Biografía

Vida

Poemas de Juana de Ibarbourou (Melo, Uruguay, 8 de marzo de 1892 − Montevideo, 15 de julio de 1979) deslumbró por su portentosa voz lírica y su capacidad única para transformar las emociones más intensas en versos inolvidables. Su vida estuvo consagrada al arte de la palabra, explorando el misterio del amor, el destino y la belleza del mundo con enorme carisma.

Frente a las incertidumbres de su tiempo, defendió con valentía la libertad de creación y la autenticidad del sentimiento más puro. Su obra poética permanece como una joya imperecedera que sigue emocionando a lectores de todas las generaciones por su frescura y hondura humana.

Juana de Ibarbourou

Poesía uruguaya (1892–1979)

Poesía uruguaya · 'Juana de América', vitalismo sensual, amor a la tierra y frescura transparente

Lírica y Versos

Poemas de Juana de Ibarbourou

18 poemas seleccionados
1.

Amémonos

Bajo las alas rosa de este laurel florido,
amémonos. El viejo y 
		eterno lampadario
de la luna ha encendido su fulgor milenario
y 
		este rincón de hierba tiene calor de nido.

		
Amémonos. Acaso haya un fauno escondido
junto al tronco del dulce 
		laurel hospitalario
y llore al encontrarse sin amor, solitario,

		mirando nuestro idilio frente al prado dormido.

		
Amémonos. La noche clara, aromosa y mística
tiene no sé qué suave 
		dulzura cabalística.
Somos grandes y solos sobre el haz de los campos

		
y se aman las luciérnagas entre nuestros cabellos,
con 
		estremecimientos breves como destellos
de vagas esmeraldas y extraños 
		crisolampos.
2.

Amor

El amor es fragante como un ramo de rosas.
Amando, se poseen 
		todas las primaveras.
Eros trae en su aljaba las flores olorosas

		de todas las umbrías y todas las praderas.

		
Cuando viene a mi lecho trae aroma de esteros,
de salvajes 
		corolas y tréboles jugosos.
¡Efluvios ardorosos de nidos de 
		jilgueros,
ocultos en los gajos de los ceibos frondosos!

		
¡Toda mi joven carne se impregna de esa esencia!
Perfume de 
		floridas y agrestes primaveras
queda en mi piel morena de ardiente 
		transparencia

		
perfumes de retamas, de lirios y glicinas.
Amor llega a mi lecho 
		cruzando largas eras
y unge mi piel de frescas esencias campesinas.
3.

Así

Así es la rosa

		

		De la matriz del día

		se alzó la rosa vertical y blanca

		mientras todo rugía:

		la tierra, el aire, el agua.

		

		Tendí la mano para protegerla,

		criatura de paz y de armonía,

		completa, virgen, intocable, exacta

		en la extensión total del mediodía.

		

		Y me llevó el brazo la metralla.

		Impávida seguía

		en su serenidad y su victoria,

		aunque en mi sangre la embebía.

		

		Ni mi alarido hizo temblar sus pétalos

		ni apagó su fragancia mi agonía.

		Era la rosa, la perfecta y única.

		Nada la detenía.
4.

Bajo la lluvia

¡Cómo resbala el agua  por mi espalda!
¡Cómo moja mi falda, 

		y pone  en mis mejillas su frescura de nieve!
Llueve, llueve, 
		llueve,
y voy,  senda adelante,
con el alma ligera y la cara 
		radiante,
sin sentir, sin soñar,
llena de la voluptuosidad de no 
		pensar.

		
Un pájaro se baña
en una charca turbia. Mi presencia le extraña,

		se detiene... me mira... nos sentimos amigos...
¡Los dos amamos 
		muchos cielos, campos y trigos!
Después es el asombro
de un 
		labriego que pasa con su azada al hombro
y la lluvia me cubre de 
		todas las fragancias 
		
de los setos de octubre.
Y es, sobre mi cuerpo por el agua 
		empapado
como un maravilloso y estupendo tocado
de gotas 
		cristalinas, de flores deshojadas
que vuelcan a mi paso las plantas 
		asombradas.
Y siento, en la vacuidad
del cerebro sin sueño, la 
		voluptuosidad
del placer infinito, dulce y desconocido,
de un 
		minuto de olvido.
Llueve, llueve, llueve,
y tengo en alma y carne, 
		como un frescor de nieve.
5.

Como la primavera

Como un ala negra tendí 
		mis cabellos
sobre tus rodillas.
Cerrando los ojos su olor 
		aspiraste
diciéndome luego:
-¿Duermes sobre piedras cubiertas de 
		musgos?
¿Con ramas de sauces te atas las trenzas?
¿Tu almohada es 
		de trébol? ¿Las tienes tan negras
porque acaso en ellas exprimiste un 
		zumo
retinto y espeso de moras silvestres?


		¡Qué fresca y extraña 
		fragancia te envuelve!
Hueles a arroyuelos, a tierra y a selvas.

		¿Qué perfume usas? Y riendo le dije:
-¡Ninguno, ninguno!
Te amo y 
		soy joven, huelo a primavera.


		Este olor que sientes 
		es de carne firme,
de mejillas claras y de sangre nueva.
¡Te 
		quiero y soy joven, por eso es que tengo
las mismas fragancias de la 
		primavera!
6.

Cual la muerte de Lot

Un perfume de amor me 
		acompañaba.
Volvía hacia la aldea de la cita,
bajo la paz suprema 
		e infinita
que el ocaso en el campo destilaba.


		En mis labios ardientes 
		aleteaba
la caricia final, pura y bendita,
y era como una alegre 
		Sulamita
que a su lar, entre trigos regresaba.


		Y al llegar a un recodo 
		del camino
tras el cual queda oculto ya el molino,
el puente y la 
		represa bullidora,


		volví atrás la cabeza 
		un breve instante,
y bajo el tilo en flor, ¡vi a mi amante
que 
		besaba en la sien a una pastora!
7.

Como una sola flor desesperada

Lo quiero 
		con la sangre, con el hueso,
con el ojo que mira y el aliento,
con 
		la frente que inclina el pensamiento,
con este corazón caliente y 
		preso,


		y con el 
		sueño fatalmente obseso
de este amor que me copa el sentimiento,

		desde la breve risa hasta el lamento,
desde la herida bruja hasta su 
		beso. 
		


		Mi vida es 
		de tu vida tributaria,
ya te parezca tumulto, o solitaria,
como 
		una sola flor desesperada. 
		


		Depende de 
		él como del leño duro
la orquídea, o cual la hiedra sobre el muro,

		que solo en él respira levantada.
8.

Despecho

¡Ah, que estoy cansada! Me he reído tanto,
tanto, que a mis ojos ha 
		asomado el llanto;
tanto, que este rictus que contrae mi boca
es 
		un rastro extraño de mi risa loca.

		
Tanto, que esta intensa palidez que tengo
(como en los retratos 
		de viejo abolengo),
es por la fatiga de la loca risa
que en todos 
		mis nervios su sopor desliza.

		
¡Ah, que estoy cansada! Déjame que duerma,
pues como la angustia, 
		la alegría enferma.
¡Qué rara ocurrencia decir que estoy triste!

		¿Cuándo más alegre que ahora me viste?

		
¡Mentira! No tengo ni dudas, ni celos,
ni inquietud, ni 
		angustias, ni penas, ni anhelos.
Si brilla en mis ojos la humedad del 
		llanto,
es por el esfuerzo de reírme tanto...
9.

El

fuerte lazo


		Crecí
para ti.
Tálame. Mi acacia
implora a tus manos su golpe 
		de gracia.

		
Florí 
para ti.
Córtame. Mi lirio
al nacer dudaba ser flor 
		o ser cirio.

		
Fluí
para ti.
Bébeme. El cristal
envidia lo claro de mi 
		manantial.

		
Alas di
por ti.
Cázame. Falena,
rodeé tu llama de 
		impaciencia llena.

		
Por ti sufriré.
¡Bendito sea el daño que tu amor me dé!

		¡Bendita sea el hacha, bendita la red,
y loadas sean tijeras y sed!

		
Sangre del costado
manaré, mi amado.
¿Qué broche más bello, 
		qué joya más grata,
que por ti una llaga color escarlata?

		
En vez de abalorios para mis cabellos
siete espinas largas 
		hundiré entre ellos.
Y en vez de zarcillos pondré en mis orejas,

		como dos rubíes, dos ascuas bermejas.

		
Me verás reír
viéndome sufrir.
Y tú llorarás.
Y entonces... 
		¡más mío que nunca serás!
10.

Estío

Cantar del agua del río. 
Cantar continuo y sonoro, 
arriba bosque 
		sombrío 
y abajo arenas de oro. 

		
Cantar... 
de alondra escondida 
entre el oscuro pinar. 

		
Cantar... 
del viento en las ramas 
floridas del retamar. 

		
Cantar... 
de abejas ante el repleto 
tesoro del colmenar. 

		
Cantar... 
de la joven tahonera 
que al río viene a lavar. 

		
Y cantar, cantar, cantar 
de mi alma embriagada y loca 
bajo 
		la lumbre solar.
11.

Fusión

Mi alma en torno a tu 
		alma se ha hecho 
		
un nudo apretado y sombrío.


		Cada vuelta del lazo 
		sobre humano
se hace raíz, para afianzarse hondo,
y es un abrazo 
		inacabable y largo
que ni la muerte romperá. ¿No sientes
cómo me 
		nutro de tu misma sombra?


		Mi raíz se ha trenzado 
		a tus raíces
y cuando quieras desatar el nudo,
sentirás que te 
		duele en carne viva
y que en mi herida brota sangre tuya.!


		Y con tus manos curarás 
		la llaga
¡y ceñirás más apretado el nudo!
12.

Hora morada

¿Qué azul me queda?

¿En qué oro y en qué rosa me detengo,
qué 
		dicha se hace miel entre mi boca
o qué río me canta frente al pecho?

		
Es la hora de la hiel, la hora morada
en que el pasado, como un 
		fruto acedo,
sólo me da su raso deslucido
y una confusa sensación 
		de miedo.

		
Se me acerca la tierra del descanso
final, bajo los árboles 
		erectos,
los cipreses aquellos que he cantado
y veo ahora en 
		guardia de los muertos.

		
Amé, ay Dios, amé a hombres y bestias
y sólo tengo la lealtad del 
		perro
que aún vigila a mi lado mis insomnios
con sus ojos tan 
		dulces y tan buenos.
13.

Implacable

Y te di el olor
de 
		todas mis dalias y nardos en flor.


		Y te di el tesoro,

		de las ondas minas de mis sueños de oro.


		Y te di la miel,
del 
		panal moreno que finge mi piel.


		¡Y todo te di!
Y 
		como una fuente generosa y viva para tu alma fui.


		¡Y tú, dios de piedra

		entre cuyas manos ni la yedra medra;


		y tú, dios de hierro,

		ante cuyas plantas velé como un perro,


		desdeñaste el oro, la 
		miel y el olor.
¡ Y ahora retornas, mendigo de amor,


		a buscar las dalias, a 
		implorar el oro,
a pedir de nuevo todo aquel tesoro!


		Oye, pordiosero:

		ahora que tú quieres es que yo no quiero.


		Si el rosal florece,

		es ya para otro que en capullos crece.


		Vete, dios de piedra,

		sin fuentes, sin dalias, sin mieles, sin yedra,
igual que una 
		estatua,
a quien Dios bajara del plinto, por fatua.


		¡Vete, dios de hierro,

		que junto a otras plantas se ha tendido el perro!
14.

La cita

Me he ceñido toda con un manto negro.
Estoy toda pálida, la mirada 
		extática.
Y en los ojos tengo partida una estrella.
¡Dos 
		triángulos rojos en mi faz hierática!

		
Ya ves que no luzco siquiera una joya,
ni un lazo rosado, ni un 
		ramo de dalias.
Y hasta me he quitado las hebillas ricas
de las 
		correhuelas de mis dos sandalias.

		
Mas soy esta noche, sin oros ni sedas,
esbelta y morena como un 
		lirio vivo.
Y estoy toda ungida de esencias de nardos,
y soy toda 
		suave bajo el manto esquivo.

		
Y en mi boca pálida florece ya el trémulo
clavel de mi beso que 
		aguarda tu boca.
Y a mis manos largas se enrosca el deseo
como una 
		invisible serpentina loca.

		
¡Descíñeme, amante! ¡Descíñeme, amante!
Bajo tu mirada surgiré 
		como una
estatua vibrante sobre un plinto negro
hasta el que se 
		arrastra, como un can, la luna.
15.

La enredadera

Por el molino del huerto

		asciende una enredadera.

		

		El esqueleto de hierro

		va a tener un chal de seda

		

		ahora verde, azul más tarde

		cuando llegue el mes de Enero

		

		y se abran las campanillas

		como puñados de cielo.

		

		Alma mía: ¡quién pudiera

		Vestirte de enredadera!
16.

La

espera


		¡Oh lino, madura, que quiero tejer
sábanas del lecho donde dormirá

		mi amante, que pronto, pronto tornará
(Con la primavera tiene que 
		volver.)

		
¡Oh rosa, tu prieto capullo despliega!
Has de ser el pomo que 
		arome su estancia.
Concentra colores, recoge fragancia,
dilata tus 
		poros, que mi amante llega.

		
Trabaré con grillo de oro sus piernas,
cadenas livianas del más 
		limpio acero,
encargué con prisa, con prisa al herrero
Amor, que 
		las hace brillantes y eternas.

		
Y sembré amapolas en toda la huerta.
¡Que nunca recuerde caminos 
		ni sendas!
Fatiga: en sus nervios aprieta tus vendas.
Molicie: sé 
		el perro que guarde la puerta.
17.

Después será ceniza sobre la tierra negra.

La inquietud fugaz


		He mordido manzanas y 
		he besado tus labios.
Me he abrazado a los pinos olorosos y negros.

		Hundí, inquieta, mis manos en el agua que corre.
He huroneado en la 
		selva milenaria de cedros
que cruza la pradera como una serpie grave,

		y he corrido por todos los pedrosos caminos
que ciñen como fajas la 
		ventruda montaña.


		¡Oh amado, no te 
		irrites por mi inquietud sin tregua!
¡Oh amado, no me riñas porque 
		cante y me ría!
Ha de llegar un día en que he de estarme quieta,

		¡ay, por siempre, por siempre!
con las manos cruzadas y apagados los 
		ojos;
con los oídos sordos y con la boca muda,
y los pies 
		andariegos en reposo perpetuo
sobre la tierra negra.
¡Y estará 
		roto el vaso de cristal de mi risa
En la grieta obstinada de mis 
		labios cerrados!


		Entonces, aunque digas: 
		-¡Anda!, ya no andaré.
Y aunque me digas: -¡Canta!, no volveré a 
		cantar.
Me iré desmenuzando en quietud y en silencio
bajo la 
		tierra negra,
mientras encima mío se oirá zumbar la vida
como una 
		abeja ebria.


		¡Oh, déjame que guste 
		el dulzor del momento
fugitivo e inquieto!


		¡Oh, deja que la rosa 
		desnuda de mi boca
se te oprima a los labios!


		Después será ceniza 
		sobre la tierra negra.
18.

La pequeña llama

Yo siento por la luz un amor de salvaje.
Cada pequeña llama me 
		encanta y sobrecoge;
¿no será, cada lumbre, un cáliz que recoge
el 
		calor de las almas que pasan en su viaje?

		
Hay unas pequeñitas, azules, temblorosas,
lo mismo que las almas 
		taciturnas y buenas.
Hay otras casi blancas: fulgores de azucenas.

		Hay otras casi rojas: espíritus de rosas.

		
Yo respeto y adoro la luz como si fuera
una cosa que vive, que 
		siente, que medita,
un ser que nos contempla transformado en hoguera.

		
Así, cuando yo muera, he de ser a tu lado
una pequeña llama de 
		dulzura infinita
para tus largas noches de amante desolado.

Versos y pensamientos de Juana de Ibarbourou

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Poemas de Juana de Ibarbourou
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Antología de poemas inmortales

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Sus versos exploran la belleza de la naturaleza, el anhelo del amor verdadero y la búsqueda de sentido ante los enigmas del destino.

Una antología indispensable que demuestra por qué su poesía sigue viva y resonando con fuerza en el corazón de los lectores actuales.

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