Biografía

Vida

Luis Cernuda (Sevilla, 21 de septiembre de 1902 – México, D.F., 5 de noviembre de 1963) deslumbró por su portentosa voz lírica y su capacidad única para transformar las emociones más intensas en versos inolvidables. Su vida estuvo consagrada al arte de la palabra, explorando el misterio del amor, el destino y la belleza del mundo con enorme carisma.

Frente a las incertidumbres de su tiempo, defendió con valentía la libertad de creación y la autenticidad del sentimiento más puro. Su obra poética permanece como una joya imperecedera que sigue emocionando a lectores de todas las generaciones por su frescura y hondura humana.

Poesia

Luis Cernuda

Luis Cernuda (Sevilla, 21 de septiembre de 1902 – México, D.F., 5 de noviembre de 1963) fue un poeta y crítico literario español, miembro de la Generación del 27.

Lírica y Versos

Poemas de Luis Cernuda

20 poemas seleccionados
1.

Adolescente fui en días idénticos a nubes...

Adolescente fui en días idénticos a nubes,
cosa grácil, visible por 
		penumbra y reflejo,
y extraño es, si ese recuerdo busco,
que 
		tanto, tanto duela sobre el cuerpo de hoy.

		
Perder placer es triste
como la dulce lámpara sobre el lento 
		nocturno;
aquel fui, aquel fui, aquel he sido...
era la ignorancia 
		mi sombra.

		
Ni gozo ni pena; fui niño
prisionero entre muros cambiantes;

		historias como cuerpos, cristales como cielos,
sueño luego, un sueño 
		más alto que la vida.

		
Cuando la muerte quiera
una verdad quitar de entre mis manos,

		las hallará vacías, como en la adolescencia,
ardientes de deseo, 
		tendidas hacia el aire.
2.

Amando

en el tiempo


		El tiempo, 
		insinuándose en tu cuerpo,

		tal la nube de polvo en fuente pura,

		aquella gracia antigua desordena

		y clava en mí una pena silenciosa.

		

		Otros antes que yo vieron un' día,

		y otros luego verán, cómo decir

		la amada forma esbelta, recordando

		de cuánta gloria es cifra un cuerpo hermoso.

		

		Pero la vida sólo la aprendemos,

		y placer y dolor se ofrecen siempre

		tal mundo virgen para cada hombre.

		Así mi pena inculta es nueva ahora.

		

		Nueva como lo fuese al primer hombre,

		que cayó con su amor del paraíso

		cuando viera, tal cielo ya vencido

		por sombra, envejecer el cuerpo amado.
3.

Cómo llenarte, soledad...

Cómo llenarte, soledad,
sino contigo misma... 
		

De niño, entre las pobres guaridas de la tierra, 
quieto en 
		ángulo oscuro, 
		
buscaba en ti, encendida guirnalda,
mis auroras futuras y 
		furtivos nocturnos, 
		
y en ti los vislumbraba, 
naturales y exactos, también libres y 
		fieles, 
		
a semejanza mía, 
a semejanza tuya, eterna soledad. 

Me 
		perdí luego por la tierra injusta
como quien busca amigos o ignorados 
		amantes; 
		
diverso con el mundo, 
fui luz serena y anhelo desbocado,
y en 
		la lluvia sombría o en el sol evidente 
		
quería una verdad que a ti te traicionase, 
olvidando en mi afán

		cómo las alas fugitivas su propia nube crean.

		
Y al velarse a mis ojos
con nubes sobre nubes de otoño desbordado

		la luz de aquellos días en ti misma entrevistos, 
		
te negué por bien poco;
por menudos amores ni ciertos ni 
		fingidos,
por quietas amistades de sillón y de gesto,
por un 
		nombre de reducida cola en un mundo fantasma, 
		
por los viejos placeres prohibidos 
como los permitidos 
		nauseabundos,
útiles solamente para el elegante salón susurrado,

		en bocas de mentira y palabras de hielo. 
		

Por ti me encuentro ahora el eco de la antigua persona
que yo 
		fui, 
		
que yo mismo manché con aquellas juveniles traiciones; 
por ti me 
		encuentro ahora, constelados hallazgos,
limpios de otro deseo, 
		
el sol, mi dios, la noche rumorosa,
la lluvia, intimidad de 
		siempre, 
		
el bosque y su alentar pagano, 
el mar, el mar como su nombre 
		hermoso;
y sobre todo ellos, 
		
cuerpo oscuro y esbelto,
te encuentro a ti, tú, soledad tan mía,

		y tú me das fuerza y debilidad 
		
como el ave cansada los brazos de la piedra. 

Acodado al 
		balcón miro insaciable el oleaje,
oigo sus oscuras imprecaciones, 
		
contemplo sus blancas caricias;
y erguido desde cuna vigilante 
		
soy en la noche un diamante que gira advirtiendo a los hombres, 

		por quienes vivo, aún cuando no los vea; 
		
y así, lejos de ellos, 
ya olvidados sus nombres, los amo en 
		muchedumbres,
roncas y violentas como el mar, mi morada, 
		
puras ante la espera de una revolución ardiente 
o rendidas y 
		dóciles, como el mar sabe serlo
cuando toca la hora de reposo que su 
		fuerza conquista. 
		

Tú, verdad solitaria,
transparente pasión, mi soledad de 
		siempre, 
		
eres inmenso abrazo;
el sol, el mar,
la oscuridad, la estepa,

		el hombre y su deseo,
la airada muchedumbre,
¿qué son sino tú 
		misma?

		
Por ti, mi soledad, los busqué un día; 
en ti, mi soledad, los 
		amo ahora.
4.

Contigo

¿Mi tierra?

		Mi tierra eres tú. 
		


		¿Mi gente? 

		Mi gente eres tú. 
		


		El destierro y 
		la muerte 
para mi están adonde 
no estés tú. 
		


		¿Y mi vida? 

		Dime, mi vida, 
		
¿qué es, si no eres tú?
5.

Dans ma péniche

Quiero vivir cuando el amor muere;
muere, muere pronto, amor mío.

		Abre como una cola la victoria purpúrea del deseo,
aunque el amante 
		se crea sepultado en un súbito otoño,
aunque grite:
Vivir así es 
		cosa de muerte.

		
Pobres amantes,
clamáis a fuerza de ser jóvenes;
sea propicia 
		la muerte al hombre a quien mordió la vida,
caiga su frente 
		cansadamente entre las manos
junto al fulgor redondo de una mesa con 
		cualquier triste libro
pero en vosotros aún va fresco y fragante 

		el leve perejil que adorna un día al vencedor adolescente.
Dejad por 
		demasiado cierta la perspectiva de alguna nueva tumba solitaria.
Aún 
		hay dichas, terribles dichas a conquistar bajo la luz terrestre.
Ante 
		vuestros ojos, amantes,
cuando el amor muere,
vida de la tierra y 
		la vida del mar palidecen juntamente;
el amor, cuna adorable para los 
		deseos exaltados,
los ha vuelto tan lánguidos como pasajeramente 
		suele  hacerlo
el rasguear de una guitarra en el ocio marino 

		y la luz del alcohol, aleonado como una cabellera;
vuestra guarida 
		melancólica se cubre de sombras crepusculares
todo queda afanoso y 
		callado. 

Así suele quedar el pecho de los hombres
cuando cesa 
		el tierno borboteo de la melodía confiada,
y tras su delicia 
		interrumpida
un afán insistente puebla el nuevo silencio.

		
Pobres amantes,
¿de qué os sirvieron las infantiles arras que 
		cruzasteis,
cartas, rizos de luz recién cortada, seda cobriza o negra 
		ala?
Los atardeceres de manos furtivas,    
el 
		trémulo palpitar, los labios que suspiran,
la adoración rendida a un 
		leve sexo vanidoso,
los ay mi vida y los ay muerte mía,
todo, 
		todo,
amarillea y cae y huye con el aire que no vuelve.

		
Oh, amantes,
encadenados entre los manzanos del edén,
cuando 
		el amor muere,
vuestra crueldad; vuestra piedad pierde su presa,
y 
		vuestros brazos caen como cataratas macilentas,
vuestro pecho queda 
		como roca sin ave,
y en tanto despreciáis todo lo que no lleve un 
		velo funerario,
fertilizáis con lágrimas la tumba de los sueños,

		dejando allí caer, ignorantes como niños,
la libertad, la perla de 
		los días.

