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José Lezama Lima · Ah, que tú escapes
Biografía y amplia selección de poemas de José Lezama Lima. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de José Lezama Lima. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Ah, que tú escapes en el instante en el que ya habías alcanzado tu definición mejor. Ah, mi amiga, que tú no quieras creer las preguntas de esa estrella recién cortada, que va mojando sus puntas en otra estrella enemiga. Ah, si pudiera ser cierto que a la hora del baño, cuando en una misma agua discursiva se bañan el inmóvil paisaje y los animales más finos: antílopes, serpientes de pasos breves, de pasos evaporados parecen entre sueños, sin ansias levantar los más extensos cabellos y el agua más recordada. Ah, mi amiga, si en el puro mármol de los adioses hubieras dejado la estatua que nos podía acompañar, pues el viento, el viento gracioso, se extiende como un gato para dejarse definir.
oscura la más secreta piel conforme... Brillando oscura la más secreta piel conforme a las prolijas plumas descaradas en ruido lento o en playa informe, mustio su oído doblado al viento que le crea deforme. Perfilada de acentos que le burlan movedizos el inútil acierto en sobria gruta confundido grita, jocosa llamarada -nácar, piel, cabellos- extralimita el borde lloviznado en que nadan soñolientos rizos. ¿Te basta el aire que va picando el aire? El aire por parado, ya por frío, destrenza tus miradas por el aire en cintas muertas, pasan encaramadas porfías soplando la punta de los dedos al desgaire. El tumulto dorado -recelosa su voz- recorre por la nieve el dulce morir despierto que emblanquece al sujeto cognoscente. Su agria confesión redorada dobla o estalla el más breve marfil; ondulante de párpados rociados al dulzor de la frente. Ceñido arco, cejijunto olvido, recelosa fuente halago. Luz sin diamante detiene al ciervo en la pupila, que vuela como papel de nieve entre el peine y el lago. Entre verdes estambres su dardo el oído destila. Cazadora ceñida que despierta sin voz, más dormidos metales, más doblados los ecos. Se arrastra leve escarcha olvidada en la líquida noche en que acampan sus dormidos cristales, luz sin diamante al cielo del destierro y la ofrenda deseada. El piano vuelve a sonar para los fantasmas sentados al borde del espacio dejado por una ola entre doble sonrisa. La hoja electrizada o lo que muere como flamencos pinchados sobre un pie de amatista en la siesta se desdobla o se irisa. No hay más que párpados suaves o entre nubes su agonía desnuda Desnudo el mármol su memoria confiesa o deslíe la flor de los timbres, mármol heridor, flor de la garganta en su sed ya despunta o se rinde en acabado estilo de volante dolor. Oh si ya entre relámpagos y lebreles tu lengua se acrecienta y tu espada nueva con nervios de sal se humedece o se arroba. Es posible que la lluvia me añore o entre nieves el dolor no se sienta si el alcohol centellea y el canario sobre el mármol se dora. El aire en el oído se muere sin recordar el afán de enrojecer las conchas que tienen las hilanderas. Al atravesar el río, el jazmín o el diamante, tenemos que llorar para que los gusanos nieven o mueran en dos largas esperas.
Caída la hoja miro, ya que tu olvido decrece la calidad del suspiro que firme en la voz se mece. La sombra de tu retiro no a la noche pertenece, si insisto y la sombra admiro tu ausencia no viene y crece. La sustancia del vacío sólo halla su concierto elaborando el desvelo que presagia el cuerpo yerto. Diosa perdida en el cielo, yo con el cuerpo porfío.
Cuerpo desnudo en la barca. Pez duerme junto al desnudo que huido del cuerpo vierte un nuevo punto plateado. Entre el boscaje y el punto estática barca exhala. Tiembla en mi cuello la brisa y el ave se evaporaba. El imán entre las hojas teje una doble corona. Sólo una rama caída ilesa la barca escoge el árbol que rememora sueño de sierpe a la sombra.
Los dos cuerpos avanzan, después de romper el espejo intermedio, cada cuerpo reproduce el que está enfrente, comenzando a sudar como los espejos. Saben que hay un momento en que los pellizcará una sombra algo como el rocío, indetenible como el humo. La respiración desconocida de lo otro, del cielo que se inclina y parpadea, se rompe muy despacio esa cáscara de huevo. La mano puesta en el hombro de la mujer. Nace en ellos otro temblor, el invisible, el intocable, el que está ahí, grande como la casa, que es otro cuerpo que contiene y luego se precipita en un río invisible, intocable. Las piernas tiemblan, afanosas de llegar a la tierra descifrada, están ahora en el cuerpo sellado. Comienza apoyándose enteramente, un cuerpo oscuro que penetra en la otra luz que se va volviendo oscura y que es ella ahora la que comienza a penetrar. Lo oscuro húmedo que desciende en nuestro cuerpo. Tiemblan como la llama rodeada de un oscilante cuerpo oscuro. La penetración en lo oscuro, pero el punto de apoyo es ligeramente incandescente, después luminoso como los ojos acabados de nacer, cuando comienzan su victoriosa aprobación. La mano no está ya en el otro hombro. Se establece otro puente que respaldan los cuerpos penetrantes. Ya los dos cuerpos desaparecen, es la gran nebulosa oscura que apuntala su aspa de molino. Los dos cuerpos giran en la rueda de volantes chispas. Como después de una lenta y larga nadada, reaparecen los cabellos llenos de tritones. Miramos hacia atrás separando el oleaje Y aparece el desierto con alfombras y dátiles. Los dos cuerpos desparecen en un punto que abre su boca. Lo húmedo, lo blando, la esponja infinitamente extensiva, responden en la puerta, abrillantada con ungüentos de potros matinales y luces de faisanes con los ojos apenas recordados. El dolmen que regala los dones en la puerta aceitada, suena silenciosamente su madera vieja. Los dos cuerpos desaparecen y se unen en el borde de una nube. La manta, la lechuza marina, seca el sudor estrellado que los cuerpos exhalan en la crucifixión. El árbol y el falo no conocen la resurrección, nacen y decrecen con la media luna y el incendio del azufre solar. Los dos cuerpos ceñidos, el rabo del canguro y la serpiente marina, se enredan y crujen en el casquete boreal.
Para José Rey Al fin llegó el esperado, se abrieron las puertas de la casa y de nuevo se encendieron las luces. Una sombra ligera había repasado las paredes, que brillaban como ojos metálicos. El esperado comprobó cada uno de los secretos que guardaba la casa mágica llena de los amigos que fueron llegando con gorgueras nadantes, en campanillas de congelados sonidos como albatros. Hay un rincón que se abre como un libro de cetrería y se cierra como un antifonario en la medianoche temblequeante. Sus páginas son la escarcha que penetra en un paquete sellado. Sus silenciosos tumultos son llamas en el agua, que ven de cerca, día por día, el reloj coralino que ensaliva la eternidad. Una eternidad sucia, confundida, que da tropezones en la ley matinal y se reconoce y se come a sus hijos, como el caballo de la noche que relincha sin tregua. Es una bobalicona batalla en donde todos nos quedamos dormidos. Y nos van diciendo quiénes son los vencidos y los que siembran maíz, polvos de arroz, confundidos con la grasa de la mula en la coronación. La talanquera mugiendo con las vacas. Los flautines bucoliastas, dije de ostras lagañudas, inician el asedio. El incendio tamboril desordena el asalto. En el bostezo, nubes y números de nubes, de confín en confín.
Vendrá el suplente en agua a conversar. Se dirigirá hacia el norte donde tejen, desconocido llegará a los que lo protegen. Se arrancará su diente y a sembrar. Vendrá el suplente en vino a pelear, esgrimirá la traílla en zumbido planetario, tropezará con el estilo rufián del carbonario. Se apretará el chaleco y a bromear. Los dos suplentes no se encontrarán en la escalera aunque dejarán sus huellas en el molde de cera, al mismo tiempo se taparán con las dos hojas de la puerta. No se saludarán al valsar los largos corredores, pero se embriagarán con los mismos escanciadores. Ya llega el otro suplente para tirar del rabo de la puerca.
Estar en la noche esperando una visita, o no esperando nada y ver cómo el sillón lentamente va avanzando hasta alejarse de la lámpara. Sentirse más adherido a la madera mientras el movimiento del sillón va inquietando los huesos escondidos, como si quisiéramos que no fueran vistos por aquellos que van a llegar. Los cigarros van reemplazando los ojos de los que no van a llegar. Colocamos el pañuelo sobre el cenicero para que no se vea el fondo de su cristal, los dientes de sus bordes, los colores que imitan sus dedos sacudiendo la ausencia y la presencia en las entrañas que van a ser sopladas. La visita o la nada cubiertas por el pañuelo, como el llegar de la lluvia para oídos lejanos, saltan del cenicero, preparando la eternidad de sus pisadas o se organizan inclinándose sobre un montón de hojas que chisporrotean sobre el jarrón de la abuela, huyendo del cenicero.
La noche va a la rana de sus metales, palpa un buche regalado para el palpo, el rocío escuece a la piedra en gargantilla que baja para tiznarse de humedad al palpo. La rana de los metales se entreabre en el sillón y es el sillón el que se hunde en el pozo hablador. el fragmento aquel sube hasta el farol y la rana, no en la noche, pega su buche en el respaldo. La noche rellenada reclama la húmeda montura, la yerba baila en su pequeño lindo frío, pues se cansa de ser la oreja no raptada. la hoja despierta como oreja, la oreja amanece como puerta, la puerta se abre al caballo. Un trotito aleve, de lluvia, va haciendo hablar las yerbas.
Deseoso es
aquel que huye de su madre.
Despedirse es cultivar un rocío para
unirlo con la secularidad de la saliva.
La hondura del deseo no va
por el secuestro del fruto.
Deseoso es dejar de ver a su madre.
Es
la ausencia del sucedido de un día que se prolonga
y es la noche que
esa ausencia se va ahondando como un cuchillo.
Es esa ausencia se
abre una torre, en esa torre baila un fuego hueco.
y así se ensancha
y la ausencia de la madre es un mar en calma.
Pero el huidizo no ve
el cuchillo que le pregunta,
es la madre, de los postigos asegurados,
de quien se huye.
Lo descendido en vieja sangre suena vacío.
La
sangre es fría cuando desciende y cuando se esparce circulizada.
la
madre es fría y está cumplida.
Si es por la muerte, su peso es doble
y ya no nos suelta.
No es por las puertas donde se asoma nuestro
abandono.
Es por un claro donde la madre sigue marchando, pero ya no
nos sigue.
Es por un claro, allí se ciega y bien nos deja.
Ay del
que no marcha esa marcha donde la madre ya no le sigue, ay.
No es
desconocerse, el conocerse sigue furioso como en sus días,
pero el
seguirlo sería quemarse dos en un árbol,
y ella apetece mirar el
árbol como una piedra,
como una piedra con la inscripción de ancianos
juegos.
Nuestro deseo no es alcanzar o incorporar un fruto ácido.
El deseoso es el huidizo.
Y de los cabezazos con nuestras madres cae
el planeta centro de mesa
y ¿de dónde huimos, si no es de nuestras
madres de quien huimos
que nunca quieren recomenzar el mismo naipe,
la misma
noche de igual ijada descomunal?
Lo inaudible Es inaudible, no podremos saber si las hojas se acumulan y suenan al encaramarse la mirona lagartija sobre la hoja. Nos roza la frente y creemos que es un pañuelo que nos está tapando los ojos. El oro caminaba después hacia la hoja y la hoja iba hacia la casa vacía del otoño, donde lo inaudible se abrazaba con lo invisible en un silencioso gesto de júbilo. Lo inaudible gustaba del vuelo de las hojas, reposaba entre el árbol inmóvil y el río de móvil memoria. Mientras lo inaudible lograba su reino, la casa oscilaba, pero su interior permanecía intocable. De pronto, una chispa se unió a lo inaudible y comenzó a arder escondido debajo del sonido facetado del espejo. La casa recuperó su movilidad y comenzó de nuevo a navegar.
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« Brillando oscura la más secreta piel conforme / a las prolijas plumas »
« Caída la hoja miro, / ya que tu olvido decrece »
« barca. / Pez duerme junto al desnudo »
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