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Julia Uceda · A Edith Piaf
Biografía y amplia selección de poemas de Julia Uceda. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Julia Uceda. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Te han condenado. Una oración, como limosna insuficiente, ha caído sobre la tapa de tu féretro. Te han condenado, Edith, por no querer ser la excepción que confirma la regla. Porque querías, tú, gorrión de la calle, ser la regla. Porque intentabas salirte de la calle. Te han condenado como si Dios no fuese amor. El dedo ejemplar -una uña sucia, como si lo viera- se alzó sobre tu frente y mostró al mundo que sólo esa limosna- por sí acaso...- merecías. De nuevo a la intemperie. Esta vez " a la calle" te han dicho. A la calle amarilla de los muertos, sin Senas, sin flores, sin guitarras. Pero tú, Edith, sonreirás. Tuviste ya tu infierno al borde de la cuna: sabes lo que un niño criado con alcohol. Edith, mystère Piaf, rezabas no al morir, al cantar; y sin saber por qué, por quién acaso. Ahora es cuando cantas en la inmensa calle de Dios, alegremente, Edith, mystére Piaf.
La página inundada de silencio. ¿La entiende alguien? Escribiría: "Oigo voces de muchos pájaros", o "Se murió en el olvido", pero ¿lo entiende alguien? Hábito de silencio, de voces fragmentadas. No, probablemente: mejor ¿informaciones puntuales?, que se dice. Y la firma, sin fecha. El resto del papel, meditando en silencio, recorrido por la pluma sin tinta, por la voz de una muda, se dejará mirar. Quizá se entienda.
Ahora puedo decir: esto era
la mayor parte de la vida. Lamento
sin embargo, aunque no
con
excesiva pena,
no haber tenido nunca un dormitorio,
aunque por otra parte,
qué
podía yo hacer con tantos muebles
y con tanta madera arrebatada
a aquellas tierras en donde nació...
Fue roja mi primera cama.
Tenía una plaquita, de San José y el Niño,
en el pequeño cabezal.
Recuerdo todavía
a los mayores discutiendo
que su compra era urgente pues la niña
no cabía en la cuna.
Fué peor
no acceder a los libros que, mudos, me
llamaban
porque venían y se iban
más lejos cada vez. Igual que mis amigos,
que mis casas, que las viejas butacas,
que los paisajes encontrados.
Quién sabe todavía
en qué casa, en qué cuarto moriré.
Sin embargo, me alegro
de haber
tenido, en USA, tres objetos: la boina
de hielo del dolor
de cabeza, el teléfono blanco
-en mi tierra
eran negros-
de Mirna Loy, y haber averiguado
lo que desayunaban, en altas copas
cristalinas,
las heroínas y los héroes
del cine. Eran pomelos: esa fruta
cuyo
amargor no puedo soportar.
¿Y del amor? Punto y aparte.
Los quise. Me quisieron:
todos
fueron mis gatos. Y hubo también tres perros.
Lo sé: no ha sido tan terrible.
¿Qué dijo?
¿Qué decía? Palabras, eso sí,
palabras eran, pero ¿qué palabras?
Caían
sobre una mesa. Y había luz.
Una luz muy oscura.
Ahora las manos se
agrietaron
buscando los sonidos, revolviendo
agujeros, bolsillos
falsos, nidos
abandonados, hojitas de musgo
y hojas secas: todo lo
quieto. Sacude
los recursos para encubrir, por si cayeran,
las
palabras, al suelo, con un sonido comprensible.
Pregunta
a los árboles del más allá, de vez en cuando,
si se acuerda,
al llanto de los helechos y a la nuez
en que la luz, copo de fe, se
encierra.
Porque asegura
que las oyó y eran como rastrojos, nudos
de alambre,
manzanas podridas y un rostro
volcando todo eso, echando todo eso, tan
frío,
en la nuca inocente. Y helaba la dulzura.
¿Dónde se han
escondido? ¿Desde dónde
la miran, las palabras, agazapadas, riéndose
de que no las encuentre,
tan torpe?
Que se muera buscándolas, dirán.
Tal vez al otro lado...
Me pregunto si alguien, alguna vez,
podrá imaginarme, como yo no puedo,
formando parte de estos bosques, en los que no pienso,
de este mar, que a veces ignoro y del que huyo, a veces
-driving and driving and driving alone-: necesito
en otra lengua porque su sonido
pone el punto de soledad, de aislamiento, mejor,
a las tres partes: mujer en un coche, bosques, mar.
Siempre creo estar en otra escena
Y encuentro mi lugar en la que ya he perdido. Y eso significa
tal vez, que nunca estoy en parte alguna.
Pero alguien,
alguna vez, supongo con excesivo optimismo
sobre el valor posible de unos cuantos poemas, tendrá curiosidad
por saber cómo fui. Y pintara un atractivo cuadro si contempla
los hermosos paisajes que me acogieron
y que tan fielmente, aunque ya perdidos,
se pueden entrever en toda mi escritura.
