Poesía Universal

José García Nieto

Biografía y amplia selección de poemas de José García Gómez. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de José García Gómez. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de José García Nieto

14 poemas seleccionados
1.

A tu orilla

A tu orilla he venido. 
		Tengo un otoño, un pájaro 
y una voz desusada. Tú me esperas: un río, 

		una pasión y un fruto. Y tiene nuestro encuentro 
		
el vuelo, la corriente, seguros, proclamados. 


		He venido a tu orilla 
		con los brazos tendidos 
y ahora ya soy la hierba que no termina 
		nunca, 
el barro donde el agua sujeta sus mensajes 
		
y la cuna del cauce para mecer tu sueño. 


		Dime si estoy pendiente 
		de mi diario trabajo, 
si basta a tus oídos mi tristísimo verso 
o 
		si a mi sombra vive mejor mayo tu carne. 
		


		De tu orilla me iría si 
		ahora me dijeras
      	
que te amo solamente como los hombres aman 
o que mi voz te suena 
		como todas las voces.
2.

Al espejo retrovisor de un coche

Tú eres el corazón con lo vivido,
en ti está lo que atrás vamos 
		dejando,
lo que hemos ido con pasión amando,
definitivamente ya 
		perdido,
en ti vemos las gracias que se han ido,
los paisajes y el 
		cielo del ayer,
cuando las cosas que ahora sigues recordando

		flotan sobre las aguas del olvido,
pero vives y estás, claro y 
		pequeño,
miras aquellos prados, aquel sueño tan lejano,
las rosas 
		de aquel día,
crees que puedes cambiar toda la suerte y,
aunque 
		vamos derechos a la muerte,
vives de lo pasado todavía.
3.

Alta de amor

Para las altas cumbres, 
		alta vida.
Alta de amor. Voz alta. Alto sendero
-sierpe de fe y de 
		luz-. Albor primero
para las altas nubes de tu huida.


		Alta de brisas altas. 
		Confundida
con el latir más alto. Alto crucero
por altas costas. 
		Alto mastelero
para altas velas, altas de partida.


		Alta de ti, ya fiebre 
		de mis pulsos,
ofreces en tus brazos la balanza
que iguale en el 
		cenit nuestros impulsos.


		Y al alcanzar tu imagen 
		su infinito
hay un temor a que se clave en lanza 
		
y una ambición de que culmine en grito.
4.

Barro

de la palabra


		Hoy he tomado el barro de la palabra en frío;
su piel ya me conoce; 
		poco a poco, temblada
por mi caricia, vibra, responde a la llamada

		de la costumbre. Toco. Me adueño de lo mío.

		
Penetro en la palabra. Las orillas del río
me acogen, me 
		conducen, y se siente creada
la mano creadora... ¿Vive la enamorada

		mi amor, o me amenazan su ocaso y su extravío...?

		
¡Qué torpe es el amante, qué ciega su porfía!
No dice la palabra 
		lo que ayer le decía.
O sí: dice lo mismo, miente lo mismo, inventa

		
lo mismo...  «¡Calla, calla...!», le increpa. Y luego llora

		su soledad. Y vuelve. Y, arrastrándose, implora:
«Quiero morir 
		tocando tu barro, aunque me mienta».
5.

Despedida

Vuelvo a mi casa, más 
		alta
que la tuya, Luisa Esteban,
pero sin una ventana
que dé al 
		atrio de la iglesia.


		-¡Adiós, adiós-
                      
		Y no oyes,
Luisa Esteban.


		No levantarás el 
		cántaro,
por mí, de su cantarera,
con el agua de aljibe,

		sonora, delgada y fresca.
En tu cama de altos hierros
no dormiré 
		más la siesta.
Ni en tus sábanas de hilo,
Luisa Esteban.


		Porque a mí llevan 
		-mira,
tú que no oyes, mi pena-
amores de otras ciudades
hasta 
		otra calle cualquiera
que no es ésta con un toro
descansando ante 
		tu puerta.
6.

El

hacedor


		Entra en la playa de 
		oro el mar y llena
la cárcava que un hombre antes, tendido,
hizo 
		con su sosiego. El mar se ha ido
y se ha quedado niño, entre la 
		arena.


		Así es este eslabón de 
		tu cadena
que como el mar me has dado. Y te has partido
luego, 
		Señor. Mi huella te ha servido
para darle ocasión a la azucena.


		Miro el agua. me copia. 
		Me recuerda.
No me dejes, Señor; que no me pierda.,
que no me 
		sienta dios, y a Ti lejano...


		Fuimos hombre y mujer, 
		pena con pena,
eterno barro, arena contra arena,
y sólo Tú la 
		poderosa mano.
7.

En la distancia

Perlora, en la 
		distancia, recordarte
es dar al sueño una verdad lejana;
es como 
		oír de nuevo la campana
de aquel mar que florece al golpearte.


		Qué fábula, qué magia 
		pudo darte
entre el verdor la gracia ciudadana:
una distinta luz 
		cada ventana,
una lanza el maíz por cualquier parte?


		Te pienso aquí y te sé 
		en la tierra mía.
Era una vez... Y nadie me creía.
Pero yo te he 
		tenido, y he tocado 
		


		tu piel que bajo el 
		cielo se serena:
aquí, Carranques, dos labios de arena,
allí, 
		Candás, como un navío anclado.
8.

Esta

muchacha y su 
		hermosura antigua...


		Esta muchacha y su 
		hermosura antigua
y su ademán de enamorada calle
que va con las 
		ventanas de sus ojos
hacia los arcos del amor triunfante,


		¿de qué lugar del suelo 
		se ha escapado?,
¿de qué reino en que estuve hace un instante?

		Hace mil años ya, pero conozco
de su piel encendida las señales.


		Pasa con sus navíos por 
		el agua;
abre sus velas; sabe de cien mares:
quieren dejarse 
		hundir por su madera
y hacer brillar cien veces sus metales.


		En la penumbra, un 
		arenal sombrío
intenta recordar los cuerpos ágiles.
Aquí estaban 
		un día, pero el viento
borró la oscura huella de la sangre.


		La letra se refugia en 
		la costumbre...
¡Adelante los nombres; adelante!
¿Quiénes sois? 
		¿Dónde estáis, sílabas muertas?
Es memoria falaz la de la carne.


		Esos cabellos sueltos, 
		esos brazos,
esos pies que se hunden, leves, graves,
esa pierna 
		que avanza irrepetible,
ese velado pecho inalcanzable,


		¿qué tejados tendrán?, 
		¿qué fina lluvia
harán caer en un pinar sin nadie
donde algún 
		corazón sienta sus pasos
y estremezca los nidos al mojarse?


		Señor, Tú eres el agua 
		que ha anegado
los caminos de oro en esta tarde.
Conocían mi 
		huella entre los pinos
que confunde la noche al acercarse.


		Tenía la belleza por 
		fortuna;
tenía un cielo azul por hospedaje,
una plaza cuadrada con 
		palomas
y un palomar donde habitaba el aire.


		Arriba estabas Tú con 
		la mañana
llena de sol. Tu mano, dulce y grande,
se apoyaba en los 
		hombros de la tierra,
bajaba a mis balcones a tocarme.


		Hoy se han oscurecido 
		de repente
los troncos dibujados de los árboles
donde a tientas 
		persigo inútilmente
el testimonio de las iniciales.
9.

Gracias

, Señor, porque estás...


		Gracias, Señor, porque 
		estás
todavía en mi palabra;
porque debajo de todos
mis puentes 
		pasan tus aguas.
Piedra te doy, labios duros,
pobre tierra 
		acumulada,
que tus luminosas lenguas
incesantemente aclaran.
Te 
		miro; me miro. Hablo;
te oigo. Busco; me aguardas.
Me vas 
		gastando, gastando.
Con tanto amor me adelgazas
que no siento que 
		a la muerte
me acercas… 
		
Y sueño…
Y pasas…


		Vas a pasar, Señor, ya 
		sé quién eres;
tócame por si no estoy bien despierto.
Soy hombre, 
		¿me ves?, soy todo el hombre.
Mírame Tú, Señor, si no te veo.
No 
		hay horas, no hay reloj, ni hay otra fuerza
que la que Tú me des, ni 
		hay otro empleo
mejor que el de tu viña…
Pasa…
Llama…
Vuelve 
		a llamarme…


		¿Qué hora es? No cuento 
		ya bien. 
		
¿Es la de la sexta?, ¿la de nona?,
¿la undécima? ¿o ya es tarde?

		Pasa…
Quiero seguir, seguirte…


		Llama. 
		Estoy perdido;
estoy cansado; estoy amando, abriendo
mi corazón a 
		todo todavía…
Dime que estás ahí, Señor; que dentro
de mi amor a 
		las cosas Tú te escondes,
y que aparecerás un día lleno
de ese 
		amor mismo ya transfigurado
en amor para Ti, ya tuyo.
¡Grita! 
		¡Nómbrame,
para saber que todavía es tiempo!…
Hace frío…


		¿Será que la hora 
		undécima
ha sonado en la nada?…
Avanzo, 
		
muerto de impaciencia de estar en Ti, 
temblando de Ti, muerto de 
		Dios, 
		
muerto de miedo.
Yo soy el hombre, el hombre, tu esperanza,
el 
		barro que dejaste en el misterio.
10.

Ir

y venir de todas las 
		memorias...


		Ir y venir de todas las 
		memorias 
		
que el alma, olvidadiza, desenreda; 
verse hombre solo, antiguo y 
		solo, errante; 
		
ver que todos los tiempos están cerca. 


		De un golpe, como 
		hermosos corazones, 
		
yacen los capiteles en la hierba 
y encuentran hecha luz como un 
		milagro 
		
la flor silvestre de la primavera. 


		Se hace el acanto 
		vegetal y tierno; 
		
el hombre lo acaricia y algo tiembla 
debajo de su mano; le 
		parece 
		
que un cuerpo estremecido se despierta. 


		¿Puede latir la sangre 
		por los pulsos 
		
ante la soledad de esta belleza 
cuando todo se para en un 
		intento 
		
de detener la dicha verdadera? 


		Llueve un poco, 
		tímidamente llueve; 
		
brilla el mármol, el árbol de la piedra; 
por un instante sólo, 
		esta columna 
		
alcanza con sus hojas las estrellas, 


		Que están, que van a 
		estar, que acaso miran, 
que mirarán desde su noche eterna 
el 
		desamparo de los que caminan 
		
sin amor por la sombra de la tierra.
11.

Joven para la muerte

Arrojado a tu luz 
		madrugadora,
me muero niño y soy todo un deseo
de varón en 
		continuo jubileo
hacia tu corazón de ruiseñora.


		De trino escalador 
		junto a la aurora
eres, y voy a ti, y hay un torneo
donde la 
		algarabía del gorjeo
triunfa de mí y en mí se condecora.


		Arrancados de un sueño 
		o de una fuente,
por tu espada los límites del nardo
me mintieron 
		temprana primavera.


		Y estoy ahora por ti 
		tempranamente,
como nadie, de amor herido, y tardo
en morirme de 
		amor como cualquiera.
12.

La

hora undécuima


		En la sombra sin nadie de la plaza,
la espalda de la amada y su 
		silencio;
en la sombra sin nadie de la plaza,
aquel niño de 
		Batres, mudo y quieto;
en la sombra sin nadie de la plaza,
mis 
		hijos, solos, vadeando el sueño...

		
Y han pasado las horas, y las luces
distintas; los videntes y los 
		ciegos
han pasado -la plaza está vacía-;
los torpes han pasado, y 
		los despiertos,
y los del pie descalzo y la sandalia
rota; los de 
		la cera, los del fuego,
los de la miel, los del dolor pasaron...

		
La plaza, sola. Un hombre, solo, en medio.
Del señor que llamaba, 
		apenas queda
una huella levísima en el suelo.
Se detuvo en la 
		arena como si algo
le faltara. Miró a su espalda. Luego
llamó otra 
		vez. Y otra. Y todavía
otra. Pero ya nadie oía; pero
nadie abrió 
		los balcones, las ventanas,
las torpes barricadas de su encierro.

		
El hombre, el hombre, qué delgada ruina,
qué abdicación, qué 
		torre sin cimiento,
qué nube hacia otras nubes deshilándose,
qué 
		carbón imposible hacia otro fuego.
El hombre, el hombre, el hombre, 
		el hombre, el 
		
                                                          
		hombre
qué redoble de letras en un cuero 
rajado, qué bandera 
		mancillada,
qué cristal defendiéndose en el cieno,
qué fuerza para 
		nada, contra nada,
qué rama malherida por el viento,
qué triste 
		perdidizo en la tristeza,
qué soledad en soledad naciendo...
El 
		hombre, el hombre, todavía el hombre;
yo, el hombre, ya lo he dicho; 
		yo, en el miedo
de un bosque, en las fronteras de una isla
-el 
		agua junto al pie, y el alma al cuello-;
yo, el hombre, sí, yo mismo, 
		yo, más solo
que tú, hombre como yo; tanto o más lejos
de la 
		verdad que tú, o acaso menos,
o acaso más...
                        
		Oh, qué torpeza el hombre;
oh, qué locura el hombre; oh, qué 
		destierro,
qué cueva sin salida, qué raíces
sucias de tierra, qué 
		turbión, qué dédalo,
qué picador en lo hondo de una mina
sin la 
		luz encendida del minero...

		
El hombre, yo, lo he dicho ya, creía
que siempre habría más, que 
		habría tiempo
para más. ..¿Para qué, niño de Batres?
¿Para qué que 
		no sea tu silencio
junto al pan en la tarde; con tus ojos
volcados 
		en la nada, en Dios inmersos?...
El hombre, yo, junto al girar del 
		cántaro,
que busca sin descanso, aquí, en el centro
de la plaza, a 
		la orilla del arado,
o en el arado mismo, junto al hierro

		resplandeciente de la vertedera,
¿está definitivamente ciego?...

		
Vas a pasar, Señor, ya sé quién eres;
tócame por si no estoy bien 
		despierto.
Soy el hombre, ¿me ves? , soy todo el hombre.
Mírame 
		Tú, Señor, si no te veo.
No hay horas, no hay reloj, ni hay otra 
		fuerza
que la que Tú me des, ni hay otro empleo
mejor que el de tu 
		viña...
                                  
		Pasa...
                                            
		Llama...
Vuelve a llamarme...
                              
		¿Qué hora es? No cuento
ya bien. ¿Es la de sexta? , ¿la de nona? ,

		¿la undécima? ¿O ya es tarde?
                                 
		Pasa...
                                            
		Quiero
seguir, seguirte...
                            
		Llama. Estoy perdido;
estoy cansado; estoy amando, abriendo
mi 
		corazón a todo todavía...
Dime que estás ahí, Señor; que dentro
de 
		mi amor a las cosas Tú te escondes,
y que aparecerás un día lleno

		de ese amor mismo ya transfigurado
en amor para Ti, ya tuyo. ..
                                                
		El ciego,
el sordo, anda, tropieza, vacilante,
por la plaza vacía.
                                         
		Ya no siento
quién soy. No me conozco... 
                                
		¡Grita! ¡Nómbrame,
para saber que todavía es tiempo!...
Hace 
		frío...
                  
		¿Será que la hora undécima
ha sonado en la nada?...
                                    
		Avanzo, muerto
de impaciencia de estar en Ti, temblando
de Ti, 
		muerto de Dios, muerto de miedo.

		
Yo soy el hombre, el hombre, tu esperanza,
el barro que dejaste 
		en el misterio.
13.

Lastres

Canta el mar a mis pies, canta y resuena,
y dice su mensaje 
		apresurado
hasta escalar la soledad del prado
donde otra playa de 
		verdor se estrena.


		Se ve en la hondura el 
		oro de la arena,
la sangre de la ola, en el tejado,
ya allá, el 
		azul del cielo, traspasado
por la niebla que al monte se encadena.

		
Amor del que nací, vuelve y empieza
de nuevo donde surge la 
		belleza
y hace jugoso todo cuanto toca.

		
Corazón enredado, sal si puedes,
o besa entre los hilos de estas 
		redes
la misma sal de aquella antigua boca.
14.

Madrigal

Porque te hice de la 
		nada,
de la sorpresa y el deseo,
de la carne de las palabras
y 
		con la forma de los sueños,


		y porque sólo una 
		mirada,
sólo un temblor entre mis dedos
eres, y por mis labios 
		pasas
dándole alivio a mi destierro,


		en la alta noche me 
		amenazan
tus vecindades tan sin peso;
la soledad cerca mi alma;

		hombre de barro soy y temo.


		Llega la estrella a mi 
		ventana.
Como te hice te recuerdo.
Duermes. Yo soy el que te 
		canta,
hacia la muerte, con el viento.

Versos y pensamientos de José García Nieto

4 citas
« A tu orilla he venido. / Tengo un otoño, un pájaro »
José García Nieto · A tu orilla
« Tú eres el corazón con lo vivido, / en ti está lo que atrás vamos »
José García Nieto · Al espejo retrovisor de un coche
« Para las altas cumbres, / alta vida. »
José García Nieto · Alta de amor
« de la palabra / Hoy he tomado el barro de la palabra en frío; »
José García Nieto · Barro
Biblioteca poética

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