Poesía Universal

Luis García Montero

Biografía y amplia selección de poemas de Luis García Montero....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Luis García Montero.

Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.

Lírica y Versos

Poemas de Luis García Montero

22 poemas seleccionados
1.

Bajo la luz quemada...

Bajo la luz quemada,
tienen frío los ojos con que buscas
estas 
		horas de octubre
y su jardín manchado de ginebra,
hojas secas, 
		silencios
que de nosotros hablan al caerse.

		
Porque si ya no existe,
aunque nadie se ocupe de sus 
		solemnidades,
hay noches en que llega la verdad,
ese huésped 
		incómodo,
para dejarnos sucios, vacíos, sin tabaco,
como en un 
		restaurante de sillas boca arriba
ya punto de cerrar.
                                        
		-Nos están esperando.

Nada sé contestarte,
sólo que soy 
		consciente de mi propia ironía,
porque el hombre es un lobo también 
		consigo mismo
                                         
		-Nos están esperando.

Negras y en alto, buitres silenciosos,

		nos esperan las nubes en la calle.
2.

Cabo Sounion

Al pasar de los años,
¿qué sentiré leyendo estos poemas
de amor 
		que ahora te escribo?
Me lo pregunto porque está desnuda
la 
		historia de mi vida frente a mí,
en este amanecer de intimidad,

		cuando la luz es inmediata y roja
y yo soy el que soy
y las 
		palabras
conservan el calor del cuerpo que las dice.

		
Serán memoria y piel de mi presente
o sólo humillación, herida 
		intacta.
Pero al correr del tiempo,
cuando dolor y dicha se agoten 
		con nosotros,
quisiera que estos versos derrotados
tuviesen la 
		emoción
y la tranquilidad de las ruinas clásicas.
Que la palabra 
		siempre, sumergida en la hierba,
despunte con el cuerpo medio roto,

		que el amor, como un friso desgastado,
conserve dignidad contra el 
		azul del cielo
y que en el mármol frío de una pasión antigua
los 
		viajeros románticos afirmen
el homenaje de su nombre,
al 
		comprender la suerte tan frágil de vivir,
los ojos que acertaron a 
		cruzarse
en la infinita soledad del tiempo.
3.

Canciã“n

Canción 19 horas


		¿Quién habla del amor? Yo tengo frío
y quiero ser diciembre.

		
Quiero llegar a un bosque apenas sensitivo,
hasta la maquinaria 
		del corazón sin saldo.
Yo quiero ser diciembre.

		
Dormir
en la noche sin vida,
en la vida sin sueños,
en los 
		tranquilizados sueños que desembocan
al río del olvido.

		
Hay ciudades que son fotografías
nocturnas de ciudades.
Yo 
		quiero ser diciembre.

		
Para vivir al norte de un amor sucedido,
bajo el beso sin labios 
		de hace ya mucho tiempo,
yo quiero ser diciembre.

		
Como el cadáver blanco de los ríos,
como los minerales del 
		invierno,
yo quiero ser diciembre.
4.

Como cada mañana

Ahora sé
que estas calles nos han hecho solitarios
y nuestro 
		corazón
tiene el pulso amarillo
de las maderas lentas de un 
		tranvía.

		
Sobre su cuerpo viejo
andábamos despacio, de forma irregular,

		con una simetría parecida a los árboles.

		
Era hermoso acudir
cada mañana
y respetar la cita con la 
		hiedra
del muro,
los ropajes cansados de las casas estrechas
y 
		de las calles sucias. Agradable
cruzar sobre algún puente,

		detenerse lo exacto
para ver cómo el agua discute en las orillas.

		
En su jardín olimos
los primeros inviernos, su curso indefinido

		por entre las palmeras.
Casi nadie pasaba,
sólo había
cuarenta 
		sillas rojas
de los bares cerrados y alguna soledad
definitiva.

		
Durante muchos años,
durante tantos días que pasaron
el uno 
		tras el otro,
el deber era un cierto paseo solitario,
la cita con 
		un rumbo que sólo desviamos
para pisar las horas que caían,
los 
		sueños que faltaban,
la superficie helada de los charcos,
para 
		saltar los setos
o besamos las uñas moradas por el frío.
Y 
		llegando a la puerta solíamos comprar
pequeños caramelos de nata o de 
		violetas.

		
Entrábamos por fin para mezclamos
como cada mañana de la vida

		con el paso cansado, los azulejos fríos
de un mundo hecho en latín

		y números romanos.

		
Ahora sé
que en aquella ciudad deshabitada
la gente andaba 
		triste,
con una soledad definitiva
llena de abrigos largos y 
		paraguas.
5.

Como el primer cigarro...

Como el primer cigarro,
los primeros abrazos. Tú tenías
una 
		pequeña estrella de papel
brillante sobre el pómulo
y ocupabas la 
		escena marginal
donde las fiestas juntan la soledad, la música
o 
		el deseo apacible de un regreso en común,
casi siempre más tarde.

		
Y no la oscuridad, sino esas horas 
que convierten las calles en 
		decorados públicos
para el privado amor,
atravesaron juntas

		nuestras posibles sombras fugitivas,
con los cuellos alzados y 
		fumando.
Siluetas con voz,
sombras en las que fue tomando cuerpo

		esa historia que hoy somos de verdad,
una vez apostada la paz del 
		corazón.

		
Aunque también se hicieron
los muebles a nosotros.
Frente a 
		aquella ventana -que no cerraba bien-
en una habitación parecida a la 
		nuestra,
con libros y con cuerpos parecidos,
estuvimos amándonos

		bajo el primer bostezo de la ciudad, su aviso,
su arrogante protesta. 
		Yo tenía
una pequeña estrella de papel
brillando sobre el labio.
6.

Conversaciones

Como el primer cigarro,

		los primeros abrazos. Tú tenías

		una pequeña estrella de papel

		brillando sobre el pómulo

		y ocupabas la escena marginal

		donde las fiestas juntan la soledad, la música

		o el deseo apacible de un regreso en común,

		casi siempre más tarde.

		

		Y no la oscuridad, sino esas horas

		que convierten las calles en decorados públicos

		para el privado amor,

		atravesaron juntas

		nuestras posibles sombras fugitivas

		con los cuellos alzados y fumando.

		Siluetas con voz,

		sombras en las que fue tomando cuerpo

		esa historia que hoy somos de verdad,

		una vez apostada la paz del corazón.

		

		Aunque también los muebles

		se hicieron a nosotros.

		Frente a aquella ventana -que no cerraba bien-,

		en una habitación parecida a l a nuestra,

		con libros y con cuerpos parecidas,

		estuvimos amándonos

		en el primer bostezo de la ciudad, su aviso,

		su arrogante protesta. Yo tenía

		una pequeña estrella de papel

		brillando sobre el labio.
7.

Confesiones

Yo te estaba esperando.
Más allá del invierno, en el cincuenta y 
		ocho,
de la letra sin pulso y el verano
de mi primera carta,

		por los pasillos lentos y el examen,
a través de los libros, de las 
		tardes de fútbol,
de la flor que no quiso convertirse en almohada,

		más allá del muchacho obligado a la luna,
por debajo de todo lo que 
		amé,
yo te estaba esperando.
Yo te estoy esperando.
Por detrás 
		de las noches y las calles,
de las hojas pisadas
y de las obras 
		públicas
y de los comentarios de la gente,
por encima de todo lo 
		que soy,
de algunos restaurantes a los que ya no vamos,
con más 
		prisa que el tiempo que me huye,
más cerca de la luz y de la tierra,

		yo te estoy esperando.
Y seguiré esperando.
Como los amarillos del 
		otoño,
todavía palabra de amor ante el silencio,
cuando la piel se 
		apague,
cuando el amor se abrace con la muerte
y se pongan mas 
		serias nuestras fotografías,
sobre el acantilado del recuerdo,

		después que mi memoria se convierta en arena,
por detrás de la última 
		mentira,
yo seguiré esperando.
8.

