Poesía Universal

José Manuel Caballero Bonald

Biografía y amplia selección de poemas de José Manuel Caballero. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de José Manuel Caballero. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de José Manuel Caballero Bonald

15 poemas seleccionados
1.

A batallas de amor, campo de plumas

Ningún vestigio tan 
		inconsolable
como el que deja un cuerpo
entre las sábanas
                             
		y más
cuando la lasitud de la memoria
ocupa un espacio mayor

		del que razonablemente le corresponde.


		Linda el amanecer con 
		la almohada
y algo jadea cerca, acaso un último
estertor adherido

		a la carne, la otra vez adversaria
emanación del tedio estacionándose

		entre los utensilios de la noche.


		Despierta, ya es de 
		día, mira
los restos del naufragio
bruscamente esparcidos
en la 
		vidriosa linde del insomnio.


		Sólo es un pacto a 
		veces, una tregua
ungida de sudor, la extenuante
reconstrucción 
		del sitio
donde estuvo asediado el taciturno
material del deseo.


		
		                              Rastros
hostiles reptan entre un cúmulo

		de trofeos y escorias, amortiguan
la inerme acometida de los cuerpos.

		A batallas de amor campo de plumas.
2.

Anterior

a tu cuerpo es esta 
		historia...


		Anterior a tu cuerpo es 
		esta historia
que hemos vivido juntos
en la noche inconsciente. 
		

Tercas simulaciones desocupan 
el espacio en que a tientas 
		nos 
		
buscamos, 
dejan en las proximidades
de la luz un barrunto 

		de sombras de preguntas nunca 
		
hechas.

En vano recorremos 
la distancia que queda entre 
		las últimas
sospechas de estar solos, 
		
ya convictos acaso de esa interina 
realidad que avala siempre 
		
el trámite del sueño.
3.

Apócrifo de la antología palatina

Súbita boca que hasta 
		mí llegó

		en el lento transcurso de la noche,

		dócil de pronto y de improviso

		rezumante de furia,

                                        
		¿quién

		activó su olímpica

		ansiedad, esparciendo

		un delicado zumo de estupor

		entre las ingles de los semidioses?

		

		Oh derredor opaco

		del recuerdo que suple lo vivido,

		cuando quien esto escribe

		amaba impunemente no en el templo

		de Afrodita en Corinto

		sino en la clandestina alcoba bética

		donde oficiaba de suprema hetaira

		la gran madre de héroes, fugitiva

		del Hades y ayer mismo

		vendida como esclava

		en el impío puerto de Algeciras.
4.

Barranquilla la nuit

Cuerpo inclemente, circundado
por un vaho de frutas, desguazándose

		en la tórrida herrumbre
portuaria,
                          
		¿no eran
los labios como orquídeas
mojadas de guarapo, no tenían

		los ojos mandamientos de cocuyos
y allí se enmarañaban
la 
		excitación y la indolencia?

		
Mórbida efigie de esmeralda
y musgo, entrechocan sus pechos

		entre la mayestática cochambre
de la noche.

		
                            
		Desnuda
antes que alerta y disponible,
desnuda nada más, 
		desmemoriada
sobre un cuero de res, el vientre
húmedo de salitre y 
		en el cuello
el amuleto pendular de un dado
cuyo rigor jamás 
		aboliría
los tercos mestizajes del azar.

		
Rauda la carne y prieta
como un sesgo de iguana, surca
los 
		fosos coloniales, deposita
en las inmediaciones del marasmo
una 
		aromática cadencia
a maraca y sudor y marigüana,
mientras cumple 
		el amor su ciclo
de putrefacta lozanía
en el nocturno ritual del 
		trópico.
5.

Carnal

fuego amoroso


		Amor, primera forma de 
		vivir, escucha:

		¿eres tú la tristeza que enciende mi destino,

		o acaso sólo existes desde un ser que sonríe

		mientras tiemblan sus ojos esperando en los míos remansarse?

		

		Yo no sé si te tuve, ¡oh amor! , dulce manera de luchar,

		no sé siquiera si alguna vez

		tus vigentes, iniciadas, estremecidas manos

		tejieron en mi piel su táctil alegría.

		

		Un día -lo recuerdo lo mismo

		que si ahora en mi pecho me llegara el instante-,

		creyó mi corazón que tú lo restañabas,

		que tú te debatías dentro ya de mi cuerpo,

		doblándome la carne, derrotándola en dichas,

		contra la humana tierra de un país hermosísimo.

