« Solo bajó del tren, / atravesó solo la ciudad desierta, »
Juan Luis Panero · A la mañana siguiente Cesare Pavese no pidió el desayuno
Biografía y amplia selección de poemas de Juan Luis Panero. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Juan Luis Panero. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Solo bajó del tren, atravesó solo la ciudad desierta, solo entró en el hotel vacío, abrió su solitaria habitación y escuchó con asombro el silencio. Dicen que descolgó el teléfono para llamar a alguien, pero es falso, completamente falso. No había nadie a quien llamar, nadie vivía en la ciudad, nadie en el mundo. Bebió el vaso, las pequeñas pastillas, y esperó la llegada del sueño. Con cierto miedo a su valor -por vez primera había afirmado su existencia- tal vez curioso, con cansado gesto, sintió el peso de sus párpados caer. Horas después -una extraña sonrisa dibujaba sus labios- se anunció a sí mismo, tercamente, la única certidumbre que al fin había adquirido: jamás volvería a dormir solo en un cuarto de hotel. "Los trucos de la muerte" 1975
(Recordatorio de Georg Trakl) Buscó los labios de su hermana, sus dientes, con irritante terquedad, un ligero temblor, un breve escalofrío, entrechocaban -quizá fuera la droga- y su figura fue borrándose, disuelta en la penumbra familiar del cuarto. Años después, golpeaban a lo lejos los cañones, sobre sus sábanas de loco vio alzarse un cuerpo, su húmedo olor, la longitud del tacto. Buscó, sin dedos, la boca deseada, la carne herida del amor y el delirio, la claridad oscura de la cocaína, sus ojos y aquellos ojos y algo más. Besó sus labios en sus propios labios y sintió arder la sal de su saliva. Lejos, muy lejos, terriblemente lejos, una mujer aullaba en el último espasmo. Con asombro, la muerte dio constancia de algo que jamás pudo imaginarse: un estertor sin ruegos y sin llanto, la agonía de un muerto, el terror de la vida. "Los trucos de la muerte" 1975
Ah, ese látigo, ese látigo que gime entre los muslos, que despliega en la sombra su tenaz poderío, ese látigo que viene de la muerte hacia la muerte, aventando cenizas a los aires más puros, señalando fronteras en cinturas y pechos, recorriendo la piel con ciego escalofrío. Ese látigo, su furor incansable, pongo hoy en tus manos y celebro sus llagas. Fuente de esperma, cabellera al viento, navegar de tu vientre en un mar imposible, coronas de cansancio y manos que resbalan y resbalan y caen y caen trepando el muro, la imponente pared que, al fin, mármol o sangre, resquebrajada se desploma. Ah, ese látigo, camino de elefantes, muñeca de trapo herida de alfileres, cruz donde la piel termina y su bosque de pelo. Olas blancas de sábana sobre tus ojos locos, dientes sin más oficio que morder en su dicha, placer de ser un dedo, un cuchillo, la sombra. «Hemos venido caminando, hemos buscado eternamente, y hoy, por fin, llegamos a nosotros, ponemos nuestra planta en tierra verdadera.» La ceremonia, el rito con incienso de voces, húmedos labios, palabras como espejos, ha de tener su principio solemne: dilatada pupila, ejercicio de furia y de sonámbulo, estatuas que el cincel deseara. Más tarde se extenderá el silencio, un silencio de océano vacío, una calma impasible de nieve donde la sangre cantará su derrota. Al terminar se oirán dos voces, súbitamente naciendo de la nada y un tropel de caballos en celo moverá las cortinas y pisará los sueños. La luz del día, 26 de agosto, pondrá su velo azul sobre caricia y hueso, pezón alzado y extinta lengua. Jornal de ausencia pagará estas horas, olor de sucia oveja y plantas que se pudren. «Sí hemos andado, hemos andado hasta llegar aquí y ahora sabemos que no era ésta nuestra tierra.» Rasgando el aire, nubes, sol, luna, estrellas, un látigo de fuego pregona su condena.
Zelda Fitzgerald No, no son llamas en el cristal, qué absurdo, ni humo lo que entra por las rendijas de la puerta, no, son las luces, las luces de las barcas y del puerto, el humo de un cigarrillo, aquella noche de principios de verano, en la Riviera. Bailaba y bailaba para mí sola, para todos, para nadie, con aquel oficial francés -recuerdo su blanco uniforme- mientras Scott gritaba y maldecía, me insultaba, mirando fijamente una botella. Pobre Scott, dónde estará ahora. No, cierto que no son llamas abrasando estil puerta cerrada y esos cristales rojos que saltan al vacío, son las luces, los farolillos de aquella fiesta, y las copas rompiéndose entre carcajadas cuando la pequeña orquesta tocaba «Coge una estrella para mí». Claro que no son llamas, son bengalas iluminando el cielo, aquel jardín, el baile y luego nuestros cuerpos desnudos en el mar, el roce del agua fría y Scott nadando a mi lado, besándonos entre las olas. Pobre Scott, dónde estará ahora. Tal vez haya muerto, -mejor para él- así no podrá leer, mañana o pasado, en los periódicos, los siniestros informes sobre un cadáver carbonizado.
Dura ha de ser la vida para ti, que a una extraña honradez sacrificaste tus creencias, para ti, cuya única certidumbre es tu recuerdo y por ello, tu más aciaga tumba. Dura ha de ser la vida, cuando los años pasen y destruyan al fin la ilusa patria de tu adolescencia, cuando veas, igual que hoy, este fantasma que tiempo atrás te consoló con su belleza. Cuando el amor como un vestido ajado no pueda proteger tu tristeza y motivo de burla, de piedad o de asombro, a los ojos más puros sólo sea. Duro ha de ser para tu cuerpo ver morir el deseo, la juventud, todo aquello que fuiste, y buscar sin pasión tu reposo en la sorda ternura de lo débil, en la gris destrucción que alguna vez amaste. «Es la ley de la vida», dicen viejos estériles, «y nada sino Dios puede cambiarlo», repiten, a la luz de la noche, lentas sombras inútiles. Dura ha de ser la vida, tú que amaste el mundo, que con una mirada o una suave caricia soñaste poseerlo, cuando la absurda farsa que tú tanto conoces no esté más adornada con lo efímero y bello. Dura ha de ser la vida hasta el instante en que veles tu memoria en este espejo: tus labios fríos no tendrán ya refugio y en tus manos vacías abrazarás la muerte. De "A través del tiempo"
negro Dos cuerpos que se acercan y crecen y penetran en la noche de su piel y su sexo, dos oscuridades enlazadas que inventan en la sombra su origen y sus dioses, que dan nombre, rostro a la soledad, desafían a la muerte porque se saben muertos, derrotan a la vida porque son su presencia. Frente a la vida sí, frente a la muerte, dos cuerpos imponen realidad a los gestos, brazos, muslos, húmeda tierra, viento de llamas, estanque de cenizas. Frente a la vida sí, frente a la muerte, dos cuerpos han conjurado tercamente al tiempo, construyen la eternidad que se les niega, sueñan para siempre el sueño que les sueña. Su noche se repite en un espejo negro.
(México) La luz del sol sobre los muros, la resaca, las voces que te cercan, los árboles que al fondo se dibujan, los recuerdos que secan más tu boca, el implacable escenario de tu herencia. Sin embargo has venido, has vuelto a recobrar tu patrimonio abandonado, el espectro que tú llamaste vida, lo que fue, lo que los años han dejado. Palabras tropezadas de pasión, violenta lengua, piel derramada entre las manos, lo que fue, carne entregada, saliva, sangre, temblor, caliente olor, dos cuerpos enlazados rodando para siempre hacia la nada. Aquí, en esta pequeña calle, en ese apartamento -cuyas paredes todavía se levantan detrás de la memoria-, sentiste el terco aliento del deseo y del odio, la ternura y la furia recorriendo tu piel y sus rincones, inventando su camino de fuego entre los muslos, y aquel pelo y los húmedos, ocultos labios, y los dientes mordiendo y la mirada ciega. Hoy has regresado -siempre regresas a esta ciudad donde la piedra venció al tiempo hace siglos- y esta mañana de agobiante verano, mirando la nieve lejana en los volcanes, has buscado, junto a un portal perdido, tu devastado origen, el territorio de tus sueños. Mientras enciendes -temblándote la mano-- un cigarrillo sabes que aquí tuviste todo y no tuviste nada, sino este sol sobre los muros y los árboles. Igual que ahora, cuando otra vez la luz te ciega y el humo del cigarrillo rememora borrosas figuras, vagos gestos con los que te consuelas, cuando palabras, cuerpos, son ya sólo sombras -sombras a plena luz, humo en los ojos-, fantasmas que la resaca solivianta. De "Desapariciones y fracasos"
que queda después de los violines Cuando te olvides de mi nombre, cuando mi cuerpo sea sólo una sombra borrándose entre las húmedas paredes de aquel cuarto. Cuando ya no te llegue el eco de mi voz ni el resonar cordial de mis palabras, entonces, te pido que recuerdes que una tarde, unas horas, fuimos juntos felices y fue hermoso vivir. Era un domingo en Hampstead, con la frágil primavera de abril posada sobre los brotes de los castaños. Pasaban hacia la iglesia apresuradas monjas irlandesas, niños, endomingados y torpes, de la mano. Arriba, tras los setos, en la verde penumbra del parque dos hombres lentamente se besaban. Tú llegaste, sin que me diera cuenta apareciste y empezamos a hablar tropezando de risa en las palabras, titubeantes en el extraño idioma que ni a ti ni a mi pertenecía. Después te hiciste pequeña entre mis brazos y la hierba acogió tu oscura cabellera. A veces las cosas son simples y sencillas como mirar el mar una tarde en la infancia. Luego la escalera gris, larga y estrecha, la alfombra con ceniza y con grasa, tus pequeños pechos desolados en mi boca. Sí, a veces es sencillo y es hermoso vivir, quiero que lo recuerdes, que no olvides el pasar de aquellas horas, su esperanzado resplandor. Yo también, lejos de ti, cuando perdida en la memoria esté la sed de tu sonrisa me acordaré, igual que ahora, mientras escribo estas palabras para todos aquellos que un momento, sin promesas ni dádivas, limpiamente se entregan. Desconociendo razas o razones se funden en un único cuerpo más dichoso y luego, calmado ya el instinto y rezumante de estrenada ternura el corazón, se separan y cumplen su destino, sabiendo que quizá sólo por eso su existir no fue en vano.
Panero recuerda su juventud Tía abuela, cuyo nombre familiar y extraño ha sido desde la infancia que aún toco hasta los pesados años que repites. Desdorado estuco y mugre de cortinas, olor que tiene el agua donde flores se pudren, dan cobijo a tu espera mientras se oye tu voz. «Éramos veinte y en esta casa todo era alegría. Hoy, ves, estoy sola, estoy sola». Mercenaria compañía en muchas horas, tu conocido lamentar, paciente escucha. «Dijo mi padre...Juan...Aquel verano...» Surgen recuerdos de bailes, entre sueños flotan manos amigas, rostros sonrientes bajo la claridad tenue de los candelabros. y como el filo de una espada en los dedos, la certidumbre de lo que va a morir, de lo que está ya muerto, firmemente nos une. Pasado, casi un sueño, futuro, tan dormido, el fulgor de una espada dando luz a la noche. "A través del tiempo" 1968
Por la noche, con la luz apagada, miraba a través de los cristales, entre los conocidos huecos de la persiana. Como un rito o una extraña costumbre, la escena se repetía, día tras día, igual siempre a sí misma. Frente a frente, su ventana, la veía aparecer y bajo la tenue claridad de la luz, lentamente, irse haciendo desnuda. Sus ropas caían sobre la silla, primero grandes, luego más pequeñas, hasta llegar al ocre color de su cuerpo. Andando o sentada, sus movimientos tenían la inútil inocencia del que no se cree observado y la imprevista ternura del cansancio. Cuando todo volvía a la oscuridad, los apresurados golpes del corazón se aquietaban, con una sosegada prontitud. De quien así ocultamente deseé, nunca supe su nombre y el romper de su risa es aún el vacío. Sin embargo, allí, en la perdida frontera de los catorce [años, por encima del Latín imposible y de los misteriosos números de la Química, el temblor detenido de mis manos, la turbia fijeza de mis ojos sobre ella, permanecen, dando fe de aquel tiempo, memoria de la carne. De "A través del tiempo"
¿Qué puedo hacer? Si en esta hora más triste de la tarde llegan y todas reunidas corren y saltan a mi alrededor y sus torpes hocicos restregándome aturden mis oídos con banales quejas. ¿Qué puedo hacer? Yo que tanto las he amado, que cambié sus repetidos y vulgares nombres por otros ilustres entre la fauna y el corral. Ahora que el caballo viene apresurando el trote y me muestra su negociable virginidad perdida y sonríe la rata en su agujero masticando feliz sus convicciones, ahora que el puercoespín canta el olvido y la serpiente amarillenta exprime avariciosa su placer. ¿Qué puedo hacer? Si chillan la cigüeña y la gaviota resbalando la esperma por sus muslos y el astuto cerdito más que nunca gruñe fantasías e incumplidas promesas. Tanto amor como puse, tanta desatada ternura y cálida pupila sobre piernas o pechos ¿qué se hicieron?-, si sólo con protestas, improperios feroces, traiciones tan baratas y usadas que nunca imaginara pagan mis interminables, dolorosos desvelos. Y vedlas avanzar, enlazadas sus pezuñas o rabos, horda cruel sobre la hierba húmeda y luego ya calmadas, contempladlas, desafiantes labios, oscuras cavernas donde caí mil veces y volveré a caer, aunque el buitre, bendecido por sagrarios y misas, escarbe mi carroña y se alimente de ella recompensando así su vaginal y temblorosa paz. ¿Qué puedo hacer? Mientras altiva, el largo cuello de poderío y perlas adornado, la jirafa me mira y desaprueba con elegante gesto mi conducta, lo mismo que la lechuza dogmática y prochina. ¿Qué puedo hacer? Si todo este aquelarre, ansioso de venganza o justicia, irrumpe en el ocio merecido de un domingo, y nada quiero reprocharles, aunque algo podría. ¡Oh mis dulces animales!, si os he amado tanto que ahora cuando os veo, en galope polvoriento y frenético partir, os daría hasta aquello que no os pertenece, lo poco que bajo astillada memoria y estremecidos signos de placer, os he ocultado. Sí, os entregaría mi corazón más puro, aun sabiendo que no es buen alimento para vosotros y que poco provecho sacaríais de él. ¡Oh mis dulces animales picoteantes sin descanso, como el tordo o el grajo, en la parra más dulce! ¡Oh siempre interesadas bestias bellas, en la fruta que alegra el árbol en verano! "A través del tiempo" 1968
hay palabras Tocas un cuerpo, sientes su repetido temblor bajo tus dedos, el cálido transcurrir de la sangre. Recorres la estremecida tibieza, sus corporales sombras, su desvelado resplandor. No hay palabras. Tocas un cuerpo; un mundo llena ahora tus manos, empuja su destino. A través de tu pecho el tiempo pasa, golpea como un látigo junto a tus labios. Las horas, un instante se detienen y arrancas tu pequeña porción de eternidad. Fueron antes los nombres y las fechas, la historia clara, lúcida, de dos rostros distantes. Después, lo que llamas amor, quizá se torne forzada promesa, levantado muro pretendiendo encerrar, aquello que únicamente en libertad puede ganarse. No importa, ahora no importa. Tocas un cuerpo, en él te hundes, palpas la vida, real, común. No estás ya solo. "A través del tiempo" 1968
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