« Llevo en los huesos tanto amor metido / que sólo en carne viva y a bandazos, »
José Albi · A brazo partido
Biografía y amplia selección de poemas de José Albi. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de José Albi. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Llevo en los huesos tanto amor metido que sólo en carne viva y a bandazos, voy capeando el mar de estos dos brazos entre los que me encuentro sometido. No, no basta gritar, tomar partido, morir hasta caerse uno a pedazos; hay que hundir a caricias y a zarpazos tu corazón, tu corazón vencido. Quiero daros la vida que me sobra, y este amor que me arranca de los huesos. Vuestro mi corazón, vuestra mi obra de compartir lo vuestro y nuestro y mío, consumidos en cólera y en besos. Sólo a mi amor vuestro dolor confío.
Abro, de par en par, el viento, la ventana y te contemplo, amor, voy contemplando todo lo que fue mío: los almendros alegres todavía, y el mar en los almendros, la luz en los almendros, y más mar todavía allá a lo lejos. Quizá piense en tu piel, quizá vaya pasando la mano por la corteza de los pinos, quizá los años vayan cayendo como las gotas del grifo; quizá los siglos. Y quizá todavía te tenga entre los brazos, como ayer, como siempre. ¿Oyes los montes? Puede que canten. Puede que se derrumben, que se acuerden de ti, que te nombren, que inventen la palabra burbujeantes, nueva, ' como el agua de los neveros despeñándose, como mi voz en medio de la noche. -¿Duermes, amor? No me contesta nadie. Sé que duermes. Bernia, como un gran perro bajo la luna, se acurruca a mis pies. Oigo su palpitar estremecido. Ifach, allá a lo lejos, se nos hunde en el mar, golpea las estrellas con su silencio. Más cerca, las luces chiquitinas, lentas y fieles de Guadalest. vuelvo a rozar tu sueño tu piel con luna, los dos ríos lejanos de tus piernas. Tú, montaña también, valle dormido, mar toda tú. -¿Duermes, amor? Gotea el grifo, ladra un perro infinito, remoto como la eternidad. Voy a ciegas, tanteo las paredes y los acantilados y los vientos. Te amé, te estoy amando, te estoy llamando. Sólo un eco de piedra me contesta: Aytana, Chortá, Bernia... La casa está vacía. El silencio respira aquí, a mi lado.
¿Oyes el mar?
Eternamente estaremos escuchándolo.
Lo llevaremos dentro
como la sangre, como la paz
como te llevo a ti misma.
Todo, todo irá
acabando: la tristeza, la vida,
la soledad tan grande en que me has
dejado.
Sólo el mar, amor mío, el mar sigue existiendo.
Me asomo: lo
contemplo desde esta tarde lenta,
desde esta fría y herrumbrosa baranda
adonde no te asomas.
Amor, no estás conmigo. ¿Ves el silencio en torno?
Baja como las
olas,
me roza como el río de tu piel,
se aleja para siempre.
Tú, mar,
eterno mar de mi sueño,
sueño ya tú, lejana, irremediable.
El viento te acaricia. Yo soy el viento.
Pero estoy solo.
Y
tú, tú estás lejana.
Sólo el mar te recuerda, te vive, te arrebata.
Siento tus labios, que es sentirte entera;
siento tu carne, calladamente
mía.
Mis manos en el aire te dan vida,
y la playa, ya inútil sin tu
huella,
deshabitada y torpe se aleja como el día.
Sólo la tarde
existe;
existe y va muriendo. Unos dedos de espuma
me agitan los
cabellos;
unas hojas doradas por el sol van cayendo.
Quizá son tus palabras,
quizá el cerco ya inútil de tus brazos.
Escucha, amor, te voy nombrando
como te nombra el mar. Algún abismo
se quiebra no sé dónde, y este mar que respiro
no es el mío
con capiteles rotos y con mirto.
Es tu terrible mar, tu
ecuatoriana selva,
como tú, tormentosa; como tú, quieta, insospechada,
dulce,
y otra vez angustiosa y arrebatada. Amor,
me vas muriendo. Este
mar que era nuestro
me mira indiferente. Quisiera levantarme
como un viento tremendo
y sacudir las velas, descerrajar los brazos,
morirme a chorros.
Pero
sólo el silencio. Yo, acodado en en el aire,
contemplo tu recuerdo.
No hay más que arena.
La ciudad, a lo
lejos, se desdibuja.
Es un humo borroso como el olvido.
Ahora estiro los brazos y te
busco.
Aquí están nuestras rocas. El mar se mira en ellas;
también te
busca.
Una estrella de mar va acariciando mi sombra:
mi sombra que, sin la
tuya, no es más que un pozo seco.
Esta tarde es como media vida: la media que me falta.
La que tú te has llevado.
No, no has venido.
Eternamente no vendrás.
Caerán constelaciones,
se hundirán montes, siglos, tempestades,
y no vendrás. Y yo estaré mirando
lo que nos une todavía: el mar.
Un buque remotísimo buscará el horizonte;
pasará una pescador con sus
cañas al hombro.
Sólo tú no vendrás.
No vendrás nunca.
« Llevo en los huesos tanto amor metido / que sólo en carne viva y a bandazos, »
« Abro, de par en par, el viento, la ventana / y te contemplo, amor, voy »
« ¿Oyes el mar? / Eternamente estaremos escuchándolo. »
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