Poesía Universal

Joseph Brodsky

Joseph Brodsky es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras c...

Biografía lírica

Vida

Joseph Brodsky es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.

Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.

Lírica y Versos

Poemas de Joseph Brodsky

10 poemas seleccionados
1.

A Eugenio

En cualquier elemento el hombre

		                                    
		es tirano, prisionero o traidor...

                                                                                
		A. Pushkin


		Yo estuve en México, 
		escalé las pirámides

		impecables moles geométricas

		desparramadas por el istmo de Tehuantepec.

		Quiero creer que las hicieron visitantes del cosmos

		pues estas obras suelen edificarlas los esclavos

		y el istm0 está cubierto de hongos pétreos.


		Los ídolos de arcilla 
		son tan fáciles

		de falsificar que propician rumores.

		Bajorrelieves varios, con cuerpos de serpientes

		y el alfabeto indescifrable de una lengua

		que ignoró siempre la conjunción o.

		¿Qué contarían si empezaran a hablar?

		

		Nada. En el mejor de los casos, las victorias

		sobre tribus vecinas y cabezas partidas.

		Que la sangre del hombre vertida en el altar

		del Dios del Sol le fortalece un músculo.

		Que el sacrificio nocturno de ocho jóvenes fuertes

		garantiza el alba con mayor seguridad que un despertador.

		

		De cualquier modo es preferible la sífilis o las fauces

		mortíferas de aquellos unicornios de Cortés, al sacrificio.

		Si te toca en suerte alimentar con tus ojos a los cuervos

		es preferible que el asesino sea asesino y no un astrónomo.

		En general, sin esos españoles es muy poco probable 

		que hubiesen llegado a tener la certeza 

		de que alguna cosa les había pasado.

		

		Es aburrido vivir, querido Eugenio. Dondequiera que vas

		la estupidez y la crueldad te siguen.

		Me da pereza encerrar eso en versos.

		Como dijo el poeta: «En cualquier elemento...».

		¡Qué lejos vio desde sus marismas natales!

		Yo agregaría: en cualquier latitud.


		1975


		De "No vendrá el 
		diluvio tras nosotros" (Antología 1960-1996)

		Versión de Ricardo San Vicente
2.

Amicum-philosophum de melancholia, mania et plica polonica

(«Al amigo-filósofo, de la manía, de la melancolía y de la plica

		polaca»: título de un tratado del siglo XVIII que se conserva en la

		biblioteca de la Universidad de Vilnius. [Nota del autor.])

		

		Insomnio. Un trozo de mujer. Un vidrio

		repleto de reptiles que se abalanzan hacia afuera.

		La locura del día se desliza del cerebelo

		al cogote donde ha formado un charco.

		En cuanto te meneas, el interior percibe

		como en este lodo helado alguien

		sumerge una pluma fina

		y lentamente traza «maldición»

		con letra que se tuerce en cada curva.

		El trozo de mujer con crema

		suelta al oído palabras largas

		como una mano en mugrientas greñas.

		Y tú en las sombras estás solo, sobre la sábana

		denudo, como un signo zodiacal.


		1971


		De "No vendrá el 
		diluvio tras nosotros" (Antología 1960-1996)

		Versión de Ricardo San Vicente
3.

Canción de amor

Si te estuvieras 
		ahogando, acudiría a salvarte,

          a taparte con mi manta y 
		a ofrecerte té caliente.

		Si yo fuera comisario, te arrestaría y te

          encerraría en una celda 
		con la llave echada.


		Si fueras un pájaro, 
		grabaría un disco

          y escucharía toda la 
		noche tu trino agudo.

		Si yo fuera sargento, tú serías mi recluta

          y, chico, te aseguro que 
		te encantaría la instrucción.


		Si fueras china, 
		aprendería tu idioma, quemaría

          mucho incienso, llevaría 
		tu ropa rara.

		Si fueras un espejo, asaltaría el baño de las señoras,

          te daría mi lápiz rojo de 
		labios y te soplaría la nariz.


		Si te gustaran los 
		volcanes, yo sería lava

          en constante erupción 
		desde mi oculto origen.

		Y si fueras mi esposa, yo sería tu amante,

          porque la Iglesia está 
		firmemente en contra del divorcio.


		Versión de Alejandro 
		Valero
4.

Carta a un amigo romano

(De Marcial)


		Sopla el viento hoy, 
		las olas se encaraman.

     Se acerca el otoño y trocará toda la vista.

		Y, Póstumo, este mudar de tonos te llega más al alma

     que ver cómo se cambia de vestido la amiga.

		

		De una doncella gozas hasta un punto cierro,

     que no supera el codo, la rodilla.

		Cuánta más dicha en la belleza ajena al cuerpo:

     a salvo del abrazo, la perfidia.


		*

		

		Te mando Póstumo, estos escritos.

     ¿Y en la capital? ¿La cama te hacen blanda, o te 
		resulta dura?

		¿Qué es del César? ¿Sigue aún con sus intrigas?

     Con ellas sigue, imagino, y con su gula.


		Me encuentro en mi 
		jardín, arde una tea.

     Sin una amiga, sin siervos, sin afectos.

		Y en lugar de los pequeños y grandes de la tierra,

     suena en concierto un zumbar de insectos.

		

		*


		Aquí yace un mercader 
		de Asia. El mercader valía;

     era hábil, aunque fuera discreto.

		Murió deprisa: de unas fiebres. A hacer negocio había venido

     y no, ciertamente, a acabar en esto.


		Junto a él yace un 
		legionario bajo un cuarzo grueso.

     Dio gloria al Imperio en la batalla.

		¡Pudo caer tantas veces! Pero murió de viejo.

     Tampoco aquí, mi Póstumo, hay norma que valga.

		

		*

		

		Tal vez una gallina, en verdad, no llegue a ave,

     mas hasta con su seso te lloverán los palos.

		Si por fortuna en tierras del Imperio naces,

     mejor que vivas junto al mar, en un rincón lejano.

		

		Lejos del César, de fieros nubarrones,

     de la adulación, el miedo, la premura.

		¿Que todos sus gobernadores, dices, son ladrones?

     Mejor quien roba que el que tortura.


		*


		Acepto esperar contigo 
		que pase el aguacero,

     hetera, pero sin regateos de mercado:

		cobrar de quien te está cubriendo el cuerpo

     es como reclamar las tejas a un tejado.

		

		¿Tengo goteras, dices? Mas ¿y la prueba del delito?

     No he dejado charco alguno en mi vida.

		Verás, el día en que encuentres un marido,

     como te dejará las sábanas perdidas.


		* 


		Ya ves, ya hemos 
		recorrido media vida.

     Como me dijo un viejo esclavo en la taberna:

		«Mirando alrededor tan sólo vemos ruinas».

     Dura opinión, lo reconozco, pero cierta.


		Estuve en las montañas. 
		Un ramo aderezo con las flores.

     Un jarro he de hallar, llenarlo de agua fresca...

		¿Por Libia cómo va, mi Póstumo, o dónde te encuentres?

     ¿Será posible que aún siga la guerra?

		

		*

		¿Recuerdas, Póstumo, la hermana que el gobernador tenía?

     Aquella delgadita, pero de gruesas ancas.

		Llegaste a dormir con ella... Ahora es sacerdotisa.

     Sacerdotisa, Póstumo, y con los dioses habla.

		

		Ven, tomaremos vino, de pan acompañado.

     O con ciruelas. Me contarás las nuevas.

		Te pondré el lecho en el jardín, bajo el cielo despejado

     y te diré cómo se llaman las estrellas.

		

		*

		

		Mi Póstumo, pronto tu amigo, amante de las sumas,

     su vieja deuda pagará a tanta resta.

		Encontrarás dinero bajo el cojín de plumas;

     para el entierro al menos basta, me parece.

		

		Ve en tu yegua negra donde las heteras viven,

      allá, donde la villa alcanza la muralla.

		Y págales lo mismo que por su arte piden,

     para que por suma igual lloren mi marcha.

		

		*

		

		El verde del laurel que el temblor alcanza.

     De par en par la puerta y polvo en la rejilla.

		La silla, abandonada, vacía la estancia.

     Y una tela que bebe el sol del mediodía.


		El Ponto ronca sordo 
		tras los pinos negros.

     Combate con el viento un buque junto al cabo.

		En un reseco banco se sienta Plinio el Viejo.

     Murmura quedo un mirlo en un ciprés crespado.


		Marzo de 1972


		De "No vendrá el 
		diluvio tras nosotros" (Antología 1960-1996)

		Versión de Ricardo San Vicente
5.

Divertimento mexicano

A Octavio Paz

		

		Cuernavaca

		

		En el jardín donde M., un protegé francés

		mantuvo a una beldad de espesa sangre indígena

		hoy canta un hombre venido de muy lejos.

		En el jardín tupido como un trazo cirílico

		un mirlo nos recuerda al ceño cejijunto.

		El aire de la noche suena como cristal.

		

		El cristal ya está roto, notémoslo de paso.

		Aquí Maximiliano fue emperador tres años.

		Introdujo el cristal, la champaña, los bailes

		y todas esas cosas que adornan la existencia.

		Pero la infantería de los republicanos

		lo fusiló después. Dolorosos graznidos

		

		llegan del denso azul.

		Los campesinos sacuden sus perales.

		Tres patos blancos nadan en el estanque.

		El oído percibe en la hojarasca

		la jerga de las almas que conversan

		en un infierno densamente poblado.

		

		*

		

		Omitamos las palmas. Destaquemos el sauce.

		Imaginemos que M. deja a un lado la pluma,

		se despoja, sereno, de su bata de seda

		y se pregunta lo que hará su hermano

		Francisco José (también emperador),

		mientras silba, quejoso, Mi marmota.

		

		«Saludos desde México. Mi esposa

		enloqueció en París. En las afueras

		de palacio oigo tiros, crepitan las llamas.

		La capital, querido hermano, está rodeada

		y mi marmota, fiel, permanece conmigo.

		El revólver, de moda, ha vencido al arado.

		

		Qué otra cosa decirte, la caliza terciaria

		es famosa por ser un suelo hostil.

		Agreguémosle a esto el calor tropical

		donde los disparos son la ventilación.

		Se resienten mis pobres pulmones y riñones,

		sudo tanto estos días que se me cae la piel.

		

		Como si fuera poco, se me antoja largarme,

		extraño demasiado nuestros tugurios patrios.

		Envíame almanaques y libros de poemas.

		Todo parece indicar que ya di con la tumba

		en donde una marmota será mi compañía.

		Mi mestiza te manda los debidos saludos.»

		

		*

		

		Julio llega a su fin y se oculta en la lluvia

		como un conversador entre sus pensamientos,

		lo cual, por supuesto, nada afecta a un país

		con mucho más pasado que futuro.

		Una guitarra gime. Las calles tienen lodo.

		Un paseante se hunde en un velo amarillo.

		

		Incluido el estanque, todo se ha enyerbado.

		Alrededor pululan culebras y lagartos.

		En las ramas hay pájaros con nidos y sin ellos.

		Todas las dinastías declinan por la cifra

		tan grande de herederos y la falta de tronos.

		El bosque nos invade como las elecciones.

		

		M. no reconocería el lugar. No hay bustos

		en los nichos, los pórticos están desvencijados,

		los muros desdentados muerden la ladera.

		Puedes saciar la vista, mas no los pensamientos.

		El parque y el jardín se convierten en selva.

		De los labios se escapa una palabra: "Cáncer».


		1975

		

		De "No vendrá el diluvio tras nosotros" (Antología 1960-1996)

		Versión de 
		Ricardo San Vicente
6.

1985

El busto de Tiberio

		

		Yo te saludo, pasados dos mil años.

		También tú fuiste marido de una puta.

		Es algo que tenemos en común. Por lo demás,

		en torno a ti está tu urbe. Estruendo, coches,

		chusma con jeringas en húmedos portales,

		ruinas. Yo, un viajero del montón,

		saludo ahora tu busto polvoriento

		en la desierta galería. Ah, Tiberio,

		aquí no alcanzas ni los treinta. Del rostro

		mana la confianza de quien domina el músculo

		más que el futuro de su suma. Y la cabeza,

		que el escultor cortara en vida,

		muestra en esencia el augurio del poder.

		Todo lo que queda bajo el mentón es Roma:

		provincias, cohortes y también rentistas,

		más un sinfín de infantes que besan tu aguijón

		-placer en clave de la loba

		que alimenta a los críos Remo

		y Rómulo-.(¡Los mismos labios!,

		musitando, dulces, inconexos

		entre los pliegues de la toga. ) A fin de cuentas:

		un busto en señal de independencia entre cuerpo y cerebro.

		De hecho, incluido el del Imperio.

		De dibujar tú mismo tu retrato,

		sería todo él circunvoluciones.

		

		Aquí no alcanzas ni los treinta. Nada

		en ti detiene la mirada.

		Ni, a su vez, tu firme observar

		está dispuesto a detenerse en algo:

		ni en rostro alguno ni en un

		paisaje clásico. ¡Ah, Tiberio!

		¡Qué más te da lo que rezonguen

		Tácito o Suetonio en busca de las causas

		que te hicieron cruel! No hay causas en el mundo,

		tan sólo efectos. Los hombres son sus víctimas.

		Y sobre todo en las mazmorras donde todos confiesan;

		no en vano confesar bajo tortura,

		como las confidencias del niño,

		se torna monocorde. Lo mejor es

		no tener nada que ver con la verdad.

		Por lo demás, ésta no eleva. A nadie.

		Menos aún al César. Al menos,

		tú apareces más capaz de ahogarte

		en tu baño que por una gran idea.

		Y en general, ¿ser cruel no es acaso

		precipitar tan sólo el común destino

		de toda cosa, o la caída libre

		de un cuerpo simple en el vacío? En él

		siempre acabas en el momento de caer.

		No vendrá el diluvio tras nosotros

		

		Enero. Un aluvión de nubes

		sobre la invernal ciudad a modo de mármol sobrante.

		El Tíber, que huye de la realidad.

		Las fuentes, que echan agua hacia el lugar

		de donde nadie mira, ni cómo quien no ve,

		ni entornando la mirada. ¡Es otro tiempo!

		Y no hay modo de atrapar al lobo

		enloquecido. ¡Ah, Tiberio!

		¿Quiénes somos nosotros para ser tus jueces?

		Has sido un monstruo, mas fiera impasible.

		Pues la naturaleza, cuando crea sus monstruos

		-las víctimas jamás-, los plasma, no obstante,

		a semejanza suya. Más nos vale mil veces

		-si escoger nos es dado-

		que venga a destruirnos un engendro del infierno

		antes que un neurasténico. Con treinta sin cumplir,

		el rostro hecho en piedra, cara rocosa,

		creada para dos milenios,

		te asemejas a un instrumento natural

		de exterminio, y en nada a un esclavo

		de pasión humana alguna, o a un forjador de ideas

		y demás. Y defenderte de las invenciones

		es como proteger al árbol de sus hojas,

		con su complejo de que ellas son, entre susurros

		inconexos pero claros, mayoría.

		En la desierta galería. En mediodía gris.

		El ventanal tiznado con las luces del invierno.

		El ruido de la calle. Ajeno por completo

		a la textura del espacio, el busto...

		¡No puede ser que no me oigas!

		Pues yo también huí, sin mirar hacia atrás,

		de todo lo que me había sucedido; me convertí en isla

		con sus ruinas, sus cigüeñas. También me esculpí

		el rostro por medio de un candil.

		A mano. Y lo que llegase a decir,

		lo que haya dicho, a nadie le interesa,

		y no en su momento, sino hoy mismo.

		¿No es esto también un modo de acelerar

		la historia? ¿No es un intento -logrado por desdicha-

		de colocarse el efecto delante de la causa?

		Y además, también en el total vacío,

		lo cual no garantiza un gran aplauso.

		¿Arrepentirse? ¿Rehacer tu suerte?

		¿Jugar, como se dice, con otra baraja?

		Pero, ¿vale la pena acaso? La lluvia radiactiva

		nos cubrirá no mucho peor que tu historiador.

		¿Y quién vendrá a maldecirnos? ¿Una estrella?

		¿La luna? ¿Una termita enloquecida por

		las incontables mutaciones, de tronco fofo, eterna?

		Todo es posible. Pero, cuando, como un objeto duro,

		se tope con nosotros, ella también, tal vez,

		algo turbada, detendrá la excavación.


		«Un busto -exclamará en 
		el lenguaje de las ruinas,

		del músculo abreviado-, un busto, un busto.»


		1985


		De "No vendrá el 
		diluvio tras nosotros" (Antología 1960-1996)

		Versión de Ricardo San Vicente
7.

El explorador polar

Todos los perros 
		devorados. En el diario

		no queda una hoja en blanco. La foto de la esposa

		se cubre de palabras a modo de rosario,

		clavado en su mejilla el lunar de una fecha dudosa.

		Le sigue la foto de la hermana. Tampoco la respeta:

		¡se trata de la latitud alcanzada! Y, cada vez

		más negra, por la cadera trepa la gangrena

		como la media de una corista de varietés.

		

		22 de julio de 1978


		De "No vendrá el 
		diluvio tras nosotros" (Antología 1960-1996)

		Versión de Ricardo San Vicente
8.

El fuego, oyes, se empieza a apagar...

El fuego, oyes, se empieza a apagar.

		En los ángulos las sombras se agitan.

		Y ya no hay modo de poderlas señalar,

		gritarles que se queden quietas.

		Cerrando filas, se han puesto a formar.

		No, esta hueste no atiende a palabras.

		Silenciosa avanza de cualquier rincón

		y yo de pronto he ocupado el centro.

		Más altas cada vez, signos de exclamación,

		las explosiones de tinieblas se elevan.

		La noche arruga el papel hasta el mentón

		de lo alto, cada vez más densa.

		Se han esfumado las agujas del reloj.

		Y éste no se ve, ni se oye siquiera.

		Y aquí no ha quedado más que el brillo ocular,

		inmóvil, detenido. Detenido.

		El fuego se apagó. Lo oyes: se apagó.

		El humo ardiente vuela por el techo.

		Mas no huye de la vista este fulgor.

		O, mejor dicho, no deja las tinieblas.


		1962 


		De "No vendrá el 
		diluvio tras nosotros" (Antología 1960-1996)

		Versión de Ricardo San Vicente
9.

3.

Conversación 
		en el salón de pasajeros


		«¿El archiduque? ¡Un 
		monstruo, sin duda! Aunque, si bien lo

		miras,

		es imposible negarle al hombre cierta virtud...»

		«Los esclavos critican al señor. Y los señores, la esclavitud.»

		«¡Qué círculo vicioso!» «¡No, más bien un salvavidas!»

		«¡Espléndido jerez!» «Toda la noche sin poder dormir.

		Qué sol más horroroso. Me ha quemado los hombros, el bandido.»

		«¿... y si se ha abierto una vía de agua? Como he leído, puede ocurrir.

		¡Figúrese que se ha abierto una vía y empezamos a hundirnos!»

		

		«¿Ha naufragado alguna vez, teniente?» «Nunca. Pero me mordió

		un tiburón.»

		«¿Sí? Qué curioso... Pero, imagínese que empieza a entrar

		agua... Y figúrese que...»

		«Quién sabe, tal vez el trance obligue a asomarse a la cubierta

		a la del I 2-B.»

		«¿Quién es?» «Viaja en el barco a Curaçao, es hija del gobernador.»


		* * *
10.

1976

4. Conversaciones sobre 
		cubierta

		

		« Yo, profesor, también de joven tenía el ideal

		de descubrir alguna isla, no sé, algún bacilo, una fiera...»

		«¿Y qué se lo impidió?» «Es que la ciencia me supera.

		Y luego además, esto, lo otro.» «¿Perdón?» «¡Aaah... el vil metal.»

		

		«Porque, ¡¿qué es el hombre?! ¡No más que un mosquito, la verdad!»

		«Y dígame, monsieur, ¿en Rusia qué, resulta que hasta tienen 
		goma?»

		«¡Voldemar, estése quieto! ¡Me ha mordido, Voldemar!

		No olvide que si yo...» «Cousine, ¿verdad que me perdona?»

		

		«Oye, chaval.» «¿Qué hay?» «¿Qué será eso, lejos? ¿Ves?»

		«¿Dónde?» «Allí, a la derecha.» «No veo.» «Ah, diría...

		Parece una ballena. ¿No tiene nada para envolver?» «No, sólo

		el diario del día...

		¡Pero si crece! ¡Mira!... Es inmens...»


		1976


		De "No vendrá el 
		diluvio tras nosotros" (Antología 1960-1996)

		Versión de Ricardo San Vicente

Versos y pensamientos de Joseph Brodsky

4 citas
« A. Pushkin / Yo estuve en México, »
Joseph Brodsky · A Eugenio
« polaca»: título de un tratado del siglo XVIII que se conserva en la / biblioteca de la Universidad de Vilnius. [Nota del autor.]) »
Joseph Brodsky · Amicum-philosophum de melancholia, mania et plica polonica
« Si te estuvieras / ahogando, acudiría a salvarte, »
Joseph Brodsky · Canción de amor
« (De Marcial) / Sopla el viento hoy, »
Joseph Brodsky · Carta a un amigo romano
Biblioteca poética

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