Poesía Universal

Luis Antonio de Villena

Biografía y amplia selección de poemas de Luis Antonio de Villena. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Luis Antonio de Villena. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Luis Antonio de Villena

22 poemas seleccionados
1.

Andaluz

No me di cuenta al principio,
me fijé después porque le hablabas.

		Y se iba y volvía, llevando cosas,
sonriéndote, con gracia 
		desusada...
Vi entonces sus bellos ojos negros,
sobre la piel 
		oscura, y la sonrisa,
que mostraba los dientes como flores blancas.

		Y empecé a pensar: ¡Qué dulce aquello...!
Y daba vueltas por ese 
		cuerpo justo,
oscuro, fino y joven: como silvestres cañas.
Y oía 
		la voz al responderte, alada,
cantarina, inconsciente en su magia.

		Después, ya abajo, en la soleada plaza,
pensé en los garzos ojos 
		negros, y me vi
enamorado de un acento del sur:
Vivo, grácil, 
		musical. Igual que quien hablaba.
2.

Balada de un joven canallita

Anoche, dando vueltas como siempre,
camino de la alta madrugada

		(bares y discotecas, calle estrecha,
negros que venden hasta el alma 
		blanca)
pensé que al encontrarte era mi suerte
recorriendo el 
		burdel que nos ampara.
Y te miré la cara dulcemente
pensando que 
		mi hora en ti empezaba.
Aunque sé que te echan del trabajo
pues te 
		aburre la vida rutinaria,
y haces de camello cuando puedes

		recorriendo el burdel que nos ampara.
En Marruecos saliste de un mal 
		paso
y usaron y abusaste de la tranca.
Modelo, chulo, amante para 
		cenas,
sabes el lujo de la gente cara
y camas cutres, feas y con 
		chinches
recorriendo el burdel que nos ampara.
¡Que estupenda la 
		noche los dos juntos!
Riendo, colocados, mente alzada...
Ojalá que 
		el ritmo nos llevase unidos
tahúres del vivir y camaradas.
Pero la 
		luz del alba rompe sueños
recorriendo el burdel que nos ampara.
Y 
		aunque eres santo como el pan bendito
tu futuro es el orden o la 
		nada.
Mal papel al zángano le espera:
no hay porvenir que a tu 
		lucero valga.
Nos mira ya acechante una galerna
recorriendo el 
		burdel que nos ampara.
Tampoco es convincente mi futuro:
Viejo 
		verde en tugurios del mañana
o figurón de eventos literarios
ajeno 
		a la Academia y a sus maulas.
Aunque bien puede el viento darme un 
		viaje
recorriendo el burdel que nos ampara.
Juntos somos dos 
		pájaros muy raros,
solo el presente nos pone su medalla.
Amigo de 
		la noche, adiós, hermano.
Ya ves que casi todo nos separa.
Pero 
		golfos y ninchis seguiremos
recorriendo el burdel que nos ampara.
3.

Brillos del otoño ido

Era el centro elegante. El lugar de las perfumerías
con 
		sillas delante del mostrador, el lugar de los sastres
y de las 
		sederías donde te tomaban medida para un abrigo...
¿Te acuerdas mamá, 
		de aquellas tardes? En los autobuses
azules de dos pisos yo siempre 
		quería ir arriba, en el asiento
delantero, que era como un panorámico 
		ventanal al mundo.
O abajo, en el asiento más cerca de la puerta, con 
		su
aislada barra blanca, asidero y columpio de quienes entraban
y 
		salían, como se entra y se sale en la beatitud del mundo...
Con mi 
		abrigo azul cruzado y una boina también azul.
Tú y yo, elegantes, 
		camino del médico o
de las tiendas caras. Camino del que
querías 
		que fuera nuestro mundo, pues lo sentías tuyo...
Yo dichoso sin 
		saberlo y tú íntimamente desdichada.
Yo entretanto, como de juego, al 
		mundo perfecto,
y tú en serio, jugando a que nunca hubieses salido...

		Mucho tiempo después, llorando, me dijiste una tarde
que ninguno de 
		los dos habíamos sido felices.
Tan cierto y tan falso como es todo. 
		Tan falso
y tan cierto como que aquel mundo de señores
dejó de 
		existir, tan cierto como que lo traicioné
después que me escupiera o 
		que tú nunca hallaste,
mamá, al hombre de tus sueños, al caballero 
		que reinase
en aquel mundo contigo. Y sin embargo estuvimos allí,

		tu con tus pieles y yo con mi abrigo azul cruzado,
comprando perfumes 
		y merendando tortitas con nata,
cuando los taxistas llevaban uniforme 
		y se dirían charolados
los azules autobuses de dos pisos, un Madrid 
		tan sofisticado
que tú y yo -y casi todos los demás- nos lo creímos.

		O quizás a ti no te hizo falta creértelo, pues lo tuviste.
Yo me lo 
		creí. Yo, que llegué una tarde en autobús de dos pisos...
4.

Celebración

Celebración mediterránea

		
Dicen los maldicientes: ¡Qué poco le queda a Miguelito!
Fue rey 
		-como tantos- de unas horas: Cinco o seis primaveras.
Poca cosa. El 
		tiempo se lo lleva. ¿Quién recordará su edad maravillosa?

		
También yo tuve envidia de tu belleza pura. Y de tu alegre vida,

		sobre todo, negada a la tragedia. Favorita del dios. Sin angustia ni 
		sombra.
¡Qué hermoso verte riendo por las noches! Sábado o lunes: la 
		vida es
                                                                                            
		perfecta.

Yo en ti pensé mi vida coronada. Pero un símbolo no 
		vale a la vida.
Te imaginé en amor, en dicha, en compañía. Curándome
                                                                              
		la soledad inhabitada.

¡Qué vano fui! Tu corazón no tiene 
		corazón. Eres el sol radiante a

                                                                                                                         
		mediodía.

		
No hagas caso de las malas lenguas. Tú eres solo presente,
sólo 
		ahora. El tiempo en tu sonrisa se va por la cloaca.
Cuando sea viejo

		de intención ya lo soy- pensaré en ti: Minuto de luz divina, entre la 
		nada.
5.

Celebrando

delicia y ternura

		
                                                                                
		Para A.

Y aquel círculo sacro cerró entorno nuestro.
Todo 
		era oscuridad y atmósfera callada.
Un centro nos unía y una emoción 
		muy cálida.
Los cuerpos se rozaban exactos y encendidos,
y la piel 
		profería su lenguaje perfecto.
Una dulce pasión en un círculo negro,

		mientras la hoguera llena de sentidos el tiempo
y me cuenta tu mano 
		la maravilla toda.
Si algún día he de hablar en favor de la vida,

		no olvidaré esa noche en el círculo ciego,
ni a ti, que me enseñabas 
		minucioso lo eterno.

		
De "Como a lugar extraño"
6.

Cipariso

Hemos venido a verte al sórdido escenario
donde hombres y mujeres 
		agradecidos adulan tu
belleza. ..
Adolescente en el filo del 
		reino,
tu cuerpo tiene la hermosura blanca de rosas tropicales
y 
		el vigor del muchacho en el cuerpo de guardia.
Tu fruta, oscura y 
		larga, llama a una sed prohibida.
Tus muslos son de seda, de agua 
		femenina.
Tus ojos muy, muy dulces, desfallecientes, húmedos,
pero 
		tus músculos sin pelo golpean cuando miran.
Tú te vas desnudando 
		lentamente
entre una música arábiga de rai y rock folklórico.
y 
		deslumbras de blanco como el niño secreto
que se viste de blanco las 
		bragas de su hermana.
y también ruedas en el sucio suelo
como un 
		joven guerrero montando a los leopardos.
Te miramos con envidia 
		tranquila
y un furioso deseo de desdén y codicia...
Eres un lirio 
		hermoso de viril temperanza
y la blanda violeta de una virgen 
		enferma.
He soñado, de pronto, con tu carne en mi cama.
y he 
		sentido las sábanas teñidas de colonia.
Pero cuando tu culo era la 
		gloria de una hoguera
y tu fruta pendía bajo el pelo revuelto,
los 
		aplausos de un público delicado y abyecto
me han recordado que el 
		sueño terminaba.
El dueño ha dicho: Unas quince mil pelas...
Y el 
		dios, sudando, pide ginebra y coca.
El mundo se ha tornado de peltre 
		y de tornado,
y ya sabemos todos que no existe la vida.
7.

Corsario

Piernas tensas. Tacones sonoros. Revuelto el cabello negro...
Era o 
		había sido, hasta que la noche descubrió su cuerpo
largo, fibroso, 
		duro. La magnífica belleza angular de su rostro,
la piel tan fina 
		como el agua dulce, chispazos de fósforo.

		
En sus ojos - turbadores, negros - alguien ha escrito
un día una 
		palabra soez, maravillosa: Vicio.
¿Qué significa? ¿Albas largas, 
		cocaína, mujeres muy ardientes
besándole los pies? ¿Hombres que han 
		alabado su terso viril joven?

		
Tirado, sentado en las ergástulas de la sauna, entre
toallas 
		húmedas y aleteantes aves de silente deseo,
basta contemplar la seda 
		de sus muslos ágiles para

		
olvidarlo todo. Llama es galán su cuerpo. Ansia, cobra...
La deja 
		ver como un reptil perfecto entre lo oscuro.
Apasionado, alarmante, 
		vicioso. ¿Él o tú? ¡Pero qué importa!
8.

Cortesanía

Tumbado en una suite de lujo:
Hermoso, delicado, con la piel canela

		y el negro cabello en amado desorden,
lentamente desnudo en 
		entresueño
giras, y se curvan los brazos
y las piernas muy largas 
		conformas...
A tu lado, con el índice solo
de la mano derecha, 
		recorro yo tu espalda,
sobrevuelo las ingles, apenas me demoro
en 
		una oreja, vuelvo a tus tobillos leves,
y miro como giras, curvas los 
		brazos,
conformas a mi deseo tuyo las piernas...
Me digo, a veces, 
		que nada más querría.
Que tu impecable desnudo me
bastase, 
		imposible precioso, dulce sometido.
Querría en ti, Miguel, que la 
		carne
muriese para siempre, su grito infame,
y eternamente a una 
		vida con límites
correspondiese este tocable amor, diré,
hecho de 
		límites sin límite...
9.

Costura propia

He ido muchas veces ataviado de tristeza,
hundiéndoseme el mundo a 
		cada rato,
fingiendo entre los amigos que me interesaba algo...
Me 
		da miedo quien me mirase,
y angustia me producía no ser perfecto,

		tener que competir, luchar por el oficio, por la vida, el nombre...
Y 
		pensaba: la tragedia de todos consiste en no ser Dios.
Todos 
		quisiéramos ser un pequeño Dios omnipotente..
Y hacíamos bromas sobre 
		la muerte, chistes sobre la soledad,
Pequeños disparates sobre el 
		amor comprado.
(Y yo soñaba en ti, mamá, como lo único seguro).
Me 
		daba miedo la autoridad, la ley, el mundo, el futuro.
Pensaba: 
		Incluso si alguna vez me creí libre.
Y la noche engañaba -como los 
		amigos- con cierto parecido
a bondad o indiferencia.
Y yo iba 
		ataviado de tristeza
y hubiera querido llorar -no podía-
o 
		simplemente hundirme lentamente.
Y me veía en una barca negra (acaso 
		en una gruta)
navegando hacia un negro horizonte...
la tristeza me 
		llena la cabeza de plomo,
los bolsillos de piedras,
las manos de 
		artrosis dura
y tira de mí tanto hacia abajo
que me vuelve imagen 
		verticalizada, estirada, de un
                                                             
		espejo deformante.
Dame la tristeza, échamela -gira la soledad.

		-Lánzame la pelota -repite el miedo.
Aquí, aquí, centra -reclama la 
		angustia,
chútame a mí- y no sé qué agobio extraño lo sugiere.

		Sólo sé que cuando voy ataviado de tristeza
quiero enraizarme en el 
		sueño,
bogar en un río de calma
y susurrar junto al silencio: Dame 
		la mano, mamá, ya he vuelto...
10.

Cuarto de duchas

No, no me gusta. En realidad detesto la crápula
de las saunas: 
		Cópulas en la tristeza del anonimato. ..
¿Pero las líneas de los 
		poemas mejores, sus ritmos,
su ceniza, su carmín, no conducen a la 
		belleza
del amor? Me siento aquí -un viejo es invisible
para la 
		juventud- y observo los cuerpos bajo el agua.
Glúteos, suaves 
		ascensiones del vello: El torso
reluciente. y todos juntos, como si 
		fuese posible
un orgasmo de espadas. ¿Lo entiende? La limpieza
de 
		la juventud que mancha. Alguna vez, siguiendo
sus piernas, su mirada, 
		o su sexo, voy a la oscura
y húmeda cabina. Extraigo de la funda de 
		las gafas
una barra de labios, y pintado, asumo su eminencia.
¿Qué 
		pensará de ese viejo sucio?
¿Qué pensará algún día de los versos de 
		la vida,
planos, difíciles a la felicidad, llenos de líquen?

		Benevolencia. El agua, al caer, arrastra los sentidos...
11.

Dominio

de la  noche


		El cabello se esparce suavemente en el lino,
como un mar que es el 
		oro si despacio amanece.
Suavemente se pliegan las pestañas, y los

		besos se duermen en los labios y respiran flores.

		
Ignora la cintura que es sagrada la mano
que recorre las piernas 
		y sus bahías dulces,
la extensión marina del lino que se tuerce,

		las playas invisibles de la espalda. Todo ignora.

		
Y otra mano se expande así, muy quedamente,
y al moverse, el 
		impulso descubre más ocultas
dulzuras, Besos. Deseos. Amor. Ignoradas 
		bahías.
Duérmese. Y yo miro dormir tu joven negligencia.
12.

El ciruelo blanco y el ciruelo rojo

Museo Atami


		Fue afortunado, en verdad, Ogata Korin.
Gozó del esplendor de la 
		juventud en
los barrios de licencia, frecuentó el paladar
sagrado 
		del deseo. Ordenó sus kimonos
en la seda más fina; pintó un fondo

		de oro para lirios azules. Refinado y altivo,
no olvidó sin embargo 
		(artista como era) la melancolía
fugaz del tiempo que transcurre.

		En su madurez, con audaz virtuosisimo,
se dedicó sobre todo a la 
		búsqueda estilística.
Creó lacas y biombos. Le hizo célebre
la 
		perfección, el refinamiento de su
arte -lirios, ciruelos, dioses- 
		decorativo.
Debió morir fascinado en la belleza, 
		
rodeado por una seda extraña, tranquilo. 
Fue afortunado, en 
		verdad, Ogata Korin;
su vida fue un culto a la efímera 
		
sensación de la belleza. Al placer y al arte.
Y la vida le 
		concedió sentir, ser traspasado
por el dardo febril de la 
		hiperestesia.
Le llamaron excéntrico, dandy o esteta.
Pero no 
		pidió más. Sensación por sensación.
Vivir, sentir, gozar. Sin más 
		problemas.


		De "Hymnica" 1979
13.

El

desterrado


		El cuerpo envuelto en un gabán azul, muy ancho;
la corbata cuidada, y 
		alborotado el pelo por el viento
de tarde, pasea el hombre solo, por 
		una gris ciudad,
hurgando en sus bolsillos cigarrillos rubios y 
		cerillas malas.
Se sienta en los cafés, y bebe mucho; acaso lee
un 
		periódico sin ganas, mientras mira y le rondan ideas,
casi siempre 
		extrañas. Habla, quizá, con alguien, un momento,
pero semeja ausente 
		la sonrisa forzada. Se va deprisa,
y caminando, llega a tabernas o 
		clubs de peor laya,
donde de nuevo bebe, y entre una torpe música, un 
		instante
le embriaga una piel inmadura, que la vista descansa.

		(Dulce cuerpo floral, incipiencia suave donde habita la gracia.)
Unas 
		palabras luego. Y medio ocultas citas, ahora o mañana.
Entrada ya la 
		noche, con demasiado alcohol y el humo del
                                                                                     
		tabaco
pegado entre las manos, abrirá la puerta de un piso frío,

		vacilante, con libros y papeles en desorden y botellas gastadas.
y 
		allí, tumbado en un sofá antes del sueño -escuchando las
                                                                                      
		violas
de Rameau en el aire -sentirá ese hombre solo brotar lágrimas.

		Ha visto aproximarse al fin (hoy también) el Angel imposible
                                                                                   
		que le salva.

"El viaje a Bizancio" 1972 - 1974
14.

El joven de los pendientes de plata

Llevaba días viéndole en el bar,

		apoyado en la barra y bebiendo cerveza.

		Jamás respondió a mis miradas

		(que probablemente no viese) y cuando

		pregunté a los parroquianos si sabían de él,

		ninguno -ni los camareros- pudieron darme nuevas.

		Apenas hablaba, y aunque joven de cierto,

		parecía perdida su mente en lejanías,

		como si algo le arrastrase hacia un remoto tiempo.

		Moreno, con botas negras y chaquetón azul,

		llevaba en coleta el pelo, y pendientes de plata.

		Pero eran sus ojos sobre todo, sus profundos

		y grandes ojos garzos, lo que más me impresionaba

		en aquel hermoso y triste solitario de la barra.

		No: La gente siguió sin saber nada. Y entonces

		me decidí (suelo ser muy osado) y me acerqué

		y le pregunté, invitándole a la par a otra

		cerveza. Me miró sonriendo -sin sorpresa-

		y tuvo la actitud del que concede, aunque

		apenas dijera una palabra. Tras ciertos circunloquios

		vanos, contestó que su oficio era el mar.

		Que había viajado mucho, cambiado también

		de empresa, y que en fin, estaba muy cansado.

		Hablaba un español con acento entre holandés

		y brasileño, y mientras decía y bebía (cordial siempre)

		perseveraba su dejo de añorante distancia.

		Le propuse si quería acompañarme a casa,

		y beberse conmigo -oyendo música- la última cerveza.

		Sonrió como quien ya supiera, y me hizo otro gesto

		indicando la puerta. Mis amigos me vieron salir,

		amedrentados, con aquel extranjero de pendientes argénteos.

		Y cuando concluimos la cama y las cervezas,

		y hablamos de aventuras y pasiones, y del amor

		al riesgo, mientras se vestía (cuerpo delgado

		y duro, cálido y cobrizo) torné a preguntarle quién era

		y cómo se llamaba, pues nunca dijo el nombre.

		Con un leve desdén en la boca perfecta,

		me pidió dinero para pasar la noche y replicó

		(abrochándose el cinturón y francamente hilarante):

		Ya ves, tío, yo soy el último pirata del mar

		los Sargazos. Le contesté riendo: ¿Pero aún

		queda alguno? Nosotros ya creíamos que todos habíais

		muerto.Y entonces, con tristeza, tras tomar el billete,

		y a punto de largarse, me miró suavemente:

		Pequé con delirio en los mares de España. Adiós, chico.

		No me permiten todavía que muera. Y escuché el ascensor

		el sonido del viento que en la calle silbaba.
15.

