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Julia Prilutzky · Alguna vez, de pronto, me despierto...
Biografía y amplia selección de poemas de Julia Prilutzky. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Julia Prilutzky. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Alguna vez, de pronto, me despierto: Un dolor me recorre tenazmente, un dolor que está siempre, agazapado, por saltar, desde adentro. Entonces tengo miedo. Entonces, me doy cuenta que estoy sola frente a mí, frente a Dios, frente a un espejo lleno de mis imágenes, de rostros polvorientos. Estoy sola, pero siempre estoy sola: Es lo único cierto. El amor era un huésped, la soledad es siempre el compañero que permanece al lado, inconmovible. Lo único seguro, verdadero. Oigo mi corazón, vieja campana que dobla y que golpea, que rebota en las sienes y en la nuca y en la boca y los dedos. Es cierto, tengo miedo. Miedo de no poder gritar, de pronto, de que ya sea demasiado tarde para un ruego. La costumbre ahoga las palabras y alarga el desencuentro. Ah, tantas cosas quedarán ocultas, perdidas, sin recuerdo, tantas palabras que no fueron dichas, tantos gestos. Unos dirán: Yo sé, la he conocido, fue una ardiente rebelde, se desolló las manos y la vida por defender los que creyó más débiles. Otros dirán: Yo sé, la he conocido, era dura, malévola, avara de ternura, con la boca mostraba su desprecio. Alguien dirá: Y cómo sonreía... Qué importa lo que vendrá después del gran silencio. Claro que tengo miedo. Así, en la madrugada mientras algún dolor -un dolor, siempre- va hincando sus agujas en mi cuerpo, abro las manos en la sombra dulce para atrapar mi soledad, de nuevo, y me quedo a su lado, sin moverme, con los ojos abiertos la vida detenida. Toda mi sangre es un temor inmenso.
Cómo decir, amor, en qué momento te rompes dulcemente entre las manos, sin quejas, sin recuerdos, sin arcanos y tal vez sin temor ni sufrimiento. Cómo volver a amar, qué sentimiento de elementos divinos o profanos puede reverdecer entre desganos, en la etapa final del desaliento. Pregunta al corazón por qué no cree, pregúntale al mirar qué cosas lee, pregunta al labio cruel por qué no besa, y te dirán, sin duda, su fatiga del amor fiel o la pasión mendiga, su falta de esperanza o de sorpresa.
Cómo decir de pronto: tómame entre las manos, No me dejes caer. Te necesito: acepta este milagro, tenemos que aprender a no asombrarnos de habernos encontrado, de que la vida pueda estar de pronto en el silencio o la mirada. Tenemos que aprender a ser felices, a no extrañarnos de tener algo nuestro. Tenemos que aprender a no temernos y a no asustarnos y a estar seguros. y a no causarnos daño.
Dame tu brazo, amor, y caminemos, dame tu mano y sírveme de guía. Ya no quiero saber si es noche o día: mis ojos están ciegos. Avancemos. Dame tu estar, amor, en los extremos, tu presencia y tu infiel sabiduría: por los caminos de la sangre mía ya no sé si es que vamos o volvemos. Y no me digas nada. No es preciso. Deja que vuelva al pórtico indeciso desde donde no escucho ni presencio: Todo fue dicho ya, tan a menudo, que ahora tengo miedo, amor, y dudo de aquello que está al borde del silencio.
Dile que no me tema, amor, y dile que estoy a su lado como el aire, como un cristal de niebla o como el viento que se aquieta la tarde. Dile que no me huya, amor, y dile que no me vuelva a herir, que no me aparte, que soy el brillo húmedo en sus ojos y el latido en su sangre. Dile que no me aleje, amor, y dile que yo soy el umbral de su morada, el agua de su sed y aquel único pan para su hambre, Dile que no se oculte, amor, y dile que ya no tengo rostro ni señales de haber vivido antes de quererme. De haber vivido, antes. Dile que no recuerde y dile que no respire, amor, sin respirarme.
el agua empozada te apareces... En el agua empozada te apareces. Tu imagen se empecina y el viento la sacude sin borrarla y el rumor de las hojas vuelve a clamar tu nombre, mientras tu rostro surge como máscara sobre todos los rostros de la tierra y tu caricia brota en toda mano. Perfiles desgarrados en el agua tiritan: ¿cómo llamarte ahora, con qué nombre -muerto de toda muerte, sonrisa desterrada, inviolado temblor que se desliza-, si ya no queda nada más que arena? Y nada más que cielo sobre el dormido estanque donde voy rastreando qué queda de tu vida. Y de la mía. ¿Cómo clamar tu réplica perdida, tu lapidado corazón en llamas, tu aventada ceniza, tu amor que no fue entero ni entregado, la no ardida pasión, no devorada, la piel que ya no existe, el detenido impulso de la sangre y la petrificada melodía de tu voz sin matices?
Está bien. Seré dulce y obediente o lo pareceré. Te da lo mismo: Necesita, de pronto, tu egoísmo que yo me quede así, sumisamente, Sin sufrir, sin dolor, sin aliciente, sin pasiones al borde del abismo, sin mucha fe ni un gran escepticismo, sin recordar la esclusa ni el torrente. Necesitas las llamas sin el fuego, que el fuego del amor no sea un juego y que esté el rayo aquí, sin la tormenta. Quieres que espere así, sin esperarte, que te adore también sin adorarte y estar clavado en mi, sin que te sienta.
amor que se va, que se me pierde... Este amor que se va, que se me pierde, esta oscura certeza de vacío: mi corazón, mi corazón ya es mío sin nada que le implore ni recuerde. De pronto, vuelve a ser un fruto verde sin madurez, ni aroma en el rocío: ay del que quiere apresurar su estío, ay de aquél que lo besa o que lo muerde. Yo sé que algo persiste, todavía. Pero no existen ya ni la alegría ni la embriaguez radiante ni la lumbre ardiendo en la mirada y en los labios. Ni exaltación ni búsqueda ni agravios: apenas una cálida costumbre.
Este miedo de ti, de
mí... de todo,
miedo de lo sabido y lo entrevisto,
temor a lo esperado y lo
imprevisto,
congoja ante la nube y ante el lodo.
Déjame estar. Así. ¿No
te incomodo?...
Abajo ya es la noche, y hoy has visto
cómo acerca el temor: aún
me resisto
pero me lleva a ti de extraño modo.
Déjate estar. No
luches: está escrito.
Desde lejos nos llega, como un grito
o como un lerdo vértigo
rugiente.
Me darás lo más dulce y
más amargo:
una breve alegría, un llanto largo...
sé que voy al dolor.
Inútilmente.
Frente al misterio estoy, de nuevo alerta, frente al amor quizá, frente al oscuro despertar sin urgencia y sin apuro. pero la mano tiembla ante la puerta. Yo creía estar muerta. Yo estoy muerta: nada hay en mí tan cierto o tan seguro. Pero crece mi sombra contra el muro y la mano se extiende. Y está abierta. ¿Cómo será su amor –amor– conmigo, cómo ha de ser: espectador, testigo o superado actor del viejo drama? ¿Cómo será ese afán que me despoja, su esperanza, su grito, su congoja, y cómo las cenizas de su llama?
Llueve otra vez. Llueve de nuevo. Llueve: siempre el amor me llega con la lluvia. Sobre la calle una llovizna breve y aquí en mi corazón, cómo diluvia... Llueve. Y el agua cae sin relieve sobre las piedras, ávidas de lluvia. Aquí en mi corazón, cómo remueve; aquí en mi corazón, cómo diluvia. Siempre el amor me llega así. Sin ruido, con silencioso paso estremecido: niebla menuda que después diluvia. Siempre el amor me llega así, callado, con silencioso andar desesperado... Y no sé dónde estás. Y está la lluvia.
Ni una palabra quedará, siquiera, amor que eras mi amor, que eras mi vida. Ya no te digo adiós, ni hay despedida ni volveré a llorar por lo que fuera. Dónde quedó el terror frente a la espera, dónde el pretexto fácil de la huida: estoy de pronto, como adormecida, brazos ausentes, párpados de cera. Amor que eras mi amor, estas tan lejos que tu imagen se vela en los espejos y está la niebla donde había llamas. Oigo que rondas pero no te veo, vuelvo a escuchar tu voz, pero no creo. Ya no importa si estás ni si me llamas.
No amarse ahora, pero haber amado. Y encontrarse otra vez... Recuerdo grave como el de alguna flor de aroma suave que se mustia en un libro ya olvidado. Va surgiendo el recuerdo desvelado: una palabra, un gesto... Es una clave que nadie descifró, que nadie sabe; recinto nuestro, cántico inviolado. Estamos en silencio, frente a frente. Y sin verte, yo sé que me has mirado con no sé qué recuerdo transparente en los ojos lejanos... No has cambiado. Y es dulce estarse así, indolentemente, pero no amarse ya. Haberse amado.
No es el amor, lo sé, pero es de noche y yo estoy sola, frente al mar que espera con las uñas viscosas de sus algas y el sello de la sal sobre sus piedras: sin cesar, desde el agua y las espumas mil ramajes de brazos me recuerdan que aguardan todavía tendiéndome su ausencia. Las mismas olas que devoran barcos, que van hundiendo mástiles y velas, tiran siempre de mí salvajemente ceñidas, enroscadas, como cuerdas. No es el amor, lo sé, pero qué importa: tiene su mismo rostro hecho de niebla y su temblor febril y su acechanza, tiene sus manos blandas que se aferran con dura precisión. Tiene su misma insólita presencia con el prestigio de un fulgor pasado y la futura soledad que empieza. Tiene sin duda del amor la insidia y el desgajado abandonar reservas hasta quedar desnudo como un árbol reseco. Tiene el rondar la sangre como un fantasma hambriento sobre la inaccesible piel del mundo, lamiendo inútilmente su corteza, desesperado, ávido, con la exacta impaciencia del querer, del después, del otoño y la espera. Y aquel recomenzar desde la bruma que es su signo quizá. Y su señal más cierta. No sé cuándo ha llegado: es como un viejo amigo que regresa con el rostro cambiado por los viajes, las fiebres, el alcohol, las peripecias. Reconozco sus rasgos, su voz que ha enronquecido, pero es ésta, su antigua voz que dice otras palabras semejantes a aquéllas. No es el amor, lo sé, y sin embargo es su paso otra vez, y las caricias recobran los caminos sin urgencia. No hay palabras, y puedo estar callada: todo es tan simple así, tan sin sorpresa y es tan fácil estar, tan necesario. No es el amor, tal vez. ¿Y si lo fuera?
No quiero esto de andar enamorado, estar triste y alegre sin motivo, saberse generoso y vengativo, dormirse sin dormir. Y estar cansado. Y sin embargo, es el acostumbrado milagro de estar trémulo y altivo, tanto más libre cuando más cautivo, tanto más rico cuanto más se ha dado. Esto de respirar bebiendo el aire, sentirse rey, temblar frente al desaire, con el gesto indeciso y la mirada más cerca o más allá del horizonte, sufrir el sol, tratar que no tramonte, mirar sin ver. Y ver, sin mirar nada.
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