Poesía Universal

Jorge Valdés Díaz-Vélez

Biografía y amplia selección de poemas de Jorge Valdés Díaz-Vélez. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Jorge Valdés Díaz-Vélez. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Jorge Valdés Díaz-Vélez

14 poemas seleccionados
1.

Absenta

No es la sombra del aire lo que brilla

		en los bordes pulidos de las copas,

		ni luz iridiscente que trasvase

		los ruedos de cristal. Son otras voces

		de qué ayer, de cuál silencio sin huella

		o cielos de humedad lo que subsiste

		en sus bocas perladas por el frío.

		

		A simple vista nada es irregular

		en el círculo abierto que cerramos

		en honor de la noche. Pero acaso

		el tacto de esos labios nos bosqueje

		con cada sorbo helado la sonrisa.

		

		De "Los Alebrijes" 2007
2.

Aquel ahora

Las posibilidades de volverte a encontrar

		eran remotas. Una entre un billón. Y habiendo

		infinitos lugares dispersos por los números

		de un cálculo improbable, quién imaginaría 

		que te iba a ver en esa cantina, transformándote 

		en luz de aquel entonces feliz, o eso quisieron

		creer años atrás aquellos dos que fuimos.

		

		Estabas allí, tú de pronto y sin aviso

		previo, con una tímida sonrisa, recargada

		en el hombro de un tipo de aspecto deleznable

		que podría haber sido yo. No reconociste

		mi rostro entre la gente del bar. Aunque tal vez,

		supongo, pretendías saber adónde y cuándo 

		miraste mis facciones, en qué sitio más joven 

		hiciste un alto, bajo qué extrañas circunstancias

		coincidiste con alguien que se me parecía

		de lejos. Pero no recordaste, si acaso 

		lo intentabas, a quien le prometiste un sueño

		que no ibas a cumplir, cuando nos despedimos

		tras una ventanilla. De vuelta en este ahora, 

		tu cara era la misma donde vi el resplandor

		del ángelus y el tacto de un crepúsculo gris

		y hermético. Llevabas rubor en las mejillas

		y el cabello más negro que alguna vez tocaron

		mis manos por el valle lunar de tu cintura.

		

		La bienaventuranza fue nuestra compañera

		de viaje a las estrellas tan próximas al hambre

		de nuestros corazones y su dolor difuso.

		Era la edad del bronce pulido de tus pechos.

		Las noches fueron lentas palabras inaudibles

		del mundo que brotaba sin encajes. Bebíamos

		la vida entre los versos de una poeta árabe

		y bailaba desnuda la luz en la terraza.

		

		Tú entonces te encendías y el viento iba contigo

		por algún callejón a sórdidas tabernas,

		levantando tu falda minúscula, mostrándome

		las rutas que de súbito me alzaban al misterio.

		Sin duda eras feliz de forma ingobernable.

		También lo fui. Lo fuimos. Te dije, lo recuerdo

		como si fuera ayer, que un dios haría suyos

		los rasgos de tu nombre y el vino tu sabor

		de almendra y paraíso. Sigues igual, incluso

		me has parecido más hermosa, quizá menos

		alegre que la imagen que de ti conservé

		todo este tiempo en vano. Detrás de tu mirada

		no encontré el resplandor de aquella chica insomne,

		sino una palidez ceniza de rescoldos

		que aún parecen guardar el vértigo del fuego.

		No puedo asegurarlo. Y ya tan poco importa.

		

		De "Los Alebrijes" 2007
3.

Canción de febrero

sobre el pecho del cielo, palpitando...
                                                               
		Jaime Gil de Biedma

Leve y triste la tarde se retira 

		contigo hacia el crepúsculo y las horas 
		
empiezan a doler en los distantes 
repliegues de la sábana. De 
		pronto 
		
la noche ha regresado y es difícil 
no pensar en tu boca 
		momentánea 
		
o en las altas comarcas de tu cuerpo 
en lienzos de algodón en 
		alabanza. 
		
Ahora que no estás, vuelvo a mirar 
el rayo que dividen tus 
		pestañas 
		
y el estremecimiento de tu espalda 
moldeándome los brazos, la 
		sonrisa 
		
de tu sexo en los vértigos del labio, 
el instante fluvial de tu 
		alegría. 
		
A lo lejos respira el mar, asciende 
la blanda superficie su 
		clausura 
		
bajo un raso de líquidos cristales. 
La noche sin tu piel crece 
		más honda 
		
por las calles donde asperjas la lluvia. 
En silencio te 
		recuerdo, muchacha, 
		
con las últimas brasas que se apagan 
contra el pecho del cielo, 
		palpitando.
4.

Cruz

del sur


		Arden las hojas del otoño
en la humedad crepuscular
de Buenos 
		Aires. Contra un parque
dividido por tres colinas,
la opacidad de 
		su belleza
busca en follajes la mirada
que acompañó la luz. Las 
		lámparas
doradas guardan sus memorias
y encienden sombras en el 
		césped.

		
Al atardecer se disponen
el horizonte de cortezas
y el suave 
		tacto de los ojos
para construirse otra estancia
con los pájaros. 
		En silencio
subes las calles y regresas
al canto de la noche. 
		Queda
entre tus labios el murmullo
que al abandono pronunciaste,

		la rozadura de palabras
dejadas en la soledad
de un cuarto cálido, 
		ya oscuro.

		
Áspera en su constelación,
la Cruz del Sur abre sus puntas

		mientras aguardo tu llegada
porque no eres tú quien ha vuelto
a 
		resplandecer junto al eco,
sino tus huellas hondas, tenues

		fragmentos de un espejo en llamas
que te observó al entrar a ciegas

		en las membranas del deseo.
5.

El

cubista

		

                                           
		Para Luis Alberto de Cuenca

		

		Aquel cuadro de Klimt que te gustaba

		tocar en las facciones de Sofía,

		o la Venus con brazos que era Helena;

		Beatriz, con su blancura Modigliani

		reclinada en un manto que ni Goya;

		o Ángela, morena de Rivera;

		la Romero de Torres, la gitana

		Esperanza que hablaba con el fuego.

		O Pilar, melancólica y fragante

		con sus gasas de baile a lo Toulouse

		Lautrec. Adónde se habrán ido aquellas

		muchachas que son ya tan sólo un cuadro

		abstracto de neón, algún dibujo

		trazado con sanguina sobre lienzos 

		de un espectro que tiñe su agonía. 

		Con quién habrán partido, en qué momento

		se hicieron humareda, por qué diablos

		vinieron hasta aquí sin ser llamadas.

		

		De "Los Alebrijes" 2007
6.

El desastre

El ángel de pasión dejó tu casa
con un desorden tal que no sabías

		por dónde comenzar: copas vacías,
ceniza por doquier. Y su amenaza 
		

rotunda de carmín: “En la terraza
te aguardo. Un beso. 
		Adiós”. Tú conocías
la forma de cumplir sus profecías.
Temblaste 
		al recordar: “Todo lo arrasa 
		

un ángel si al partir te sobrevuela”.
te diste apresurado a 
		la tarea
de hacerla remontar por tu memoria,

		
sus manos en tu piel, su duermevela. 
Pensaste: “Si es amor, pues 
		que así sea”
y fuiste a abrir la puerta giratoria.
7.

El fotógrafo y la modelo

El tiempo que fue siempre tu enemigo
se detuvo en tu imagen. Ya eres 
		esa
chica de calendario, la princesa
sin fábulas, el ángel que 
		consigo 
		
colgar de cualquier nube. De oro y trigo
la luz ensortijada en tu 
		cabeza,
la arena que se acaba en donde empieza
la línea de tu 
		sexo. Estás conmigo 
		
y no tienes tristezas ni pesares
ni citas por cumplir. Sólo 
		reposas
inmóvil en el cuadro, entre palmeras
de plástico y heladas 
		mariposas 
		
robadas del Cantar de los cantares.
No sabes que no has 
		muerto. Si supieras.
8.

El olivar

No diré la oración que se pronuncia
en otras ocasiones como ésta.

		Yo he venido a enterrarte. Y mi silencio
es el otro lugar a donde has 
		ido.
Porque no hay más verdad que tu memoria
y nada por decir que 
		no conozcas.
Acaso alguna imagen te devuelva
la sombra original, 
		agua de jarro
en labios de tu sed, tal vez las flores
que 
		incendiaban la estancia con luz pura,
la terca evocación de sus 
		corolas
detrás de un ventanal, entre las líneas
de Ungaretti o 
		Cernuda que olvidamos.
Pero todo es real y es diferente
el aire 
		que respiro aquí, tan fuera
de tu aliento y sus raíces. Mañana

		llamarán por teléfono y seguro
alguien dirá que no, que no has 
		llegado.
Seguirá el valle gris con sus olivos
resecándose al sol 
		como si nada
tuviera sucesión, y será en vano
que pregunten por 
		ti. Tú habrás partido.
9.

Ex-libris

He vuelto a releer aquellos versos
que hablaban del amor y que leímos

		la noche que ardió Troya y nos perdimos
al fondo de sus negros 
		universos.

		
He oído en cada página los tersos
acentos de tu piel donde 
		creímos
haber bebido al sol en sus racimos
y al mar que reflejaba 
		en sus diversos

		
murmullos nuestro ascenso al precipicio.
se puede oler la luz de 
		esos momentos
Al tacto de un doblez. Queda un indicio

		
debajo de las líneas subrayadas,
un hálito de ti, tus dedos 
		lentos
abiertos en esquinas despobladas.
10.

Formas migratorias

para Katia Alemann 

Aprendimos a amar a cuentagotas
esas 
		pequeñas pausas que el chubasco
viste para inundar puertas afuera

		la soledad, la rama entre violeta
y ocre de las tardes, el murmullo

		semántico del cielo. En este orden
hemos desdibujado la distancia,

		la longitud sin proporción, las líneas
que relacionan a las cosas. 
		Breves
lagunas de aire, esos segundos quiebran
el ambiguo concepto 
		de equilibrio
que en el agua subyace y se sostiene
al igual que 
		otra voz dentro del fuego.
Cuando escampa y la tarde se armoniza

		en su limpia explosión de veladuras,
aprendemos los mínimos rumores

		donde irrumpen cenizas desmemorias.
Con ellos construimos este cuarto

		que está lleno de música y de vítreos
aromas de jazmín o extranjería.

		Nociones y raigambres que se agolpan
y edifican un óvalo sonoro,

		un punto de llegada, otro pretexto
condenado a palpar nuestra 
		garganta
para oírnos decir: amo esta lluvia
cuando cesa y podemos 
		escucharla
recoger un país bajo la tierra.


		De "Jardines 
		sumergidos"
11.

Ishmar

para Martha Iga 

La manera de peinarte desnuda 
		
ante el espejo húmedo del baño, 
de apresar en la palma tu 
		cabello
para escurrir el agua y agacharte
en medio de palabras que 
		no entiendo;
el acto de secar tu piel, la forma
de sentir con las 
		yemas una arruga
que ayer no estaba, o de pasar la toalla 
		
por la pátina oscura de tu pubis;
el modo de mirarte a ti contigo

		tan cerca y tan lejana, concentrada
en una intimidad que a mí me 
		excluye,
son gestos cotidianos de sorpresa,
ritos que desconozco 
		al observar
las mismas ceremonias que renuevas
al calor de tu 
		cuerpo y que dividen
un segundo en partículas: espacios
donde la 
		vida expresa su sentido
posible y que se afirman al peinarte

		desnuda en las mañanas, como un fruto
que yo contemplo por primera 
		vez.


		De "Jardines 
		sumergidos"
12.

La

invitada 
		 

Tienes que 
		detenerla
-dijo. Su voz temblaba
con pasión. Me gustaba
aquel 
		temblor; el verla 
		

actuar así, tenerla 
cerca mientras mudaba
su gesto, 
		confortaba.
Tienes que detenerla 
		

-insistió. Ya es muy tarde,
no lo puedo evitar
-le 
		respondí-, no hay nada 
		

que hacer. En un alarde
teatral, fingió llorar
aunque 
		reía, helada.
13.

La última vez de Casanova

Giacomo se envuelve en el crepúsculo del Florian 


		                             
		Me preguntas cuántos besos tuyos, Lesbia, 
                                             
		me bastarían para estar satisfecho. 
		
                                                                                                       
		Cátulo

Mientras beso tu boca, dulce 
doncella en la 
		conquista, muerdo 
		
las comisuras de tu madre 
y los labios que tus hermanas 

		ceden al peso del deseo; 
		
beso a las próximas mujeres 
lejanas y desconocidas 
aún por 
		mi codicia, aquellas 
		
que algún día serán tú en otra 
tú, que ahora oprimes mis labios 
		
contra tu máscara de niebla, 
y abres el negro terciopelo 

		donde mi angustia deposita, 
		
con un grito húmedo y sordo, 
el rubí de mi corazón 
humeante 
		al pie de tu reflejo.
14.

Las

flores del Mall


		Las jóvenes diosas, nocturnas
apariciones (ropa oscura,
plata 
		quemando sus ombligos)
en la cadencia de la pista,
comenzarán a 
		despintarse
con la premura de los años,
los problemas, quizá los 
		hijos
que no tienen aún. Ahora
miran tus ojos con un claro

		desprecio (ya tienes cuarenta)
y piensas en ciertas palabras
de 
		Baudelaire que les darías
		
como si fueran frutas tuyas
(si al menos se acercaran), si

		supieran quién es el poeta. 
		
Pero ellas danzan, te rodean
sin importarles lo que callas.

		Envejeciendo solas, brincan
sobre tus textos (tan perpetuas 
		
y frágiles), deidades nuevas, 
ellas, que bailan retiradas
de 
		tu florero de Lladró.


		De "Jardines 
		sumergidos"

Versos y pensamientos de Jorge Valdés Díaz-Vélez

4 citas
« No es la sombra del aire lo que brilla / en los bordes pulidos de las copas, »
Jorge Valdés Díaz-Vélez · Absenta
« Las posibilidades de volverte a encontrar / eran remotas. Una entre un billón. Y habiendo »
Jorge Valdés Díaz-Vélez · Aquel ahora
« Jaime Gil de Biedma / Leve y triste la tarde se retira »
Jorge Valdés Díaz-Vélez · Canción de febrero
« del sur / Arden las hojas del otoño »
Jorge Valdés Díaz-Vélez · Cruz
Biblioteca poética

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