José María Álvarez

Biografía y amplia selección de poemas de José María Álvarez. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica. Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Antología lírica (9 poemas seleccionados)

Abçatritaz

Un secreto esplendor que aún no es ceniza

Francisco Brines

Si Brittles prefiere abrir la puerta en presencia

de testigos -dijo Gilles después de una larga pausa-,

me presto sin duda a acompañarlo

Charles Dickens

Podrías huir. Sin duda. La
nueva Luz del
mundo, Octavio, te
perdonaría (si no gustoso, el interés
le haría
respetarte,
cubrirte de riquezas). Y eres aún tan bella. Sí, podrías...

Pero no seguirás ese camino.

Y no
por el amor de Antonio, ni porque fuera indigno
de quien de
tantos reyes es el último,
sino algo más profundo: algo que sólo a ti te
vale,
a cuanto yace en tu memoria.
Y cómo modificaría
esa huida, el
pasado.
Lo que fuera esplendor
-esa gloria por la que apostaste-

ahora sería mediocridad;
la grandeza de guerras y pasiones
quedaría
convertida en las vulgares
apetencias de una zorra codiciosa.

Por eso, no lo dudas.
y dejas que te vistan tus sirvientas
con tus
mejores ropas, y perfumas
tu cuello, y te sientas
segura y orgullosa

en ese trono. Y sin
que la sonrisa se borre de tu boca,
metes la mano
en ese cesto
de higos que se mueven, y esperas
la picadura en tu
muñeca.

José María Álvarez

Anatron

-¿Y tú quién eres?

-La Ocasión poderosa

Posidipo

Raya algún destello histórico allá

entre las lobregueces del siglo

Edward Gibbon

Para Evelyne Sinnassamy y Michael Nerlich

No existían. He aquí un producto
del siglo XX en sus finales.
Genuino:

Esta criatura,
aún ni siquiera adolescente,
vestida y maquillada
como puta,
exhibiendo (ignoro si sintiendo)
lumbre de furia sensual,

fantástica,
letal.

Esas piernas, ese culo, ese cuerpo
moldeado por la lycra,
no Son
ya piernas, culo, cuerpo,
-como no lo es esa mirada
pervertida-
capaces
de una devastación
normal. Esos ojos, esa
boca, ese rostro
con ese maquillaje,
es otra dimensión de la belleza
y la sensualidad
que controlábamos.

Mientras tú aún estás pensando
en Lampedusa, el Rey Anuro, o en el
Ramayana o en
Rimbaud,
o dándole vueltas a la Guerra de los
Treinta Años,
o qué sé yo, pensando aún que nuestras vidas
son esos
ríos, según Manrique,
que van al mar / morir,

este Ser de la Noche,
bizarre déité como diría
el disipado
Baudelaire, ha descubierto
que ni Gatopardos ni Wallenstein,
ni
siquiera el mar/morir. Sino que todo
es, simplemente, una molestia,
y
que toda molestia ha de evitarse.
La televisión, y en el colegio,
y en
su familia, ha aprendido
que el mundo es suyo.

Y ah, cómo retoza,
cómo brilla, fantástica, a las luces
de este bar,
qué hermoso es ese rostro
sin destino, excitante, cómo mastica

nuestras entrañas, ese juguillo que le resbala
por la comisura de los
labios...

Por fin, la quintaesencia
de la sonrisa de la Esfinge,
morfina de
la desesperación,

que bailará, llamándonos
más allá de la cenizas, las ruinas, los
despojos,

por fin, la dulce mano
que sostendrá, arrancado del cadáver,
el
corazón aún latiendo del Horror.

José María Álvarez

Argent vivo

¡Qué vida más tranquila parece llevar mi familia!

-pensó Gregorio

Franz Kafka

La voluntad y los apetitos... ah!

Edmund Burke

¿Lo recuerdas? Tuvimos

la Luna en la palma de la mano.
Nunca otra vez la música
de aquel
tambalillo de la playa
volverá a hacernos bailar,
ni, sin que nosotros
lo escuchemos,
a crujir el mundo volverá.
Volverá tu marido, no es mal
tipo,
en su jardín tu aburrimiento a colgar,
y el calorcillo que
alumbra entre tus muslos
¿a quién llamará?
Quizá otros brazos y otros
besos
profundamente sentirás,
y tu marido y yo quizá acabemos

bebiendo solitarios en un bar,
haciéndonos amigos; como es lógico

evocarte nos unirá.
Pero recuerda, como yo te he leído a Scott Fitzgerald

nadie te lo leerá.

José María Álvarez

Astarnuz

Algún Dios de amor avía

Cartagena

Como la adormidera del desierto

Juan Arolas

La súbita luz de este conocimiento,

surgido en medio del horror,

obró un efecto extraordinario en mí

Henry James

Son cosas que suceden
en los hoteles. Cuando un hombre

llega, aburrido, tira
la chaqueta en la cama, se sirve un vodka, y
con
rostro impenetrable
conecta el aparato de la televisión.

Es raro que acontezca
algo notable. Pero
aquella noche -oh ebria
la Fortuna-
nada más encenderse,
apareció en pantalla un rostro único,

admirable, perfecto, inteligente,
cómplice.

Me aguardaba
como las panteras acechan a su presa.
Era Sharon Stone.

Me dije: No es posible.
Y contemplé la imbecilidad de aquella película

como cuando recorro el Canal Grande de Venezia,
sin dejar de asombrarme.

No es que uno sea demasiado impresionable.
Le aseguro al lector haber
pasado
trances de esta índole, muy altos.

Pero
el gesto y la mirada de la Stone,
son otra cosa. Y
si entonces
-y hoy- porque ese rostro,
esa boca, esos ojos, ese gesto

estuviera en mi cama, me pidieran
releer ya nunca a Stendhal, yo
aceptara.
Porque gozar a una mujer así
no es placer inferior
ni
acaso de otra especie
que escuchar la Misa en sí menor de Bach en
Chartres,
que acarician la carne del crepúsculo sobre Istanbul
o que
leer a Píndaro en voz alta
desde Delfos. Meter la lengua en esa boca
y
recibir la suya, debe ser
¡Dios! como la sacudida en la inteligencia
cuando
se lee a Shakespeare o a Borges, o a Nabokov, como
lo que debió
sentir Colón

al oler la tierra. Sentir cómo ese cuerpo se abandona al placer,
ver
enturbiarse esa mirada,
no es de rango menor
que comprender el
Panteón.

Y
hay que ver, todo eso,
con la cantidad de excitantes pensamientos

a que después diera lugar, con lo que ha enriquecido
mi vida y mi
memoria,

es algo que sucede, así, sin pretenderlo,
una noche de tantas,
por
ir a dar una conferencia en Barcelona,
en una habitación
de hotel, de
pronto, como dicen
que veía
Mozart,
o los santos,
a Dios.

José María Álvarez

Aymant

Como a Bennvenuto Cellini -hacia quien experimento mayor

inclinación de la que tengo por los otros maestros del

Quattrocento-, me gusta vagar por la arena abandonada por

la marea, recogiendo conchas, guijas

Claude Lévi--Strauss

...Las viejas playas. A las que siempre

algo
te lleva. Como ningún otro latido
del mundo, esas orillas...

Caminas por el filo de las aguas. El sol que las traspasa,
ese velo
cristalino,
y esas conchas
medio enterradas en la arena, y esas cintas

azules
que la luz dibuja.

No es tu memoria
quien reconoce,
donde existe depositada esa luz,
esos colores,
estas orillas transparentes, la sensación
de la mar en
tus dedos.
Es una dicha sin pasado. Sólo su instante
de exaltación, la

Vida
más allá

de lo comprensible.

José María Álvarez

Bezahar

Míos fueron, mi corazón,

los vuestros ojos morenos.

¿Quién los hizo ser ajenos?

Cancionero anónimo

En estos tiempos que corren, provechoso es disponer

de una mujer hermosa

Alessandra Mancinghi-Strozzi

Estas divertidas divagaciones levantaron por un

momento su ánimo, y entregose a la contemplación

Joris-Karl Huysmans

El oro de la tarde
sobre
el mar de tu cuerpo

El crepúsculo ardiendo en tu mirada

El ulular de sirenas de tus
entrañas

Nuestras lenguas enlazándose como pájaros suntuosos

Contemplando
tu belleza y mi deseo
acepto la vida

José María Álvarez

Bizedi

Así nosotros, desesperanzados, ya sin esforzarnos ni cuidar la

razón, resueltos ibamos de lodazal en lodazal, por la alta mar

de esa líquida basura

Giordano Bruno

-Caballero, yo no me mezclo en esos asuntos;

no estoy aquí para eso

Condesa de Espoz y Mina

Quiero que veáis -dijo el Conde- que soy de nobles sentimientos

Heldris de Cornualles

El otro día, Cintia, me decías
que
siempre me quedaba en la puerta, que no
daba el paso «decisivo» decías,
del que ya no hay retorno,
y que era cobardía ante la vida,
que me
estaba perdiendo no sé qué.

Seguramente es cierto que me pierdo
«eso», pero no tengo duda, te
aseguro
que conozco territorios muy cercanos
y acaso alguno más allá,
y que nunca
me produjeron algo que pudiera
considerar siquiera
como
placer menor.

¿Sabes lo que me preocupa, lo que
a veces me inquieta?

Imaginar que no hay salida
en tu descenso a los Infiernos,
hilo que te
asegure regresar.

Porque veo algo terrible

en tu forma
de lanzarte a la vida. No
se sostiene en nada, no
sirve

para
nada. No lo sabes, pero
repites lo que significan las palabras

del asesino en
Macbeth
al aceptar matar a Banquo:

«Haría lo que fuese
por desquitarme
del mundo».

Y yo no quiero
desquitarme
de nada.

Claro que es hermoso, de vez en cuando
adentrarse en esa plenitud

de la disipación, te lleve donde lleve,
y entregar cuerpo y alma a los
abismos
de eso que hay en nosotros escondido,
darse la lengua con las
simas de la vida,
tocar el esplendor de ese misterio
salvaje, que
jamás descifraremos.

Pero siempre, querida, que
haya un faro
al fondo de la noche,
las columnas ardientes de la
sabiduría,
el Arte, algunas
certidumbres morales,
el ejemplo
indeleble de los grandes,
esos modelos que nos guían.

José María Álvarez

Coral

El sacrificio ha sido favorable

Aristófanes

La gloria conquistada por los adolescentes

Píndaro

El otro día, hojeando un
viejo álbum
de fotografías,

apareciste. En una playa
que ciega el sol (seguramente,
Le Lavandou),
orgullosa y alegre

sobre las brasas

de aquel Verano.

Como un pinchazo
esa
imagen me trae
algo de la pasión que sacudió esos días.
Contemplé
largo rato la fotografía:
tus ojos dichosos, tu boca, esa
mano que

desenfocada
parece querer tapar el objetivo.

¿Te das cuenta? No has envejecido.
Dios sabe dónde
estarás, ni
siquiera si aún vives. Pero ahí,
ah cómo brilla
intacta
tu sonrisa,

los crepitantes ojos del deseo.

Te había olvidado. Pero ahora
que esa fotografía te devuelve,
me
doy cuenta de cómo la memoria

generosa
te había guardado sin decírmelo
para darme algún día
este
regalo. Poder casi tocar
un instante de felicidad.

Tanto se ha ido...

y entonces apareces
tú,
en esa playa de la juventud,
y me haces
este regalo,

la posibilidad
de que viva en alguien el que fui,
la imagen deseada de
quien era,
esa que hasta yo mismo ya he olvidado.
Porque igual que la
otra tarde tú viniste
puede que alguna vez, si tu recuerdas esos días,

de ellos emerja un joven mediterráneo y sonriendo
y recuerdes el placer
de esas horas
y algo de la pasión que entonces
abrasó nuestros cuerpos

aún te toque.

Gracias.

José María Álvarez

Hetora

Armonía cosmopolita

Zoilo Escobar

Deliciosa la cena,

señora,

y aún más delicioso
todo lo que la cena ha convocado.
Yo os miraba y
pensaba:
Reina Carme Riera
-sobre las copas de excelente vino-

feliz,
dosificando la inteligencia de los invitados.
Más atractiva que
la conversación
misma. Dosificando los placeres
de la Cultura. Hasta
la noche
se estremece
envidiosa de la belleza de este instante.

José María Álvarez

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