Poesía Universal

Juan Gil-Albert

Biografía y amplia selección de poemas de Juan Gil-Albert. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Juan Gil-Albert. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Juan Gil-Albert

8 poemas seleccionados
1.

A la poesía

Al fin, 
		rendida entre mis suaves brazos,
me has concedido el don de tus 
		deseos,
¡oh virgen maternal, extraño sueño
que conturba al poeta! 
		Adolescente
yo te rondé, como un antiguo novio
ronda la misteriosa 
		casa amada
y tras de aquellos cercos, algún día,
logré verte 
		pasar, apenas sombra
entrevista en las luces de mis ojos.
Como 
		tantos que aspiraban a hablarte
consumía mi juventud buscando
las 
		palabras que guardan en su fondo
un fulgor inicial, y aventuraba

		mis ramilletes cerca de esos prados
en cuya palpitante lozanía

		enfriábanse duras como piedras
las pruebas de mi amor. Algún aplauso

		premiaba mis desvelos, porque el hombre
conmuévese ante todo lo que 
		rinde
la lucha ajena, mas otros designios
quieren que no haya 
		esfuerzo en esos dones
con que la gracia sabe coronamos
ligera, 
		como el ánimo que envía
viento fresco en el día caluroso,
o hace 
		engendrar al hijo de la gloria
en un raro momento de cansancio.

		Así tú, aprovechando del descuido
de mi ocio, te entraste hasta mis 
		labios
sin que yo lo supiera, igual que ignora
el que duerme la 
		luz de la mañana
mojándole los párpados, y dentro
de su plácido 
		sueño está ya el día.
Délficas desde entonces van sonando
mis 
		graciosas palabras cuando hierve
dentro de mí la extraña fuerza 
		hermosa
que alimentó los juegos de los hombres
por la boca sagrada 
		del tebano
que ensalzó el agua, como un raro olivo
de magnífica 
		sed, la que más tarde,
en la divina siesta del que siempre

		conducirá rebaños, compartía
con él el claro queso. ¡Oh fértil 
		sombra,
que en mi leve saliva depositas
la miel en que renace como 
		un soplo
la antigüedad! De todas las amantes,
sólo en ti el rastro 
		del amor no queda
como una mancha, como un eco oscuro, 
		
y así veo en la huella que ha dejado
la locura de aquel que en su 
		pureza
dialogó con las viejas primaveras
de la divinidad, 
		resplandeciente
la transida cabeza de ese casi
cisne de Suabia 
		envuelto por las brumas
de su melancolía. ¿Cómo el rayo 
		
que aniquila la vida puede a veces
entreabrir en nosotros ese 
		verde
suspiro en que se escapan las canciones
halagadoras? Rudo es 
		el mensaje
para el que canta, mas lo que destruye
su vigor 
		encendido sólo deja,
como trazas de su misión, los suaves
versos 
		que el hombre escucha embelesado,
como esa extraña claridad que flota

		tras la ruin tormenta. ¡Oh poesía!
Un dulce maleficio te estremece

		como alguien que estando entre los dioses
no alcanza su serena y 
		reposante
naturaleza, o bebe la ambrosía
con torvo ceño y queda 
		trastornada
en medio de aquel círculo de fuego
que corona las 
		frentes silenciosas.
Una terrenal ansia comunicas
turbados a los 
		graves comensales
de aquel festín, mientras que hacia la tierra

		arrojas esos grumos del incienso
que exalta el alma y déjala sombría

		de ambiciones; unos y otros luchan
atraídos por el misterio ajeno

		y a través del poeta se contemplan
la faz de la ilusión, mientras 
		expira
por mis labios el genio que te oculta.

		
De "Las iusiones"
2.

A

mis manos


		Formas infatigables de mi alma,
blancos rayos de luz sobre las cosas,

		terrenal soplo abierto, alas mías,
que me arrastráis sin freno ni 
		codicia
por esta indescifrable primavera
del ser, los tactos, la 
		tibieza, el frío,
las formas y el color de sus pasiones,
los más 
		ocultos sinos de la tierra;
¿dónde vais desbocadas, presurosas,
a 
		qué porción del mundo oscurecido,
a qué estelar materia abandonada

		osáis acometer, cual si en los dedos
harpas o púas de un amor 
		ardiente
guiaran vuestros toques extasiados?
La delicia del mundo 
		os acompaña
en ese deambular como a las aves,
que van y toman 
		siempre insatisfechas
de su angustiado vértigo amoroso
y alguna 
		vez detiénense cantando
el repentino goce que las prende
a esa 
		mortal belleza de la tierra.
Así vais y venís, cual alejadas
de mí 
		y mi ajeno rostro entristecido,
entre cosas, materias vulnerables,

		cuerpos, sustancias, posos, ilusiones,
roces enervadores, 
		somnolientos
seres que al ser tocados se despiertan,
superficies 
		hirsutas, densas moles
sin forma ni color que están temblando,

		apariencias hermosas yabsorbentes,
yertos encantos, toscos materiales

		que conservan extraña lozanía,
inmensa exploración de los sentidos

		en las ligeras naves de mis manos.
¿Dónde depositar tales tesoros?

		Poseer, poseer, parece el sino
de vuestra inagotable extravagancia.

		Acumular los dones de la tierra,
los impalpables brotes del pecado,

		los frutos de la nada, los carnales
relámpagos del ser, ¿en dónde 
		ocultos?
¿Dónde lleváis, al son de qué festejos,
de que hastíos 
		solemnes, de qué angustias,
ese espectral tesoro arrinconado,
a 
		qué desván espléndido de polvo,
donde un fantasma llora arrepentido?

		¡Volad, volad, extrañas claridades,
gracias definidoras que 
		sentencian
Con su tacto el valor de lo existente,
ligerísimas 
		hijas de mi cuerpo
que en su graciosa furia enajenada
húndense en 
		el vacío, despertando
el misterioso sueño de la tierra
y después 
		me abandonan los rumores,
el humo, la ilusión, las ansiedades,
el 
		engaño de gracia y de hermosura,
esta ficción alada que construyen

		con sus tristes techumbres c ontra el cielo!
Si tras los años puedo 
		en algún día,
posado en una roca inexistente,
la gran melancolía 
		de los dioses
revelar, meditando hacia la tierra,
diré: Yo te 
		conozco, extraño mundo;
tu horror y tu delicia en el recuerdo
no 
		me dejan gozar en mis alturas
el reposo anhelado. La corona
de 
		terrenales flores no la siento
sobre mi sien desnuda y desolada.

		Manos que reposáis tras los abismos
de espantosas distancias: ¿qué 
		inquietudes
me transmitís, aún yertas en la sombra?


		De "Las iusiones"
3.

A un abanico perdido

Para Lea Pentagna

En las manos del ocio, un breve tiempo

		abriste tu ala blanca, pregonando
el lejano país donde se oculta

		la oriental primavera. Yo podía,
con un antiguo gesto silencioso,

		sentir la palpitante ligereza
del aire en mis mejillas, como vuela

		entre el denso calor adormecido
la errante mariposa. Nunca tuve

		poder más lisonjero que los días
en que en tu frágil cetro de bambúes

		florecían las brisas al deseo
de su mecido dueño. ¿Quién osaba

		rivalizar conmigo un privilegio
tan olvidado, y quién sonríe ahora

		a esos dones trenzados por las gracias?
Breve fue, ¡oh tierno 
		objeto!, la fragante
flor de tu amor, que arranca de las manos
el 
		destino insaciable cuando intenta
hundirnos en distancias infinitas.

		Como un sueño contemplan nuestros ojos
el vacío de algo que brillaba

		como un cuerpo real, y sólo queda
de un tal placer la sombra de una 
		duda,
con tan intensa fuerza evocadora
que visionarios somos de 
		sus tercas
formas desvanecidas. Un aliento
de extraña ligadura nos 
		conmueve
con todo lo que fue, y así tú ahora
transmites al que 
		pulsa el varillaje
de tu inconsciente alma, unos secretos
velados 
		por la lánguida pereza,
y que dan a esa faz que te sonríe,
como yo 
		ayer, el soplo de la vida.

		
De "Las iusiones"
4.

A un arcángel sombrío

Canción

		
Algún día
el sigiloso administrador de la divinidad,
aquel 
		doncel extraño,
descenderá, para llevarme allí
donde su espada da 
		luz a los elegidos
y la radiante oscuridad de sus ojos
satisface 
		la integridad del hombre,
así como la fruta madura
sirve al 
		inextinguible apetito de la muerte.

		
Removerá con su oscuro aleteo
el aire corrompido de la tierra

		dejando que sus candorosos pies
levanten la polvareda de los caminos

		y un viento invernal
hiele el corazón de las criaturas
y haga caer 
		como frías muecas de consumación
los viejos ramajes de los árboles.

		
Dejará que los que le temen
oculten su vergüenza en la penumbra

		y acallando sus pechos 
		
musiten las plegarias que destinan
al huracán que arranca las 
		cosechas
o a la pálida peste
que devora a sus hijos.

		
La vida que despierta,
el inclemente pasmo de su felicidad,

		borrará pronto las huellas
de tanto horror,
y una radiante luz 
		estacionada,
un nimbo clarividente y majestuoso
delatará a los 
		hombres
que allí vive el elegido de su corazón,
y nadie osará 
		desplegar los labios
ni cruzar con la irrespetuosa cabeza cubierta

		por aquel vergel intransitable y quieto
donde se celebran las nupcias 
		perennes del amor.

		
El murmullo de la vida
discurre bajo los apagados mármoles 
		eternos,
y las flores que crecen
en los cercos de aquel confín

		ostentan un no sé qué de repleto y magnífico,
y el balanceo de sus 
		tallos
adquiere allí toda la gentileza de lo irremediable.

		
¡Venturoso el corazón que alberga
tu terrible placidez!

		Aquellos sobre los que has descendido libremente
-como en nuestra 
		melancólica tierra
solemos encontramos,
cual insospechado vestigio 
		de tu existencia,
las encantadoras criaturas
sobre las cuales 
		posamos nuestros ojos
con angustia mortal-
tendrán al fin 
		aprisionado
en el frágil reducto de su cuerpo
tu luz 
		enternecedora,
el filo de tu espada que da vida,
yen torno a sus 
		mudas frentes de placer
el aleteo negro de tu fruición
estará 
		moviendo aquellas lacias cabelleras deseadas.

		
Así reinas,
divino ser del universo,
sobre aquellos que te 
		amaron ciegamente
a través de las apariencias.


		De 
		"Las iusiones"
5.

El lujo

Balada


		«¿Dónde estás, dónde, en qué país extraño
has ido a hundir el rostro 
		venerable
en el agua que aniña y que refresca
los insignes 
		harapos? ¿A qué tierra

		
ignorada del hombre te volviste,
llorando los caudales 
		misteriosos
de una gran deserción, de una congoja
de algo viejo y 
		pesado que se hunde?

		
¿Por qué caminos fuiste abandonando
el gran oro del sol, cuando 
		mirabas
temblar la tierra, llena del reflejo
de tus antiguos ojos 
		de esmeralda?»

		
Pocos recuerdan ya tus esplendores,
algún anciano amable, alguna 
		dama
que acaba de expirar te sonreía
en su dichoso espejo. Y eso 
		es todo.

		
Tus huellas más recientes se han perdido
entre la ciudadana 
		indiferencia
de este gran malestar, y algún objeto
sale a veces 
		cual lívido fantasma

		
hasta el ceño y encono de unos ojos
endurecidos. Polvo y 
		terciopelo
son hoy tristes hermanos que se aman.
Mas nosotros 
		seguimos el camino.

		
Y sin embargo yo te recordaba,
porque de niño pude vislumbrarte

		cuando, tus equipajes preparados,
brilló una extraña cola tras la 
		puerta

		
del dorado salón. Yo nunca supe
si eras hombre o mujer, porque 
		fue un goce
tan cálido aquel soplo amarillento
que tenía delante, 
		que confieso

		
me perdió, cual trastorno, una molicie
fría y severa en torno a 
		unos modales
cuyo recuerdo guardo como un santo
la verdad 
		revelada. Ví un sombrero

		
tan hermoso, posado en la cabeza
de un ser extraordinario, con 
		sus plumas
de bengala caídas con un dejo
de tal inolvidable 
		negligencia,

		
que me rendí a la sombra de su influjo
ceremonioso. En una mesa 
		antigua 
		
vi unos guantes en tono de canela 
escarchados de perlas 
		diminutas.

		
Ajetreadas gentes se movían
sobre un musgo de púrpura, y abajo

		de los anchos balcones esperaban
los landeaux, entre un humo 
		delicioso

		
de caballos que piafan impacientes
con sus sombrías riendas 
		perfumadas,
y el primitivo fuego en las antorchas
de los ujieres, 
		pálidos de muerte.

		
La voz timbrada de una dulce amiga
me dijo adiós, y al ir con 
		reverencia
a besarle la mano en que oprimía
un haz de violetas 
		como el cetro

		
de una divinidad, vi tras los velos
espesos que cubrían su 
		semblante
como un tigre que enfunda su fiereza
con felina 
		elegancia. Nunca supe

		
si era hombre o mujer. Salieron todos
con un frou-frou radiante 
		de festines
y bailes, algo lúgubres en cambio.
Oí que los cocheros 
		repetían:

		
«¡Hacia San Petersburgo!» En poco tiempo
todo había pasado. Y 
		estas luces,
que alumbran como estrellas en el cielo
el tétrico 
		paisaje de la Historia

		
se irán helando en siglos y distancias,
en silencioso polvo 
		diamantino,
cual una nebulosa diadema
inalcanzable al ansia del 
		arqueólogo.
6.

Himno

a la castidad


		La canción ignorada entre las valvas
del corazón sospecho floreciente

		como un ímpetu ciego que me tienta.
Que sea no lo sé, pero me llama

		esta fruición oculta que sorprendo
dentro de mí tendiéndome en sus 
		brazos
como en lecho de sierpes entre cercos
de algún rosal. 
		Tristeza o alegría,
no sabría decirlo cuando sopla
un viento 
		rumoroso en que vacila
el torpe sueño y déjame sumido
en una 
		despiadada trascendencia,
mientras yo estoy rendido y arrullado

		por unas leves coplas que acompañan
al feliz corazón. ¿Qué inarmonía

		junta la desazón y el entusiasmo
en estas largas noches en que gime

		la castidad? Las voces interiores
dícenme un embeleso de palabras

		que cual un vino sienten derramarse
por los lánguidos miembros. Vanas 
		ansias
del pecador mordido por el fuego
de aquella fuerza ignota 
		cuando sangran
sus ilusiones. Mas todo se nubla,
y suspenso en su 
		flor se desvanece
si una voz misteriosa nos convida
a sonreír 
		cubiertos de laureles
como un fiel desposado al que se rinde
la 
		falaz apariencia.
7.

La

canción


		Presiento una larga noche de silencio,
una pausa misteriosa sin 
		palabras,
como si unos brazos doblados como plumas
recogiéranse de 
		nuevo en su originaria mudez.

		
Lo que se habla al mandato de la poesía
no da luz al que dice sin 
		quererlo
esas aterradoras resonancias antiguas
enviadas como rayos 
		sobre la paciente humanidad.

		
Caída su lumbre en el corazón de quien la escucha,
¿qué queda en 
		aquel que vio fluir de su mano
la chispa de los grandes designios?

		Una nube de cenizas ciega sus ojos,

		
como los nubarrones se oscurecen
tras el alumbramiento fugitivo

		de la tempestuosa tormenta. Luego callan,
más seductores en su 
		enigmático mutismo.

		
Tan sólo la embriaguez de unos momentos
tienta al canto motivo de 
		su ser. Y cuando cesa
un poeta de hablar esos oscuros signos que 
		despiertan
el terror o las ávidas pasiones en los mortales 
		indefensos,

		
todo él enmudece como una piedra prestigiosa
y ciémese sobre la 
		vida una bonanza, un cierto fresco
que engaña a quienes se recrean 
		bajo su sombra,
porque en su seno hierven peligrosas las canciones 
		venideras.

		
De "Las iusiones"
8.

La higuera

(Apunte para una oda anacreóntica)

No sé si era nostalgia.

		El amor y el recuerdo
estaban confundidos en mi ser.
Entrelazados 
		quedarán en la memoria
como un sueño que resplandece,
y el corazón 
		seguirá ignorando
el origen de tanta clemencia.

		
¡Crepitante laxitud
que enalteces mi desfallecimiento,
mi 
		mísera condición terrenal!
Bajo tu sombra morada
descansé un día, 
		venturoso,
y en el olor caliente de tu existencia
me anegué de 
		desesperación
porque el sol ácido
ponía un cerco de mortalidad

		al amoroso refugio.

		
Cabellos tan frescos como los pámpanos
entre cuyo follaje 
		tentador 
		
crece el higo, más triste que la soledad; 
dulce y caliente es la 
		clara miel
de su boca,
y entre sus labios maduros
busca el 
		poeta el sabor de lo irremediable.

		
¡Ah, las alas de oro,
los listados cuerpecillos de las abejas,

		cuyos besos de fuego se cumplen
y en cuyo amor se apaga
el 
		centelleo de la divinidad!
Si mis versos os siguen con admiración

		y aspiran a eternizar este recuerdo
del ser a quien amo,
es que 
		mis alas son las palabras,
y sin ellas caigo desvanecido en un torpe 
		sueño.


		De 
		"Las iusiones"

Versos y pensamientos de Juan Gil-Albert

4 citas
« Al fin, / rendida entre mis suaves brazos, »
Juan Gil-Albert · A la poesía
« mis manos / Formas infatigables de mi alma, »
Juan Gil-Albert · A
« Para Lea Pentagna / En las manos del ocio, un breve tiempo »
Juan Gil-Albert · A un abanico perdido
« Algún día / el sigiloso administrador de la divinidad, »
Juan Gil-Albert · A un arcángel sombrío
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