« No me di cuenta al principio, / me fijé después porque le hablabas. »
Luis Antonio de Villena · Andaluz
Biografía y amplia selección de poemas de Luis Antonio de Villena. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Luis Antonio de Villena. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
No me di cuenta al principio, me fijé después porque le hablabas. Y se iba y volvía, llevando cosas, sonriéndote, con gracia desusada... Vi entonces sus bellos ojos negros, sobre la piel oscura, y la sonrisa, que mostraba los dientes como flores blancas. Y empecé a pensar: ¡Qué dulce aquello...! Y daba vueltas por ese cuerpo justo, oscuro, fino y joven: como silvestres cañas. Y oía la voz al responderte, alada, cantarina, inconsciente en su magia. Después, ya abajo, en la soleada plaza, pensé en los garzos ojos negros, y me vi enamorado de un acento del sur: Vivo, grácil, musical. Igual que quien hablaba.
Anoche, dando vueltas como siempre, camino de la alta madrugada (bares y discotecas, calle estrecha, negros que venden hasta el alma blanca) pensé que al encontrarte era mi suerte recorriendo el burdel que nos ampara. Y te miré la cara dulcemente pensando que mi hora en ti empezaba. Aunque sé que te echan del trabajo pues te aburre la vida rutinaria, y haces de camello cuando puedes recorriendo el burdel que nos ampara. En Marruecos saliste de un mal paso y usaron y abusaste de la tranca. Modelo, chulo, amante para cenas, sabes el lujo de la gente cara y camas cutres, feas y con chinches recorriendo el burdel que nos ampara. ¡Que estupenda la noche los dos juntos! Riendo, colocados, mente alzada... Ojalá que el ritmo nos llevase unidos tahúres del vivir y camaradas. Pero la luz del alba rompe sueños recorriendo el burdel que nos ampara. Y aunque eres santo como el pan bendito tu futuro es el orden o la nada. Mal papel al zángano le espera: no hay porvenir que a tu lucero valga. Nos mira ya acechante una galerna recorriendo el burdel que nos ampara. Tampoco es convincente mi futuro: Viejo verde en tugurios del mañana o figurón de eventos literarios ajeno a la Academia y a sus maulas. Aunque bien puede el viento darme un viaje recorriendo el burdel que nos ampara. Juntos somos dos pájaros muy raros, solo el presente nos pone su medalla. Amigo de la noche, adiós, hermano. Ya ves que casi todo nos separa. Pero golfos y ninchis seguiremos recorriendo el burdel que nos ampara.
Era el centro elegante. El lugar de las perfumerías con sillas delante del mostrador, el lugar de los sastres y de las sederías donde te tomaban medida para un abrigo... ¿Te acuerdas mamá, de aquellas tardes? En los autobuses azules de dos pisos yo siempre quería ir arriba, en el asiento delantero, que era como un panorámico ventanal al mundo. O abajo, en el asiento más cerca de la puerta, con su aislada barra blanca, asidero y columpio de quienes entraban y salían, como se entra y se sale en la beatitud del mundo... Con mi abrigo azul cruzado y una boina también azul. Tú y yo, elegantes, camino del médico o de las tiendas caras. Camino del que querías que fuera nuestro mundo, pues lo sentías tuyo... Yo dichoso sin saberlo y tú íntimamente desdichada. Yo entretanto, como de juego, al mundo perfecto, y tú en serio, jugando a que nunca hubieses salido... Mucho tiempo después, llorando, me dijiste una tarde que ninguno de los dos habíamos sido felices. Tan cierto y tan falso como es todo. Tan falso y tan cierto como que aquel mundo de señores dejó de existir, tan cierto como que lo traicioné después que me escupiera o que tú nunca hallaste, mamá, al hombre de tus sueños, al caballero que reinase en aquel mundo contigo. Y sin embargo estuvimos allí, tu con tus pieles y yo con mi abrigo azul cruzado, comprando perfumes y merendando tortitas con nata, cuando los taxistas llevaban uniforme y se dirían charolados los azules autobuses de dos pisos, un Madrid tan sofisticado que tú y yo -y casi todos los demás- nos lo creímos. O quizás a ti no te hizo falta creértelo, pues lo tuviste. Yo me lo creí. Yo, que llegué una tarde en autobús de dos pisos...
Celebración mediterránea
Dicen los maldicientes: ¡Qué poco le queda a Miguelito!
Fue rey
-como tantos- de unas horas: Cinco o seis primaveras.
Poca cosa. El
tiempo se lo lleva. ¿Quién recordará su edad maravillosa?
También yo tuve envidia de tu belleza pura. Y de tu alegre vida,
sobre todo, negada a la tragedia. Favorita del dios. Sin angustia ni
sombra.
¡Qué hermoso verte riendo por las noches! Sábado o lunes: la
vida es
perfecta.
Yo en ti pensé mi vida coronada. Pero un símbolo no
vale a la vida.
Te imaginé en amor, en dicha, en compañía. Curándome
la soledad inhabitada.
¡Qué vano fui! Tu corazón no tiene
corazón. Eres el sol radiante a
mediodía.
No hagas caso de las malas lenguas. Tú eres solo presente,
sólo
ahora. El tiempo en tu sonrisa se va por la cloaca.
Cuando sea viejo
de intención ya lo soy- pensaré en ti: Minuto de luz divina, entre la
nada.
delicia y ternura
Para A.
Y aquel círculo sacro cerró entorno nuestro.
Todo
era oscuridad y atmósfera callada.
Un centro nos unía y una emoción
muy cálida.
Los cuerpos se rozaban exactos y encendidos,
y la piel
profería su lenguaje perfecto.
Una dulce pasión en un círculo negro,
mientras la hoguera llena de sentidos el tiempo
y me cuenta tu mano
la maravilla toda.
Si algún día he de hablar en favor de la vida,
no olvidaré esa noche en el círculo ciego,
ni a ti, que me enseñabas
minucioso lo eterno.
De "Como a lugar extraño"
Hemos venido a verte al sórdido escenario donde hombres y mujeres agradecidos adulan tu belleza. .. Adolescente en el filo del reino, tu cuerpo tiene la hermosura blanca de rosas tropicales y el vigor del muchacho en el cuerpo de guardia. Tu fruta, oscura y larga, llama a una sed prohibida. Tus muslos son de seda, de agua femenina. Tus ojos muy, muy dulces, desfallecientes, húmedos, pero tus músculos sin pelo golpean cuando miran. Tú te vas desnudando lentamente entre una música arábiga de rai y rock folklórico. y deslumbras de blanco como el niño secreto que se viste de blanco las bragas de su hermana. y también ruedas en el sucio suelo como un joven guerrero montando a los leopardos. Te miramos con envidia tranquila y un furioso deseo de desdén y codicia... Eres un lirio hermoso de viril temperanza y la blanda violeta de una virgen enferma. He soñado, de pronto, con tu carne en mi cama. y he sentido las sábanas teñidas de colonia. Pero cuando tu culo era la gloria de una hoguera y tu fruta pendía bajo el pelo revuelto, los aplausos de un público delicado y abyecto me han recordado que el sueño terminaba. El dueño ha dicho: Unas quince mil pelas... Y el dios, sudando, pide ginebra y coca. El mundo se ha tornado de peltre y de tornado, y ya sabemos todos que no existe la vida.
Piernas tensas. Tacones sonoros. Revuelto el cabello negro... Era o había sido, hasta que la noche descubrió su cuerpo largo, fibroso, duro. La magnífica belleza angular de su rostro, la piel tan fina como el agua dulce, chispazos de fósforo. En sus ojos - turbadores, negros - alguien ha escrito un día una palabra soez, maravillosa: Vicio. ¿Qué significa? ¿Albas largas, cocaína, mujeres muy ardientes besándole los pies? ¿Hombres que han alabado su terso viril joven? Tirado, sentado en las ergástulas de la sauna, entre toallas húmedas y aleteantes aves de silente deseo, basta contemplar la seda de sus muslos ágiles para olvidarlo todo. Llama es galán su cuerpo. Ansia, cobra... La deja ver como un reptil perfecto entre lo oscuro. Apasionado, alarmante, vicioso. ¿Él o tú? ¡Pero qué importa!
Tumbado en una suite de lujo: Hermoso, delicado, con la piel canela y el negro cabello en amado desorden, lentamente desnudo en entresueño giras, y se curvan los brazos y las piernas muy largas conformas... A tu lado, con el índice solo de la mano derecha, recorro yo tu espalda, sobrevuelo las ingles, apenas me demoro en una oreja, vuelvo a tus tobillos leves, y miro como giras, curvas los brazos, conformas a mi deseo tuyo las piernas... Me digo, a veces, que nada más querría. Que tu impecable desnudo me bastase, imposible precioso, dulce sometido. Querría en ti, Miguel, que la carne muriese para siempre, su grito infame, y eternamente a una vida con límites correspondiese este tocable amor, diré, hecho de límites sin límite...
