Poesía Universal

José Hierro

Biografía y amplia selección de poemas de José Hierro. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de José Hierro. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de José Hierro

29 poemas seleccionados
1.

De "Cuaderno de Nueva York" 1998

A orillas del East River


		
I

		En esta encrucijada,
flagelada por vientos de dos ríos
que 
		despeinan la calle y la avenida,
pisoteada su negrura por gaviotas de 
		luz,
descienden las palabras a mi mano,
picotean los granos de 
		rocío,
buscan entre mis dedos las migajas de lágrimas.

		

		Siempre aspiré a que mis palabras,
las que llevo al papel,

		continuasen llorando
-de pena, de felicidad, de desesperanza,
al 
		fin, todo es lo mismo-,
porque yo las había llorado antes;
antes 
		de que desembocasen en el papel blanquísimo,
en el papel deshabitado, 
		que es el morir.
Dejarían en él los ecos asordados, empañados,
de 
		lo que tuvo vida.
Alguien advertiría la humedad de las lágrimas,

		lloraría por seres que jamás conoció,
que acaso no es posible que 
		existieran
aunque estuvieron vivos
en el recuerdo o en la 
		imaginación.
Lloraríamos todos por los desconocidos,
los -para mí 
		-difuminados
en la magia del tiempo.

		
Contra las estructuras
de metal y de vidrio nocturno
rebotan 
		las palabras aún sin forma,
consagradas en el torbellino helado,
y 
		no me hacen llorar.
Yo ya no sé llorar. ¡Y mira que he llorado!


		II
Yo 
		ya no lloro,
excepto por aquello que algún día
me hizo llorar:

		los aviones que proclamaban 
		
que todo había terminado;
la estación amarilla diluida en la 
		noche
en la que coincidían, tan sólo unos instantes,
el tren que 
		partía hacia el norte
y el que partía hacia el oeste 
		
y jamás volverían a encontrarse;
y la voz de Juan Rulfo: 
		«diles que no me maten»;
y la malagueña canaria;
y la niña 
		mendiga de Lisboa
que me pidió un «besiño».
		

Yo ya no lloro.
Ni siquiera cuando recuerdo
lo que aún me 
		queda por llorar.


		De 
		"Cuaderno de Nueva York" 1998
2.

Acelerando

Aquí, en este momento, termina todo,
se detiene la vida. Han 
		florecido luces amarillas
a nuestros pies, no sé si estrellas. 
		Silenciosa
cae la lluvia sobre el amor, sobre el remordimiento.

		Nos besamos en carne viva. Bendita lluvia
en la noche, jadeando en la 
		hierba,
trayendo en hilos aroma de las nubes,
poniendo en nuestra 
		carne su dentadura fresca.

		Y el mar sonaba. Tal vez fuera su espectro

		porque eran miles de kilómetros
los que nos separaban de las olas,

		y lo peor, miles de días pasados y futuros nos separaban.
Descendían 
		en la sombra las escaleras.
Dios sabe a dónde conducían. Qué más 
		daba. «Ya es hora
-dije yo-, ya es hora de volver a tu casa.»
Ya 
		es hora. En el portal, «Espera», me dijo. Regresó
vestida de otro 
		modo, con flores en el pelo.
Nos esperaban en la iglesia. «Mujer te 
		doy.» Bajamos
las gradas del altar. El armonio sonaba.
Y un violín 
		que rizaba su melodía empalagosa.
Y el mar estaba allí. Olvidado y 
		apetecido
tanto tiempo. Allí estaba. Azul y prodigioso.
Y ella y 
		yo solos, con harapos de sol y de humedad.
«¿Dónde, dónde la noche 
		aquella, la de ayer...?», preguntábamos
al subir a la casa, abrir la 
		puerta, oír al niño que salía
con su poco de sombra con estrellas,

		su agua de luces navegantes,
sus cerezas de fuego. Y yo puse mis 
		labios
una vez más en la mejilla de ella. Besé hondamente.
Los 
		gusanos labraron tercamente su piel. Al retirarme
lo vi. Qué importa, 
		corazón. La música encendida,
y nosotros girando. No: inmóviles. El 
		cáliz de una flor
gris que giraba en torno vertiginosa.
Dónde la 
		noche, dónde el mar azul, las hojas de la lluvia.
Los niños -quiénes 
		son, que hace un instante
no estaban-, los niños aplaudieron, muertos 
		de risa:
«Qué ridículos, papá, mamá». «A la cama», les dije
con 
		ira y pena. Silencio. Yo besé
la frente de ella, los ojos con arrugas

		cada vez más profundas. ¿Dónde la noche aquella,
en qué lugar del 
		universo se halla? «Has sido duro
con los niños.» Abrí la habitación 
		de los pequeños,
volaron pétalos de lluvia. Ellos estaban 
		afeitándose.
Ellas salían con sus trajes de novia. Se marcharon

		los niños -¿por qué digo los niños?- con su amor,
con sus noches de 
		estrellas, con sus mares azules,
con sus remordimientos, con sus 
		cuchillos de buscar
bajo la carne. Dónde, dónde la noche aquella,

		dónde el mar... Qué ridículo todo: este momento detenido,
este disco 
		que gira y gira en el silencio,
consumida su música...

		

		De "Libro de las 
		alucinaciones" 1964
3.

Alegría

Llegué por el dolor 
		a la alegría.

		Supe por el dolor que el alma existe.
Por el dolor, allá en mi reino 
		triste,
un misterioso sol amanecía.


		Era 
		alegría la mañana fría
y el viento loco y cálido que embiste.
( 
		Alma que verdes primaveras viste
maravillosamente se rompía. )


		Así la 
		siento más. Al cielo apunto
y me responde cuando le pregunto
con 
		dolor tras dolor para mi herida.


		Y mientras 
		se ilumina mi cabeza
ruego por el que he sido en la tristeza
a las 
		divinidades de la vida.


		De 
		"Alegría" 1947
4.

De "Agenda" 1991

Alma dormida


		Me tendí 
		sobre la hierba entre los troncos
que hoja a hoja desnudaban su 
		belleza.
Dejé el alma que soñase:
volvería a despertar en 
		primavera.


		Nuevamente 
		nace el mundo, nuevamente
naces, alma (estabas muerta).
Yo no sé 
		lo que ha pasado en este tiempo:
tú dormías, esperando ser eterna.


		Y por 
		mucho que te cante la alta música
de las nubes, y por mucho que te 
		quieran
explicar las criaturas por qué evocan
aquel tiempo negro y 
		frío, aunque pretendas


		hacer tuya 
		tanta vida derramada
(era vida, y tú dormías), ya no llegas
a 
		alcanzar la plenitud de su alegría:
tú dormías cuando todo estaba en 
		vela.


		Tierra 
		nuestra, vida nuestra, tiempo nuestro...
(Alma mía, ¡quién te dijo 
		que durmieras!)


		De 
		"Agenda" 1991
5.

Amanecer

Imagínate tú...

		                                                                  
		Imagínatelo tú por un momento.
                                                                                                                            
		R. A.

La estrella aún flotaba en las aguas.
Río abajo, a 
		la noche del mar, la llevó la corriente.
Y de pronto la mágica música 
		errante en la sombra
se apagó, sin dolor, en el fresco silencio 
		silvestre.

Imagínate tú, piensa sólo un instante,
piensa sólo 
		un instante que el alma comienza a caerse.
(Las hojas, el canto del 
		agua que sólo tú escuchas:
maravilloso silencio que pone en las tuyas 
		su mano evidente.)

Piensa sólo un instante que has roto los 
		diques y flotas sin tiempo en la noche,
que eres carne de sombra, 
		recuerdo de sombra; que sombra tan sólo te envuelve.
Piensa conmigo 
		«¡tan bello era todo, tan nuestro era todo, tan vivo era todo,
antes 
		que todo se desvaneciese!»

Imagínate tú que hace siglos que has 
		muerto.
No te preguntan las cosas, si pasas, quién eres.
Procura 
		un instante pensar que tus brazos no pesan.

		Son nada más que dos cañas, dos gotas de lluvia, dos humos calientes.


		(¡Tan bello era todo, tan nuestro era todo, tan vivo era todo!)
Y 
		cuando creas que todo ante ti perfecciona su muerte,
abre los ojos:
                            
		El trágico hachero saltaba los montes,
llevaba una antorcha en la 
		mano, incendiaba los bosques  nacientes.

		El río volvía a mojar las orillas que dan a tu vida.
El prodigio era 
		tuyo y te hacías así vencedor de la muerte.


		De 
		"Agenda" 1991
6.

Apagamos las manos. Dejamos encima del mar marchitarse la luna...

Apagamos las manos. Dejamos encima del mar marchitarse la luna
y nos 
		pusimos a andar por la tierra cumplida de sombra.
Ahora ya es tarde. 
		Las albas vendrán a ofrecernos sus húmedas flores.
Ciegos iremos. 
		Callados iremos, mirando algo nuestro que escapa
hacia su patria 
		remota.
(Nuestro espíritu debe de ser, que cabalga
sobre las 
		olas.)

		
Ahora ya es tarde. Apagamos las manos felices
y nos ponemos a 
		andar por la tierra cumplida de sombra.
Hemos caído en un pozo que 
		ahoga los sueños.
Hemos sentido la boca glacial de la muerte tocar 
		nuestra boca.

		
Antes, entonces, con qué gozo ardiente,
con qué prodigioso 
		encenderse de aurora
modelamos en nieblas efímeras, en pasto de 
		brisas ligeras,
nuestra cálida hora.
Y cómo apretamos las ubres 
		calientes. Y cómo era hermoso
pensar que no había ni ayer, ni mañana, 
		ni historia.

		
Ahora ya es tarde; apagamos las manos felices
y nos ponemos a 
		andar por la tierra cumplida de sombra.
Cómo errar por los años, como 
		astros gemelos, sin fuego,
como astros sin luz que se ignoran.

		Cómo andar, sin nostalgia, el camino, soñando dos sueños distintos

		mientras en torno el amor se desploma.

Ahora ya es tarde. 
		Sabemos. Pensamos. (Buscábamos almas.)
Ahora sabemos que el alma no 
		es piedra ni flor que se toca.
Como astros gemelos y ajenos pasamos, 
		sabiendo
que el alma se niega si el cuerpo se niega.
Que nunca se 
		logra si el cuerpo se logra.

		

		Dejamos encima del mar marchitarse la luna.
Cómo errar, por los años, 
		sin gloria.
Cómo aceptar que las almas son vagos ensueños
que en 
		sueños tan sólo se dan, y despiertos se borran.
Qué consuelo ha de 
		haber, si lograr una gota de un alma
es pretender apresar el latir de 
		la tierra, desnuda y redonda.


		Estamos 
		despiertos. Sabemos. Como astros soberbios, caídos,
sentimos la boca 
		glacial de la muerte tocar nuestra boca.


		De "Con 
		las piedras, con el viento" 1950
7.

Así era

Canta, me dices. Y yo 
		canto.
¿Cómo callar? Mi boca es tuya.
Rompo contento mis amarras,

		dejo que el mundo se me funda.
Sueña, me dices. Y yo sueño.
¡Ojalá 
		no soñara nunca!
No recordarte, no mirarte,
no nadar por aguas 
		profundas,
no saltar los puentes del tiempo
hacia un pasado que me 
		abruma,
no desgarrar ya más mi carne
por los zarzales, en tu 
		busca. 
		


		Canta, me dices. Yo te 
		canto
a ti, dormida, fresca y única,
con tus ciudades en racimos,

		como palomas sucias,
como gaviotas perezosas
que hacen sus nidos 
		en la lluvia,
con nuestros cuerpos que a ti vuelven
como a una 
		madre verde y húmeda.


		Eras de vientos y de 
		otoños,
eras de agrio sabor a frutas,
eras de playas y de nieblas,

		de mar reposando en la bruma,
de campos y albas ciudades,
con un 
		gran corazón de música.


		De "Alegría" 1947
8.

De "Libro de las alucinaciones" 1964

Cae el sol


		Perdóname. 
		No volverá a ocurrir.
Ahora quisiera
meditar, recogerme, olvidar: 
		ser
hoja de olvido y soledad.
Hubiera sido necesario el viento

		que esparce las escamas del otoño
con rumor y color.
Hubiera sido 
		necesario el viento.

		

		Hablo con humildad,
con la desilusión, la gratitud
de quien vivió 
		de la limosna de la vida.
Con la tristeza de quien busca
una pobre 
		verdad en que apoyarse y descansar.
La limosna fue hermosa -seres, 
		sueños, sucesos, amor-,
don gratuito, porque nada merecí.


		¡Y la 
		verdad! ¡Y la verdad!
Buscada a golpes, en los seres,
hiriéndolos 
		e hiriéndome;
hurgada en las palabras;
cavada en lo profundo de 
		los hechos
-mínimos, gigantescos, qué más da:
después de todo, 
		nadie sabe
qué es lo pequeño y qué lo enorme;
grande puede 
		llamarse a una cereza
( "hoy se caen solas las cerezas",
me 
		dijeron un día, y yo sé por qué fue ),
pequeño puede ser un monte,

		el universo y el amor.


		Se me 
		había olvidado algo
que había sucedido.
Algo de lo que yo me 
		arrepentía
o, tal vez, me jactaba.
Algo que debió ser de otra 
		manera.
Algo que era importante
porque pertenecía a mi vida: era 
		mi vida.
(Perdóname si considero importante mi vida:
es todo lo 
		que tengo, lo que tuve;
hace ya mucho tiempo, yo la habría vivido

		a oscuras, sin lengua, sin oídos, sin manos,
colgado en el vacío,

		sin esperanza.)


		Pero se me 
		ha borrado
la historia (la nostalgia)
y no tengo proyectos
para 
		mañana, ni siquiera creo
que exista ese mañana (la esperanza).

		Ando por el presente
y no vivo el presente
(la plenitud en el 
		dolor y la alegría).
Parezco un desterrado
que ha olvidado hasta 
		el nombre de su patria,
su situación precisa, los caminos
que 
		conducen a ella.
Perdóname que necesite
averiguar su sitio exacto.


		Y cuando 
		sepa dónde la perdí,
quiero ofrecerte mi destierro, lo que vale

		tanto como la vida para mí, que es su sentido.
Y entonces, triste, 
		pero firme,
perdóname, te ofreceré una vida
ya sin demonio ni 
		alucinaciones.


		De 
		"Libro de las alucinaciones" 1964
9.

De "Tierra sin nosotr0s" 1947

Canción de cuna 
		para dormir a un preso

		

		La gaviota sobre el pinar. 

		(La mar resuena.) 

		Se acerca el sueño. Dormirás, 

		soñarás, aunque no lo quieras. 

		La gaviota sobre el pinar 

		goteado todo de estrellas. 

		

      Duerme. Ya tienes en tus manos 

		el azul de la noche inmensa. 

		No hay más que sombra. Arriba, luna. 

		Peter Pan por las alamedas. 

		Sobre ciervos de lomo verde 

		la niña ciega. 

		Ya tú eres hombre, ya te duermes, 

		mi amigo, ea... 

		

     Duerme, mi amigo. Vuela un cuervo 

		sobre la luna, y la degüella. 

		La mar está cerca de ti, 

		muerde tus piernas. 

		No es verdad que tú seas hombre; 

		eres un niño que no sueña. 

		No es verdad que tú hayas sufrido: 

		son cuentos tristes que te cuentan. 

		Duerme. La sombra toda es tuya, 

		mi amigo, ea... 

		

     Eres un niño que está serio. 

		Perdió la risa y no la encuentra. 

		Será que habrá caído al mar, 

		la habrá comido una ballena. 

		Duerme, mi amigo, que te acunen 

		campanillas y panderetas, 

		flautas de caña de son vago 

		amanecidas en la niebla. 

		

     No es verdad que te pese el alma. 

		El alma es aire y humo y seda. 

		La noche es vasta. Tiene espacios 

		para volar por donde quieras, 

		para llegar al alba y ver 

		las aguas frías que despiertan, 

		las rocas grises, como el casco 

		que tú llevabas a la guerra. 

		La noche es amplia, duerme, amigo, 

		mi amigo, ea... 

		

     La noche es bella, está desnuda, 

		no tiene límites ni rejas. 

		No es verdad que tú hayas sufrido, 

		son cuentos tristes que te cuentan. 

		Tú eres un niño que está triste, 

		eres un niño que no sueña. 

		Y la gaviota está esperando 

		para venir cuando te duermas. 

		Duerme, ya tienes en tus manos 

		el azul de la noche inmensa. 

		Duerme, mi amigo... 

                                            
		Ya se duerme 

		mi amigo, ea...


		De 
		"Tierra sin nosotr0s" 1947
10.

Como la rosa: nunca...

Como la rosa: nunca 

		te empañe un pensamiento. 
		
No es para ti la vida 
que te nace de dentro. 
Hermosura que 
		tenga 
		
su ayer en su momento. 
Que en sólo tu apariencia 
se guarde 
		tu secreto. 
		
Pasados no te brinden 
su inquietante misterio. 
Recuerdos no 
		te nublen 
		
el cristal de tus sueños. 


		Cómo puede ser bella 
		
flor que tiene recuerdos.


		De "Con las piedras, 
		con el viento" 1950
11.

Coplilla después del 5º Bourbon

Pensaba que sólo habría
sombra, silencio, vacío.
Y murió. 
		Estaba en lo cierto.
El mismo Dios se lo dijo.


		De 
		"Cuaderno de Nueva York" 1998
12.

De "Con las piedras, con el viento" 1950

Con las piedras, con el 
		viento...


		Con las 
		piedras, con el viento
hablo de mi reino. 


		Mi reino 
		vivirá mientras
estén verdes mis recuerdos.
Cómo se pueden venir

		nuestras murallas al suelo.
Cómo se puede no hablar
de todo 
		aquello.
El viento no escucha. No
escuchan las piedras, pero

		hay que hablar, comunicar,
con las piedras, con el viento. 
		


		Hay que no 
		sentirse solo.
Compañía presta el eco.
El atormentado grita
su 
		amargura en el desierto.
Hay que desendemoniarse,
liberarse de su 
		peso.
Quien no responde, parece
que nos entiende,
con las 
		piedras, con el viento. 
		


		Se exprime 
		así el alma. Así
se libra de su veneno.
Descansa, comunicando

		con las piedras, con el viento.


		De "Con 
		las piedras, con el viento" 1950
13.

Corazón que te hiere

Corazón que te hieren
con una rama verde.

		
Llegó a mi lado. Era 
el momento más fuerte
que el recuerdo. 
		Es hoy todo
inolvidable. El verde
de los álamos es
vida. Los 
		cielos tienen
azul de amor sereno
que aún ignora la muerte.

		
Llega a mi lado. Trae
una rama. (Parece
la verde primavera

		que entre sus manos duerme.)
Oh, qué felicidad.
Las brisas, cómo 
		mecen.
Ella saca a las flores
de su encanto silvestre.
Ella 
		toca de gracia
el áspero presente.

		
Llega a mi lado. Trae
una rama. (Se mueve
irreal: su elemento

		es la música. Viene
quebrando los silencios
maravillosamente. )

		
Entre sus manos es
la rama una serpiente
de luz, un río 
		frágil,
bandera transparente 
		
que pone en este ensueño
su alegría evidente.
(Por la rama 
		comprendo
que estamos vivos. Este
instante no es un sueño 
		
que pasa y no nos mueve.)
Es un látigo frágil,
una llama en 
		que beben
nuestros ojos.

		
                        
		¿Por qué
la ceñiste a mis sienes 40
como si fuera el único
dios 
		a quien perteneces?
¡Por qué te he preguntado
si ceñiste otras 
		sienes!

		
Corazón, te han herido 
con una rama verde.


		De "Con 
		las piedras, con el viento" 1950
14.

Cumbre

Firme, 
		bajo mi pie, cierta y segura, 
de piedra y música te tengo; 
no 
		como entonces, cuando a cada instante 
		
te levantabas de mi sueño. 


		Ahora 
		puedo tocar tus lomas tiernas, 
el verde fresco de tus aguas. 

		Ahora estamos, de nuevo, frente a frente 
		
como dos viejos camaradas. 


		Nueva 
		canción con nuevos instrumentos. 
Cantas, me duermes y me acunas. 

		Haces eternidad de mi pasado. 
		
Y luego el tiempo se desnuda. 


		¡Cantarte, 
		abrir la cárcel donde espera 
tanta pasión acumulada! 
Y ver 
		perderse nuestra antigua imagen 
		
arrebatada por el agua. 


		Firme, 
		bajo mi pie, cierta y segura, 
de piedra y música te tengo. 

		Señor, Señor, Señor: todo lo mismo. 
		
Pero, ¿qué has hecho de mi tiempo?


		De 
		"Tierra sin nosotros" 1947
15.

Desaliento

«No quiero 
		que pienses», dices
Tú sabes que sólo en ello 
puedo pensar. 
		Pasarán
los días, las noches. Tiempos 
		
vendrán sin nosotros. soles
brillarán en cielos nuevos.
Ecos 
		de campana harán
más misterioso el silencio.
(«No quiero que 
		pienses».) 
		
Yo seguiré pensando en ello.

		

		Quisiera hablarte de hermosas 

		fábulas, de pensamientos

		luminosos, de jornadas

		soñadas, de flores, vientos,

		caricias, ternuras, gracias,

		secretos;

		pero en la boca me nacen

		palabras de fuego.

		Como llamas silenciosas

		me abrasan por dentro.


		Debiera 
		decirte «amor»,

		«fantasía», «sueño».


		Yo sólo 
		pregunto cómo

		fue posible aquello.

		Seguiría, paso a paso,

		la huella de tu andar. Dentro

		de tu vida escondería

		la vida que muero.


		«No quiero 
		que pienses». Yo

		digo que no pienso en ello.

		(Cómo podría olvidarlo

		sin haberme muerto.)


		De "Con 
		las piedras, con el viento" 1950
16.

Despedida del mar

Por más 
		que intente al despedirme 
guardarte entero en mi recinto 
de 
		soledad, por más que quiera 
		
beber tus ojos infinitos, 
tus largas tardes plateadas, 
tu 
		vasto gesto, gris y frío, 
		
sé que al volver a tus orillas 
nos sentiremos muy distintos. 

		Nunca jamás volveré a verte 
		
con estos ojos que hoy te miro. 


		Este 
		perfume de manzanas, 
		
¿de dónde viene? ¡Oh sueño mío, 
mar mío! ¡Fúndeme, despójame 

		de mi carne, de mi vestido 
		
mortal! ¡Olvídame en la arena, 
y sea yo también un hijo 
más, 
		un caudal de agua serena 
		
que vuelve a ti, a su salino 
nacimiento, a vivir tu vida 

		como el más triste de los ríos! 
		


		Ramos 
		frescos de espuma... Barcas 
soñolientas y vagas... Niños 

		rebañando la miel poniente 
del sol... ¡Qué nuevo y fresco y limpio 
		
el mundo...! Nace cada día 
del mar, recorre los caminos 
que 
		rodean mi alma, y corre 
		
a esconderse bajo el sombrío, 
lúgubre aceite de la noche; 

		vuelve a su origen y principio. 
		


		¡Y que 
		ahora tenga que dejarte 
para emprender otro camino!... 


		Por más 
		que intente al despedirme 
llevar tu imagen, mar, conmigo; 
por 
		más que quiera traspasarte, 
		
fijarte, exacto, en mis sentidos; 
por más que busque tus cadenas 
		
para negarme a mi destino, 
yo sé que pronto estará rota 
tu 
		malla gris de tenues hilos. 
		
Nunca jamás volveré a verte 
con estos ojos que hoy te miro.


		De 
		"Tierra sin nosotros" 1947
17.

Destino alegre

Nos han abandonado en medio del camino.
Entre la luz íbamos ciegos.

		Somos aves de paso, nubes altas de estío,
vagabundos eternos.
Mala 
		gente que pasa cantando por los campos.
Aunque el camino es áspero y 
		son duros los tiempos,
cantamos con el alma. Y no hay un hombre solo

		que comprenda la viva razón del canto nuestro.

		
Vivimos y morimos muertes y vidas de otros.
Sobre nuestras 
		espaldas pesan mucho los muertos.
Su hondo grito nos pide que muramos 
		un poco,
como murieron todos ellos,

		que vivamos deprisa, quemando locamente
la vida que ellos no 
		vivieron.

		

		Ríos furiosos, ríos turbios, ríos veloces,
(Pero nadie nos mide lo 
		hondo, sino lo estrecho.)
Mordemos las orillas, derribamos los 
		puentes.
Dicen que vamos ciegos.

		
Pero vivimos. Llevan nuestras ,aguas la esencia
de las muertes y 
		vidas de vivos y de muertos.
Ya veis si es bien alegre saber a 
		ciencia cierta
que hemos nacido para esto.

		

		De "Tierra sin 
		nosotros" 1947
18.

1.

Génesis

En el principio era el amor.

		Cuando el alba buscaba un dueño.
Cuando todas las criaturas

		llevaban sus cuerpos desiertos.

En el principio era el amor.

		En todo tenía su reino.
La noche entera era el latido
de tan hondo 
		enamoramiento.

		
El amor y las almas, juntos
fueron creando el Universo.
Las 
		almas fueron su metal.
El amor su mágico fuego.

En el 
		principio era el amor.
Los cuerpos estaban desiertos,
y cada 
		cuerpo buscó un alma
que lo tuviera prisionero.

Para el 
		cuerpo, recién nacido
de la noche, todo fue nuevo.
Ignoró, por no 
		entristecerse,
que el alma tenía recuerdos.

En el principio 
		era el amor.
19.

2.

Sin saberlo

		
Alguna vez, un alma halló
el alma que la completaba.
Cuando 
		los cuerpos se tuvieron,
olvidaron que había alma.

No llegaron 
		a lo que dura,
y gozaron de lo que pasa.

		Luego se fueron, dividieron
el caudal de su única agua.
20.

En el principio era el amor.

3. Segundo amor

		
En el principio era el amor.
Sin el amor nada existía.
El alma 
		que una vez amó,
nunca jamás se apagaría.


		Volver a 
		amar era intentar
tornar al punto de partida,
apresar humo, tocar 
		cielos,
poseer la luz infinita.


		Volver a 
		amar era querer
revivir las flores marchitas.
Era escuchar la voz 
		del alma
que llamaba al alma perdida.


		Volver a 
		amar era llorar
por la dicha desvanecida.
Era encontrar con quien 
		partir
el pan y el vino de otros días.


		Pero -de 
		sobra lo sabemos-
sólo una vez se ama en la vida.
Volver a amar, 
		es evocar
el amor que colmó la dicha.


		Es, sin 
		querer, hacer sufrir.
Sentir la rueda detenida.
Que si el espejo 
		sufre, es porque
la vieja imagen está viva.


		En el 
		principio era el amor.


		De "Con 
		las piedras, con el viento" 1950
21.

El buen momento

Aquel momento que flota
nos toca de su misterio.
Tendremos siempre 
		el presente
roto por aquel momento.

		
Toca la vida sus palmas
y tañe sus instrumentos.
Acaso 
		encienda su música
sólo para que olvidemos.

		
Pero hay cosas que no mueren
y otras que nunca vivieron
y las 
		hay que llenan todo
nuestro universo.

		
Y no es posible librarse
de su recuerdo.


		De 
		"Alegría" 1947
22.

El enemigo

Nos mira. 
		Nos está acechando. Dentro
de ti, dentro de mí, nos mira. Clama 

		sin voz, a pleno corazón. Su llama
se ha encarnizado en nuestro 
		oscuro centro. 
		


		Vive en 
		nosotros. Quiere herirnos. Entro
dentro de ti. Aúlla, ruge, brama.

		Huyo, y su negra sombra se derrama,
noche total que sale a nuestro 
		encuentro. 
		


		Y crece 
		sin parar. Nos arrebata
como a escamas de octubre el viento. Mata

		más que el olvido. Abrasa con carbones
inextinguibles. Deja 
		devastados
días de sueños. Malaventurados
los que le abrimos 
		nuestros corazones. 
		


		De 
		"Cuanto sé de mí" 1957
23.

El héroe

Oí 
		latir el corazón del mar
unido al de otras músicas -el vals, la 
		polka, el tango,
el chárleston,  el pasodoble,  la rumba,  
		el twist,  el mádison-,
lo eterno y la que pasa, mano a mano.

		La vida. El mar. Y las ciudades: hermosa Viena,
desasosegadora Nueva 
		York,
pasando por París y por Madrid.
Músicas muertas en los 
		tocadiscos
de los muchachos, como antaño en pianolas y organillos.

		Música viva, como un mar que transcurre para los soñadores

		-Bach, Schumann, Brahms o Debussy-;
señales de otras músicas futuras, 
		de otras vidas,
de otros tiempos -Boulez, Berio, Stockhausen, Luis de 
		Pablo-,
viejos probablemente cuando leáis estas palabras
viejas 
		también, que ahora arrojo al olvido.

		
Entonces lo vi allí, al héroe, indiferente,
con su uniforme de 
		guardarropía,
anacrónico. El pecho cubierto de medallas y de nobles 
		cintajos,
maravillas de seda y cobre.
Vi al héroe, descansando 
		sobre el banco de piedra.

		
Los jóvenes que pasan, navegan por la música.
Otros, ya con 
		arrugas, oyen el canto de las olas.
Yo sólo, aquí, entre ellos, el 
		más viejo de todos,
oigo música y mar al mismo tiempo. Es la armonía

		de quien nació y ha muerto muchas veces.
No es frecuente que sea así, 
		pero sucede, como ahora:
de súbito se encienden mar y música;

		estallan tiempo, espacio, fuera y dentro;
giran deslumbradores vida 
		de ayer y sangre fresca:
es como un huracán irresistible.

		
Es como un fuego. Yo iba andando
con la felicidad de adentro
y 
		la felicidad de afuera,
suma de aquella humanidad entre la que 
		pasaba.
Y vi al hombre: «Qué harás aquí -le dije-,
descorazonadora 
		criatura,
carcomiendo la plenitud. Qué se habrá muerto
dentro de 
		ti».
                          
      	
                        
		Y yo, que oía
todos los sones, sólo oí el silencio, su silencio,

		el silencio del héroe,
sordo al mar, a la música, a sus recuerdos y 
		proyectos.

		
Nueve décimas partes de su vida
debieron de pasar sin acercarse 
		al mar,
sin sospechar siquiera qué paciencia salada,
qué artesanía 
		de olas y de días
son necesarias para producirse
el prodigio de un 
		árbol de coral,
la fantasía helicoidal de un caracol.
Era un héroe 
		deshabitado, sin corona de roble
que le ciña de días gloriosos.

		
Despojad un instante a esta palabra
-héroe- de tantas 
		adherencias literarias. Borrad
las iconografías consabidas:
Grecia 
		y piedra rosada, cara al mar,
héroes ecuestres del Renacimiento...

		Era otra cosa el hombre que yo vi.

		Nació en alguna aldea del interior de España-
La piel endurecida, 
		impasibles los ojos
que nada vieron nunca si no fue la llanura

		circundada de encinas, donde nació y vivió.

		
(Donde vivió esperando
su tren de muerte, como yo ahora espero,

		mientras nerviosamente escribo estos recuerdos,
al tren que ha de 
		llegar a Medina del Campo
casi al amanecer. Estos sucesos

		ocurrieron lejos de aquí, y en mí vivían
solicitando forma, para no 
		ser pura nostalgia.
Sólo esta noche pude hallarles la palabra.)

		
Allí vivió veinte años. Un día, le hizo hombre
la guerra: le dio 
		fe, lejanías y llamas.
Llegó hasta el mar; el mar le hizo sentirse 
		libre;
mojó en el mar su cuerpo,
conquistó tierras, hizo 
		prisioneros,
bebió vino de muerte, sintió tristeza y sintió ira;

		tal vez fuera marcado por la metralla. Estuvo vivo
como nunca lo 
		estuvo ni volvería a estarlo.
Dio razón y entusiasmo a su vida:
se 
		la jugó con alegría a una carta tapada.
Luego, volvió a su pueblo a 
		ensartar días y cosechas,
a dorar con melancolías
su estatua 
		coronada de olas. 
		

Y he aquí que al cabo de los años 
llega otra vez junto al 
		mar luminoso.
Donde dejó entusiasmo, vida y fe,
ha encontrado el 
		silencio,
el mismo de las eras de su aldea,
mas ya sin esperanza.

		Ha desfilado entre banderas, entre cánticos;
resucitaron las palabras 
		en la garganta joven;
ha bebido el vino de antaño
y paseado su 
		embriaguez gloriosa.
Desde las doce a la una y media
ha durado el 
		desfile de estos supervivientes,
nostálgicos representantes
de un 
		drama, escrito hace quién sabe cuántos años.
Después de la comida y 
		los discursos
cayó el telón. Y oyó el silencio de los espectadores.

		Y el silencio del mar. Y el de su vida.
Dijeron: «A las nueve al 
		autobús;
hay que llegar temprano a casa.»
Oyó el silencio de su 
		vida.
Desconocido entre desconocidos,
anduvo por las calles, sin 
		rumbo. Se sentó
enfrente de las olas. Volvió el naipe
y no había 
		figura pintada en él. Y oyó el silencio.

		
¿Comprendéis? El nordeste cesa al atardecer.
Ya ni siquiera hace 
		temblar la ropa de este hombre.
No le deja en la mano el aroma del 
		arma
con que mató a la muerte hace ya tiempo.
Van los muchachos 
		por su lado, destruyen
la muerte con la música, como ayer con la 
		pólvora.
Destruyen con la música la vida.
Con la música crean un 
		inmenso silencio.

		
De "Libro de 
		las alucinaciones" 1964
24.

De "Alegría" 1947

El muerto


		Aquel que 
		ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría
no podrá morir 
		nunca.

Yo lo veo muy claro en mi noche completa.
Me costó 
		muchos siglos de muerte poder comprenderlo,
muchos siglos de olvido y 
		de sombra constante,
muchos siglos de darle mi cuerpo extinguido
a 
		la hierba que encima de mí balancea su fresca verdura.

		Ahora el aire, allá arriba, más alto que el suelo que pisan los vivos,

		será azul. Temblará estremecido, rompiéndose,
desgarrado su vidrio 
		oloroso por claras campanas,
por el curvo volar de los gorriones,

		por las flores doradas y blancas de esencias frutales.
(Yo una vez 
		hice un ramo con ellas.
Puede ser que después arrojara las flores al 
		agua,
puede ser que le diera las flores a un niño pequeño,
que 
		llenara de flores alguna cabeza que ya no recuerdo, 
		
que a mi madre llevara las flores:
yo quería poner primavera en 
		sus manos.)

		
¡Será ya primavera allá arriba!
Pero yo que he sentido una vez en 
		mis manos temblar la alegría
no podré morir nunca.
Pero yo que he 
		tocado una vez las agudas agujas del pino
no podré morir nunca.

		Morirán los que nunca jamás sorprendieron
aquel vago pasar de la loca 
		alegría.
Pero yo que he tenido su tibia hermosura en mis manos
no 
		podré morir nunca.

		
Aunque muera mi cuerpo, y no quede memoria de mí.


		De 
		"Alegría" 1947
25.

Inauguraciã“n

Inauguración de monumento

		 

		                                                                                
		A Vicente Aleixandre

		

     Los hombres graves desaparecieron

		después de haber clavado al mediodía

		su bastón de solemnidad.

		

     Quedó sola la estatua. y quedó el niño

		a su sombra, riendo. Era evidente s

		como la hoja verde; inexplicable

		también como la hoja verde.

		

     ¿Qué hacía el niño aquel? ¿Quién era? ¿Cómo

		vino hasta allí? y ¿por qué? Súbitamente

		el niño desapareció. 

		Y no como los hombres de antes, esos

		del canto llano del discurso.

		

		No: como un ángel o una melodía;

		así fue: como el viento o el amor.

		

		La estatua aquella señalaba 

		hacia el lugar justo del hombre,

		el que rompía sus cadenas, lágrima

		a lágrima. Y su exvoto era la propia

		estatua, cincelada verso a verso,

		imán para el recuerdo, testimonio

		liberador, inmortalizador.

		Allí, donde indicaba el brazo. Allí

		estaría el poeta, el hombre, oculto,

		acechando su gloria, imaginando

		lo por venir. Detrás de los arriates

		estaría su vida clara,

		sin peso. Entré...

		

                                    
		Allí estaba

		el niño. Y comprendí.
26.

Interior

Tu piel me devolvía
algo remoto. (¿Es esto
un poema de amor?

		¿Es un canto de duelo
o de esperanza? Un himno
triunfal o una 
		nostalgia
acariciada sobre
la realidad?)
                     
		No había
nadie, sino nosotros.
(Los demás no existían.) 
Una 
		botella, un libro,
un cenicero. Ahora
la vida es de cristal,
de 
		metal, de papel.
Ahora es la botella 
		
más bella que una flor.
El cenicero tiene
el sonámbulo brillo

		de las olas. El libro
es una roca... (¿Es esto 
		
un poema de amor?)
En una habitación
en penumbra, entre el 
		humo
que nos aleja... (¿Es esto

		un Poema de amor?) 
...sin hablar...(nada está
dicho aún...).
                      
		Olvidaba
otra cosa: la música
frutal, el corazón
errante de los 
		siglos, 
		
suena para nosotros.

Toqué tu frente como
si me fuera a 
		morir
un instante después.
Igual que si me anclases
a la 
		verdad. (¿Es esto
un poema de amor?
¿Fuimos sus criatura

		melancólicas...?)

		
                         
		Libro,
botella, cenicero.
(No flor, ni ola, ni rocas.)
He 
		llamado a las cosas
por su nombre, aunque el nombre
rompa el 
		hechizo. Quiero
todo aquello que ha sido
el instante, su carne

		y su alma (no sólo
su alma), lo que el tiempo
roe (no lo que el 
		tiempo
purifica).

		
                  
		Al contacto
de tu frente, los días
volaban desprendidos
de la 
		copa. Pensé
que los días... ¿Amor
es eso que devuelve
el tiempo 
		huido? ¿Eras
entonces el amor?
¿Me estoy cantando a mí,

		recobrado y perdido?
¿Al amor, al que duerme
bajo tu piel, la 
		pobre
criatura del cielo
destinada a morir
sin haber conocido

		sus imposibles padres.


		De 
		"Cuanto sé de mí" 1957-1959
27.

La impasible María con erres, eles y eses

Para Tacha


		Una 
		esfinge pigmea. Se diría
que no está aquí: no ve, ni oye, ni huele.

		Esta no es una Marta que currele,
sino María de la fantasía.


		Susurra. 
		Hormiga china, todavía
no distingue la erre de la ele.

		Posiblemente un día se rebele
su Marta agazapada en su María.


		Entonces, 
		cara y cruz por siempre unidas,
sin eses de costuras descocidas,

		Martamaría cantará su dúo.


		Pero 
		mientras no ocurra tal encuentro
es un búho que mira desde dentro

		de un búho que está dentro de otro búho.


		                                                         
		El abuelo Pepe


		De 
		"Divertimentos. Poemas Humorísticos y varios"
28.

La mano es la que recuerda...

La mano es la que recuerda

		Viaja a través de los años,
desemboca en el presente
siempre 
		recordando.

		
Apunta, nerviosamente,
lo que vivía olvidado.
la mano de la 
		memoria,
siempre rescatándolo.

		
Las fantasmales imágenes
se irán solidificando, 
irán diciendo 
		quién eran,
por qué regresaron.

		
Por qué eran carne de sueño,
puro material nostálgico.
La mano 
		va rescatándolas 
		
de su limbo mágico.


		De 
		"Cuaderno de Nueva York" 1998
29.

La sombra

¿Todo en Él es presente:
el futuro, el pasado?
Lo que será y ha 
		sido
¿es actual en sus manos?
¿A un tiempo toca
la semilla y el 
		árbol?
¿En el brote ve el tronco
talado y abrasado?
Nos 
		contempla y ¿tan solo
puede llorar, llorarnos?
¿Nos tiene ya en su 
		gloria?
¿Nos tiene condenados?
¿Ve en nuestros pobres huesos
el 
		alba y el ocaso?
¿No puede detenernos
ni puede apresurarnos?

		¿Llora por lo que tiene
que pasar (y ha pasado)?
¿Llora por lo que 
		ha sido
(por lo que aún no ha llegado)?
¿Nos arranca del tiempo

		para que no suframos
nosotros, sus heridas
criaturas, esclavos

		sombríos? ¿Nos ve ciegos
y no puede guiarnos?


		De "Cuanto sé de mí" 
		1957-1959

Versos y pensamientos de José Hierro

4 citas
« En esta encrucijada, / flagelada por vientos de dos ríos »
José Hierro · De "Cuaderno de Nueva York" 1998
« Aquí, en este momento, termina todo, / se detiene la vida. Han »
José Hierro · Acelerando
« Llegué por el dolor / a la alegría. »
José Hierro · Alegría
« Me tendí / sobre la hierba entre los troncos »
José Hierro · De "Agenda" 1991
Biblioteca poética

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