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José Agustín Goytisolo · Alguna noche
Biografía y amplia selección de poemas de José Agustín Goytisolo. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de José Agustín Goytisolo. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Alguna noche -las fogatas eran de dolor o de júbilo- la casa te veía desertar. Te abrías a una vida distinta, a un mundo alegre como los ojos de un dios: voces mayores, fuegos de artificio, inacabable noche de San Juan en tu estancia vacía... El tiempo se agrandaba en los rincones, se detenía en torno al corazón, mientras el estruendo proseguía, lejos, lejos, quién sabe si real. Después, todo más claro: los sonidos pequeños, el crujido de un mueble la lluvia en el desván. Nueva vida a las cosas, el alba aparecía, y tú llegabas, amorosamente.
Algunas veces llego presuroso, rodeo tus rodillas, toco tu pelo. ¡Ay Dios, quisiera decirte tantas cosas! Te compraré un pañuelo, seré buen chico, haremos un viaje....No sé, no sé lo que me pasa. Quiero morir así, así en tus brazos.
Como la piel de un fruto, suave a la amenaza de los dientes, iluminada, alegre casi, ibas camino de la muerte. La vida estaba en todas partes: en tu cabello, sobre el césped, sobre la tierra que añorabas, sobre los chopos, por tu frente... Todo pasó, tal un verano, sobre tu carne pura y breve. Como la piel de un fruto, ¡eras tan olorosa y atrayente!
Digo: comience el sendero a serpear delante de la casa. Vuelva el día vivido a transportarme lejano entre los chopos. Allí te esperaré. Me anunciará tu paso el breve salto de un pájaro en ese instante fresco y huidizo que determina el vuelo, y la hierba otra vez como una orilla cederá poco a poco a tu presencia. Te volveré a mirar, a sonreír desde el borde del agua. Sé lo que me dirás. Conozco el soplo de tus labios mojados: tardabas en llegar. Y luego un beso repetido en el río. De nuevo en pie siguiendo tu figura regresaré a la casa lentamente cuando todo suceda.
Dónde tú no estuvieras, como en este recinto, cercada por la vida, en cualquier paradero, conocido o distante, leería tu nombre. Aquí, cuando empezaste a vivir para el mármol, cuando se abrió a la sombra tu cuerpo desgarrado, pusieron una fecha: diecisiete de marzo. Y suspiraron tranquilos, y rezaron por ti. Te concluyeron. Alrededor de ti, de lo que fuiste, en pozos similares, y en funestos estantes, otros, sal o ceniza, te hacen imperceptible. Lo miro todo, lo palpo todo: hierros, urnas, altares, una antigua vasija, retratos carcomidos por la lluvia, citas sagradas, nombres, anillos de latón, sucias coronas, horribles poesías... Quiero ser familiar con todo esto. Pero tu nombre sigue aquí, tu ausencia y tu recuerdo siguen aquí. ¡Aquí! donde tú no estarías, si una hermosa mañana, con música de flores, los dioses no te hubieran olvidado.
A Gabriel Celaya ¿Qué hará con la memoria de esta noche tan clara cuando todo termine? ¿Qué hacer si cae la sed sabiendo que está lejos la fuente en que bebía? ¿Qué hará de este deseo de terminar mil veces por volver a encontrarle? ¿Qué hacer cuando un mal aire de tristeza la envuelva igual que un maleficio? ¿Qué hará bajo el otoño si el aire huele a humo y a pólvora y a besos? ¿Qué hacer?¿Qué hará? Preguntas a un azar que ya tiene las suertes repartidas.
Contemplar las palabras sobre el papel escritas, medirlas, sopesar su cuerpo en el conjunto del poema, y después, igual que un artesano, separarse a mirar cómo la luz emerge de la sutil textura. Así es el viejo oficio del poeta, que comienza en la idea, en el soplo sobre el polvo infinito de la memoria, sobre la experiencia vivida, la historia, los deseos, las pasiones del hombre. La materia del canto nos lo ha ofrecido el pueblo con su voz. Devolvamos las palabras reunidas a su auténtico dueño.
El amante de medianoche, el que ansió que ella le siguiera, el que cuenta las campanadas como un enfermo desahuciado; el que pone cara de cárcel cuando se mira en el espejo: es el furtivo que no duerme acechando a su compañera, y ella es feliz porque ahora vive una noche tan inefable y tan honda como la muerte.
En este mismo instante hay un hombre que sufre, un hombre torturado tan sólo por amar la libertad. Ignoro dónde vive, qué lengua habla, de qué color tiene la piel, cómo se llama, pero en este mismo instante, cuando tus ojos leen mi pequeño poema, ese hombre existe, grita, se puede oír su llanto de animal acosado, mientras muerde sus labios para no denunciar a los amigos. ¿Oyes? Un hombre solo grita maniatado, existe en algún sitio. ¿He dicho solo? ¿No sientes, como yo, el dolor de su cuerpo repetido en el tuyo? ¿No te mana la sangre bajo los golpes ciegos? Nadie está solo. Ahora, en este mismo instante, también a ti y a mí nos tienen maniatados.
Miedo a perderse ambos, vivir el uno sin el otro: miedo a estar alejados en el viento de la niebla, en los pasos del día, en la luz del relámpago, en cualquier parte. Miedo que les hace abrazarse, unirse en este aire que ahora juntos respiran. Y se buscan y se buscan esa flor instantánea que cuando se consigue se deshace en un soplo y hay que ir a encontrar otras en el jardín umbrío. Miedo; bendito miedo que propicia el deseo la agonía y el rapto, de los que mueren juntos y resucitan luego.
Llegan apresurados y nunca dicen para qué ni de dónde proceden y enseguida te piden dos mil francos que casi siempre te han de devolver o te quitan la toalla sin respeto cuando te estás duchando se ponen la colonia los polvos el masaje la loción de tu novio o de tu hija te arrastran a lugares espantosos o bellos y ni siquiera piden tu opinión y beben prodigiosamente se ponen a cantar en cualquier parte o arman la del gran dios en un bar miserable y por motivos nimios siempre siempre avasallan te compran un sombrero o unas flores y un día salen al galope quizá hacia los infiernos qué desastre. Señora caballero muchachita asustada militante de un partido ecologista: si se tropieza usted con uno de esos locos furiosos increíbles no le deje escapar llévelo a casa son tiernos como niños a veces tienen frío quién sabe si es porque les han pegado duro duermen poco se lavan todo el rato y son muy besucones y mirones pero cuidan los libros sacan todas las noches el cubo de basura a la escalera y están sólo pendientes de tener siempre un cenicero al lado. Tienen por fin el gran inconveniente: se van mas vuelven pronto duran toda la vida.
fuente perdurable Se estremeció al contacto de las manos y ofrecía su cuerpo al alfarero que ella siempre anheló: primero el rostro después el talle luego las rodillas. ¡Oh sí! Mujer de barro que se vuelve cántaro de aguamiel vasija húmeda copa de vino para los desmayos maceta de albahaca taza honda cáliz de olor jofaina regalada pila bajo la fuente perdurable lamparilla de aceite que alumbrara noches sin sueño y páginas de un libro que está por escribir. ¡Oh sí; ser barro! Barro que ha descubierto a su alfarero.
Todo fue muy sencillo: ocurrió que las manos que ella amaba, tomaron por sorpresa su piel y sus cabellos; que la lengua descubrió su deleite. ¡Ah! detener el tiempo! Aunque la historia tan sólo ha comenzado y sepa que la noche le es propicia, teme que con el alba continúe su sed igual que siempre. Ahora el amor la invade una vez más. ¡Oh tú que estás bebiendo! Apiádate de ella, su garganta está seca, ni hablar puede. Pero escucha su herido, respira la agonía de un éxtasis y el ruego: ¡no te vayas, no, no te vayas. ¡Quiero beber yo!
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