« Era blanca la boda: un milagro / de espuma, de azahar y de nubes. »
Juana Castro · Alicia desposada
Biografía y amplia selección de poemas de Juana Castro. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Juana Castro. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Era blanca la boda: un milagro
de espuma, de azahar y de nubes.
Cenicienta esperaba.
Las muchachas regaban cada día
los frágiles
cristales de su himen.
Blancanieves dormía.
Al galope
un azul redentor doraba la espesura
y la Bella Durmiente
erguía su mirada.
Las vestales danzaban. Y las viejas mujeres,
en las
noches de invierno,
derramaban sus cuentos de guirnaldas,
de besos y
de príncipes.
Era largo el cabello, eran frías las faldas
por las
calles de hombres.
Las fotos de las bodas
irradiaban panales de
violines
y era dulce ser cóncava
para el brazo tajante y musculoso.
La boda les cantaba por el cuerpo
como un mar de conjuros.
Y a la boda
se fueron una tarde
con su mística plena. Y cambiaron
la hora de su
brújula
por el final feliz de los cuentos de hadas.
De Cóncava mujer, Córdoba 1978
Llovía largamente por todos los rincones. Gotas dulces llovían por su espalda, miel de venas azules el cabello, arco ciego del mar. Nalga rosa perdida, húmeda luz, la clara porosidad de nieve de sus pómulos. Arroyos, mar, cascadas inundando los brazos y las cuevas, golondrina en el borde su mirada. Líquida llueve, líquida se sumerge en las algas y una rosa de yodo, como una ventana le florece en la sangre.
Ella no es Pomona. Ni, como las Danaides, una daga dorada oculta entre los senos. Ella no es Calíope, aunque sea la voz y la belleza. Y aunque, como las Náyades, ame fuentes y bosques, no es Estigia, ni Dafne, ni es la bella Afrodita ni el sueño de los héroes. Pero Ella ha nacido. Como ananás fragante, se levanta ungida de romero, como custodia viva, derramando cuatro copas dulcísimas: Abrazo de la tierra, música del aire, luz violenta del fuego y el almíbar del agua. Ya no habrá nunca noche, porque Ella se ha manifestado con sus cuatro trompetas y su gloria. Y así es la gran nueva, la alegría: Porque Ella ha nacido y esta es la señal, aleluya. Que su gracia sea con todos vosotros, aleluya. De Narcisia, Barcelona 1986
No te amaré mañana. He aguardado tantos días desnuda, con tu nombre grabado entre las cejas, que olvidé los inviernos, el azul y las rosas. Ciertamente, habría de ser negra la piel negra del perro que amordazó mis piernas y fue lenta, hacia dentro vistiendo de parálisis la gallarda evidencia del hombro. Hoy he visto que tan sólo milímetros le restan a los hilos del túnel. Pero existe el remedio: Mañana, cuando tú te despiertes, encontrarás el lecho bañado con mi sangre. Un panal de uñas rotas, y tal vez una pluma deshojada en la lucha. No debes sorprenderte. Habré ganado en el instante último mi guerra. Con un ala perdida junto al cielo y la llave morada de los labios, estaré, torpe y triste, otra vez aprendiendo. Mas debe ser así, pues que la libertad hermana es gemela de la muerte.
la captura nocturna de halcones por deslumbramiento La muerte es una alondra descubierta en la noche. Ahora sé que, transida, con su brazo fervoroso de arándanos me acecha. De mi alcoba, tan lejos maduraba, tan secreta y tan dulce, certera de mi olvido, que sólo tras el mar, en otra orilla, su manto desplegaba de ternura. Fue preciso el camino. Andar por otras tierras, absorber otra luz, otra lengua, sigilosa y terrible su huella por las piedras. Con mis ojos la he visto. Estuvimos tan cerca, que el fulgor de su música, como nieve bajaba, ciega al mar, por mi cuerpo. Fue un instante de amor. Sólo el tacto luminoso y atroz de la distancia. Mas vivo, desde entonces, develada, viviendo por morir. Por bajar, o ascender, y en el infierno de su efímera mano, venturosa, sucumbir finalmente de hermosura o maldad. De Arte de cetrería, Col. Juan Ramón Jiménez, Huelva 1989
Yo no soy de esta tierra. Era ya extranjera en la distancia del vientre de mi madre y todo, de los pies a la alcoba me anunciaba destierro. Busqué de las palmeras mi voz entre sus signos y perforé de hachones encendidos la amarga región del azabache. Yo no sé qué vuelo de planetas torcería mi suerte. Sobre el mudo desvío, sé que voy, como víbora en celo, persiguiendo el rastro de mi exilio. No encontrará mi alma su reposo hasta que en ti penetre y me amanezca y ría. De No temerás, Torremozas, Madrid 1994
La
tentación se llama amor
o chocolate.
Es mala la adicción.
Sin paliativos.
Si algún médico, demonio o alquimista
supiera de mi
mal
cosa sería
de andar toda la vida por curarme.
Pues tan sólo una droga,
con su cárcel
del olvido me salva de la otra.
Y así, una vez más, es
el conflicto:
O me come el amor,
o me muero esta noche de bombones.
De Alada mía, Córdoba 1996
Tiene razón ella, y el espejo
que me enseñó esta tarde.
-Mírate, tú no eres un hombre.
Los hombres nunca tienen
esa fiebre en los ojos, ni los muslos
les
florecen redondos, ni en los pechos
les crecen dos botones
erguidos
como islas detrás de la camisa.
-Mírate.
Y me miro,
y me voy desnudando
de mis tristes aperos.
Y
entonces aparece, sin que yo lo convoque,
mi cuerpo como el lirio
de
sol y la radiante manzana de la carne,
igual que en el milagro
del primer potro blanco saliendo de su madre.
Como la flor madura del magnolio era alta y feliz. En el principio sólo Ella existía. Húmeda y dulce, blanca, se amaba en la sombría saliva de las algas, en los senos vallados de las trufas, en los pubis suaves de los mirlos. Dormía en las avenas sobre lechos de estambres y sus labios de abeja entreabrían las vulvas doradas de los lotos. Acariciaba toda la luz de las adelfas y en los saurios azules se bebía la savia gloriosa de la luna. Se abarcaba en los muslos fragantes de los cedros y pulsaba sus poros con el polen indemne de las larvas. ¡Gloria y loor a Ella, a su útero vivo de pistilos, a su orquídea feraz y a su cintura! Reverbere su gozo en uvas y en estrellas, en palomas y espigas, porque es hermosa y grande, oh la magnolia blanca. Sola! (De Narcisia, Taifa Poesía, Barcelona 1986)
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