« Te gusta llegar a la estación / cuando el reloj de pared tictaquea, »
Jorge Teillier · Andenes
Biografía y amplia selección de poemas de Jorge Teillier. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Jorge Teillier. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Te gusta llegar a la estación cuando el reloj de pared tictaquea, tictaquea en la oficina del jefe-estación. Cuando la tarde cierra sus párpados de viajera fatigada y los rieles ya se pierden bajo el hollín de la oscuridad. Te gusta quedarte en la estación desierta cuando no puedes abolir la memoria, como las nubes de vapor los contornos de las locomotoras, y te gusta ver pasar al viento que silba como un vagabundo aburrido de caminar sobre los rieles. Tictaqueo del reloj. Ves de nuevo los pueblos cuyos nombres nunca aprendiste, el pueblo donde querías llegar como el niño el día de su cumpleaños y los viajes de vuelta de vacaciones cuando eras -para los parientes que te esperaban- sólo un alumno fracasado con olor a cerveza. Tictaqueo del reloj. El jefe-estación juega un solitario. El reloj sigue diciendo que la noche es el único tren que puede llegar a este pueblo, y a ti te gusta estar inmóvil escuchándolo mientras el hollín de la oscuridad hace desaparecer los durmientes de la vía. De "El árbol de la memoria" 1961
Y tú quieres oír, tú quieres entender. Y yo te digo: olvida lo que oyes, lees o escribes. Lo que escribo no es para ti, ni para mí, ni para los iniciados. Es para la niña que nadie saca a bailar, es para los hermanos que afrontan la borrachera y a quienes desdeñan los que se creen santos, profetas o poderosos. De "Cartas para reinas y otras primaveras" 1985
¿Qué película te gustaría ver? ¿Qué canción te gustaría oír? Esta noche no tengo a nadie a quien hacerle estas preguntas. Me escribes desde una ciudad que odias a las nueve y media de la noche. Cierto, yo estaba bebiendo, mientras tú oías Bach y pensabas volar. No creí que iba a recordarte ni creí que te acordarías de mí. ¿ Por qué me escribiste esa carta? Ya no podré ir solo al cine. Es cierto que haremos el amor y lo haremos como me gusta a mí: todo un día de persianas cerradas hasta que tu cuerpo reemplace al sol. Acuérdate que mi signo es Cáncer, pequeña Acuario, sauce llorón. Leeremos libros de astrología para inventar nuevas supersticiones. Me escribes que tendremos una casa aunque yo he perdido tantas casas. Aunque tú piensas tanto en volar y yo con los amigos tomo demasiado. Pero tú no vuelves de la ciudad que odias y estás con quién sabe qué malas compañías, mientras aquí hay tan pocas personas a quien hacerles estas simples preguntas: «¿Qué canción te gustaría oír, qué película te gustaría ver? ¿ y con quién te gustaría que soñáramos después de las nueva y media de la noche?». De "Para un pueblo fantasma" 1978
7 Sentado en el fondo del patio trato de pensar qué haré en el futuro, pero sigo el vuelo del moscardón cuyo oro es el único que podría atrapar, y pierdo el tiempo saludando al caballo al que puse nombre un mediodía de infancia y que ahora asoma su triste cabeza entre los geranios. 17 Día tras día en los charcos verticales, de los espejos de los bares se va perdiendo tu cara esa hoja caída de un árbol condenado. 19 Frente al semáforo rojo me detengo esperando cruzar la calle. Un niño me mira desde los brazos de su madre. Algo tiene que decirme, algo tengo que decirle, algo que será él. Hasta el cambio de luz me hundo en esos ojos asombrados irrecuperables. 29 Yo me invito a entrar a la casa del vino cuyas puertas siempre abiertas no sirven para salir. 31 Los perros ladran en el patio al invitado triste de los domingos. Sólo los gorriones lo saludan. 36 Un árbol me despierta y me dice: «Es mejor despertar, los sueños no te pertenecen. Mira, mira los gansos abriendo sus grandes alas blancas, mira los nidales de las gallinas bajo el automóvil abandonado». 37 En la casa de madera sueño con los pájaros que anidaron alguna vez en este bosque. 41 Mientras no cesan los golpes de los dados tres bicicletas relucientes y frías esperan pacientes y cabizbajas afirmadas en la pared de la cantina. 44 Un vaso de cerveza, una piedra, una nube, la sonrisa de un ciego y el milagro increíble de estar de pie en la tierra. De "Para un pueblo fantasma" 1978
XXII
«EL viento sabe que vuelvo a casa,
ha detenido el ruido de las goteras de lluvia en el alero.»
Así escribía un poeta hace diez siglos.
Pero ahora el viento ignora quién vuelve a casa.
Por eso grita en estos espacios más fuerte que en las ciudades
en donde muere el tiempo en que todos eran pioneros, guerreros o poetas.
Que siquiera se oiga en los pueblos,
pero también ha perdido su sentido en los pueblos.
Ya no aparecen las bandadas de choroyes y torcazas
que abrumaban los manzanos silvestres.
No hay pudúes, ni guanacos, ni avestruces y los lobos
marinos no se apiñan en las costas.
La tierra daba el triple de lo que le pedían. Las máquinas no
alcanzaban a trillar
el trigo de las sementeras. Rebaños innumerables asomaban sus ojos entre
los
altos pastizales, las vegas y las llanuras. Sobraba la comida.
Ahora,
bosques quemados.
Tierra
que muestra su desnuda y roja osamenta.
Faltan madera y trigo.
Sobran
radios portátiles
y hoy día tenemos televisión.
Sin embargo,
la tierra permanece.
Lo sabe la ciudad en sus pesadillas
y las bombas preparan las mortajas
para los deslumbrantes rascacielos.
U n día
volveremos al primer fuego.
Y los sobrevivientes
apenas podrán conservar
un ramo de gencianas y una palabra amada.
XXIII
Para qué me preguntas. Todos moriremos.
Eso no me ayuda.
No, realmente no.
Gunnard Ekelof
Lo que importa
es estar vivo
y entrar a la casa
en el desolado mediodía de la vida.
El río pasa recogiendo la calle polvorienta.
Los satélites artificiales pueden rodear la Tierra,
pero nada saben de ellos los bueyes enyugados a las carretas.
Es el mismo de otro siglo el gesto del campesino al
descargar un saco de trigo,
el polvillo de la molienda danza en el sol sin memoria,
escuchamos el trote de los ratones entre los sacos
dormidos en la bodega,
y el oculto resplandor de las cosas
tiene un secreto revelado por los aromos.
Escucho el pitazo del tren
cortando en dos al pueblo.
El pueblo donde pedí tres deseos al comer las primeras cerezas,
donde me regalaron una lámpara humilde que no he vuelto a hallar,
el pueblo que tenía unos pocos miles de habitantes cuando nací,
y fue fundado como un Fuerte
para defenderse de los mapuches
(todo eso era nuestro Far West).
El pueblo donde aún humean mantas junto a cocinas a leña,
y el invierno es la travesía de un tempestuoso océano.
Si me pidieran recordar
algo más allá de las calles donde di los primeros pasos
no sabría mucho que decir.
Creo que he estado en otros países.
He visto día a día en las ciudades vehículos iluminados
como trasatlánticos
llevar rostros fatigados de un matadero a otro.
«La vida es un pretexto para escribir dos o tres versos
cantantes y luminosos» , escribió Alexander Block,
pero tal vez yo no sea de verdad un poeta.
Me amo a mí mismo tanto como a mi prójimo,
pero estoy dispuesto a desaparecer junto a todo mi prójimo.
Puedo rezar sin creer en Dios.
A las noticias del día
suelo preferir leer memorias de oscuros personajes de otras épocas
o contemplar los gorriones picoteando maravillas.
De nuevo
alguien ve derrochar
los yuyos su oro al viento.
Alguien va a temer cada mañana que el sol no regrese,
alguien aprenderá a leer en diarios que anuncian
nuevas guerras,
alguien en la noche
va a tomar un carbón encendido para trazar círculos de fuego
que lo protejan de todo mal.
Quedaré solo en un bosque de pinos.
De pronto veré alzarse los muros al canto de los gallos.
Podré pronunciar mi verdadero nombre.
Las puertas del bosque se abrirán,
mi espacio será el mismo que el de las aves inmortales
que entran y salen de él,
y los hermanos desconocidos sabrán que ya pueden reemplazarme.
Debo enfrentar de nuevo al río.
Busco una moneda.
El río ha cambiado de color.
Veo sin temor
la canoa negra esperando en la orilla.
(Septiembre 1963 -febrero 1964, Lautaro-Santiago)
De
"Crónica del forastero" 1968
Cuando en la tarde aparezco en los espejos Cuando yo y la tarde queríamos unirnos Tristemente nos despedimos Tristemente nos hablamos en el espejo que disuelve las imágenes Quién soy entonces Quizás por un momento De verdad soy yo que me encuentro Quién soy yo sino nadie Alguien que quisiera pasarse los días y los días Como un solo domingo Mirando los últimos reflejos del sol en los vidrios Mirando a un anciano que da de comer a las palomas Y a los evangélicos que predican el fin del mundo Cuando en la tarde no soy nadie Entonces las cosas me reconocen Soy de nuevo pequeño Soy quien debiera ser Y la niebla borra la cara de los relojes en los campanarios. De "En el mudo corazón del bosque" 1997
...el caso no ofrece
ningún adorno para la diadema de las Musas.
Ezra Pound
Me despido de mi mano
que pudo mostrar el paso del rayo
o la quietud de las piedras
bajo las nieves de antaño.
Para que vuelvan a ser bosques y arenas
me despido del papel blanco y de la tinta azul
de donde surgían ríos perezosos,
cerdos en las calles, molinos vacíos.
Me despido de los amigos
en quienes más he confiado:
los conejos y las polillas,
las nubes harapientas del verano,
mi sombra que solía hablarme en voz baja.
Me despido de las virtudes y de las gracias del planeta:
los fracasados, las cajas de música,
los murciélagos que al atardecer se deshojan
de los bosques de casas de madera.
Me despido de los amigos silenciosos
a los que sólo les importa saber
dónde se puede beber algo de vino
y para los cuales todos los días
no son sino un pretexto
para entonar canciones pasadas de moda.
Me despido de una muchacha
que sin preguntarme si la amaba o no la amaba
camino conmigo y se acostó conmigo
cualquiera tarde de esas en que las calles se llenan
de humaredas de hojas quemándose en las acequias.
Me despido de una muchacha
cuya cara suelo ver en sueños
iluminada por la triste mirada de linternas
de trenes que parten bajo la lluvia.
Me despido de la memoria
y me despido de la nostalgia
-la sal y el agua
de mis días sin objeto-
y me despido de estos poemas:
palabras, palabras -un poco de aire
movido por los labios- palabras
para ocultar quizás lo único verdadero:
que respiramos y dejamos de respirar.
De "El
árbol de la memoria" 1961
El abandono silba llamando a sus amigos. La noche y el sueño amarran sus caballos frente a las ventanas. El dueño de casa baja a la bodega a buscar sidra guardada desde el año pasado. Se detiene el reloj de péndulo. Clavos oxidados caen de las tablas. El dueño de casa demora demasiado -quizás se ha quedado dormido entre los toneles-. Una mañana busqué grosellas al fondo del patio. En la tarde este mismo viento luchaba con los pinos a orillas del río. Se detienen los relojes. Oigo pasos de cazadores que quizás han muerto. De pronto no somos sino un puñado de sombras que el viento intenta dispersar.
estuvo entre nosotros... Ella estuvo entre nosotros lo que el sol atrapado por un niño en un espejo. Pero sus manos alejan los malos sueños como las manos de la lluvia las pesadillas de las aldeas. Sus manos que podían dar de comer a la noche convertida en paloma. Era bella como encontrar nidos de perdices en los trigales. Bella como el delantal gastado de una madre y las palabras que siempre hemos querido escuchar. Cierto: estuvo entre nosotros lo que el sol en el espejo con que un niño juega en el tejado. Pero nunca dejaremos de buscar sus huellas en los patios cubiertos por la primera helada. Sus huellas perdidas tras una puerta herrumbrosa cubierta de azaleas. De "El árbol de la memoria" 1961
Cuando ella y yo nos ocultamos en la secreta casa de la noche a la hora en que los pescadores furtivos reparan sus redes tras los matorrales, aunque todas las estrellas cayeran yo no tendría ningún deseo que pedirles. Y no importa que el viento olvide mi nombre y pase dando gritos burlones como un campesino ebrio que vuelve de la feria, porque ella y yo estamos ocultos en la secreta casa de la noche. Ella pasea por mi cuarto como la sombra desnuda de los manzanos en el muro, y su cuerpo se enciende como un árbol de pascua para una fiesta de ángeles perdidos. El temporal del último tren pasa remeciendo las casas de madera. Las madres cierran todas las puertas y los pescadores furtivos van a repletar sus redes mientras ella y yo nos ocultamos en la secreta casa de la noche. De "Poemas del país de nunca jamás" 1963
Estas palabras quieren ser... Estas palabras quieren ser un puñado de cerezas- un susurro -¿para quién?- entre una y otra oscuridad. Sí, un puñado de cerezas, un susurro -¿para quién?- entre una y otra oscuridad. De "Para un pueblo fantasma" 1978
« Te gusta llegar a la estación / cuando el reloj de pared tictaquea, »
« Y tú / quieres oír, tú quieres entender. Y yo »
« ¿Qué película te gustaría ver? / ¿Qué canción te gustaría oír? »
« 7 / Sentado en el fondo del patio »
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