« No es la sombra del aire lo que brilla / en los bordes pulidos de las copas, »
Jorge Valdés Díaz-Vélez · Absenta
Biografía y amplia selección de poemas de Jorge Valdés Díaz-Vélez. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Jorge Valdés Díaz-Vélez. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
No es la sombra del aire lo que brilla en los bordes pulidos de las copas, ni luz iridiscente que trasvase los ruedos de cristal. Son otras voces de qué ayer, de cuál silencio sin huella o cielos de humedad lo que subsiste en sus bocas perladas por el frío. A simple vista nada es irregular en el círculo abierto que cerramos en honor de la noche. Pero acaso el tacto de esos labios nos bosqueje con cada sorbo helado la sonrisa. De "Los Alebrijes" 2007
Las posibilidades de volverte a encontrar eran remotas. Una entre un billón. Y habiendo infinitos lugares dispersos por los números de un cálculo improbable, quién imaginaría que te iba a ver en esa cantina, transformándote en luz de aquel entonces feliz, o eso quisieron creer años atrás aquellos dos que fuimos. Estabas allí, tú de pronto y sin aviso previo, con una tímida sonrisa, recargada en el hombro de un tipo de aspecto deleznable que podría haber sido yo. No reconociste mi rostro entre la gente del bar. Aunque tal vez, supongo, pretendías saber adónde y cuándo miraste mis facciones, en qué sitio más joven hiciste un alto, bajo qué extrañas circunstancias coincidiste con alguien que se me parecía de lejos. Pero no recordaste, si acaso lo intentabas, a quien le prometiste un sueño que no ibas a cumplir, cuando nos despedimos tras una ventanilla. De vuelta en este ahora, tu cara era la misma donde vi el resplandor del ángelus y el tacto de un crepúsculo gris y hermético. Llevabas rubor en las mejillas y el cabello más negro que alguna vez tocaron mis manos por el valle lunar de tu cintura. La bienaventuranza fue nuestra compañera de viaje a las estrellas tan próximas al hambre de nuestros corazones y su dolor difuso. Era la edad del bronce pulido de tus pechos. Las noches fueron lentas palabras inaudibles del mundo que brotaba sin encajes. Bebíamos la vida entre los versos de una poeta árabe y bailaba desnuda la luz en la terraza. Tú entonces te encendías y el viento iba contigo por algún callejón a sórdidas tabernas, levantando tu falda minúscula, mostrándome las rutas que de súbito me alzaban al misterio. Sin duda eras feliz de forma ingobernable. También lo fui. Lo fuimos. Te dije, lo recuerdo como si fuera ayer, que un dios haría suyos los rasgos de tu nombre y el vino tu sabor de almendra y paraíso. Sigues igual, incluso me has parecido más hermosa, quizá menos alegre que la imagen que de ti conservé todo este tiempo en vano. Detrás de tu mirada no encontré el resplandor de aquella chica insomne, sino una palidez ceniza de rescoldos que aún parecen guardar el vértigo del fuego. No puedo asegurarlo. Y ya tan poco importa. De "Los Alebrijes" 2007
sobre el pecho del cielo, palpitando...
Jaime Gil de Biedma
Leve y triste la tarde se retira
contigo hacia el crepúsculo y las horas
empiezan a doler en los distantes
repliegues de la sábana. De
pronto
la noche ha regresado y es difícil
no pensar en tu boca
momentánea
o en las altas comarcas de tu cuerpo
en lienzos de algodón en
alabanza.
Ahora que no estás, vuelvo a mirar
el rayo que dividen tus
pestañas
y el estremecimiento de tu espalda
moldeándome los brazos, la
sonrisa
de tu sexo en los vértigos del labio,
el instante fluvial de tu
alegría.
A lo lejos respira el mar, asciende
la blanda superficie su
clausura
bajo un raso de líquidos cristales.
La noche sin tu piel crece
más honda
por las calles donde asperjas la lluvia.
En silencio te
recuerdo, muchacha,
con las últimas brasas que se apagan
contra el pecho del cielo,
palpitando.
del sur Arden las hojas del otoño en la humedad crepuscular de Buenos Aires. Contra un parque dividido por tres colinas, la opacidad de su belleza busca en follajes la mirada que acompañó la luz. Las lámparas doradas guardan sus memorias y encienden sombras en el césped. Al atardecer se disponen el horizonte de cortezas y el suave tacto de los ojos para construirse otra estancia con los pájaros. En silencio subes las calles y regresas al canto de la noche. Queda entre tus labios el murmullo que al abandono pronunciaste, la rozadura de palabras dejadas en la soledad de un cuarto cálido, ya oscuro. Áspera en su constelación, la Cruz del Sur abre sus puntas mientras aguardo tu llegada porque no eres tú quien ha vuelto a resplandecer junto al eco, sino tus huellas hondas, tenues fragmentos de un espejo en llamas que te observó al entrar a ciegas en las membranas del deseo.
cubista
Para Luis Alberto de Cuenca
Aquel cuadro de Klimt que te gustaba
tocar en las facciones de Sofía,
o la Venus con brazos que era Helena;
Beatriz, con su blancura Modigliani
reclinada en un manto que ni Goya;
o Ángela, morena de Rivera;
la Romero de Torres, la gitana
Esperanza que hablaba con el fuego.
O Pilar, melancólica y fragante
con sus gasas de baile a lo Toulouse
Lautrec. Adónde se habrán ido aquellas
muchachas que son ya tan sólo un cuadro
abstracto de neón, algún dibujo
trazado con sanguina sobre lienzos
de un espectro que tiñe su agonía.
Con quién habrán partido, en qué momento
se hicieron humareda, por qué diablos
vinieron hasta aquí sin ser llamadas.
De "Los Alebrijes" 2007
El ángel de pasión dejó tu casa con un desorden tal que no sabías por dónde comenzar: copas vacías, ceniza por doquier. Y su amenaza rotunda de carmín: “En la terraza te aguardo. Un beso. Adiós”. Tú conocías la forma de cumplir sus profecías. Temblaste al recordar: “Todo lo arrasa un ángel si al partir te sobrevuela”. te diste apresurado a la tarea de hacerla remontar por tu memoria, sus manos en tu piel, su duermevela. Pensaste: “Si es amor, pues que así sea” y fuiste a abrir la puerta giratoria.
El tiempo que fue siempre tu enemigo se detuvo en tu imagen. Ya eres esa chica de calendario, la princesa sin fábulas, el ángel que consigo colgar de cualquier nube. De oro y trigo la luz ensortijada en tu cabeza, la arena que se acaba en donde empieza la línea de tu sexo. Estás conmigo y no tienes tristezas ni pesares ni citas por cumplir. Sólo reposas inmóvil en el cuadro, entre palmeras de plástico y heladas mariposas robadas del Cantar de los cantares. No sabes que no has muerto. Si supieras.
No diré la oración que se pronuncia en otras ocasiones como ésta. Yo he venido a enterrarte. Y mi silencio es el otro lugar a donde has ido. Porque no hay más verdad que tu memoria y nada por decir que no conozcas. Acaso alguna imagen te devuelva la sombra original, agua de jarro en labios de tu sed, tal vez las flores que incendiaban la estancia con luz pura, la terca evocación de sus corolas detrás de un ventanal, entre las líneas de Ungaretti o Cernuda que olvidamos. Pero todo es real y es diferente el aire que respiro aquí, tan fuera de tu aliento y sus raíces. Mañana llamarán por teléfono y seguro alguien dirá que no, que no has llegado. Seguirá el valle gris con sus olivos resecándose al sol como si nada tuviera sucesión, y será en vano que pregunten por ti. Tú habrás partido.
He vuelto a releer aquellos versos que hablaban del amor y que leímos la noche que ardió Troya y nos perdimos al fondo de sus negros universos. He oído en cada página los tersos acentos de tu piel donde creímos haber bebido al sol en sus racimos y al mar que reflejaba en sus diversos murmullos nuestro ascenso al precipicio. se puede oler la luz de esos momentos Al tacto de un doblez. Queda un indicio debajo de las líneas subrayadas, un hálito de ti, tus dedos lentos abiertos en esquinas despobladas.
para Katia Alemann Aprendimos a amar a cuentagotas esas pequeñas pausas que el chubasco viste para inundar puertas afuera la soledad, la rama entre violeta y ocre de las tardes, el murmullo semántico del cielo. En este orden hemos desdibujado la distancia, la longitud sin proporción, las líneas que relacionan a las cosas. Breves lagunas de aire, esos segundos quiebran el ambiguo concepto de equilibrio que en el agua subyace y se sostiene al igual que otra voz dentro del fuego. Cuando escampa y la tarde se armoniza en su limpia explosión de veladuras, aprendemos los mínimos rumores donde irrumpen cenizas desmemorias. Con ellos construimos este cuarto que está lleno de música y de vítreos aromas de jazmín o extranjería. Nociones y raigambres que se agolpan y edifican un óvalo sonoro, un punto de llegada, otro pretexto condenado a palpar nuestra garganta para oírnos decir: amo esta lluvia cuando cesa y podemos escucharla recoger un país bajo la tierra. De "Jardines sumergidos"
para Martha Iga La manera de peinarte desnuda ante el espejo húmedo del baño, de apresar en la palma tu cabello para escurrir el agua y agacharte en medio de palabras que no entiendo; el acto de secar tu piel, la forma de sentir con las yemas una arruga que ayer no estaba, o de pasar la toalla por la pátina oscura de tu pubis; el modo de mirarte a ti contigo tan cerca y tan lejana, concentrada en una intimidad que a mí me excluye, son gestos cotidianos de sorpresa, ritos que desconozco al observar las mismas ceremonias que renuevas al calor de tu cuerpo y que dividen un segundo en partículas: espacios donde la vida expresa su sentido posible y que se afirman al peinarte desnuda en las mañanas, como un fruto que yo contemplo por primera vez. De "Jardines sumergidos"
invitada Tienes que detenerla -dijo. Su voz temblaba con pasión. Me gustaba aquel temblor; el verla actuar así, tenerla cerca mientras mudaba su gesto, confortaba. Tienes que detenerla -insistió. Ya es muy tarde, no lo puedo evitar -le respondí-, no hay nada que hacer. En un alarde teatral, fingió llorar aunque reía, helada.
Giacomo se envuelve en el crepúsculo del Florian
Me preguntas cuántos besos tuyos, Lesbia,
me bastarían para estar satisfecho.
Cátulo
Mientras beso tu boca, dulce
doncella en la
conquista, muerdo
las comisuras de tu madre
y los labios que tus hermanas
ceden al peso del deseo;
beso a las próximas mujeres
lejanas y desconocidas
aún por
mi codicia, aquellas
que algún día serán tú en otra
tú, que ahora oprimes mis labios
contra tu máscara de niebla,
y abres el negro terciopelo
donde mi angustia deposita,
con un grito húmedo y sordo,
el rubí de mi corazón
humeante
al pie de tu reflejo.
flores del Mall Las jóvenes diosas, nocturnas apariciones (ropa oscura, plata quemando sus ombligos) en la cadencia de la pista, comenzarán a despintarse con la premura de los años, los problemas, quizá los hijos que no tienen aún. Ahora miran tus ojos con un claro desprecio (ya tienes cuarenta) y piensas en ciertas palabras de Baudelaire que les darías como si fueran frutas tuyas (si al menos se acercaran), si supieran quién es el poeta. Pero ellas danzan, te rodean sin importarles lo que callas. Envejeciendo solas, brincan sobre tus textos (tan perpetuas y frágiles), deidades nuevas, ellas, que bailan retiradas de tu florero de Lladró. De "Jardines sumergidos"
« No es la sombra del aire lo que brilla / en los bordes pulidos de las copas, »
« Las posibilidades de volverte a encontrar / eran remotas. Una entre un billón. Y habiendo »
« Jaime Gil de Biedma / Leve y triste la tarde se retira »
« del sur / Arden las hojas del otoño »
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