Poesía Universal

José Lezama Lima

Biografía y amplia selección de poemas de José Lezama Lima. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de José Lezama Lima. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de José Lezama Lima

11 poemas seleccionados
1.

Ah, que tú escapes

Ah, que tú escapes en el instante
en el que ya habías alcanzado tu 
		definición mejor.
Ah, mi amiga, que tú no quieras creer
las 
		preguntas de esa estrella recién cortada,
que va mojando sus puntas 
		en otra estrella enemiga.

		
Ah, si pudiera ser cierto que a la hora del baño,
cuando en una 
		misma agua discursiva
se bañan el inmóvil paisaje y los animales más 
		finos:
antílopes, serpientes de pasos breves, de pasos evaporados

		parecen entre sueños, sin ansias levantar
los más extensos cabellos y 
		el agua más recordada.
Ah, mi amiga, si en el puro mármol de los 
		adioses
hubieras dejado la estatua que nos podía acompañar,
pues 
		el viento, el viento gracioso,
se extiende como un gato para dejarse 
		definir.
2.

Brillando

oscura la más secreta piel 
		conforme...


		Brillando oscura la más secreta piel conforme 
a las prolijas plumas 
		descaradas en ruido 
		
lento o en playa informe, mustio su oído 
doblado al viento que 
		le crea deforme. 
		

Perfilada de acentos que le burlan movedizos 
el inútil 
		acierto en sobria gruta confundido grita, 
		
jocosa llamarada -nácar, piel, cabellos- extralimita 
el borde 
		lloviznado en que nadan soñolientos rizos. 
		

¿Te basta el aire que va picando el aire? 
El aire por 
		parado, ya por frío, destrenza tus miradas 
		
por el aire en cintas muertas, pasan encaramadas 
porfías 
		soplando la punta de los dedos al desgaire. 
		

El tumulto dorado -recelosa su voz- recorre por la nieve 
el 
		dulce morir despierto que emblanquece al sujeto cognoscente. 
		
Su agria confesión redorada dobla o estalla el más breve 
marfil; 
		ondulante de párpados rociados al dulzor de la frente. 
		

Ceñido arco, cejijunto olvido, recelosa fuente halago. 
Luz 
		sin diamante detiene al ciervo en la pupila, 
		
que vuela como papel de nieve entre el peine y el lago. 
Entre 
		verdes estambres su dardo el oído destila. 
		

Cazadora ceñida que despierta sin voz, más dormidos metales, 

		más doblados los ecos. Se arrastra leve escarcha olvidada 
		
en la líquida noche en que acampan sus dormidos cristales, 
luz 
		sin diamante al cielo del destierro y la ofrenda deseada. 
		

El piano vuelve a sonar para los fantasmas sentados 
al borde 
		del espacio dejado por una ola entre doble sonrisa. 
		
La hoja electrizada o lo que muere como flamencos pinchados 

		sobre un pie de amatista en la siesta se desdobla o se irisa. 
		

No hay más que párpados suaves o entre nubes su agonía desnuda

		
Desnudo el mármol su memoria confiesa o deslíe la flor de los 
		timbres,
		
mármol heridor, flor de la garganta en su sed ya 
despunta o se 
		rinde en acabado estilo de volante dolor. 
		

Oh si ya entre relámpagos y lebreles tu lengua se acrecienta 

		y tu espada nueva con nervios de sal se humedece o se arroba. 
		
Es posible que la lluvia me añore o entre nieves el dolor no se 
		sienta
si el alcohol centellea y el canario sobre el mármol se dora. 
		
El aire en el oído se muere sin recordar 
el afán de enrojecer 
		las conchas que tienen las hilanderas. 
		
Al atravesar el río, el jazmín o el diamante, tenemos que llorar 

		para que los gusanos nieven o mueran en dos largas esperas.
3.

Caída la hoja miro...

Caída la hoja miro,

		ya que tu olvido decrece
la calidad del suspiro
que firme en la 
		voz se mece.

		
La sombra de tu retiro
no a la noche pertenece,
si insisto y 
		la sombra admiro
tu ausencia no viene y crece.

		
La sustancia del vacío
sólo halla su concierto
elaborando el 
		desvelo

		
que presagia el cuerpo yerto.
Diosa perdida en el cielo,
yo 
		con el cuerpo porfío.
4.

Cuerpo desnudo

Cuerpo desnudo en la 
		barca.
Pez duerme junto al desnudo
que huido del cuerpo vierte

		un nuevo punto plateado.

		
Entre el boscaje y el punto
estática barca exhala.
Tiembla en 
		mi cuello la brisa
y el ave se evaporaba.

		
El imán entre las hojas
teje una doble corona.
Sólo una rama 
		caída

		
ilesa la barca escoge
el árbol que rememora
sueño de sierpe a 
		la sombra.
5.

El abrazo

Los dos cuerpos
avanzan, después de romper el espejo
intermedio, 
		cada cuerpo reproduce
el que está enfrente, comenzando
a sudar 
		como los espejos.
Saben que hay un momento
en que los pellizcará 
		una sombra
algo como el rocío, indetenible como el humo.
La 
		respiración desconocida
de lo otro, del cielo que se inclina
y 
		parpadea, se rompe
muy despacio esa cáscara de huevo.

		
La mano puesta en el hombro de la mujer.
Nace en ellos otro 
		temblor,
el invisible, el intocable, el que está ahí,
grande como 
		la casa, que es otro cuerpo
que contiene y luego se precipita
en 
		un río invisible, intocable.
Las piernas tiemblan, afanosas de llegar 
		
a la tierra descifrada,
están ahora en el cuerpo sellado.

		Comienza apoyándose enteramente, 
		
un cuerpo oscuro que penetra 
en la otra luz
que se va 
		volviendo oscura
y que es ella ahora la que comienza
a penetrar.

		Lo oscuro húmedo que desciende 
		
en nuestro cuerpo.
Tiemblan como la llama
rodeada de un 
		oscilante cuerpo oscuro.
La penetración en lo oscuro,
pero el 
		punto de apoyo es ligeramente incandescente,
después luminoso
como 
		los ojos acabados de nacer,
cuando comienzan su victoriosa 
		aprobación.

		
La mano no está ya en el otro hombro. 
Se establece otro puente

		que respaldan los cuerpos penetrantes.
Ya los dos cuerpos 
		desaparecen,
es la gran nebulosa oscura
que apuntala su aspa de 
		molino.
Los dos cuerpos giran
en la rueda de volantes chispas.

		Como después de una lenta y larga nadada,
reaparecen los cabellos 
		llenos de tritones.
Miramos hacia atrás separando el oleaje
Y 
		aparece el desierto con alfombras y dátiles.

		
Los dos cuerpos desparecen
en un punto que abre su boca.
Lo 
		húmedo, lo blando,
la esponja infinitamente extensiva,
responden 
		en la puerta, 
		
abrillantada con ungüentos
de potros matinales
y luces de 
		faisanes con los ojos apenas recordados.

		
El dolmen que regala los dones
en la puerta aceitada,
suena 
		silenciosamente su madera vieja.
Los dos cuerpos desaparecen
y se 
		unen en el borde de una nube.
La manta, la lechuza marina,
seca el 
		sudor estrellado
que los cuerpos exhalan en la crucifixión.
El 
		árbol y el falo
no conocen la resurrección,
nacen y decrecen con 
		la media luna
y el incendio del azufre solar.
Los dos cuerpos 
		ceñidos,
el rabo del canguro
y la serpiente marina,
se enredan 
		y crujen en el casquete boreal.
6.

El esperado

Para José Rey 
		


		Al fin llegó el 
		esperado,
se abrieron las puertas de la casa
y de nuevo se 
		encendieron las luces.


		Una sombra ligera había 
		repasado
las paredes, que brillaban como ojos metálicos.


		El esperado comprobó 
		cada uno de los secretos
que guardaba la casa mágica
llena de los 
		amigos que fueron llegando
con gorgueras nadantes, en campanillas

		de congelados sonidos como albatros.


		Hay un rincón
que se 
		abre como un libro de cetrería
y se cierra como un antifonario
en 
		la medianoche temblequeante.


		Sus páginas son la 
		escarcha
que penetra en un paquete sellado.


		Sus silenciosos 
		tumultos
son llamas en el agua,
que ven de cerca, día por día,

		el reloj coralino
que ensaliva la eternidad.


		Una eternidad sucia, 
		confundida,
que da tropezones en la ley matinal
y se reconoce y se 
		come a sus hijos,
como el caballo de la noche
que relincha sin 
		tregua.


		Es una bobalicona 
		batalla
en donde todos nos quedamos
dormidos. Y nos van diciendo

		quiénes son los vencidos
y los que siembran maíz,
polvos de arroz,

		confundidos con la grasa de la mula
en la coronación.


		La talanquera mugiendo 
		con las vacas.


		Los flautines 
		bucoliastas,
dije de ostras lagañudas,
inician el asedio.


		El incendio tamboril

		desordena el asalto.


		En el bostezo, nubes

		y números de nubes,
de confín en confín.
7.

El suplente

Vendrá el suplente en 
		agua a conversar.


		Se dirigirá hacia el 
		norte donde tejen,
desconocido llegará a los que lo protegen.


		Se arrancará su diente 
		y a sembrar.


		Vendrá el suplente en 
		vino a pelear,
esgrimirá la traílla en zumbido planetario,

		tropezará con el estilo rufián del carbonario.


		Se apretará el chaleco 
		y a bromear.


		Los dos suplentes no se 
		encontrarán en la escalera
aunque dejarán sus huellas en el molde de 
		cera,
al mismo tiempo se taparán con las dos hojas de la puerta.


		No se saludarán al 
		valsar los largos corredores,
pero se embriagarán con los mismos 
		escanciadores.


		Ya llega el otro 
		suplente para tirar del rabo de la puerca.
8.

Esperar la ausencia

Estar en la noche

		esperando una visita,
o no esperando nada
y ver cómo el sillón 
		lentamente
va avanzando hasta alejarse de la lámpara.


		Sentirse más adherido a 
		la madera
mientras el movimiento del sillón
va inquietando los 
		huesos escondidos,
como si quisiéramos que no fueran vistos
por 
		aquellos que van a llegar.


		Los cigarros van 
		reemplazando
los ojos de los que no van a llegar.


		Colocamos el pañuelo

		sobre el cenicero para que no se vea
el fondo de su cristal,
los 
		dientes de sus bordes,
los colores que imitan sus dedos
sacudiendo 
		la ausencia y la presencia
en las entrañas que van a ser sopladas.


		La visita o la nada

		cubiertas por el pañuelo,
como el llegar de la lluvia
para oídos 
		lejanos,
saltan del cenicero,
preparando la eternidad
de sus 
		pisadas o se organizan
inclinándose sobre un montón de hojas
que 
		chisporrotean sobre el jarrón
de la abuela,
huyendo del cenicero.
9.

La noche va a la rana de sus metales...

La noche va a la rana 
		de sus metales,
palpa un buche regalado para el palpo,
el rocío 
		escuece a la piedra en gargantilla
que baja para tiznarse de humedad 
		al palpo.


		La rana de los metales 
		se entreabre en el sillón
y es el sillón el que se hunde en el pozo 
		hablador.
el fragmento aquel sube hasta el farol
y la rana, no en 
		la noche, pega su buche en el respaldo.


		La noche rellenada 
		reclama la húmeda montura,
la yerba baila en su pequeño lindo frío,

		pues se cansa de ser la oreja no raptada.

		
la hoja despierta como oreja, la oreja
amanece como puerta, la 
		puerta se abre al caballo.
Un trotito aleve, de lluvia, va haciendo 
		hablar las yerbas.
10.

Llamado del deseoso

Deseoso es 
		aquel que huye de su madre.
Despedirse es cultivar un rocío para 
		unirlo con la secularidad de la saliva.
La hondura del deseo no va 
		por el secuestro del fruto.
Deseoso es dejar de ver a su madre.
Es 
		la ausencia del sucedido de un día que se prolonga
y es la noche que 
		esa ausencia se va ahondando como un cuchillo.
Es esa ausencia se 
		abre una torre, en esa torre baila un fuego hueco.
y así se ensancha 
		y la ausencia de la madre es un mar en calma.
Pero el huidizo no ve 
		el cuchillo que le pregunta,
es la madre, de los postigos asegurados, 
		de quien se huye.
Lo descendido en vieja sangre suena vacío.
La 
		sangre es fría cuando desciende y cuando se esparce circulizada.
la 
		madre es fría y está cumplida.
Si es por la muerte, su peso es doble 
		y ya no nos suelta.
No es por las puertas donde se asoma nuestro 
		abandono.
Es por un claro donde la madre sigue marchando, pero ya no 
		nos sigue.
Es por un claro, allí se ciega y bien nos deja.
Ay del 
		que no marcha esa marcha donde la madre ya no le sigue, ay.
No es 
		desconocerse, el conocerse sigue furioso como en sus días,
pero el 
		seguirlo sería quemarse dos en un árbol,
y ella apetece mirar el 
		árbol como una piedra,
como una piedra con la inscripción de ancianos 
		juegos.
Nuestro deseo no es alcanzar o incorporar un fruto ácido.

		El deseoso es el huidizo.
Y de los cabezazos con nuestras madres cae 
		el planeta centro de mesa
y ¿de dónde huimos, si no es de nuestras 
		madres de quien huimos
que nunca quieren recomenzar el mismo naipe, 
		la misma
                                                                   
		noche de igual ijada descomunal?
11.

Es

Lo inaudible


		Es inaudible, 
no 
		podremos saber si las hojas 
		
se acumulan y suenan al encaramarse 
la mirona lagartija sobre la 
		hoja. 
		
Nos roza la frente 
y creemos que es un pañuelo 
que nos está 
		tapando los ojos. 
		
El oro caminaba 
después hacia la hoja 
y la hoja iba hacia la 
		casa 
		
vacía del otoño, donde lo inaudible
se abrazaba con lo invisible 
		
en un silencioso gesto de júbilo. 
Lo inaudible
gustaba del 
		vuelo de las hojas, 
		
reposaba entre el árbol inmóvil 
y el río de móvil memoria. 

		Mientras lo inaudible lograba 
		
su reino, la casa oscilaba, 
pero su interior permanecía 
		intocable. 
		
De pronto, una chispa 
se unió a lo inaudible 
y comenzó a 
		arder escondido 
		
debajo del sonido facetado del espejo. 
La casa recuperó su 
		movilidad 
		
y comenzó de nuevo a navegar.

Versos y pensamientos de José Lezama Lima

4 citas
« Ah, que tú escapes en el instante / en el que ya habías alcanzado tu »
José Lezama Lima · Ah, que tú escapes
« Brillando oscura la más secreta piel conforme / a las prolijas plumas »
José Lezama Lima · Brillando
« Caída la hoja miro, / ya que tu olvido decrece »
José Lezama Lima · Caída la hoja miro...
« barca. / Pez duerme junto al desnudo »
José Lezama Lima · Cuerpo desnudo
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