Poesía Universal

José María Valverde

Biografía y amplia selección de poemas de José María Valverde. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de José María Valverde. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de José María Valverde

10 poemas seleccionados
1.

Cuando vengas, cogiéndote la mano...

Cuando vengas, cogiéndote la mano,
volveré a 
		recorrer mi historia muerta;
pasaremos la misteriosa puerta
que 
		guarda mi cadáver cotidiano.

		
Iremos por las viejas avenidas
del parque de mis sueños, por mi 
		infancia
de pasillos en sombra... Y tu fragancia
cerrará allí sus 
		prístinas heridas.

		
¡Cómo me besarás en el pasado
cuando beses allí la pura frente

		del fantasma de un niño pensativo!

		
Verás mi origen, para ti guardado,
que me puedes curar, tú 
		solamente,
de todo lo que fue, el dolor aún vivo.


		De "Nuevas elegías. 
		Anticipo"
2.

El silencio

Yo te espero, mi amor, para el silencio.
¿Para qué cantar más cuando 
		ya seas cierta?

		
Cansado de gritar de maravilla,
cansado del asombro sin palabras,

		me callaré despacio, como el niño feliz
que se duerme, en las manos 
		el juguete.

		
Tardarás mucho tiempo en dormirme del todo,
en borrarme los 
		últimos recuerdos que me hieren,
lentísimos recuerdos sin forma ni 
		sustancia;
sombra más bien, o sangre y carne casi,
con raíces que 
		entraron mientras iba creciendo.

		
Y tendré el blanco sueño de la infancia
desde el que hablaba a 
		Dios, aun a mi lado;
aquel sueño, tan cerca de la muerte,
que 
		podía llegar, serena, clara,
a volverme a mi origen, aun casi en el 
		recuerdo.

		
Sueño que no será como el de ahora,
lleno de ávidos pozos, de 
		agujeros
que de repente se abren a la nada;
porque tendrá, 
		disuelta en su materia,
como nana de madre,
tu voz muda, la luz de 
		tu existencia,
tapizando las salas de mi sueño.

		
No me pidas que cante cuando vengas.
Cansado estoy del canto. Tú 
		has de ser la paz última
el blanco umbral de Dios...

		
Sólo oirás mi silencio, como rumor de fuente,
como la paz de un 
		lago, creada por tus manos,
trayéndote el reflejo de Dios para 
		alabarte.
Confundidas las almas
en las anchas llanuras del 
		silencio, en su noche
sin borde, esperaremos...

		
Publicado por primera vez en «Fantasía» n° 17, 1945


		De "La espera"
3.

El umbral

Mírala aquí delante.
Es la playa donde empieza el extraño
mar de 
		la realidad. Toma su mano breve
y déjate llevar sin preguntar.

		
Esta mirada clara
ya la habías soñado; este cabello
rubio 
		tiene la luz de tu ilusión más niña,
y, sin embargo, nada se parece.

		
No te sirve, ahora tienes
que comenzar por la primera letra.

		Anda, llama a tus sueños, amánsalos, resígnalos
a fermentar ya 
		hacerse de verdad.

		
Y tú, sal de tu miedo
antiguo, corazón, pasa el umbral
sin 
		agacharte, ten valor para la dicha,
acepta la hermosura; ya eres 
		hombre.

		
Échate a las espaldas
tu cariño empeñado en ser amor,
tu 
		ceguedad, tu mundo; toca a Dios en su peso,
única voz que de El 
		podrás sentir.

		
Anda, obedece y calla,
porque para eso fuiste siempre niño

		bueno y sumiso; haciendo la costumbre y el símbolo
de esta nueva 
		obediencia más profunda.

		
Sí, ahora eres digno
de la vida. Hasta ella te ha elevado
tu 
		soñar doloroso de adolescencia, como
una oración que pide lo que 
		ignora.

		
Y no por prepararte
-ya ves todo qué extraño, qué distinto-,

		sino por esa gota de nobleza en los ojos
con que vas a aprender la 
		realidad.

		
De "La espera"
4.

Elegía

1
Hoy, cuando vuelvo 
		apenas del reino de las sombras,
y de nuevo las cosas son seguras,

		oh muchacha, te he visto.
Y ya sé que no entiendes en mis ojos
su 
		hondo gesto de náufragos, su angustia, sin motivo
si la mañana es 
		clara y somos jóvenes.
Yo no sabría hablarte del reino de lo oscuro;

		de la noche, del miedo, del demonio y la muerte.
Ay, yo no sé decir 
		lo que me mata,
esta luz en las cosas y en la vida,
este anhelo de 
		algo
que soñé no sé dónde, y me consume
y me aparta de ti.
Por 
		eso me mirabas extrañada,
conteniendo tu aroma
como la flor que ve 
		pasar al toro.

		
Tú eres lo que he perdido. Y no me entiendes.
Tienes la misma luz 
		de mis sueños eternos.
Y al mirar hacia ti, como al hogar de niño,

		sé que te doy terror.
Yo, junto a ti, soy como
la tiniebla 
		nocturna que llama a las ventanas
aterrando a los hombres;
y lo 
		cierto es que llora y quiere solamente
entrar al dulce amor, al fuego 
		diminuto,
a la luz ya la dicha con orillas
de que fue desterrada 
		en el principio.

		
Me llevaré tu imagen solamente.
Tú no puedes saber lo que vale un 
		recuerdo,
una imagen suavísima a través de los años,
que apenas 
		recordamos cómo era,
pero, de pronto, surge en medio de lo triste,

		como un dulce relámpago;
no con su rostro, no con sus facciones,

		sino con una mezcla de sonrisa y mirada
en forma de luz de oro,
de 
		luz de dicha antigua, de inocencia,
de lo que no hallaré, del fondo 
		de mis sueños;
luz de origen, de Dios.

		
2
Siempre en mí quedarás de esta manera:
con una claridad de 
		mañana de octubre
remansada en rincones,
con tu suave luz de oro, 
		yesos ojos
que me miran con desconcierto de ave.

		
Tú te irás por la vida;
cruzarás muchos ríos, luminosos y 
		oscuros,
estarás triste a veces, otras veces alegre,
algún día 
		gozando, casi eterno, el instante,
y otro día volviendo tus brazos al 
		recuerdo.

		
Verás paisajes, muertes, primaveras, ciudades,
yesos ojos de 
		ahora tendrán luz de nostalgia
como un salón vacío en el ocaso.

		
Pero en mí serás siempre igual; eterna,
a salvo de los años y la 
		muerte,
siempre rubia y dulcísima,
con esa claridad de mañana de 
		octubre.

		
3
Ahora, cuando vuelvo del reino de lo oscuro,
y quiero 
		hablar, coger, ser hombre entre los hombres,
oh muchacha te he visto.

		El suelo es firme, sí. Pero ya he de estar solo.
Me queda únicamente 
		el amor de la tierra,
el beso de la tarde, la mirada de un perro,

		el paisaje, que vuelve a ser amigo,
con el viento sonando a lo lejos 
		a Dios,
con vago olor a Dios...

		
Por eso, extraño y alto,
lejano como un astro, deshabitado y 
		frío,
serenamente triste, te contemplo,
como el último rayo del 
		poniente
que enciende, aún, la copa de aquel árbol
y se aleja a 
		alumbrar otras tierras felices
de tejados brillantes y de hombres sin 
		angustias,
mientras viene la noche y estoy solo.


		De "Nuevas elegías. 
		Anticipo"
5.

Himno para gloriar a mi esposa

«Creo en la resurrección de la carne»

Siempre 
		que vuelve por tus ojos
un viento de tus años de niña a atravesar,

		y te llama un paisaje
que empezaste y dejaste a la mitad;

		
siempre que un cielo y una playa
de otro tiempo, te insisten con 
		nostalgia de allá,
y querrías volver
a esos recuerdos donde has 
		muerto ya,

		
no llores, sino calla y oye
cómo vive en tu cuerpo, cómo en tu 
		carne va
todo lo que has vivido,
en tu carne que nunca morirá.

		
Grabado está en tus huesos cada
dolor, cada ilusión que ha 
		cruzado tu edad:
por tu cuerpo de días
resucitado, a Dios 
		entreverás.

		
Y en esa huella de la vida,
como están dos pisadas en una sola, 
		igual
la huella de mi nombre
al golpe del amor ha de quedar.

		
Ante el Señor, tu nuevo cuerpo
hará de mí más luz entre su 
		claridad:
iré en lo que fue tuyo,
reflejado en tu nombre de 
		cristal.

		
Y tu figura, como un cántico,
cruzará de eco en eco toda la 
		eternidad,
sonando por tus hijos
de rostro en rostro, por siempre 
		jamás.

		
Publicado por primera vez en Ínsula n°125

De 
		"Voces y acompañamientos para San Mateo"
6.

Historia de nuestro amor

(Más allá del umbral)


		                
      	                                   
		Softly my Future climbs the stair,
                                                 
		I fumble at my childhood's prayer-
                                                          
		So soon to be a child no more!
                                                                   
		Etemity, I'm corning, Sir,-
                                                    
		Master, I've seen that face before.
                                                                                        
		Emily Dickinson

Ya sé, ya sé que estaba amaneciendo
y en 
		la neblina y en tus vagos párpados
empezaba la tierra, todavía

		menos costumbre que ilusión, brotada
de un poso de campanas y de 
		soles
madrugados de tu niñez. Cercando
el despertar con voz de 
		caracola,
casi haciéndote daño, la esperanza
desbordada y sin 
		rostro, igual que todas
las mañanas, cantaba por tus venas
como un 
		golpe de miel ebria, disuelto
al caer dentro de tu corazón.

		
Niña desobediente a los deberes
de ser mujer, la cifra de tus 
		años,
obstinada en tu infancia, en alargarla,
a esa hora sentías 
		tú la vida
golosamente retrasada, entera,
palpada como fruta que 
		da lástima
morder, por no romper la tersa piel.

		
Pero al salir un poco más a flote,
de súbito, entre el vaho 
		rumoroso
de mares, de ciudades y de puentes,
sentiste que perdía 
		pie un latido,
que te había llamado una voz nueva
con un nombre 
		más grave, más secreto
e ineludible; el nombre de tu muerte;
que 
		un pájaro augural se había oído
y un viento del amor, por un 
		instante,
vino a cubrir el ruido de las olas.

		
Como si amanecieras a un domingo
más solemne, aguardado 
		largamente,
mirándolo acercarse, y conversándolo,
y al comprender 
		que es hoy, que ya no cabe
más ilusión, entonces lo temieras,
lo 
		quisieras dejar para otro día,
aplazarlo hasta nunca, por el miedo

		a su cansado atardecer, la vuelta
de la tarde hacia el lunes, 
		recontando
lo que por fin fue todo lo soñado;
así sentiste el 
		corazón, con vértigo
alzarse contra el tiempo, rebelarse
contra su 
		mismo peso de manzana,
vertido sin remedio hacia unas manos.

		
No era ya un nombre de hombre, ni mis ojos
en solemne esperar el 
		sacrificio,
no era mi voz quebrada, tal de un niño
que pide una 
		limosna de ser grande
y de tener dolores de varón,
sino que viste 
		atrás el hado, el tiempo,
la seria obligación de vida y tránsito.

		Al fin, habrías de cumplir tus años
sin demorarlos más; y recibías

		al destino con tus trajes de niña,
hasta acabar de usarlos, por vez 
		última.

		
Pensaste: «Y esto es todo. Mis inmensos
sueños son esto, igual 
		que si muriera».
Yo entré casi con pena, deteniéndome
ante ti, en 
		tu país de luz antigua,
estremecido de respeto, viendo
tu casa, 
		donde siempre es Navidades,
tu verano descalzo, siempre el mismo,

		en que regresas a tu origen quieto,
tu crecer junto al mar, en sus 
		raíces.

		
Ea, todo acabó. Pues todo sigue
pero ya no es la misma tu mirada.

		Como si hubieras puesto un nuevo espejo,
hay una doble luz hoy en tu 
		cuarto,
llegó el amor a saltear tus reinos
de inmóvil sol, y no 
		por los caminos
por que se viene y va hasta los inviernos;
ha 
		venido del lado de la playa,
vagabundo, bajando desde el monte

		donde se oía el mundo por la tarde.
Ahora sabes qué inútil fue 
		volverte
a la pared, a atar el hilo roto,
querer resucitar viejos 
		muñecos,
con mano dulce sujetar el alma.

		
Yo te vi someterte poco a poco,
quitarte la corona de ilusiones,

		descender del sitial de libertad
a querer sin querer; he contemplado

		tu primera sonrisa temerosa,
distraída, volviéndose a luchar

		contigo misma y el amor naciente,
como asomada a una ventana, pero

		escuchando hacia dentro de la casa
los pasos de alguien que entra; yo 
		sé cómo
alguna vez, al tiempo de tu risa,
se veía cruzar un pez de 
		sombra
bajo tus ojos de agua abierta y clara.
Ya bajas y 
		gozosamente aceptas
tu parte de dolor yamor. Colocas
mi mano sobre 
		tu cabeza y dices:
«Heme aquí. Cúmplase en los dos lo escrito».

		
Pero nunca hay morir. Inesperada
vida, como al pasar de un valle 
		a otro,
nos envuelve y se impone lentamente.
Yo soy igual que tú. 
		Yo tuve miedo
antes también, y, mira: ahora rebusco
hasta lo más 
		pequeño y olvidado
de mí para traerlo a que se queme
en ti. Tras 
		el primer escalofrío,
como al caer una cadena de ancla
por su 
		escobén, con roce helado y súbito,
se abre luego el silencio en 
		anchos cercos
y reina la mañana sobre el barco,
así despierto 
		ahora a la luz nueva,
así siento inundarse en otra sangre,
casi 
		ajena, mi corazón, y palpo,
atónito, el milagro, aún sin verlo,

		porque mis ojos todavía empiezan
a aprender de las manos. Todo llega

		a la oblación en caravana alegre;
antes, mucho nombraba yo a la 
		muerte
con mi primera voz, y hoy no hace falta;
su sello de verdad 
		definitiva
lo pones tú en mis cosas. Para ti
he crecido de niño 
		con sospecha
de un destino, y he estado preparando
con tiempo mi 
		ternura y mi palabra,
mi antigua sumisión enardecida;
meditando 
		qué fueran unos ojos,
empeñando en hacerme digno, en cada
paso, 
		como si ya me vieras; siempre
vestido para el viaje, y todo en orden.

		
Aquí lo tienes, échalo en la hoguera 
que nos tapa la oscuridad 
		del bosque.
Ven, muerte mía, muerte de ojos claros,
y al hundirme 
		en tus aguas dame vida,
vuelve a acunarme, cántame el nacer
con tu 
		voz, que no se oye de tan pura,
ábreme la mirada al nuevo día,

		como tras de haber muerto, donde todo
depone su verdad. Ya, más 
		difuntos,
andamos por un suelo más secreto;
aprendiendo a ser dos, 
		vamos errando
descalzos por lo oscuro de la casa,
por donde al 
		retumbar la voz se nota
que alguien vela en silencio, mientras mana

		la esperanza en tinieblas, como fuente
que no se oye, mas todo lo 
		enternece;
descendemos a nuestra roca viva
donde se posa el pie de 
		Cristo, el peso
consolador de Dios, como una mano
en la frente del 
		niño ciego; donde
nos empieza a nacer todos los días
nuestro 
		Cristo de dos, resucitando,
multiplicando el mundo, que se extiende

		ahora con más montes y más tierras.

		
Y hoy que vamos creyendo en otros días,
juntando más amor para 
		mañana,
y ponemos despacio en una hucha
los besos ahorrados, le 
		decimos
a Cristo que es la hora de que llegue,
hoy que empieza a 
		ser todo verdadero,
para que lo conviva y lo recoja;
que ya puede 
		venir a compartir
nuestro pan de esperanzas, ya sentarse
con 
		nosotros, ahora que tenemos
un rincón, entre dos almas, sin viento,

		y una cuna de manos enlazadas;
que bajo nuestro techo de palabras

		habite con los dos, para que se haga
verdad lo que decimos, y 
		aprendamos
a estar cerca, y dejados en su sombra,
a ver la paz ya 
		hablar y oír más bajo;
que sobra voz, ya siempre sobra voz...


		De "Versos del 
		domingo"
7.

Hoy vuelves como siempre, primavera...

Hoy vuelves como siempre, primavera,
cuando a tu luz ya había 
		renunciado
y el corazón está desconcertado
por este gozo nuevo que 
		le altera.

		
Casi siente que le redimas... ¡Era
tan bello su rincón iluminado

		en que, triste, se había refugiado
para vivir tan sólo con su 
		hoguera!

		
Mas sí, rebosaré por tu sendero,
que, aunque tú vuelvas siempre, 
		me iré un día
y sin mí brotarán igual las flores.

		
Pero el gozo de estar lleno y entero
al subirme a la boca se me 
		enfría...
¡estar en primavera y sin amores!

		
De "Nuevas elegías. Anticipo"
8.

La fuente

Para Felicidad y Leopoldo, en recuerdo
                                                                        
		de un día en Astorga
                                                                                       
		(...En la fosca
                                           
		penumbra del jardín la fuente late!
                                                                                                           
		L.P.

Al entrar, en la noche,
la seca fuente de color de 
		yedra.
La fuente nunca vista, conocida
del país de los versos,

		de los viajes sin años por las páginas.
Estaba seca. Sólo,
encima, 
		unas macetas,
cuelgan sus tallos como muertos chorros,
haciéndola 
		recuerdo.
Estaba seca. Sólo
polvo gris en su pila,
triste resto 
		del tiempo.
Estaba seca. Sólo
es un cuenco de ausencia,
que 
		hace al aire suspenso y temeroso,
no se sabe de qué,
como si 
		alguien, de súbito,
se hubiera ido, o dentro hubiera muerto.
Y el 
		niño melancólico de bronce
se olvida, con el paso interrumpido,

		mira sin ver, medita...

		
Publicado en Proel, n° 14, 1945
9.

Las viejas campanas

Oigo viejas campanas que llegan del pasado,
campanas de la tarde en 
		los pueblos tranquilos...
Campanas que no he visto, y ahora están 
		cantándome
desde los dulces valles del pasado difunto.

		
Venid conmigo, entrad a la sombra que llega.
Cantad, pues sois 
		tan leves que no puede decirse
si sois un sueño muerto o si es que 
		estáis distantes,
porque la lejanía confunde espacio y tiempo.

		
Éste es el tiempo triste de nacer con recuerdos.
Cuando yo vine 
		al mundo, habían muerto cosas
que he crecido esperando. Y yo no lo 
		sabía,
las suponía cerca, tal vez tras de mi casa,
tal vez tras de 
		esos montes a donde van los pájaros.
Y el rumor del poniente era su 
		voz remota.

		
No sé, yo no sé qué eran las cosas que esperaba.
Sé que era algo 
		sencillo. Eran dulzuras mínimas.
Quizá mañanas claras, quizá rumor de 
		fuentes,
quizá campos amigos donde Dios paseaba,
o era el amor, a 
		salvo del viento de la historia,
o el conversar despacio de las cosas 
		sabidas...

		
De "La espera"
10.

Me amarga y me consuela que mañana...

Me amarga y me consuela que mañana
cuando a cerrar se empiece esta mi 
		herida
yo te veré pasar junto a mi vida
con tu dicha pequeña y 
		cotidiana.

		
Mi consuelo será juzgar tu vana
biografía menuda y repetida
y 
		volverme a mirar mi alma escogida,
del verso y de sí misma soberana.

		
Mas, ¡ay!, que libre y todo, e insobornable
esta fría altivez de 
		nieve y cielo
el dolor de estar solo no me engaña.

		
...Y, otra vez, al destino irremediable
de no saber tener otro 
		consuelo
que el que me pueda dar mi propia entraña.


		Publicado en 
		Garcilaso, octubre de 1943

Versos y pensamientos de José María Valverde

4 citas
« Cuando vengas, cogiéndote la mano, / volveré a »
José María Valverde · Cuando vengas, cogiéndote la mano...
« Yo te espero, mi amor, para el silencio. / ¿Para qué cantar más cuando »
José María Valverde · El silencio
« Mírala aquí delante. / Es la playa donde empieza el extraño »
José María Valverde · El umbral
« Hoy, cuando vuelvo / apenas del reino de las sombras, »
José María Valverde · Elegía
Biblioteca poética

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