		
Pero tú y yo sabemos,
río que bajo mi casa fugitiva deslizas tu 
		vida experta,
que cuando el hombre no tiene ligados sus miembros 
		
por las encantadoras mallas del amor,
cuando el deseo es como una 
		cálida azucena
que se ofrece a todo cuerpo hermoso que fluya a 
		nuestro lado,
cuánto vale una noche como ésta, indecisa 
entre la 
		primavera última y el estío primero,
este instante en que oigo los 
		leves chasquidos del bosque
nocturno. Conforme conmigo mismo y con la 
		indiferencia
de los otros,
solo yo con mi vida,
con mi parte en 
		el mundo.

		
Jóvenes sátiros
que vivís en la selva, labios risueños
ante el 
		exangüe Dios cristiano,
a quien el comerciante adora para mejor 
		cobrar su mercancía
pies de jóvenes sátiros,
danzad más presto 
		cuando el amante llora,
mientras lanza su tierna endecha
de: Ah, 
		cuando el amor muere.
Porque oscura y cruel la libertad entonces ha 
		nacido;
vuestra descuidada alegría sabrá fortalecerla,
y el deseo 
		girará locamente en pos de los hermosos 
		
cuerpos que vivifican el mundo un solo instante.
6.

Deseo

Por el 
		campo tranquilo de septiembre,
del álamo amarillo alguna hoja,

		como una estrella rota,
girando al suelo viene.

		
Si así el alma inconsciente,
Señor de las estrellas y las hojas,

		fuese, encendida sombra,
de la vida a la muerte.
7.

Diré

Diré cómo nacisteis, placeres 
		prohibidos...


		Diré cómo nacisteis, placeres prohibidos,
como nace un deseo sobre 
		torres de espanto,
amenazadores barrotes, hiel descolorida,
noche 
		petrificada a fuerza de puños,
ante todos, incluso el más rebelde,

		apto solamente en la vida sin muros.

		
Corazas infranqueables, lanzas o puñales,
todo es bueno si 
		deforma un cuerpo;
tu deseo es beber esas hojas lascivas
o dormir 
		en ese agua acariciadora.
No importa;
Ya declaran tu espíritu 
		impuro.

		
No importa la pureza, los dones que un destino
levantó hacia las 
		aves con manos imperecederas;
no importa la juventud, sueño más que 
		hombre,
la sonrisa tan noble, playa de seda bajo la tempestad
de 
		un régimen caído.

		
Placeres prohibidos, planetas terrenales,
miembros de mármol con 
		sabor de estío,
jugo de esponjas abandonadas por el mar,
flores de 
		hierro, resonantes como el pecho de un hombre.

		
Soledades altivas, coronas derribadas,
libertades memorables, 
		manto de juventudes;
quien insulta esos frutos, tinieblas en la 
		lengua,
es vil como un rey, como sombra de rey
arrastrándose a los 
		pies de la tierra
para conseguir un trozo de vida.

		
No sabía los límites impuestos,
límites de metal o papel,
ya 
		que el azar le hizo abrir los ojos bajo una luz tan alta,
adonde no 
		llegan realidades vacías,
leyes hediondas, códigos, ratas de paisajes 
		derruidos.

		
Extender entonces la mano
es hallar una montaña que prohíbe,

		un bosque impenetrable que niega,
un mar que traga adolescentes 
		rebeldes.

		
Pero si la ira, el ultraje, el oprobio y la muerte,
ávidos 
		dientes sin carne todavía,
amenazan abriendo sus torrentes,
de 
		otro lado vosotros, placeres prohibidos,
bronce de orgullo, blasfemia 
		que nada precipita,
tendéis en una mano el misterio.
Sabor que 
		ninguna amargura corrompe,
cielos, cielos relampagueantes que 
		aniquilan.


		Abajo 
		estatuas anónimas,
sombras de sombras, miseria, preceptos de niebla;

		una chispa de aquellos placeres
brilla en la hora vengativa.
su 
		fulgor puede destruir vuestro mundo.
8.

Donde

habite el olvido...


		Donde 
		habite el olvido, 

		En los vastos jardines sin aurora; 

		Donde yo sólo sea 

		Memoria de una piedra sepultada entre ortigas 

		Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios. 

		

		Donde mi nombre deje 

		Al cuerpo que designa en brazos de los siglos, 

		Donde el deseo no exista. 

		

		En esa gran región donde el amor, ángel terrible, 

		No esconda como acero 

		En mi pecho su ala, 

		Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento. 

		

		Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya, 

		Sometiendo a otra vida su vida, 

		Sin más horizonte que otros ojos frente a frente. 

		

		Donde penas y dichas no sean más que nombres, 

		Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo; 

		Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo, 

		Disuelto en niebla, ausencia, 

		Ausencia leve como carne de niño. 

		

		Allá, allá lejos; 

		Donde habite el olvido.
9.

El

viento y el alma


		Con tal vehemencia el viento 
		
viene del mar, que sus sones 
elementales contagian 
el 
		silencio de la noche. 
		

Solo en tu cama le escuchas 
insistente en los cristales 

		tocar, llorando y llamando 
		
como perdido sin nadie. 

Mas no es él quien en desvelo 
te 
		tiene, sino otra fuerza 
		
de que tu cuerpo es hoy cárcel, 
fue viento libre, y recuerda.
10.

Eras, instante, tan claro...

Eras, instante, tan claro.
Perdidamente te alejas,
dejando 
		erguido al deseo
con sus vagas ansias tercas.

		
Siento huir bajo el otoño
pálidas aguas sin fuerza,
mientras 
		se olvidan los árboles
de las hojas que desertan.

		
La llama tuerce su hastío,
sola su viva presencia,
y la 
		lámpara ya duerme
sobre mis ojos en vela.

		
Cuán lejano todo. Muertas
las rosas que ayer abrieran,
aunque 
		aliente su secreto
por las verdes alamedas.

		
Bajo tormentas la playa
será soledad de arena
donde el amor 
		yazca en sueños.
La tierra y el mar lo esperan.
11.

Escondido

en los muros...


		Escondido 
		en los muros 

		este jardín me brinda 

		sus ramas y sus aguas 

		de secreta delicia. 

		Qué silencio. ¿Es así 

		el mundo?... Cruz al cielo 

		desfilando paisajes, 

		risueño hacia lo lejos. 

		Tierra indolente. En vano 

		resplandece el destino. 

		Junto a las aguas quietas 

		sueño y pienso que vivo. 

		Mas el tiempo ya tasa 

		el poder de esta hora; 

		madura su medida, 

		escapa entre sus rosas. 

		Y el aire fresco vuelve 

		con la noche cercana, 

		su tersura olvidando 

		las ramas y las aguas.
12.

La

sombra


		Al despertar de un sueño, buscas
Tu juventud, como si fuera el cuerpo

		Del camarada que durmiese
A tu lado y que al alba no encuentras. 
		

Ausencia conocida, nueva siempre,
Con la cual no te hallas. Y 
		aunque acaso
Hoy tú seas más de lo que era
El mozo ido, todavía 
		

Sin voz le llamas, cuántas veces;
Olvidado que de su mocedad 
		se alimentaba
Aquella pena aguda, la conciencia
De tu vivir de 
		ayer. Ahora, 
		

Ida también, es sólo
Un vago malestar, una inconsciencia

		Acallando el pasado, dejando indiferente
Al otro que tú eres, sin 
		pena, sin alivio.
13.

Las islas

Recuerdo que tocamos puerto tras larga travesía,
y dejando el navío y 
		el muelle, por callejas
(entre el polvo mezclados pétalos y escamas),

		llegué a la plaza, donde estaban los bazares.
Era grande el calor, la 
		sombra poca.

		
Con el pecho desnudo iba, distraído
como si familiares fuesen la 
		villa y sus costumbres,
y miré en un portal al mercader de sedas

		que desplegaba una, color de aurora, fría a los ojos,
sintiendo sin 
		tocarla la suavidad escurridiza.
Ante un ciego cantor estuve largo 
		espacio,
único espectador, y parecía cantar para mí solo.
Compré 
		luego a una niña un ramo de jazmines
amarillentos, pero en su olor 
		ajado tuvo alivio
la dejadez extraña que empezaba a aquejarme.

		
Desanudada la faja en la cintura,
unos muchachos que pasaban, 
		reían,
volviendo la cabeza. Acaso me creyeron
Ebrio. Los ojos de 
		uno de ellos eran
como la noche, profundos y estrellados.

		
La humedad de la piel pronto se disipaba
por el aire ardoroso, a 
		cuyo influjo
mi pereza crecía. Me detuve indeciso,
acariciando el 
		cuerpo, sintiendo su tibieza
lisa, como si acariciara un cuerpo 
		ajeno.

		
Seguí, por parajes nunca vistos,
mas presentidos, igual a quien 
		camina
hacia cita amistosa. Deponía la tarde
su fuerza, cuando al 
		fin quise
buscar reposo ante un umbral cerrado.

		
Era un barrio tranquilo. Mis párpados pesaban
(acaso dormí 
		mucho), y al abrirlos de nuevo
ya el sol estaba bajo en el muro de 
		enfrente.
Una presencia ajena pareció despertarme,
porque al 
		volver la cara vi una mujer, y sonreía.

		
Como si de mi anhelo fuese proyección, respuesta
ante demanda 
		informulada, me miraba, insegura;
aunque yo nada dije, con gesto 
		silencioso,
invitándome adentro, me tomó de la mano.
La seguí, con 
		recelo más débil que el deseo.

		
La sala estaba oscura (ya caía la tarde).
Sobre la estera había 
		almohadas, un cestillo
anidando manojos de magnolias mojadas,
de 
		excesiva fragancia. filtró la celosía
unas palabras de la calle: «Le 
		encontraron muerto».

		
Las pensé referidas a un camarada,
quizá presagio de mi sino. 
		Pero ella,
atrayéndome a sí, sobre la alfombra
el ropaje tiró, 
		como cuchillo sin la vaina,
fría, dura, flexible, escurridiza.

		
Mis manos en sus pechos, su cintura
quebrarse pareció al 
		extenderme sobre ella,
y en el silencio circundante, al ritmo
de 
		los cuerpos, oí su brazalete,
queja del ave fabulosa que escapaba.

		
La oscuridad llenó la sala toda
cuando saciado y satisfecho quise 
		irme.
En la puerta (ella como mi sombra me seguía),
al cruzar su 
		dintel, sentí que entre mis dedos
quedaba el brazalete, ahora inerte 
		y mudo.

		
Mucho tiempo ha pasado. No aceptara
revivir otra vez esta 
		existencia.
Mas no sé qué daría por sólo aquel instante
revivirlo. 
		Bien sé que apenas tengo con qué tiente
al destino, ni el destino 
		tentarse dejaría.

		
Cuando el recuerdo así vuelve sobre sus huellas
(¿no es el 
		recuerdo la impotencia del deseo?).
Es que a él, como a mí, la vejez 
		vence;
y acaso ya no tengo lo único que tuve:
Deseo, a quien 
		rendida la ocasión le sigue.
14.

Limbo

A Octavio Paz 

		

		La plaza sola (gris el aire, 

		negros los árboles, la tierra 

		manchada por la nieve), 

		parecía, no realidad, mas copia 

		triste sin realidad. Entonces, 

		ante el umbral, dijiste: 

		viviendo aquí serías 

		fantasma de ti mismo. 

		Inhóspita en su adorno 

		parsimonioso, porcelanas, bronces, 

		muebles chinos, la casa 

		oscura toda era, 

		pálidas sus ventanas sobre el río, 

		y el color se escondía 

		en un retablo español, en un lienzo 

		francés, su brío amedrentado. 

		Entre aquellos despojos, 

		proyecto, el dueño estaba 

		sentado junto a su retrato 

		por artista a la moda en años idos, 

		imagen fatua y fácil 

		del diletante, divertido entonces 

		comprando lo que una fe creara 

		en otro tiempo y otra tierra. 

		Allí con sus iguales, 

		damas imperativas bajo sus afeites, 

		caballeros seguros de sí mismos, 

		rito social cumplía, 

		y entre el diálogo moroso, 

		tú oyendo alguien me dijo: "Me ofrecieron 

		la primera edición de un poeta raro, 

		y la he comprado", tu emoción callaste. 

		Así, pensabas, el poeta 

		vive para esto, para esto 

		noches y días amargos, sin ayuda 

		de nadie, en la contienda 

		adonde, como el fénix, muere y nace, 

		para que años después, siglos 

		después, obtenga al fin el displicente 

		favor de un grande en este mundo. 

		Su vida ya puede excusarse, 

		porque ha muerto del todo; 

		su trabajo ahora cuenta, 

		domesticado para el mundo de ellos, 

		como otro objeto vano, 

		otro ornamento inútil; 

		y tú cobarde, mudo 

		te despediste ahí, como el que asiente, 

		más allá de la muerte, a la injusticia. 

		Mejor la destrucción, el fuego.
15.

Los espinos

Verdor nuevo los espinos 
		
tienen ya por la colina, 
toda de púrpura y nieve 
en el aire 
		estremecida.

		
Cuántos cielos florecidos 
les has visto; aunque a la cita 

		ellos serán siempre fieles, 
		
tú no lo serás un día. 

Antes que la sombra caiga, 

		aprende cómo es la dicha 
		
ante los espinos blancos 
y rojos en flor. Vé. Mira.
16.

Los

fantasmas del deseo

		
Yo no te conocía, tierra; 
con los ojos inertes, la mano 
		aleteante,
		
lloré todo ciego bajo tu verde sonrisa, 
aunque, alentar juvenil, 
		sintiera a veces 
		
un tumulto sediento de postrarse, 
como huracán henchido aquí en 
		el pecho; 
		
ignorándote, tierra mía, 
ignorando tu alentar, huracán o 
		tumulto, 
		
idénticos en esta melancólica burbuja que yo soy 
a quien tu voz 
		de acero inspirara un menudo vivir. 
		

Bien sé ahora que tú eres 
quien me dicta esta forma y este 
		ansia; 
		
sé al fin que el mar esbelto, 
la enamorada luz, los niños 
		sonrientes, 
		
no son sino tú misma; 
que los vivos, los muertos, 
el placer 
		y la pena, 
		
la soledad, la amistad, 
la miseria, el poderoso estúpido, 
el 
		hombre enamorado, el canalla,
		
son tan dignos de mí como de ellos yo lo soy; 
mis brazos, 
		tierra, son ya más anchos, ágiles, 
		
para llevar tu afán que nada satisface. 

El amor no tiene 
		esta o aquella forma, 
		
no puede detenerse en criatura alguna; 
todas son por igual viles 
		y soñadoras. 
		
Placer que nunca muere 
beso que nunca muere, 
sólo en ti 
		misma encuentro, tierra mía. 
		
Nimbos de juventud, cabellos rubios o sombríos, 
rizosos o 
		lánguidos como una primavera, 
		
sobre cuerpos cobrizos, sobre radiantes cuerpos 
que tanto he 
		amado inútilmente, 
		
no es en vosotros donde la vida está, sino en la tierra, 
en la 
		tierra que aguarda, aguarda siempre 
		
con sus labios tendidos, con sus brazos abiertos. 

Dejadme, 
		dejadme abarcar, ver unos instantes 
		
este mundo divino que ahora es mío, 
mío como lo soy yo mismo, 
		
como lo fueron otros cuerpos que estrecharon mis brazos, 
como la 
		arena, que al besarla los labios 
		
finge otros labios, dúctiles al deseo, 
hasta que el viento lleva 
		sus mentirosos átomos. 
		

Como la arena, tierra, 
como la arena misma, 
la caricia 
		es mentira, el amor es mentira, la amistad es mentira. 
		
Tú sola quedas con el deseo, 
con este deseo que aparenta ser mío 
		y ni siquiera es mío, 
		
sino el deseo de todos, 
malvados, inocentes, 
enamorados o 
		canallas.
		

Tierra, tierra y deseo. 
Una forma perdida.
17.

No decía palabras...

No decía palabras,

		acercaba tan sólo un cuerpo interrogante
porque ignoraba que el deseo 
		es una pregunta
cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no 
		existe,
un mundo cuyo cielo no existe.

		
La angustia se abre paso entre los huesos,
remonta por las venas

		hasta abrirse en la piel,
surtidores de sueño
hechos carne en 
		interrogación vuelta a las nubes.

		
Un roce al paso,
una mirada fugaz entre las sombras,
bastan 
		para que el cuerpo se abra en dos,
ávido de recibir en sí mismo

		otro cuerpo que sueñe;
mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,

		iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.

		
Aunque sólo sea una esperanza,
porque el deseo es una pregunta 
		cuya respuesta nadie sabe.
18.

No, no es el amor quien muere.

No es el amor quien muere...

		
No es el amor quien muere,
somos nosotros mismos.


		Inocencia primera
Abolida en deseo,
Olvido de sí mismo en otro 
		olvido,
Ramas entrelazadas,
¿Por qué vivir si desaparecéis un día?

		
Sólo vive quien mira
Siempre ante sí los ojos de su aurora,

		Sólo vive quien besa
Aquel cuerpo de ángel que el amor levantara.

		
Fantasmas de la pena,
A lo lejos, los otros,
Los que ese amor 
		perdieron,
Como un recuerdo en sueños,
Recorriendo las tumbas

		Otro vacío estrechan.

		
Por allá van y gimen,
Muertos en pie, vidas tras de la piedra,

		Golpeando la impotencia,
Arañando la sombra
Con inútil ternura.


		No, no es 
		el amor quien muere.
19.

No intentemos el amor nunca

Aquella noche el mar no tuvo sueño.
Cansado de contar, siempre contar 
		a tantas olas,
quiso vivir hacia lo lejos,
donde supiera alguien 
		de su color amargo.

		
Con una voz insomne decía cosas vagas,
barcos entrelazados 
		dulcemente 
		
en un fondo de noche,
o cuerpos siempre pálidos, con su traje de 
		olvido 
		
viajando hacia nada. 

Cantaba tempestades, estruendos 
		desbocados
bajo cielos con sombra, 
		
como la sombra misma, 
como la sombra siempre 
rencorosa de 
		pájaros estrellas. 
		

Su voz atravesando luces, lluvia, frío, 
alcanzaba ciudades 
		elevadas a nubes,
cielo Sereno, Colorado, Glaciar del infierno, 
		
todas puras de nieve o de astros caídos 
en sus manos de tierra.

		
Mas el mar se cansaba de esperar las ciudades.
Allí su amor tan 
		sólo era un pretexto vago
con sonrisa de antaño,
ignorado de 
		todos.

		
Y con sueño de nuevo se volvió lentamente
adonde nadie
sabe de 
		nadie.
Adonde acaba el mundo.
20.

No quiero, triste espíritu, volver...

No quiero, triste espíritu, volver
por los lugares que cruzó mi 
		llanto,
latir secreto entre los cuerpos vivos
como yo también fui.

		
No quiero recordar
un instante feliz entre tormentos;
goce o 
		pena es igual,
todo es triste al volver.

		
Aún va conmigo como una luz ajena
aquel destino niño,
aquellos 
		dulces ojos juveniles,
aquella antigua herida.


		No, no 
		quisiera volver,
sino morir aún más,
arrancar una sombra,

		olvidar un olvido.

Frases y pensamientos de Luis Cernuda

13 citas
« Allá, allá lejos; donde habite el olvido. »
Luis Cernuda · ISBN 847785596X, 9788477855965
« Cuando la realidad visible parece más bella que la imaginada es porque la miran ojos enamorados. »
Luis Cernuda · Bartra (1994), p. 50
« El patriotismo hacia la patria sin nombre. »
Luis Cernuda · El surrealismo en la poesía de Luis Cernuda. José María Capote Benot. Ed. Universidad de Sevilla
« Hay que gozar de nuestro instante como si durara siempre. »
Luis Cernuda · Albaigès (1997), p. 254. Las ruinas, 1947
« La muerte, para el poeta es la victoria. »
Luis Cernuda · Albaigès (1997), p. 418. A un poeta muerto (1937-1940)
« Por todas partes el hombre mismo es el estorbo peor para su destino de hombre. »
Luis Cernuda · Albaigès (1997), p. 524
« Por miedo de irnos solos a la sombra del tiempo. [alejandrino]. »
Luis Cernuda · Bartra (1994), p. 50
« Si el hombre pudiera decir lo que ama, si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo como una nube en la luz. »
Luis Cernuda · menciones en GLibros
« Tú justificas mi existencia: si no te conozco, no he vivido; si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido. »
Luis Cernuda · Si el hombre pudiera. Cernuda (2001), p. 40
« Si mis ojos se cierran es para hallarte en sueñosdetrás de la cabezadetrás del mundo esclavizado.En ese país perdidoque un dia abandonamos sin saberlo. »
Luis Cernuda · Tag de menciones y refs en Google Libros
« Contra vosotros todosContra vuestra moral, contra vuestras leyesContra vuestra sociedad, contra vuestro diosContra vosotros mismos, vientres sentados. »
Luis Cernuda · Menciones en GLibros
« Difícil de conocer. Delicado, pudorosísimo, guardándose su intimidad para él solo, y para las abejas de su poesía que van y vienen trajinando allí dentro -sin querer más jardín- haciendo su miel. La afición suya, el aliño de su persona, el traje de buen corte, el pelo bien planchado, esos nudos de corbata perfectos, no es más que deseo de ocultarse, muralla del tímido, burladero del toro malo de la atención pública. Por dentro, cristal. Porque es el más Licenciado Vidriera de todos, el que más aparta a la gente de sí, por temor de que le rompan algo, el más extraño. »
Luis Cernuda · La huella clásica en la poesía de Luis Cernuda. Lardiés Galarreta
« Ya estás, amigo mío, donde habita el olvido, ya están donde el deseo no hace daño (...) en el alba de México, en el lejano México, sentadito en la escalera, esperando el porvenir, pero el porvenir no llega. »
Luis Cernuda · Los maestros cantores (Calambur
« Abajo todo, todo, excepto la derrota. »
Luis Cernuda
« A la música hay que aproximarse con mayor pureza, y solo desear en ella lo que ella puede darnos: embeleso contemplativo. »
Luis Cernuda
« Allá, allá lejos; donde habite el olvido. »
Luis Cernuda
« Cómo llenarte, soledad, sino contigo misma. »
Luis Cernuda
« Cuando la realidad visible parece más bella que la imaginada es porque la miran ojos enamorados. »
Luis Cernuda
« El patriotismo hacia la patria sin nombre. »
Luis Cernuda
« Hay que gozar de nuestro instante como si durara siempre. »
Luis Cernuda
« La muerte, para el poeta es la victoria. »
Luis Cernuda
« Las ciudades, como los países y las personas, si tienen algo que decirnos, requieren un espacio de tiempo nada más, pasado éste nos cansan. Solo si el diálogo quedó interrumpido podemos desear volver. »
Luis Cernuda
« No es el amor quien muere, somos nosotros mismos. »
Luis Cernuda
« ¡Oh, Dios mío! Tú que nos hiciste mortales, ¿por qué nos has dado la sed de eternidad, que hace al poeta?. »
Luis Cernuda
« Por todas partes el hombre mismo es el estorbo peor para su destino de hombre. »
Luis Cernuda
« Por miedo de irnos solos a la sombra del tiempo. [alejandrino]. »
Luis Cernuda
« Si el hombre pudiera decir lo que ama, si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo como una nube en la luz. »
Luis Cernuda
« Todo lo que es hermoso tiene su instante, y pasa. »
Luis Cernuda
« Tú justificas mi existencia: si no te conozco, no he vivido; si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido. »
Luis Cernuda
« Una noche que finja lo distante inmediato. »
Luis Cernuda
« Si mis ojos se cierran es para hallarte en sueñosdetrás de la cabezadetrás del mundo esclavizado.En ese país perdidoque un dia abandonamos sin saberlo. »
Luis Cernuda
« Contra vosotros todosContra vuestra moral, contra vuestras leyesContra vuestra sociedad, contra vuestro diosContra vosotros mismos, vientres sentados. »
Luis Cernuda
« Difícil de conocer. Delicado, pudorosísimo, guardándose su intimidad para él solo, y para las abejas de su poesía que van y vienen trajinando allí dentro -sin querer más jardín- haciendo su miel. La afición suya, el aliño de su persona, el traje de buen corte, el pelo bien planchado, esos nudos de corbata perfectos, no es más que deseo de ocultarse, muralla del tímido, burladero del toro malo de la atención pública. Por dentro, cristal. Porque es el más Licenciado Vidriera de todos, el que más aparta a la gente de sí, por temor de que le rompan algo, el más extraño. »
Luis Cernuda
« Ya estás, amigo mío, donde habita el olvido, ya están donde el deseo no hace daño (...) en el alba de México, en el lejano México, sentadito en la escalera, esperando el porvenir, pero el porvenir no llega. »
Luis Cernuda
Trayectoria lírica

Poemas y obras destacadas

Antología de poemas inmortales

Reúne las composiciones poéticas más aclamadas de Luis Cernuda, donde la maestría del verso y la hondura del sentimiento alcanzan su máxima expresión.

Sus versos exploran la belleza de la naturaleza, el anhelo del amor verdadero y la búsqueda de sentido ante los enigmas del destino.

Una antología indispensable que demuestra por qué su poesía sigue viva y resonando con fuerza en el corazón de los lectores actuales.

Algunos libros de poesía de Luis Cernuda:

Edición física recomendada para disfrutar de su obra lírica: