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Justo Jorge Padrón · Algo invisible fluye a nuestro lado
Biografía y amplia selección de poemas de Justo Jorge padrón. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Justo Jorge padrón. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Acaso despedirse de la vida sea contar las veces que nos quedan por habitar las cálidas costumbres. Quizá estas tibias cosas cotidianas ofrezcan las imágenes de lo que un día fueron: encuentros soberanos con la luz o con ese misterio fugaz de la hermosura, la voz de una mujer, aquel poema, cierto instante encantado del crepúsculo, cuando el aire se incendia en los balcones y el valle como un cuento se duerme en sus palabras. Algo queda latente en nuestros labios, un gozo, una inquietud ante lo impronunciable, y la brisa remonta la torre del jazmín y susurra leyendas de amor y de nostalgia. Algo invisible fluye a nuestro lado, el delirio estelar, la música del cosmos palpitando en su espera deslumbrada.
Desde el fondo del vino una mujer me invoca con un riesgo sinuoso. Su cuerpo se ilumina como exaltada llama empañada de invierno, como enterrada lluvia rompiendo sus latidos, deshaciéndose en música envolvente, tan desolada y bella, hasta cegarme. El oro fascinado de su risa me lleva hasta el delirio de celebrar su cuerpo. Con su hechizo me invade desde el aura de su rosa sombría, que absorbe en su corola el absoluto tiempo que viví. Y así, preso y errante, en su inquieto perfume tibiamente lejano, me destierra en el vino bajo la maldición de su recuerdo.
Crueldad, quiero tu lengua, tu inteligencia oculta de perversión feroz y a la deriva, contaminada en las maquinaciones del placer que enmudece, despertando la insidia y el peligro de tu experiencia única. Qué enjambre de caricias en el nudo con el que aún reclamas la posesión suprema. Seguir, merodear de forma subrepticia hasta ir descubriendo este delirio atroz que se enardece por entrar y expandirse en el fuego del daño y el desmayo. Impaciente deseo tu cuerpo cenagoso, maduro como el vicio que a sí mismo corrompe con su olor a azahares ultrajados, a estrellas que en el vino se disuelven. En él presiento el odio que palpita en su voltaje oscuro de noche y de marea, por alcanzar la sangre, cuando el beso insaciable la busca y la aniquila. Ah, sombría violencia fascinada, que encuentras tu destino en la tensión mortal con que dos cuerpos duros se engastan, se penetran hasta la raíz misma de sus limos, allí donde la furia es la pasión y el miedo de no ser el fulgor de la muerte.
¡Qué sensación de nunca se hace umbría en tus ojos, qué sinuosa evidencia desolada, de vacío sin fin ante la posesión entregada, desnuda e imposible! ¿Quién puede consolar este deseo que está perdiendo el ser entre lo vivo? ¿Eres tú, inocencia demoníaca, en la inmisericorde tentación, la que reclama aún este fuego de médulas? La pasión ha secado su hontanar. Ya eres el desterrado de tu cuerpo. Te escarba y te persigue el espectro del ansia. El tacto se extravía en los ciegos sentidos, anhela su redoble y no lo encuentra. Agotada la copa enhiesta de la llama se apagaron las luces de la sangre, y en el desasosiego del futuro, esa voz sin piedad de tu exilio sentencia: Sólo lo que has perdido es tu desierto.
Soñaron con el único tesoro que alguna vez podría deslumbrarles: ser el uno en el otro enteramente, tornarse indestructibles para el tiempo y el mundo. Anhelaron forjarse con poderes telúricos, mitad árbol y viento, mitad tierra y hoguera, y el soplo de la vida navegó por su sangre, surgiendo vigoroso de la luz de sus cuatro pupilas hechizadas. El sueño de sus sueños fue el haberse encontrado, porque desde ese instante, solitario y raigal, se hicieron alma y sombra de un amor indeleble.
En el amanecer te desvaneces. Sólo queda tu sombra entre mis manos, una presencia de aire, anhelo y sueño y risa que disipa su incendio consumido. Con desesperación busco tu cuerpo, el fugaz testimonio, ese deleite de toda tu fragancia derramada, cautiva todavía por mi piel. Relumbras por mis médulas como un latido unánime, como una ciega música que habitara en mi oído, con su calor, su vibración de fondo, su presencia invisible en el silencio. Cruzo de la pasión a la demencia persiguiendo tu espectro, el espejismo de una imagen que asciende por la escala nocturna, llevándote desnuda entre sus brazos.
Sigo en la oscuridad sin rostro. Sufre el niño solitario que palpita en mis ojos, perdido en la espiral de la congoja. Él nada pide, escucha un porvenir desnudo. Está oscuro y ausente y ya no me sonríe. No sé cómo inducirlo a la alegría Con mis lágrimas calla y no puede dormir. Parte soy de la niebla que no me ama. Un latido delgado me anuda a lo que vivo, ya no sabe si soy lo que aún soy o soy lo que me niega tercamente. Es tan raro el amor por uno mismo que en su frontera tiembla con su envés y a veces se intercambia o se suprime. ¿Cómo entender entonces la súbita piedad, la sinrazón de un odio que a veces se conmueve mostrándome su helada transparencia?
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