« Cuando vengas, cogiéndote la mano, / volveré a »
José María Valverde · Cuando vengas, cogiéndote la mano...
Biografía y amplia selección de poemas de José María Valverde. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de José María Valverde. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Cuando vengas, cogiéndote la mano, volveré a recorrer mi historia muerta; pasaremos la misteriosa puerta que guarda mi cadáver cotidiano. Iremos por las viejas avenidas del parque de mis sueños, por mi infancia de pasillos en sombra... Y tu fragancia cerrará allí sus prístinas heridas. ¡Cómo me besarás en el pasado cuando beses allí la pura frente del fantasma de un niño pensativo! Verás mi origen, para ti guardado, que me puedes curar, tú solamente, de todo lo que fue, el dolor aún vivo. De "Nuevas elegías. Anticipo"
Yo te espero, mi amor, para el silencio. ¿Para qué cantar más cuando ya seas cierta? Cansado de gritar de maravilla, cansado del asombro sin palabras, me callaré despacio, como el niño feliz que se duerme, en las manos el juguete. Tardarás mucho tiempo en dormirme del todo, en borrarme los últimos recuerdos que me hieren, lentísimos recuerdos sin forma ni sustancia; sombra más bien, o sangre y carne casi, con raíces que entraron mientras iba creciendo. Y tendré el blanco sueño de la infancia desde el que hablaba a Dios, aun a mi lado; aquel sueño, tan cerca de la muerte, que podía llegar, serena, clara, a volverme a mi origen, aun casi en el recuerdo. Sueño que no será como el de ahora, lleno de ávidos pozos, de agujeros que de repente se abren a la nada; porque tendrá, disuelta en su materia, como nana de madre, tu voz muda, la luz de tu existencia, tapizando las salas de mi sueño. No me pidas que cante cuando vengas. Cansado estoy del canto. Tú has de ser la paz última el blanco umbral de Dios... Sólo oirás mi silencio, como rumor de fuente, como la paz de un lago, creada por tus manos, trayéndote el reflejo de Dios para alabarte. Confundidas las almas en las anchas llanuras del silencio, en su noche sin borde, esperaremos... Publicado por primera vez en «Fantasía» n° 17, 1945 De "La espera"
Mírala aquí delante. Es la playa donde empieza el extraño mar de la realidad. Toma su mano breve y déjate llevar sin preguntar. Esta mirada clara ya la habías soñado; este cabello rubio tiene la luz de tu ilusión más niña, y, sin embargo, nada se parece. No te sirve, ahora tienes que comenzar por la primera letra. Anda, llama a tus sueños, amánsalos, resígnalos a fermentar ya hacerse de verdad. Y tú, sal de tu miedo antiguo, corazón, pasa el umbral sin agacharte, ten valor para la dicha, acepta la hermosura; ya eres hombre. Échate a las espaldas tu cariño empeñado en ser amor, tu ceguedad, tu mundo; toca a Dios en su peso, única voz que de El podrás sentir. Anda, obedece y calla, porque para eso fuiste siempre niño bueno y sumiso; haciendo la costumbre y el símbolo de esta nueva obediencia más profunda. Sí, ahora eres digno de la vida. Hasta ella te ha elevado tu soñar doloroso de adolescencia, como una oración que pide lo que ignora. Y no por prepararte -ya ves todo qué extraño, qué distinto-, sino por esa gota de nobleza en los ojos con que vas a aprender la realidad. De "La espera"
1 Hoy, cuando vuelvo apenas del reino de las sombras, y de nuevo las cosas son seguras, oh muchacha, te he visto. Y ya sé que no entiendes en mis ojos su hondo gesto de náufragos, su angustia, sin motivo si la mañana es clara y somos jóvenes. Yo no sabría hablarte del reino de lo oscuro; de la noche, del miedo, del demonio y la muerte. Ay, yo no sé decir lo que me mata, esta luz en las cosas y en la vida, este anhelo de algo que soñé no sé dónde, y me consume y me aparta de ti. Por eso me mirabas extrañada, conteniendo tu aroma como la flor que ve pasar al toro. Tú eres lo que he perdido. Y no me entiendes. Tienes la misma luz de mis sueños eternos. Y al mirar hacia ti, como al hogar de niño, sé que te doy terror. Yo, junto a ti, soy como la tiniebla nocturna que llama a las ventanas aterrando a los hombres; y lo cierto es que llora y quiere solamente entrar al dulce amor, al fuego diminuto, a la luz ya la dicha con orillas de que fue desterrada en el principio. Me llevaré tu imagen solamente. Tú no puedes saber lo que vale un recuerdo, una imagen suavísima a través de los años, que apenas recordamos cómo era, pero, de pronto, surge en medio de lo triste, como un dulce relámpago; no con su rostro, no con sus facciones, sino con una mezcla de sonrisa y mirada en forma de luz de oro, de luz de dicha antigua, de inocencia, de lo que no hallaré, del fondo de mis sueños; luz de origen, de Dios. 2 Siempre en mí quedarás de esta manera: con una claridad de mañana de octubre remansada en rincones, con tu suave luz de oro, yesos ojos que me miran con desconcierto de ave. Tú te irás por la vida; cruzarás muchos ríos, luminosos y oscuros, estarás triste a veces, otras veces alegre, algún día gozando, casi eterno, el instante, y otro día volviendo tus brazos al recuerdo. Verás paisajes, muertes, primaveras, ciudades, yesos ojos de ahora tendrán luz de nostalgia como un salón vacío en el ocaso. Pero en mí serás siempre igual; eterna, a salvo de los años y la muerte, siempre rubia y dulcísima, con esa claridad de mañana de octubre. 3 Ahora, cuando vuelvo del reino de lo oscuro, y quiero hablar, coger, ser hombre entre los hombres, oh muchacha te he visto. El suelo es firme, sí. Pero ya he de estar solo. Me queda únicamente el amor de la tierra, el beso de la tarde, la mirada de un perro, el paisaje, que vuelve a ser amigo, con el viento sonando a lo lejos a Dios, con vago olor a Dios... Por eso, extraño y alto, lejano como un astro, deshabitado y frío, serenamente triste, te contemplo, como el último rayo del poniente que enciende, aún, la copa de aquel árbol y se aleja a alumbrar otras tierras felices de tejados brillantes y de hombres sin angustias, mientras viene la noche y estoy solo. De "Nuevas elegías. Anticipo"
«Creo en la resurrección de la carne» Siempre que vuelve por tus ojos un viento de tus años de niña a atravesar, y te llama un paisaje que empezaste y dejaste a la mitad; siempre que un cielo y una playa de otro tiempo, te insisten con nostalgia de allá, y querrías volver a esos recuerdos donde has muerto ya, no llores, sino calla y oye cómo vive en tu cuerpo, cómo en tu carne va todo lo que has vivido, en tu carne que nunca morirá. Grabado está en tus huesos cada dolor, cada ilusión que ha cruzado tu edad: por tu cuerpo de días resucitado, a Dios entreverás. Y en esa huella de la vida, como están dos pisadas en una sola, igual la huella de mi nombre al golpe del amor ha de quedar. Ante el Señor, tu nuevo cuerpo hará de mí más luz entre su claridad: iré en lo que fue tuyo, reflejado en tu nombre de cristal. Y tu figura, como un cántico, cruzará de eco en eco toda la eternidad, sonando por tus hijos de rostro en rostro, por siempre jamás. Publicado por primera vez en Ínsula n°125 De "Voces y acompañamientos para San Mateo"
(Más allá del umbral)
Softly my Future climbs the stair,
I fumble at my childhood's prayer-
So soon to be a child no more!
Etemity, I'm corning, Sir,-
Master, I've seen that face before.
Emily Dickinson
Ya sé, ya sé que estaba amaneciendo
y en
la neblina y en tus vagos párpados
empezaba la tierra, todavía
menos costumbre que ilusión, brotada
de un poso de campanas y de
soles
madrugados de tu niñez. Cercando
el despertar con voz de
caracola,
casi haciéndote daño, la esperanza
desbordada y sin
rostro, igual que todas
las mañanas, cantaba por tus venas
como un
golpe de miel ebria, disuelto
al caer dentro de tu corazón.
Niña desobediente a los deberes
de ser mujer, la cifra de tus
años,
obstinada en tu infancia, en alargarla,
a esa hora sentías
tú la vida
golosamente retrasada, entera,
palpada como fruta que
da lástima
morder, por no romper la tersa piel.
Pero al salir un poco más a flote,
de súbito, entre el vaho
rumoroso
de mares, de ciudades y de puentes,
sentiste que perdía
pie un latido,
que te había llamado una voz nueva
con un nombre
más grave, más secreto
e ineludible; el nombre de tu muerte;
que
un pájaro augural se había oído
y un viento del amor, por un
instante,
vino a cubrir el ruido de las olas.
Como si amanecieras a un domingo
más solemne, aguardado
largamente,
mirándolo acercarse, y conversándolo,
y al comprender
que es hoy, que ya no cabe
más ilusión, entonces lo temieras,
lo
quisieras dejar para otro día,
aplazarlo hasta nunca, por el miedo
a su cansado atardecer, la vuelta
de la tarde hacia el lunes,
recontando
lo que por fin fue todo lo soñado;
así sentiste el
corazón, con vértigo
alzarse contra el tiempo, rebelarse
contra su
mismo peso de manzana,
vertido sin remedio hacia unas manos.
No era ya un nombre de hombre, ni mis ojos
en solemne esperar el
sacrificio,
no era mi voz quebrada, tal de un niño
que pide una
limosna de ser grande
y de tener dolores de varón,
sino que viste
atrás el hado, el tiempo,
la seria obligación de vida y tránsito.
Al fin, habrías de cumplir tus años
sin demorarlos más; y recibías
al destino con tus trajes de niña,
hasta acabar de usarlos, por vez
última.
Pensaste: «Y esto es todo. Mis inmensos
sueños son esto, igual
que si muriera».
Yo entré casi con pena, deteniéndome
ante ti, en
tu país de luz antigua,
estremecido de respeto, viendo
tu casa,
donde siempre es Navidades,
tu verano descalzo, siempre el mismo,
en que regresas a tu origen quieto,
tu crecer junto al mar, en sus
raíces.
Ea, todo acabó. Pues todo sigue
pero ya no es la misma tu mirada.
Como si hubieras puesto un nuevo espejo,
hay una doble luz hoy en tu
cuarto,
llegó el amor a saltear tus reinos
de inmóvil sol, y no
por los caminos
por que se viene y va hasta los inviernos;
ha
venido del lado de la playa,
vagabundo, bajando desde el monte
donde se oía el mundo por la tarde.
Ahora sabes qué inútil fue
volverte
a la pared, a atar el hilo roto,
querer resucitar viejos
muñecos,
con mano dulce sujetar el alma.
Yo te vi someterte poco a poco,
quitarte la corona de ilusiones,
descender del sitial de libertad
a querer sin querer; he contemplado
tu primera sonrisa temerosa,
distraída, volviéndose a luchar
contigo misma y el amor naciente,
como asomada a una ventana, pero
escuchando hacia dentro de la casa
los pasos de alguien que entra; yo
sé cómo
alguna vez, al tiempo de tu risa,
se veía cruzar un pez de
sombra
bajo tus ojos de agua abierta y clara.
Ya bajas y
gozosamente aceptas
tu parte de dolor yamor. Colocas
mi mano sobre
tu cabeza y dices:
«Heme aquí. Cúmplase en los dos lo escrito».
Pero nunca hay morir. Inesperada
vida, como al pasar de un valle
a otro,
nos envuelve y se impone lentamente.
Yo soy igual que tú.
Yo tuve miedo
antes también, y, mira: ahora rebusco
hasta lo más
pequeño y olvidado
de mí para traerlo a que se queme
en ti. Tras
el primer escalofrío,
como al caer una cadena de ancla
por su
escobén, con roce helado y súbito,
se abre luego el silencio en
anchos cercos
y reina la mañana sobre el barco,
así despierto
ahora a la luz nueva,
así siento inundarse en otra sangre,
casi
ajena, mi corazón, y palpo,
atónito, el milagro, aún sin verlo,
porque mis ojos todavía empiezan
a aprender de las manos. Todo llega
a la oblación en caravana alegre;
antes, mucho nombraba yo a la
muerte
con mi primera voz, y hoy no hace falta;
su sello de verdad
definitiva
lo pones tú en mis cosas. Para ti
he crecido de niño
con sospecha
de un destino, y he estado preparando
con tiempo mi
ternura y mi palabra,
mi antigua sumisión enardecida;
meditando
qué fueran unos ojos,
empeñando en hacerme digno, en cada
paso,
como si ya me vieras; siempre
vestido para el viaje, y todo en orden.
Aquí lo tienes, échalo en la hoguera
que nos tapa la oscuridad
del bosque.
Ven, muerte mía, muerte de ojos claros,
y al hundirme
en tus aguas dame vida,
vuelve a acunarme, cántame el nacer
con tu
voz, que no se oye de tan pura,
ábreme la mirada al nuevo día,
como tras de haber muerto, donde todo
depone su verdad. Ya, más
difuntos,
andamos por un suelo más secreto;
aprendiendo a ser dos,
vamos errando
descalzos por lo oscuro de la casa,
por donde al
retumbar la voz se nota
que alguien vela en silencio, mientras mana
la esperanza en tinieblas, como fuente
que no se oye, mas todo lo
enternece;
descendemos a nuestra roca viva
donde se posa el pie de
Cristo, el peso
consolador de Dios, como una mano
en la frente del
niño ciego; donde
nos empieza a nacer todos los días
nuestro
Cristo de dos, resucitando,
multiplicando el mundo, que se extiende
ahora con más montes y más tierras.
Y hoy que vamos creyendo en otros días,
juntando más amor para
mañana,
y ponemos despacio en una hucha
los besos ahorrados, le
decimos
a Cristo que es la hora de que llegue,
hoy que empieza a
ser todo verdadero,
para que lo conviva y lo recoja;
que ya puede
venir a compartir
nuestro pan de esperanzas, ya sentarse
con
nosotros, ahora que tenemos
un rincón, entre dos almas, sin viento,
y una cuna de manos enlazadas;
que bajo nuestro techo de palabras
habite con los dos, para que se haga
verdad lo que decimos, y
aprendamos
a estar cerca, y dejados en su sombra,
a ver la paz ya
hablar y oír más bajo;
que sobra voz, ya siempre sobra voz...
De "Versos del
domingo"
Hoy vuelves como siempre, primavera, cuando a tu luz ya había renunciado y el corazón está desconcertado por este gozo nuevo que le altera. Casi siente que le redimas... ¡Era tan bello su rincón iluminado en que, triste, se había refugiado para vivir tan sólo con su hoguera! Mas sí, rebosaré por tu sendero, que, aunque tú vuelvas siempre, me iré un día y sin mí brotarán igual las flores. Pero el gozo de estar lleno y entero al subirme a la boca se me enfría... ¡estar en primavera y sin amores! De "Nuevas elegías. Anticipo"
Para Felicidad y Leopoldo, en recuerdo
de un día en Astorga
(...En la fosca
penumbra del jardín la fuente late!
L.P.
Al entrar, en la noche,
la seca fuente de color de
yedra.
La fuente nunca vista, conocida
del país de los versos,
de los viajes sin años por las páginas.
Estaba seca. Sólo,
encima,
unas macetas,
cuelgan sus tallos como muertos chorros,
haciéndola
recuerdo.
Estaba seca. Sólo
polvo gris en su pila,
triste resto
del tiempo.
Estaba seca. Sólo
es un cuenco de ausencia,
que
hace al aire suspenso y temeroso,
no se sabe de qué,
como si
alguien, de súbito,
se hubiera ido, o dentro hubiera muerto.
Y el
niño melancólico de bronce
se olvida, con el paso interrumpido,
mira sin ver, medita...
Publicado en Proel, n° 14, 1945
Oigo viejas campanas que llegan del pasado, campanas de la tarde en los pueblos tranquilos... Campanas que no he visto, y ahora están cantándome desde los dulces valles del pasado difunto. Venid conmigo, entrad a la sombra que llega. Cantad, pues sois tan leves que no puede decirse si sois un sueño muerto o si es que estáis distantes, porque la lejanía confunde espacio y tiempo. Éste es el tiempo triste de nacer con recuerdos. Cuando yo vine al mundo, habían muerto cosas que he crecido esperando. Y yo no lo sabía, las suponía cerca, tal vez tras de mi casa, tal vez tras de esos montes a donde van los pájaros. Y el rumor del poniente era su voz remota. No sé, yo no sé qué eran las cosas que esperaba. Sé que era algo sencillo. Eran dulzuras mínimas. Quizá mañanas claras, quizá rumor de fuentes, quizá campos amigos donde Dios paseaba, o era el amor, a salvo del viento de la historia, o el conversar despacio de las cosas sabidas... De "La espera"
Me amarga y me consuela que mañana cuando a cerrar se empiece esta mi herida yo te veré pasar junto a mi vida con tu dicha pequeña y cotidiana. Mi consuelo será juzgar tu vana biografía menuda y repetida y volverme a mirar mi alma escogida, del verso y de sí misma soberana. Mas, ¡ay!, que libre y todo, e insobornable esta fría altivez de nieve y cielo el dolor de estar solo no me engaña. ...Y, otra vez, al destino irremediable de no saber tener otro consuelo que el que me pueda dar mi propia entraña. Publicado en Garcilaso, octubre de 1943
« Cuando vengas, cogiéndote la mano, / volveré a »
« Yo te espero, mi amor, para el silencio. / ¿Para qué cantar más cuando »
« Mírala aquí delante. / Es la playa donde empieza el extraño »
« Hoy, cuando vuelvo / apenas del reino de las sombras, »
Ediciones recomendadas para disfrutar de su obra poética completa y estudio crítico: