Biografía

Vida

Poemas de José Gorostiza deslumbró por su portentosa voz lírica y su capacidad única para transformar las emociones más intensas en versos inolvidables. Su vida estuvo consagrada al arte de la palabra, explorando el misterio del amor, el destino y la belleza del mundo con enorme carisma.

Frente a las incertidumbres de su tiempo, defendió con valentía la libertad de creación y la autenticidad del sentimiento más puro. Su obra poética permanece como una joya imperecedera que sigue emocionando a lectores de todas las generaciones por su frescura y hondura humana.

José Gorostiza

Grupo Contemporáneos de México (1901–1973)

Grupo Contemporáneos de México · Autor de Muerte sin fin, cima metafísica y arquitectónica de la lírica moderna

Lírica y Versos

Poemas de José Gorostiza

10 poemas seleccionados
1.

Agua, no huyas de la sed, detente...

¡Agua, no huyas de la 
		sed, detente!
Detente, oh claro insomnio, en la llanura
de este 
		sueño sin párpados que apura
el idioma febril de la corriente.

		
No el tierno simulacro que te miente,
entre rumores, viva; no 
		madura,
ama la sed esa tensión de hondura
con que saltó tu flecha 
		de la fuente.

		
Detén, agua, tu prisa, porque en tanto
te ciegue el ojo y te 
		estrangule el canto,
dictar debieras a la muerte zonas;

		
que por tu propia muerte concebida,
sólo me das la piel 
		endurecida
¡oh movimiento!, sierpe que abandonas.
2.

Borrasca

Noche, madre sombría,

		de nubes negras y relámpagos ágiles,
cuyos gritos de luz al mar 
		doblegan:
Menesteroso de silencio, pido
tres palmos de la orilla

		desolada,
de donde pueda regresar sencilla,
como un fuego marino, 
		la mirada.


		Nublada debo de tenerla 
		ahora,
mientras el mar castiga sus lebreles,
si tú piensas la 
		angustia de una estrella
- viento del norte la desprende el oro -

		y yo, sin los resabios
del camino,
en un beso feliz, añejo vino,

		dulce soplo de brisa entre losa labios.


		En el mismo sendero son 
		viadores
un límpido crepúsculos de luna
y el pájaro fugaz de la 
		tormenta.
Para un mismo viajero
se divide en jornadas el camino,

		porque pasan la aurora y el copo del lucero
vespertino
en un solo 
		sendero.


		Noche, madre sombría:

		Cuando llegue el minuto negro de mi borrasca,
hazme sufrirlo aquí, 
		junto a la orilla
del agua amarga.
que, si me vienen ganas de 
		llorar,
quiero tener azules las ideas,
y en mis palabras el sonar

		de las mareas.
3.

El

enfermo


		Por el amplio silencio del instante
pasa un vago temor.
Tal vez 
		gira la puerta sin motivo
y se recoge una visión distante,
como si 
		el alma fuese un mirador.

		
Afuera canta un pájaro cautivo,
y con gota fugaz el surtidor.

		
Tal vez fingen las cortinas altas
plegarse al toque de una mano 
		intrusa,
y el incierto rumor
a las pupilas del enfermo acusa
un 
		camino de llanto en derredor.

		
En sus ojos opacos, mortecinos,
se reflejan las cosas con candor,

		mientras la queja fluye
a los labios exangües de dolor.

		
Cuenta la Hermana cuentas de rosario
y piensa en el Calvario

		del Señor.

		
Pero invade la sombra vespertina
un extraño temor,
y en el 
		péndulo inmóvil se adivina
la séptima caída del amor.

		
Tal vez gira la puerta sin motivo.
Afuera canta un pájaro 
		cautivo,
y con gota fugaz el surtidor.
4.

Elegía

A Ramón López Velarde


		Solo, con ruda soledad 
		marina,
se fue por un sendero de la luna,
mi dorada madrina,

		apagando sus luces como una
pestaña de lucero en la neblina.


		El dolor me sangraba el 
		pensamiento,
y en los labios tenía,
como una rosa negra, mi 
		silencio.


		Las azules cenéforas de 
		la melancolía
derramaron sus frágiles cestillos,
y el sueño se 
		dolía
con la luna de lánguidos lebreles amarillos.


		Se pusieron de púrpura 
		las liras;
las mujeres, en hilos de lágrimas suspensas,
cortaron 
		las espiras
blandamente aromadas de sus trenzas.


		Y al romper mis 
		quietudes vesperales
lo gris de estas congojas,
las oí resbalar 
		como a las hojas
en los rubios jardines otoñales.


		Apaguemos las lámparas, 
		hermanos.
De los dulces laúdes
no muevan le cordaje nuestras 
		manos.
Se nos murieron las siete virtudes,
al asomar
los finos 
		labios del amanecer.
¡Ponga dios una lenta lágrima de mujer
en los 
		ojos del mar!
5.

Espejo no: marca luminosa...

Espejo no: marca 
		luminosa,
marca blanca.

		
Conforme en todo al movimiento
con que respira el agua


		¡cómo se inflama en su delgada prisa
marea alta

		
y alumbra -qué pureza de contornos,
qué piel de flor- la 
		distancia,

		
desnuda ya de peso,
ya de eminente claridad helada!


		Conforme en todo a la molicie
con que reposa el agua,

		
¡cómo se vuelve hondura, hondura,
marea baja,

y más 
		cristal que luz, más ojo,
intenta una mirada

		
en la que -espectros de color- las formas,
las claras, bellas, 
		mal heridas, sangran!
6.

La casa del silencio...

La casa del silencio

		se yergue en un rincón de la montaña,
con el capuz de tejas 
		carcomido.
Y parece tan dócil
que apenas se conmueve con el ruido

		de algún árbol cercano, donde sueña
el amoroso cónclave de un nido.


		Tal vez nadie la habita

		ni la quiere,
Y acaso nunca la vivieron hombres;
pero su lento 
		corazón palpita
con un profundo latir de resignando,
cuando el 
		rumor la hiere
y la sangra del trémulo costado.


		Imagino, en la casa del 
		silencio,
un patio luminoso, decorado
por la hierba que roe las 
		canales
y un muro despintado
al caer de las lluvias torrenciales.


		Y en las noches azules,

		la pienso conturbada si adivina
un balbucir de luz en sus escaños,

		y la oigo verter con un ruido
ya casi imperceptible, contenido,
su 
		lor paternal de tres mil años.
7.

La

luz sumisa


		Alarga el día en 
		matinal hilera 
		
tibias manchas de sol por la ciudad. 
Se adivina casi la 
		primavera, 
		
como si descendiera 
en lentas ráfagas de claridad. 


		La luz, la luz sumisa

		( si no fuera
la luz, la llamaran sonrisa )
al trepar en los 
		muros, por ligera, 
		
dibuja la imprecisa 
ilusión de una blanda enredadera.

		¡Ondula, danza y trémula se irisa! 
		


		Y la ciudad, con íntimo 
		candor, 
		
bajo el rudo metal de una campana
despierta a la inquietud de la 
		mañana,
y en gajos de color se deshilvana. 
		


		Pero puso el Señor,

		a lo largo del día, 
		
esencias de dolor
y agudo clavo de melancolía. 


		Porque la claridad, al 
		descender
en giros de canción,
enciende una alegría de mujer
en 
		el espejo gris del corazón. 
		


		Si ayer vimos la luna, 
		desleída
sobre un alto silencioso de montañas...
si ayer la vimos 
		derramarse en una
indulgencia de lámpara afligida,
y duele 
		desnatar en las pestañas
el oro de la luna.
8.

La orilla del mar

No es agua ni arena 

		la orilla del mar. 
		


		El agua 
		sonora 
		
de espuma sencilla, 
el agua no puede 
formarse la orilla. 

		Y porque descanse 
		
en muelle lugar, 
no es agua ni arena 
la orilla del mar. 
		


		Las cosas discretas, 
		
amables, sencillas; 
las cosas se juntan 
como las orillas. 
		


		Los mismo los labios, 
		
si quieren besar. 
No es agua ni arena 
la orilla del mar. 
		


		Yo sólo me miro 
por 
		cosa de muerto; 
		
solo, desolado, 
como en un desierto. 


		A mí venga 
		el lloro, 
		
pues debo penar. 
No es agua ni arena 
la orilla del mar.
9.

Muerte sin fin

Conmigo está el consejo y el ser; 
		
                                                             
		yo soy la inteligencia; mía es la fortaleza.
                                                                                                                
		Proverbios, 8,14.


		Con él estaba yo 
		ordenándolo todo; 
		
y fui su delicia todos los días, 
teniendo solaz delante de él en 
		todo tiempo.
Proverbios, 8,30.


		Mas el que peca contra 
		mí defrauda su alma; 
todos los que me aborrecen aman la muerte.

		Proverbios, 8,36.


		I

Lleno de mí, 
		sitiado en mi epidermis
por un dios inasible que me ahoga,
mentido 
		acaso
por su radiante atmósfera de luces
que oculta mi conciencia 
		derramada,
mis alas rotas en esquirlas de aire,
mi torpe andar a 
		tientas por el lodo;
lleno de mí -ahíto- me descubro
en la imagen 
		atónita del agua,
que tan sólo es un tumbo inmarcesible,
un 
		desplome de ángeles caídos
a la delicia intacta de su peso,
que 
		nada tiene
sino la cara en blanco
hundida a medias, ya, como una 
		risa agónica,
en las tenues holandas de la nube
y en los funestos 
		cánticos del mar
-más resabio de sal o albor de cúmulo 
		
que sola prisa de acosada espuma.
No obstante -oh paradoja- 
		constreñida
por el rigor del vaso que la aclara,
el agua toma 
		forma.
En él se asienta, ahonda y edifica,
cumple una edad amarga 
		de silencios
y un reposo gentil de muerte niña,
sonriente, que 
		desflora
un más allá de pájaros
en desbandada.
En la red de 
		cristal que la estrangula,
allí, como en el agua de un espejo,
se 
		reconoce;
atada allí, gota con gota,
marchito el tropo de espuma 
		en la garganta
¡qué desnudez de agua tan intensa,
qué agua tan 
		agua,
está en su orbe tornasol soñando,
cantando ya una sed de 
		hielo justo!
Mas qué vaso -también- más providente
éste que así se 
		hinche
como una estrella en grano,
que así, en heroica promisión, 
		se enciende
como un seno habitado por la dicha,
y rinde así, 
		puntual,
una rotunda flor
de transparencia al agua,
un ojo 
		proyectil que cobra alturas
y una ventana a gritos luminosos
sobre 
		esa libertad enardecida
que se agobia de cándidas prisiones!

		
II


		¡Más qué vaso -también- 
		más providente!
Tal vez esta oquedad que nos estrecha
en islas de 
		monólogos sin eco,
aunque se llama Dios,
no sea sino un vaso

		que nos amolda el alma perdidiza,
pero que acaso el alma sólo 
		advierte
en una transparencia acumulada
que tiñe la noción de Él, 
		de azul.
El mismo Dios,
en sus presencias tímidas,
ha de gastar 
		la tez azul
y una clara inocencia imponderable,
oculta al ojo, 
		pero fresca al tacto,
como este mar fantasma en que respiran

		-peces del aire altísimo-
los hombres.
¡Sí, es azul! ¡Tiene que 
		ser azul!
Un coagulado azul de lontananza,
un circundante amor de 
		la criatura,
en donde el ojo de agua de su cuerpo
que mana en 
		lentas ondas de estatura
entre fiebres y llagas;
en donde el río 
		hostil de su conciencia
¡agua fofa, mordiente, que se tira,
ay, 
		incapaz de cohesión al suelo!
en donde el brusco andar de la criatura

		amortigua su enojo,
se redondea
como una cifra generosa,
se 
		pone en pie, veraz, como una estatua.
¿Qué puede ser -si no- si un 
		vaso no?
Un minuto quizá que se enardece
hasta la incandescencia,

		que alarga el arrebato de su brasa,
ay, tanto más hacia lo eterno 
		mínimo
cuanto es más hondo el tiempo que lo colma.
Un cóncavo 
		minuto del espíritu
que una noche impensada,
al azar
y en 
		cualquier escenario irrelevante
-en el terco repaso de la acera,

		en el bar, entre dos amargas copas
o en las cumbres peladas del 
		insomnio-
ocurre, nada más, madura, cae
sencillamente,
como la 
		edad, el fruto y la catástrofe.
¿También -mejor que un lecho- para el 
		agua
no es un vaso el minuto incandescente
de su maduración?
Es 
		el tiempo de Dios que aflora un día,
que cae, nada más, madura, 
		ocurre, 
		
para tornar mañana por sorpresa
es un estéril repetirse inédito,

		como el de esas eléctricas palabras
-nunca aprehendidas,
siempre 
		nuestras-
que eluden el amor de la memoria,
pero que a cada 
		instante nos sonríen
desde sus claros huecos
en nuestras propias 
		frases despobladas.
Es un vaso de tiempo que nos iza
en sus azules 
		botareles de aire
y nos pone su máscara grandiosa,
ay, tan 
		perfecta,
que no difiere un rasgo de nosotros.
Pero en las zonas 
		ínfimas del ojo,
en su nimio saber,
no ocurre nada, no, sólo esta 
		luz, 
		
esta febril diafanidad tirante,
hecha toda de pura exaltación,

		que a través de su nítida sustancia
nos permite mirar,
sin verlo a 
		Él, a Dios,
lo que detrás de Él anda escondido:
el tintero, la 
		silla, el calendario
-¡todo a voces azules el secreto
de su 
		infantil mecánica!-
en el instante mismo que se empeñan
en el 
		tortuoso afán del universo.

		
III


		Pero en las zonas 
		ínfimas del ojo
no ocurre nada, no, sólo esta luz¡
ay, hermano 
		Francisco,
esta alegría,
única, riente claridad del alma.
Un 
		disfrutar en corro de presencias,
de todos los pronombres -antes 
		turbios
por la gruesa efusión de su egoísmo-
de mí y de Él y de 
		nosotros tres
¡siempre tres!
mientras nos recreamos hondamente

		en este buen candor que todo ignora,
en esta aguda ingenuidad del 
		ánimo
que se pone a soñar a pleno sol
y sueña los pretéritos de 
		moho,
la antigua rosa ausente
y el prometido fruto de mañana,

		como un espejo del revés, opaco,
que al consultar la hondura de la 
		imagen
le arrancara otro espejo por respuesta.
Mirad con qué 
		pueril austeridad graciosa
distribuye los mundos en el caos,
los 
		echa a andar acordes como autómatas;
al impulso didáctico del índice

		oscuramente
¡hop!
la apostrofa
y saca de ellos cintas de 
		sorpresas
que en un juego sinfónico articula,
mezclando en la 
		insistencia de los ritmos
¡planta-semilla-planta!

		¡planta-semilla-planta!
su tierna brisa, sus follajes tiernos,
su 
		luna azul, descalza, entre la nieve,
sus mares plácidos de cobre
y 
		mil y un encantadores gorgoritos.
Después, en un crescendo 
		insostenible,
mirad como dispara cielo arriba,
desde el mar,
el 
		tiro prodigioso de la carne
que aun a la alta nube menoscaba
con 
		el vuelo del pájaro,
estalla en él como un cohete herido
y en 
		sonoras estrellas precipita
su desbandada pólvora de plumas.


		IV


		Mas en la médula de 
		esta alegría,
no ocurre nada, no;
sólo un cándido sueño que 
		recorre
las estaciones todas de su ruta
tan amorosamente
que no 
		elude seguirla a sus infiernos,
ay, y con qué miradas de atropina,

		tumefactas e inmóviles, escruta
el curso de la luz, su instante 
		fúlgido,
en la piel de una gota de rocío;
concibe el ojo
y el 
		intangible aceite
que nutre de esbeltez a la mirada;
gobierna el 
		crecimiento de las uñas
y en la raíz de la palabra esconde
el 
		frondoso discurso de ancha copa
y el poema de diáfanas espigas.

		Pero aún más -porque en su cielo impío
nada es tan cruel como este 
		puro goce-
somete sus imágenes al fuego
de especiosas torturas que 
		imagina
-las infla de pasión,
en el prisma del llanto las deshace,

		las ciega con el lustre de un barniz,
las satura de odios purulentos, 
		
rencores zánganos
como una mala costra,
angustias secas como 
		la sed del yeso.
Pero aún más -porque, inmune a la mácula,
tan 
		perfecta crueldad no cede a límites-
perfora la sustancia de su gozo

		con rudos alfileres;
piensa el tumor, la úlcera y el chancro
que 
		habrán de festonar la tez pulida,
toma en su mano etérea a la 
		criatura
y la enjuta, la hincha o la demacra,
como a un copo de 
		cera sudorosa,
y en un ilustre hallazgo de ironía
la estrecha 
		enternecido
con los brazos glaciales de la fiebre.

		
Mas nada ocurre, no, sólo este sueño
desorbitado
que se mira a 
		sí mismo en plena marcha;
presume, pues, su término inminente
y 
		adereza en el acto
el plan de su fatiga,
su justa vacación,
su 
		domingo de gracia allá en el campo,
al fresco albor de las camisas 
		flojas.
¡Qué trebolar mullido, qué parasol de niebla,
se regala en 
		el ánimo
para gustar la miel de sus vigilias!
Pero el ritmo es su 
		norma, el solo paso,
la sola marcha en círculo, sin ojos;
así, aun 
		de su cansancio, extrae
¡hop!
largas cintas de cintas de sorpresas

		que en un constante perecer enérgico,
en un morir absorto,
arrasan 
		sin cesar su bella fábrica
hasta que -hijo de su misma muerte,

		gestado en la aridez de sus escombros-
siente que su fatiga se 
		fatiga,
se erige a descansar de su descanso
y sueña que su sueño 
		se repite,
irresponsable, eterno,
muerte sin fin de una obstinada 
		muerte,
sueño de garza anochecido a plomo
que cambia sí de pie, 
		mas no de sueño,
que cambia sí la imagen,
mas no la doncellez de 
		su osadía
¡oh inteligencia, soledad en llamas!
que lo consume todo 
		hasta el silencio,
sí, como una semilla enamorada
que pudiera 
		soñarse germinando,
probar en el rencor de la molécula
el salto de 
		las ramas que aprisiona
y el gusto de su fruta prohibida,
ay, sin 
		hollar, semilla casta,
sus propios impasibles tegumentos.


		V


		¡Oh inteligencia, 
		soledad en llamas,
que todo lo concibe sin crearlo!
Finge el calor 
		del lodo,
su emoción de sustancia adolorida,
el iracundo amor que 
		lo embellece
y lo encumbra más allá de las alas
a donde sólo el 
		ritmo
de los luceros llora,
mas no le infunde el soplo que lo pone 
		en pie
y permanece recreándose en sí misma,
única en Él, 
		inmaculada, sola en Él,
reticencia indecible,
amoroso temor de la 
		materia,
angélico egoísmo que se escapa
como un grito de júbilo 
		sobre la muerte
-¡oh inteligencia, páramo de espejos!
helada 
		emanación de rosas pétreas
en la cumbre de un tiempo paralítico;

		pulso sellado;
como una red de arterias temblorosas,
hermético 
		sistema de eslabones
que apenas se apresura o se retarda
según la 
		intensidad de su deleite;
abstinencia angustiosa
que presume el 
		dolor y no lo crea,
que escucha ya en la estepa de sus tímpanos

		retumbar el gemido del lenguaje
y no lo emite;
que nada más 
		absorbe las esencias
y se mantiene así, rencor sañudo,
una, 
		exquisita, con su dios estéril,
sin alzar entre ambos
la sorda 
		pesadumbre de la carne,
sin admitir en su unidad perfecta
el 
		escarnio brutal de esa discordia
que nutren vida y muerte 
		inconciliables,
siguiéndose una a otra
como el día y la noche,

		una y otra acampadas en la célula
como en un tardo tiempo de 
		crepúsculo,
ay, una nada más, estéril, agria,
con Él, conmigo, con 
		nosotros tres;
como el vaso y el agua, sólo una
que reconcentra su 
		silencio blanco
en la orilla letal de la palabra
y en la 
		inminencia misma de la sangre.
                               
		¡Aleluya, aleluya!


		VI


		Iza la flor enseña,

		agua, en el prado.
¡Oh, qué mercadería
de olor alado!

		
¡Oh, que mercadería
de tenue olor!
¡cómo inflama los aires

		con su rubor!

		
¡Qué anegado de gritos
está el jardín!
"¡Yo, el heliotropo, 
		yo!"
"¿Yo? El jazmín."

		
Ay, pero el agua,
ay, si no huele a nada.

Tiene la noche 
		un árbol
con frutos de ámbar;
tiene una tez la tierra,
ay, de 
		esmeraldas.

		
El tesón de la sangre
anda de rojo;
anda de añil el sueño;

		la dicha, de oro.

		
Tiene el amor feroces
galgos morados;
pero también sus mieses,

		también sus pájaros.

		
Ay, pero el agua,
ay, si no luce a nada.

Sabe a luz, a luz 
		fría,
sí, la manzana.
¡Qué amanecida fruta
tan de mañana!

		
¡Qué anochecido sabes,
tú, sinsabor!
¡cómo pica en la entraña

		tu picaflor!

		
Sabe la muerte a tierra,
la angustia a hiel.
Este morir a 
		gotas
me sabe a miel.

		
Ay, pero el agua,
ay, si no sabe a nada.


		[ Baile ]


		Pobrecilla del agua,

		ay, que no tiene nada,
ay, amor, que se ahoga,
ay, en un vaso de 
		agua.

		
VII

En el rigor del vaso que la aclara,
el agua toma forma

		-ciertamente.
Trae una sed de siglos en los belfos,
una sed fría, 
		en punta, que ara cauces
en el sueño moroso de la tierra,
que 
		perfora sus miembros florecidos,
como una sangre cáustica,

		incendiándolos, ay, abriendo en ellos
desapacibles úlceras de 
		insomnio.
Más amor que sed; más que amor, idolatría,
dispersión de 
		criatura estupefacta
ante el fulgor que blande
-germen del trueno 
		olímpico- la forma
en sus netos contornos fascinados.
¡Idolatría, 
		sí, idolatría!
Mas no le basta el ser un puro salmo,
un ardoroso 
		incienso de sonido;
quiere, además, oírse.
Ni le basta tener sólo 
		reflejos
-briznas de espuma
para el ala de luz que en ella anida;

		quiere, además, un tálamo de sombra,
un ojo,
para mirar el ojo que 
		la mira.
En el lago, en la charca, en el estanque,
en la entumida 
		cuenca de la mano,
se consuma este rito de eslabones,
este enlace 
		diabólico
que encadena el amor a su pecado.
En el nítido rostro 
		sin facciones
el agua, poseída,
siente cuajar la máscara de 
		espejos
que el dibujo del vaso le procura.
Ha encontrado, por fin,

		en su correr sonámbulo,
una bella, puntual fisonomía.
Ya puede 
		estar de pie frente a las cosas.
Ya es, ella también, aunque por arte

		de estas limpias metáforas cruzadas,
un encendido vaso de figuras.

		El camino, la barda, los castaños,
para durar el tiempo de una muerte

		gratuita y prematura, pero bella,
ingresan por su impulso
en el 
		suplicio de la imagen propia
y en medio del jardín, bajo las nubes,

		descarnada lección de poesía,
instalan un infierno alucinante.


		
VIII

Pero el 
		vaso en sí mismo no se cumple.
Imagen de una deserción nefasta

		¿qué esconde en su rigor inhabitado,
sino esta triste claridad a 
		ciegas,
sino esta tentaleante lucidez?
Tenedlo ahí, sobre la mesa, 
		inútil.
Epigrama de espuma que se espiga
ante un auditorio 
		anestesiado,
incisivo clamor que la sordera
tenaz de los objetos 
		amordaza,
flor mineral que se abre para adentro
hacia su propia 
		luz,
espejo ególatra
que se absorbe a sí mismo contemplándose.

		Hay algo en él; no obstante, acaso un alma,
el instinto augural de 
		las arenas,
una llaga tal vez que debe al fuego,
en donde le 
		atosiga su vacío.
Desde este erial aspira a ser colmado.
En el 
		agua, en el viento, en el aceite,
articula el guión de su deseo;

		se ablanda, se adelgaza;
ya su sobrio dibujo se le nubla,
ya, 
		embozado en el giro de un reflejo,
en un llanto de luces se liquida.


