« y en esta isla atormentada, / de oscuridad y roca, »
Juan José Vélez Otero · De "Panorama desde el ático" 1998
Biografía y amplia selección de poemas de Juan José Vélez Otero. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Juan José Vélez Otero. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
y en esta isla atormentada,
de oscuridad y roca,
mis pies pisan el mundo desolados.
Francisco Brines
La torre semeja, sobre el pueblo
sin ilusión y sin sentido, mi fracaso;
J.R.Jiménez
Mère de souvenirs, maîtresse des
maîtresses
Ch. Baudelaire
III. Magnolias en
mis sábanas dejaba...
¿Cómo era, Dios mío, cómo era?
J.R. Jiménez
Magnolias en mis sábanas dejaba,
magnolias, azahar y labios duros.
Sus senos, de la tarde flor dormida,
aroma de amapolas y cerezas,
temblaban en mi boca, entre mis dedos.
Magnolias y sabor a playa y barro,
a sol y arena, hierba y gorriones.
Oh, cómo retornar ya a este vacío
la luz de la alborada por sus ojos,
el vino de su piel y su cabello.
Magnolias en mis sábanas dejaba,
su cuerpo de clepsidra y su alma nueva.
* * *
IV. Oh, tardes del balcón. Abril. Cuajada de pájaros y númenes el alma, expuesto a la aquiescencia de la brisa, soñaba con las voces de poniente. Los dijes de oro y tul del horizonte, la inquieta sensación de estar naciendo al gozo y al clamor de savia nueva. Oh, tardes del balcón, fecunda en flores y añil, ciegas de cal, ciegas de vides. Qué vacuo este vivir si vacua el alma de luz, de tiempo y sal, de Dios y espigas, se baña en la desdicha del recuerdo. Qué vacuo el caminar hacia el olvido, hacia la ungida torre de los siglos. * * *
V. Si he venido a colmar de enredaderas la nieve de tu talle es porque tengo cansado el corazón de tantos siglos en busca del incendio de la aurora. Hoy vengo del desorden y a la nada retornaré con labios florecidos, al yugo de la noche, a las quimeras del sueño y al olvido complaciente. Yo seguiré asomado a mis balcones rodeado de astrolabios y de estrellas, de inciertos firmamentos y de mirtos dormidos sobre viejos ataifores. * * *
VIII. A qué esta sinrazón y este deleite, qué sabia languidez me ocupa el alma de fértiles lloviznas y de lucios calmados en las llamas del crepúsculo. A qué este azul litigio de la tarde me lleva hacia los pájaros cansados que buscan las higueras en las sombras dormidas por el láudano del tiempo. Yo, histrión sobre el triclinio recostado, engullo mieles y uvas de calendas, me absuelvo en el silencio etéreo y negro, en cándidas sonrisas de vestales. De euménides un rito me acrisola en urna de cristal y cadmio blanco. No sé qué piedras ávidas de muerte me muestran las necrópolis hambrientas. * * *
XVI. Ya sabes. Es tan bello este ostracismo, tenderme junto a ti, sentir tus dedos rodarme por la piel en esta alcoba caliente y apartada del vacío... Lo sabes cuando beso, cuando hiero tu boca con torrentes de amapolas, lo sabes cuando busco tu saliva y toco tus pezones como almendras. La carne hecha canela, el aire entero dehesas de ambarinas deliciosas. Lo sabes que me huelen tus cabellos cual huelen las higueras en septiembre, cual huelen los geranios en los patios y el aire de las huertas tras la lluvia. Es bello estar tendido, acostumbrado al musgo de las ingles delicadas, que sólo el tragaluz sea blanca orilla del mundo que ahí afuera nos pretende. * * *
XXX. Dormidas en el ático han quedado la sombra del reloj en las cortinas, la brújula del sueño y de las nubes que giran sin dejar lluvia en las tejas. He vuelto las vasijas boca abajo y es blanca soledad lo que derraman al suelo contagiado de alas secas. La rosa de los vientos he tomado naciendo del escombro. Hay un destino que llama desde el mar y oigo bocinas silbando entre la niebla que clarea. Un nuevo sol desnudo se levanta detrás de los cristales del rocío, un nuevo mar de índigas espumas y cándidas ciudades ribereñas. Recuerdo los naranjos y la aulaga... Ya es vano recordar, que quiero olvido, eterno bebedizo de esperanza y enjambres de hojas verdes en las manos.
"Ese tren que nos lleva"
1999
Resonante,
jadeante
marcha el tren.
A.
Machado
Y ese tren que se va, con ruido alegre
de silbidos y alegres despedidas
lo di ya por perdido.
F. Benítez Reyes
Tantos días de espera, tantas noches de insomnio...
Tanto aspirei, tanto sonhei, que tanto
De tantos tantos me fez nada en mim.
Fernando Pessoa
Tantos días de espera, tantas noches de insomnio,
tantas cartas trucadas, tantos sueños en tumbas,
tantas fotos guardadas en carpetas perdidas.
Tantas copas en bares refugiando el fracaso.
Tantos trenes lejanos y estaciones cerradas,
tantos besos y tantas despedidas de luna
tanta música rota, tanta niebla sonora.
Tanta lluvia encerrada en aljibes de cal.
Tanta muerte en las alas, tanta vida en la cesta
de papeles usados. Tanto fuego en la nada.
Otros, queriendo huir la humana y triste
suerte, en cambiar de climas y de tierras
gastan la edad
Giacomo
Leopardi
No paso dos veces por el mismo sitio.
Ni en un mismo cielo
me
extasío.
Antonio Cillóniz
Todo sigue en su sitio.
Pero el viajero no comprende; trata
de entrar. Abre la puerta.
Y está saliendo siempre de su casa.
Joaquín Márquez
Pensabas que el que deserta de la vida
vive en el desierto
W. Szymborska
Estar así. No temer al tiempo,
ni al hogar, ni al abandono,
ni al residuo que queda
tras un día de silencio.
Desterrar el miedo.
Ni oscuridad, ni viento de cometa
han de abrir estas ventanas.
La madurez supuesta está formada
por signos invisibles de derrota,
por los desnudos ritos
que celebra la ausencia.
Estar así:
la utilidad del pan y la nostalgia
de los atardeceres vivos
cargados de palabras habitadas.
Sepultar las tablas diversas del recuerdo,
que lo que cubre la tierra,
si no es semilla, se pudre.
Estar así. No más temor al destino:
la incertidumbre espesa
de un día de lluvia
al amparo de un sueño
que, seguramente,
nunca habrá de ser cumplido,
nunca, nunca,
nunca habrá de ser cumplido.
* * *
Sentado escucho el tiempo y sus rigores pasar. La ausencia no se llama espera. Aquel que espera el tiempo pasa y fluye borracho de relojes y de miedos. Es una enfermedad inconfesable el irse acostumbrando a la renuncia, besar el vaso estéril del consuelo en las tabernas turbias del olvido. Es bella la derrota si aceptada permite al derrotado reponerse de los fantasmas vanos del fracaso. Al cabo de los días soy la herencia del tiempo que he perdido persiguiendo, del tiempo que he ganado contemplando. * * *
Hoy te escribo porque sé que estás sola
y oyes la radio en una habitación
sin vistas al mar y lees libros
que leíste hace tiempo.
Porque sientes
como si fuera a llegar la noche de inmediato,
la inquietud de una tarde de espera
en la aséptica sala de un dentista.
Hoy te escribo porque sé que estás sola
y se han roto tus sueños,
y tus mitos murieron,
y la tarde está fría y no hay nadie en la calle.
Y menuda miseria asumir los errores
y los golpes al aire, el olor del fracaso,
las arrugas del tiempo y los días perdidos.
Trazas en el espejo
con el lápiz de labios el mapa
trashumante de la vida y lo vuelves
a borrar por retomar de nuevo
el mismo camino que reiniciaste
mil veces. Con el lápiz de labios.
Quién conoce la senda que buscaste,
quién tiene
en la mano la llave que perdiste
muchacha de vaqueros y suéter.
El mar sigue rompiendo en la orilla,
en la misma orilla
por donde andabas descalza
y mirabas –pezones agraces
y alma incendiada-
al horizonte y la bruma.
Hoy te escribo un poema
que tal vez nunca leas,
que tal vez nunca llegue a tu cuarto de humo
donde suena la radio
esta tarde de otoño.
* * *
No soy yo quien escribe estas palabras huérfanas
Oliverio Girondo
Otra vez buenas noches.
Hazme un hueco en mi cama,
un lugar junto al sueño
entre las sábanas lúbricas del silencio.
He pasado la tarde leyendo a Girondo,
contemplando la lluvia detrás de las ventanas
caer como plumas calladas del otoño.
Las arañas ya duermen
en los turbios rincones
de esta casa sin muebles,
y yo vengo dichoso,
y me pesan los ojos.
Sigue sonando la lluvia
y hay goteras antiguas
detrás de las cortinas;
un tambor de pétalos empapando la tierra.
Soy feliz como un viernes al abrigo de un puerto,
como un libro plagado de palabras brillantes.
Mañana, ya mañana,
seguiré esperando no sé qué, esa espera
interminable del huérfano de suelo,
del viajero del tiempo
que ignora su destino.
Ya no sé si soy yo
o el fantasma oxidado de mi nombre en el agua
quien pronuncia estas palabras huérfanas.
No me apagues la luz,
soledad. Buenas noches.
* * *
La vida no es un sueño, tú ya sabes
Jaime Gil de Biedma
Que la vida no es un sueño
ya lo sé desde hace años,
hace ya muchos años, amor,
que la vida no es sueño, ya lo sé,
por mucho que te esfuerces
o me esfuerce
en tus pechos de piedra,
en tus piernas de nieve,
en tu lengua, jengibre,
ginebra y granadina,
Son tus ojos extraños
como flor de la ipomea.
Hermosa calipigia,
la vida definitivamente
no es un sueño, no,
ni habrá momentos, amor,
que levanten todos los huesos de la tierra.
No es más que el tránsito irremediable,
hacia el lagar, de las avispas.
No me canses con arengas ni gramáticas.
No te entiendo, ya lo sabes,
cuando me hablas del edículo
donde la felicidad habita,
ni del estíptico ascensor
que nos transporta a la nada.
No me hables de nihilismo,
panteísmo, hilozoísmo:
son conceptos que traté
y ya he olvidado.
No están los tiempos para arengas, no,
no me hables
del paroxismo de la lírica
ni de las tristes convulsiones de las musas.
No me diagnostiques
ni me radiografíes, pues es esto,
esto es todo lo que hay.
Con tus ojos extraños como flor de la ipomea.
La inmolación de la carne.
Bésame, el alcohol
disfraza el aliento, ¿no notas
el inconfundible sabor metálico
que deja el fracaso en las encías?
Hermosa calipigia,
hace tiempo que la vida no es un sueño,
hace ya muchos años
que la vida no es un sueño,
ni hay paroxismo, mi amor,
que levante todos los huesos de la tierra.
Dame la carne y asumamos el fracaso,
pero antes dime, ¿qué me notas?,
¿me encuentras cínico, eleático,
estoico o peripatético?
* * *
Ese cadáver que plantaste el año pasado en tu jardín,
¿ha empezado a
retoñar?
T. S. Eliot
En noches de olvido como ésta,
en mi propia fiesta y sin dolor,
discreto en la penumbra de la sala,
oigo canciones viejas y converso
con este borracho, invitado de ceniza,
que me acompaña.
Mi casa tiene el calor, en estas noches,
de un cuerpo joven de mujer
entre las sábanas,
y huele al humo de la marihuana
y al aire que tienen las bodegas en septiembre.
Nada hay espectacular en estas noches,
pero entiendo más intensamente
el secreto animal de la existencia
y encuentro hermoso el paso incomprensible
de los años.
No es nada extraño que a veces,
después del abandono de un naufragio,
lleguemos a la costa asidos a un tablero
que despedazamos presto en la derrota
para hacer fuego en la arena
y tendernos junto a él, como una gata,
a dar calor al cansancio.
No es necesario que nadie sepa de qué hablo.
Estoy otra vez sobre la tierra,
pisando con la carne viva de mis pies
esta tierra que amo.
He visitado el infierno,
y de la mano de nadie.
* * *
Hay noches en las que el insomnio avisa
y no te asalta el cuarto por sorpresa,
ni te sostiene los brazos y te asedia.
Hay noches en las que el insomnio avisa
y no se te hace la indolencia extraña
ni el fracaso se torna repentino
en esta soportable habitación deshabitada.
Son noches en las que no te acuestas
y te pasas las horas a las puertas de un poema;
deambulas por la casa y fumas
y te asombras del silencio
que hay detrás de las ventanas.
El latido nómada de tu voz menguada
busca el verso exacto del cansancio
que te permita retornar al desierto
donde fuiste un día mercader de sueños.
Y piensas. Y se te insinúa la vida
en la música, la luz y los cuadernos.
El alcohol de la repisa se te ofrece fácil y barato
como una prostituta triste.
Y amas entonces la música,
y Ella Fitzgerald llora por ti,
y la oyes, y estás contento
de que alguien llore por ti
y de que la desolación no consiga inmutarte.
Te vengas de la vida en la pereza
y haces inventarios de tus sueños
en un poema nuevo
-menos triste de lo que esperabas-
que rompe la placenta y te abandona.
Se va,
se va,
se va
y cierra la puerta
dejándote más solo todavía.
* * *
Hay una luz de claustro en esta foto, de soledad de esperma y de locura, una luz de tormenta de otoño y de colegio de fantasmas. Hay un niño y un mapa y una bola del mundo que lleva años enteros girando en un cajón oscuro. Hay una sonrisa de metal helado, de mercurio de termómetro difunto, un humo de alquimista sonámbulo y misericorde que se forja en el frío de los muertos en vida. En esta fotografía hay cristales rotos de un sueño diezmado y espumas olvidadas de una playa distante. Un suicida podría haber escrito en su reverso la despedida solemne y temblorosa del cansancio y la duda. Mientras, el niño sonríe completamente ajeno al espejismo donde se iban formando en silencio las larvas venenosas de la nostalgia. * * *
Estoy cansado de haber soñado pero no cansado de soñar
F. Pessoa
Quema las fotos de los álbumes,
si tienes,
y rompe los espejos de la casa.
Cierra los armarios con sus llaves
y tíralas al pozo del olvido.
Que tus vecinos no vean
la luz en las ventanas,
ni salgan mensajes de duda
con el humo de tu chimenea.
Cámbiate a un nuevo lugar y sigue
contemplando a tu vez la diferencia
entre el hombre y su sueño de más vida.
Volverás tranquilo y solo
a pasear por las calles extrañas,
pues no te habrá de delatar
tu rostro turbio de actor secundario.
Las puertas a escena
pocas veces se abren.
Deshazte para siempre del guión
y exhibe en la bandeja tu cabeza sangrante.
Lo que pudo ser no ha sido.
« y en esta isla atormentada, / de oscuridad y roca, »
« ¿Cómo era, Dios mío, cómo era? / J.R. Jiménez »
« IV. Oh, / tardes del balcón. Abril. Cuajada »
« V. Si he venido / a colmar de enredaderas »
Ediciones recomendadas para disfrutar de su obra poética completa y estudio crítico: