Biografía

Vida

Poemas de José de Espronceda (Pajares de la Vega, Badajoz, 25 de marzo de 1808 – Madrid, 23 de mayo de 1842) deslumbró por su portentosa voz lírica y su capacidad única para transformar las emociones más intensas en versos inolvidables. Su vida estuvo consagrada al arte de la palabra, explorando el misterio del amor, el destino y la belleza del mundo con enorme carisma.

Frente a las incertidumbres de su tiempo, defendió con valentía la libertad de creación y la autenticidad del sentimiento más puro. Su obra poética permanece como una joya imperecedera que sigue emocionando a lectores de todas las generaciones por su frescura y hondura humana.

José de Espronceda

Romanticismo exaltado español (1808–1842)

Romanticismo exaltado español · Himno a la libertad, rebeldía sin cadenas y pasión desbordada

Lírica y Versos

Poemas de José de Espronceda

7 poemas seleccionados
1.

A Jarifa, en una orgía

Trae, Jarifa, trae tu mano,
ven y pósala en mi frente,
que en 
		un mar de lava hirviente
mi cabeza siento arder. 
		
Ven y junta con mis labios 
esos labios que me irritan,
donde 
		aún los besos palpitan
de tus amantes de ayer.

		
¿Qué la virtud, la pureza?
¿qué la verdad y el cariño? 

		Mentida ilusión de niño,
que halagó mi juventud.
Dadme vino: en él 
		se ahoguen
mis recuerdos; aturdida
sin sentir huya la vida; 
		
paz me traiga el ataúd.

El sudor mi rostro quema,
y en 
		ardiente sangre rojos
brillan inciertos mis ojos,
se me salta el 
		corazón. 
		
Huye, mujer; te detesto,
siento tu mano en la mía,
y tu mano 
		siento fría,
y tus besos hielos son.

		
¡Siempre igual! Necias mujeres, 
inventad otras caricias,
otro 
		mundo, otras delicias,
o maldito sea el placer.
Vuestros besos son 
		mentira,
mentira vuestra ternura: 
		
es fealdad vuestra hermosura,
vuestro gozo es padecer. 
Yo 
		quiero amor, quiero gloria,
quiero un deleite divino,
como en mi 
		mente imagino, 
		
como en el mundo no hay;
y es la luz de aquel lucero
que 
		engañó mi fantasía,
fuego fatuo, falso guía
que errante y ciego me 
		tray.
		

¿Por qué murió para el placer mi alma,
y vive aún para el 
		dolor impío?
¿Por qué si yazgo en indolente calma,
siento, en 
		lugar de paz, árido hastío?

		
¿Por qué este inquieto, abrasador deseo? 
¿Por qué este 
		sentimiento extraño y vago,
que yo mismo conozco un devaneo,
y 
		busco aún su seductor halago?

		
¿Por qué aún fingirme amores y placeres
que cierto estoy de que 
		serán mentira? 
		
¿Por qué en pos de fantásticas mujeres
necio tal vez mi corazón 
		delira,

		
si luego, en vez de prados y de flores,
halla desiertos áridos y 
		abrojos,
y en sus sandios o lúbricos amores 
		
fastidio sólo encontrará y enojos? 

Yo me arrojé cual rápido 
		cometa,
en alas de mi ardiente fantasía:
doquier mi arrebatada 
		mente inquieta,
dichas y triunfos encontrar creía. 
		

Yo me lancé con atrevido vuelo
fuera del mundo en la región 
		etérea,
y hallé la duda, y el radiante cielo
vi convertirse en 
		ilusión aérea.

		
Luego en la tierra la virtud, la gloria, 
busqué con ansia y 
		delirante amor,
y hediondo polvo y deleznable escoria
mi fatigado 
		espíritu encontró.

		
Mujeres vi de virginal limpieza
entre albas nubes de celeste 
		lumbre; 
		
yo las toqué, y en humo su pureza
trocarse vi, y en lodo y 
		podredumbre.