He ido muchas veces ataviado de tristeza,
hundiéndoseme el mundo a
cada rato,
fingiendo entre los amigos que me interesaba algo...
Me
da miedo quien me mirase,
y angustia me producía no ser perfecto,
tener que competir, luchar por el oficio, por la vida, el nombre...
Y
pensaba: la tragedia de todos consiste en no ser Dios.
Todos
quisiéramos ser un pequeño Dios omnipotente..
Y hacíamos bromas sobre
la muerte, chistes sobre la soledad,
Pequeños disparates sobre el
amor comprado.
(Y yo soñaba en ti, mamá, como lo único seguro).
Me
daba miedo la autoridad, la ley, el mundo, el futuro.
Pensaba:
Incluso si alguna vez me creí libre.
Y la noche engañaba -como los
amigos- con cierto parecido
a bondad o indiferencia.
Y yo iba
ataviado de tristeza
y hubiera querido llorar -no podía-
o
simplemente hundirme lentamente.
Y me veía en una barca negra (acaso
en una gruta)
navegando hacia un negro horizonte...
la tristeza me
llena la cabeza de plomo,
los bolsillos de piedras,
las manos de
artrosis dura
y tira de mí tanto hacia abajo
que me vuelve imagen
verticalizada, estirada, de un
espejo deformante.
Dame la tristeza, échamela -gira la soledad.
-Lánzame la pelota -repite el miedo.
Aquí, aquí, centra -reclama la
angustia,
chútame a mí- y no sé qué agobio extraño lo sugiere.
Sólo sé que cuando voy ataviado de tristeza
quiero enraizarme en el
sueño,
bogar en un río de calma
y susurrar junto al silencio: Dame
la mano, mamá, ya he vuelto...
No, no me gusta. En realidad detesto la crápula de las saunas: Cópulas en la tristeza del anonimato. .. ¿Pero las líneas de los poemas mejores, sus ritmos, su ceniza, su carmín, no conducen a la belleza del amor? Me siento aquí -un viejo es invisible para la juventud- y observo los cuerpos bajo el agua. Glúteos, suaves ascensiones del vello: El torso reluciente. y todos juntos, como si fuese posible un orgasmo de espadas. ¿Lo entiende? La limpieza de la juventud que mancha. Alguna vez, siguiendo sus piernas, su mirada, o su sexo, voy a la oscura y húmeda cabina. Extraigo de la funda de las gafas una barra de labios, y pintado, asumo su eminencia. ¿Qué pensará de ese viejo sucio? ¿Qué pensará algún día de los versos de la vida, planos, difíciles a la felicidad, llenos de líquen? Benevolencia. El agua, al caer, arrastra los sentidos...
de la noche El cabello se esparce suavemente en el lino, como un mar que es el oro si despacio amanece. Suavemente se pliegan las pestañas, y los besos se duermen en los labios y respiran flores. Ignora la cintura que es sagrada la mano que recorre las piernas y sus bahías dulces, la extensión marina del lino que se tuerce, las playas invisibles de la espalda. Todo ignora. Y otra mano se expande así, muy quedamente, y al moverse, el impulso descubre más ocultas dulzuras, Besos. Deseos. Amor. Ignoradas bahías. Duérmese. Y yo miro dormir tu joven negligencia.
Museo Atami Fue afortunado, en verdad, Ogata Korin. Gozó del esplendor de la juventud en los barrios de licencia, frecuentó el paladar sagrado del deseo. Ordenó sus kimonos en la seda más fina; pintó un fondo de oro para lirios azules. Refinado y altivo, no olvidó sin embargo (artista como era) la melancolía fugaz del tiempo que transcurre. En su madurez, con audaz virtuosisimo, se dedicó sobre todo a la búsqueda estilística. Creó lacas y biombos. Le hizo célebre la perfección, el refinamiento de su arte -lirios, ciruelos, dioses- decorativo. Debió morir fascinado en la belleza, rodeado por una seda extraña, tranquilo. Fue afortunado, en verdad, Ogata Korin; su vida fue un culto a la efímera sensación de la belleza. Al placer y al arte. Y la vida le concedió sentir, ser traspasado por el dardo febril de la hiperestesia. Le llamaron excéntrico, dandy o esteta. Pero no pidió más. Sensación por sensación. Vivir, sentir, gozar. Sin más problemas. De "Hymnica" 1979
desterrado
El cuerpo envuelto en un gabán azul, muy ancho;
la corbata cuidada, y
alborotado el pelo por el viento
de tarde, pasea el hombre solo, por
una gris ciudad,
hurgando en sus bolsillos cigarrillos rubios y
cerillas malas.
Se sienta en los cafés, y bebe mucho; acaso lee
un
periódico sin ganas, mientras mira y le rondan ideas,
casi siempre
extrañas. Habla, quizá, con alguien, un momento,
pero semeja ausente
la sonrisa forzada. Se va deprisa,
y caminando, llega a tabernas o
clubs de peor laya,
donde de nuevo bebe, y entre una torpe música, un
instante
le embriaga una piel inmadura, que la vista descansa.
(Dulce cuerpo floral, incipiencia suave donde habita la gracia.)
Unas
palabras luego. Y medio ocultas citas, ahora o mañana.
Entrada ya la
noche, con demasiado alcohol y el humo del
tabaco
pegado entre las manos, abrirá la puerta de un piso frío,
vacilante, con libros y papeles en desorden y botellas gastadas.
y
allí, tumbado en un sofá antes del sueño -escuchando las
violas
de Rameau en el aire -sentirá ese hombre solo brotar lágrimas.
Ha visto aproximarse al fin (hoy también) el Angel imposible
que le salva.
"El viaje a Bizancio" 1972 - 1974
Llevaba días viéndole en el bar, apoyado en la barra y bebiendo cerveza. Jamás respondió a mis miradas (que probablemente no viese) y cuando pregunté a los parroquianos si sabían de él, ninguno -ni los camareros- pudieron darme nuevas. Apenas hablaba, y aunque joven de cierto, parecía perdida su mente en lejanías, como si algo le arrastrase hacia un remoto tiempo. Moreno, con botas negras y chaquetón azul, llevaba en coleta el pelo, y pendientes de plata. Pero eran sus ojos sobre todo, sus profundos y grandes ojos garzos, lo que más me impresionaba en aquel hermoso y triste solitario de la barra. No: La gente siguió sin saber nada. Y entonces me decidí (suelo ser muy osado) y me acerqué y le pregunté, invitándole a la par a otra cerveza. Me miró sonriendo -sin sorpresa- y tuvo la actitud del que concede, aunque apenas dijera una palabra. Tras ciertos circunloquios vanos, contestó que su oficio era el mar. Que había viajado mucho, cambiado también de empresa, y que en fin, estaba muy cansado. Hablaba un español con acento entre holandés y brasileño, y mientras decía y bebía (cordial siempre) perseveraba su dejo de añorante distancia. Le propuse si quería acompañarme a casa, y beberse conmigo -oyendo música- la última cerveza. Sonrió como quien ya supiera, y me hizo otro gesto indicando la puerta. Mis amigos me vieron salir, amedrentados, con aquel extranjero de pendientes argénteos. Y cuando concluimos la cama y las cervezas, y hablamos de aventuras y pasiones, y del amor al riesgo, mientras se vestía (cuerpo delgado y duro, cálido y cobrizo) torné a preguntarle quién era y cómo se llamaba, pues nunca dijo el nombre. Con un leve desdén en la boca perfecta, me pidió dinero para pasar la noche y replicó (abrochándose el cinturón y francamente hilarante): Ya ves, tío, yo soy el último pirata del mar los Sargazos. Le contesté riendo: ¿Pero aún queda alguno? Nosotros ya creíamos que todos habíais muerto.Y entonces, con tristeza, tras tomar el billete, y a punto de largarse, me miró suavemente: Pequé con delirio en los mares de España. Adiós, chico. No me permiten todavía que muera. Y escuché el ascensor el sonido del viento que en la calle silbaba.
Desaté tus sandalias y te besé los pies. Fríos, estaban fríos y hermosamente rojos de la nieve. Tumbados junto a un fuego de encina, entre ese olor vegetal y cálido del mundo, oíamos a los monjes cantar salmos, muy oscuramente... ¡Tu cuerpo hermoso! ¡Cómo besé tu cuerpo, tan blanco, dulce y fuerte, mientras te entredormías! Tragué tu sexo entero. No podía olvidar que caminábamos juntos, flagelantes, hacia el perdón y hacia la penitencia... El silencio parecía un gigante y el rezo de los monjes el retumbe de un barco en la galerna. No sé si me decías: ¿Estamos cerca ya del final de los tiempos? Tu cuerpo de tan recio me parecía dulce. Dulces fríos tus pies. Dulce tu axila. Tu cuerpo, con el sayal subido. Tu cuerpo erecto allí. No sé adónde íbamos. Era el más duro invierno. La nieve más profunda. y la voz de los monjes retumbaba en la piedra. La música -dijiste- la música... Tus labios eran rosas, suavemente rojos como tu dulce cuerpo... Hermano mío de tiempo y penitencia. ¿Qué hacemos los dos juntos? ¿Dónde vamos? ¿Dónde nos lleva el miedo? No es la peste, no el hambre. El viento ruge en el claustro de piedra. Los monjes cantan en plegaria de sombra. Estamos solos, tú y yo, hermano. Solos... Es una Edad media interminable. Fuego ahí, en la noche oscura.
Los viejos pederastas lloran por la noche. No es extraño. Entre el riesgo y el milagro su vida toda, dudan de si es el Bien o el Mal quien los posee. Soñaron siempre una Hélade turbia. Una paternidad erótica. Una hermandad de goce primigenio. Soñaron un mundo solar. Pero las horas fueron, con frecuencia, temor y desventura. Bajaron a los fondos de las cuevas. Volaron sobre praderas dulces. Su sueño -tan palpable- se deshacía en sueño. Los viejos pederastas, ya muy viejos, bajan al Metro por las tardes. Los ojos les lloran por el humo. Un cantautor les llamó sapos del subway. Están más que habituados al desprecio. Los viejos pederastas -humillados, heridos, torpes, sin futuro- lloran solitarios por las noches. Rezan al Ángel de la Guarda. Piensan en el Niño Dios. No saben si abrirse las venas (el rojo es un color muy hermoso). Los viejos pederastas sienten que la vida se les va de las manos, y la nada sucede a la nada. Los viejos pederastas leen a Voltaire, y escriben su epitafio: Si no pudiera ser un joven guerrero sioux, Señor del Universo, no volver. Sólo pido no volver, de nuevo...
Quiero darte mis señas, por si vuelves, y sospecho que seguramente vas a hacerlo. Mi tienda está (ya ves) bien dentro del zoco, muy cerca de las paredes de la Gran Mezquita que se llama Az-Zituma, y vendo y hago perfumes: rosa-cristal, benjuí, ámbar, jazmines... En los perfumes ya es un aroma el nombre; y hay que haber leído y ser sensible para inventar alguno. Vivo algo más allá, muy cerca. Pero si no es aquí, podrás hallarme sobre todo en los Baños, al caer la tarde. Allí discretamente se glorifica el cuerpo, y una música tenue se mezcla con vapor y juventud: Ahmed domina el masaje, y el negro es también muy diestro. Acércate algún día, cuando vuelvas. Por la noche, en la casa, bebemos café turco y nos reunimos (esos chicos y yo) contando lances de medida y hazañas con turistas, o calibrando las gracias y modos de esa vieja palabra (la diré) que casi nadie usa, a pesar de su imagen: zorrotroco. Sí, es exactamente para reírse un poco. Algún día, después, se leen poemas o se fuma kifi, y alguna vez (más rara) se va al burdel muy tarde. El día siempre es esto: los perfumes. Y este olor también a carne, cuero y especias que son ¿por qué no? otros raros perfumes. Llevo siempre estas dos sortijas puestas, y me preocupo muy poco del futuro. Ya sabes dónde estoy. Bien dentro del zoco, junto a la Mezquita. Y, en fin, si cuando vuelvas quieres hacerme un especial regalo, no busques mucho. Hazte acompañar del mocito aquel del aeropuerto, o del esbelto servidor del Café, con ojos y tersura de gacela. (Es una imagen de los antiguos poetas). La música y los dulces los pondré yo. Y que la noche nos relate el resto.
