« A tu orilla he venido. / Tengo un otoño, un pájaro »
José García Nieto · A tu orilla
Biografía y amplia selección de poemas de José García Gómez. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de José García Gómez. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
A tu orilla he venido.
Tengo un otoño, un pájaro
y una voz desusada. Tú me esperas: un río,
una pasión y un fruto. Y tiene nuestro encuentro
el vuelo, la corriente, seguros, proclamados.
He venido a tu orilla
con los brazos tendidos
y ahora ya soy la hierba que no termina
nunca,
el barro donde el agua sujeta sus mensajes
y la cuna del cauce para mecer tu sueño.
Dime si estoy pendiente
de mi diario trabajo,
si basta a tus oídos mi tristísimo verso
o
si a mi sombra vive mejor mayo tu carne.
De tu orilla me iría si
ahora me dijeras
que te amo solamente como los hombres aman
o que mi voz te suena
como todas las voces.
Tú eres el corazón con lo vivido, en ti está lo que atrás vamos dejando, lo que hemos ido con pasión amando, definitivamente ya perdido, en ti vemos las gracias que se han ido, los paisajes y el cielo del ayer, cuando las cosas que ahora sigues recordando flotan sobre las aguas del olvido, pero vives y estás, claro y pequeño, miras aquellos prados, aquel sueño tan lejano, las rosas de aquel día, crees que puedes cambiar toda la suerte y, aunque vamos derechos a la muerte, vives de lo pasado todavía.
Para las altas cumbres, alta vida. Alta de amor. Voz alta. Alto sendero -sierpe de fe y de luz-. Albor primero para las altas nubes de tu huida. Alta de brisas altas. Confundida con el latir más alto. Alto crucero por altas costas. Alto mastelero para altas velas, altas de partida. Alta de ti, ya fiebre de mis pulsos, ofreces en tus brazos la balanza que iguale en el cenit nuestros impulsos. Y al alcanzar tu imagen su infinito hay un temor a que se clave en lanza y una ambición de que culmine en grito.
de la palabra Hoy he tomado el barro de la palabra en frío; su piel ya me conoce; poco a poco, temblada por mi caricia, vibra, responde a la llamada de la costumbre. Toco. Me adueño de lo mío. Penetro en la palabra. Las orillas del río me acogen, me conducen, y se siente creada la mano creadora... ¿Vive la enamorada mi amor, o me amenazan su ocaso y su extravío...? ¡Qué torpe es el amante, qué ciega su porfía! No dice la palabra lo que ayer le decía. O sí: dice lo mismo, miente lo mismo, inventa lo mismo... «¡Calla, calla...!», le increpa. Y luego llora su soledad. Y vuelve. Y, arrastrándose, implora: «Quiero morir tocando tu barro, aunque me mienta».
Vuelvo a mi casa, más
alta
que la tuya, Luisa Esteban,
pero sin una ventana
que dé al
atrio de la iglesia.
-¡Adiós, adiós-
Y no oyes,
Luisa Esteban.
No levantarás el
cántaro,
por mí, de su cantarera,
con el agua de aljibe,
sonora, delgada y fresca.
En tu cama de altos hierros
no dormiré
más la siesta.
Ni en tus sábanas de hilo,
Luisa Esteban.
Porque a mí llevan
-mira,
tú que no oyes, mi pena-
amores de otras ciudades
hasta
otra calle cualquiera
que no es ésta con un toro
descansando ante
tu puerta.
hacedor Entra en la playa de oro el mar y llena la cárcava que un hombre antes, tendido, hizo con su sosiego. El mar se ha ido y se ha quedado niño, entre la arena. Así es este eslabón de tu cadena que como el mar me has dado. Y te has partido luego, Señor. Mi huella te ha servido para darle ocasión a la azucena. Miro el agua. me copia. Me recuerda. No me dejes, Señor; que no me pierda., que no me sienta dios, y a Ti lejano... Fuimos hombre y mujer, pena con pena, eterno barro, arena contra arena, y sólo Tú la poderosa mano.
Perlora, en la distancia, recordarte es dar al sueño una verdad lejana; es como oír de nuevo la campana de aquel mar que florece al golpearte. Qué fábula, qué magia pudo darte entre el verdor la gracia ciudadana: una distinta luz cada ventana, una lanza el maíz por cualquier parte? Te pienso aquí y te sé en la tierra mía. Era una vez... Y nadie me creía. Pero yo te he tenido, y he tocado tu piel que bajo el cielo se serena: aquí, Carranques, dos labios de arena, allí, Candás, como un navío anclado.
muchacha y su hermosura antigua... Esta muchacha y su hermosura antigua y su ademán de enamorada calle que va con las ventanas de sus ojos hacia los arcos del amor triunfante, ¿de qué lugar del suelo se ha escapado?, ¿de qué reino en que estuve hace un instante? Hace mil años ya, pero conozco de su piel encendida las señales. Pasa con sus navíos por el agua; abre sus velas; sabe de cien mares: quieren dejarse hundir por su madera y hacer brillar cien veces sus metales. En la penumbra, un arenal sombrío intenta recordar los cuerpos ágiles. Aquí estaban un día, pero el viento borró la oscura huella de la sangre. La letra se refugia en la costumbre... ¡Adelante los nombres; adelante! ¿Quiénes sois? ¿Dónde estáis, sílabas muertas? Es memoria falaz la de la carne. Esos cabellos sueltos, esos brazos, esos pies que se hunden, leves, graves, esa pierna que avanza irrepetible, ese velado pecho inalcanzable, ¿qué tejados tendrán?, ¿qué fina lluvia harán caer en un pinar sin nadie donde algún corazón sienta sus pasos y estremezca los nidos al mojarse? Señor, Tú eres el agua que ha anegado los caminos de oro en esta tarde. Conocían mi huella entre los pinos que confunde la noche al acercarse. Tenía la belleza por fortuna; tenía un cielo azul por hospedaje, una plaza cuadrada con palomas y un palomar donde habitaba el aire. Arriba estabas Tú con la mañana llena de sol. Tu mano, dulce y grande, se apoyaba en los hombros de la tierra, bajaba a mis balcones a tocarme. Hoy se han oscurecido de repente los troncos dibujados de los árboles donde a tientas persigo inútilmente el testimonio de las iniciales.
, Señor, porque estás... Gracias, Señor, porque estás todavía en mi palabra; porque debajo de todos mis puentes pasan tus aguas. Piedra te doy, labios duros, pobre tierra acumulada, que tus luminosas lenguas incesantemente aclaran. Te miro; me miro. Hablo; te oigo. Busco; me aguardas. Me vas gastando, gastando. Con tanto amor me adelgazas que no siento que a la muerte me acercas… Y sueño… Y pasas… Vas a pasar, Señor, ya sé quién eres; tócame por si no estoy bien despierto. Soy hombre, ¿me ves?, soy todo el hombre. Mírame Tú, Señor, si no te veo. No hay horas, no hay reloj, ni hay otra fuerza que la que Tú me des, ni hay otro empleo mejor que el de tu viña… Pasa… Llama… Vuelve a llamarme… ¿Qué hora es? No cuento ya bien. ¿Es la de la sexta?, ¿la de nona?, ¿la undécima? ¿o ya es tarde? Pasa… Quiero seguir, seguirte… Llama. Estoy perdido; estoy cansado; estoy amando, abriendo mi corazón a todo todavía… Dime que estás ahí, Señor; que dentro de mi amor a las cosas Tú te escondes, y que aparecerás un día lleno de ese amor mismo ya transfigurado en amor para Ti, ya tuyo. ¡Grita! ¡Nómbrame, para saber que todavía es tiempo!… Hace frío… ¿Será que la hora undécima ha sonado en la nada?… Avanzo, muerto de impaciencia de estar en Ti, temblando de Ti, muerto de Dios, muerto de miedo. Yo soy el hombre, el hombre, tu esperanza, el barro que dejaste en el misterio.
y venir de todas las memorias... Ir y venir de todas las memorias que el alma, olvidadiza, desenreda; verse hombre solo, antiguo y solo, errante; ver que todos los tiempos están cerca. De un golpe, como hermosos corazones, yacen los capiteles en la hierba y encuentran hecha luz como un milagro la flor silvestre de la primavera. Se hace el acanto vegetal y tierno; el hombre lo acaricia y algo tiembla debajo de su mano; le parece que un cuerpo estremecido se despierta. ¿Puede latir la sangre por los pulsos ante la soledad de esta belleza cuando todo se para en un intento de detener la dicha verdadera? Llueve un poco, tímidamente llueve; brilla el mármol, el árbol de la piedra; por un instante sólo, esta columna alcanza con sus hojas las estrellas, Que están, que van a estar, que acaso miran, que mirarán desde su noche eterna el desamparo de los que caminan sin amor por la sombra de la tierra.
Arrojado a tu luz madrugadora, me muero niño y soy todo un deseo de varón en continuo jubileo hacia tu corazón de ruiseñora. De trino escalador junto a la aurora eres, y voy a ti, y hay un torneo donde la algarabía del gorjeo triunfa de mí y en mí se condecora. Arrancados de un sueño o de una fuente, por tu espada los límites del nardo me mintieron temprana primavera. Y estoy ahora por ti tempranamente, como nadie, de amor herido, y tardo en morirme de amor como cualquiera.
hora undécuima
En la sombra sin nadie de la plaza,
la espalda de la amada y su
silencio;
en la sombra sin nadie de la plaza,
aquel niño de
Batres, mudo y quieto;
en la sombra sin nadie de la plaza,
mis
hijos, solos, vadeando el sueño...
Y han pasado las horas, y las luces
distintas; los videntes y los
ciegos
han pasado -la plaza está vacía-;
los torpes han pasado, y
los despiertos,
y los del pie descalzo y la sandalia
rota; los de
la cera, los del fuego,
los de la miel, los del dolor pasaron...
La plaza, sola. Un hombre, solo, en medio.
Del señor que llamaba,
apenas queda
una huella levísima en el suelo.
Se detuvo en la
arena como si algo
le faltara. Miró a su espalda. Luego
llamó otra
vez. Y otra. Y todavía
otra. Pero ya nadie oía; pero
nadie abrió
los balcones, las ventanas,
las torpes barricadas de su encierro.
El hombre, el hombre, qué delgada ruina,
qué abdicación, qué
torre sin cimiento,
qué nube hacia otras nubes deshilándose,
qué
carbón imposible hacia otro fuego.
El hombre, el hombre, el hombre,
el hombre, el
hombre
qué redoble de letras en un cuero
rajado, qué bandera
mancillada,
qué cristal defendiéndose en el cieno,
qué fuerza para
nada, contra nada,
qué rama malherida por el viento,
qué triste
perdidizo en la tristeza,
qué soledad en soledad naciendo...
El
hombre, el hombre, todavía el hombre;
yo, el hombre, ya lo he dicho;
yo, en el miedo
de un bosque, en las fronteras de una isla
-el
agua junto al pie, y el alma al cuello-;
yo, el hombre, sí, yo mismo,
yo, más solo
que tú, hombre como yo; tanto o más lejos
de la
verdad que tú, o acaso menos,
o acaso más...
Oh, qué torpeza el hombre;
oh, qué locura el hombre; oh, qué
destierro,
qué cueva sin salida, qué raíces
sucias de tierra, qué
turbión, qué dédalo,
qué picador en lo hondo de una mina
sin la
luz encendida del minero...
El hombre, yo, lo he dicho ya, creía
que siempre habría más, que
habría tiempo
para más. ..¿Para qué, niño de Batres?
¿Para qué que
no sea tu silencio
junto al pan en la tarde; con tus ojos
volcados
en la nada, en Dios inmersos?...
El hombre, yo, junto al girar del
cántaro,
que busca sin descanso, aquí, en el centro
de la plaza, a
la orilla del arado,
o en el arado mismo, junto al hierro
resplandeciente de la vertedera,
¿está definitivamente ciego?...
Vas a pasar, Señor, ya sé quién eres;
tócame por si no estoy bien
despierto.
Soy el hombre, ¿me ves? , soy todo el hombre.
Mírame
Tú, Señor, si no te veo.
No hay horas, no hay reloj, ni hay otra
fuerza
que la que Tú me des, ni hay otro empleo
mejor que el de tu
viña...
Pasa...
Llama...
Vuelve a llamarme...
¿Qué hora es? No cuento
ya bien. ¿Es la de sexta? , ¿la de nona? ,
¿la undécima? ¿O ya es tarde?
Pasa...
Quiero
seguir, seguirte...
Llama. Estoy perdido;
estoy cansado; estoy amando, abriendo
mi
corazón a todo todavía...
Dime que estás ahí, Señor; que dentro
de
mi amor a las cosas Tú te escondes,
y que aparecerás un día lleno
de ese amor mismo ya transfigurado
en amor para Ti, ya tuyo. ..
El ciego,
el sordo, anda, tropieza, vacilante,
por la plaza vacía.
Ya no siento
quién soy. No me conozco...
¡Grita! ¡Nómbrame,
para saber que todavía es tiempo!...
Hace
frío...
¿Será que la hora undécima
ha sonado en la nada?...
Avanzo, muerto
de impaciencia de estar en Ti, temblando
de Ti,
muerto de Dios, muerto de miedo.
Yo soy el hombre, el hombre, tu esperanza,
el barro que dejaste
en el misterio.
Canta el mar a mis pies, canta y resuena, y dice su mensaje apresurado hasta escalar la soledad del prado donde otra playa de verdor se estrena. Se ve en la hondura el oro de la arena, la sangre de la ola, en el tejado, ya allá, el azul del cielo, traspasado por la niebla que al monte se encadena. Amor del que nací, vuelve y empieza de nuevo donde surge la belleza y hace jugoso todo cuanto toca. Corazón enredado, sal si puedes, o besa entre los hilos de estas redes la misma sal de aquella antigua boca.
Porque te hice de la nada, de la sorpresa y el deseo, de la carne de las palabras y con la forma de los sueños, y porque sólo una mirada, sólo un temblor entre mis dedos eres, y por mis labios pasas dándole alivio a mi destierro, en la alta noche me amenazan tus vecindades tan sin peso; la soledad cerca mi alma; hombre de barro soy y temo. Llega la estrella a mi ventana. Como te hice te recuerdo. Duermes. Yo soy el que te canta, hacia la muerte, con el viento.
« A tu orilla he venido. / Tengo un otoño, un pájaro »
« Tú eres el corazón con lo vivido, / en ti está lo que atrás vamos »
« Para las altas cumbres, / alta vida. »
« de la palabra / Hoy he tomado el barro de la palabra en frío; »
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