Puede que el conjunto resulte hermoso.
Me gustaría verlo, pero será imposible.
De todos modos, quiero hacerle un favor al curioso futuro:
nada estará completo si se olvida
-driving and driving and driving alone-
de este verso extranjero.
Hay
un vacío en el que no se oyen las zapatillas.
Y otro más profundo: el que
disuelve nuestras manos.
Y nuestro cuerpo. Y sólo flotan unos ojos
que
no lo parecen. Aunque daría lo mismo
porque ya no pensamos con palabras
que todo lo confunden.
Además
¿para qué
edificar un templo de un grito?
Un grito que no suena en la expansión de las constelaciones.
Un
grito que no oye el pastor de planetas.
Un grito que se llena, como un cubo, de huecos.
Un templo que
visitan arenas y huracanes.
La boca ha gritado,
¿de qué huerto ha
venido? ¿En qué lejana flor
se hará otra vez silencio,
historia no
aprendida
y vida sin pregunta?
¿En qué agua de otro
tiempo
se pulió la mandíbula y su origen?
¿En qué apagado sol
se
removió su cero antes del cero?
Gritar: tan sólo un accidente, una arruga
en el aire.
Y un
destrozo,
un harapo de algo; un desgarrón superfluo
desde el
violento, desde el distraído
que empuja, pisa y habla alto. No grita.
Alto, sólo, habla.
Se
oye su voz pavorreal.
Y el grito se desenrosca desde su sima profunda:
un poquito de aire que, primero,
tropieza con la esquina del pulmón,
garganta arriba. Luego ulula, asalta
la pared que contiene su
infinitud,
su triste desmesura,
arañando su cárcel, resuelto en templo,
ecos en frío crisopacio que se aleja,
en el tiempo, de la boca: su nido.
Y nada alrededor. La boca mueve
sus alas sin sonido, sin sentido,
entre el agua y el huerto,
entre hueso temprano y légamo futuro,
entre el cero y el cero.
Entre el cero y su carga.
Recordar no es siempre regresar a lo que ha sido. En la memoria hay algas que arrastran extrañas maravillas; objetos que no nos pertenecen o que nunca flotaron. La luz que recorre los abismos ilumina años anteriores a mí, que no he vivido pero recuerdo como ocurrido ayer. Hacia mil novecientos paseé por un parque que está en París -estaba- envuelto por la bruma. Mi traje tenía el mismo color de la niebla. La luz era la misma de hoy -setenta años después- cuando la breve tormenta ha pasado y a través de los cristales veo pasar la gente, desde esta ventana tan cerca de las nubes. En mis ojos parece llover un tiempo que no es mío.
Será primero una ola niña sobre la ciega playa. Luego una delgada espuma persistente, más tarde un redoblar de todo el horizonte que avanza, que se empuja para tomar contacto con la orilla. En cada grueso oleaje, en cada arruga del mar, en cada ojo de espuma por la arena de fuego, estará un hombre por él y por su extensa cadena de fantasmas. Por las sombras que no tuvieron cuerpo; por todos los que anulados vagan sin país, sin sepulcro. Con la memoria de los que fueron olvidados volverán: «Ya llegamos a la patria.» Y jamás será la patria. Siempre habrá otras olas, y anchos nudos, gruesas crestas de mar. El hombre irá pisando playas de fuego, rocas que hirieron otros pies, algas que se enredaron a otras plantas. Caminará por siempre -a través de paisajes con recuerdos-, el sol contra su espalda y una arruga profunda en la frente horadada por el viento. «¿Era ésta mi patria?» -preguntará de nuevo. Y pasando de largo, como un extraño entre los ríos, regresará a la orilla de que partió -no la recuerda- pidiendo paz para sus muertos.
Escalera crujiente, trozo de bosque organizado por el que ir hasta la cumbre de aquel desván lleno de sueños, pájaros silenciosos que viajan sin ruido. Sobre ti estaba el premio cubierto por el polvo y lo muerto vivía para mí, en mis ensueños. Hogar sin sótanos, todo aquello era hermoso porque estaba creando su recuerdo; viviéndote, sentía que de algún modo ya te recordaba. Y siempre que te acercas entre la niebla, oigo cómo se queja suavemente, enmohecido por las lluvias, el pesado cerrojo de una verja. La del jardín acaso.
Inclusiones en un zafiro
violeta
Quizá en el territorio del zafiro
los puedas encontrar.
Se reconocen en la lejanía
de haber sido, sin ser jamás ni voz ni tiempo
sino sólo recuerdo que, como ciega, palpas
en la incierta pared de la memoria.
Siempre jóvenes son,
aunque las hojas de todos los otoños unidos
intentan acercárseles.
Pero nunca los tocan. Los años, con respeto, se arrodillan
en los umbrales del zafiro, que es urna y universo.
Tal vez la muerte, un día,
suprimirá el espacio en que dialogan
las sombras fieles de quienes nunca fuimos.
También,
entonces, tú habrás muerto.
De "Del
camino del humo" 1994
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