Poesía Universal

Juan Luis Panero

Biografía y amplia selección de poemas de Juan Luis Panero. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Juan Luis Panero. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Juan Luis Panero

12 poemas seleccionados
1.

A la mañana siguiente Cesare Pavese no pidió el desayuno

Solo bajó del tren,
atravesó solo la ciudad desierta,
solo entró 
		en el hotel vacío,
abrió su solitaria habitación
y escuchó con 
		asombro el silencio.
Dicen que descolgó el teléfono
para llamar a 
		alguien,

		pero es falso, completamente falso.
No había nadie a quien llamar,

		nadie vivía en la ciudad, nadie en el mundo.
Bebió el vaso, las 
		pequeñas pastillas,
y esperó la llegada del sueño.
Con cierto 
		miedo a su valor
-por vez primera había afirmado su existencia-

		tal vez curioso, con cansado gesto,
sintió el peso de sus párpados 
		caer.
Horas después -una extraña sonrisa dibujaba sus labios-
se 
		anunció a sí mismo, tercamente,
la única certidumbre que al fin había 
		adquirido:
jamás volvería a dormir solo en un cuarto de hotel.

		
"Los trucos de la muerte" 1975
2.

Acerca del incesto

(Recordatorio de Georg Trakl)

		
Buscó los labios de su hermana,
sus dientes, con irritante 
		terquedad,
un ligero temblor, un breve escalofrío,
entrechocaban 
		-quizá fuera la droga-
y su figura fue borrándose, disuelta
en la 
		penumbra familiar del cuarto.
Años después,
golpeaban a lo lejos 
		los cañones,
sobre sus sábanas de loco vio alzarse un cuerpo,
su 
		húmedo olor, la longitud del tacto.
Buscó, sin dedos, la boca 
		deseada,
la carne herida del amor y el delirio,
la claridad oscura 
		de la cocaína,
sus ojos y aquellos ojos y algo más.
Besó sus 
		labios en sus propios labios
y sintió arder la sal de su saliva.

		Lejos, muy lejos, terriblemente lejos,
una mujer aullaba en el último 
		espasmo.
Con asombro, la muerte dio constancia
de algo que jamás 
		pudo imaginarse:
un estertor sin ruegos y sin llanto,
la agonía de 
		un muerto, el terror de la vida.

		
"Los trucos de la muerte" 1975
3.

Conjuros para la noche de una virgen

Ah, ese látigo, ese látigo que gime entre los muslos,
que 
		despliega en la sombra su tenaz poderío,
ese látigo que viene de la 
		muerte hacia la muerte,
aventando cenizas a los aires más puros,

		señalando fronteras en cinturas y pechos,
recorriendo la piel con 
		ciego escalofrío.
Ese látigo, su furor incansable,
pongo hoy en 
		tus manos y celebro sus llagas.
Fuente de esperma, cabellera al 
		viento,
navegar de tu vientre en un mar imposible,
coronas de 
		cansancio y manos que resbalan
y resbalan y caen y caen trepando el 
		muro,
la imponente pared que, al fin,
mármol o sangre, 
		resquebrajada se desploma.
Ah, ese látigo, camino de elefantes,

		muñeca de trapo herida de alfileres,
cruz donde la piel termina y su 
		bosque de pelo.
Olas blancas de sábana sobre tus ojos locos,

		dientes sin más oficio que morder en su dicha,
placer de ser un dedo, 
		un cuchillo, la sombra.
«Hemos venido caminando, hemos buscado 
		eternamente,
y hoy, por fin, llegamos a nosotros,
ponemos nuestra 
		planta en tierra verdadera.»
La ceremonia, el rito con incienso de 
		voces,
húmedos labios, palabras como espejos,
ha de tener su 
		principio solemne:
dilatada pupila, ejercicio de furia y de 
		sonámbulo,
estatuas que el cincel deseara.
Más tarde se extenderá 
		el silencio,
un silencio de océano vacío,
una calma impasible de 
		nieve
donde la sangre cantará su derrota.
Al terminar se oirán dos 
		voces,
súbitamente naciendo de la nada
y un tropel de caballos en 
		celo
moverá las cortinas y pisará los sueños.
La luz del día, 26 
		de agosto, pondrá su velo azul
sobre caricia y hueso, pezón alzado y 
		extinta lengua.
Jornal de ausencia pagará estas horas,
olor de 
		sucia oveja y plantas que se pudren.
«Sí hemos andado, hemos andado 
		hasta llegar aquí
y ahora sabemos que no era ésta nuestra tierra.»

		Rasgando el aire, nubes, sol, luna, estrellas,
un látigo de fuego 
		pregona su condena.
4.

El último baile

Zelda Fitzgerald

No, no son llamas en el cristal, qué 
		absurdo,
ni humo lo que entra por las rendijas de la puerta,
no, 
		son las luces, las luces de las barcas y del puerto,
el humo de un 
		cigarrillo, aquella noche
de principios de verano, en la Riviera.

		Bailaba y bailaba para mí sola, para todos, para nadie, con
aquel 
		oficial francés -recuerdo su blanco uniforme-
mientras Scott gritaba 
		y maldecía, me insultaba,
mirando fijamente una botella. Pobre Scott, 
		dónde estará ahora.
No, cierto que no son llamas abrasando estil 
		puerta cerrada
y esos cristales rojos que saltan al vacío,
son las 
		luces, los farolillos de aquella fiesta,
y las copas rompiéndose 
		entre carcajadas
cuando la pequeña orquesta tocaba «Coge una estrella 
		para mí».
Claro que no son llamas, son bengalas iluminando el cielo, 
		
aquel jardín, el baile y luego nuestros cuerpos
desnudos en el 
		mar, el roce del agua fría
y Scott nadando a mi lado, besándonos 
		entre las olas.
Pobre Scott, dónde estará ahora. Tal vez haya muerto,

		-mejor para él- así no podrá leer, mañana o pasado, en los periódicos,

		los siniestros informes sobre un cadáver carbonizado.
5.

Epitafio frente a un espejo

Dura ha de 
		ser la vida para ti,
que a una extraña honradez sacrificaste tus 
		creencias,
para ti, cuya única certidumbre es tu recuerdo
y por 
		ello, tu más aciaga tumba.
Dura ha de ser la vida, cuando los años 
		pasen
y destruyan al fin la ilusa patria de tu adolescencia,

		cuando veas, igual que hoy, este fantasma
que tiempo atrás te consoló 
		con su belleza.
Cuando el amor como un vestido ajado
no pueda 
		proteger tu tristeza
y motivo de burla, de piedad o de asombro,
a 
		los ojos más puros sólo sea.
Duro ha de ser para tu cuerpo ver morir 
		el deseo,
la juventud, todo aquello que fuiste,
y buscar sin 
		pasión tu reposo
en la sorda ternura de lo débil,
en la gris 
		destrucción que alguna vez amaste. 
		
«Es la ley de la vida», dicen viejos estériles,
«y nada sino Dios 
		puede cambiarlo», repiten,
a la luz de la noche, lentas sombras 
		inútiles.
Dura ha de ser la vida, tú que amaste el mundo,
que con 
		una mirada o una suave caricia soñaste poseerlo,
cuando la absurda 
		farsa que tú tanto conoces
no esté más adornada con lo efímero y 
		bello.
Dura ha de ser la vida hasta el instante
en que veles tu 
		memoria en este espejo:
tus labios fríos no tendrán ya refugio
y 
		en tus manos vacías abrazarás la muerte.


		De "A 
		través del tiempo"
6.

Espejo

negro


		Dos cuerpos que se acercan y crecen 
		
y penetran en la noche de su piel y su sexo, 
dos oscuridades 
		enlazadas 
		
que inventan en la sombra su origen y sus dioses, 
que dan 
		nombre, rostro a la soledad, 
		
desafían a la muerte porque se saben muertos, 
derrotan a la vida 
		porque son su presencia. 
		
Frente a la vida sí, frente a la muerte, 
dos cuerpos imponen 
		realidad a los gestos, 
		
brazos, muslos, húmeda tierra, 
viento de llamas, estanque de 
		cenizas. 
		

Frente a la vida sí, frente a la muerte, 
dos cuerpos han 
		conjurado tercamente al tiempo, 
		
construyen la eternidad que se les niega, 
sueñan para siempre el 
		sueño que les sueña. 
		
Su noche se repite en un espejo negro.
7.

La memoria y la piedra

(México)

		
La luz del sol sobre los muros,
la resaca, las voces que te 
		cercan,
los árboles que al fondo se dibujan,
los recuerdos que 
		secan más tu boca,
el implacable escenario de tu herencia.
Sin 
		embargo has venido, has vuelto
a recobrar tu patrimonio abandonado,

		el espectro que tú llamaste vida,
lo que fue, lo que los años han 
		dejado.
Palabras tropezadas de pasión,
violenta lengua, piel 
		derramada entre las manos,
lo que fue, carne entregada, saliva, 
		sangre,
temblor, caliente olor, dos cuerpos enlazados
rodando para 
		siempre hacia la nada.
Aquí, en esta pequeña calle, en ese 
		apartamento
-cuyas paredes todavía se levantan detrás de la memoria-,

		sentiste el terco aliento del deseo y del odio,
la ternura y la furia 
		recorriendo tu piel y sus rincones,
inventando su camino de fuego 
		entre los muslos,
y aquel pelo y los húmedos, ocultos labios,
y 
		los dientes mordiendo y la mirada ciega.
Hoy has regresado -siempre 
		regresas a esta ciudad
donde la piedra venció al tiempo hace siglos-

		y esta mañana de agobiante verano,
mirando la nieve lejana en los 
		volcanes,
has buscado, junto a un portal perdido,
tu devastado 
		origen, el territorio de tus sueños.
Mientras enciendes -temblándote 
		la mano-- un cigarrillo
sabes que aquí tuviste todo y no tuviste 
		nada,
sino este sol sobre los muros y los árboles.
Igual que 
		ahora, cuando otra vez la luz te ciega
y el humo del cigarrillo 
		rememora borrosas figuras,
vagos gestos con los que te consuelas,

		cuando palabras, cuerpos, son ya sólo sombras
-sombras a plena luz, 
		humo en los ojos-,
fantasmas que la resaca solivianta.


		De 
		"Desapariciones y fracasos"
8.

Lo

que queda después 
		de los violines

		
Cuando te olvides de mi nombre,
cuando mi cuerpo sea sólo una 
		sombra
borrándose entre las húmedas paredes de aquel cuarto.

		Cuando ya no te llegue el eco de mi voz
ni el resonar cordial de mis 
		palabras,
entonces, te pido que recuerdes que una tarde,
unas 
		horas, fuimos juntos felices y fue hermoso vivir.
Era un domingo en 
		Hampstead, con la frágil primavera
de abril posada sobre los brotes 
		de los castaños.
Pasaban hacia la iglesia apresuradas monjas

		irlandesas, niños, endomingados y torpes, de la mano.
Arriba, tras 
		los setos, en la verde penumbra
del parque dos hombres lentamente se 
		besaban.
Tú llegaste, sin que me diera cuenta apareciste y empezamos 
		a hablar 
tropezando de risa en las palabras, titubeantes
en el 
		extraño idioma que ni a ti ni a mi pertenecía.
Después te hiciste 
		pequeña entre mis brazos
y la hierba acogió tu oscura cabellera.
A 
		veces las cosas son simples y sencillas
como mirar el mar una tarde 
		en la infancia.
Luego la escalera gris, larga y estrecha,
la 
		alfombra con ceniza y con grasa,
tus pequeños pechos desolados en mi 
		boca.
Sí, a veces es sencillo y es hermoso vivir,
quiero que lo 
		recuerdes, que no olvides
el pasar de aquellas horas, su esperanzado 
		resplandor.
Yo también, lejos de ti, cuando perdida en la memoria

		esté la sed de tu sonrisa me acordaré, igual que ahora,
mientras 
		escribo estas palabras para todos aquellos
que un momento, sin 
		promesas ni dádivas, limpiamente se entregan.
Desconociendo razas o 
		razones se funden
en un único cuerpo más dichoso
y luego, calmado 
		ya el instinto
y rezumante de estrenada ternura el corazón,
se 
		separan y cumplen su destino,
sabiendo que quizá sólo por eso
su 
		existir no fue en vano.
9.

Lucrecia

Panero recuerda 
		su juventud

		
Tía abuela, cuyo nombre familiar y extraño ha sido
desde la 
		infancia que aún toco
hasta los pesados años que repites.

		Desdorado estuco y mugre de cortinas,
olor que tiene el agua donde 
		flores se pudren,
dan cobijo a tu espera mientras se oye tu voz.

		«Éramos veinte y en esta casa todo era alegría.
Hoy, ves, estoy sola, 
		estoy sola».
Mercenaria compañía en muchas horas,
tu conocido 
		lamentar, paciente escucha.
«Dijo mi padre...Juan...Aquel verano...»

		Surgen recuerdos de bailes, entre sueños
flotan manos amigas, rostros 
		sonrientes
bajo la claridad tenue de los candelabros.
y como el 
		filo de una espada en los dedos,
la certidumbre de lo que va a morir,

		de lo que está ya muerto, firmemente nos une.
Pasado, casi un sueño, 
		futuro, tan dormido,
el fulgor de una espada dando luz a la noche.

		
"A través del tiempo" 1968
10.

Memoria de la carne

Por la noche, con la luz apagada,
miraba a través de los cristales,

		entre los conocidos huecos de la persiana.
Como un rito o una extraña 
		costumbre,
la escena se repetía, día tras día,
igual siempre a sí 
		misma.
Frente a frente, su ventana,
la veía aparecer y bajo la 
		tenue claridad de la luz,
lentamente, irse haciendo desnuda.
Sus 
		ropas caían sobre la silla,
primero grandes, luego más pequeñas,

		hasta llegar al ocre color de su cuerpo.
Andando o sentada, sus 
		movimientos tenían
la inútil inocencia del que no se cree observado

		y la imprevista ternura del cansancio.
Cuando todo volvía a la 
		oscuridad,
los apresurados golpes del corazón
se aquietaban, con 
		una sosegada prontitud.
De quien así ocultamente deseé,
nunca supe 
		su nombre
y el romper de su risa es aún el vacío.
Sin embargo, 
		allí, en la perdida frontera de los catorce
[años,
por encima del 
		Latín imposible
y de los misteriosos números de la Química,
el 
		temblor detenido de mis manos,
la turbia fijeza de mis ojos sobre 
		ella, permanecen,
dando fe de aquel tiempo, memoria de la carne.


		De "A través del 
		tiempo"
11.

Mis dulces animales

¿Qué puedo 
		hacer? Si en esta hora
más triste de la tarde llegan y todas reunidas

		corren y saltan a mi alrededor
y sus torpes hocicos restregándome

		aturden mis oídos con banales quejas.
¿Qué puedo hacer? Yo que tanto 
		las he amado,
que cambié sus repetidos y vulgares nombres
por 
		otros ilustres entre la fauna y el corral.
Ahora que el caballo viene 
		apresurando el trote
y me muestra su negociable virginidad perdida

		y sonríe la rata en su agujero
masticando feliz sus convicciones,

		ahora que el puercoespín canta el olvido
y la serpiente amarillenta 
		exprime avariciosa su placer.
¿Qué puedo hacer? Si chillan la cigüeña 
		y la gaviota
resbalando la esperma por sus muslos
y el astuto 
		cerdito más que nunca gruñe fantasías e incumplidas promesas.
Tanto 
		amor como puse, tanta desatada ternura
y cálida pupila sobre piernas 
		o pechos
¿qué se hicieron?-, si sólo con protestas, improperios 
		feroces,
traiciones tan baratas y usadas que nunca imaginara
pagan 
		mis interminables, dolorosos desvelos.
Y vedlas avanzar, enlazadas 
		sus pezuñas o rabos,
horda cruel sobre la hierba húmeda
y luego ya 
		calmadas, contempladlas,
desafiantes labios, oscuras cavernas

		donde caí mil veces y volveré a caer,
aunque el buitre, bendecido por 
		sagrarios y misas,
escarbe mi carroña y se alimente de ella

		recompensando así su vaginal y temblorosa paz.
¿Qué puedo hacer? 
		Mientras altiva,
el largo cuello de poderío y perlas adornado,
la 
		jirafa me mira y desaprueba con elegante gesto mi conducta,
lo mismo 
		que la lechuza dogmática y prochina.
¿Qué puedo hacer? Si todo este 
		aquelarre, ansioso de venganza o justicia,
irrumpe en el ocio 
		merecido de un domingo,
y nada quiero reprocharles, aunque algo 
		podría.
¡Oh mis dulces animales!, si os he amado tanto
que ahora 
		cuando os veo, en galope polvoriento y frenético partir,
os daría 
		hasta aquello que no os pertenece,
lo poco que bajo astillada memoria

		y estremecidos signos de placer, os he ocultado.
Sí, os entregaría mi 
		corazón más puro,
aun sabiendo que no es buen alimento para vosotros

		y que poco provecho sacaríais de él.
¡Oh mis dulces animales 
		picoteantes sin descanso,
como el tordo o el grajo, en la parra más 
		dulce!
¡Oh siempre interesadas bestias bellas,
en la fruta que 
		alegra el árbol en verano!

		
"A través del tiempo" 1968
12.

No

hay palabras


		Tocas un cuerpo, sientes su repetido temblor
bajo tus dedos, el 
		cálido transcurrir de la sangre.
Recorres la estremecida tibieza,

		sus corporales sombras, su desvelado resplandor.
No hay palabras. 
		Tocas un cuerpo; un mundo
llena ahora tus manos, empuja su destino.

		A través de tu pecho el tiempo pasa,
golpea como un látigo junto a 
		tus labios.
Las horas, un instante se detienen
y arrancas tu 
		pequeña porción de eternidad.
Fueron antes los nombres y las fechas,

		la historia clara, lúcida, de dos rostros distantes.
Después, lo que 
		llamas amor, quizá se torne forzada promesa,
levantado muro 
		pretendiendo encerrar,
aquello que únicamente en libertad puede 
		ganarse.
No importa, ahora no importa.
Tocas un cuerpo, en él te 
		hundes,
palpas la vida, real, común. No estás ya solo.

		
"A través del tiempo" 1968

Versos y pensamientos de Juan Luis Panero

4 citas
« Solo bajó del tren, / atravesó solo la ciudad desierta, »
Juan Luis Panero · A la mañana siguiente Cesare Pavese no pidió el desayuno
« (Recordatorio de Georg Trakl) / Buscó los labios de su hermana, »
Juan Luis Panero · Acerca del incesto
« Ah, ese látigo, ese látigo que gime entre los muslos, / que »
Juan Luis Panero · Conjuros para la noche de una virgen
« Zelda Fitzgerald / No, no son llamas en el cristal, qué »
Juan Luis Panero · El último baile
Biblioteca poética

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