« Con diez cañones por banda, viento en popa, a toda vela, no corta el mar, sino vuela un velero bergantín: »
José de Espronceda
Romanticismo exaltado español (1808–1842)Romanticismo exaltado español · Himno a la libertad, rebeldía sin cadenas y pasión desbordada
Poemas de José de Espronceda
1.
A Jarifa, en una orgía
A Jarifa, en una orgía
Trae, Jarifa, trae tu mano, ven y pósala en mi frente, que en un mar de lava hirviente mi cabeza siento arder. Ven y junta con mis labios esos labios que me irritan, donde aún los besos palpitan de tus amantes de ayer. ¿Qué la virtud, la pureza? ¿qué la verdad y el cariño? Mentida ilusión de niño, que halagó mi juventud. Dadme vino: en él se ahoguen mis recuerdos; aturdida sin sentir huya la vida; paz me traiga el ataúd. El sudor mi rostro quema, y en ardiente sangre rojos brillan inciertos mis ojos, se me salta el corazón. Huye, mujer; te detesto, siento tu mano en la mía, y tu mano siento fría, y tus besos hielos son. ¡Siempre igual! Necias mujeres, inventad otras caricias, otro mundo, otras delicias, o maldito sea el placer. Vuestros besos son mentira, mentira vuestra ternura: es fealdad vuestra hermosura, vuestro gozo es padecer. Yo quiero amor, quiero gloria, quiero un deleite divino, como en mi mente imagino, como en el mundo no hay; y es la luz de aquel lucero que engañó mi fantasía, fuego fatuo, falso guía que errante y ciego me tray. ¿Por qué murió para el placer mi alma, y vive aún para el dolor impío? ¿Por qué si yazgo en indolente calma, siento, en lugar de paz, árido hastío? ¿Por qué este inquieto, abrasador deseo? ¿Por qué este sentimiento extraño y vago, que yo mismo conozco un devaneo, y busco aún su seductor halago? ¿Por qué aún fingirme amores y placeres que cierto estoy de que serán mentira? ¿Por qué en pos de fantásticas mujeres necio tal vez mi corazón delira, si luego, en vez de prados y de flores, halla desiertos áridos y abrojos, y en sus sandios o lúbricos amores fastidio sólo encontrará y enojos? Yo me arrojé cual rápido cometa, en alas de mi ardiente fantasía: doquier mi arrebatada mente inquieta, dichas y triunfos encontrar creía. Yo me lancé con atrevido vuelo fuera del mundo en la región etérea, y hallé la duda, y el radiante cielo vi convertirse en ilusión aérea. Luego en la tierra la virtud, la gloria, busqué con ansia y delirante amor, y hediondo polvo y deleznable escoria mi fatigado espíritu encontró. Mujeres vi de virginal limpieza entre albas nubes de celeste lumbre; yo las toqué, y en humo su pureza trocarse vi, y en lodo y podredumbre. Y encontré mi ilusión desvanecida y eterno e insaciable mi deseo: palpé la realidad y odié la vida; sólo en la paz de los sepulcros creo. Y busco aún y busco codicioso, y aún deleites el alma finge y quiere: pregunto y un acento pavoroso «¡Ay! me responde, desespera y muere. Muere, infeliz: la vida es un tormento, un engaño el placer; no hay en la tierra paz para ti, ni dicha, ni contento, sino eterna ambición y eterna guerra. Que así castiga Dios el alma osada, que aspira loca, en su delirio insano, de la verdad para el mortal velada a descubrir el insondable arcano.» ¡Oh! cesa; no, yo no quiero ver más, ni saber ya nada: harta mi alma y postrada, sólo anhela descansar. En mí muera el sentimiento, pues ya murió mi ventura, ni el placer ni la tristura vuelvan mi pecho a turbar. Pasad, pasad en óptica ilusoria y otras jóvenes almas engañad: nacaradas imágenes de gloria, coronas de oro y de laurel, pasad. Pasad, pasad mujeres voluptuosas, con danza y algazara en confusión; pasad como visiones vaporosas sin conmover ni herir mi corazón. Y aturdan mi revuelta fantasía los brindis y el estruendo del festín, y huya la noche y me sorprenda el día en un letargo estúpido y sin fin. Ven, Jarifa; tú has sufrido como yo; tú nunca lloras; mas ¡ay triste! que no ignoras cuán amarga es mi aflicción. Una misma es nuestra pena, en vano el llanto contienes... Tú también, como yo, tienes desgarrado el corazón.
2.
A una estrella
A una estrella
¿Quién eres tú, lucero misterioso, Tímido y triste entro luceros mil, que cuando miro tu esplendor dudoso, turbado siento el corazón latir? ¿Es acaso tu luz recuerdo triste de otro antiguo perdido resplandor, cuando engañado como yo creíste eterna tu ventura que pasó? Tal vez con sueños de oro la esperanza acarició tu pura juventud, y gloria y paz y amor y venturanza vertió en el mundo tu primera luz. Y al primer triunfo del amor primero que embalsamó en aromas el Edén, luciste acaso, mágico lucero, protector del misterio y del placer. Y era tu luz voluptüosa y tierna la que entre flores resbalando allí inspiraba en el alma un ansia eterna de amor perpetuo y de placer sin fin. Mas ¡ay! que luego el bien y la alegría en llanto y desventura se trocó: tu esplendor empañó niebla sombría; solo un recuerdo al corazón quedó. Y ahora melancólico me miras y tu rayo es un dardo del pesar si amor aun al corazón inspiras, es un amor sin esperanza ya. ¡Ay lucero! yo te vi resplandecer en mi frente, cuando palpitar sentí mi corazón dulcemente con amante frenesí. Tu faz entonces lucía con más brillante fulgor, mientras yo me prometía que jamás se apagaría para mí tu resplandor. ¿Quién aquel brillo radiante ¡oh lucero! te robó, que oscureció tu semblante, y a mi pecho arrebató la dicha en aquel instante? ¿O acaso tú siempre así brillaste y en mi ilusión yo aquel esplendor te di que amaba mi corazón, lucero, cuando te vi? Una mujer adoré que imaginaría yo un cielo; mi gloria en ella cifré, y de un luminoso velo en mi ilusión la adorné. Y tú fuiste la aureola que iluminaba su frente, cual los aires arrebola el fúlgido sol naciente, y el puro azul tornasola. Y astro de dicha y amores, se deslizaba mi vida a la luz de tus fulgores, por fácil senda florida, bajo un cielo de colores. Tantas dulces alegrías, tantos mágicos ensueños ¿dónde fueron? Tan alegres fantasías, deleites tan halagüeños, ¿qué se hicieron? Huyeron con mi ilusión para nunca más tornar, y pasaron, y solo en mi corazón recuerdos, llanto y pesar ¡ay! dejaron. ¡Ah lucero! tú perdiste también tu puro fulgor, y lloraste; también como yo sufriste, y el crudo arpón del dolor ¡ay! probaste. ¡Infeliz! ¿por qué volví de mis sueños de ventura para hallar luto y tinieblas en ti, y lágrimas de amargura que enjugar? Pero tú conmigo lloras, que eres el ángel caído del dolor, y piedad llorando imploras, y recuerdas tu perdido resplandor. Lucero, si mi quebranto oyes, y sufres cual yo, ¡ay! juntemos nuestras quejas, nuestro llanto: pues nuestra gloria pasó, juntos lloremos. Mas hoy miro tu luz casi apagada, y un vago padecer mi pecho siente: que está mi alma de sufrir cansada, seca ya de las lágrimas la fuente. ¡Quién sabe!... tú recobrarás acaso otra vez tu pasado resplandor, a ti tal vez te anunciará tu ocaso un oriente más puro que el del sol. A mí tan sólo penas y amargura me quedan en el valle de la vida; como un sueño pasó mi infancia pura, se agosta ya mi juventud florida. Astro sé tú de candidez y amores para el que luz te preste en su ilusión, y ornado el porvenir de blancas flores, sienta latir de amor su corazón. Yo indiferente sigo mi camino a merced de los vientos y la mar, y entregado, en los brazos del destino, ni me importa salvarme o zozobrar.
3.
A XXX dedicándole estas poesías
A XXX dedicándole estas poesías
Marchitas ya las juveniles flores, nublado el sol de la esperanza mía, hora tras hora cuento y mi agonía crecen y mi ansiedad y mis dolores. Sobre terso cristal ricos colores pinta alegre tal vez mi fantasía, cuando la triste realidad sombría mancha el cristal y empaña sus fulgores. Los ojos vuelvo en su incesante anhelo, y gira en torno indiferente el mundo, y en torno gira indiferente el cielo. A ti las quejas de mi mal profundo, hermosa sin ventura, yo te envío: mis versos son tu corazón y el mío
4.
Canción de la muerte
Canción de la muerte
Débil mortal no te asuste mi oscuridad ni mi nombre; en mi seno encuentra el hombre un término a su pesar. Yo, compasiva, te ofrezco lejos del mundo un asilo, donde a mi sombra tranquilo para siempre duerma en paz. Isla yo soy del reposo en medio el mar de la vida, y el marinero allí olvida la tormenta que pasó; allí convidan al sueño aguas puras sin murmullo, allí se duerme al arrullo de una brisa sin rumor. Soy melancólico sauce que su ramaje doliente inclina sobre la frente que arrugara el padecer, y aduerme al hombre, y sus sienes con fresco jugo rocía mientras el ala sombría bate el olvido sobre él. Soy la virgen misteriosa de los últimos amores, y ofrezco un lecho de flores, sin espina ni dolor, y amante doy mi cariño sin vanidad ni falsía; no doy placer ni alegría, más es eterno mi amor. En mi la ciencia enmudece, en mi concluye la duda y árida, clara, desnuda, enseño yo la verdad; y de la vida y la muerte al sabio muestro el arcano cuando al fin abre mi mano la puerta a la eternidad. Ven y tu ardiente cabeza entre mis manos reposa; tu sueño, madre amorosa; eterno regalaré; ven y yace para siempre en blanca cama mullida, donde el silencio convida al reposo y al no ser. Deja que inquieten al hombre que loco al mundo se lanza; mentiras de la esperanza, recuerdos del bien que huyó; mentiras son sus amores, mentiras son sus victorias, y son mentiras sus glorias, y mentira su ilusión. Cierre mi mano piadosa tus ojos al blanco sueño, y empape suave beleño tus lágrimas de dolor. Yo calmaré tu quebranto y tus dolientes gemidos, apagando los latidos de tu herido corazón.
5.
Canciãn
Canciãn
Canción del pirata Con diez cañones por banda, viento en popa, a toda vela, no corta el mar, sino vuela un velero bergantín. Bajel pirata que llaman, por su bravura, El Temido, en todo mar conocido del uno al otro confín. La luna en el mar riela en la lona gime el viento, y alza en blando movimiento olas de plata y azul; y va el capitán pirata, cantando alegre en la popa, Asia a un lado, al otro Europa, y allá a su frente Istambul: Navega, velero mío sin temor, que ni enemigo navío ni tormenta, ni bonanza tu rumbo a torcer alcanza, ni a sujetar tu valor. Veinte presas hemos hecho a despecho del inglés y han rendido sus pendones cien naciones a mis pies. Que es mi barco mi tesoro, que es mi dios la libertad, mi ley, la fuerza y el viento, mi única patria, la mar. Allá; muevan feroz guerra ciegos reyes por un palmo más de tierra; que yo aquí; tengo por mío cuanto abarca el mar bravío, a quien nadie impuso leyes. Y no hay playa, sea cualquiera, ni bandera de esplendor, que no sienta mi derecho y dé pechos mi valor. Que es mi barco mi tesoro, que es mi dios la libertad, mi ley, la fuerza y el viento, mi única patria, la mar. A la voz de "¡barco viene!" es de ver cómo vira y se previene a todo trapo a escapar; que yo soy el rey del mar, y mi furia es de temer. En las presas yo divido lo cogido por igual; sólo quiero por riqueza la belleza sin rival. Que es mi barco mi tesoro, que es mi dios la libertad, mi ley, la fuerza y el viento, mi única patria, la mar. ¡Sentenciado estoy a muerte! Yo me río no me abandone la suerte, y al mismo que me condena, colgaré de alguna antena, quizá; en su propio navío Y si caigo, ¿qué es la vida? Por perdida ya la di, cuando el yugo del esclavo, como un bravo, sacudí. Que es mi barco mi tesoro, que es mi dios la libertad, mi ley, la fuerza y el viento, mi única patria, la mar. Son mi música mejor aquilones, el estrépito y temblor de los cables sacudidos, del negro mar los bramidos y el rugir de mis cañones. Y del trueno al son violento, y del viento al rebramar, yo me duermo sosegado, arrullado por el mar. Que es mi barco mi tesoro, que es mi dios la libertad, mi ley, la fuerza y el viento, mi única patria, la mar.
6.
Canta en la noche, canta en la mañana...
Canta en la noche, canta en la mañana...
Canta en la noche, canta en la mañana, ruiseñor, en el bosque tus amores; canta, que llorará cuando tú llores el alba perlas en la flor temprana. Teñido el cielo de amaranto y grana, la brisa de la tarde entre las flores suspirará también a los rigores de tu amor triste y tu esperanza vana. Y en la noche serena, al puro rayo de la callada luna, tus cantares los ecos sonarán del bosque umbrío. Y vertiendo dulcísimo desmayo, cual bálsamo süave en mis pesares, endulzará tu acento el labio mío.
7.
Canto a Teresa
Canto a Teresa
(Fragmento) ¡Oh, Teresa! ¡Oh, dolor! Lágrimas mías ¡ah!, ¿dónde estáis, que no corréis a mares? ¿Por qué, por qué como en mejores días no consoláis vosotras mis pesares? ¡Oh, los que no sabéis las agonías de un corazón que penas a millares, ¡ay!, desgarraron y que ya no llora, ¡piedad tened de mi tormento ahora! ¡Oh, dichosos mil veces, sí, dichosos los que podéis llorar, y, ¡ay! , sin ventura de mí, que entre suspiros angustiosos ahogar me siento en mi infernal tortura! ¡Refuércese entre nudos dolorosos mi corazón, gimiento de amargura ! También tu corazón, hecho pavesa, ¡ay!, llegó a no llorar, ¡pobre Teresa! ¿Quién pensará jamás, Teresa mía, que fuera eterno manantial de llanto tanto inocente amor, tanta alegría, tantas delicias y delirio tanto? ¿Quién pensara jamás llegase un día en que perdido el celestial encanto y caída la venda de los ojos, cuanto diera placer causara enojos? ¡Pobre Teresa! ¡Al recordarle siento un pesar tan intenso...! Embarga impío mi quebrantada voz mi sentimiento, y suspira tu nombre el labio mío; para allí su carrera el pensamiento, hiela mi corazón punzante frío, ante mis ojos la funesta losa donde, vil polvo, tu beldad reposa.
Versos y pensamientos de José de Espronceda
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« Con diez cañones por banda,viento en popa, a toda vela,no corta el mar, sino vuela,un velero bergantín. »
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« Que es mi barco mi tesoro, que es mi dios la libertad, mi ley, la fuerza y el viento, mi única patria, la mar. »
Poemas y obras destacadas
Antología de poemas inmortales
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Sus versos exploran la belleza de la naturaleza, el anhelo del amor verdadero y la búsqueda de sentido ante los enigmas del destino.
Una antología indispensable que demuestra por qué su poesía sigue viva y resonando con fuerza en el corazón de los lectores actuales.
Algunos libros de poesía de José de Espronceda:
Edición física recomendada para disfrutar de su obra lírica: