« A veces melancólico me hundo / en mi noche de escombros y miserias, »
Julio Florez · Abstracción
Biografía y amplia selección de poemas de Julio Flórez. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Julio Flórez. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
A veces melancólico me hundo en mi noche de escombros y miserias, y caigo en un silencio tan profundo que escucho hasta el latir de mis arterias. Más aún: oigo el paso de la vida por la sorda caverna de mi cráneo como un rumor de arroyo sin salida, como un rumor de río subterráneo. Entonces presa de pavor y yerto como un cadáver, mudo y pensativo, en mi abstracción a descifrar no acierto Si es que dormido estoy o estoy despierto, si un muerto soy que sueña que está vivo o un vivo soy que sueña que está muerto.
Mil veces me engañó; más de mil veces abrió en mi corazón sangrienta herida; de los celos la copa desabrida me hizo beber hasta agotar las heces. Fue en mi vida, con todas sus dobleces, la causa de mi angustia -no extinguida- aunque, ¡pobre de mí! toda la vida su mentiroso amor... pagué con creces. Los tiempos han pasado; ya su boca no me da sus caricias, ni me abrasa el fuego de sus ósculos de loca; ¡y sin embargo mi pasión persiste... pues, cuando a veces por mi senda pasa, me alejo mudo... y cabizbajo... y triste!
Azul... azul... azul estaba el cielo. El hálito quemaste del estío comenzaba a dorar el terciopelo del prado, en donde se remansa el río. A lo lejos, el humo de un bohío, tal de una novia el intocado velo, se alza hasta perderse en el vacío con un ondulante y silencioso vuelo. De pronto me dijiste: -El amor mío es puro y blando, así como ese río que rueda allá sobre el lejano suelo- y me miraste al terminar, tranquila, con el alma asomada a tu pupila. Y estaba azul tu alma como el cielo.
Cuando lejos muy lejos,
en hondos mares,
en lo mucho que sufro pienses a solas,
si exhalas un suspiro por
mis pesares,
mándame ese suspiro sobre las olas.
Cuando el sol con sus
rayos desde el oriente
rasgue las blondas gasas de las neblinas,
si una oración murmuras por el ausente,
deja que me la traigan las golondrinas.
Cuando la tarde pierda
sus tristes galas,
y en cenizas se tornen las nubes rojas,
mándame un beso ardiente
sobre las alas
de las brisas que juegan entre las hojas.
Que yo, cuando la noche
tienda su manto,
yo, que llevo en el alma sus mudas huellas,
te enviaré, con mis
quejas, un dulce canto
en la luz temblorosa de las estrellas!
En tu melena, do la noche habita, temblaba una opulenta margarita como un astro fragante entre la sombra; de pronto, con tristeza, doblaste la cabeza y rodó la la alta flor sobre la alfombra. Sin verla, diste un paso y la flor destrozaste blandamente con tu escarpín de refulgente raso. Yo, que aquello miraba, de repente con angustia infinita, al ver que la tortura deliciosa se alargaba de aquella flor hermosa, con voz que estrangulaba mi garganta dije a la flor ya exánime y marchita: "¡Quién fuera tú... dichosa margarita, para morir así... bajo su planta!"
En la
agonía
(Ãltimos versos del poeta)
Nó, retira esa droga,
que no luche
por más tiempo del doctor... ¡Es muy tenaz!
Ven, que el latido de tu pecho escuche.
¡Ven, acércate más!
Dime, ¿quieres curarme?
¿Sí? Pues eso
fácil es y un remedio hay eficaz:
¡pon tu boca en mi boca y dame un beso
que no
acabe jamás!
Dime: cuando en la noche taciturna, la frente escondes en tu mano blanca, y oyes la triste voz de la nocturna brisa que el polen de la flor arranca; cuando se fijan tus brillantes ojos en la plomiza clámide del cielo... y mustia asoma entre tus labios rojos una sonrisa fría como el hielo; cuando en el marco gris de tu ventana lánguida apoyas tu cabeza rubia... y miras con tristeza en la cercana calle, rodar las gotas de la lluvia; dime: cuando en la noche te despiertas y hundes el codo en la almohada y lloras... y abres entre las sombras las inciertas pupilas como el sol abrasadoras; ¿en qué piensas? ¿en qué? ¡pobre ángel mío! Piensas en nuestro amor despedazado ya, como el junco al ímpetu bravío del torrente que salta desbordado? ¿Piensas tal vez en las azules tardes en que a la luz de tu mirada ardiente, mis ojos indecisos y cobardes posáronse en el mármol de tu frente? ¿O piensas en la hojosa enredadera bajo la cual un tiempo te veía peinar tu ensortijada cabellera, al abrirse los párpados del día? ¡Quién sabe!... no lo sé, pero imagino que en esas horas de aparente calma, percibes mucha sombra en tu camino, ¡sientes muchas tristezas en el alma! Mas... otro amante extinguirá tu frío, yo sé que tu pesar no será eterno; mañana vivirás en pleno estío... y yo, con mi dolor... ¡en pleno invierno!
negras Oye: bajo las ruinas de mis pasiones, y en el fondo de esta alma que ya no alegras, entre polvos de ensueños y de ilusiones yacen entumecidas mis flores negras. Ellas son el recuerdo de aquellas horas en que presa en mis brazos te adormecías, mientras yo suspiraba por las auroras de tus ojos, auroras que no eran mías. Ellas son mis dolores, capullos hechos; los intensos dolores que en mis entrañas sepultan sus raíces, cual los helechos en las húmedas grietas de las montañas. Ellas son tus desdenes y tus reproches ocultos en esta alma que ya no alegras; son, por eso, tan negras como las noches de los gélidos polos, mis flores negras. Guarda, pues, este triste, débil manojo, que te ofrezco de aquellas flores sombrías; guárdalo, nada temas, es un despojo del jardín de mis hondas melancolías.
Huyeron las golondrinas de tus alegres balcones; ya en la selva no hay canciones sino lluvias y neblinas. Me dan pesar sus espinas sólo porque a otras regiones huyeron las golondrinas de tus alegres balcones. Insondables aflicciones se posan entre las ruinas de mis ya muertas pasiones. ¡Ay, que con las golondrinas huyeron mis ilusiones!
Hermosa y sana, en el pasado estío, murmuraba en mi oído, sin espanto: "Yo quisiera morirme, amado mío; más que el mundo me gusta el camposanto". Y de fiebre voraz bajo el imperio, moribunda ayer tarde, me decía: "No me dejes llevar al cementerio... Yo no quiero morirme todavía..." ¡Oh, Señor... y qué frágiles nacimos! ¡Y qué variables somos y seremos! ¡Si la tumba está lejos... la pedimos! ¡Pero si cerca está...no la queremos!
eterno Ruge el mar, se encrespa y se agiganta; la luna, ave de luz, prepara el vuelo y en el momento en que la faz levanta, da un beso al mar, y se remonta al cielo. Y aquel monstruo indomable, que respira tempestades, y sube y baja y crece, al sentir aquel ósculo, suspira... y en su cárcel de rocas... se estremece! Hace siglos de siglos que, de lejos, tiemblan de amor en noches estivales; ella le da sus límpidos reflejos, él le ofrece sus perlas y corales. Con orgullo se expresan sus amores estos viejos amantes afligidos; Ella le dice «¡te amo!» en sus fulgores, y él responde «¡te adoro!» en sus rugidos. Ella lo aduerme con su lumbre pura, y el mar la arrulla con su eterno grito y le cuenta su afán y su amargura con una voz que truena en lo infinito. Ella, pálida y triste, lo oye y sube le habla de amor en su celeste idioma, y, velando la faz tras de la nube, le oculta el duelo que a su frente asoma. Comprende que su amor es imposible, que el mar la acopia en su convulso seno, y se contempla en el cristal movible del monstruo azul, en que retumba el trueno. Y, al descender tras de la sierra fría, le grita el mar: «¡en tu fulgor me abraso!» ¡no desciendas tan pronto, estrella mía! ¡estrella de mi amor, detén el paso! ¡Un instante mitiga mi amargura, ya que en tu lumbre sideral me bañas! ¡no te alejes!... ¿no ves tu imagen pura, brillar en el azul de mis entrañas?" Y ella exclama, en su loco desvarío: «¡Por doquiera la muerte me circunda! ¡Detenerme no puedo monstruo mío! ¡Compadece a tu pobre moribunda! ¡Mi último beso de pasión te envío; mi postrer lampo a tu semblante junto!...» Y en las hondas tinieblas del vacío, hecha cadáver se desploma al punto. Entonces, el mar, de un polo al otro polo, al encrespar sus olas plañideras, inmenso, triste, desvalido y solo, cubre con sus sollozos las riberas. Y al contemplar los luminosos rastros del alba luna en el oscuro velo, tiemblan, de envidia y de dolor, los astros en la profunda soledad del cielo. ¡Todo calla!... El mar duerme, y no importuna con sus gritos salvajes de reproche; ¡y sueña que se besa con la luna en el tálamo negro de la noche!
Cuentan que un rey soberbia y corrompido cerca del mar, con su conciencia a solas, sobre la playa se quedó dormido; y agregan que aquel mar lanzó un rugido y sepultó al infame entre sus olas! Hoy, bien hacéis ¡oh déspotas del mundo! en estar con los ojos siempre abiertos... porque el pueblo es un mar, y un mar profundo que piensa, que castiga y que, iracundo, os puede devorar. ¡Vivid despiertos!
« A veces melancólico me hundo / en mi noche de escombros y miserias, »
« Mil veces me engañó; / más de mil veces »
« El hálito quemaste del estío / comenzaba a dorar el terciopelo »
« Cuando lejos muy lejos, / en hondos mares, »
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