El invierno de la edad media

Desaté tus sandalias

		y te besé los pies. Fríos, estaban fríos
y hermosamente rojos de la 
		nieve.
Tumbados junto a un fuego de encina,
entre ese olor vegetal 
		y cálido del mundo,
oíamos a los monjes cantar salmos, muy 
		oscuramente...
¡Tu cuerpo hermoso! ¡Cómo besé tu cuerpo,
tan 
		blanco, dulce y fuerte, mientras te entredormías!
Tragué tu sexo 
		entero.
No podía olvidar que caminábamos juntos, flagelantes,

		hacia el perdón y hacia la penitencia...
El silencio parecía un 
		gigante
y el rezo de los monjes el retumbe de un barco en la galerna.

		No sé si me decías:
¿Estamos cerca ya del final de los tiempos?
Tu 
		cuerpo de tan recio me parecía dulce.
Dulces fríos tus pies. Dulce tu 
		axila.
Tu cuerpo, con el sayal subido.
Tu cuerpo erecto allí.

		No sé adónde íbamos. Era el más duro invierno.
La nieve más profunda. 
		y la voz de los monjes
retumbaba en la piedra.
La música -dijiste- 
		la música...
Tus labios eran rosas, suavemente rojos
como tu dulce 
		cuerpo...
Hermano mío de tiempo y penitencia.
¿Qué hacemos los dos 
		juntos? ¿Dónde vamos?
¿Dónde nos lleva el miedo? No es la peste, no 
		el hambre.
El viento ruge en el claustro de piedra.
Los monjes 
		cantan en plegaria de sombra.
Estamos solos, tú y yo, hermano. 
		Solos...
Es una Edad media interminable. Fuego ahí, en la noche 
		oscura.
16.

El nombre de la desesperanza

Los viejos pederastas lloran por la noche.
No es extraño.

		Entre el riesgo y el milagro su vida toda,
dudan de si es el Bien o 
		el Mal
quien los posee.
Soñaron siempre una Hélade turbia.
Una 
		paternidad erótica.
Una hermandad de goce primigenio.
Soñaron un 
		mundo solar.
Pero las horas fueron, con frecuencia, temor y 
		desventura.
Bajaron a los fondos de las cuevas.
Volaron sobre 
		praderas dulces.
Su sueño -tan palpable- se deshacía en sueño.
Los 
		viejos pederastas, ya muy viejos,
bajan al Metro por las tardes.

		Los ojos les lloran por el humo.
Un cantautor les llamó sapos del 
		subway.
Están más que habituados al desprecio.
Los viejos 
		pederastas -humillados, heridos,
torpes, sin futuro-
lloran 
		solitarios por las noches.
Rezan al Ángel de la Guarda.
Piensan en 
		el Niño Dios.
No saben si abrirse las venas
(el rojo es un color 
		muy hermoso).
Los viejos pederastas sienten
que la vida se les va 
		de las manos,
y la nada sucede a la nada.
Los viejos pederastas 
		leen a Voltaire,
y escriben su epitafio:
Si no pudiera ser un 
		joven guerrero sioux,
Señor del Universo,
no volver. Sólo pido no 
		volver, de nuevo...
17.

El perfumista

Quiero darte mis señas, por si vuelves, 
		
y sospecho que seguramente vas a hacerlo.
Mi tienda está (ya ves) 
		bien dentro del zoco,
muy cerca de las paredes de la Gran Mezquita

		que se llama Az-Zituma, y vendo y hago
perfumes: rosa-cristal, 
		benjuí, ámbar,
jazmines... En los perfumes ya es un aroma
el 
		nombre; y hay que haber leído y ser sensible
para inventar alguno. 
		Vivo algo más allá,
muy cerca. Pero si no es aquí, podrás hallarme

		sobre todo en los Baños, al caer la tarde.
Allí discretamente se 
		glorifica el cuerpo,
y una música tenue se mezcla con vapor y 
		juventud:
Ahmed domina el masaje, y el negro es
también muy 
		diestro. Acércate algún día, cuando vuelvas.
Por la noche, en la 
		casa, bebemos café turco
y nos reunimos (esos chicos y yo) contando 
		lances
de medida y hazañas con turistas, o calibrando
las gracias 
		y modos de esa vieja palabra (la diré)
que casi nadie usa, a pesar de 
		su imagen: zorrotroco.
Sí, es exactamente para reírse un poco. Algún 
		día,
después, se leen poemas o se fuma kifi,
y alguna vez (más 
		rara) se va al burdel muy tarde.
El día siempre es esto: los 
		perfumes.
Y este olor también a carne, cuero y especias
que son 
		¿por qué no? otros raros perfumes.
Llevo siempre estas dos sortijas 
		puestas, 
		
y me preocupo muy poco del futuro. Ya sabes
dónde estoy. Bien 
		dentro del zoco,
junto a la Mezquita. Y, en fin, si cuando vuelvas

		quieres hacerme un especial regalo, no busques
mucho. Hazte acompañar 
		del mocito aquel
del aeropuerto, o del esbelto servidor del Café,

		con ojos y tersura de gacela. (Es una imagen
de los antiguos poetas). 
		La música y los dulces
los pondré yo. Y que la noche nos relate el 
		resto.
18.

El viaje infinito del arte moderno

Dicen que se quedaba en silencio.
Largas horas. En silencio.

		Se llama sufrir. No es agua muerta. Un pantano
en silencio. Hay 
		vértigos adentro.
Una sierra eléctrica, brutal, que zumba a veces.

		Y no lo sé. Sufrir. Y de repente
Las piernas del 
		Idilio de Fortuny. Como voz de vida.
Y hablaban 
		interminablemente después.
¿Quién dijo la palabra motriz? ¿Qué dices 
		cuando dices, etc...?
Te juro que me tiene sin cuidado.
Lo que 
		quiero es ser feliz,
solo algo más que mantenerme en pie.
¿Saber? 
		También saber. Y joder. Y mirar cuadros.
Pero apenas nunca ocurre.

		¿Hablo? ¿Digo?
Largas horas. Fatiga.
Dijo: El Estado, nos está 
		masacrando el Estado...
Y ella le miró delicadamente, anochecía:

		Creo que esa luz rojiza está intentando decirnos lago.

		
De "Asuntos de delirio"
19.

Emblema sobre un tópico antiguo

Me gustaría invitarte 
		una noche (y aún lo espero)
a charlar, para que te vieran, y a tomar 
		una copa juntos.
(Porque es emocionante discurrir junto a un cuerpo 
		tan hermoso
y tan joven, y verlo con deleite, sin prisa, y que lo 
		crean tuyo.)
Y cuando el camarero nos tendiese la copa, exuberante,

		grata, y colmada de algún licor entre el hielo y el oro,
a la luz 
		íntima y brillante de las lámparas, Vitucho,
te diría: ¿La ves? Fulge 
		el cristal, y el licor rebosa.
Tras un breve rato, aún en plena 
		noche, estará vacía
y sucia. Las huellas de los dedos pegadas al 
		vidrio. Ida.
Y te diría que tu adolescencia es, ahora, como esa copa

		rebosante. Te lo diría, y te miraría y esperaría que entendieras.

		
"El viaje a Bizancio" 1972 - 1974
20.

En la noche perdida

(Else Lasker-Schüler)

Esta es la dama rara.
Ojos de tizne 
		negro y pelo negro tinto...
¿Cuántos años tiene la dama rara?

		Vieja es y eternamente joven...
Los abalorios, el turbante, los 
		anillos, su extrañeza...
¿Porqué desprende estupor la dama rara?

		Óyela hablar.
Cuanto tú has sido la esquina de la vida...
Sus 
		palabras dislocadas, sus manos perturbantes,
sus amores sin final...

		Un judío es uno que ha sufrido.
Una amante loca fue una niña herida.

		Un maya el habitante de un pozo.
Esta es la dama rara.
Te mira 
		provocativa, inteligente, seductora, absurda.
Su brillo oculta el 
		llanto del Talmud.
Su fulgor, carreras por la callejita del odio.

		Porque me despreciaron, nunca he querido ser más.
Esta es la dama 
		rara.
Expresionista, ultramoderna, más allá del mundo.
Vieja es y 
		enormemente joven.
Paladina de todo lo perdido.
Mariscala de las 
		bambalinas.
Luz crepuscular, cristales hindúes,
pulseras de 
		Cachemira...
Un ser brillante y absurdo.
Perdida en la cabellera 
		de la Destrucción
me alojo en la alcoba de la Vida...
Ya no le 
		importa qué dirás.
Esta es la dama rara.
Tadeus Aludra (que la 
		conoció)
la soñaba caminar por el futuro...
21.

Epinicio

Salta al aire, y arde al sol en un brillo encendido.
El músculo se 
		estira victorioso. Ondea el pelo rubio, 
		
y bailan sedas de agua sobre una piel de oro. 
Bulle un río, y el 
		cuerpo es la sed de una batalla. 
		
Los brazos se alargan, y las piernas armoniosas
y brillantes. Se 
		cierra un bosque al cerrar los ojos.
Cantan las manos. El cuerpo 
		adolescente reta al aire.
Como un himno se eleva la figura, y se 
		ondula. 
		
El pelo nada, la piel seduce al ámbar, y el impulso
se transforma 
		en joven música encendida. Salta ahora.
Y es todo victoria. Quien 
		saltó y quien baja es otro distinto.
Y va más allá el milagro porque 
		es otro el que mira.
22.

Filã“sofo

Filósofo de Cirene 
		enamorado del amor


		Y es que la belleza, en efecto, promete un infinito.
¿Qué ves en el 
		hermoso cuerpo joven?
Como un día al comienzo del verano - contestó -

		cuando todo es brillo y delicia.
Y la carne vibra en éxtasis dorado,

		y se balancea el pelo juvenil
como las ramas más altas de los 
		árboles,
y semeja que el minuto aquél no tendrá fin.
¿Pero no hay 
		más? ¿No notas acaso tú,
como si el cuerpo bello fuese la frontera de 
		otro reino?
Es eterno, te dices. Y promete además
un mundo donde 
		la perfección será costumbre.
Y le ves brincando en la dulce alegría 
		de sí mismo,
como un quimérico país donde el sol más benigno
y la 
		hierba y el río jamás terminasen...
¿Ves solamente la belleza del 
		cuerpo?
¿La armonía del torso, la flor de la cintura?
Miras 
		también tus deseos eternamente vivos,
tu antiguo cuerpo joven siempre 
		igual a sí mismo,
la amistad perdurable con nobles camaradas
en 
		inmóviles días de luz y primavera,
y el continuo torrente de la 
		sangre detenido
con él, en el momento álgido
en que pasión de 
		piel, espasmo entre los brazos,
significa también felicidad, amor,

		perfección de lo exacto, inmutable placer
en que vive la mente su 
		carne como espíritu...
El cuerpo juvenil es mucho más que él mismo.

		Permanente promesa que se cumple en promesa,
mundo de plenitud vivido 
		en luz del mundo, 
		
júbilo de su tacto, oro, sed, perfumes,
como si el aspirar, el 
		palpar, la bebida,
el vuelo portentoso no concluyesen nunca...
Y 
		es que la belleza -repitió- promete, en efecto, un infinito.

Versos y pensamientos de Luis Antonio de Villena

4 citas
« No me di cuenta al principio, / me fijé después porque le hablabas. »
Luis Antonio de Villena · Andaluz
« Anoche, dando vueltas como siempre, / camino de la alta madrugada »
Luis Antonio de Villena · Balada de un joven canallita
« Era el centro elegante. El lugar de las perfumerías / con »
Luis Antonio de Villena · Brillos del otoño ido
« Celebración mediterránea / Dicen los maldicientes: ¡Qué poco le queda a Miguelito! »
Luis Antonio de Villena · Celebración
Biblioteca poética

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