Leopoldo Alas Mínguez

Biografía y amplia selección de poemas de Leopoldo Alas. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica. Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Antología lírica (6 poemas seleccionados)

Al

filo de los treinta

Supón que todo sigue...

La voz que siempre escuchas por las tardes

cuando a solas suspiras para aliviar el peso,

con ganas de cambiar y miedo a las personas

y cierta desazón de estar sin ellas.

Oigo la luz, más que verla, tumbado

en esta cama antigua, en Almería,

al filo de los treinta.

Las notas del silencio,

el cielo azul cansado y una torre dormida.

...que todo siga siendo tan sencillo:

despenar sin heridas como en los viejos tiempos,

madrugadas difusas y, a la tarde,

un rato nada más en el abismo.

De "La posesión del miedo" 1996

Leopoldo Alas Mínguez

De "El triunfo del vacío" 2004

Al filo de los cuarenta

Hasta cuándo podré querer a muchos sin entregarme a nadie.

Cuántos días de espontánea indefinición me quedan por delante.

Él me espera y tiene mis facciones.

Cuarenta años, hermano.

Lo prefiero a todos: amables rostros que reflejaron el mío volátil,

almas afines que completaron mi esencia fragmentada.

Después de tanto errar por tantos cuerpos, doy con el mío.

Por fin un hombre interesante. Soy él.

No era yo dirigiendo una nave imperfecta de carne,

tan firme y rotunda en su ingrata juventud.

Tomad y comed porque yo soy mi cuerpo.

Yo quise ser vosotros, amigos del alma,

y en cada uno aprendí a quererme.

Pero en mí mismo estoy mejor acomodado

que en la insaciable búsqueda exterior de inteligencia y belleza.

Cuarenta, hermano.

Olvida el paraíso de la infancia, que muchos cuestionan:

tan hermosos fueron aquellos días suspendidos

de horizontes inmensos

como estos de ahora, caídos y sin perspectiva.

Y del amor ni hablemos

pues todo lo apostado se perdió en el propio engaño.

Pero me tengo al fin.

Ya no me busco en el espejo. Soy el que soy.

De "El
triunfo del vacío" 2004

Leopoldo Alas Mínguez

El

ángel desde dentro

Desangelados, sin alas, sin brillo,

en las brasas de los últimos fuegos.

Así hemos llegado a creernos,

avanzando entre el lodo como vehículos

sin ruta y sin pasajeros.

Pero el ángel está en nuestros silencios,

guiando nuestros desvaríos, amansándonos la fiera.

Y el ángel no tiene alas:

se ha plegado a la vida con nosotros,

se ha rendido a las cosas

(sus formas, su número y su precio),

tiene sólo una oportunidad y un cuerpo que es el nuestro.

Y casi nunca nos abandona.

Como sueña, pesa más.

Como piensa, nos confunde y nos eleva.

Como siente, nos hiere.

El ángel que no nos salvará

tiene a ratos nuestros cabellos

y muy de vez en cuando mira con nuestros ojos.

Si toma prestadas nuestras manos, acaricia, crea, limpia.

Cuando está en nuestros labios, sonríe y besa con ellos.

Y si camina con nuestros pies, se detiene.

Hay un vértigo en el ángel que no es nuestro,

una curiosidad hambrienta que nos implica.

El ángel miente en el espejo,

ama por nosotros y ve por lo que vemos.

Cuando el tiempo, que es un mísero contable,

nos doblegue con la suma de los días que ha perdido,

el ángel se preguntará una vez más

a quién sirve sin alas si su señor termina,

por qué es traslúcido en un cuerpo que se apaga,

por qué ubicuo en un viajero que no regresa.

¡Todo lo que quiso amar el ángel,

la que pudo alcanzar, la que alcanzó a pensar!

¡Todos los ángeles que conoció,

hablándole cautivos de otros cuerpos

como se habla desde dentro, para salir hacia afuera!

¡Todas las cosas que te ayudó a imaginar

cuando no había nadie contigo,

la que quiso interpretar

y la que estaba dispuesto a construir!

Pero entre tanto, el ángel no puede dejarte.

Y al pensar en esto con sus pensamientos,

el agua sacia tu sed y el pan te alimenta.

Las nubes dibujan mensajes

para que el ángel, que eres tú, los lea

como se lee lo que nada significa y puede significarlo todo.

Y en la pasión del ángel, te rindes a ti mismo.

De "La
posesión del miedo" 1996

Leopoldo Alas Mínguez

El ángel y el vampiro

Pasé la vida entre vampiros y ángeles,

libando con paciencia los unos mi energía,

los otros trasvolando mis días más sentidos.

Todos los trances de luz fueron suyos:

al ángel los del cuerpo, los del alma al vampiro.

Al sol como en la sombra estuve ciego

y en el tránsito hacia el zenit, perdido.

Confundí las alas blancas con las capas negras.

Gusté, besando al ángel, los labios del vampiro.

Siempre acudí a la cita con lo eterno.

Cada vez que llamó, me encontraba.

Unas veces hermoso y otras veces oscuro,

el timbre de su voz me subyugaba,

la miel de su sonrisa me encendía,

y bailábamos juntos, el ángel o el vampiro

y yo que nunca supe muy bien con quién bailaba.

De "La
posesión del miedo" 1996

Leopoldo Alas Mínguez

La

aureola azul

En la roca de esmeraldas que imagina,

el anciano defiende su aureola.

Con diecisiete años, le dijo que era azul

una mujer del norte

y le advirtió que nunca la perdiera.

Vendrán las nubes que ensombrecen

las buenas intenciones

y formas de pensar como naufragios.

Te dejarás caer por levantarte,

te ocultarás por miedo.

El viento dispondrá tus verdaderos gestos

y el paso de los otros tu destino.

No serás lo que creías,

tu rostro mostrará las simas de tu alma,

traducirás tu ruina,

enfangarás tus sueños con tus dudas.

Pero nunca descuides la aureola,

no dejes que se extinga

ni cuentes que fue azul en un poema.

De "La
posesión del miedo" 1996

Leopoldo Alas Mínguez

Mi

olor a ti

Toda mi ropa huele a cuando estabas.

Sería al abrazarte -no lo entiendo-

o que estuviste cerca y se quedó prendido.

Si arrimo mi nariz al hombro o a la manga, te respiro.

Al ponerme la chaqueta, en la solapa,

y en el cuello de un jersey que no abriga.

Aroma de placer, de feromonas,

de recostarme en ti mientras dormías.

Por mucho que la lave, mi ropa lo conserva:

es un perfume dulce que me alivia

como vestir mi carne con tu piel.

Y está durando más que mi recuerdo.

Tu rostro en mi memoria se disipa,

casi puedo decir que he olvidado tu cuerpo

y sigo respirándote en las prendas

que, al tiempo que me visten, te desnudan.

Pero la ropa es mía.

De tanto olerte en mí, tu olor es mío.

Tu olor era mi olor desde el principio,

fue siempre de mi cuerpo, no del tuyo,

de un cuerpo que lo tengo a todas horas

para quererlo entero como jamás te quise

y olerlo de los pies a la cabeza.

Es el olor de todas mis edades,

del niño absorto y puro,

del claro adolescente eléctrico y espeso,

de un joven con insomnio que soñaba

fantasmas del amor, y es también el olor

que al transpirar mis sueños dejaron en las sábanas.

Quién sabe tú a qué aspiras sin este efluvio mío,

sin mi esencial fragancia.

Estando en compañía, serás siempre la ausente

igual que si te fueras o no hubieras llegado.

Pues no olerás a nada, no dejarás recuerdo

ni podrás despertar auténtico deseo

ni embalsamar las yemas de los dedos

que un día te acaricien

con un perfume físico y concreto.

Serás para el olfato de los otros

como un espejo para los vampiros.

Y yo atesoraré con más fe que codicia

este perfume dulce de mi cuerpo

que descubrí contigo.

Si quieres existir, respíralo de nuevo.

De "La
posesión del miedo" 1996

Leopoldo Alas Mínguez

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