		IX

Mas la forma 
		en sí misma no se cumple.
Desde su insigne trono faraónico,

		magnánima,
deífica,
constelada de epítetos esdrújulos,
rige con 
		hosca mano de diamante.
Está orgullosa de su orondo imperio.
¿En 
		las augustas pituitarias de ónice
no juega, acaso, el encendido aroma

		con que arde a sus pieles la poesía?
¡Ilusión, nada más, gentil 
		narcótico
que puebla de fantasmas los sentidos!
Pues desde ahí 
		donde el olor emite
¡oh turbio sol de pobre!
el esmerado brillo 
		que lo embosca,
ay, desde ahí, presume la materia
que apenas cuaja 
		su dibujo estricto
y ya es un jardín de huellas fósiles,

		estruendoso fanal,
rojo timbre de alarma en los cruceros
que 
		gobierna la ruta hacia otras formas.
La rosa edad que esmalta su 
		epidermis
-senil recién nacida-
envejece por dentro a grandes 
		siglos.
Trajo puesta la proa a lo amarillo.
El aire se coagula 
		entre sus poros
como un sudor profuso
que se anticipa a destilar 
		en ellos
una esencia de rosas subterráneas.
Los crudos garfios de 
		su muerte suben,
como musgo, por grietas inasibles,
ay, la 
		hostigan con tenues mordeduras
y abren hueco por fin a aquel minuto

		-¡miradlo en la lenteja del reloj,
neto, puntual, exacto,
correrse 
		un eslabón cada minuto!-
cuando al soplo infantil de un parpadeo,

		la egregia masa de ademán ilustre
podrá caer de golpe hecha cenizas.


		X

No obstante 
		-¿por qué no?- también en ella
tiene un rincón el sueño,
árido 
		paraíso sin manzana
donde suele escaparse de su rostro,
por el 
		rostro marchito del espectro
que engendra, aletargada, su costilla.

		El vaso de agua es el momento justo.
En su audaz evasión se 
		transfigura,
tuerce la órbita de su destino
y se arrastra en 
		secreto hacia lo informe.
La rapiña del tacto no se ceba
-aquí, en 
		el sueño inhóspito-
sobre el templado nácar de su vientre,
ni la 
		flauta Don Juan que la requiebra
musita su cachonda serenata.
El 
		sueño es cruel,
ay, punza, roe, quema, sangra, duele.
Tanto ignora 
		infusiones como ungüentos.
En los sordos martillos que la afligen,

		la forma da en el gozo de la llaga
y el oscuro deleite del colapso.

		Temprana madre de esa muerte niña
que nutre en sus escombros 
		paulatinos,
anhela que se hundan sus cimientos
bajo sus plantas, 
		ay, entorpecidas
por una espesa lentitud de lodo;
oye nacer el 
		trueno del derrumbe;
siente que su materia se derrama
en un 
		prurito de ácidas hormigas;
que, ya sin peso, flota
y en un claro 
		silencio se deslíe.
Por un aire de espejos inminentes
¡oh 
		impalpables derrotas del lirio!
cruza entonces, a velas desgarradas,

		la airosa teoría de una nube.

XI

En la red de cristal que 
		la estrangula,
el agua toma forma,
la bebe, sí, en el módulo del 
		vaso,
para que éste también se transfigure
con el temblor del agua 
		estrangulada
que sigue allí, sin voz, marcando el pulso
glacial de 
		la corriente.
Pero el vaso
-a su vez-
cede a la informe 
		condición del agua
a fin de que -a su vez- la forma misma,
la 
		forma en sí, que está en el duro vaso
para que éste también se 
		transfigure
con el temblor del agua estrangulada
que sigue allí, 
		sin voz, marcando el pulso
glacial de la corriente.
Pero el vaso

		-a su vez-
cede a la informe
condición del agua
a fin de que -a 
		su vez- la forma misma,
la forma en sí, que está en el duro vaso

		sosteniendo el rencor de su dureza
y está en el agua de aguijada 
		espuma
como presagio cierto de reposo,
se pueda sustraer al vaso 
		de agua;
un instante, no más,
no más que el mínimo
perpetuo 
		instante del quebranto,
cuando la forma en sí, la pura forma,
se 
		abandona al designio de su muerte
y se deja arrastrar, nubes arriba,

		por ese atormentado remolino
en que los seres todos se repliegan

		hacia el sopor primero,
a construir el escenario de la nada.
Las 
		estrellas entonces ennegrecen.
Han vuelto el dardo insomne
a la 
		noche perfecta de su aljaba.


		XII

Porque en el 
		lento instante del quebranto,
cuando los seres todos se repliegan

		hacia el sopor primero
y en la pira arrogante de la forma
se 
		abrasan, consumidos por su muerte
-¡ay, ojos, dedos, labios,

		etéreas llamas del atroz incendio!-
el hombre ahoga con sus manos 
		mismas,
en un negro sabor de tierra amarga,
los himnos claros y 
		los roncos trenos
con que cantaba la belleza,
entre tambores de 
		gangoso idioma
y esbeltos címbalos que dan al aire
sus golondrinas 
		de latón agudo;
ay, los trenos e himnos que loaban
la rosa 
		marinera
que consuma el periplo del jardín
con sus velas henchidas 
		de fragancia;
y el malsano crepúsculo de herrumbre,
amapola del 
		aire lacerado
que se pincha en las púas de un gorjeo;
y la febril 
		estrella, lis de calosfrío,
punto sobre las íes
de la tinieblas;

		y el rojo cáliz del pezón macizo,
sola flor de granado
en la cima 
		angustiosa del deseo,
y la mandrágora del sueño amigo
que crece en 
		los escombros cotidianos
-ay, todo el esplendor de la belleza
y el 
		bello amor que la concierta toda
en un orbe de imanes arrobados.


		XIII

Porque el 
		tambor rotundo
y las ricas bengalas que los címbalos
tremolan en 
		la altura de los cantos,
se anegan, ay, en un sabor de tierra amarga,

		cuando el hombre descubre en sus silencios
que su hermoso lenguaje se 
		le agosta,
se le quema -confuso- en la garganta,
exhausto de 
		sentido;
ay, su aéreo lenguaje de colores,
que así se jacta del 
		matiz estricto
en el humo aterrado de sus sienas
o en el sol de 
		sus tibios bermellones;
él, que discurre en la ansiedad del labio

		como una lenta rosa enamorada;
él, que cincela sus celos de paloma

		y modula sus látigos feroces;
que salta en sus caídas
con un 
		ruidoso síncope de espumas;
que prolonga el insomnio de su brasa

		en las mustias cenizas del oído;
que oscuramente repta
e hinca 
		enfurecido la palabra
de hiel, la tuerta frase de ponzoña;
él, que 
		labra el amor del sacrificio
en columnas de ritmos espirales,
sí, 
		todo él, lenguaje audaz del hombre,
se le ahoga -confuso- en la 
		garganta
y de su gracia original no queda
sino el horror de un 
		pozo desecado
que sostiene su mueca de agonía.


		XIV

Porque el 
		hombre descubre en sus silencios
que su hermoso lenguaje se le agosta

		en el minuto mismo del quebranto,
cuando los peces todos
que en 
		cautelosas órbitas discurren
como estrella de escamas, diminutas,

		por la entumida noche submarina,
cuando los peces todos
y el 
		ulises salmón de los regresos
y el delfín apolíneo, pez de dioses,

		deshacen su camino hacia las algas;
cuando el tigre que huella
la 
		castidad del musgo
con secretas pisadas de resorte
y el bóreas de 
		los ciervos presurosos
y el cordero Luis XV, gemebundo,
y el león 
		babilónico
que añora el alabastro de los frisos
-¡flores de 
		sangre, eternas,
en el racimo inmemorial de las especies!-
cuando 
		todos inician el regreso
a sus mudos letargos vegetales;
cuando la 
		aguda alondra se deslíe
en el agua del alba,
mientras las aves 
		todas
y el solitario búho que medita
con su antifaz de fósforo en 
		la sombra,
la golondrina escritura hebrea
y el pequeño gorrión, 
		hambre en la nieve,
mientras todas las aves se disipan
en la noche 
		enroscada del reptil;
cuando todo -por fin- lo que anda o repta
y 
		todo lo que vuela o nada, todo,
se encoge en un crujir de mariposas,

		regresa a sus orígenes
y al origen fatal de sus orígenes,
hasta 
		que su eco mismo se reinstala
en el primer silencio tenebroso.


		XV

Porque los 
		bellos seres que transitan
por el sopor añoso de la tierra
- 
		¡trasgos de sangre, libres,
en la pantalla de su sueño impuro! -

		todos se dan a un frenesí de muerte,
ay, cuando el sauce
acumula 
		su llanto
para urdir la sustancia de un delirio
en que -¡tú! ¡yo! 
		¡nosotros!- de repente,
a fuerza de atar nombres destemplados,
ay, 
		no le queda sino el tronco prieto,
desnudo de oración ante su 
		estrella;
cuando con él, desnudos, se sonrojan
el álamo temblón de 
		encanecida barba
y el eucalipto rumoroso,
témpano de follaje
y 
		tornillo sin fin de la estatura
que se pierde en las nubes, 
		persiguiéndose;
y también el cerezo y el durazno
en su loca 
		efusión de adolescentes
y la angustia espantosa de la ceiba
y todo 
		cuanto nace de raíces,
desde el heroico roble
hasta la impúbera

		menta de boca helada;
cuando las plantas de sumisas plantas

		retiran el ramaje presuntuoso,
se esconden en sus ásperas raíces
y 
		en la acerba raíz de sus raíces
y presas de un absurdo crecimiento

		se desarrollan hacia la semilla,
hasta quedar inmóviles
¡oh 
		cementerios de talladas rosas!
en los duros jardines de las piedra.


		XVI

Porque desde 
		el anciano roble heroico
hasta la impúbera
mente de boca helada,

		ay, todo cuanto nace de raíces
establece sus tallos paralíticos
en 
		los duros jardines de la piedra,
cuando el rubí de angélicos 
		melindres
y el diamante iracundo
que fulmina a la luz con un 
		reflejo,
más el ario zafir de ojos azules
y la geórgica esmeralda 
		que se anega
en el abril de su robusta clorofila,
una a una, las 
		piedras delirantes,
con sus lindas hermanas cenicientas,
turquesa, 
		lapislázuli, alabastro,
pero también el oro prisionero
y la plata 
		de lengua fidedigna,
ingenuo ruiseñor de los metales
que se ahoga 
		en el agua de su canto;
cuando las piedras finas
y los metales 
		exquisitos, todos,
regresan a sus nidos subterráneos
por las rutas 
		candentes de la llama,
ay, ciegos de su lustre,
ay, ciegos de su 
		ojo,
que el ojo mismo,
como un siniestro pájaro de humo,
en su 
		aterida combustión se arranca.


		XVII

Porque raro 
		metal o piedra rara,
así como la roca escueta, lisa,
que figura 
		castillos
con sólo naipes de aridez y escarcha,
y así la arena de 
		arrugados pechos
y el humus maternal de entraña tibia,
ay, todo se 
		consume
con un mohino crepitar de gozo,
cuando la forma en sí, la 
		forma pura,
se entrega a la delicia de su muerte
y en su sed de 
		agotarla a grandes luces
apura en una llama
el aceite ritual de 
		los sentidos,
que sin labios, sin dedos, sin retinas,
sí, paso a 
		paso, muerte a muerte, locos,
se acogen a sus túmidas matrices,

		mientras unos a otros se devoran
al animal, la planta
a la planta, 
		la piedra
a la piedra, el fuego
al fuego, el mar
al mar, la 
		nube
a la nube, el sol
hasta que todo este fecundo río
de 
		enamorado semen que conjuga,
inaccesible al tedio,
el suntuoso 
		caudal de su apetito,
no desembocan en sus entrañas mismas,
en el 
		acre silencio de sus fuentes,
entre fulgor de soles emboscados,
en 
		donde nada es ni nada está,
donde el sueño no duele,
donde nada ni 
		nadie, nunca, está muriendo
y sola ya, sobre las grandes aguas,

		flota el Espíritu de Dios que gime
con un llanto más llanto aún que 
		el llanto,
como si herido -¡ay, Él también!- por un cabello,
por 
		el ojo en almendra de esa muerte
que emana de su boca,
hubiese al 
		fin ahogado su palabra sangrienta.
                                                
		¡Aleluya, aleluya!


		XVIII

¡Tan-tan! 
		¿Quién es? Es el Diablo,
es una espesa fatiga,
un ansia de 
		trasponer
estas lindes enemigas,
este morir incesante,
tenaz, 
		esta muerte viva,
¡oh Dios! que te está matando
en tus hechuras 
		estrictas,
en las rosas y en las piedras,
en las estrellas ariscas

		y en la carne que se gasta
como una hoguera encendida,
por el 
		canto, por el sueño,
por el color de la vista.

		
¡Tan, tan! ¿Quién es? Es el Diablo,
ay, una ciega alegría,
un 
		hambre de consumir
el aire que se respira,
la boca, el ojo, la 
		mano;
estas pungentes cosquillas
de disfrutarnos enteros
en un 
		solo golpe de risa,
ay, esta muerte insultante,
procaz, que nos 
		asesina
a distancia, desde el gusto
que tomamos en morirla,
por 
		una taza de té,
por una apenas caricia.

		
¡Tan, tan! ¿Quién es? Es el Diablo,
es una muerte de hormigas

		incansables, que pululan
¡oh Dios! sobre tus astillas;
que acaso 
		te han muerto allá,
siglos de edades arriba,
sin advertirlo 
		nosotros,
migajas, borra, cenizas
de ti, que sigues presente

		como una estrella mentida
por su sola luz, por una
luz sin 
		estrella, vacía,
que llega al mundo escondiendo
su catástrofe 
		infinita.


		[ Baile ]


		Desde mis ojos insomnes

		mi muerte me está acechando,
me acecha, sí, me enamora
con su ojo 
		lánguido.
¡Anda, putilla del rubor helado,
anda, vámonos al 
		diablo!
10.

Mujeres

A Ciro Méndez


		De mi ciudad sonora

		viene al pueblo de tibia somnolencia,
donde saben a sal los labios de 
		la aurora.


		Y traje una dolencia

		de mis valles,
ansiosos de marina transparencia.


		Cruzaban las angostas 
		cintas de las calles
mujeres de aguzados senos
y agilidad de 
		música en los talles.


		Había sol en los 
		rostros morenos;
dos ágatas de luz en sus pupilas,
y en sus labios 
		melifluos los venenos.


		en onduladas filas,

		eran como de cálidas palomas
Por el limpio tejado de las montañas 
		lilas.


		Y soñaban en pomas

		paradisíacas de filtrado jugo,
y en un idilio de los vientos con los 
		aromas.


		Al Señor Nuestro plugo

		darles líneas de copas transparentes,
como se reza en Hugo.


		Y secaron mis fuentes

		por esa gota lánguida de un beso
en las finas copas de labios 
		adolescentes.


		Córdoba, cofre de 
		mujeres, dulce embeleso:
Les prometí la luz de un arrebol
por esa 
		gota lánguida de un beso...


		¡Y me dieron el sol!

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