Dicen que se quedaba en silencio. Largas horas. En silencio. Se llama sufrir. No es agua muerta. Un pantano en silencio. Hay vértigos adentro. Una sierra eléctrica, brutal, que zumba a veces. Y no lo sé. Sufrir. Y de repente Las piernas del Idilio de Fortuny. Como voz de vida. Y hablaban interminablemente después. ¿Quién dijo la palabra motriz? ¿Qué dices cuando dices, etc...? Te juro que me tiene sin cuidado. Lo que quiero es ser feliz, solo algo más que mantenerme en pie. ¿Saber? También saber. Y joder. Y mirar cuadros. Pero apenas nunca ocurre. ¿Hablo? ¿Digo? Largas horas. Fatiga. Dijo: El Estado, nos está masacrando el Estado... Y ella le miró delicadamente, anochecía: Creo que esa luz rojiza está intentando decirnos lago. De "Asuntos de delirio"
Me gustaría invitarte una noche (y aún lo espero) a charlar, para que te vieran, y a tomar una copa juntos. (Porque es emocionante discurrir junto a un cuerpo tan hermoso y tan joven, y verlo con deleite, sin prisa, y que lo crean tuyo.) Y cuando el camarero nos tendiese la copa, exuberante, grata, y colmada de algún licor entre el hielo y el oro, a la luz íntima y brillante de las lámparas, Vitucho, te diría: ¿La ves? Fulge el cristal, y el licor rebosa. Tras un breve rato, aún en plena noche, estará vacía y sucia. Las huellas de los dedos pegadas al vidrio. Ida. Y te diría que tu adolescencia es, ahora, como esa copa rebosante. Te lo diría, y te miraría y esperaría que entendieras. "El viaje a Bizancio" 1972 - 1974
(Else Lasker-Schüler) Esta es la dama rara. Ojos de tizne negro y pelo negro tinto... ¿Cuántos años tiene la dama rara? Vieja es y eternamente joven... Los abalorios, el turbante, los anillos, su extrañeza... ¿Porqué desprende estupor la dama rara? Ãyela hablar. Cuanto tú has sido la esquina de la vida... Sus palabras dislocadas, sus manos perturbantes, sus amores sin final... Un judío es uno que ha sufrido. Una amante loca fue una niña herida. Un maya el habitante de un pozo. Esta es la dama rara. Te mira provocativa, inteligente, seductora, absurda. Su brillo oculta el llanto del Talmud. Su fulgor, carreras por la callejita del odio. Porque me despreciaron, nunca he querido ser más. Esta es la dama rara. Expresionista, ultramoderna, más allá del mundo. Vieja es y enormemente joven. Paladina de todo lo perdido. Mariscala de las bambalinas. Luz crepuscular, cristales hindúes, pulseras de Cachemira... Un ser brillante y absurdo. Perdida en la cabellera de la Destrucción me alojo en la alcoba de la Vida... Ya no le importa qué dirás. Esta es la dama rara. Tadeus Aludra (que la conoció) la soñaba caminar por el futuro...
Salta al aire, y arde al sol en un brillo encendido. El músculo se estira victorioso. Ondea el pelo rubio, y bailan sedas de agua sobre una piel de oro. Bulle un río, y el cuerpo es la sed de una batalla. Los brazos se alargan, y las piernas armoniosas y brillantes. Se cierra un bosque al cerrar los ojos. Cantan las manos. El cuerpo adolescente reta al aire. Como un himno se eleva la figura, y se ondula. El pelo nada, la piel seduce al ámbar, y el impulso se transforma en joven música encendida. Salta ahora. Y es todo victoria. Quien saltó y quien baja es otro distinto. Y va más allá el milagro porque es otro el que mira.
Filósofo de Cirene enamorado del amor Y es que la belleza, en efecto, promete un infinito. ¿Qué ves en el hermoso cuerpo joven? Como un día al comienzo del verano - contestó - cuando todo es brillo y delicia. Y la carne vibra en éxtasis dorado, y se balancea el pelo juvenil como las ramas más altas de los árboles, y semeja que el minuto aquél no tendrá fin. ¿Pero no hay más? ¿No notas acaso tú, como si el cuerpo bello fuese la frontera de otro reino? Es eterno, te dices. Y promete además un mundo donde la perfección será costumbre. Y le ves brincando en la dulce alegría de sí mismo, como un quimérico país donde el sol más benigno y la hierba y el río jamás terminasen... ¿Ves solamente la belleza del cuerpo? ¿La armonía del torso, la flor de la cintura? Miras también tus deseos eternamente vivos, tu antiguo cuerpo joven siempre igual a sí mismo, la amistad perdurable con nobles camaradas en inmóviles días de luz y primavera, y el continuo torrente de la sangre detenido con él, en el momento álgido en que pasión de piel, espasmo entre los brazos, significa también felicidad, amor, perfección de lo exacto, inmutable placer en que vive la mente su carne como espíritu... El cuerpo juvenil es mucho más que él mismo. Permanente promesa que se cumple en promesa, mundo de plenitud vivido en luz del mundo, júbilo de su tacto, oro, sed, perfumes, como si el aspirar, el palpar, la bebida, el vuelo portentoso no concluyesen nunca... Y es que la belleza -repitió- promete, en efecto, un infinito.
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