Dedicatoria

Si alguna 
		vez la vida te maltrata,
acuérdate de mí,
que no puede cansarse de 
		esperar
aquel que no se cansa de mirarte.
9.

Déjame, pensamiento, déjame...

Déjame, 
		pensamiento, déjame,
mañana seré tuyo,
volveré a ser tu presa.
                                    
		Pero hoy,
mientras la luz araña en los árboles y pide
una 
		oportunidad,
quiero que me recoja la inútil primavera.


		A la casa 
		del frío
regresaré mañana, cuando el tiempo
exponga sus razones

		y el corazón pregunte
lo que falta por ver,
cuántos latidos

		pueden quedarle para detenerse.
10.

Desordenadamente

Tus ojos

		que están llenos de selvas y son un manifiesto,

		desordenadamente

		me hacen aventurero

                                             
		y revolucionario
11.

El

amor


		Las palabras son barcos
y se pierden así, de boca en boca,

		como de niebla en niebla.
Llevan su mercancía por las conversaciones

		sin encontrar un puerto,
la noche que les pese igual que un ancla.

		
Deben acostumbrarse a envejecer
y vivir con paciencia de madera

		usada por las olas,
irse descomponiendo, dañarse lentamente,

		hasta que a la bodega rutinaria
llegue el mar y las hunda.

		
Porque la vida entra en las palabras
como el mar en un barco,

		cubre de tiempo el nombre de las cosas

		y lleva a la raíz de un adjetivo
el cielo de una fecha,

		el balcón de una casa,
la luz de una ciudad reflejada en un río.

		
Por eso, niebla a niebla,
cuando el amor invade las palabras,

		golpea sus paredes, marca en ellas

		los signos de una historia personal

		y deja en el pasado de los vocabularios

		sensaciones de frío y de calor,
noches que son la noche,

		mares que son el mar,
solitarios paseos con extensión de frase

		y trenes detenidos y canciones.

		
Si el amor, como todo, es cuestión de palabras,

		acercarme a tu cuerpo fue crear un idioma.
12.

El lugar del crimen

Más allá de la sombra
te delatan tus ojos,
y te adivino tersa,

		como un mapa extendido
de asombro y de deseo.
Date por muerta

		amor,
es un atraco.
Tus labios o la vida.
13.

El poder envejece

Ella me besa, marca la sonrisa
y viaja por los labios al pasado

		con el adorno de sus sentimientos,
lujosa y encendida como un árbol

		de navidad, paloma
de amistades difíciles

		que abriga con recuerdos lo que duele

		por demasiado frío en el presente.

		
Ayer te vimos por televisión,
no vas a cambiar nunca.

		
Él mide las palabras y me tiende la mano:

		hubiese preferido no encontrarme.

		Seguro como un pino del norte en su montaña,

		vigila los recodos, las umbrías,
y sólo se interesa por el rumbo

		que la vida nos marca.
Yo no pienso en traiciones, en el sucio

		prestigio de sus manos.
Únicamente veo

		estos ojos de halcón y me pregunto:
¿qué pensarán de mí?

		
Calle arriba, después, al despedirnos,

		mi cuerpo reflejado se detiene
en los escaparates,

		y con necesidad de asegurarse,
por encima de objetos de regalo,

		abrigos, maletines de piel, televisores,

		levanta el dedo y con temor me dice:

		no vas a cambiar nunca, no vas a cambiar nunca.
14.

En

los días de lluvia


		                                                                                 
		A Mari Carmen

		
                      
		Sabrás por la presente que empeoré de vida.
                                                                             
		Mariano Maresca

Más o menos extraña
la vida fue pasando 
		tibiamente
por tu cuerpo y el mío.

		
Oigo la lluvia fría amontonarse
sobre las uralitas
y la noche 
		me atrapa
en el sudor eterno de su tranquilidad.
                               
		Tal vez
debiera despertarte, hacerte compartir
este presentimiento

		de lejana belleza
con el que me confundo apenas un instante
para 
		volver a ti
                           
		que te abandonas
a la hermosa presencia
de tu respiración.


		Pasan lentos los coches.
                                     
		Oigo también
tu corazón lejano
pasar de madrugada entre la lluvia

		y me asusta la sombra
de tanta intimidad.
                                
      	
                                      
		Es tarde.
Uno escribe su vida en un poema,
analiza el amor
y se 
		acostumbra
a seguir como está, junto a tu cuerpo
que quizá me 
		recuerde todavía
desnudo entre las sábanas,

		
o las noches de lluvia nos confirman
que la vida, posiblemente 
		hermosa,
no siempre es un asunto disponible
y que a veces resulta 
		incluso mucha,
temible como ahora,
mientras que tengo miedo de 
		besarte al azar.

		
Lo sé. Hemos sido extranjeros
hablándonos por señas demasiado 
		cercanas,
ansiosos en las calles
de una nueva ciudad,
esperando 
		tal vez que nos fotografíen
delante de este amor y de sus cicatrices,

		eso que confundimos con nuestros sentimientos
o acaso
-en noches 
		de locura-
con una sensación de humedad en los ojos.

		
Pero en pocas palabras se resumen
casi todos los días,
sus 
		sílabas contadas en mis versos
y la felicidad.
Tibiamente los años

		nos descubren
que nada existe ya sin tu sudor y el mío,
que somos 
		todavía demasiado solemnes
cuando nos sorprendemos
temblando de 
		pasión,
llenos de instinto mal disimulado.

		
Por eso, mientras llueve,
agradezco tu cuerpo entre las sábanas

		y esta pasión desierta
de acariciar tus muslos,
más o menos 
		extraños
y hermosos como un sueño
que acaba de llegar.

		
II


		Noviembre
puede ser 
		una conquista,
porque vuelve otra vez
sobre los toldos,
las 
		horquillas de nácar imitado,
los abrigos baratos de entretiempo

		donde tú te escondías
de pronto y mi deseo.

		
Y vuelve
con la torpe paciencia de la fidelidad,
como la 
		melodía
de una vieja canción que recordamos.
Ya sabes que el 
		otoño,
además del plumaje
mojado
de los árboles,
además de 
		la luz y de esta tierra,
era una cita rota, perdida entre nosotros.

		
                                                                     
		Ahora
se nos abraza el tiempo débilmente a las piernas,

		rompiéndonos el paso, alargando las hojas
de las enredaderas,

		mientras todo es igual y nos anuncia
aquel viejo recuerdo confuso de 
		las horas,
aquellas caravanas
de días sin sentido
que pasaban 
		zumbando delante de los ojos,
que trajeron consigo
solamente dos 
		cuerpos amándose o temiendo.

		
Y no es ya la costumbre de acercarme,
cogerte la cintura, 
		desearte
con un deseo azul como un viento tranquilo
o pasear 
		despacio
cuando pesan las hojas debajo de los pies
y las campanas 
		crujen
prendidas en los árboles.

		
Y no es ya la costumbre de seguirte,
de aprender a pararme en los 
		escaparates
y oír tu voz llegar, volcarse en el oído
salvando la 
		distancia
que cabe entre dos cuerpos.
                                                  
		Era la vida entonces
la que nos recordaba,
con las claras sirenas 
		de sus barcos
y su bisutería,
que seguía latiendo quizás entre 
		nosotros,
deshecha,
nublada y pasajera
como el esperma seco

		sobre la piel ya fría
que tanto hemos amado y casi siempre.
                       
		O tal vez preferimos
una feria de amor donde encontrarnos
para 
		llegar a ver
lo nunca visto.

		
No sabes que tu cuerpo,
en las noches sin tiempo como ésta,
se 
		confunde de pronto con el amanecer,
lo detiene dormido junto a mí.

