« Que otros hagan aún / el gran poema »
José Emilio Pacheco · A quien pueda interesar
Biografía y amplia selección de poemas de José Emilio Pacheco. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de José Emilio Pacheco. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Que otros hagan aún
el gran poema
los libros
unitarios
las rotundas
obras que sean espejo
de armonía
A mí sólo me importa
el testimonio
del
momento que pasa
las palabras
que dicta en su
fluir
el tiempo en vuelo
La poesía que busco
es como un diario
en
donde no hay proyecto ni medida
Aceleración de la historia
Escribo unas palabras
y al mismo
ya dicen otra cosa
significan
una intención distinta
son ya dóciles
al Carbono 14
Criptogramas
de un pueblo remotísimo
que busca
la escritura en tinieblas.
traición
No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es
inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría
la vida
por diez lugares suyos,
cierta
gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris,
monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
-y tres o cuatro ríos.
Es verdad que los muertos tampoco duran Ni siquiera la muerte permanece Todo vuelve a ser polvo Pero la cueva preservó su entierro Aquí están alineados cada uno con su ofrenda los huesos dueños de una historia secreta Aquí sabemos a qué sabe la muerte Aquí sabemos lo que sabe la muerte La piedra le dio vida a esta muerte La piedra se hizo lava de muerte Todo está muerto En esta cueva ni siquiera vive la muerte De "Islas a la deriva, 1973-1975"
de nieve sobre Wivenhoe Entrecruzados caen, se aglomeran y un segundo después se han dispersado. Caen y dejan caer a la caída. Inmateriales astros intangibles; infinitos, planetas en desplome.
Mi único
tema es lo que ya no está
Y mi obsesión se llama lo perdido
Mi
punzante estribillo es nunca más
Y sin embargo amo este cambio
perpetuo
este variar segundo tras segundo
porque sin él lo que
llamamos vida
sería de piedra.
Entre tanto guijarro de la orilla
no sabe el mar
en dónde deshacerse
¿Cuándo terminará su infernidad
que lo ciñe
a la tierra enemiga
como
instrumento de tortura
y no lo deja agonizar
no le otorga un minuto de reposo?
Tigre entre la olarasca
de su absoluta impermanencia
Las vueltas
jamás serán iguales
La
prisión
es
siempre idéntica a sí misma
Y cada ola quisiera ser la última
quedarse congelada
en la boca de sal y arena
que mudamente
le está diciendo siempre:
Adelante
pulpo Oscuro dios de las profundidades, helecho, hongo, jacinto, entre rocas que nadie ha visto, allí, en el abismo, donde al amanecer, contra la lumbre del sol, baja la noche al fondo del mar y el pulpo le sorbe con las ventosas de sus tentáculos tinta sombría. Qué belleza nocturna su esplendor si navega en lo más penumbrosamente salobre del agua madre, para él cristalina y dulce. Pero en la playa que infestó la basura plástica esa joya carnal del viscoso vértigo parece un monstruo; y están matando / a garrotazos / al indefenso encallado. Alguien lanzó un arpón y el pulpo respira muerte por la segunda asfixia que constituye su herida. De sus labios no mana sangre: brota la noche y enluta el mar y desvanece la tierra, muy lentamente, mientras el pulpo se muere.
(Don de Heraclito) Pero el agua recorre los cristales musgosarnente : ignora que se altera, lejos del sueño, todo lo existente. Y el reposo del fuego es tomar forma con su pleno poder de transformarse. fuego del aire y soledad del fuego. al incendiar el aire que es de fuego. Fuego es el mundo que se extingue y prende para durar (fue siempre) eternamente. Las cosas hoy dispersas se reúnen y las que están más próximas se alejan: Soy y no soy aquel que te ha esperado en el parque desierto una mañana junto al río irrepetible en donde entraba (y no lo hará jamás, nunca dos veces) la luz de octubre rota en la espesura. Y fue el olor del mar: una paloma, como un arco de sal, ardió en el aire. No estabas, no estarás pero el oleaje de una espuma remota confluía sobre mis actos y entre mis palabras (únicas nunca ajenas, nunca mías): El mar que es agua pura ante los peces jamás ha de saciar la sed humana.
En lo
alto del día
eres aquel que vuelve
a borrar de la arena la oquedad
de su paso;
el miserable héroe que escapó del combate
y apoyado en
su escudo mira arder la derrota;
el náufrago sin nombre que se aferra
a otro cuerpo
para que el mar no arroje su cadáver a solas;
el
perpetuo exiliado que en el desierto mira
crecer hondas ciudades que
en el sol retroceden;
el que clavó sus armas en la piel de un dios
muerto
el que escucha en el alba cantar un gallo y otro
porque las
profecías se están cumpliendo: atónito
y sin embargo cierto de haber
negado todo;
el que abre la mano
y recibe la noche.
«La sangre
derramada clama venganza».
Y la venganza no puede engendrar
sino
más sangre derramada
¿Quién soy:
el guarda de mi hermano o aquel
a quien adiestraron
para aceptar la muerte de los demás,
no la propia muerte?
¿A nombre de qué puedo condenar a muerte
a
otros por lo que son o piensan?
Pero ¿cómo dejar impunes
la
tortura o el genocidio o el matar de hambre?
No quiero nada para mí:
sólo anhelo
lo posible imposible:
un mundo sin víctimas.
Cómo lograrlo no está en mi poder;
escapa a mi pequeñez, a mi
pobre intento
de vaciar el mar de sangre que es nuestro siglo
con el
cuenco trémulo de la mano
Mientras escribo llega el crepúsculo
cerca de mí los gritos que no han cesado
no me dejan cerrar los ojos
Una gota de lluvia temblaba en la enredadera. Toda la noche estaba en esa humedad sombría que de repente iluminó la luna.
Con aire de fatiga entraba el mar
en el desfiladero
El viento helado
dispersaba la nieve de la montaña
y tú
parecías un poco de primavera
anticipo
de la vida bullente bajo
los hielos
calor
para la tierra muerta
cauterio
de su corteza ensangrentada
Me enseñaste los nombres de las aves
la edad
de los pinos inconsolables
la hora
en que suben y bajan las mareas
En la diafanidad de la mañana
se borraban las penas
la nostalgia
del extranjero
el rumor
de guerras y desastres
El mundo
volvía a ser un jardín
que repoblaban
los primeros fantasmas
una página en blanco
una vasija
en donde sólo cupo aquel instante
El mar latía
En tus ojos
se anulaban los siglos
la miseria
que llamamos historia
el horror
que agazapa su insidia en el futuro
Y el viento
era otra vez la libertad
que en vano
intentamos fijar
en las banderas
Como un tañido funerario
entró
hasta el bosque un olor de muerte
Las aguas
se mancharon de Iodo y de veneno
Y los guardias
llegaron a ahuyentamos
Porque sin damos cuenta pisábamos
el
terreno prohibido
de la fábrica atroz
en que elaboran
defoliador y gas paralizante
No me deja pasar el guardia. He traspasado el límite de edad. Provengo de un país que ya no existe. Mis papeles no están en orden. Me falta un sello. Necesito otra firma. No hablo el idioma. No tengo cuenta en el banco. Reprobé el examen de admisión. Cancelaron mi puesto en la gran fábrica. Me desemplearon hoy y para siempre. Carezco por completo de influencias. Llevo aquí en este mundo largo tiempo. Y nuestros amos dicen que ya es hora de callarme y hundirme en la basura.
diosa blanca
Porque sabe cuánto la quiero y cómo hablo de ella en
su ausencia,
la nieve vino a despedirme.
Pintó de Brueghel los
árboles.
Hizo dibujo de Hosukai el campo sombrío.
Imposible dar gusto a todos.
La nieve que para mí es la diosa, la
novia,
Astarté, Diana, la eterna muchacha,
para otros es la
enemiga, la bruja, la condenable a la hoguera.
Estorba sus labores y
sus ganancias.
La odian por verla tanto y haber crecido con ella.
La relacionan con el sudario y la muerte.
A mis ojos en cambio es la joven vida, la Diosa Blanca
que abre
los brazos y nos envuelve por un segundo y se marcha.
Le digo adiós,
hasta luego, espero volver a verte algún día.
Adiós, espuma del aire,
isla que dura un instante.
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