Poesía Universal

José Lupiáñez

Biografía y amplia selección de poemas de José Lupiáñez. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de José Lupiáñez. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de José Lupiáñez

14 poemas seleccionados
1.

Amanecer frente al mar de Mármara

Sé que mi corazón alguna tarde

		recordará estas aguas quietísimas
del Mar de Mármara y este liviano

		encantamiento azul
del cielo que las sueña. Sé muy bien
que mi 
		corazón alguna tarde,
en el jardín, quizá, ya del crepúsculo

		buscará este frescor, estos reflejos
del lento amanecer que ven mis 
		ojos.
El mar, el Mar de Mármara,
con buques para siempre varados

		en sus aguas, con buques que renuncian
a cualquier travesía, 
		
quietos también sobre las aguas quietas.
Los pájaros escriben con 
		sus vuelos
en la celeste página de la mañana
el salmo que recito 
		de verdad y belleza.
Esta visión, esta emoción
viaja ya por el 
		tiempo hasta ese día,
para dejar temblando su milagro.
Entonces, 
		me acordaré de hoy.
2.

Amante de gacela

He mirado tu desnudo flotar
en las tranquilas aguas de mi estanque…

		Corres hacia la flor, hacia la nube
de un paraíso y brilla tu 
		desnudo, la antorcha
que ha dorado en la sien el humo del deseo.

		Cristal y amor te cercan, una danza,
un reflejo del cielo en la 
		sonrisa. Hiere,
cobra su presa la locura del tiempo;
es el latido 
		de una voz
por el sendero dulce que punzaba los ojos.
Como 
		violenta espada, fuego estéril,
animal de las aguas, sube la sangre

		turbia a donde vives.
Nace, vagido doloroso, al clamor
de tus 
		plantas, una estrella del fondo
de aquel mar que alimenta
la 
		tristeza de un canto.
Sube al dintel y apaga de las brasas
el 
		temblor y los fríos
designios de las aves: un destino
que cierra 
		la pasión en tus labios.

		
Bebe la hiel que ofrezco en este cáliz,
humedece la ronca desazón

		que anida en la garganta.
Un mar respira por mis venas y hojas,

		hojas azules adorno de la frente.
Bebe este resplandor que vierten 
		mis pupilas,
ata mis manos con tu caricia inmóvil,
rompe el 
		párpado impune
que ha sellado una lenta podredumbre
en el vientre. 
		¡Vuelva tu rostro a ser
la vida que se pierde
sobre mi vidrio en 
		llamas!
Mi amenaza fue amor, llanto
que en blancas espirales 
		apresaba
en la huida el odio de su manto…
Arrastré mi clamor 
		prendido de una espalda
Y la sangre nublaba su tersura.
Mi sombra 
		fue como se cubre el día,
súplica, espera, vértigo de las horas,

		astro sobre la piel, silbido, aroma, engaño.
La esquiva orla del 
		ropaje
imprime, desde el seco caudal, una razón
un vuelo, firme 
		como la muerte
que se aferra a los miembros;
a los brazos que 
		trazan su desdén en el agua.
¡Velar tu nombre a la deriva,
eterna 
		la riqueza de quien se lleva el aire!
3.

Balneario

Soñando va la tarde en su divisa
y azul la vida marcha hacia el 
		ocaso.
(Acuden siempre pájaros los jueves).

		
Dolor, es un decir, no siento mucho,
ni nada que al dolor se le 
		asemeje.
(Me gustan los colores de tus guantes).

		
Muy cerca de Ajijíc te recordaba
y tú tumbada al sol de la 
		injusticia...
(Me acaba de morder otra serpiente).

		
No atino con el mundo, se me olvida
que llevo el corazón algo 
		atrasado.
(¿No estoy cuando me llamas? ¡Qué fastidio!).

		
No busques nunca alivio, te suplico,
en el oscuro fondo de unos 
		ojos.
(Le enseño a disparar desde hace meses).

		
Ni vengas hasta el filo de la nada
que ha cortado los puentes 
		entre ambos.
(Me voy, adiós; regresaré muy tarde).
4.

Días celestes

Hay versos que guardaron la nostalgia
de hermosos cuerpos que abracé 
		otro tiempo
y que aún avivan la memoria, inerme,
de muchos besos y 
		de algunos nombres.

		
En otros aún resuenan las semillas,
las cuentas del azar que fue 
		mi vida
y dejan sus sonidos en la mente,
las huellas de aquel paso 
		de la gloria.

		
Palabras son, pero que así me llevan
de nuevo hasta tus manos o 
		tus labios,
de nuevo a tu cintura en donde siguen
mis sueños 
		aferrándose, ya en vano...

		
Sonajas venturosas de los versos:
vibrad ahora y espantad la 
		cuitas;
traedme hasta esta esquina de mi casa
el sol, el son de 
		aquellos días celestes.
5.

Fábula

Del mar, en los adentros,
donde las aguas refulgentes, aún cálidas,

		espejean por el astro más bello que conozco,
vide aquella barcaza 
		donde los dos se amaban,
y cómo discurría lentamente.
Ella volcaba 
		todo su candor y con júbilo
era un ovillo hermoso prendido a su 
		cintura.
Su larga cabellera se derramó en el agua
y sus brazos 
		oscuros se alzaban oferentes.
Un tiempo los estuve observando,

		hasta que mis ojos se abrasaron.
6.

Florinda

Yo noté que apretabas, Florinda, mi cintura,
que tus manos me hacían 
		resbalar hasta el cielo,
que tu poma dulcísima me estallaba en los 
		labios
y tus brazos me alzaban para siempre al seol.
Yo noté que 
		rondaba tu manzana redonda,
que mordía la pulpa cada vez más 
		sediento,
que los dientes dejaban su mejor tintineo...
Me 
		sangrabas con perlas, con anillos y ajorcas,
tu pulsera, el diamante, 
		me rasgó ¿lo recuerdas?
Pero yo penetraba -¡la humedad!-, penetraba,

		zahiriendo tu oreja o el zarcillo dorado.
Te encajaste rotunda, 
		decidida, perfecta,
dimos vueltas al mundo y entornabas los ojos,

		era un gozo sentirse caballero a tu costa
y marcar en tu espalda el 
		mejor tatuaje.
Era la dicha entonces navegar a tu suerte,
y 
		apretar tu cadera que es la luna redonda.
Te encajaste rotunda, 
		decidida, ¿lo dije?,
éramos invencibles, intangibles, eternos.

		Pero yo penetraba furibundo en tu gema,
la que tanto se enciende, la 
		que más centellea,
ese párpado cálido, esa rosa cruel,
y fue 
		entonces que al filo de su pétalo insomne
llegó extraña la plata de 
		la dicha, Florinda.

		
Lo que fue, con la pluma que felices nos hizo,
queda escrito, mi 
		vida, que por vos sigue inquieta.
7.

Giro

Como la 
		tarde
que posó una mínima
caricia en tu desnudo,
o el sol dando 
		en tu vientre;
como la tarde toda desprendida
sobre tu seno 
		blanco;
como la tarde me detengo absorto
en la maleza débil de tu 
		voz
y giro en torno a ti,
como la tarde,
deshaciendo este lecho

		que ahora esconde en su entraña
tu delirio.
8.

Hacia la brisa

Si el tiempo me persigue
me ocultaré en el mar,
regazo inmenso que 
		me envuelva
lejos de las orillas.

		
Allí,
(lejos de las orillas),
en el adentro más remoto,

		flotar acaso me veréis
-barquilla blanca-
con los brazos en 
		cruz...

		
Digo:
si me persigue el tiempo,
buscadme por el mar.
9.

Huida

A la mitad del día
corrimos hacia el mar, hacia la oscura
ola 
		de azul y de vaivén,
de brisa y de pequeños mensajes
extendiéndose 
		lejos o viniendo quizás
hasta la roja estampa
De la orilla sin 
		huellas.
A la mitad del día, nuestros cuerpos,
recibiendo la luz,

		se hundieron en la informe
oquedad sin estela. Blancos,
dejáronse 
		llevar de una corriente,
de algún latido hermoso,
de algún curso 
		fugaz,
y aquí se encuentran hoy,
tendidos para siempre,
en la 
		inquieta y más tensa
longitud de este verso.
10.

Imagen

Ves discurrir la tarde
con un manso silbido
de lágrima en los 
		ojos,
de música sagrada
en cámaras vacías.
Estancias o dominio

		y el perfume en el aire
de labios aleteando
por amor de las nubes,

		al roce del deseo…
Su voz será la oscura
sequedad de los campos,

		la lluvia o el silencio
que devuelve la frente;
su voz como la 
		queja
inmóvil en los días,
os dejará un olvido
de rostro sin 
		imagen.
11.

Jamás

Jamás la vida breve...


		Jamás la vida breve
abrió para tus plantas
sus hojas grandes,

		ni sus rojas flores;
ni derramó en tus días
sus perfumes extraños.

		Jamás te dio una luz,
una esperanza de alas,
ni te llevó hasta 
		aquellas
heredades ignotas
en las que el mundo adquiere
rostros 
		desconocidos.

		
No te dieron talentos
en el torvo reparto,
cuando las manos, 
		juntas,
suplicaban al amo.
Algunos consiguieron
llenarlas de 
		promesa,
pero tú regresabas
con las tuyas vacías.

		
Por eso ahora retornas
a la casa sin alma,
vacía como tus 
		manos,
a esperar que el destino
te confunda en su niebla.
12.

Jardín

Delgada es esta tarde de julio,
inmóvil,
asida a las columnas

		que se alzan
sobre la hierba blanda

		
Delgada es esta tarde de julio
que decae con dulzura,
como las 
		manos
que no atienden al sol,
ni están alerta
al paso de las 
		horas...

		
¡Qué tristes dan los cuerpos
una vez y otra vez
contra esta 
		paz eterna,
para perderse ardientes
por la trama olvidada
del 
		asombroso cielo!...

		
(Sentados en el banco del parque
se presiente la noche
tras de 
		la luz en calma,
desnuda, sorprendida
en su propia penumbra
y 
		silenciosa):

		
Las palabras, la gente,
en su nuevo color
la misma tarde 
		ahora,
nuestro amigo que calla:
todo se borra al filo de los 
		árboles,
todo es oscuridad que se remonta
azul, veladamente,
lo 
		mismo que el Jardín
cerrado, se suelta en el olvido
para perderse

		en la aventura del ensueño.
13.

La

despedida


		Aquí en lo oscuro
quedo pulsando mi dulcémele,
mientras veo que te 
		alejas
feliz, contra la línea del horizonte.
Mueves el cuerpo al 
		son de mis acordes,
cada vez más distante, más cómplice,
y un 
		ritmo de secreto te hace tan diminuto.
sí, te alejas de esta pequeña 
		hoguera
que hemos prendido juntos,
y en la alcoba, se extingue la 
		ardentía,
como hermoso extinguirse era bajo tu cuerpo.
Hay un sol 
		tibio que camina delante,
y una brisa en el rostro de quien amé;

		mis besos lleva en él como prendidos,
hoy que se aleja,
feliz, 
		contra la línea del horizonte.
14.

Marie Claire

Una noche en París me raptó Marie Claire;
me tomó de la mano, me 
		llevó a su mansión,
me tendió sobre un lecho, se quitó el camisón

		y mostró sus encantos, que eran dignos de ver.

		
Derramó sus oscuros cabellos sobre mí
y abrazó bien mi vida, que 
		no vale un real.
Se ofreció sin reservas, turbadora, ideal
y 
		apretó entre sus muslos mi liviano existir.

		
Oh sultana divina, qué pasión, qué placer
galopar sobre un cuerpo 
		de tan firme esplendor;
oh amazona de un cuento, tú sí sabes de amor,

		de ese amor que nos hace invencibles, tal vez.

		
Hoy me acuerdo del triunfo de Les Champs Elysée
y del Sena y tus 
		labios, de tu olor de azahar,
y me pongo muy triste, y me pongo a 
		pensar
en un lecho, una noche de París, Marie Claire.

Versos y pensamientos de José Lupiáñez

4 citas
« Sé que mi corazón alguna tarde / recordará estas aguas quietísimas »
José Lupiáñez · Amanecer frente al mar de Mármara
« He mirado tu desnudo flotar / en las tranquilas aguas de mi estanque… »
José Lupiáñez · Amante de gacela
« Soñando va la tarde en su divisa / y azul la vida marcha hacia el »
José Lupiáñez · Balneario
« Hay versos que guardaron la nostalgia / de hermosos cuerpos que abracé »
José Lupiáñez · Días celestes
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