		Pero escúchame, amor, carnal fuego armonioso,

		escúchame no quieto, no tendido a mis plantas,

		sino allí donde reinas, donde en vuelo dominas,

		¿ eras tú quien entonces refulgía en mi boca

		desde otro ser que, amante, me centraba en el gozo?

		

		Oh, no, no, tú no puedes oírme, tú no puedes hablarme,

		porque aquello que el hombre más quisiera saber

		responde siempre mudo dentro de su belleza.

		Pero yo sí respiro los aires que tú sorbes;

		sé que eres un pájaro que entre nubes desciende

		hasta el lumbror premioso de los trinos,

		o tal vez esta rosa familiar, llameante,

		que derrama en sus pétalos tanta gloria de savias.

		Estás allí, lo sé, bajo la tarde núbil,

		bajo la noche y la mañana que por ti, brilladoras, renacen,

		en los vientos que marchan y regresan un día 

		trayendo el mismo aroma virginal de las cumbres.

		Y aquí, sobre esta humana vocación de ser piedra,

		también es tu presencia la que late,

		también es tu ternura, tu flagrante dominio,

		el que enflora de vida los pechos que te ignoran.

		Tú eres la luz de un paraíso donde el dolor se acuña

		al gozo de unos cuerpos que, ávidos, se estrechan,

		que, temblando, se aman bajo copiosos árboles

		en cuya fronda un trino se extasía,

		s0bre la hierba ,dulce abatida por un peso de dioses.

		

		Oh amor, carnal fuego armoni0so, escucha:

		escúchame la voz que por ti besa,

		remózame las manos que acarician teniéndote ceñido,

		abrígate en mi pecho donde tú palpitando me sostienes,

		dame siempre tu forma, amor, tu celeste materia iluminada,

		esa embriaguez con la que un cuerpo dentro de otro agoniza

		por hundir en lo eterno la identidad humana.
6.

Casa junto al mar

Azulada por el nocturno oleaje,
entre el ocio lunar y la arena 
		indolente,
la casa está viviendo, decorada de cenizas votivas,

		hecha clamor de memorables días dichosos
o palabra más bien, que 
		ahora escribo en la sombra,
apoyando mi sueño en sus muros de 
		solícitos brazos.

		
La casa está en el sur; es lo mismo que un cuerpo
ardoroso, 
		registro de certeza embriagada,
donde estuvo mi vida, orillas de un 
		emblema marino,
resonante de alegres impaciencias
o de ilusorias 
		lágrimas que otros ojos cegaban.
Sus ventanas, a veces, están dando a 
		mi nombre,
porque son todas ellas como bocas que acunan,
como 
		labios que brillan bajo el furtivo pétalo del cielo,
aberturas que el 
		mar vuelve sonoras
y en cuyo fondo habitan verdades como pechos,

		palabras semejantes a manos que se juntan
o acaso esa tristeza que 
		hay detrás del amor.
Recuerdo sus paredes, sus puertas de madera 
		entrañable,
la verídica cal en cuyas lindes
se estaba congregando 
		toda la luz de aquella casa,
sin poder ocultar cosa alguna por detrás 
		de sus lienzos,
sin poder ser distinta a un cristal desnudado,
a 
		un renglón transparente de tiempo sin edad.
Recuerdo también sus 
		rincones más hondos y ocultos,
su razonada disposición de alegría,

		la distribución de sus sueños con afán perdurable.
Todo allí se 
		contagia de una idéntica vida,
y es para siempre su estación humana,

		los ciclos de su fe, raíz de cuanto soy,
de todo lo que ordena mi 
		palabra y sus márgenes:
las dudas con que erige sus muros la verdad,

		los recuerdos que a veces son lo mismo que llagas,
el olvido, ese 
		moho que corroe el rostro de la historia,
lo que está sin remedio 
		convirtiéndose
en una misma forma de aprender a volver,
el miedo 
		al desamor por donde sangra el mundo.

		
Sí, la casa es un cuerpo: mi corazón la mira,
la habita mi 
		memoria; sé que está restaurándose
como la abdicación del mar en las 
		orillas,
como las germinales herencias del verano,
y quizá sea 
		posible que esta casa no pueda nunca envejecer,
no pueda cumplir 
		nunca más tiempo que el de entonces,
porque sus habitantes son lo 
		mismo que llamas
sin quemar, frágiles al aliento de la grieta más 
		tenue,
y ellos están haciendo que las paredes vivan,
que los 
		peldaños latan como olas,
que cada habitación respire y reproduzca

		los irrepetibles y anónimos hechos de cada día.

		
Casa sin tiempo junto al mar, cumbre
sonora entre los astros, 
		libre razón con muros,
criatura en donde acaban mis- fronteras,

		soy menos si me faltas,
tu paz rige mi vida y la hace humilde,
55 
		justifica mi espera tu paciencia,
bogas, persistes, reinas, como un 
		ave en la noche,
acaso ya recibas el nombre de José.


		"Las adivinaciones"    
		1952
7.

Ceniza son mis labios

En su oscuro principio, desde
su alucinante estirpe, cifra inicial de 
		Dios,
alguien, el hombre, espera.
Turbador sueño yergue
su 
		noticia opresora ante la nada
original de la que el ser es hecho, 
		ante
su herencia de combate, dando vida
a secretos cegados,
a 
		recónditos signos que aún callaban
y pugnan ya desde un recuerdo 
		hondísimo
para emerger hacia canciones,
puro dolor atónito de un 
		labio, el elegido
que en cenizas transforma
la interior llama viva 
		del humano.

		
Quizá solo para luchar acecha,
permanece dormido o silencioso

		llorando, besando el terso párpado rosa,
el pecho triste de la 
		muchacha amada;
quizá solo aguarda combatir
contra esa mansa 
		lágrima que es letra del amor,
contra
aquella luz aniquiladora

		que dentro de él ya duele con su nombre: belleza...
8.

Cuarto

creciente

		

		Cuando Aljarifa recorrió la alfombrada penumbra de aquel burdel de 
		Chauen, 

		todo el lujoso azogue de su cuerpo adquirió un grado de desnudez 

		deslumbradoramente irracional. Carne inconclusa donde anidaban todavía
		

		las liendres del peregrinaje, se hizo de pronto insurgente y plenaria
		

		como la de una virgen en la inminencia del degüello. Cerca de allí 

		se abrían las tiendas de los nómadas y una enfermiza música se iba 
		dignificando 

		entre las hojalatas y los vellocinos. La habitación olía a almoraduj 

		y a papeles de Armenia, mientras un vaho de animales nacidos en 
		cautividad 

		salía del mullido sopor de las almohadas. Y así hasta que el tiempo se 
		detuvo 

		en un friso taraceado de estrellas de albayalde, entre cuyos emblemas
		

		discurría una luz acrobática parecida al letargo. Pero ella, 

		la regidora del cuarto creciente, era una flor lasciva instalada en la 
		noche. 

		Era la araña que copula sin dejar de bailar entre una algarabía de 
		ajorcas y sonajas. 

		El esmaltado vientre vibraba en el diván como un espasmo de pandero 

		y un mundo de sacrales lujurias sincopaba de pronto la rítmica hegemonía 
		de los pezones. Canon de la hermosura, su único error había consistido 
		en rasurarse el pubis

		cuando medio entendió que descendía por línea colateral de los 
		Abencerrajes.
9.

Uno solo será mi semejante

Defectuosa formación del 
		plural


		
		                                                               
		Disfraz, persona unitiva

                                                                                     
		Lezama Lima


		Cuántos 
		días baldíos

		haciéndome pasar por lo que soy.


		Máscara 
		sin memoria, líbrame

		de parecerme a  aquel que me suplanta.


		Uno solo 
		será mi semejante
10.

Desde donde me ciego de vivir

Era una blanda emanación, casi
una terca oquedad de ternura,
un 
		tibio vaho humedecido
con no sé qué tentáculos.
                                     
		Abrí
los ojos, vi de cerca el peligro.
¡No, no te acerques, 
		adorable
inmundicia, no podría vivir!
Pero se apresuraba hacia mi 
		infancia,
me tendía su furia entre los lienzos
de la noche 
		enemiga. Y escuché
la señal, cegué mi vida junta,
anduve a tientas 
		hasta el cuerpo
temible y deseado.
                                     
		Madre
mía, ¿me oyes, me has oído
caer, has visto mi triunfante

		rendición, tú me perdonas?
                                    
		La mano
balbucía allí dentro, rebuscaba
entre las telas jadeantes, 
		iba
desprendiendo el delirio, calcinando
la desnuda razón.
                              
		Agrio desván
limítrofe, gimientes muebles
lapidarios bajo el 
		candor malévolo
del miedo, ¿qué hacer si la memoria
se saciaba 
		allí mismo, si no había
otra locura más para vivir?
                                    
		Dulce
naufragio, dulce naufragio,
nupcial ponzoña pura del amor,

		crédulo azar maldito, ¿dónde
me hundo, dónde
me salvo desde 
		aquella noche?
11.

Desencuentro

Esquiva como la noche,
como la mano que te entorpecía,
como la 
		trémula succión
insuficiente de la carne;

		esquiva y veloz como la hoja
ensangrentada de un cuchillo,
como 
		los filos de la nieve, como el esperma
que decora el embozo de las 
		sábanas,
como la congoja de un niño
que se esconde para llorar.

		
Tratas de no saber y sabes
que ya está todo maniatado,
                                             
		allí
donde pernocta el irascible
lastre del desamor, sombra

		partida por olvidos, desdenes,
llave que ya no abre ningún sueño:

		
La ausencia se aproxima
en sentido contrario al de la espera.
12.

Diosa del ponto euxino

Su cuerpo está desnudo al borde de un gran atrio
lacustre, sólo se 
		ven sus piernas
asomando entre espumas
repulsivas, se parece a una 
		estatua
cubierta de criptógamas y a un animal
exangüe se parece 
		también.

		
Las rémoras del frío, los dientes
del salitre penetran entre sus 
		gangrenados
senos, y ya emerge, adopta como Telethusa
actitudes 
		lascivas mientras roen
su memoria las parcas y se quiebran
los 
		bizantinos vidrios de sus ojos.

		
Olvidada de Ovidio, aguarda absorta
el dictamen del tiempo, se 
		inocula de gérmenes
olímpicos, incita a los que acuden
para verla 
		vivir.

		
                               
		Todos hurgaron
ávidamente en las marmóreas grietas
que iban 
		surcando las estribaciones
más vulnerables de su cuerpo. Pero

		nadie la pudo profanar sin antes
haber vendido su alma al Taumaturgo.
13.

Domingo

La veis un día domingo.

		Lleva un cuerpo cansado, lleva un traje cansado
(no la podéis mirar),

		un traje donde cuelgan trabajos, tristes hilos,
pespuntes de dolor, 
		esperanzas sangrantes
hechas verdad a fuerza de ir remendando sueños,

		de ir gastando mañanas, hombres de cada día,
en las estribaciones de 
		un pan dominical.

		
La veis venir acaso de un azar con ternuras,
de una piedad con 
		fábulas; la veis
venir y no sabéis que está llamándose
lo mismo 
		que la vida,
lo mismo que su traje hecho disfraz de olvido,
hecho 
		carne de engaño y servicial,
cortado a la medida de mensuales 
		lágrimas,
de quebrantos tejidos con la última
hebra de la 
		intemperie, con las briznas
de ese telar de amor donde aprendemos

		la hermandad necesaria que es un cuerpo sin nadie.

		
Sucede que es un día más bien canción que número,
más bien como 
		una lluvia de inclemente mirada,
de humilde mano abierta
que 
		volverá a vestir de desnudez la vida.
Y entonces ya es mentira crecer 
		sobre raíces,
ya es mentira ese tiempo blandamente nocivo
que se 
		nos va quedando alquilado en la piel,
que se nos gasta hasta dejarnos

		un mísero rastro de caricia vacía,
llegar a confundirnos en un 
		domingo anónimo,
en un amor sin cuerpo, hilvanando de lástima.

		
Y entonces, ese día, el domingo,
viene llegando, corre, se nos 
		acerca
(todos la conocemos),
nos mira igual que un charco
de 
		amor recién secado, nos contagia
de todo cuanto es puro en su día 
		siguiente,
porque está consolándose con un jornal caduco,
está 
		desviviéndose
en una pobre sucesión de acopios para amar,
de ir 
		contando los años por tránsitos de trajes,
por memorias zurcidas, por 
		sueños arrancados
del retal de un domingo cegador e ilusorio.
14.

El hilo de Ariadna

Posiblemente es tarde, pero ¿cómo
poder asegurarlo
mientras 
		Hortensia canta y no se oye
más que su grito de musgosa
lascivia y 
		alguien
habla con alguien de la conveniencia
de acostarse 
		borracho?
                               
      	
                              
		De repente
se desató la cinta, vuelto
hacia el espanto de la 
		lámpara,
el acezante cuerpo,
y en lo tenso del vientre vi
la 
		cicatriz, no producida
sino por el rencor contra ella misma
con 
		algún instrumento
preferentemente cortante.

		
                                
		Vaho
de alcohol y de tabaco te esmalta
el rostro bruno, Hortensia, 
		dime,
¿hacemos algo aquí que nos impida
quedarnos juntos
hasta 
		que ya no sea tarde?

		
En vano hubiese preferido
no mirar. Movible cuerpo y sin embargo

		exangüe, desplazaba
sus ya finales contorsiones
en medio de la 
		pista. En vano
hubiese sido huir y no
por reencontrarnos. Pechos

		como luciérnagas, tenues, punzantes
por las crestas no lácteas, ¿ 
		quién
iba a atreverse a interrumpir
su equidistante brevedad, 
		desnudos
como estarían luego en el amanecer
del trópico ?

		
                           
		Hortensia, amor mío, nadie
te va a arrastrar si tú no quieres

		desesperadamente que lo haga.

		
Playa de Naxos, la mayor
de las Cícladas, ya a lo lejos

		reverberando entre los barracones
del batey y el bullicioso verde

		del manglar, confundida ahora
con otros libres turnos litorales

		donde ni tú ni yo nos conocíamos.
Abandonada por Teseo, ¿ibas
a 
		despeñarte tú, rebelde por instinto
como tu padre negro apaleado

		en Key West (Florida) ?

		
                             
		Si pudiera
reconstruir un solo
rincón de aquella playa
sin 
		salida posible, si pudiera
volver al sitio aquel, reconocer
la 
		cerrazón de la cabaña, andar
a tientas hasta el último
recodo del 
		silencio, ¿oiría
algo distinto a la fricción
de unas piernas con 
		otras, al barrunto
de alguien aproximándose
en lo oscuro? ¿Vería

		aún desde allí, ya en el terrado
de Sanlúcar, asiéndome
al 
		parteluz de la ventana, el bulto
azul de los faluchos y, más cerca,

		la agitación de las fogatas
que encendían los sigilosos
areneros?

		
                            
		Imágenes sin ojos
pasan con más tenacidad que el giro
extenuante 
		del recuerdo. Hortensia,
hija de Minos, no
es tarde todavía, ven, 
		veloces
son las noches que hemos vivido ya:
aún estamos a tiempo

		de no querer salir del laberinto.
15.

Entra la noche como un trueno...

Entra la noche como un trueno
por los rompientes de la vida,

		recorre salas de hospitales,
habitaciones de prostíbulos,
templos, 
		alcobas, celdas, chozas,
y en los rincones de la boca
entra 
		también la noche.

		
Entra la noche como un bulto
de mar vacío y de caverna,
se va 
		esparciendo por los bordes
del alcohol y del insomnio,
lame las 
		manos del enfermo
y el corazón de los cautivos, 
		
y en la blancura de las páginas 
entra también la noche.


		Entra la noche como un vértigo
por la ciudad desprevenida,
rasga 
		las sábanas más tristes,
repta detrás de los cobardes,
ciega la 
		cal y los cuchillos
y en el fragor de las palabras
entra también 
		la noche.

		
Entra la noche como un grito
por el silencio de los muros,

		propaga espantos y vigilias,
late en lo hondo de las piedras,
abre 
		los últimos boquetes
entre los cuerpos que se aman,
y en el papel 
		emborronado
entra también la noche.

Versos y pensamientos de José Manuel Caballero Bonald

4 citas
« Ningún vestigio tan / inconsolable »
José Manuel Caballero Bonald · A batallas de amor, campo de plumas
« Anterior a tu cuerpo es / esta historia »
José Manuel Caballero Bonald · Anterior
« Súbita boca que hasta / mí llegó »
José Manuel Caballero Bonald · Apócrifo de la antología palatina
« Cuerpo inclemente, circundado / por un vaho de frutas, desguazándose »
José Manuel Caballero Bonald · Barranquilla la nuit
Biblioteca poética

Libros de José Manuel Caballero Bonald recomendados

Ediciones recomendadas para disfrutar de su obra poética completa y estudio crítico: