistades difíciles que abriga con recuerdos lo que duele por demasiado frío en el presente. Ayer te vimos por televisión, no vas a cambiar nunca. Él mide las palabras y me tiende la mano: hubiese preferido no encontrarme. Seguro como un pino del norte en su montaña, vigila los recodos, las umbrías, y sólo se interesa por el rumbo que la vida nos marca. Yo no pienso en traiciones, en el sucio prestigio de sus manos. Ãnicamente veo estos ojos de halcón y me pregunto: ¿qué pensarán de mí? Calle arriba, después, al despedirnos, mi cuerpo reflejado se detiene en los escaparates, y con necesidad de asegurarse, por encima de objetos de regalo, abrigos, maletines de piel, televisores, levanta el dedo y con temor me dice: no vas a cambiar nunca, no vas a cambiar nunca.
los días de lluvia
A Mari Carmen
Sabrás por la presente que empeoré de vida.
Mariano Maresca
Más o menos extraña
la vida fue pasando
tibiamente
por tu cuerpo y el mío.
Oigo la lluvia fría amontonarse
sobre las uralitas
y la noche
me atrapa
en el sudor eterno de su tranquilidad.
Tal vez
debiera despertarte, hacerte compartir
este presentimiento
de lejana belleza
con el que me confundo apenas un instante
para
volver a ti
que te abandonas
a la hermosa presencia
de tu respiración.
Pasan lentos los coches.
Oigo también
tu corazón lejano
pasar de madrugada entre la lluvia
y me asusta la sombra
de tanta intimidad.
Es tarde.
Uno escribe su vida en un poema,
analiza el amor
y se
acostumbra
a seguir como está, junto a tu cuerpo
que quizá me
recuerde todavía
desnudo entre las sábanas,
o las noches de lluvia nos confirman
que la vida, posiblemente
hermosa,
no siempre es un asunto disponible
y que a veces resulta
incluso mucha,
temible como ahora,
mientras que tengo miedo de
besarte al azar.
Lo sé. Hemos sido extranjeros
hablándonos por señas demasiado
cercanas,
ansiosos en las calles
de una nueva ciudad,
esperando
tal vez que nos fotografíen
delante de este amor y de sus cicatrices,
eso que confundimos con nuestros sentimientos
o acaso
-en noches
de locura-
con una sensación de humedad en los ojos.
Pero en pocas palabras se resumen
casi todos los días,
sus
sílabas contadas en mis versos
y la felicidad.
Tibiamente los años
nos descubren
que nada existe ya sin tu sudor y el mío,
que somos
todavía demasiado solemnes
cuando nos sorprendemos
temblando de
pasión,
llenos de instinto mal disimulado.
Por eso, mientras llueve,
agradezco tu cuerpo entre las sábanas
y esta pasión desierta
de acariciar tus muslos,
más o menos
extraños
y hermosos como un sueño
que acaba de llegar.
II
Noviembre
puede ser
una conquista,
porque vuelve otra vez
sobre los toldos,
las
horquillas de nácar imitado,
los abrigos baratos de entretiempo
donde tú te escondías
de pronto y mi deseo.
Y vuelve
con la torpe paciencia de la fidelidad,
como la
melodía
de una vieja canción que recordamos.
Ya sabes que el
otoño,
además del plumaje
mojado
de los árboles,
además de
la luz y de esta tierra,
era una cita rota, perdida entre nosotros.
Ahora
se nos abraza el tiempo débilmente a las piernas,
rompiéndonos el paso, alargando las hojas
de las enredaderas,
mientras todo es igual y nos anuncia
aquel viejo recuerdo confuso de
las horas,
aquellas caravanas
de días sin sentido
que pasaban
zumbando delante de los ojos,
que trajeron consigo
solamente dos
cuerpos amándose o temiendo.
Y no es ya la costumbre de acercarme,
cogerte la cintura,
desearte
con un deseo azul como un viento tranquilo
o pasear
despacio
cuando pesan las hojas debajo de los pies
y las campanas
crujen
prendidas en los árboles.
Y no es ya la costumbre de seguirte,
de aprender a pararme en los
escaparates
y oír tu voz llegar, volcarse en el oído
salvando la
distancia
que cabe entre dos cuerpos.
Era la vida entonces
la que nos recordaba,
con las claras sirenas
de sus barcos
y su bisutería,
que seguía latiendo quizás entre
nosotros,
deshecha,
nublada y pasajera
como el esperma seco
sobre la piel ya fría
que tanto hemos amado y casi siempre.
O tal vez preferimos
una feria de amor donde encontrarnos
para
llegar a ver
lo nunca visto.
No sabes que tu cuerpo,
en las noches sin tiempo como ésta,
se
confunde de pronto con el amanecer,
lo detiene dormido junto a mí.
Pero noviembre vuelve
con la torpe paciencia de la fidelidad
(las huellas del amor sobre los hombros
como una caravana de detalles
confusos),
y acaso pueda ser una conquista,
porque todo es más
claro.
Yo recuerdo
los primeros abrazos, solitarios,
a la pared pegados,
huyendo de la lluvia
de una vieja ciudad,
recién enamorados
todavía,
felices y nerviosos.
O la humedad imprevista de tu pelo
empapado de amor y de tormenta
en los campos abiertos
igual que
nuestros cuerpos a la furia de agosto.
Y las noches de paz
malhumorada
donde el amor pugnaba sobre el frío,
tiritando debajo
de las nubes
sobre un lecho de escarcha.
Y recuerdo
la lluvia mansa, lenta, que araña los cristales
como araño tu piel,
de la misma manera que el tiempo nos araña
una
vez descubierto
que también es hermoso amarse en la memoria
y en
la complicidad.
Abramos el balcón,
aullémosle a la luna
estirados de cuerpo
para arriba,
hermosos como lobos
que ahora entienden el rumbo del
que vienen,
que ahora saben el tiempo en el que habitan.
Es una luz distinta
la de estos contornos.
Sobre tu piel
se aplastan
las gotas de la lluvia
y la tierra se extiende
manchada como un tigre.
III
Nos visita el amor. Tiene la casa
una memoria ciega
de
sol sobre los brazos
y la pasión desierta de hierbas por la piel.
Debemos abrazamos seriamente
esta mañana gris de todas las
nostalgias
y pactar con la luz
que empieza a incomodamos
debajo
de las puertas
como un mirón secreto al que hay que soportar.
Son demasiadas cosas.
Se ve que el tiempo vuela indiferente,
ajeno entre nosotros
que hemos hablado tanto de la vida
para
llegar a tiempo a sus ojos abiertos,
a su pezón rosado
ya la
bóveda hermosa de los cuerpos
que buscábamos juntos,
atropelladamente,
abriendo cremalleras
con la impaciencia propia
de los enamorados.
El sol
que parece la carne dudosa de tus labios
se avecina
reptando y me recuerda
que es posible de nuevo recorrernos
mientras se apagan lentas las últimas estrellas.
Antes de que
nacieras y de que yo naciese
alguien debió vivir estas habitaciones,
sufrirlas solamente igual que las semanas,
poblarlas de deseos
realizados a medias.
Gentes de soledad.
Acaso todo valga
si algún día...
Nosotros
ya nada hemos fundado, ni siquiera un hogar.
Es más
sabio el amor cuando amanece,
cuando ya empieza a oírse la mañana,
por el camino largo, desierto de tu piel.
Esa luna color de viejo saxofón me retendrá en París. Esa luna color de vieja mariposa, de alma vieja buscando sobre el viento ojos para mirar el fin de siglo, gatos que son las dudas de la noche. Tiéndete junto a mí. Despierta en la memoria esa inquietud que guardan los que acaban de amarse, la imperceptible prisa de los labios que buscaron un cuello donde apoyar su aliento. Y déjame mirarte, frente a frente, con estos mismos ojos orientales que utiliza el amor para observamos.
Ese perdido reino donde cualquier política tiene forma de beso, de cicatriz privada detrás de los abrazos, nos está dominando con sus sueños, de distancia a distancia. Quiero que te levantes con la misma impaciencia que los árboles, creciendo hasta lo exacto para rozar mis labios, para buscar en ellos la humedad sin la lluvia. Sé que descubriremos siluetas desnudas por la casa, recuerdos visitantes, fantasmas de una noche sin verano, que andarán en nosotros y pedirán su cuenta, porque la oscuridad, como un espejo, nos devuelve la imagen que le damos. Pero conozco todas las preguntas que no sé contestarte, el cuerpo en donde viven las interrogaciones, tu sueño en los pañuelos, como de haber llorado.
Está solo. Para seguir camino se muestra despegado de las cosas. No lleva provisiones. Cunado pasan los días y al final de la tarde piensa en lo sucedido, tan sólo le conmueve ese acierto imprevisto del que pudo vivir la propia vida en el seguro azar de su conciencia, así, naturalmente, sin deudas ni banderas. Una vez dijo amor. Se poblaron sus labios de ceniza. Dijo también mañana con los ojos negados al presente y sólo tuvo sombras que apretar en la mano, fantasmas como saldo, un camino de nubes. Soledad, libertad, dos palabras que suelen apoyarse en los hombros heridos del viajero. De todo se hace cargo, de nada se convence. Sus huellas tienen hoy la quemadura de los sueños vacíos. No quiere renunciar. Para seguir camino acepta que la vida se refugie en una habitación que no es la suya. La luz se queda siempre detrás de una ventana. Al otro lado de la puerta suele escuchar los pasos de la noche. Sabe que le resulta necesario aprender a vivir en otra edad, en otro amor, en otro tiempo. Tiempo de habitaciones separadas. De "Habitaciones separadas"
separadas Está solo. Para seguir camino se muestra despegado de las cosas. No lleva provisiones. Cuando pasan los días y al final de la tarde piensa en lo sucedido, tan sólo le conmueve ese acierto imprevisto del que pudo vivir la propia vida en el seguro azar de su conciencia, así, naturalmente, sin deudas ni banderas. Una vez dijo amor. Se poblaron sus labios de ceniza. Dijo también mañana con los ojos negados al presente y sólo tuvo sombras que apretar en la mano, fantasmas como saldo, un camino de nubes. Soledad, libertad, dos palabras que suelen apoyarse en los hombros heridos del viajero. De todo se hace cargo, de nada se convence. Sus huellas tienen hoy la quemadura de los sueños vacíos. No quiere renunciar. Para seguir camino acepta que la vida se refugie en una habitación que no es la suya. La luz se queda siempre detrás de una ventana. Al otro lado de la puerta suele escuchar los pasos de la noche. Sabe que le resulta necesario aprender a vivir en otra edad, en otro amor, en otro tiempo. Tiempo de habitaciones separadas.
los sitios
posibles donde estabas...
...en un rincón del año...
V. Huidobro
Imaginar
los sitios posibles donde estabas,
verte llegar sin noche a La
Tertulia,
reconocer tu voz apresurada
al contar una anécdota
o
preguntar por mí,
saber que nos mirábamos antes de conocernos,
son
capítulos largos de mi vida.
Supongo que también te dejarán a ti
este mismo vacío,
esta
impaciencia por estar sin nadie
mientras se nos olvida
todo el
calor que duele de olvidado.
El naufragio es un don afín al hombre.
Después de que sucede
suelen tener las huellas
esa incomodidad que tienen las mentiras,
el recuerdo es un dogma,
la soledad el pecho que tú me acariciaste.
Pero cambiando de conversación
el tiempo -buen amigo
que
deforma el pasado como el amor a un cuerpo-
hará que cada día no
parezca un disparo,
que volvamos a vernos una tarde cualquiera,
en
un rincón del año y sin sentir
demasiada impotencia.
Será seguramente
como volver a estar,
como vivir de nuevo en
una edad difícil
o emborracharnos juntos
para pasar a solas la
resaca.
Igual que quemaduras debajo de los dedos,
en un segundo plano
seguiremos presentes y esperando
ese momento exacto del náufrago en
la orilla,
cuando al salir del mar
me escribas en la arena:
«Sé
que el amor existe,
pero no sé dónde lo aprendí».
En la mesa de al lado, un jardín de señoras en domingo abonadas al orden del murmullo y del té con limón, en un café de invierno por la tarde. Se quejan de los tiempos, beben, fuman, discuten sus secretos, asienten con sonrisas... Y de pronto se paran a mirarte. Despreocupada cuentas -y en el local tu voz es como el sable que hiere al enemigo- una historia de cama con detalles expertos, una manera de sentir la vida que penetra y disuelve la luz de iglesia, la humillación del frío en las rodillas, los cajones cerrados y las fotos de boda. Cierto tipo de gente sufre de los inviernos en los ojos, conoce las heladas que pasan por debajo de una puerta, una puerta de alcoba, allí donde la noche siempre tiene olor de espera inútil, y después de la espera se aceptan las mentiras, y después el silencio. Nada dejan los años en la mesa de al lado, sino un murmullo que envejece y una sombra que cruza por los labios como una cicatriz, un rencor en la piel de la conciencia. Tu voz es alta y joven, va vestida de fiesta y cuando se desnuda hace que el sol de invierno, conmovido, se detenga un instante para apoyar la frente sobre los ventanales del café.
Quien conozca los vientos, quien de la lejanía
haga una voz donde
guardar memoria,
quien conozca la piel de su desnudo
como conoce
el rastro de su nombre,
y no le tenga miedo, y le acompañe
más
allá del invierno encerrado en sus sílabas,
quien todo lo decida sin
la noche,
de golpe, como un beso,
que suba entre la niebla por el
puente,
que le roce los dedos a su propio vacío,
que salga al mar,
que pierda
el temor de alejarse.
En la debilitada
sombra violeta de las olas,
mientras se van
hundiendo con el puerto
los antiguos letreros y las luces,
flotarán esperando
nuestras conversaciones en el agua.
Serán el
obligado desengaño
que con la brisa caiga desde la arboladura,
devolviendo al recuerdo
la tempestad de hablar
o palabras partidas
como mástiles.
Porque los sueños dejan
igual que los naufragios
algún resto,
con maderas y cuerpos hundidos en las sábanas,
llenos
de dominada libertad.
No es la ciudad inmunda
quien empuja las velas. Tampoco el
corazón,
primitiva cabaña del deseo,
se aventura por islas
encendidas
en donde el mar oculta sus ruinas,
algas de Baudelaire,
espumas y silencios.
Es la necesidad, la solitaria
necesidad de un
hombre,
quien nos lleva a cubierta,
quien nos hace temblar, vivir
en cuerpos
que resisten la voz de las sirenas,
amarrados en proa,
con el timón gimiendo entre las manos.
Aléjate de allí, vayamos lejos,
sin la ilusión que llama
desesperadamente,
sin el dolor que asume su decencia.
La piel, mi
piel, los vientos
han preguntado tanto en las orillas,
tanto se
han estrellado por ciudades y pechos,
que no conocen patrias ni las
cantan,
no recuerdan naciones,
sólo pueblos.
Yo sé que su regreso
es el nuestro sin duda. Porque con voz
humana,
como marinos viejos,
sobre el desdibujado dolor de sus
espaldas,
vendrán para decirnos:
es el tiempo,
dejémonos volver con la marea.
El coraje y la
fuerza del crepúsculo
os llevarán al fondo de lo ya conocido,
y
veremos fragatas sobre los charcos negros,
pero la silueta desdoblada
de un niño
no será frágil ni tendrá cansancio.
Así, después del viaje,
sorprendidos y mudos delante del
fantasma,
mientras surgen despacio con el puerto
los antiguos
letreros y las luces,
oiremos la canción de los que llegan,
de los
que pisan tierra cuando han sido
durante muchos días esperados.
Y el mar, el dulce mar tan trágico,
a su propia distancia
sometido,
sabrá dejar escrito
que el viaje nunca fue nuestro
tesoro,
ni tampoco el dolor famoso en los poemas,
sino los sueños
puestos en la calle,
los lechos y su bruma,
al despertar de tantas
noches largas
donde sólo pudimos presentir,
hablar de los deseos
en la sombra.
Al lado de tu pelo, capital de los vientos,
la historia en dos,
el ruido de las lágrimas,
tienen que ser pasado necesario,
alejada
miseria,
cosas para contar después de algunos años,
si es que
alguien pregunta por nosotros.
Aunque también, y necesariamente,
entre la baja noche y esta casa
donde suelo escribir,
yo esperaré los labios
que con llamada
extraña de nuevo me pregunten:
¿Prisionero de amor, para quién llevas
un hombro de cristal y
otro de olvido?
Así amanece el día
Claudio Rodríguez
¿Conoces ya la tinta meditada
de la
primera luz?
Mira el esfuerzo
que en la copa más alta del bosque
más oscuro
raya un momento, avisa y mientras cae
forma la
claridad.
Así comienza el día.
Así también, contigo,
cobran
todas las cosas
un impreciso afán por empezar de nuevo,
por ser tu
compañía
cuando el tiempo aparezca.
Y no es el mecanismo
oxidado de un tren lo que se mueve,
ni
las maderas de la barca
están secas aún. No en todas las historias
el tiempo necesita la nostalgia.
Pero tiene la luz recuerdos que son nuestros.
Van a bajar los
dioses de sus libros,
alguien descubrirá que el mundo es navegable,
habrá días y noches, y en la luna
de lo ya sucedido
respirará la
fábula blanca del calendario.
¿Qué haremos de nosotros
ahora que los espejos todavía
no
tienen una sombra que llevarse a sus láminas
y los recuerdos nacen
aprendiendo
a contar hasta diez?
¿Qué podemos hacer con lo que nos
han dado?
Como una insinuación, como la piedra
interroga al estanque,
cae la luz en el sueño de la casa.
Y la distancia,
esa divinidad que medita en el agua
de los
puertos,
vuelve al pasado, busca entre sus mitos
un ángel sin
heridas,
una nueva metáfora,
algo que no es tu nombre,
pero que
yo pronuncio desde el fondo
abierto de tus ojos.
« Bajo la luz quemada, / tienen frío los ojos con que buscas »
« Al pasar de los años, / ¿qué sentiré leyendo estos poemas »
« Canción 19 horas / ¿Quién habla del amor? Yo tengo frío »
« Ahora sé / que estas calles nos han hecho solitarios »
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