Poesía Universal

Julia Uceda

Biografía y amplia selección de poemas de Julia Uceda. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Julia Uceda. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Julia Uceda

10 poemas seleccionados
1.

A Edith Piaf

Te han condenado. 
	
Una oración, 
como limosna insuficiente, 
ha caído 
sobre la 
	tapa de tu féretro. 
	
Te han condenado, Edith, 
por no querer ser 
la excepción que 
	confirma 
	
la regla. Porque 
querías, 
tú, gorrión 
de la calle, ser 

	la regla. Porque 
	
intentabas salirte de la calle. 
Te han condenado como 
si Dios no 
	fuese amor. El dedo 
	
ejemplar 
-una uña sucia, como 
si lo viera- se alzó 
sobre tu 
	frente 
	
y mostró al mundo 
que sólo esa limosna- por sí acaso...- 

	merecías. 
	

De nuevo a la intemperie. 
Esta vez " a la calle" 
te han 
	dicho. 
	
A la calle amarilla 
de los muertos, sin Senas, 
sin flores, sin 
	guitarras. 
	

Pero tú, Edith, sonreirás. 
Tuviste ya tu infierno 
al borde 
	de la cuna: sabes 
	
lo que un niño criado con alcohol. 
Edith, mystère Piaf, rezabas 

	no al morir, al cantar; 
	
y sin saber por qué, 
por quién acaso. Ahora 
es cuando cantas en 
	la inmensa calle 
	
de Dios, alegremente, 
Edith, mystére Piaf.
2.

Carta

La página inundada de silencio. 
¿La entiende alguien? 
	

Escribiría: "Oigo 
voces de muchos pájaros", o 
"Se murió en 
	el olvido", pero 
	
¿lo entiende alguien? 

Hábito de silencio, 
de voces 
	fragmentadas. 
	

No, probablemente: 
mejor ¿informaciones puntuales?, 
que se 
	dice. 
	

Y la firma, sin fecha. 

El resto del papel, meditando en 
	silencio, 
	
recorrido por la pluma sin tinta, 
por la voz de una muda, 
se 
	dejará mirar. 
	

Quizá se entienda.
3.

Confesión en negro

Ahora puedo decir: esto era 
	
la mayor parte de la vida. Lamento 
sin embargo, aunque no 
con 
	excesiva pena, 
	
no haber tenido nunca un dormitorio, 
aunque por otra parte, 
qué 
	podía yo hacer con tantos muebles 
	
y con tanta madera arrebatada 
a aquellas tierras en donde nació... 
	
                  
	Fue roja mi primera cama. 
                  
	Tenía una plaquita, de San José y el Niño, 
                  
	en el pequeño cabezal. 
                  
	Recuerdo todavía 
                  
	a los mayores discutiendo 
                  
	que su compra era urgente pues la niña 
                  
	no cabía en la cuna. 
Fué peor 
no acceder a los libros que, mudos, me 
	llamaban 
	
porque venían y se iban 
más lejos cada vez. Igual que mis amigos, 
	
que mis casas, que las viejas butacas, 
que los paisajes encontrados. 
	
                  
	Quién sabe todavía 
                  
	en qué casa, en qué cuarto moriré. 
Sin embargo, me alegro 
de haber 
	tenido, en USA, tres objetos: la boina 
	
de hielo del dolor 
de cabeza, el teléfono blanco 
-en mi tierra 
	eran negros- 
	
de Mirna Loy, y haber averiguado 
lo que desayunaban, en altas copas 
	cristalinas, 
	
las heroínas y los héroes 
del cine. Eran pomelos: esa fruta 
cuyo 
	amargor no puedo soportar. 
	

¿Y del amor? Punto y aparte. 
Los quise. Me quisieron: 
todos 
	fueron mis gatos. Y hubo también tres perros. 
	
Lo sé: no ha sido tan terrible.
4.

Decía hielo

¿Qué dijo?

	¿Qué decía? Palabras, eso sí,
palabras eran, pero ¿qué palabras?
Caían 
	sobre una mesa. Y había luz.
Una luz muy oscura.
Ahora las manos se 
	agrietaron
buscando los sonidos, revolviendo
agujeros, bolsillos 
	falsos, nidos
abandonados, hojitas de musgo
y hojas secas: todo lo 
	quieto. Sacude
los recursos para encubrir, por si cayeran,
las 
	palabras, al suelo, con un sonido comprensible.

	
                                                        
	Pregunta
a los árboles del más allá, de vez en cuando,
si se acuerda, 
	al llanto de los helechos y a la nuez
en que la luz, copo de fe, se 
	encierra.
                                                               
	Porque asegura
que las oyó y eran como rastrojos, nudos
de alambre, 
	manzanas podridas y un rostro
volcando todo eso, echando todo eso, tan 
	frío,
en la nuca inocente. Y helaba la dulzura.
¿Dónde se han 
	escondido? ¿Desde dónde 
	
la miran, las palabras, agazapadas, riéndose
de que no las encuentre, 
	tan torpe?
Que se muera buscándolas, dirán.
Tal vez al otro lado...
5.

Driving

Me pregunto si alguien, alguna vez, 

	podrá imaginarme, como yo no puedo,

	formando parte de estos bosques, en los que no pienso,

	de este mar, que a veces ignoro y del que huyo, a veces

	-driving and driving and driving alone-: necesito

	en otra lengua porque su sonido

	pone el punto de soledad, de aislamiento, mejor,

	a las tres partes: mujer en un coche, bosques, mar.

	

	Siempre creo estar en otra escena

	Y encuentro mi lugar en la que ya he perdido. Y eso significa

	tal vez, que nunca estoy en parte alguna.

	

                                                               
	Pero alguien,

	alguna vez, supongo con excesivo optimismo

	sobre el valor posible de unos cuantos poemas, tendrá curiosidad

	por saber cómo fui. Y pintara un atractivo cuadro si contempla

	los hermosos paisajes que me acogieron

	y que tan fielmente, aunque ya perdidos,

	se pueden entrever en toda mi escritura.

	

	Puede que el conjunto resulte hermoso.

	Me gustaría verlo, pero será imposible.

	De todos modos, quiero hacerle un favor al curioso futuro:

	nada estará completo si se olvida

	-driving and driving and driving alone-

	de este verso extranjero.
6.

El silencio

Hay 
	un vacío en el que no se oyen las zapatillas.
Y otro más profundo: el que 
	disuelve nuestras manos.
Y nuestro cuerpo. Y sólo flotan unos ojos
que 
	no lo parecen. Aunque daría lo mismo
porque ya no pensamos con palabras

	que todo lo confunden.

	                                                  Además
¿para qué 
	edificar un templo de un grito? 
	
Un grito que no suena en la expansión de las constelaciones. 
Un 
	grito que no oye el pastor de planetas. 
	
Un grito que se llena, como un cubo, de huecos. 
Un templo que 
	visitan arenas y huracanes.
La boca ha gritado,
¿de qué huerto ha 
	venido? ¿En qué lejana flor
se hará otra vez silencio,
historia no 
	aprendida
y vida sin pregunta?

	                                                  ¿En qué agua de otro 
	tiempo 
se pulió la mandíbula y su origen? 
¿En qué apagado sol
se 
	removió su cero antes del cero?
Gritar: tan sólo un accidente, una arruga 
	en el aire.
                                                  Y un 
	destrozo,
un harapo de algo; un desgarrón superfluo 
desde el 
	violento, desde el distraído 
	
que empuja, pisa y habla alto. No grita.

	                                                  Alto, sólo, habla. 
Se 
	oye su voz pavorreal.
Y el grito se desenrosca desde su sima profunda: 
	
un poquito de aire que, primero, 
tropieza con la esquina del pulmón, 
	
garganta arriba. Luego ulula, asalta 
la pared que contiene su 
	infinitud,
	
su triste desmesura, 
arañando su cárcel, resuelto en templo, 

	ecos en frío crisopacio que se aleja,
	
en el tiempo, de la boca: su nido. 
Y nada alrededor. La boca mueve

	sus alas sin sonido, sin sentido, 
	
entre el agua y el huerto, 
entre hueso temprano y légamo futuro, 

	entre el cero y el cero. 
	
Entre el cero y su carga.
7.

El tiempo me recuerda

Recordar no es siempre regresar a lo que ha sido.
En la memoria hay 
	algas que arrastran extrañas maravillas;
objetos que no nos pertenecen o 
	que nunca flotaron.
La luz que recorre los abismos
ilumina años 
	anteriores a mí, que no he vivido
pero recuerdo como ocurrido ayer.

	Hacia mil novecientos
paseé por un parque que está en París -estaba-

	envuelto por la bruma.
Mi traje tenía el mismo color de la niebla.
La 
	luz era la misma de hoy
-setenta años después-
cuando la breve 
	tormenta ha pasado
y a través de los cristales veo pasar la gente,

	desde esta ventana tan cerca de las nubes.
En mis ojos parece llover

	un tiempo que no es mío.
8.

Eterno oleaje

Será primero una ola niña
sobre la ciega playa. Luego
una delgada 
	espuma persistente,
más tarde
un redoblar de todo el horizonte
que 
	avanza, que se empuja
para tomar contacto con la orilla.

	
En cada grueso oleaje, en cada arruga
del mar, en cada ojo
de 
	espuma por la arena
de fuego, estará un hombre
por él y por su extensa

	cadena de fantasmas. Por las sombras
que no tuvieron cuerpo;
por todos

	los que anulados vagan
sin país, sin sepulcro.

	
Con la memoria
de los que fueron olvidados
volverán: «Ya llegamos

	a la patria.» Y jamás
será la patria. Siempre
habrá otras olas, y 
	anchos nudos,
gruesas crestas de mar. El hombre
irá pisando playas

	de fuego, rocas
que hirieron otros pies,
algas que se enredaron a 
	otras plantas.
Caminará por siempre
-a través de paisajes con 
	recuerdos-,
el sol contra su espalda
y una arruga profunda
en la 
	frente horadada por el viento.
«¿Era ésta mi patria?»
-preguntará de 
	nuevo.
Y pasando de largo,
como un extraño entre los ríos,

	regresará a la orilla
de que partió -no la recuerda-
pidiendo paz para 
	sus muertos.
9.

Hablo de la infancia

Escalera crujiente, 
	
trozo de bosque organizado 
por el que ir hasta la cumbre 
de 
	aquel desván lleno de sueños, 
	
pájaros silenciosos 
que viajan sin ruido. 
Sobre ti estaba el 
	premio 
	
cubierto por el polvo 
y lo muerto vivía 
para mí, en mis 
	ensueños. 
	
Hogar sin sótanos, 
todo aquello era hermoso 
porque estaba 
	creando su recuerdo; 
	
viviéndote, sentía 
que de algún modo ya te recordaba. 
Y siempre 
	que te acercas 
	
entre la niebla, oigo 
cómo se queja suavemente, 
enmohecido por 
	las lluvias, 
	
el pesado cerrojo de una verja. 
La del jardín acaso.
10.

También, entonces, tú habrás muerto.

Inclusiones en un zafiro 
	violeta

	

	Quizá en el territorio del zafiro

	los puedas encontrar.

                                                       
	Se reconocen en la lejanía

	de haber sido, sin ser jamás ni voz ni tiempo

	sino sólo recuerdo que, como ciega, palpas

	en la incierta pared de la memoria.

                                                       
	Siempre jóvenes son,

	aunque las hojas de todos los otoños unidos

                                                       
	intentan acercárseles.

	Pero nunca los tocan. Los años, con respeto, se arrodillan

	en los umbrales del zafiro, que es urna y universo.

                                                       
	Tal vez la muerte, un día,

	suprimirá el espacio en que dialogan

	las sombras fieles de quienes nunca fuimos.


	También, 
	entonces, tú habrás muerto.


	De "Del 
	camino del humo" 1994

Versos y pensamientos de Julia Uceda

4 citas
« Te han condenado. / Una oración, »
Julia Uceda · A Edith Piaf
« La página inundada de silencio. / ¿La entiende alguien? »
Julia Uceda · Carta
« Ahora puedo decir: esto era / la mayor parte de la vida. Lamento »
Julia Uceda · Confesión en negro
« ¿Qué dijo? / ¿Qué decía? Palabras, eso sí, »
Julia Uceda · Decía hielo
Biblioteca poética

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