		
Pero noviembre vuelve
con la torpe paciencia de la fidelidad

		(las huellas del amor sobre los hombros
como una caravana de detalles 
		confusos),
y acaso pueda ser una conquista,
porque todo es más 
		claro.


		                                             
		Yo recuerdo
los primeros abrazos, solitarios,
a la pared pegados,

		huyendo de la lluvia
de una vieja ciudad,
recién enamorados 
		todavía,
felices y nerviosos.
O la humedad imprevista de tu pelo

		empapado de amor y de tormenta
en los campos abiertos
igual que 
		nuestros cuerpos a la furia de agosto.
Y las noches de paz 
		malhumorada
donde el amor pugnaba sobre el frío,
tiritando debajo 
		de las nubes
sobre un lecho de escarcha.
                                                  
		Y recuerdo
la lluvia mansa, lenta, que araña los cristales
                                    
		como araño tu piel,
de la misma manera que el tiempo nos araña
una 
		vez descubierto
que también es hermoso amarse en la memoria
y en 
		la complicidad.

		
Abramos el balcón,
aullémosle a la luna
estirados de cuerpo 
		para arriba,
hermosos como lobos
que ahora entienden el rumbo del 
		que vienen,
que ahora saben el tiempo en el que habitan.

		
Es una luz distinta
la de estos contornos.

Sobre tu piel 
		se aplastan
las gotas de la lluvia
y la tierra se extiende 
		manchada como un tigre.

		
III
Nos visita el amor. Tiene la casa
una memoria ciega
de 
		sol sobre los brazos
y la pasión desierta de hierbas por la piel.

		
Debemos abrazamos seriamente
esta mañana gris de todas las 
		nostalgias
y pactar con la luz
que empieza a incomodamos
debajo 
		de las puertas
como un mirón secreto al que hay que soportar.

		
Son demasiadas cosas.
Se ve que el tiempo vuela indiferente,

		ajeno entre nosotros
que hemos hablado tanto de la vida
para 
		llegar a tiempo a sus ojos abiertos,
a su pezón rosado
ya la 
		bóveda hermosa de los cuerpos
que buscábamos juntos,

		atropelladamente,
abriendo cremalleras
con la impaciencia propia 
		de los enamorados.

		
El sol
que parece la carne dudosa de tus labios
se avecina 
		reptando y me recuerda
que es posible de nuevo recorrernos

		mientras se apagan lentas las últimas estrellas.
Antes de que 
		nacieras y de que yo naciese
alguien debió vivir estas habitaciones,

		sufrirlas solamente igual que las semanas,
poblarlas de deseos 
		realizados a medias.

		
Gentes de soledad.

Acaso todo valga
si algún día...

		
                                                
		Nosotros
ya nada hemos fundado, ni siquiera un hogar.

Es más 
		sabio el amor cuando amanece,
cuando ya empieza a oírse la mañana,

		por el camino largo, desierto de tu piel.
15.

Esa luna color de viejo saxofón...

Esa luna color de viejo saxofón
me retendrá en París.
Esa luna 
		color de vieja mariposa,
de alma vieja buscando sobre el viento

		ojos para mirar el fin de siglo,
gatos que son las dudas de la noche.

		
Tiéndete junto a mí. Despierta en la memoria
esa inquietud que 
		guardan los que acaban de amarse,
la imperceptible prisa de los 
		labios
que buscaron un cuello donde apoyar su aliento.
Y déjame 
		mirarte, frente a frente,
con estos mismos ojos orientales
que 
		utiliza el amor para observamos.
16.

Ese perdido reino...

Ese perdido reino
donde cualquier política tiene forma de beso,
de 
		cicatriz privada
detrás de los abrazos,
nos está dominando con sus 
		sueños,
de distancia a distancia.

		
Quiero que te levantes
con la misma impaciencia que los árboles,

		creciendo hasta lo exacto
para rozar mis labios, para buscar en ellos

		la humedad sin la lluvia.

		
Sé que descubriremos
siluetas desnudas por la casa,
recuerdos 
		visitantes,
fantasmas de una noche sin verano,
que andarán en 
		nosotros y pedirán su cuenta,

		
porque la oscuridad, como un espejo,
nos devuelve la imagen que 
		le damos.

		
Pero conozco todas las preguntas
que no sé contestarte,
el 
		cuerpo en donde viven las interrogaciones,
tu sueño en los pañuelos, 
		como de haber llorado.
17.

Está solo. Para seguir camino...

Está solo. Para seguir camino
se muestra despegado de las cosas.

		No lleva provisiones.
Cunado pasan los días
y al final de la tarde 
		piensa en lo sucedido,
tan sólo le conmueve
ese acierto imprevisto

		del que pudo vivir la propia vida
en el seguro azar de su conciencia,

		así, naturalmente, sin deudas ni banderas.

		
Una vez dijo amor.
Se poblaron sus labios de ceniza.

Dijo 
		también mañana
con los ojos negados al presente
y sólo tuvo 
		sombras que apretar en la mano,
fantasmas como saldo,
un camino de 
		nubes.

		
Soledad, libertad,
dos palabras que suelen apoyarse
en los 
		hombros heridos del viajero.

		
De todo se hace cargo, de nada se convence.
Sus huellas tienen 
		hoy la quemadura
de los sueños vacíos.

		
No quiere renunciar. Para seguir camino
acepta que la vida se 
		refugie
en una habitación que no es la suya.
La luz se queda 
		siempre detrás de una ventana.
Al otro lado de la puerta
suele 
		escuchar los pasos de la noche.

		
Sabe que le resulta necesario
aprender a vivir en otra edad,

		en otro amor,
en otro tiempo.


		Tiempo de 
		habitaciones separadas.


		De 
		"Habitaciones separadas"
18.

Habitaciones

separadas


		Está solo. Para seguir camino 
		
se muestra despegado de las cosas. 
No lleva provisiones.


		Cuando pasan los días 
		
y al final de la tarde piensa en lo sucedido, 
tan sólo le 
		conmueve 
		
ese acierto imprevisto 
del que pudo vivir la propia vida 
en 
		el seguro azar de su conciencia, 
		
así, naturalmente, sin deudas ni banderas.

Una vez dijo amor. 
		
Se poblaron sus labios de ceniza.

Dijo también mañana 
con 
		los ojos negados al presente 
		
y sólo tuvo sombras que apretar en la mano, 
fantasmas como 
		saldo, 
		
un camino de nubes.

Soledad, libertad, 
dos palabras que 
		suelen apoyarse 
		
en los hombros heridos del viajero.

De todo se hace cargo, de 
		nada se convence. 
		
Sus huellas tienen hoy la quemadura 
de los sueños vacíos.

		
No quiere renunciar. Para seguir camino 
acepta que la vida se 
		refugie 
		
en una habitación que no es la suya. 
La luz se queda siempre 
		detrás de una ventana. 
		
Al otro lado de la puerta 
suele escuchar los pasos de la noche.

		
Sabe que le resulta necesario 
aprender a vivir en otra edad, 

		en otro amor, 
		
en otro tiempo.

Tiempo de habitaciones separadas.
19.

Imaginar

los sitios 
		posibles donde estabas...


		                                                                                    
		...en un rincón del año...
                                                                                                             
		V. Huidobro


		Imaginar 
		los sitios posibles donde estabas,
verte llegar sin noche a La 
		Tertulia,
reconocer tu voz apresurada
al contar una anécdota
o 
		preguntar por mí,
saber que nos mirábamos antes de conocernos,
son 
		capítulos largos de mi vida.

		
Supongo que también te dejarán a ti
este mismo vacío,
esta 
		impaciencia por estar sin nadie
mientras se nos olvida
todo el 
		calor que duele de olvidado.

		
El naufragio es un don afín al hombre.
Después de que sucede

		suelen tener las huellas
esa incomodidad que tienen las mentiras,

		el recuerdo es un dogma,
la soledad el pecho que tú me acariciaste.

		
Pero cambiando de conversación
el tiempo -buen amigo
que 
		deforma el pasado como el amor a un cuerpo-
hará que cada día no 
		parezca un disparo,
que volvamos a vernos una tarde cualquiera,
en 
		un rincón del año y sin sentir
demasiada impotencia.

		
Será seguramente
como volver a estar,
como vivir de nuevo en 
		una edad difícil
o emborracharnos juntos
para pasar a solas la 
		resaca.

		
Igual que quemaduras debajo de los dedos,
en un segundo plano

		seguiremos presentes y esperando
ese momento exacto del náufrago en 
		la orilla,
cuando al salir del mar
me escribas en la arena:
«Sé 
		que el amor existe,
pero no sé dónde lo aprendí».
20.

Impertinencias

En la mesa de al lado,
un jardín de señoras en domingo
abonadas al 
		orden del murmullo
y del té con limón,
en un café de invierno por 
		la tarde.

		
Se quejan de los tiempos, beben, fuman,
discuten sus secretos, 
		asienten con sonrisas...
Y de pronto se paran a mirarte.

		
Despreocupada cuentas
-y en el local tu voz es como el sable

		que hiere al enemigo-
una historia de cama con detalles expertos,

		una manera de sentir la vida
que penetra y disuelve
la luz de 
		iglesia,
la humillación del frío en las rodillas,
los cajones 
		cerrados y las fotos de boda.

		
Cierto tipo de gente
sufre de los inviernos en los ojos,

		conoce las heladas
que pasan por debajo de una puerta,
una puerta 
		de alcoba,
allí donde la noche siempre tiene
olor de espera 
		inútil,
y después de la espera se aceptan las mentiras,
y después 
		el silencio.

		
Nada dejan los años en la mesa de al lado,
sino un murmullo que 
		envejece y una sombra
que cruza por los labios como una cicatriz,

		un rencor en la piel de la conciencia.

		
Tu voz es alta y joven,
va vestida de fiesta y cuando se desnuda

		hace que el sol de invierno, conmovido,
se detenga un instante para 
		apoyar la frente
sobre los ventanales del café.
21.

Invitación al regreso

Quien conozca los vientos, quien de la lejanía
haga una voz donde 
		guardar memoria,
quien conozca la piel de su desnudo
como conoce 
		el rastro de su nombre,
y no le tenga miedo, y le acompañe
más 
		allá del invierno encerrado en sus sílabas,
quien todo lo decida sin 
		la noche,
de golpe, como un beso,
que suba entre la niebla por el 
		puente,
que le roce los dedos a su propio vacío,
que salga al mar, 
		que pierda
el temor de alejarse.

		
En la debilitada
sombra violeta de las olas,
mientras se van 
		hundiendo con el puerto
los antiguos letreros y las luces,

		flotarán esperando
nuestras conversaciones en el agua.
Serán el 
		obligado desengaño
que con la brisa caiga desde la arboladura,

		devolviendo al recuerdo
la tempestad de hablar
o palabras partidas 
		como mástiles.
Porque los sueños dejan
igual que los naufragios 
		algún resto,
con maderas y cuerpos hundidos en las sábanas,
llenos 
		de dominada libertad.

		
No es la ciudad inmunda
quien empuja las velas. Tampoco el 
		corazón,
primitiva cabaña del deseo,
se aventura por islas 
		encendidas
en donde el mar oculta sus ruinas,
algas de Baudelaire, 
		espumas y silencios.
Es la necesidad, la solitaria
necesidad de un 
		hombre,
quien nos lleva a cubierta,
quien nos hace temblar, vivir 
		en cuerpos
que resisten la voz de las sirenas,
amarrados en proa,

		con el timón gimiendo entre las manos.

		
Aléjate de allí, vayamos lejos,
sin la ilusión que llama 
		desesperadamente,
sin el dolor que asume su decencia.
La piel, mi 
		piel, los vientos
han preguntado tanto en las orillas,
tanto se 
		han estrellado por ciudades y pechos,
que no conocen patrias ni las 
		cantan,
no recuerdan naciones,
sólo pueblos.

		
Yo sé que su regreso
es el nuestro sin duda. Porque con voz 
		humana,
como marinos viejos,
sobre el desdibujado dolor de sus 
		espaldas,
vendrán para decirnos:
                                     
		es el tiempo,
dejémonos volver con la marea.

El coraje y la 
		fuerza del crepúsculo
os llevarán al fondo de lo ya conocido,
y 
		veremos fragatas sobre los charcos negros,
pero la silueta desdoblada 
		de un niño
no será frágil ni tendrá cansancio.

		
Así, después del viaje,
sorprendidos y mudos delante del 
		fantasma,
mientras surgen despacio con el puerto
los antiguos 
		letreros y las luces,
oiremos la canción de los que llegan,
de los 
		que pisan tierra cuando han sido
durante muchos días esperados.

		
Y el mar, el dulce mar tan trágico,
a su propia distancia 
		sometido,
sabrá dejar escrito
que el viaje nunca fue nuestro 
		tesoro,
ni tampoco el dolor famoso en los poemas,
sino los sueños 
		puestos en la calle,
los lechos y su bruma,
al despertar de tantas 
		noches largas
donde sólo pudimos presentir,
hablar de los deseos 
		en la sombra.

		
Al lado de tu pelo, capital de los vientos,
la historia en dos, 
		el ruido de las lágrimas,
tienen que ser pasado necesario,
alejada 
		miseria,
cosas para contar después de algunos años,
si es que 
		alguien pregunta por nosotros.

		
Aunque también, y necesariamente,
entre la baja noche y esta casa

		donde suelo escribir,
yo esperaré los labios
que con llamada 
		extraña de nuevo me pregunten:

		
¿Prisionero de amor, para quién llevas
un hombro de cristal y 
		otro de olvido?
22.

Irene

Así amanece el día
                                                               
		Claudio Rodríguez

¿Conoces ya la tinta meditada
de la 
		primera luz?
Mira el esfuerzo
que en la copa más alta del bosque 
		más oscuro
raya un momento, avisa y mientras cae
forma la 
		claridad.
Así comienza el día.
Así también, contigo,
cobran 
		todas las cosas
un impreciso afán por empezar de nuevo,
por ser tu 
		compañía
cuando el tiempo aparezca.

		
Y no es el mecanismo
oxidado de un tren lo que se mueve,
ni 
		las maderas de la barca
están secas aún. No en todas las historias

		el tiempo necesita la nostalgia.

		
Pero tiene la luz recuerdos que son nuestros.
Van a bajar los 
		dioses de sus libros,
alguien descubrirá que el mundo es navegable,

		habrá días y noches, y en la luna
de lo ya sucedido
respirará la 
		fábula blanca del calendario.

		
¿Qué haremos de nosotros
ahora que los espejos todavía
no 
		tienen una sombra que llevarse a sus láminas
y los recuerdos nacen 
		aprendiendo
a contar hasta diez?
¿Qué podemos hacer con lo que nos 
		han dado?

		
Como una insinuación, como la piedra
interroga al estanque,

		cae la luz en el sueño de la casa.

		
Y la distancia,
esa divinidad que medita en el agua
de los 
		puertos,
vuelve al pasado, busca entre sus mitos
un ángel sin 
		heridas,
una nueva metáfora,
algo que no es tu nombre,
pero que 
		yo pronuncio desde el fondo
abierto de tus ojos.

Versos y pensamientos de Luis García Montero

4 citas
« Bajo la luz quemada, / tienen frío los ojos con que buscas »
Luis García Montero · Bajo la luz quemada...
« Al pasar de los años, / ¿qué sentiré leyendo estos poemas »
Luis García Montero · Cabo Sounion
« Canción 19 horas / ¿Quién habla del amor? Yo tengo frío »
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« Ahora sé / que estas calles nos han hecho solitarios »
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Biblioteca poética

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