		
Y encontré mi ilusión desvanecida
y eterno e insaciable mi deseo:

		palpé la realidad y odié la vida; 
		
sólo en la paz de los sepulcros creo.

Y busco aún y busco 
		codicioso,
y aún deleites el alma finge y quiere:
pregunto y un 
		acento pavoroso
«¡Ay! me responde, desespera y muere. 
		

Muere, infeliz: la vida es un tormento,
un engaño el placer; 
		no hay en la tierra 
		
paz para ti, ni dicha, ni contento,
sino eterna ambición y eterna 
		guerra.

		
Que así castiga Dios el alma osada, 
que aspira loca, en su 
		delirio insano,
de la verdad para el mortal velada
a descubrir el 
		insondable arcano.»

		
¡Oh! cesa; no, yo no quiero
ver más, ni saber ya nada: 
harta 
		mi alma y postrada,
sólo anhela descansar.
En mí muera el 
		sentimiento,
pues ya murió mi ventura,
ni el placer ni la tristura 
		
vuelvan mi pecho a turbar.

Pasad, pasad en óptica ilusoria

		y otras jóvenes almas engañad:
nacaradas imágenes de gloria,

		coronas de oro y de laurel, pasad. 
		

Pasad, pasad mujeres voluptuosas,
con danza y algazara en 
		confusión;
pasad como visiones vaporosas
sin conmover ni herir mi 
		corazón.

		
Y aturdan mi revuelta fantasía 
los brindis y el estruendo del 
		festín,
y huya la noche y me sorprenda el día
en un letargo 
		estúpido y sin fin. 
		

Ven, Jarifa; tú has sufrido
como yo; tú nunca lloras; 
mas 
		¡ay triste! que no ignoras
cuán amarga es mi aflicción.
Una misma 
		es nuestra pena,
en vano el llanto contienes...
Tú también, como 
		yo, tienes 
		
desgarrado el corazón.
2.

A una estrella

¿Quién eres tú, lucero misterioso,
Tímido y triste entro luceros mil,

		que cuando miro tu esplendor dudoso,
turbado siento el corazón latir?

		¿Es acaso tu luz recuerdo triste 
		
de otro antiguo perdido resplandor,
cuando engañado como yo 
		creíste
eterna tu ventura que pasó?
Tal vez con sueños de oro la 
		esperanza
acarició tu pura juventud, 
		
y gloria y paz y amor y venturanza
vertió en el mundo tu primera 
		luz.
Y al primer triunfo del amor primero
que embalsamó en aromas 
		el Edén,
luciste acaso, mágico lucero, 
		
protector del misterio y del placer.
Y era tu luz voluptüosa y 
		tierna
la que entre flores resbalando allí
inspiraba en el alma un 
		ansia eterna
de amor perpetuo y de placer sin fin. 
		
Mas ¡ay! que luego el bien y la alegría
en llanto y desventura se 
		trocó: 
		
tu esplendor empañó niebla sombría;
solo un recuerdo al corazón 
		quedó.
Y ahora melancólico me miras 
		
y tu rayo es un dardo del pesar
si amor aun al corazón inspiras,

		es un amor sin esperanza ya.

		
¡Ay lucero! yo te vi
resplandecer en mi frente, 
cuando 
		palpitar sentí
mi corazón dulcemente
con amante frenesí.

		
Tu faz entonces lucía
con más brillante fulgor, 
mientras yo 
		me prometía
que jamás se apagaría
para mí tu resplandor.

		
¿Quién aquel brillo radiante
¡oh lucero! te robó, 
que 
		oscureció tu semblante,
y a mi pecho arrebató
la dicha en aquel 
		instante?

		
¿O acaso tú siempre así
brillaste y en mi ilusión 
yo aquel 
		esplendor te di
que amaba mi corazón,
lucero, cuando te vi?
		

Una mujer adoré
que imaginaría yo un cielo; 
mi gloria en 
		ella cifré,
y de un luminoso velo
en mi ilusión la adorné.

		
Y tú fuiste la aureola
que iluminaba su frente, 
cual los 
		aires arrebola
el fúlgido sol naciente,
y el puro azul tornasola.

		
Y astro de dicha y amores,
se deslizaba mi vida 
a la luz de 
		tus fulgores,
por fácil senda florida,
bajo un cielo de colores.

		
Tantas dulces alegrías,
tantos mágicos ensueños 
¿dónde 
		fueron?
Tan alegres fantasías,
deleites tan halagüeños,
¿qué se 
		hicieron?

		
Huyeron con mi ilusión 
para nunca más tornar,
y pasaron,
y 
		solo en mi corazón
recuerdos, llanto y pesar
¡ay! dejaron. 
		

¡Ah lucero! tú perdiste
también tu puro fulgor,
y 
		lloraste;
también como yo sufriste,
y el crudo arpón del dolor 
		
¡ay! probaste.

¡Infeliz! ¿por qué volví
de mis sueños de 
		ventura
para hallar
luto y tinieblas en ti, 
		
y lágrimas de amargura
que enjugar?

Pero tú conmigo 
		lloras,
que eres el ángel caído
del dolor, 
		
y piedad llorando imploras,
y recuerdas tu perdido
resplandor.

		
Lucero, si mi quebranto
oyes, y sufres cual yo, 
¡ay! juntemos

		nuestras quejas, nuestro llanto:
pues nuestra gloria pasó,
juntos 
		lloremos.

		
Mas hoy miro tu luz casi apagada, 
y un vago padecer mi pecho 
		siente:
que está mi alma de sufrir cansada,
seca ya de las 
		lágrimas la fuente. 
		

¡Quién sabe!... tú recobrarás acaso
otra vez tu pasado 
		resplandor, 
		
a ti tal vez te anunciará tu ocaso
un oriente más puro que el del 
		sol.

		
A mí tan sólo penas y amargura
me quedan en el valle de la vida;

		como un sueño pasó mi infancia pura, 
		
se agosta ya mi juventud florida.

Astro sé tú de candidez y 
		amores
para el que luz te preste en su ilusión,
y ornado el 
		porvenir de blancas flores,
sienta latir de amor su corazón. 
		

Yo indiferente sigo mi camino
a merced de los vientos y la 
		mar,
y entregado, en los brazos del destino,
ni me importa 
		salvarme o zozobrar.
3.

A XXX dedicándole estas poesías

Marchitas ya 
		las juveniles flores,
nublado el sol de la esperanza mía,
hora 
		tras hora cuento y mi agonía
crecen y mi ansiedad y mis dolores.


		Sobre terso 
		cristal ricos colores
pinta alegre tal vez mi fantasía,
cuando la 
		triste realidad sombría
mancha el cristal y empaña sus fulgores.


		Los ojos vuelvo 
		en su incesante anhelo,
y gira en torno indiferente el mundo,
y en 
		torno gira indiferente el cielo.


		A ti las quejas 
		de mi mal profundo,
hermosa sin ventura, yo te envío:
mis versos 
		son tu corazón y el mío
4.

Canción de la muerte

Débil mortal no te asuste
mi oscuridad ni mi nombre;
en mi seno 
		encuentra el hombre
un término a su pesar.
Yo, compasiva, te 
		ofrezco
lejos del mundo un asilo,
donde a mi sombra tranquilo

		para siempre duerma en paz.

		
Isla yo soy del reposo
en medio el mar de la vida,
y el 
		marinero allí olvida
la tormenta que pasó;
allí convidan al sueño

		aguas puras sin murmullo,
allí se duerme al arrullo
de una brisa 
		sin rumor.

		
Soy melancólico sauce
que su ramaje doliente
inclina sobre la 
		frente 
		
que arrugara el padecer,
y aduerme al hombre, y sus sienes
con 
		fresco jugo rocía
mientras el ala sombría
bate el olvido sobre él.

		
Soy la virgen misteriosa
de los últimos amores,
y ofrezco un 
		lecho de flores, 
		
sin espina ni dolor,
y amante doy mi cariño
sin vanidad ni 
		falsía;
no doy placer ni alegría,
más es eterno mi amor.

		
En mi la ciencia enmudece,
en mi concluye la duda
y árida, 
		clara, desnuda,
enseño yo la verdad;
y de la vida y la muerte

		al sabio muestro el arcano
cuando al fin abre mi mano
la puerta a 
		la eternidad.

		
Ven y tu ardiente cabeza
entre mis manos reposa;
tu sueño, 
		madre amorosa;
eterno regalaré;
ven y yace para siempre
en 
		blanca cama mullida,
donde el silencio convida
al reposo y al no 
		ser.

		
Deja que inquieten al hombre
que loco al mundo se lanza;

		mentiras de la esperanza,
recuerdos del bien que huyó;
mentiras 
		son sus amores,
mentiras son sus victorias,
y son mentiras sus 
		glorias,
y mentira su ilusión.

		
Cierre mi mano piadosa
tus ojos al blanco sueño,
y empape 
		suave beleño
tus lágrimas de dolor.
Yo calmaré tu quebranto
y 
		tus dolientes gemidos,
apagando los latidos
de tu herido corazón.
5.

Canciã“n

Canción del pirata


		
		Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta 
		el mar, sino vuela
un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman,

		por su bravura, El Temido,
en todo mar conocido
del uno al otro 
		confín.


		La luna en el 
		mar riela
en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento

		olas de plata y azul;
y va el capitán pirata,
cantando alegre en 
		la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá a su frente 
		Istambul:


		Navega, velero 
		mío
sin temor,
que ni enemigo navío
ni tormenta, ni bonanza

		tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.


		Veinte presas

		hemos hecho
a despecho
del inglés
y han rendido
sus pendones

		cien naciones
a mis pies.


		Que es mi barco 
		mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el 
		viento,
mi única patria, la mar.


		Allá; muevan 
		feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra;
que yo 
		aquí; tengo por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie 
		impuso leyes.


		Y no hay playa,

		sea cualquiera,
ni bandera
de esplendor,
que no sienta
mi 
		derecho
y dé pechos mi valor.


		Que es mi barco 
		mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el 
		viento,
mi única patria, la mar.


		A la voz de 
		"¡barco viene!"
es de ver
cómo vira y se previene
a todo trapo 
		a escapar;
que yo soy el rey del mar,
y mi furia es de temer.


		En las presas

		yo divido
lo cogido
por igual;
sólo quiero
por riqueza
la 
		belleza
sin rival.


		Que es mi barco 
		mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el 
		viento,
mi única patria, la mar.


		¡Sentenciado 
		estoy a muerte!
Yo me río
no me abandone la suerte,
y al mismo 
		que me condena,
colgaré de alguna antena,
quizá; en su propio 
		navío
Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di,

		cuando el yugo
del esclavo,
como un bravo,
sacudí.


		Que es mi barco 
		mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el 
		viento,
mi única patria, la mar.


		Son mi música 
		mejor
aquilones,
el estrépito y temblor
de los cables 
		sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.


		Y del trueno

		al son violento,
y del viento
al rebramar,
yo me duermo

		sosegado,
arrullado
por el mar.


		Que es mi barco 
		mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el 
		viento,
mi única patria, la mar.
6.

Canta en la noche, canta en la mañana...

Canta en la noche, canta en la mañana,
ruiseñor, en el bosque tus 
		amores;
canta, que llorará cuando tú llores
el alba perlas en la 
		flor temprana.

		
Teñido el cielo de amaranto y grana,
la brisa de la tarde entre 
		las flores
suspirará también a los rigores
de tu amor triste y tu 
		esperanza vana.

		
Y en la noche serena, al puro rayo
de la callada luna, tus 
		cantares
los ecos sonarán del bosque umbrío.

		
Y vertiendo dulcísimo desmayo,
cual bálsamo süave en mis pesares,

		endulzará tu acento el labio mío.
7.

Canto a Teresa

(Fragmento)

¡Oh, Teresa! ¡Oh, dolor! Lágrimas mías
¡ah!, 
		¿dónde estáis, que no corréis a mares?
¿Por qué, por qué como en 
		mejores días
no consoláis vosotras mis pesares?
¡Oh, los que no 
		sabéis las agonías
de un corazón que penas a millares,
¡ay!, 
		desgarraron y que ya no llora,
¡piedad tened de mi tormento ahora!

		¡Oh, dichosos mil veces, sí, dichosos
los que podéis llorar, y, ¡ay! 
		, sin ventura
de mí, que entre suspiros angustiosos
ahogar me 
		siento en mi infernal tortura!
¡Refuércese entre nudos dolorosos

		mi corazón, gimiento de amargura !
También tu corazón, hecho pavesa,

		¡ay!, llegó a no llorar, ¡pobre Teresa!
¿Quién pensará jamás, Teresa 
		mía,
que fuera eterno manantial de llanto
tanto inocente amor, 
		tanta alegría,
tantas delicias y delirio tanto?
¿Quién pensara 
		jamás llegase un día
en que perdido el celestial encanto
y caída 
		la venda de los ojos,
cuanto diera placer causara enojos?

		
¡Pobre Teresa! ¡Al recordarle siento
un pesar tan intenso...! 
		Embarga impío
mi quebrantada voz mi sentimiento,
y suspira tu 
		nombre el labio mío;
para allí su carrera el pensamiento,
hiela mi 
		corazón punzante frío,
ante mis ojos la funesta losa
donde, vil 
		polvo, tu beldad reposa.

Versos y pensamientos de José de Espronceda

Selección destacada
« Con diez cañones por banda, viento en popa, a toda vela, no corta el mar, sino vuela un velero bergantín: »
José de Espronceda · Canción del pirata
« Trae, Jarifa, trae tu mano, ven y pósala en mi frente, que en un mar de fuego hirviente siento mi cabeza arder. »
José de Espronceda · A Jarifa en una orgía
« ¡Bendita mil veces la experiencia y benditos también los desengaños!. »
Poemas de José de Espronceda
« Dueña de rubios cabellos, tan altiva que cree que bastan los vellos para que un amante viva preso en ellos. »
Poemas de José de Espronceda
« Solo en la paz de los sepulcros creo. »
Poemas de José de Espronceda
« Y allá van los versos, donde va mi gusto. »
Poemas de José de Espronceda
« Con diez cañones por banda,viento en popa, a toda vela,no corta el mar, sino vuela,un velero bergantín. »
Poemas de José de Espronceda
« Hórrida turba, quizáque en tormenta y confusióna anunciar al mundo vasu ruina y desolación. »
Poemas de José de Espronceda
« Las ilusiones perdidasson hojas, ay, desprendidasdel árbol del corazón. »
Poemas de José de Espronceda
« Que es mi barco mi tesoro, que es mi dios la libertad, mi ley, la fuerza y el viento, mi única patria, la mar. »
Poemas de José de Espronceda
Trayectoria lírica

Poemas y obras destacadas

Antología de poemas inmortales

Reúne las composiciones poéticas más aclamadas de Poemas de José de Espronceda, donde la maestría del verso y la hondura del sentimiento alcanzan su máxima expresión.

Sus versos exploran la belleza de la naturaleza, el anhelo del amor verdadero y la búsqueda de sentido ante los enigmas del destino.

Una antología indispensable que demuestra por qué su poesía sigue viva y resonando con fuerza en el corazón de los lectores actuales.

Algunos libros de poesía de José de Espronceda:

Edición física recomendada para disfrutar de su obra lírica: