« Sé que mi corazón alguna tarde / recordará estas aguas quietísimas »
José Lupiáñez · Amanecer frente al mar de Mármara
Biografía y amplia selección de poemas de José Lupiáñez. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de José Lupiáñez. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Sé que mi corazón alguna tarde recordará estas aguas quietísimas del Mar de Mármara y este liviano encantamiento azul del cielo que las sueña. Sé muy bien que mi corazón alguna tarde, en el jardín, quizá, ya del crepúsculo buscará este frescor, estos reflejos del lento amanecer que ven mis ojos. El mar, el Mar de Mármara, con buques para siempre varados en sus aguas, con buques que renuncian a cualquier travesía, quietos también sobre las aguas quietas. Los pájaros escriben con sus vuelos en la celeste página de la mañana el salmo que recito de verdad y belleza. Esta visión, esta emoción viaja ya por el tiempo hasta ese día, para dejar temblando su milagro. Entonces, me acordaré de hoy.
He mirado tu desnudo flotar en las tranquilas aguas de mi estanque… Corres hacia la flor, hacia la nube de un paraíso y brilla tu desnudo, la antorcha que ha dorado en la sien el humo del deseo. Cristal y amor te cercan, una danza, un reflejo del cielo en la sonrisa. Hiere, cobra su presa la locura del tiempo; es el latido de una voz por el sendero dulce que punzaba los ojos. Como violenta espada, fuego estéril, animal de las aguas, sube la sangre turbia a donde vives. Nace, vagido doloroso, al clamor de tus plantas, una estrella del fondo de aquel mar que alimenta la tristeza de un canto. Sube al dintel y apaga de las brasas el temblor y los fríos designios de las aves: un destino que cierra la pasión en tus labios. Bebe la hiel que ofrezco en este cáliz, humedece la ronca desazón que anida en la garganta. Un mar respira por mis venas y hojas, hojas azules adorno de la frente. Bebe este resplandor que vierten mis pupilas, ata mis manos con tu caricia inmóvil, rompe el párpado impune que ha sellado una lenta podredumbre en el vientre. ¡Vuelva tu rostro a ser la vida que se pierde sobre mi vidrio en llamas! Mi amenaza fue amor, llanto que en blancas espirales apresaba en la huida el odio de su manto… Arrastré mi clamor prendido de una espalda Y la sangre nublaba su tersura. Mi sombra fue como se cubre el día, súplica, espera, vértigo de las horas, astro sobre la piel, silbido, aroma, engaño. La esquiva orla del ropaje imprime, desde el seco caudal, una razón un vuelo, firme como la muerte que se aferra a los miembros; a los brazos que trazan su desdén en el agua. ¡Velar tu nombre a la deriva, eterna la riqueza de quien se lleva el aire!
Soñando va la tarde en su divisa y azul la vida marcha hacia el ocaso. (Acuden siempre pájaros los jueves). Dolor, es un decir, no siento mucho, ni nada que al dolor se le asemeje. (Me gustan los colores de tus guantes). Muy cerca de Ajijíc te recordaba y tú tumbada al sol de la injusticia... (Me acaba de morder otra serpiente). No atino con el mundo, se me olvida que llevo el corazón algo atrasado. (¿No estoy cuando me llamas? ¡Qué fastidio!). No busques nunca alivio, te suplico, en el oscuro fondo de unos ojos. (Le enseño a disparar desde hace meses). Ni vengas hasta el filo de la nada que ha cortado los puentes entre ambos. (Me voy, adiós; regresaré muy tarde).
Hay versos que guardaron la nostalgia de hermosos cuerpos que abracé otro tiempo y que aún avivan la memoria, inerme, de muchos besos y de algunos nombres. En otros aún resuenan las semillas, las cuentas del azar que fue mi vida y dejan sus sonidos en la mente, las huellas de aquel paso de la gloria. Palabras son, pero que así me llevan de nuevo hasta tus manos o tus labios, de nuevo a tu cintura en donde siguen mis sueños aferrándose, ya en vano... Sonajas venturosas de los versos: vibrad ahora y espantad la cuitas; traedme hasta esta esquina de mi casa el sol, el son de aquellos días celestes.
Del mar, en los adentros, donde las aguas refulgentes, aún cálidas, espejean por el astro más bello que conozco, vide aquella barcaza donde los dos se amaban, y cómo discurría lentamente. Ella volcaba todo su candor y con júbilo era un ovillo hermoso prendido a su cintura. Su larga cabellera se derramó en el agua y sus brazos oscuros se alzaban oferentes. Un tiempo los estuve observando, hasta que mis ojos se abrasaron.
Yo noté que apretabas, Florinda, mi cintura, que tus manos me hacían resbalar hasta el cielo, que tu poma dulcísima me estallaba en los labios y tus brazos me alzaban para siempre al seol. Yo noté que rondaba tu manzana redonda, que mordía la pulpa cada vez más sediento, que los dientes dejaban su mejor tintineo... Me sangrabas con perlas, con anillos y ajorcas, tu pulsera, el diamante, me rasgó ¿lo recuerdas? Pero yo penetraba -¡la humedad!-, penetraba, zahiriendo tu oreja o el zarcillo dorado. Te encajaste rotunda, decidida, perfecta, dimos vueltas al mundo y entornabas los ojos, era un gozo sentirse caballero a tu costa y marcar en tu espalda el mejor tatuaje. Era la dicha entonces navegar a tu suerte, y apretar tu cadera que es la luna redonda. Te encajaste rotunda, decidida, ¿lo dije?, éramos invencibles, intangibles, eternos. Pero yo penetraba furibundo en tu gema, la que tanto se enciende, la que más centellea, ese párpado cálido, esa rosa cruel, y fue entonces que al filo de su pétalo insomne llegó extraña la plata de la dicha, Florinda. Lo que fue, con la pluma que felices nos hizo, queda escrito, mi vida, que por vos sigue inquieta.
Como la tarde que posó una mínima caricia en tu desnudo, o el sol dando en tu vientre; como la tarde toda desprendida sobre tu seno blanco; como la tarde me detengo absorto en la maleza débil de tu voz y giro en torno a ti, como la tarde, deshaciendo este lecho que ahora esconde en su entraña tu delirio.
Si el tiempo me persigue me ocultaré en el mar, regazo inmenso que me envuelva lejos de las orillas. Allí, (lejos de las orillas), en el adentro más remoto, flotar acaso me veréis -barquilla blanca- con los brazos en cruz... Digo: si me persigue el tiempo, buscadme por el mar.
A la mitad del día corrimos hacia el mar, hacia la oscura ola de azul y de vaivén, de brisa y de pequeños mensajes extendiéndose lejos o viniendo quizás hasta la roja estampa De la orilla sin huellas. A la mitad del día, nuestros cuerpos, recibiendo la luz, se hundieron en la informe oquedad sin estela. Blancos, dejáronse llevar de una corriente, de algún latido hermoso, de algún curso fugaz, y aquí se encuentran hoy, tendidos para siempre, en la inquieta y más tensa longitud de este verso.
Ves discurrir la tarde con un manso silbido de lágrima en los ojos, de música sagrada en cámaras vacías. Estancias o dominio y el perfume en el aire de labios aleteando por amor de las nubes, al roce del deseo… Su voz será la oscura sequedad de los campos, la lluvia o el silencio que devuelve la frente; su voz como la queja inmóvil en los días, os dejará un olvido de rostro sin imagen.
Jamás la vida breve... Jamás la vida breve abrió para tus plantas sus hojas grandes, ni sus rojas flores; ni derramó en tus días sus perfumes extraños. Jamás te dio una luz, una esperanza de alas, ni te llevó hasta aquellas heredades ignotas en las que el mundo adquiere rostros desconocidos. No te dieron talentos en el torvo reparto, cuando las manos, juntas, suplicaban al amo. Algunos consiguieron llenarlas de promesa, pero tú regresabas con las tuyas vacías. Por eso ahora retornas a la casa sin alma, vacía como tus manos, a esperar que el destino te confunda en su niebla.
Delgada es esta tarde de julio, inmóvil, asida a las columnas que se alzan sobre la hierba blanda Delgada es esta tarde de julio que decae con dulzura, como las manos que no atienden al sol, ni están alerta al paso de las horas... ¡Qué tristes dan los cuerpos una vez y otra vez contra esta paz eterna, para perderse ardientes por la trama olvidada del asombroso cielo!... (Sentados en el banco del parque se presiente la noche tras de la luz en calma, desnuda, sorprendida en su propia penumbra y silenciosa): Las palabras, la gente, en su nuevo color la misma tarde ahora, nuestro amigo que calla: todo se borra al filo de los árboles, todo es oscuridad que se remonta azul, veladamente, lo mismo que el Jardín cerrado, se suelta en el olvido para perderse en la aventura del ensueño.
despedida Aquí en lo oscuro quedo pulsando mi dulcémele, mientras veo que te alejas feliz, contra la línea del horizonte. Mueves el cuerpo al son de mis acordes, cada vez más distante, más cómplice, y un ritmo de secreto te hace tan diminuto. sí, te alejas de esta pequeña hoguera que hemos prendido juntos, y en la alcoba, se extingue la ardentía, como hermoso extinguirse era bajo tu cuerpo. Hay un sol tibio que camina delante, y una brisa en el rostro de quien amé; mis besos lleva en él como prendidos, hoy que se aleja, feliz, contra la línea del horizonte.
Una noche en París me raptó Marie Claire; me tomó de la mano, me llevó a su mansión, me tendió sobre un lecho, se quitó el camisón y mostró sus encantos, que eran dignos de ver. Derramó sus oscuros cabellos sobre mí y abrazó bien mi vida, que no vale un real. Se ofreció sin reservas, turbadora, ideal y apretó entre sus muslos mi liviano existir. Oh sultana divina, qué pasión, qué placer galopar sobre un cuerpo de tan firme esplendor; oh amazona de un cuento, tú sí sabes de amor, de ese amor que nos hace invencibles, tal vez. Hoy me acuerdo del triunfo de Les Champs Elysée y del Sena y tus labios, de tu olor de azahar, y me pongo muy triste, y me pongo a pensar en un lecho, una noche de París, Marie Claire.
« Sé que mi corazón alguna tarde / recordará estas aguas quietísimas »
« He mirado tu desnudo flotar / en las tranquilas aguas de mi estanque… »
« Soñando va la tarde en su divisa / y azul la vida marcha hacia el »
« Hay versos que guardaron la nostalgia / de hermosos cuerpos que abracé »
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