Juan Ruiz, Arcipreste de Hita

Selección antológica de la obra poética y versos inolvidables de Juan Ruiz, Arcipreste de Hita.

Antología lírica (5 poemas seleccionados)

Aristóteles dijo, y es cosa verdadera...

Aristóteles dijo, y es cosa verdadera,
que el hombre por dos cosas
trabaja: la primera,
por el sustentamiento, y la segunda era
por
sonseguir unión con hembra placentera.

Si lo dijera yo, se podría tachar,
mas lo dice un filósofo, no se me
ha de culpar.
De lo que dice el sabio no debemos dudar,
pues con
hechos se prueba su sabio razonar.

Que dice verdad el sabio claramente se prueba;
hombres, aves y
bestias, todo animal de cueva
desea, por natura, siempre compaña nueva

y mucho más el hombre que otro ser que se mueva.

Digo que más el hombre, pues otras criaturas
tan sólo en una época se
juntan, por natura;
el hombre, en todo tiempo, sin seso y sin mesura,

siempre que quiere y puede hacer esa locura.

Prefiere el fuego estar guardado entre ceniza,
pues antes se consume
cuanto más se le atiza;
el hombre, cuando peca, bien ve que se desliza,

mas por naturaleza, en el mal profundiza.

Yo, como soy humano y, por tal, pecador,
sentí por las mujeres, a
veces, gran amor.
Que probemos las cosas no siempre es lo peor;
el
bien y el mal sabed y escoged lo mejor.
[...]

Juan Ruiz, Arcipreste de Hita

Cantiga

Cántiga de los clérigos de Talavera

Allá por Talavera, a principios de abril,
llegadas son las cartas de
Arzobispo don Gil,
en las cuales venía un mandato no vil
que, si a
alguno agradó, pesó a más de dos mil.

Este pobre Arcipreste, que traía el mandado,
más lo hacía a disgusto,
creo yo, que de grado.
Mandó juntar Cabildo; de prisa fue juntado,

¡pensaron que traía otro mejor recado!

Comenzó el Arcipreste a hablar y dijo así:
-«Si a vosotros apena,
también me pesa a mí.
¡Pobre viejo mezquino! ¡En qué envejecí,
en ver
lo que estoy viendo y en mirar lo que vi!»

Llorando de sus ojos comenzó esta razón:
Dijo: -«¡El Papa nos manda
esta Constitución,
oS lo he de decir, sea mi gusto o no,
aunque por
ello sufra de rabia el corazón.»

Las cartas recibidas eran de esta manera;
Que el cura o el casado, en
toda Talavera,
no mantenga manceba, casada ni soltera:
el que la
mantuviese, excomulgado era.

Con aquestas razones que el mandato decía
quedó muy quebrantada toda
la clerecía;
algunos de los legos tomaron acedía.
Para tomar acuerdos
juntáronse otro día.

Estando reunidos todos en la capilla,
levantóse el Deán a exponer su
rencilla.
Dijo: -«Amigos, yo quiero que todos en cuadrilla
nos
quejemos del Papa ante el Rey de Castilla.

»Aunque clérigos, somos vasallos naturales,
le servimos muy bien,
fuimos siempre leales
demás lo sabe el Rey: todos somos carnales.
Se
compadecerá de aquestos nuestros males.

»¿Dejar yo a Venturosa, la que conquisté antaño?
Dejándola yo a ella
recibiera gran daño;
regalé de anticipo doce varas de paño
y aún, ¡por
la mi corona!, anoche fue al baño.

»Antes renunciaría a toda mi prebenda
y a la mi dignidad y a toda la
mi renta,
que consentir que sufra Venturosa esa afrenta.
Creo que
muchos otros seguirán esta senda.»

Juró por los Apóstoles y por cuanto más vale,
con gran ahincamiento,
así como Dios sabe,
con los ojos llorosos y con dolor muy grande:

-«Novis enim dimittere -exclamó - quoniam suave!-»

Habló en pos del Deán, de prisa, el Tesorero;
era, en aquella junta,
cofrade justiciero.
Dijo: -«Amigos, si el caso llega a ser verdadero,

si vos esperáis mal, yo lo peor espero.

»Si de vuestro disgusto a mí mucho me pesa,
¡también me pesa el
propio, a más del de Teresa!
Dejaré a Talavera, me marcharé a Oropesa,

antes que separarla de mí y de mi mesa.

»Pues nunca tan leal fue Blanca Flor a Flores,
ni vale más Tristán,
con todos sus amores;
ella conoce el modo de calmar los ardores,
si de
mí la separo, volverán los dolores.

»Como suele decirse: el perro, en trance angosto,
por el miedo a la
muerte, al amo muerde el rostro;
isi cojo al Arzobispo en algún paso
angosto,
tal vuelta le daría que no llegara a agosto!»

Habló después de aqueste, Chantre Sancho Muñoz.
Dijo: -«Aqueste
Arzobispo, ¿qué tendrá contra nos?
Él quiere reprochamos lo que perdonó
Dios;
por ello, en este escrito apelo, ¡avivad vos!

»Pues si yo tengo o tuve en casa una sirvienta,
no tiene el Arzobispo
que verlo como afrenta;
que no es comadre mía ni tampoco parienta,

huérfana la crié; no hay nada en que yo mienta.

»Mantener a una huérfana es obra de piedad,
lo mismo que a viudas,
¡esto es mucha verdad!
Si el Arzobispo dice que es cosa de maldad,

¡abandonad las buenas y a las malas buscad!

»Don Gonzalo, Canónigo, según vengo observando,
de esas buenas
alhajas ya se viene prendando;
las vecinas del barrio murmuran,
comentando
que acoge a una de noche, contra lo que les mando.»

Pero no prolonguemos ya tanto las razones;
apelaron los clérigos,
también los clerizones;
enviaron de prisa buenas apelaciones
y después
acudieron a más procuraciones.

Juan Ruiz, Arcipreste de Hita

Elogio de la mujer chiquita

Quiero abreviar, señores, esta predicación

porque siempre gusté de pequeño sermón
y de mujer pequeña y de breve
razón,
pues lo poco y bien dicho queda en el corazón.

De quien mucho habla, ríen; quien mucho ríe es loco;
hay en la mujer
chica amor grande y no poco.
Cambié grandes por chicas, mas las chicas no
troco.
Quien da chica por grande se arrepiente del troco.

De que alabe a las chicas el Amor me hizo ruego;
que cante sus
noblezas, voy a decirlas luego.
Loaré a las chiquitas, y lo tendréis por
juego.
¡Son frías como nieve y arden más que el fuego!

Son heladas por fuera pero, en amor, ardientes;
en la cama solaz,
placenteras, rientes,
en la casa, hacendosas, cuerdas y complacientes;

veréis más cualidades tan pronto paréis mientes.

En pequeño jacinto yace gran resplandor,
en azúcar muy poco yace
mucho dulzor,

en la mujer pequeña yace muy gran amor,
pocas palabras bastan al buen
entendedor.

Es muy pequeño el grano de la buena pimienta,
pero más que la
nuez reconforta y calienta:
así, en mujer pequeña, cuando en amor
consienta,
no hay placer en el mundo que en ella no se sienta.

Como en la chica rosa está mucho color,
Como en oro muy poco, gran
precio y gran valor,
como en poco perfume yace muy buen olor,
así,
mujer pequeña guarda muy gran amor.

Como rubí pequeño tiene mucha bondad,
color virtud y precio, nobleza
y claridad,
así, la mujer chica tiene mucha beldad,
hermosura y
donaire, amor y lealtad.

Chica es la calandria y chico el ruiseñor,
pero más dulce cantan que
otra ave mayor;
la mujer, cuando es chica, por eso es aún mejor,
en
amor es más dulce que azúcar y que flor.

Son aves pequeñuelas papagayo y orior,
pero cualquiera de ellas es
dulce cantador;
gracioso pajarillo, preciado trinador,
como ellos es
la dama pequeña con amor.

Para mujer Pequeña no hay comparación:
terrenal paraíso y gran
consolación,
recreo y alegría, placer y bendición,
mejor es en la
prueba que en la salutación.

Siempre quise a la chica más que a grande o mayor;
¡escapar de un mal
grande nunca ha sido un error!
Del mal tomar lo menos, dícelo el sabidor,

por ello, entre mujeres, ¡la menor es mejor!

Juan Ruiz, Arcipreste de Hita

En

la cama muy loca, en la casa muy cuerda...

»En la
cama muy loca, en la casa muy cuerd:
no olvides tal mujer, sus ventajas
recuerda.
Esto que te aconsejo con Ovidio concuerda
y para ello hace
falta mensajera no lerda.
[...]

Juan Ruiz, Arcipreste de Hita

Habla el amor...

»Si quieres amar dueñas o a cualquier mujer
muchas cosas tendrás primero
que aprender
para que ella te quiera en amor acoger.
Primeramente,
mira qué mujer escoger.

»Busca mujer hermosa, atractiva y lozana,
que no sea muy alta, pero
tampoco enana;
si pudieres, no quieras amar mujer villana,
pues de
amor nada sabe, palurda y chabacana.

»Busca mujer esbelta, de cabeza pequeña,
cabellos amarillos, no
teñidos de alheña;
las cejas apartadas, largas, altas, en peña;

ancheta de caderas, ésta es talla de dueña.

»Ojos grandes, hermosos, expresivos, lucientes
y con largas pestañas,
bien claros y rientes;
las orejas pequeñas, delgadas; para mientes
si
tiene el cuello alto, así gusta a las gentes.

»La nariz afilada, los dientes menudillos,
iguales y muy blancos, un
poco apartadillos,
las encías bermejas, los dientes agudillos,
los
labios de su boca bermejos, angostillos

»La su boca pequeña, así, de buena guisa,
su cara sea blanca, sin
vello, clara y lisa;
conviene que la veas primero sin camisa
pues la
forma del cuerpo te dirá: ¡esto aguisa!
[...]

Juan Ruiz, Arcipreste de Hita

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